viernes, 5 de septiembre de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 70

—¡Todavía no! —reprendo a Shane cuando pide de nuevo abrir uno de sus regalos.
—Oh vamos, Pau. —Me muestra su señora sonrisa asesina—. ¿No puedo al menos abrir uno?
—¡No! Ningún regalo se abre hasta después del pastel. ¡Tienes que pedir un deseo primero! —Sonrío mientras termino de levantar lo último de la mesa—. Además, ya has abierto los regalos de tus amigos anoche, cuando todos fueron al cine.
—No puedes culpar a un hombre por intentarlo —dice mientras se sienta en un taburete.
—¿Qué vieron?
Sus ojos se iluminan como un chico normal de dieciséis años, ante la mención de su noche de cine mixta, y me alegra el corazón. Este chico es un rompecorazones, y me recuerdo a mí misma hablar con Jackson sobre tener una charla de hombre a hombre con él acerca de ser responsable.
—Esa nueva película de zombis. ¡Estuvo más que genial!
—Mmm-hmm... ¿Sophie fue con ustedes? —Sus mejillas se enrojecen ante su nombre, y sé que Jackson definitivamente tiene que tener esa charla pronto.
Shane me llena con los detalles de su noche, mientras que el resto de los chicos están fuera con Dane, Bailey, Jackson y Austin, los demás consejeros que ayudan a la celebración. Ellos están decorando el patio para la fiesta de cumpleaños, como es nuestra practicada tradición aquí en La Casa.
—¡Está bien, estamos listos para el cumpleañero! —anuncia Austin al entrar en la cocina. Shane pone los ojos en blanco ante la idea infantil de una fiesta de cumpleaños, pero sé que en el fondo, secretamente, disfruta del alboroto.

Salimos al patio, donde serpentinas y globos cuelgan al azar pero aun así cariñosamente. Es obvio que los chicos más jóvenes ayudaron con la decoración. Hay un pastel colocado en una mesa y otra tiene un pequeño conjunto de presentes de cumpleaños en ella. Shane sonríe brillantemente ante la vista y el coro de aplausos que estallan cuando entra por la puerta.
Pasamos el rato y jugamos juegos infantiles de fiesta porque para estos chicos nada es una tontería. Ellos se han perdido numerosas ridículas tradiciones en sus vidas, y queremos tratar de proporcionarles tales cosas aquí. Después de ponerle la cola al burro, decidimos que es hora del pastel.
—Uy, me olvidé de los platos de fiesta —me susurra Bailey cuando coloca diecisiete velas sobre el pastel.
—¡Voy por ellos! —manifiesta Scooter.
—¡No! Ya los traigo —le digo rápidamente mientras Bailey me mira de manera extraña—. Todas las cosas de las cestas de Pascua están en el mismo armario —le susurro, no queriendo que Scooter viera accidentalmente el escondite secreto del conejito de Pascua. Ella sólo sonríe y lo llama para que la ayude.
Me toma un tiempo sacar los platos de la caja en el garaje porque muevo y vuelvo a esconder el traje de Pascua en un estante más alto y pongo algunas cosas en frente de él para un mejor escondite. Austin está caminando por el pasillo para encontrarme cuando vuelvo por la puerta del garaje a la casa.
—¿Todo bien? —pregunta, su acento inglés haciendo que las esquinas de mi boca se levanten un poco hacia arriba. Realmente es el epítome de hermoso con su pelo rubio, piel dorada y novia muy seria a quien he terminado llamando amiga.
—Sí. —Sonrío. Mientras caminamos a través de la gran sala y fuera hacia la puerta trasera, él desliza un brazo por encima de mi hombro y me acerca a su lado para susurrarme lo que le compró a Shane por su cumpleaños mientras caminamos hacia el patio. Me río a carcajadas mientras me cuenta de su regalo de chiste y luego su verdadero regalo, cuando reenfoco la atención en la fiesta. Y a pesar de que es completamente inocente, la boca de Austin acaricia mi oído al divulgar sus regalos de cumpleaños secretos cuando levanto la cabeza y, sorprendentemente, encuentro los ojos de Pedro a través del patio.

Siento que el mundo se cae bajo mis pies, mi corazón se tambalea en mi pecho y mi respiración queda capturada en mi garganta. Sus comentarios se encuentran con la mezcla de Lina y se funden en mi cabeza, y cada parte de mi cuerpo y alma quieren cada parte del suyo ahora. Quiero que las complicaciones desaparezcan, las imágenes en mi cabeza de él y Tamara se desvanezcan; simplemente volver a donde estábamos con él afeitándose en el baño con el mango color rosa de mi navaja en la mano.
Y por mucho que quiero volver a verlo sin importar el dolor que su presencia causa, no puedo encontrar en mí perdonar lo que hizo. ¿No acabaría sucediendo de nuevo?
Sus ojos sostienen los míos por un segundo, disparando dagas a Austin y su brazo envuelto en mi hombro, antes de volver a su conversación con, de todas las personas, la interna Bailey. Sí, esa Bailey. La chica con la que creo se había enredado antes de ayudarme a salir del armario la primera noche que nos conocimos. Y a pesar de que Pedro continúa mirando hacia mí, Bailey no tiene ni idea, con todo su descarado coqueteo centrado exclusivamente en él. Mi estómago se rebela cuando la veo colocar una mano en su bíceps y sonreír insinuantemente hacia él.
—Alguien no recibió el memo —susurra Dane en mi oído cuando Austin va a ayudar a Ricky con algo.
—¿Qué?
—Bailey no parece haber recibido el memo de que Pedro no está más en el mercado.
—Puede tenerlo. —Resoplo, poniendo los ojos en blanco mientras lo veo dar otra mirada hacia mí. Dane me mira raro, y me doy cuenta de que he dejado deslizar nuestro pequeño dilema de ya-no-nos-vemos.
He mantenido deliberadamente lo que ha sucedido en secreto, no queriendo que ninguno en la empresa escuchara por ahí que Pedro y yo estamos en desacuerdo para que no llegara a Teddy. Realmente ha sido fácil ya que nunca hablé de todos modos, sino que dejaba que los rumores corrieran sin confirmarlos o negarlos.
—Uh-oh. —Sonríe Dane, siempre listo para los chismes jugosos—. Suena como problemas en el paraíso.

—Paraíso sin duda no es la palabra que usaría para describirlo —murmuro, incapaz de sacar mis ojos de Pedro—. Prueba con un barco que se hunde sin salvavidas y un montón de problemas.
—Todo el mundo tiene problemas, cariño. Lástima que él no se balancee en mi camino porque definitivamente podría hacerme cargo de cualquier problema sobre mamá que pudiera tener, asegurándome de que se ocupe de mi gran problema de papi, si entiendes lo que digo. —Mueve sus cejas juguetonamente.
—¡Eew que asqueroso! —Le palmeo el hombro, pero me echo a reír. No puedo evitarlo. Es la primera buena risa que he tenido en semanas, y se siente bien simplemente dejarse ir.
—Tengo la sensación de que va a haber fuegos artificiales en San Petersburgo, y no es ni de cerca cuatro de julio. —Dane ríe disimuladamente.
Tengo un caso grave de risa, mi catarsis sobre mis emociones reprimidas suceden en el momento más extraño, y varios de los chicos me miran como si hubiera perdido la razón.
—Está bien... vamos chicos —les digo, tratando de contener la risa—, es momento de cortar el pastel.
Todos se reúnen alrededor de la mesa, con Shane sentado frente al pastel mientras encendemos las velas y le cantamos. Su cara está llena de emoción cuando cierra los ojos para hacer su deseo, y yo me pregunto qué es lo que espera. El pastel se corta y todo el mundo está disfrutando de una porción, así que me deslizo dentro para colocar el helado de nuevo en el congelador y limpiar el cuchillo. Cierro la puerta del congelador y salto de susto cuando veo a Pedro allí de pie en la cocina.
—¿Quién es el británico?
—¡Jesús! ¡Me has asustado!
Mantengo mi mano en la manija del refrigerador, sin saber qué hacer mientras sólo nos miramos el uno al otro. Varias veces durante las últimas semanas, he deseado que pudiera retroceder el tiempo y retirar esas tres pequeñas palabras que yo había dicho, pero me doy cuenta ahora mismo en este momento, mientras se para ante mí tan dolorosamente bello por dentro y por fuera, que no creo que lo hiciera. Lo amaba. Todavía lo amo. Y necesitaba que alguien se lo dijera para que en algún momento en el futuro él pueda mirar hacia atrás y aceptar el hecho de que es digno de ese amor. No sé si estoy dispuesta a
quedarme alrededor y aceptar el dolor que estoy segura de que va a infligir a la persona dispuesta a afirmar tal noción.
—Lo siento. —Él sonríe a medias, pero la sonrisa no llega a sus ojos. Más bien, siento irritación e impaciencia de él—. ¿Quién es él? —exige de nuevo, y no hay enmascaramiento de su molestia ahora—. ¿Está contigo? Porque con seguridad que parecían íntimos? Te recuperaste muy rápido, Rylee.
Cada parte de mí que se hundió en alivio al verlo aquí esta noche, está ahora erizada con irritación. ¿Quién diablos se cree que es viniendo aquí y acusándome de tener una cita? Si él piensa que esta es la mejor manera de comenzar nuestra conversación, está muy equivocado.
—¿En serio, Pedro? —Pongo los ojos en blanco utilizando la palabra de Shane, no queriendo tratar o gastar el tiempo en calmar el frágil ego de Pedro. Cuando simplemente se queda parado ahí y me mira, cedo por el bien de no hacer una escena a pesar de la celosa rabieta de macho alfa que está lanzando—. Es un consejero de aquí —resoplo.
Ladea su cabeza y me mira fijamente, un músculo apretándose en su mandíbula con sus ojos penetrantes.
—¿Te lo has follado?
—Eso no es de tu maldita incumbencia. —Lo miro con desagrado, la ira aumentando a medida que trato de rozarlo al pasar.
Me alcanza y agarra mi bíceps, sosteniéndome en el lugar por lo que mi hombro golpea el centro de su pecho. Puedo sentir el rápido latido de su corazón contra mi brazo y escuchar su respiración irregular mientras yo miro fijamente hacia adelante.
—Todo sobre ti es de mi incumbencia, Paula. —Un resoplido de disgusto es mi única respuesta—. ¿Lo hiciste?
—Hipócrita. A diferencia de ti, Ace, no hago un hábito de follar con las personas que trabajan para mí. —Inclino mi barbilla en alto y lo miro a los ojos para dejarle ver la ira, el dolor, y el desafío desbordando de los míos. La mueca que exterioriza en su rostro, de otra manera estoico, me permite saber que he logrado mi punto. Nos quedamos así por un momento, mirándonos el uno al otro—. ¿Qué haces aquí, Pedro? —pregunto eventualmente con resignación.
—Shane me invitó a su fiesta de cumpleaños. —Se encoge de hombros, sacando su mano de mi brazo y empujando las dos manos dentro de los bolsillos
de sus pantalones vaqueros—. No podía decepcionarlo sólo porque tú te niegas a verme.
¿Qué puedo decir a eso? ¿Cómo puedo estar enojada con él por estar aquí, cuando está aquí por uno de los chicos?
—Y porque... —Se pasa la mano por el cabello y da unos pasos hacia atrás mientras lucha por averiguar qué decir a continuación. Deja escapar un suspiro audible y está a punto de hablar de nuevo cuando Shane viene disparado dentro la casa.
—Vamos a… abrir los regalos ahora —termina después de mirar hacia Pedro y hacia mí, frunciendo el ceño con incertidumbre mientras intenta descubrir la dinámica entre nosotros dos.
Aspiro profundamente contenta de ser salvada, porque no creo haber podido decirme a qué hacer en el momento. Mi corazón me dice que quiero escucharlo, entender lo que pasó, averiguar a dónde ir desde aquí. Pero, mi cabeza, mi cabeza me dice: Quack.
—¡Regalos! —repito mientras salgo de la cocina y paso junto a Pedro sin reconocer su comentario.
El entusiasmo de Shane es más que contagioso para el resto de nosotros, los espectadores, mientras abre sus regalos. Sus ojos están llenos de entusiasmo, y su sonrisa refleja un adolescente que se siente amado. Me paro en el margen de la multitud, viendo la acción y reflexionando un poco sobre el buen trabajo que estamos haciendo aquí con estos chicos. Es curioso cómo a veces sólo te golpea, y este momento es uno de esos momentos. Me apoyo en la viga de la cubierta del patio mientras Shane levanta su último regalo y lo agita mientras los pequeños gritan lo que piensan que podría ser.
Es una caja rectangular plana que yo no había visto en la mesa antes, y doy un paso más cerca para ver lo que es, mi curiosidad saca lo mejor de mí. Shane rasga el papel, y cuando abre la caja, se desliza una tarjeta hacia afuera. Da vuelta la tarjeta en su mano, y cuando no ve nada en el sobre, se encoge de hombros y lo abre. Miro sus ojos ampliándose y sus labios abriéndose mientras lee las palabras dentro. Su cabeza se mueve bruscamente hacia arriba y busca entre los asistentes a la fiesta para encontrar los ojos de Pedro.
—¿En serio? —pregunta, con incredulidad en su voz.

Tengo curiosidad en cuanto a lo que está escrito en la tarjeta y mi vista se centra en Pedro mientras una tímida sonrisa se extiende por sus labios y asiente con la cabeza.
—En serio, Shane.
—¿Me estás jodiendo?
—¡Shane! —espeta Dane hacia él en señal de advertencia, y las mejillas de Shane vuelven rojas cuando se sonroja por la reprimenda.
Pedro se ríe a carcajadas.
—No, no lo estoy. Mantén buenas calificaciones y lo haré. Lo prometo.
Todavía perpleja en cuanto a lo que los dos están hablando, salgo de las sombras y camino hacia a Shane. Él sostiene la tarjeta para que yo la vea. La tarjeta es una tarjeta de cumpleaños típica, pero es la caligrafía en el interior lo que hace que mi corazón se desplome.
¡Feliz cumpleaños, Shane! Lo que más recuerdo sobre cumplir 16 es querer desesperadamente aprender a conducir... así que esta tarjeta te da derecho a lecciones conducir… de mí. (Sin embargo, elijo el auto... y el Aston está fuera de los límites). Qué tengas un buen día, amigo. —Pedro.
Miro a Shane que todavía parece no poder creer que un piloto de carreras famoso se haya ofrecido a ser su instructor detrás del volante. Veo en sus ojos la autoestima que Pedro le ha dado en este ofrecimiento y reprimo las lágrimas que queman mi garganta. No le ofrece algo de valor material que se puede comprar con facilidad, sino que le da a Shane algo mucho más valioso: tiempo. Alguien a quien admirar. Alguien con quien pasar el tiempo. Pedro entiende a estos chicos tan bien y lo que necesitan en qué momento, y sin embargo, no puede comprender lo que yo necesito y cómo me siento por lo que interrumpí.
Shane se levanta, se acerca a Pedro y le da la mano para darle las gracias antes de pasar la tarjeta a todo el mundo para mostrarles lo que dice. Aparto la mirada de observar a Shane para ver a Pedro mirándome en silencio. Asiento con la cabeza suavemente hacia él tratando de transmitir mi agradecimiento por
su bien pensado regalo. Él sostiene mi mirada mientras lentamente se acerca a mí. Me muerdo el labio inferior con duda. Mi cuerpo se llena con una guerra civil de emociones, y ya no sé qué hacer.
Pedro coloca su mano en la parte baja de mi espalda, el contacto pone mis nervios a bailar incluso más de lo que ya lo están. Su aroma característico me envuelve y reflexivamente separo mis labios, deseando el sabor de él que he echado mucho de menos.
Se inclina hacia mí y me pregunta por segunda vez esta noche:
—¿Podemos hablar un momento? —Su tono áspero llena mis oídos y la calidez de su aliento es como una pluma sobre mi mejilla.
Doy un paso atrás alejándome de él, necesitando distancia para mantener la cabeza clara.
—Um... no creo que sea una buena idea... La Casa no es el mejor lugar para... —Trastabillo con las palabras.
—No me importa. Esto no tomará mucho tiempo. —Es su única respuesta mientras me dirige al margen de la actividad en el patio. El breve respiro da a mi mente el tiempo para pensar. Para racionalizar. Para decidir—. Yo hablo, tú escuchas. ¿Entendido?
Me vuelvo hacia él y miro a las líneas de su magnífico rostro parcialmente oculto por la sombras de la noche. Mi ángel luchando entre la oscuridad y la luz. Tomo una fortificante respiración antes de abrir la boca para hablar, las opciones y la indecisión gira alrededor con emociones mezcladas.
—Pedro... —Empiezo antes de que pueda hablar y cuando veo la molestia cruzando su rostro, decido cambiar de táctica. Trato de proteger a mi corazón de una mayor devastación, aunque está llorando en protesta por lo que estoy a punto de hacer—. No hay nada que explicar. —Me encojo de hombros; tragándome el nudo que obstruye mi garganta para que las mentiras puedan prevalecer—. Dejaste claro desde el principio lo que había entre nosotros. Confundí nuestra química física con amor. —Los ojos de Pedro se entrecierran y su boca se vuelve laxa ante mis palabras—.Típico error femenino. Sexo estupendo no significa amor. Lo siento por eso. Sé lo mucho que odias el drama, pero me doy cuenta de que estás en lo cierto. Esto nunca habría funcionado. —Aprieto los dientes, sabiendo que esto es lo mejor cuando veo la confusión parpadeando en su rostro—. No es como si fuéramos exclusivos. Lo que hiciste
con Tamara es tu problema. Puede que no me guste, pero así son las rupturas, ¿verdad?
Si lo doy por perdido, podría hacer que tener trabajar juntos fuera menos incómodo para los dos a pesar de saber que en el fondo tener que estar a su lado cuando mi corazón aún lo desea, infiernos, cuando cada célula de mi cuerpo lo quiere de un modo u otro, será brutal.
Tratando de evitar que el recuerdo de la mirada herida en esos ojos verdes cristalinos, comienzo a apartarme de él, moviéndome para que no pueda ver las lágrimas o la barbilla temblorosa. Se estira y sostiene su lugar favorito en mi bíceps.
—Vuelve aquí, Paula..
Cierro los ojos ante el sonido triste de mi nombre en sus labios y trato de infundir indiferencia en mi voz cuando en realidad la encuentro.
—Gracias por los buenos momentos. Fue real, mientras duró. —Me encojo sacando el brazo fuera de su alcance, y sólo cuando abro los ojos para alejarme veo a Shane observando la interacción, con preocupación en sus ojos al ver la expresión en mi cara.
Pedro murmura una maldición entre dientes mientras me alejo con el pretexto de ir a ayudar a limpiar. En vez de ir a la cocina para lavar los platos, paso por delante de él y entro en el cuarto de los consejeros. Me siento en el borde de una de las dos camas allí y mantengo la cabeza en mis manos.
¿Qué acabo de hacer? Trato de recuperar el aliento, mi conciencia y mi corazón no están de acuerdo con lo que mi cabeza decidió que era el mejor curso de acción. Me dejo caer en la cama y froto mi ojos con mis manos, una letanía de maldiciones caen en silencio de mis labios mientras me castigo a mí misma. Un suave golpe en la puerta y antes de que pueda sentarme, Shane asoma la cabeza por la puerta entreabierta.
—Paula?
—Hey, amigo. —Me siento y la sonrisa que creo que voy a tener que forzar sale naturalmente ante la mirada de preocupación en su rostro—. ¿Qué pasa? —pregunto mientras acaricio el espacio en la cama junto a mí. Puedo decir que algo le está molestando.
Arrastra los pies al acercarse y se sienta a mi lado, con los ojos inclinados hacia abajo mientras que ata y desata sus propios dedos.

—Lo siento. —Respira.
—¿Por qué? —Normalmente soy bastante buena en seguir los estados de ánimo de los chicos, pero estoy confundida aquí.
—Es que... has estado triste... y él te hace feliz... usualmente... así que lo invité para que estuvieras feliz de nuevo. Y ahora estás triste... y es por su culpa. Y yo... —Cierra los puños y aprieta los dientes.
La incomodidad de Shane es obvia, mientras me golpea lo que está diciendo. Mi corazón se rompe cuando me doy cuenta que ha invitado a Pedroaquí para tratar de animarme sin saber que él es la razón por la que he estado tan sombría en los últimos días. Y entonces me siento culpable porque, obviamente, dejé que mi relación con Pedro afectara mi trabajo. Extiendo la mano y aprieto la suya.
—Tú no has hecho nada malo, Shane. —Espero hasta que levanta sus ojos a los míos, ojos del hombre en el que se está convirtiendo, pero que aún reflejan al niño inquieto en su interior—. ¿Qué te hace pensar que he estado triste?
Sólo mueve la cabeza, las lágrimas empiezan a acumularse en las esquinas de sus ojos.
—Sólo has estado... —Se detiene, y espero a que termine el pensamiento que veo trabajando el camino a su boca—. Mi madre siempre estaba muy triste... siempre tan molesta porque sólo éramos nosotros dos... Nunca hice nada para ayudar... y luego... —Un día la encontraste muerta con los frascos de píldoras vacíos junto a su cama—. Lo siento, sólo estaba tratando de mejorar las cosas... No me di cuenta que él es quien lo hizo peor.
—Oh, mi dulce muchacho —le digo, tirando de él a mis brazos mientras una lágrima solitaria se desliza por su mejilla. Mi corazón se hincha con el amor que siento por este chico, mucho más viejo que sus años por inmensas razones, pero con un corazón tan tierno, tratando de hacerme sentir mejor—. Esa es una de las cosas más lindas que alguien ha hecho por mí. —Me aparto y enmarco su rostro entre mis manos—. Tú, Shane; tú y el resto de los niños en nuestra familia, son los que me hacen feliz todos los días.
—De acuerdo... Bueno, no tengo que aceptar su regalo si te pone triste —ofrece sin vacilación.
—No seas tonto. —Le doy palmaditas en la pierna, el gesto me llega—. Pedro y yo estamos bien —le miento por una buena razón—. Sólo está siendo hombre. —Obtengo una leve sonrisa de él con esa línea a pesar de que sus ojos
aún reflejan incertidumbre—. ¡Además, piensa en lo genial que va a ser decirles a todos tus amigos que un piloto de carreras real, te enseñó a conducir!
Su sonrisa se ensancha.
—¡Lo sé! ¡Es tan genial! —Y una vez más estamos de vuelta en iguales condiciones. Él se levanta y comienza a caminar hacia la puerta, mi niño que está creciendo tan rápido.
—¿Oye, Shane?
—Sí. —Se detiene en la puerta y se da la vuelta.
—Feliz cumpleaños, amigo. Te jugaré al fútbol más de lo que nunca sabrás.
Una vergonzosa sonrisa se extiende en su rostro, su cabello se deja caer sobre la frente cuando simplemente sacude la cabeza y me mira.
—Tengo dieciséis ahora. Podemos decirnos las cosas sin usar frases claves. —Empuja su cabello fuera de sus ojos cuando se encuentran con los míos—. Yo también te quiero —dice antes de encogerse de hombros, como sólo uno chico de dieciséis años puede hacerlo y se aleja. Miro detrás de él con una sonrisa pegada en la cara, un corazón rebosante de amor, y lágrimas de alegría llenándome los ojos.

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