viernes, 26 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 99

El auto llega a las marcas y rueda hasta parar. Beckett está a su lado en un
instante mientras permanezco inquieta detrás de la pared, con ganas de
ver a Pedro cara a cara para asegurarme de que está bien. Él remueve el
volante y se lo da a Becks antes de desabrocharse el casco. Becks lo ayuda a
desabrocharse el dispositivo HANS, y cuando logra sacarlo de su cabeza, eliminando
el pasamontañas con él, el equipo rompe en un rugido de aplausos.
Escalofríos bailan con los sonidos de celebración mientras Becks le ayuda a salir
del coche. Doy un paso por encima del muro con el resto del equipo, incapaz de
mantenerme a una distancia más larga porque ahora Pedro está allí caliente, sudoroso,
y ¡oh Dios mío! Sexy. Orgullo teñido de deseo se extiende a través de mí al verlo.
La atención sobre el auto es olvidada mientras su equipo le da unas palmaditas
en los hombros y le da la bienvenida de nuevo.
Beckett se le queda mirando con una sonrisa come-mierda en su hermoso rostro.
—Estoy orgulloso de ti, amigo, pero maldición, tus tiempos por cada vuelta
fueron terribles.
Pedro ríe de nuevo, lanzando un brazo alrededor de su amigo.
—Siempre puedo contar contigo para bajarme los humos ligeramente. —Va a
decir algo más y luego se detiene cuando me ve.
Tengo un déjà vu, Pedro pie en medio del caos arremolinado de su equipo, con
los ojos fijos en los míos, sexy como el pecado con una sonrisa amplia en sus labios. El
tiempo se detiene de nuevo mientras el mundo se cae y nos miramos el uno al otro.
Sé que hay muchas cosas de las que tenemos que hablar, necesitamos averiguar,
desde la última vez que hablamos, pero al mismo tiempo, necesito esta conexión con
él. Necesito el contacto carnal entre los dos que me golpea como una onda de choque
a medida que cruza la distancia entre nosotros y se estrella en mí antes de que podamos
entender el resto.
Y sé que él también lo siente porque en un latido, Pedro da zancadas hacia mí
con un propósito. En un instante llega a mí, mis piernas se envuelven alrededor de su
cintura y nuestras bocas están en la del otro con una necesidad frenética. Mis manos
aprietan sus hombros. Uno de las suyas agarra mi trasero, mientras que la otra me
sostiene del cuello, manteniendo mi boca en la suya, por lo que puede tomar todo lo
que estoy ofreciendo y algo más.
—Dios, te extrañé tan jodidamente —gruñe en mi boca entre besos. Y sin más
preámbulos nos estamos moviendo. Sus poderosas piernas dando zancadas por debajo
de mí y fuertes brazos me mantienen segura mientras sus labios magullan los míos en
posesión espontáneamente.
Ruidos se filtran en el fondo. Gritos y alaridos del equipo resuenan a través del
estadio vacío mientras Pedro no se disculpa por alejarse sin pensarlo dos veces.
Alguien grita:
—¡Consigan un cuarto! —Y estoy tan abrumada, tan desesperada por saciar el
deseo desplegándose dentro y estrellándose a través de mi sistema que respondo antes
que Pedro pueda.
—¿Quién necesita una habitación? —digo antes de que mis labios se estrellen
contra los suyos, manos tirando de su cabello, caderas moliéndose en él mientras su
erección se frota contra mí con cada paso.
Risas estallan seguidas de silbidos, pero son solo ruido de fondo para el tren de
carga de deseo hacia nosotros.
—Date prisa —le digo entre besos desesperados.
—Joder —murmura mientras trata de encontrar una puerta abierta a mi espalda
y sin querer separa su boca a la mía.
—Oh, espero que lo hagas —le contesto mientras me alejo de él para que pueda
encontrar la manija. Suelta una ruidosa carcajada mientras mi lengua se desliza hasta
su cuello, el sabor de la sal en mi lengua, la vibración de su risa bajo mis labios.
Estamos de nuevo en movimiento, por un conjunto de escaleras en un pasillo a
oscuras y no tengo idea de dónde estamos.
Me aferro a él para el paseo, la risa burbujeando, el alivio fluyendo a través de
mí mientras mi cuerpo se tensa con la anticipación de lo que está por venir.
De repente somos bañados en una luz tenue, vuelvo la cabeza y abro y cierro los
ojos para disfrutar de nuestro entorno. Estamos en uno de los palcos de lujo en el
pabellón de la pista: sillones de felpa, una barra de concesiones a un lado, una mesa
que abarca la longitud de la pared de vidrios polarizados que da vista abajo en la pista,
donde su equipo está jugando con su coche.
Eso es todo el tiempo que tengo para disfrutar, porque los labios de Pedro
encuentran los míos de nuevo, su boca una mezcla tóxica de necesidad y lujuria. Mis
piernas se caen de sus caderas, mis pies caen al suelo, a medida que avanzamos hacia
el mostrador en una coreografía de pasos torpes. Llegamos al borde del mostrador, e
inclino mis caderas contra las suyas, con las manos de Pedro vagando por mi torso,
antes de sentir sus manos debajo de mi camisa y en mi caja torácica.
Y no estoy segura de sí es el aumento de la excitación por la adrenalina de la
pista de carreras, o de nuestra reconciliación, pero me siento como que no puedo tener
suficiente de él: su tacto, su sabor, el sonido en la parte posterior de su garganta, mi
nombre en sus labios. Llego y abro el velcro en su garganta para poder tirar de la
cremallera. E incluso esta pequeña acción me duele porque tengo que alejarme de sus
labios. Pero en el momento que tiro de la cremallera, mi boca se encuentra con la suya
nuevamente. Nuestras manos desabrochan, brazos tiran de las mangas, dedos retiran
mis pantalones cortos y ropa interior, ropa tirada al azar en el suelo, bocas sin dejar
nunca la del otro.
—Pau —dice entre beso y beso, una mano agarrando mi cabello fuertemente,
mientras que la otra prueba mi preparación para su entrada. Los juegos previos no son
una opción en este momento. Estamos tan reprimidos, tan desesperados por corregir
los males de nuestra última conversación que sin hablar, los dos sabemos que tenemos
esta conexión. Hablar vendrá más tarde. Caricias y sutilezas más tarde. En este
momento el deseo nos consume, la pasión nos abruma y el amor se apodera de
nosotros—. Mierda, te necesito en estos momentos.
—Tómame. —Una simple palabra. Sale de mi boca sin pensarlo dos veces, pero
al segundo de decirla, Pedro me voltea, con mis manos apoyadas en el mostrador, sus
manos agarrando mis caderas, su pene palpitante alineado en mi entrada por detrás.
Descansa su cresta entre mis pliegues y luego se desliza hacia arriba y hacia atrás
haciendo que mi cuerpo se tense y que un gemido se escape de entre mis labios. Y hay
algo en este momento, sobre Pedro a punto de tomarme sin preguntar, que tiene cada
parte de mí doliendo por la liberación, pidiendo más de su toque—. Por favor. Ahora
—jadeo cuando mi sexo se estremece con necesidad, su cuerpo tan en sintonía con
cada acción que mi cuerpo responde de forma automática, se abre, invitando.
Retrocedo y trato de llevarlo por mi cuenta, tratando de demostrar la necesidad
y el espiral a lo largo de cada uno de mis nervios, robando mi racionalidad y haciendo
mis sentidos anhelen más.
—¡Compórtate! —Suelta una risa de pura apreciación masculina y una de sus
manos tira de mi melena de cabello mientras la otra se posa con elegancia en el lado
izquierdo de mi culo. La punzada hace que lleve mi cabeza hacia atrás, pero no tiene
nada en el asalto de la sensación que se produce cuando se introduce en mí con una
estocada, un trascendental empuje. No puedo evitar dejar de respirar seguido de un
suave suspiro que cae de mi boca mientras las sensaciones se extienden y mis paredes
convulsionan a su alrededor.
Él tira de mi cabello, inclinando mi cabeza hacia atrás, por lo que cuando se
inclina hacia delante sus labios están en mi oreja.
—Ese es el maldito sonido más sexy del mundo —gruñe antes de que sus labios
encuentren mi hombro desnudo, la barba sin afeitar cosquilleando la zona erógena
generalmente olvidada de mi espalda. Sus dientes pellizcan mi hombro, seguido por la
presión de sus labios mientras sus caderas se muelen en mí y gimo en éxtasis puro con
el roce de su barba descendiendo por mi espina dorsal.
Y ahora es mi turno de disfrutar de los sonidos que hace a medida que
comenzamos a movernos al ritmo del uno al otro.

La piel de gallina se propaga a pesar del calor difundiéndose a través de mi
cuerpo. Agarra un lado de la carne en mi cadera, controlando cada movimiento
adentrándose e induciendo placer y la subsecuente retirada tentando cada nervio.
Mi cuerpo se acelera, superado por la naturaleza animal de su agarre en mi
cabello y mi cuerpo.
—¡Oh Dios mío! —jadeo, necesitando, esperando, no pudiendo aguantar más,
todo al mismo tiempo. Mis manos comienzan a deslizarse sobre la superficie de la
encimera, ya que se humedecen con el sudor.
—¡Jodeeeer! —rechina, su deseo de controlar su ritmo evidente en su voz. Y
llámalo un reto, o soy yo simplemente intentando canalizar mi zorra interior que él
ha ayudado a encontrar, pero quiero romper ese control. Quiero empujarlo duro, más
rápido, para tomarlo con abandono imprudente, porque mi Dios, el sonido gutural de
su garganta, la plenitud cuando se asienta en mí hasta la empuñadura, cuando se
empuja en mí, el movimiento sincronizado de su cadera mientras se mueve dentro de
mí me empuja con más fuerza, más rápido de lo que nunca he conocido. Me dan ganas
de darle cada onza de placer que su cuerpo me da.
Llevo una mano entre mis piernas, mis dedos se deslizan sobre la tentación de
acariciar mi clítoris y en lugar tomo un puñado de sus bolas mientras muele sus caderas
contra mí de nuevo. Dedos acarician, uñas provocan y manos acunan mientras tira
más apretadamente de mi cabello.
Puedo oír los sonidos que está haciendo, sé que está apretando la mandíbula, que
está montando ese límite muy estrecho de estar en control frente a renunciar a la
naturaleza carnal del acto. Para tomarme para sí, sin pensar. Y eso me enciende, me
tienta a empujarlo con más fuerza, obligarlo a pasar ese límite mucho más rápido,
porque: que me jodan si él no me está llevando allí en el proceso.
Me pierdo en la sensación, los sonidos de su cuerpo golpeando contra el mío, el
tacto de su mano poseyendo mi cadera, la caída de mi nombre en sus labios y sin darme
cuenta, estoy allí, balanceándome en mi propio límite tan delgado como una hoja. Me
estrello en una caída libre sin fin de la felicidad mientras mi clímax abruma mi cuerpo
un infierno de sensaciones enfrentadas.
—¡Pedro! —chillo, una y otra vez mientras desacelera su ritmo, deslizando su
lengua hasta la llanura de la espalda para ayudar a llamar a mi orgasmo.
Puedo sentir mis músculos pulsando a su alrededor todavía dentro de mí,
moviéndose lentamente y luego un grito salvaje llena el aire ya que no puede aguantar
más. Sus caderas empujan un par de veces más antes de que sus brazos de repente se
envuelvan alrededor de mi torso y sostengan mi peso cuando él me tira a una posición
de pie, con su frente todavía en mi espalda.
En un movimiento inesperado de ternura en completo contraste con el dominio
profundo de mi cuerpo, me aprieta contra él y entierra su cara en la curva de mi cuello.
Nos encontramos así por algún tiempo, absorbiéndonos entre sí, aceptando las
disculpas silenciosas.

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