domingo, 14 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 84

Los minutos se convierten en horas.
Las horas se convierten en días.
El tiempo se desliza lejos, cuando hemos perdido también gran
parte de lo que es.
Me niego a dejar la cama de Pedro. Hay demasiadas personas que lo han dejado
en su vida, y me niego a hacerlo cuando más importa. Así que hablo con él sin cesar.
Hablo de todo y nada, pero no ayuda. Él nunca reacciona, nunca se mueve... y eso me
mata.
Los visitantes entran y salen de su habitación en episodios esporádicos: sus
padres, Luciana y Becks. Los partes médicos se dan en la sala de espera, donde algunos
miembros de la tripulación y Tamara todavía se reúnen todos los días. Y no tengo
ninguna duda de que Becks se asegura de que Tamara se mantenga a distancia de mí y
de mi estado emocional más frágil.
Al quinto día no puedo soportarlo más. Necesito sentirlo contra mí. Necesito esa
conexión física con él. Muevo con cuidado todos los cables a un lado y me arrastro con
cautela sobre la cama a su lado, poniendo mi cabeza en su pecho y mi mano sobre su
corazón. Las lágrimas vienen ahora con la sensación de su cuerpo contra el mío.
Encuentro consuelo en el sonido de los latidos del corazón, fuertes y constantes por
debajo de mi oído, en lugar del pitido electrónico del monitor del que he llegado a
depender como un indicador de su estado momentáneo.
Me acurruco contra él, deseando la sensación de su brazo encrespándose
alrededor de mí y el rumor su voz a través de su pecho. Pequeños trozos de confort
que no vienen.
Estamos así durante un rato y estoy desvaneciéndome en las garras del sueño,
cuando me sobresalto despertándome. Juro que es la voz de Pedro que está tirando de
mí. Juro que oigo el canto de los superhéroes, un suspiro tumultuoso en sus labios. Mi
corazón se acelera en mi pecho mientras intento reencontrarme con el entorno
exterior de su habitación. La única cosa familiar es Pedro junto a mí, e incluso eso es
un pequeño consuelo para el alboroto en mi psique, porque él no es el mismo tampoco.
Sus dedos se sacuden y gime de nuevo y aunque no son las palabras que me
despertaron, en el fondo sé que él está llamándoles. Pidiendo ayuda para que lo saquen
de esta pesadilla.
No sé cómo calmarlo. Ojala pudiera arrastrarme dentro de él y hacerlo mejor,
pero no puedo. Así que hago lo único que se me ocurre, me pongo a cantar en voz baja,
los comentarios de su padre que suenan en mis oídos. Pensé que me había olvidado de
la letra de la canción que había oído hace mucho, pero me viene fácilmente después
de luchar con las primeras palabras.
Así que en este ambiente frío y estéril, intento utilizar letras para dar calor a
Pedro cantando la canción de su infancia: Puff the Magic Dragon.
Ni siquiera me doy cuenta de que me he quedado dormida hasta que me
despierto sobresaltada cuando oigo el chirrido de los zapatos en el suelo y miro hacia
arriba para hacer frente a los amables ojos de la enfermera. Puedo ver la reprimenda a
punto de rodar fuera de la punta de su lengua, pero la mirada de súplica en mis ojos la
detiene.
—Cariño, realmente no deberías estar ahí arriba con él. Hay posibilidad de que
puedas sacar un cable. —Su voz es suave y ella niega cuando me encuentro con sus
ojos—. Pero si es lo que deseas mientras estoy en el turno, prometo no decirlo. —Ella
me da un guiño y sonrío con gratitud hacia ella.
—Gracias. Solo tenía que... —Mi voz se apaga porque cómo puedo poner en
palabras que lo necesitaba de alguna manera para conectar con él.
Ella se acerca y me acaricia el brazo en comprensión.
—Lo sé, querida. Y ¿quién puede decir que no le ayudará para sacarlo de su
estado actual? Solo ten cuidado, ¿de acuerdo? —Asiento antes de que ella salga de la
habitación.
Me quedo sola de nuevo en la oscuridad con el resplandor misterioso de las
máquinas que iluminan la habitación. Todavía me acurruco en su costado, ladeo mi
cabeza hacia arriba y presiono mis labios a ese lugar favorito de los míos, en la parte
inferior de su mandíbula. Su pescuezo es casi una barba ahora y doy la bienvenida a
las cosquillas que me provoca la misma, en mi nariz y los labios. Lo dibujo y me
entretengo solo en el aspecto de él. La primera lágrima se desliza de forma suave y
antes de darme cuenta, los últimos días se desploman en torno a mí. Estoy acostada
aferrándome al hombre que amo, todavía con miedo de poder perderlo, superando
todas las formas de emoción inimaginables.
Y así le susurro lo único que puedo para expresar el miedo que retiene mi alma.

Spiderman. Batman. Superman. Ironman.

Mis lágrimas ceden con el tiempo y poco a poco sucumbo a las garras del sueño
de nuevo.

***

Despierto desorientada, los ojos parpadeando rápidamente por la luz que se filtra
a través de las ventanas. Voces que murmuran llenan mis oídos pero la que más me
sorprende es la que vibra debajo de mi oreja.
La conciencia me sacude cuando me doy cuenta de lo que vibra es la voz de
Pedro. En una fracción de segundo mi corazón truena, se me corta la respiración y la
esperanza se eleva. Mi cabeza mareada mientras me siento y miro al hombre que amo,
todos los demás en la sala olvidado.

—Hola. —Es la única palabra que puedo manejar cuando mis ojos chocan con
los suyos. Escalofríos bailan encima de mi carne y mis manos tiemblan al verlo
despierto, alerta y consciente.
Sus ojos parpadean encima de mi hombro antes de volver a descansar en los míos.
—Hola —raspa mientras mi euforia se dispara. Él ladea ligeramente la cabeza
para observarme y aunque la confusión parpadea en su rostro, no me importa, porque
está vivo y entero.
Y él vuelve a mí.
Me siento allí y lo miro por un momento, con mi pulso acelerado y la conmoción
de verlo despierto robando mis palabras.

―Iron… Ironman... —tartamudeo, pensando que tengo que ir a buscar al
médico. No quiero moverme. Quiero besarlo, abrazarlo, nunca dejarlo ir otra vez. Él
solo me mira como si estuviera perdido y es comprensible, porque él ha despertado a
un frenético caos y lo único que digo es el nombre de un superhéroe.
Empiezo a levantarme fuera de la cama, pero él llega y agarra mi muñeca.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Su mirada busca la mía haciendo tantas
preguntas, que no estoy segura de que puedo responder.
—Yo… yo… tuviste un accidente —tartamudeo, tratando de explicar.
Esperando que la inquietud que serpentea por mi columna vertebral y cava sus garras
en mi cuello solo sea la sobrecarga de emociones de los últimos días—. Te estrellaste
durante la carrera. Tu cabeza... has estado en coma por una semana... —Mi voz se
desvanece a medida que veo sus ojos estrecharse y su cabeza ladearse hacia un lado.
Puedo verlo tratando de trabajar a través de los recuerdos en su cabeza, así que le doy
tiempo para que haga eso.
Sus ojos miran hacia atrás por encima de mi hombro de nuevo y es ahora que me
acuerdo que había voces en la habitación de más de una persona, pero algo en la
expresión de su cara me hace tener miedo de mirar hacia otro lado .
—Pedro...
—Me dejaste. —Su voz está rota y desgarradora, llena de incredulidad.
—No... —Niego, agarrando su mano, con el miedo comenzando a arrastrarse en
mi voz—. No. Regresé. Lo resolvimos. Despertamos juntos. —Puedo oír el pánico
creciente en mi tono, puedo sentir el latido de mi corazón, descender por completo la
esperanza que acababa de recuperar—. Corrimos juntos.
Agita su cabeza suavemente hacia delante y hacia atrás con un tartamudeo de
incredulidad.
—No, no lo hiciste. —Él mira por encima de mi hombro mientras saca su mano
de la mía y le tiende la mano ahora libre, a la persona que hay detrás de mí—. Tú
fuiste. Te perseguí, pero no pude encontrarte. Ella me encontró en el ascensor. —La
sonrisa que había estado en silencio necesitando, queriendo para reafirmar nuestra
conexión, es dada... pero no a mí.
El aire perfora en mis pulmones, la sangre se drena de mi cara, y una frialdad se
filtra en cada fibra de mi alma cuando la sonrisa de amor, la que él solo reserva para
mí, se la otorga a la persona de mi espalda.
—Pedro no puede recordar todo, muñeca. —La voz asalta mis oídos y me rompe
el corazón—. Así que le informé de todas las piezas que faltaban —dice Tamara
mientras aparece a la vista, arrugando la nariz con una sonrisa condescendiente—.
Cómo te fuiste y nos reencontramos. —Ella mueve su lengua en su boca mientras la
sonrisa victoriosa se ensancha, los ojos relucen, enviando un mensaje alto y claro.

Yo gano.

Tú pierdes.

El suelo abandona mi mundo, la negrura deteriora mi visión y queda el vacío
siniestro para hacerle frente.

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