sábado, 13 de septiembre de 2014
TERCERA PARTE: CAP 80
El tiempo se alargó. Cada minuto se sentía como una hora. Y cada una de
las tres horas que habían pasado parecía una eternidad. Cada sonido de
las puertas nos sorprendía y luego nos hundía. Vacíos vasos de plástico
estaban derramados sobre la papelera. Trajes de fuego habían sido quitados y atados
alrededor de la cintura mientras la sala de espera se tapaba. Los celulares sonaban sin
cesar con gente en busca de actualizaciones. Pero todavía no había noticias.
Beckett estaba sentado con Andy. Dorothea tenía a Luciana a un lado de ella y
a Tamara al otro. La sala de espera estaba llena de murmullos silenciosos y la televisión
se oía al fondo de mis pensamientos. Estoy sentada sola y con excepción de los textos
constantes de Lina, le doy la bienvenida a la soledad, así no tengo que estar cómoda
ni ser consolada, la esquizofrenia en mi mente solo es cada vez más fuerte con cada
segundo que pasa.
Se me revuelve el estómago. Tengo hambre, pero la idea de comer me da náuseas.
Mi cabeza palpita, pero le doy la bienvenida al dolor, le doy la bienvenida al tambor
contando para que intente acelerar el tiempo. O bajar la velocidad, lo que sea en
beneficio de Pedro. El pitido electrónico de la puerta. El chirrido de zapatos. Ni
siquiera abro los ojos esta vez.
—Tengo una actualización sobre el Sr. Alfonso. —La voz me sacude. Pies se
mueven mientras los chicos se ponen de pie y una subestimada ansiedad zumba a
través de la sala a la espera de lo que va a decir.
El miedo me atenaza. No lo soporto. No me puedo mover. Estoy tan petrificada
por las palabras que pasarán a través de sus labios que fuerzo un trago por mi garganta,
pero me mantiene paralizada con temor y aprieto mis manos, agarrando la carne
desnuda de mis muslos, tratando de usar el dolor para enterrar los recuerdos. Dejando
que el pasado se repita, no cambiar un coche destrozado con un hombre que amo por
otro.
Él se aclara la garganta y jalo mi aliento, rezando, con esperanza, necesitando
algún tipo de desecho al cual aferrarme.
—Permítanme decir que los análisis aún están en curso en este momento, pero
de lo que podemos ver en principio, es obvio que el Sr. Alfonso ha sufrido una lesión
por la desaceleración súbita con una alteración de órganos internos por la fuerza con
la que golpeó la valla de captura. La lesión se debe a que el cuerpo se detiene por la
fuerza pero los órganos dentro del cuerpo se mantienen en movimiento debido a la
inercia. De lo que podemos decir...
—En español, por favor —le susurro. Mi mente trata de entender la jerga
médica, sabiendo que si no estuviera nadando en esta niebla de incertidumbre, podría
procesarla. Él se detiene frente a mi comentario y a pesar de que no puedo levantar
mis ojos para encontrarme con los suyos, digo esta vez más fuerte—. En español, por
favor, doctor. —El miedo me abruma. Con cautela levanto mis ojos para encontrarme
con los suyos, el equipo se vuelve a mirarme mientras contemplo al doctor—. Todos
estamos muy preocupados aquí y hasta poder entender lo que está diciendo, la
terminología está asustándonos como la mierda... —Mi voz se desvanece y él asiente
con amabilidad—... nuestras mentes están demasiado abrumadas para procesar eso
bien ahora... ha sido una larga espera para nosotros mientras estuvo con él... Así que
¿puede por favor decírnoslo en términos simples?
Él me sonríe suavemente, pero sus ojos son serios.
—Cuando Pedro golpeó la pared, el coche se detuvo, su cuerpo se detuvo, pero
su cerebro no se detuvo, cerrándose de golpe en el cráneo que lo rodeaba.
Afortunadamente llevaba un dispositivo HANS que ayudó a proteger la conexión
entre la columna y el cuello, pero la lesión que sufrió es grave, sin embargo.
Mi corazón se acelera y mi respiración trabaja a un millón mientras los diferentes
resultados posibles parpadean a través de mi mente.
—¿Va a...? —Andy se mueve de mi vista hacia el médico y hace la pregunta que
no puede completar.
El silencio se apodera de la habitación y el cambio nervioso de pies se detiene,
mientras todos esperamos la respuesta con cierto recelo.
—¿Sr. Westin, supongo? —pregunta el médico mientras tiende la mano a un
Andy asintiendo—. Soy el doctor Irons. No voy a mentir... el corazón de su hijo, se
detuvo dos veces durante el transporte.
Me siento como si el fondo de mi alma se hubiera salido con esas palabras. No
me dejes. Por favor, no me dejes. Declaro en silencio, deseando que las palabras lo
golpeen en algún lugar dentro de los confines de este hospital.
Andy extiende la mano y aprieta la mano de Dorothea.
—Pudimos conseguir que su corazón se regulara después de un rato, lo que es
una buena señal, ya que temíamos que posiblemente su aorta se hubiera arrancado por
la fuerza del impacto. En este punto en el tiempo, sabemos que tiene un hematoma
subdural. —El médico levanta la vista y me mira a los ojos antes de continuar—. Esto
significa que la ruptura de vasos sanguíneos y la zona entre el cerebro y el cráneo se
están llenando de sangre. La situación es doble porque el cerebro de Pedro está
inflamado del trauma de golpear su cráneo. Al mismo tiempo, la puesta en común de
la sangre ejerce presión sobre su cerebro, porque no hay ningún lugar por el cual
escape para aliviar dicha presión. —El Dr. Irons busca en los ojos del equipo que le
rodea—. En este momento está más estable que antes, por lo que lo están preparando
para la cirugía. Es imperativo que entremos y aliviemos la presión sobre su cerebro
para tratar de detener la inflamación.
Miro a Dorothea estirarse y aferrar a Andy por apoyo, el obvio amor
incondicional de ella por su hijo tira de cada una de mis emociones.
—¿Cuánto tiempo durará la cirugía? ¿Está consciente? ¿Hubo otras lesiones? —
habla Beckett por primera vez, rápidamente disparando las preguntas que todos
estamos pensando.
El Dr. Irons traga y mueve sus dedos frente a él, mientras mira los ojos de
Beckett.
—En cuanto a otras lesiones, solo son de menor importancia en comparación
con la lesión en su cabeza. No está consciente ni ha recuperado la conciencia en este
momento. Estaba en el estado de coma típico que vemos con estas lesiones,
murmurando incoherentemente, luchando contra nosotros, en combates muy
esporádicos. En cuanto a todo lo demás, sabremos más cuando entremos en la cirugía
y veamos lo mal que está sangrando el cerebro.
Beckett exhala el aliento que ha estado sosteniendo y puedo ver caer sus hombros
con su lanzamiento, aunque no estoy segura de si es por alivio o resignación. Ninguna
de las palabras del médico ha hecho que el temor que pesa sobre el fondo de mi alma
disminuya algo. Luciana se adelanta y agarra la mano Becks mientras mira a sus padres
antes de hacer la única cosa que todos tememos.
—Si la inflamación no se detiene con la cirugía... —su voz titubea, Beckett
presiona un beso fraternal en la parte superior de su cabeza con su aliento—... qué...
¿qué significará eso? Lo que estoy tratando de decir es que está hablando de una lesión
cerebral aquí entonces ¿cuál es el pronóstico? —Su respiración se atoró con un
sollozo—. ¿Cuáles son las posibilidades de Pedro?
El médico suspira en voz alta y ve hacia Luciana.
—En este momento, antes de entrar en la cirugía y ver si hay algún daño, no me
siento cómodo dándoles una. —El grito ahogado que viene de Andy rompe el silencio.
El Dr. Irons se adelanta y pone una mano en su hombro hasta que Andy mira hacia
arriba y se encuentra con sus ojos—. Estamos haciendo absolutamente todo lo que
podemos. Tenemos mucha práctica en ese tipo de cosas y le daremos a su hijo todos
los beneficios de ese entrenamiento. Por favor, comprenda que no le puedo dar un
porcentaje porque sea una causa perdida, sino porque tengo que ver más para saber
contra lo que estamos peleando. Una vez que lo sepa, entonces podremos establecer
un plan de juego y partir de allí. —Andy asiente sutilmente, frotando una mano sobre
sus ojos, y el Dr. Irons mira hacia arriba y busca en las caras de todos los presentes—.
Él es fuerte y saludable, y eso siempre es algo bueno a tener de nuestro lado. Es más
que obvio que Pedro es amado por muchas personas... por favor sé que llevaré ese
conocimiento al quirófano conmigo.
Con eso da una sonrisa tensa y luego se da vuelta y sale de la habitación.
Con su salida, nadie se mueve. Todos estamos todavía en estado de shock.
Todo se queda quieto mientras la gravedad de sus palabras se desliza en los
agujeros asomando a través de nuestra determinación. Las personas poco a poco se
empiezan a moverse y a cambiar los pensamientos y las emociones fundidas tratando
de resolverlas.
Pero yo soy incapaz de hacerlo.
Está vivo. No muerto como Max. Vivo.
El dolor sordo de alivio que siento no es nada comparado con la punzada de lo
desconocido. Y no es suficiente para apaciguar el miedo profundamente arraigado en
lo más profundo de mi alma. Empiezo a sentir las garras de las sanguijuelas de la
claustrofobia quemar mi piel. Suelto un largo suspiro tratando de apartar el sudor
deslizandose desde mi labio superior hacia abajo por la línea de mi espina. Mi
respiración se desliza de mis pulmones sin reposición a mi cuerpo.
Imágenes parpadean de nuevo. De Max a Pedro. De Pedro a Max. Sangre
escurriéndose lentamente de su oreja. A la comisura de sus labios. Manchas moteadas
en todo el coche destrozado. Mi nombre se estrangula en sus labios. Sus súplicas son
cicatrices en mi mente. Marcándolos como una marca atormentándome para siempre.
La aspersión de inquietud se convierte en una lluvia de pánico. Necesito aire
fresco. Necesito un descanso de la opresión que está asfixiando la maldita sala de
espera. Necesito color y vitalidad, algo completo de vigor y vida como Pedro, algo
más que los colores monocromáticos y los abrumadores recuerdos.
Me empujo hacia arriba y casi corro de la sala de espera haciendo caso omiso de
la llamada de Beckett tras de mí. Me tambaleo ciegamente hacia la salida, porque esta
vez el silbido de las puertas me llama, ofreciéndome un respiro de la histeria desviando
mi esperanza.
Me haces sentir, Paula...
Tropiezo a través de las puertas, el recuerdo se empluma a través de mi alma,
pero me golpea como un lechón perforado del abdomen. Grito alto, con el dolor
irradiando a través de cada una de mis sinapsis. Jalo un andrajoso aliento, necesitando
algo, cualquier cosa para ayudarme a recuperar la fe que necesito para enfrentar la
realidad de que Pedro podría no salir de la cirugía. La noche. La mañana.
Sacudo la cabeza para librarme del veneno comiéndose mis pensamientos
cuando giro la esquina del edificio y soy lanzada a un torbellino. Juro que hay más de
un centenar de cámaras que se encienden a la vez. El rugido de preguntas truena tan
fuerte que soy azotada por una ola de ruido. Estoy rodeada de inmediato, presionada
contra la pared, mientras micrófonos y cámaras a mi espalda se meten en mi cara
documentando mi agotamiento poco a poco con la realidad.
—¿Es cierto que le están dando a Pedro los santos óleos?
Las palabras se quedan atrapadas en mi garganta.
—¿Cuál es el estado entre usted y el Sr. Alfonso?
La ira se intensifica, pero estoy abrumada por la avalancha.
—¿Es cierto que Pedro está en su lecho de muerte y que sus padres están a su
lado?
Mis labios se abren y cierran, mis puños se aprietan, mis ojos arden, lágrimas del
alma y mi fe en la humanidad se desmorona.
Sé que parezco un ciervo frente a los faros, pero estoy atrapada. Sé que si pensaba
que sentía las garras de la claustrofobia dentro, siento el apretón de mi tráquea
mientras las manos de los medios exprimen el aire de mí. Mi respiración se presenta
en episodios agudos y cortos. El cielo azul gira ante mi mente mientras se comba en
un perezoso círculo, la oscuridad comienza a filtrarse a través mientras mi conciencia
se desvanece.
Justo cuando estoy a punto de hundirme en el olvido de la bienvenida, unos
brazos fuertes me envuelven y previenen que me estrelle contra el suelo. Mi peso se
va contra Sammy como un tren de carga y me recuerdan la última vez que caí en los
brazos de un hombre. Imágenes agridulces parpadearon de perdidas paletas de subastas
y de las puertas del armario atascadas. Unos ojos verdes vibrantes y una arrogante
sonrisa segura de sí misma.
Pícaro. Rebelde. Temerario.
La voz de Sammy rompe a través de mi mente nublada mientras castiga a la
prensa.
—¡Retrocedan! —gruñe mientras apoya mi peso muerto, su brazo va alrededor
de mi cintura—. Les daremos una actualización cuando tengamos una. —Flashes
reavivan el cielo.
Una vez más, escucho el silbido de las puertas, pero esta vez no me estremecen.
La bestia en el interior es mucho más palpable entonces que la de afuera. Mi
respiración comienza a nivelarse algo y mi corazón se desacelera. Me empujo cayendo
en una silla y cuando miro hacia arriba los ojos de Sammy se encuentran con los míos,
en busca de algo.
—¿Qué demonios crees que estabas haciendo? Podrían haberte comido viva —
jura. Es un espectáculo tan flagrante de emoción que la guardia personal de otra
persona estoica se dé cuenta de mi error al ir afuera. Todavía encuentro mi pie en el
mundo muy público de Pedro y entonces me siento horrible, porque mientras he
estado en la sala de espera rodeada de todo el mundo, me doy cuenta de que Sammy
ha estado aquí solo asegurándose de que nos quedemos solos y sin ser molestado.
—Lo siento, Sammy —respiro una disculpa—. Solo necesitaba un poco de aire
y... Lo siento.
La preocupación persiste en sus ojos.
—¿Estás bien? ¿Comiste algo? Casi te desmayaste allí. Pienso que necesitas comer
un poco.
—Estoy bien. Gracias —le digo mientras me levanto lentamente. Creo que lo
sorprendo cuando me acerco y aprieto su mano—. ¿Cómo estás?
Él se encoge de hombros con indiferencia, aunque el gesto es todo lo contrario.
—Siempre y cuando él esté bien, entonces yo estaré bien.
Él asiente hacia mí mientras se vuelve para reclamar su puesto en las puertas del
hospital antes de que pueda decir algo más.
Mis ojos rastrean sus movimientos por un momento, los comentarios insensibles
de la reverberación de la prensa pasan por mi mente, mientras construyo el coraje para
caminar de regreso a la sala de espera.
Cierro los ojos por un momento. Me permitiré a mí misma no sentir nada más
que el entumecimiento que consume mi alma. Trato de sacar de mis profundidades la
desesperación del sonido de su risa, del sabor de sus besos, incluso de su carácter
obstinado y de su firme determinación… de cualquier cosa para cinchar
conjuntamente las costuras de mi corazón que el amor de Pedro cosió de nuevo.
No eres intrascendente, Paula. Nunca podrías ser intrascendente.
Los susurros del recuerdo atraviesan mi mente y es como pedernal volviendo a
traer a la vida diminutos destellos de esperanza. Tomo una respiración profunda y
muevo mis pies para avanzar por el largo pasillo donde todos los demás esperan con
impaciencia. Estoy justo pasando la estación de enfermeras cuando escucho el nombre
de Pedro ser mencionado por dos enfermeras cuyas espaldas están frente a mí.
Detengo mi paso, tratando de atrapar algún fragmento de información. Trato de
obligar a mi inquieta mente de que nos están mintiendo acerca de la gravedad de la
situación, cuando oigo las palabras que sacan el aire de mis pulmones.
Que hacen que mi corazón se detenga.
Que provocan un escalofrío rebotando por todo mi cuerpo.
—¿Quién está con el Sr. Alfonso?
—El Dr. Irons dirige el caso.
—Bien infiernos, si hay alguien que quisiera que me operara en esa
circunstancia, es seguro que me gustaría que fuera Ironman.
Spiderman.
Jadeo, las enfermeras se voltean para verme. La más alta de las dos da pasos hacia
adelante y mueve su cabeza hacia mí.
—¿Puedo ayudarle señorita?
Batman.
—¿Cómo acaba de llamar al Dr. Irons?
Superman.
Ella me mira, con un ligero fruncimiento en su frente.
—¿Se refiere a nuestro apodo para el Dr. Irons?
Ironman.
Todo lo que puedo hacer es asentir, porque mi garganta se atraganta con
esperanza.
—Oh, es conocido por aquí como Ironman, cariño. ¿Necesita algo?
Spiderman. Batman. Superman. Ironman.
Solo muevo la cabeza de nuevo entonces, dando tres pasos hacia la sala de espera,
pero hundiéndome contra una pared y deslizándome hasta el suelo, mientras me
siento abrumada por la esperanza, dominada por la presencia de los queridos
Superhéroes de Pedro.
Una obsesión de la infancia que se ha convertido ahora en las garras de esperanza
de un adulto.
Descanso mi cara en mis rodillas dobladas mientras me aferro a la idea de que
esta coincidencia es más que solo, una coincidencia. Golpeo mi cabeza hacia atrás y
adelante, sus nombres caen de mis labios en un canto silencioso que sé, por primera
vez en la historia ha sido pronunciado con reverencia absoluta.
—Pedro solía decirlo en su sueño de niño pequeño. —La voz de Andy me
sorprende mientras se desliza por la pared, junto a mí, una exhalación fuerte cae de
sus labios. Me muevo un poco para poder mirar por encima de él. Él se ve años mayor
en las horas desde que la carrera comenzó esta mañana. Sus ojos tienen un dolor
silencioso y su boca intenta levantarse en una suave sonrisa pero fracasa
miserablemente. El hombre que conocía por estar lleno de vida ha sido minado en
exuberancia—. No lo he oído desde hace tiempo. En realidad me olvidé de él hasta
que te oí decirlo. —Se ríe en voz baja, se estira y acaricia mi rodilla mientras estira las
piernas delante de él.
—Andy... —Su nombre es un murmullo en mis labios cuando lo veo luchar con
la emoción. Quiero decirle desesperadamente acerca de las señales, de la aleatoria
ocurrencia de los superhéroes de su muy amado hijo, pero me preocupa que vaya a
pensar que estoy perdiendo la noción de la realidad como temo Beckett cree que lo
hago.
Como me preocupa estar haciendo.
—Me sorprende que te dijera acerca de ellos. Ese solía ser el código secreto que
cantaba cuando de niño tenía una pesadilla o estaba asustado. Nunca me dio los
detalles... nunca me explicó por qué los cuatro superhéroes eran tan reconfortantes
para él. —Me mira, su sonrisa tiene una suave caída—. Dottie y yo solo podíamos
imaginar que algún día esperó que esos superhéroes le salvaran de...
Las palabras se quedan entre nosotros y se asientan en las preguntas que los dos
queremos hacer pero que tampoco decimos en alto. ¿Andy no sabe que yo no sé y
viceversa? Él frota la parte posterior de su mano en sus ojos y exhala un tembloroso
suspiro.
—Él es fuerte, Andy... él estará... tiene que estar bien —digo finalmente cuando
confío en la determinación de mi voz.
Él solo asiente. Vemos a un grupo de médicos que corren junto a nosotros y mi
corazón se va a mi garganta, preocupada por Pedro. Él frota una mano por su cara y
veo el amor llenar sus ojos.
—La primera vez que lo vi, me rompió el corazón y me robó todo con una única
mirada. —Asiento para que continúe porque más que nada entiendo esa declaración,
su hijo me hizo la misma cosa a mí.
Él lo tomó, se lo robó, lo partió, lo sanó y por siempre será su dueño.
—Estaba en el set de trabajo en mi remolque en una reescritura de escena. Había
sido una larga noche. Lu estaba enferma y había estado despierta toda la noche. —
Sacude la cabeza y mira mis ojos por un momento antes de mirar hacia abajo y
enfocarlos en la banda de su reloj con el que está jugueteando—. Llegué tarde a mi
hora de llamada. Abrí la puerta y casi tropecé con él. —Se toma un momento para
calmar las lágrimas que veo brotar de sus ojos para que se disipen—. Creo que juré en
voz alta y vi la pequeña figura sacudida moverse hacia atrás con inconfundible miedo.
Sé que me asustó como la mierda y solo podía imaginar por qué un niño tendría ese
tipo de reacción. Él se negó a mirarme sin importar lo amable que volví mi voz.
Me acerco y tomo su mano en la mía, apretándola para hacerle saber que sé sobre
los demonios de Pedro sin que me los revele. Puede que no sepa los detalles, pero vi
lo suficiente como para captar la esencia.
—Me senté en el suelo junto a él y sólo esperé a que entendiera que no iba a
lastimarlo. Canté la única canción que se me ocurrió. —Se ríe—. Puff the Magic
Dragon. En la segunda vez, él levantó la cabeza y finalmente me miró. Dulce Cristo
me robó el aliento. Tenía los ojos verdes más enormes en esa pequeña cara pálida y me
miraron con tanto miedo... con tal presentimiento... Que tomó todo lo que tenía no
envolver mis brazos alrededor de él y darle comodidad.
—No puedo imaginarlo —murmuro, retiro mi mano, pero me detengo cuando
Andy me la aprieta.
—Él no me habló al principio. Intenté todo para conseguir que me dijera su
nombre y lo que estaba haciendo, pero eso no importó. Nada importaba, ni mi llamada
perdido, ni mi dinero perdido, nada importaba, porque estaba fascinado por el frágil
niño cuyos ojos me decían que había visto y experimentado demasiado en su corta
vida. Luciana tenía seis años en ese momento. Pedro era más pequeño que ella, así
que pensé que estaba a punto de cumplir cinco. Me sorprendió más tarde esa noche,
cuando la policía me dijo que tenía ocho años.
Me obligo a tragar lo que se quedó atascado en mi garganta a medida que escucho
los primeros momentos de la vida de Pedro cuando le dieron amor incondicional. La
primera vez que se le dio una vida de posibilidades en lugar de una de miedo.
—Finalmente le pregunté si tenía hambre y esos ojos se abrieron como platos.
No tenía algo en el tráiler que le gustara a un niño, pero tenía una barra de Snickers y
voy a admitirlo —dice con una risa—. Realmente quería que me quisiera... así que
pensé ¿qué niño no podía ser sobornado con un caramelo?
Sonrío hacia él, la conexión no se me escapa de Pedro comiéndose un Snickers
antes de cada carrera. Se había comido una barra de Snickers hoy. Mi pecho se encoge
con el pensamiento. ¿Había sido eso hace muy pocas horas? Se siente como que han
pasado días.
—Sabes que Dottie y yo habíamos hablado sobre la posibilidad de tener más
niños... pero había decidido que Luciana era suficiente para nosotros. Bueno, debo
decir que ella habría tenido más y que yo estaba contento solo con una. Mierda,
llevábamos una vida ocupada con una gran cantidad de viajes y tuvimos la suerte de
una niña saludable, por lo que, ¿cómo podríamos pedir más? Mi carrera estaba en auge
y Dottie tomaba roles cuando quería. Pero después de esas primeras horas con Pedro,
no hubo ni siquiera una vacilación. ¿Cómo iba a alejarme de esos ojos y de esa sonrisa
que sabía que se escondía en algún lugar bajo el miedo y la vergüenza? —Una lágrima
se deslizó y bajó por su mejilla, la preocupación por su hijo, entonces y ahora, rodaba
fuera de él en oleadas. Levanta su mirada hacia mí con los ojos grises llenos de una
profundidad de emociones—. Es la persona más fuerte, el hombre, que he conocido,
Paula. —Ahoga un sollozo—. Simplemente necesito que lo sea en este momento... No
puedo perder a mi hijo.
Sus palabras arrancaron lugares tan profundos dentro de mí, porque entendía la
angustia de un padre asustado por estar perdiendo a su hijo. El miedo profundamente
arraigado que no quieres reconocer pero que exprime cada parte de tu corazón. La
simpatía me inundó por este hombre que le dio todo a Pedro, y sin embargo, el
entumecimiento en mi interior encarcela a mis lágrimas.
—Ninguno de nosotros puede, Andy. Él es el centro de nuestro mundo —susurro
con voz entrecortada.
Andy mueve su cabeza a un lado y se voltea y me estudia por un momento.
—Tengo miedo cada vez que se mete en el coche. Cada maldita vez... pero es el
único lugar en donde lo veo libre de la carga de su pasado... Lo veo correr más rápido
que los demonios que lo atormentan. —Me aprieta la mano hasta que miro hacia atrás
para ver la sinceridad en sus ojos—. La única vez, es decir, hasta hace poco. Hasta que
lo vi hablando, preocupándose, interactuando... contigo.
Mi respiración se atrapa, lloro, y por primera vez, no caen. Después de tener a la
madre de Max, Claire, odiándome por tanto tiempo, la aprobación tácita del padre de
Pedro es monumental. Hipo un aliento, tratando de contener el tornado de
emociones que giran a través de mí.
—Lo amo. —Es todo lo que puedo decir. Después, es todo lo que puedo pensar.
Lo amo y puede ser que no vuelva a mostrárselo realmente ahora que admitió sentir
lo mismo por mí. Y ahora me paro en el precipicio de las circunstancias tan fuera de
mi control, que temo nunca poder volver a tener la oportunidad de hacerlo.
La voz de Andy me saca de mi creciente ataque de pánico.
—Pedro me dijo que le animaste a encontrar a su madre biológica.
Miro hacia abajo y dibujo círculos ausentes en mi rodilla con mi dedo, temiendo
que esta conversación pueda ir en dos direcciones: que Andy pueda estar agradecido
de que estoy tratando de ayudar a su hijo a sanar o que pueda estar molesto y crea que
estoy tratando de abrir una brecha entre ellos.
—Gracias por eso —exhala suavemente—. Creo que siempre ha estado
perdiendo una pieza y tal vez saber acerca de ella le ayude a llenar eso a él. Solo el
hecho de que esté hablando de ello, preguntando por ello, es un gran paso... —Se estira
y pone un brazo alrededor de mi hombro y tira de mí hacia él por lo que mi cabeza
descansa sobre su hombro—... así que gracias por ayudarlo a encontrarse a sí mismo
en más de un sentido.
Asiento en reconocimiento, su confesión causa que las palabras se me escapen.
Nos sentamos juntos así durante algún tiempo, la aceptación y la comodidad tiran el
uno del otro cuando lo único que siento es vacío en mi interior.
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