lunes, 22 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 97

Estás bromeando, ¿verdad? —Luchó con las ganas de romper
algo. Esas ganas manejan cada maldita emoción, que hace que
me encante el sonido de la destrucción. El sonido de mi puta
vida explotando.
Mi mente empuja hacia fuera las imágenes intermitentes a través de ella desde
hace un par de días.
De extracción de sangre, de marcadores de ADN y de malditas pruebas de
paternidad.
Tamara y su mierda de mentiras y lágrimas de cocodrilo con los malditos buitres
que se las comen como carne fresca.
Visitar a Jack y a Jim y estar harto de ver mi vida a través de la parte inferior de
un vaso vacío, solo escojo beber directamente de la maldita botella.
Y luego está Paula.
La maldita hija de puta de Paula.
Pequeños pedazos de ella por todas partes. Las sábanas que todavía huelen a ella.
El movimiento de su cola de caballo en el mostrador del cuarto de baño. Las latas de
su amada Diet Coke alineadas perfectamente en el frigorífico. Su Kindle en la mesita
de noche. Los mechones de su pelo en mi camisa. La evidencia de que existe su
perfección. La evidencia de que algo tan bueno, tan puro, en realidad puede amar a
alguien contaminado y jodido con una J mayúscula como yo.
Quiero, necesito, odio lo que quiero, odio necesitarla tan jodidamente, pero no
puedo hacerlo. No puedo tirar de ella a esta maldita tormenta de mierda que me rodea,
no quiero que enfrente al jodido yo que incluso odio hasta que pueda envolver mi
cabeza alrededor de todo. Hasta que pueda controlar las emociones que están
gobernando mis acciones.
Hasta que no tenga un efecto negativo sobre la coincidencia de ADN.
Mi madre estaba malditamente en lo correcto. Malditamente en lo correcto y
solo me conoce por ocho de mis treinta y dos años... si eso no dice algo, no estoy seguro
de lo que los demás digan. No puedo ser amado. Si alguien me ama, si dejo entrar a
alguien demasiado, mis propios demonios comenzarán a irse contra ellos también.
Trabajarán su camino a través de las grietas en mí y encontrarán una manera de
arruinarles.

—Pedro, ¿estás ahí?
Me saco a mí mismo de mis pensamientos, los mismos malditos que han estado
corriendo como un hámster en la rueda a través de la mierda en mi cabeza durante la
semana pasada.
—Sí —le contesto a mi publicista—. Estoy aquí, Chase. —Empujo los trapos en
la mesa frente a mí de inmediato, pero no importa si los tiro a la basura o hago una
coincidencia con los hijos de puta porque la imagen de Paula saliendo de ese bar
todavía quema en mi cerebro. Ojos sorprendidos, labios entreabiertos y un aspecto de
todo, es abrumado por la vorágine que le golpeó cuando se fue.
Y maldita sea ¡si no me mata! Me destroza como la mierda, estar conmigo,
causando esa mirada en su cara. El miedo en sus ojos. Todo lo que quiero hacer es ser
uno con ella, mi brazo alrededor de ella, pero no lo hago. No puedo porque no tengo
las palabras o acciones para hacerlo mejor. Para hacer que se vaya. Para protegerle.
—Esto es una puta mierda y lo sabes.
Escucho a mi publicista suspirar al otro extremo de la línea. Sabe que estoy
enojado, lo sabe, sin importar lo que diga no le haré feliz a menos que me diga que
encontró a los bastardos que están hostigando a Pau y dar rienda suelta a mi necesidad
de destruir.
—Pedro, a la luz de las acusaciones de Tamara, lo mejor es que no hagas nada.
Si reaccionas, tu imagen pública…
—¡No doy dos mierdas sobre mi imagen pública!
—Oh, créeme, lo sé —suspira—. Pero si reaccionas la prensa se lo comerá y luego
se quedarán más tiempo alrededor para ver que la arruinarlo o perderlo. Esto significa
que cuanto más tiempo te cuelgues alrededor de Paula..
Arruinaré todo si ella no está bien. Pero mierda, lo que no daría por caminar
fuera de las puertas y darles mis dos centavos.
—Uno de estos días, Chase —le digo.
—Lo sé, lo sé.
Lanzo mi teléfono al sofá frente a mí y froto mis manos sobre mi cara, antes de
hundirme de nuevo en el sofá y cerrar los ojos. ¿Qué demonios voy a hacer? ¿Y desde
cuando doy una mierda? ¿Qué demonios me pasó? Pasé de no dar un carajo por nada
ni por nadie a extrañar a Paula y a querer ver a los chicos. Cuerdas y mierda. Que me
jodan.
Una voz de agradecimiento de mi ama de llaves, Grace, me trae de vuelta al
presente de los putos unicornios y de la mierda de arco iris que no tiene cabida en mis
pensamientos. Mierda que está asociada con vaginas y que azota cabrones. Mierda que
no tiene lugar en mi cabeza se mezcla con el otro veneno de la vida allí.

Espero un segundo. Sé que él está ahí, mirándome, tratando de averiguar mi
estado de ánimo actual, pero no dice nada. Abro un ojo y lo veo apoyado en la jamba
de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la preocupación llena sus ojos.
—¿Te vas a quedar ahí y me mirarás o vendrás y harás un juicio sobre mí cara a
cara?
Me mira un instante más y juro por Dios que odio ese sentimiento. Odio saber
eso junto con cada otra maldita persona en la larga y distinguida lista, también le estoy
decepcionando.
—Sin juicios, hijo —dice mientras camina a la sala y se sienta en el sofá frente a
mí.
No puedo mover mis ojos para encontrarme con los suyos y gracias a Cristo por
la maldita Gracia o este lugar sería un desastre y él sabe cuánto toda esta situación con
Tamara me ha jodido. Doy una respiración profunda deseando tener una cerveza en
este momento. Podría también empezar una fiesta, ¿no?
—Déjamelo a mí, papá, porque estoy seguro como la mierda de que no estás aquí
para simplemente decir hola.
Él se sienta en silencio por un tiempo más y no puedo malditamente soportarlo.
Finalmente lo miro. Se encuentra con mi mirada, sus ojos grises contemplan qué decir
mientras tuerce sus labios en sus pensamientos.
—Bien, puedo decir honestamente que me detuve para ver cómo estabas en
medio de todo esto —dice, agitando su mano en el aire con indiferencia—. Pero eso
era bastante obvio ya que estás de un humor de mierda. —Se inclina hacia atrás en la
silla y apoya sus pies encima de la mesa de centro y solo me mira. Mierda, está
poniéndose cómodo.
—¿Vas a hablar, hijo, o vamos a sentarnos y a miraros el uno al otro toda la
noche? Porque tengo todo el tiempo del mundo. —Mira su reloj y luego de vuelta a
mí.
¡Mierda! No quiero hablar de esa mierda. No quiero hablar de bebés y de las
mujeres buscando oro y de los niños pequeños que echo de menos y de una mujer en
la que no puedo dejar de pensar.
—Mierda, no lo sé.
—Tendrás que darme más que eso, Pedro.
—¿Cómo qué? ¿Qué la jodí? ¿Es eso lo que quieres oír? —Toreo su reacción. Y
se siente bien presionar a alguien por un cambio. Todo el mundo ha estado caminando
a mi alrededor, tratándome como un niño con guantes la semana pasada con miedo de
que mi temperamento se rompa, por lo que se siente bien, aunque me sentiré como
una puta mierda más tarde por hacérselo a mi padre—. ¿Quieres que te diga que follé
a Tamara y que ahora estoy consiguiendo lo que merezco porque la dejé como un puto
carbón caliente y ahora viene en pos de mí diciendo que está embarazada? ¿Qué no
quiero un chico, que no tendré un hijo , con ella o con ninguna otra persona? Nunca.

Porque me niego a dejar que alguien use a un niño como peón para conseguir lo que
quieren de mí. ¿Debido a la forma en la que carajos puede alguien como yo ser padre
de un niño cuando estoy tan jodido como estaba cuando me encontró?
Me levanto del sofá y empiezo a caminar por la habitación. Estoy molesto con
él, de que no haya mordido el cebo, de que no me empuje de regreso y que me dé la
pelea que deseo y este sentado allí con esa mirada de aceptación y de comprensión
completa. De paz. Quiero que me diga que me odia, que está decepcionado de mí, que
me merezco todo lo que estoy haciendo en este momento, ya que es mucho más fácil
para mí sostenerme y creer en lo contrario.
—¿Y qué piensa Paula de todo esto?
Me detengo y me giro para mirarle. ¿Qué? No me esperaba que eso saliera de su
boca.
—¿Qué quieres decir?
—Te pregunté, ¿qué piensa Paula de todo esto? —Se inclina hacia delante, con
los codos sobre sus rodillas, sus ojos interrogan bajo unas cejas arqueadas.
—A la mierda si lo sé —gruño y mi padre niega. Dios, odio tener que explicarme.
Pero es mi padre. Mi superhéroe final de juego, ¿cómo no?—. Estaba aquí cuando
Tamara lanzó la bomba. Tuvimos una pelea porque lo descargué todo sobre ella, siendo
un imbécil desconsiderado. Quejándome de un bebé que no quería y que ella no podía
tener uno. Estuve estelar —le digo rodando los ojos—. Estuvimos de acuerdo de que
unos pocos días alejados pondría nuestras cabezas bien de nuevo. Que pondría nuestra
mierda junta.
—¿Y no has hablado con ella desde entonces?
—¿Qué es esto, papá? ¿Veinte malditas preguntas? ¿Te parece que tengo mi
mierda resuelta todavía? —Suelto una carcajada burlona. Un paso adelante y luego
jodidos veinte pasos hacia atrás—. ¿Tamara todavía está putamente embarazada? ¿Los
resultados de las pruebas volvieron ya? Sí, y una gran mierda no... Así que no, no la he
llamada de regreso todavía. Échale la culpa a otra de las cosas para mantener en mi
contra.
Solo se me queda mirando.
—¿Eso es lo que estoy haciendo? ¿Poniendo tu mierda en tu contra? Porque
parece que estás haciendo un maldito buen trabajo tú solo, hijo. Así que haré la
pregunta que deberías hacerte a ti mismo: ¿Por qué no has sacado la cabeza de tu culo
y la llamaste?
Di un suspiro en voz alta. Maldita A.
—No quiero ir allí ahora, papá. Solo márchate. Déjame beber la siguiente botella
de Jack mientras el reloj avanza con los médicos que se toman su maldito tiempo para
decidir si acabo de joderle la vida de un niño no nacido. Porque si el chico es mío, a la
mierda, ya está comenzando con un alma corrompida y eso, eso es algo que no puedo
tener en mi conciencia.

—Bien, yo quiero ir allí, así que toma una silla de tu propia fiesta de compasión,
Pedro, porque no me iré hasta que terminemos de hablar. ¿Entendido?
Mi boca cae abierta y me transporto a hace quince años y a una noche bajo
custodia para las carreras de resistencia. A ese momento en el tiempo en que me
recogió, arrastrándome sobre los proverbiales malditos carbones y me dijo cómo sería
de ahí en adelante. Que me jodan. Tengo pelo en el pecho, casas y mierda ahora, pero
todavía puede hacerme sentir como un adolescente.
La ira destella a través de mí. No necesito un maldito regaño ahora mismo,
necesito una maldita prueba de sangre negativa. Y Paula envolviéndome con un suave
suspiro saliendo de sus labios mientras me hundo en ella. El máximo placer para
enterrar todo este dolor de mierda.
—Entonces —dice, tirando de mí hacia él en lugar de pensar en ella—. ¿En serio
vas a dejarla ir sin pelear? ¿Dejarás que camine fuera de tu vida a causa de Tamara?
—¡Ella no se fue! —le grito, molesto porque se le ocurriera que ella lo haría. ¿No?
Él solo levanta una ceja.
—Exacto. —Mis ojos se ajustan para encontrarse con los suyos—. Así que deja
de tratarla como si lo hubieras hecho. Ella no es tu madre.
Quiero gritarle que como la mierda que no lo es. Que ni siquiera la ponga en la
misma frase que mi madre, pero en cambio juego con la costura del sofá mientras busco
la respuesta que creo que quiere oír. Que estoy tratando de convencerme a mí mismo
es la verdad.
—Ella no se merece esto... la mierda que viene conmigo. Mí pasado... ahora mi
puto posible futuro.
Él hace un zumbido en su garganta y lo odio porque no puedo entender lo que
significa.
—¿No depende eso de que ella lo decida, Pedro? Quiero decir que estás tomando
decisiones por ella... ¿no debería tener algo que decir?
Cállate, quiero decirle. No me recuerdes lo que ella malditamente se merece,
porque ya lo sé. ¡Ya putamente lo sé! Y lo sé porque no puedo dárselo. Pensé que
podría... pensé que podría y ahora con esto, sé que no puedo. Refuerza todas las cosas
que ella dijo... todas las cosas que nunca podré limpiar de mi maldita alma.
—Dices que no dejarás que las cosas se pongan difíciles, hijo, pero tus acciones
me están diciendo algo completamente diferente. Y sin embargo, no viste su lucha por
cada maldito día que estuviste en la cama del hospital. Cada maldito día. Nunca se fue.
Así que eso me lleva a creer que este pequeño dilema que tenemos aquí no es acerca
de ella en absoluto.
Cada parte de mí se rebela contra las palabras que dice. Las palabras que dichas
por cualquier otra persona más me tendría listo para la rabia, pero el respeto evita que
le grite al hombre con las palabras que están golpeando un poco demasiado cerca de
casa.

—Se trata de ti. —La determinación tranquila en su voz flota en la habitación y
me da una bofetada en la cara.
Se burla de mí para tomar el cebo y no puedo aguantar más.
Y no quiero hacer esto más de lo que quiero pasar otra noche sin Paula en mi
cama. Mirar demasiado cerca causa que fantasmas muertos floten en la maldita
superficie y no tengo más espacio para los fantasmas, porque mi armario ya está lleno
de malditos esqueletos.
Pero la cerilla se encendió, la gasolina fue arrojada. El maldito fuego en el
interior se encendió y toda la frustración y la incertidumbre y la soledad de la semana
pasada llega a un punto crítico, explotando dentro de mí. Hago un maldito agujero en
el suelo con ritmo mientras trato de luchar contra ella, tratando de frenarlo, pero no
sirve de nada.
—¡Mírame, papá! —le grito mientras se posa en el sofá. Tengo mis manos a mi
lado y me odio a mí mismo por el descanso en mi voz, me odio a mí mismo por el
imprevisto espectáculo de debilidad.
—¡Mira lo que ella me hizo! —Y no tengo que explicar quién es, porque el
desprecio que gotea de mi voz explica lo suficiente.
Me quedo ahí con los brazos estirados, con la sangre bombeando, con el
temperamento furioso y él solo se sienta allí, tranquilo cómo puede un maldito ser y
malditamente sonríe, riéndose de mí.
—Lo sé, hijo. Te miro todos los días y a la increíble persona que eres.
Sus palabras golpean el viento de mis velas. Le grito, ¿y me viene a mí con eso?
¿Qué tipo de juego está jugando? ¿Golpear la cabeza de Pedro más de lo normal?
Mierda, oigo las palabras, pero no dejo que se hundan dentro, no son verdad. No
pueden serlo. Increíble y dañado no van juntos.
Increíble no se puede utilizar para describir a una persona que le dice al hombre
que abusa sexualmente de ellos que lo amas, incluso si las palabras se ven forzadas o
no.
—Eso no es putamente posible —murmuro en el silencio de la sala mientras
recuerdos viles reavivan mi ira, aislando mi alma. Ni siquiera puedo mirarlo a los ojos
porque podría ver lo jodido que realmente estoy.
—Eso no es posible —me repito a mí mismo, con mayor énfasis en esta ocasión—
. Tú eres mi padre. Tienes que decir eso.
—No, no lo hago. Y técnicamente, no soy tu padre, así que no tengo que decir
nada. —Ahora eso me detiene en seco... me lleva de nuevo a ser un niño asustado con
miedo de ser enviado de vuelta. Él nunca me dijo nada como eso antes y ahora estoy
bien asustado por la dirección que esta conversación está tomando. Se pone de pie y
camina hacia mí, con los ojos fijos en los míos—. Te equivocas. No tuve que pararme
y sentarme contigo en la puerta. No tenía que llevarte al hospital, ni adoptarte, ni
amarte... —continúa alimentando cada inseguridad de la infancia que tuve. Me obligo
a tragar. Mantengo los ojos fijos en los de él, porque de repente, tengo maldito miedo
como la mierda de escuchar lo que tiene que decir. Las verdades que admite—. ... Pero
¿sabes qué, Pedro? Incluso a los ocho años, asustado y hambriento, supe, supe en ese
momento la increíble persona que eras, que eras este ser humano increíble que no
podía resistir. ¡No te alejes de mí! —Su voz truena y choca como el infierno fuera de
mí. Desde la calma y tranquilidad a uno enojado en un instante.
Me detengo en seco, mi necesidad de escapar de esta conversación está causando
que tanta mierda se bata y se rebele dentro de mí rogándome que siga caminando
directo a la puerta de la playa de abajo. Pero no lo hago. No puedo. Camino lejos de
cada puta cosa en mi vida, pero no puedo caminar lejos de la persona que no se aleja
de mí. Mi cabeza cuelga, mis puños se aprietan a la espera de las palabras que va a
decir.
—He esperado casi veinte años para tener esta conversación contigo, Pedro. —
Su voz ahora era más tranquila, más estable y eso me asustaba más que cuando se
enfurecía—. Sé que quieres salir corriendo, salir por la maldita puerta y escapar a tu
querida playa, pero no vas a hacerlo. No voy a dejar que tomes la dirección de un
cobarde.
—¿Cobarde? —bramo, dándome la vuelta para mirarlo con años de rabia
reprimida. Años de preguntarme lo que realmente piensa de mí viniendo a mi
cabeza—. ¿Llamas a lo que pasé la dirección de cobarde? —Y la sonrisa en su rostro
está de vuelta y aunque sé que acaba de incitarme, tratando de provocarme tomo el
anzuelo y lo engullo todo, todavía lo tengo—. Cómo te atreves a quedarte parado ahí
y actuar así pensando que cuando me recibiste, fue fácil para mí. ¡Que la vida era fácil
para mí! —grito, mi cuerpo vibra con la ira retenida, con el resentimiento
explotando—. ¿Cómo puedes decirme que soy una persona increíble cuando durante
veinticuatro años me dijiste un millón de malditas veces que me amabas, QUE ME
AMABAS y ni una vez te lo dije yo a ti. ¡Ni una maldita vez! ¿Y estás diciéndome que
estás de acuerdo con eso? ¿Cómo no puedo pensar que estoy jodido cuando me diste
todo y yo no te di absoluta malditamente nada en retorno? ¡Ni siquiera puedo decirte
tres malditas palabras!
Cuando las últimas palabras salen de mis labios regreso a mí mismo y me doy
cuenta que estoy a centímetros de mi padre, mi cuerpo tiembla de la rabia que me ha
consumido entero toda la vida en forma de pequeñas manchas que están desconchadas
lejos de mi maldito corazón endurecido.
Doy un paso atrás en un instante. Él está justo en mi cara.
—¿Nada? ¿Nada, Pedro? —Su voz grita en el cuarto—. Me lo diste todo, hijo.
Esperanza y orgullo y algo malditamente inesperado. Me enseñaste que el miedo está
bien. Que a veces tienes que dejar que tus seres queridos persigan al maldito viento en
un capricho, porque es la única manera en la que pueden liberarse de las pesadillas
dentro de ellos. Fuiste tú, Pedro, quien me enseñó lo que era ser hombre... porque es
fácil como la mierda ser hombre, cuando el mundo se te entrega en bandeja de plata,
pero ¿cuándo estás atrapado en el sándwich de mierda por cómo te trataron y luego te
conviertes en el hombre que eres delante de mí? Ahora eso, hijo, es la definición de
ser hombre.
No, no, no, quiero gritarle para tratar de ahogar los sonidos que no puedo creer.
Trato de cubrirme mis oídos como cuando era un maldito niño porque es demasiado.
Todo, las palabras, el miedo, la maldita esperanza de que solo pudiera estar en realidad
un poco doblegado y no completamente roto, es simplemente demasiado. Pero él no
capta nada de eso y necesito cada onza de control que tengo para no girarme hacia él
mientras quito mis manos de mis oídos.
—Uh-uh —gruñe con el esfuerzo que se necesita—. No me iré hasta que diga lo
que vine a decir, lo que he estado por ahí diciéndote por demasiado tiempo y ahora
me doy cuenta de lo equivocado que estuve como padre al no forzarte a escuchar esto
antes. Así que cuantas más peleas tengas conmigo, más tiempo tomará que te sugiera
que me dejes terminar, hijo, porque como dije antes, tengo todo el maldito tiempo del
mundo.
Solo lo miro fijamente, perdido en dos cuerpos en guerra: un niño suplicando
desesperadamente por su aprobación y un hombre adulto incapaz de creer que una
vez él se la dio.
—Pero no es pos…
—Nada de peros, hijo. Ninguno —dice, dándome la vuelta para no tocarme
desde atrás sabiendo que no puedo manejar eso aún después de tantos años, para poder
mirar mis ojos... así no puede ocultar la absoluta honestidad en la suya—. Ni un solo
día desde que te conocí me he arrepentido de mi decisión de elegirte. No cuando
fuisteis rebelde ni peleaste conmigo o te arrastraste corriendo por la calle o robaste el
cambio del mostrador...
Mi cuerpo se sacude por el comentario, por el maldito niño en mí devastado de
que me hubiera pillado, incluso aunque no está enfadado.
—...¿Crees que no sabía nada de la jarra de cambio y de la caja de comida que
escondías debajo de la cama... del alijo que mantenías en caso de que pensaras que
íbamos a no quererte más y a echarte a las calles? ¿No te diste cuenta de todo el cambio
que de repente dejaba en todas partes? Lo dejaba fuera a propósito pero no me
arrepiento ni un solo momento. No cuando empujaste todo al límite y rompiste todas
las reglas posibles, porque la adrenalina del desafío era mucho más fácil de sentir que
de la mierda que ella dejó que te hicieran.
Mi respiración se detiene con sus palabras. Mi puto mundo gira estallando negro
y ácido mientras baja como lava a mi estómago. La realidad gira en espirales al pensar
que mi mayor temor se hizo realidad... él lo sabe. Los horrores, mi debilidad, las cosas
viles, el amor profesado, las manchas en mi espíritu.
No puedo mover mis ojos para encontrarse con los suyos, no puedo empujar la
vergüenza lo suficientemente lejos para hablar. Siento su mano en mi hombro
mientras trato de volver a centrarme en la falta de definición de mi adormido pasado
y escapar de los recuerdos tatuados en mi maldita mente, en mi puto cuerpo, pero no
puedo. Paula me hizo sentir, como que se rompió esa maldita barrera, y ahora no
puedo evitar hacer todo lo contrario.
—Y ya que estamos limpiando el aire —dice, su voz adquirió un tono mucho
más suave, con la mano apretando mi hombro—. Lo sé, Pedro. Soy tu padre, lo sé.
El puto suelo cae debajo de mí y trato de tirar de mi hombro de su agarre, pero
él no me deja, no me deja volver la espalda para ocultar las lágrimas que queman mis
ojos como picahielos. Las lágrimas que refuerzan el hecho de que soy un cobarde que
no he manejado nada en absoluto.
Y por mucho que quiera que se calle de una puta vez... que me deje en paz,
joder... él continúa:
—No necesitas decirme ni una palabra. No tienes que cruzar esa línea imaginaria
en tu cabeza que hace que temas que una admisión hará que todos te abandonen, que
probará que eres menos hombre, que te hará el peón que ella quería que fueras...
Hace una pausa y necesita cada gramo de todo dentro de mí tratar de mirarlo a
los ojos. Y lo hago por una fracción de segundo ante la maldita puerta al patio, la arena
bajo mis pies y la quema de oxígeno en mis pulmones mientras mis pies caminan por
la playa llamándome como la heroína a un adicto. Escapar. Correr. Huir. Pero estoy
jodidamente congelado en mi lugar, los secretos y mentiras se arremolinan y chocan
con la verdad. La verdad que sé, pero que todavía no me atrevo a pronunciar después
de veinticuatro años de silencio absoluto.
—Así que no hables en este momento, solo escucha. Sé que ella les dejó hacerte
las cosas más viles y repulsivas y me da asco... —Mi estómago se enrolla, mi respiración
se estremecen al oír eso en alto—... Cosas que nadie debería tener que soportar... pero
¿sabes qué, Pedro? Eso no significa que sea culpa tuya. Esto no significa que te lo
merecías, que permitiste que eso ocurriera.
Me deslizo por la pared detrás de mí hasta que estoy sentado en el suelo como
un maldito niño... pero sus palabras, las palabras de mi padre... me hicieron volver allí.
Me asustan.
Me cambian.
A la mierda mi cabeza con los recuerdos empezando a empujarse a través de los
agujeros de gusano de mi jodido corazón y alma.
Necesito estar solo.
Necesito a Jack o a Jim.
Necesito a Paula.
Necesito olvidar. Una vez más.
—¿Papá? —Mi voz es temblorosa. El sonido de una pequeña perra pidiendo
permiso y me atrapa, justo ahora, ¿no es eso lo que soy? ¿En el puto suelo una vez más
a punto de vomitar por la puta boca, con el cuerpo tembloroso,
con la cabeza corriendo mientras mi estómago se rebela?

Él está sentado en el suelo junto a mí como solía hacer cuando era pequeño, su
mano en mi rodilla, su paciencia calmándome un poco.
—¿Sí, hijo mío? —Su voz es tan suave, tan vacilante, que puedo decir que tiene
miedo de haberme empujado demasiado lejos. Eso me rompe más cuando ya
jodidamente me destrozaron y sostuve todo junto con cinta adhesiva por demasiado
tiempo.
—Necesito… necesito estar solo ahora.
Lo oigo tomar una respiración, sentir su aceptación resignada y su amor infinito.
Y necesito que se vaya. Ahora. Antes de perderme.
—Está bien —dice en voz baja—. Pero te equivocas. Puede que nunca hayas
dicho las palabras en alto, puede que nunca me dijeras que me querías, pero siempre
he sabido que lo haces porque sí lo haces. Está en tus ojos, en cómo tu sonrisa se
ilumina cuando me ves, en el hecho de que te gustaba compartir tus queridas barras
de Snickers conmigo sin que te lo pidiera. —Se ríe de los recuerdos—. En cómo me
dejabas tomar tu mano y dejaste que te ayudara a cantarle a tus superhéroes mientras
te quedabas en la cama para que pudieras quedarte dormido. Así que las palabras, no,
Pedro... pero me lo dijiste todos los días de una u otra manera. —Se queda en silencio
un momento mientras una parte de mí permite que el hecho se hunda que lo sabe.
Que toda la preocupación que he tenido durante todos estos años de que no supiera lo
mucho que sentí no importaba. Él lo sabía.
—Sé que tu mayor temor es tener un hijo...
La euforia que me levanta es ahogada por el miedo de sus palabras. Todo esto es
demasiado, demasiado, demasiado rápido cuando durante tanto tiempo pude
esconderme de ello.
—Por favor, no —declaro, apretando y cerrándolos mis ojos.
—Está bien... Te tiré un montón de mierda, pero ya era hora de que lo
escucharas. Y lo siento, probablemente jodí tu cabeza más de lo que necesitabas, pero,
hijo, solo tú puedes arreglar eso ahora, lidiar con eso ahora que todas las cartas están
sobre la mesa. Pero tengo que decirte, que no eres tu madre. Tu ADN no te hace ser
un monstruo como ella... al tener un hijo, no le transferirás tus demonios a esa nueva
vida.
Mis puños se aprietan y rechino los dientes con las últimas palabras, palabras que
se alimentan de lo peor de mi temor, instándolas a romper algo y traerlo de regreso.
Para ahogar el dolor que está de vuelta con una venganza. Sé que me empujó hasta el
punto de la ruptura. Puedo oír su suspiro tranquilo a través de los gritos de cada gramo
de mí ser.
Se pone de pie lentamente y me digo que debo mirarlo. Demostrarle que le oí,
pero no puedo obligarme a hacerlo. Siento su mano en la parte superior de mi cabeza,
como si fuera un niño otra vez y su incierta voz susurra:
—Te amo, Pedro.

Las palabras llenan mi maldita cabeza, pero no puedo conseguir ir más allá del
miedo alojado en mi garganta. Más allá de los recuerdos del canto que solía decir que
era seguido por la brutalidad y el indescriptible dolor. Tanto como quiero decírselo,
que siendo la necesidad de decírselo, todavía no puedo.
Ves, ejemplo perfecto, quiero decírselo, demostrarle cuán jodido estoy. Solo
desnudó a su maldita alma para mí y no puedo darle una maldita respuesta porque ella
me la robó. Y ¿piensa que podría ser padre? Ella hizo que mi corazón se volviera negro
y podrido. No hay forma de que pudiera pasarle eso a alguien más si existiera la remota
posibilidad de que pudiera suceder.
Oigo la puerta cerrarse y solo me quedo en el suelo. La luz exterior se desvanece.
Jack me llama, hace sus intentos sobre mí, me permite ahogarme en su comodidad, sin
vasos necesarios.
Una maldita confusión me inunda. Me arrastra hacia abajo.
Tengo que limpiar mi maldita cabeza.
Necesito descubrir mi mierda y sacarla.
Solo entonces podré llamar a Pau . Y Dios quiero llamarla . Mi dedo se cierne sobre
el maldito botón de llamada. Quedándose allí durante más de una hora.
Llamar.
Cancelar Llamada.
Llamar.
Cancelar Llamada.
¡No jodas!
Aprieto mis ojos cerrándolos, la cabeza me da vueltas por lo mucho que bebí. Y
me pongo a reír de lo que me han reducido. Yo y el suelo nos estamos convirtiendo en
los mejores putos amigos. Maldita A.
No es difícil subir cuando ya estás por los malditos suelos. Es tiempo de subirse
al puto ascensor. Me echo a reír. Sé que hay una única manera de aclarar mi mente,
mi único otro puto punto alto además de Paula, que ayudará a mantener a los
demonios a raya por un tiempo. Y por mucho que necesito a Paula justo ahora, tengo
que hacer esto primero para conseguir mi mierda resuelta. Mi maldita mano derecha
tiembla mientras presiono llamar y cuando lo hago, tengo miedo de mi maldita mente,
pero es el momento.
Me dirijo ahí directamente.
Después a Paula.
Con putos pasos de bebé.
—Oye, imbécil. No me di cuenta de que sabías mi número de teléfono y de que
ha pasado tanto tiempo desde que malditamente me llamaste.
Una anciana. Dios, me encanta este chico.

—Ponme en el puto auto, Becks.
Su risa se detiene en un instante, el silencio me asegura que me oyó, que escuchó
las palabras que sé que ha estado esperando oír desde que tengo todo claro.
—¿Qué está pasando, Wood? ¿Estás seguro?
¿Qué pasa con todos malditamente cuestionándome esta noche?
—¡Dije que me prepares el maldito auto!
—Está bien. —Toma una respiración con lenta cadencia—. ¿Dónde tienes la
cabeza?
—¿Hablas malditamente en serio? Primero me presionas para entrar en el hijo
de puta y ahora ¿estás cuestionando el hecho de que quiera hacerlo? ¿Qué eres, mi
maldita nodriza?
Se ríe.
—Bien, me gusta que juegues con mis pezones, pero mierda, Wood, creo que tú
tocándolos me daría una erección inversa.
No puedo detener la risa que viene. Maldito Beckett. Siempre un cubo de maldita
risa.
—Deja de joderme, ¿me puedes poner en la pista o no?
—Podrías contraer el insulto de tu voz y tomar un Jack, porque ese es un claro
indicativo de que tu cabeza todavía está jodida... así que voy a repetir mi pregunta de
nuevo. ¿Dónde tienes la cabeza?
—¡En todo el maldito lugar! —le grito, fallando miserablemente al no parecer
borracho—. ¡Maldita sea, Becks! Es por eso que necesito la pista. Tengo que limpiar la
mierda de ella para ayudar a arreglarme.
Se hace un silencio en la línea, y me muerdo la lengua porque sé que si lo
presiono colgará de una puta vez.
—La pista no va a arreglar esa podrida cabeza tuya, pero creo que un cierto
bombón de cabello ondulado podría hacer eso por ti.
—Déjalo, Becks. —Muerdo las palabras, no estoy de humor para otra sesión de
psiquiatra.
—No en tu vida, hijo de puta. Bebé. Ningún bebé. ¿Realmente empujarás a lo
mejor que tienes a tu favor fuera por la maldita puerta?
Y la sesión número dos comienza.
—Vete a la mierda.
—No, gracias. Tú no eres mi tipo.
Su tono condescendiente me enoja.
—¡Quédate en la mierda!

—¡Oh! ¿Así que vas a dejar que se vaya? ¿No es esa una canción o algo así? Pues
como el infierno y debido a que vas a dejarla ir, supongo que te daré una carrera
entonces.
Hijo de puta. ¿Mis botones son tan fáciles de apretar esta noche?
—Si eres inteligente, te callarás. Sabes que me estás presionando... tratando de
conseguir que la llame.
—¡Wow! —Él escucha. Eso sí que es una maldita noticia.
Ya terminé.
—Deja de joder, haz tu trabajo y consígueme estar en la maldita pista, Beckett.
—Te quiero en la pista a las diez de mañana.
—¿Qué?
—Es cuestión de tiempo. La he tenido reservada toda la semana a la espera de
que tu trasero llegue a ella.
—Hmpf. —Me había atrapado.
—No hagas ninguna demostración —se ríe.
—Vete a la mierda.
—Eso desearías.


4 comentarios:

  1. Wow que intenso!!!
    Increibles los capitulos!!!

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  2. Terrible la charla con el padre!!! Q gran hombre...espero q el recapacite ahora...mimiroxb

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  3. Qué manera de sufrir x Dios los 2. Lo que lloré con el cap 97 no tiene nombre.

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  4. Q capítulos! Amé la charla con el papá, pero tiene mucho con lo q trabajar ahora! Tiene q aprender a superar lo q pasó alguna vez!

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