sábado, 13 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 81



Es un día perfecto. Cielo azul sobre mi cabeza, el sol calentando mis

mejillas y ningún pensamiento en mi mente. Las olas se estrellan en la

arena con un crescendo calmante, balanceo tras balanceo. Vengo aquí a

menudo, el lugar en el que tuvimos nuestra primera cita oficial, porque aquí me siento

cerca de él. Un recuerdo, algo a lo que aferrarme cuando puede ser que nunca pueda

volver a aferrarme a él.

Envuelvo mis brazos alrededor de mis rodillas y respiro, aceptando que la tristeza

siempre será un dolor constante en mi corazón y deseando que él estuviera aquí a mi

lado. Pero al mismo tiempo, sé que no me siento tan en paz desde que él se fue. Podría

estar aparcando mi dolor en una esquina, al menos eso es lo que piensa mi terapeuta,

ya que he pasado días sin el pánico ciego y sin estrangular a gritos lo que consume mis

pensamientos y sesga mi contacto con la realidad. Creo que tal vez, después de todo

este tiempo, podría ser capaz de seguir adelante, no sobre ello, sino hacia adelante.

El coche solitario en la playa de estacionamiento a mi derecha, me llama la

atención. No estoy segura de por qué. Tal vez sea porque el coche está aparcado cerca

de donde Pedro aparcó el Aston Martin en nuestra primera salida espontánea, la cita

de playa más cara de la historia, pero miro, mi corazón con la esperanza de lo que mi

mente sabe que es imposible. Que es él aparcando el coche, para unirse a mí.

Me giro para mirar justo a tiempo para ver una figura de pie al lado del pasajero

e inclinándose para hablar con el conductor a través de la ventana abierta. Algo acerca

de la persona hace que me levante de la arena. Protejo mis ojos del resplandor del sol

y estudio su perfil, de repente siento que algo está mal.

Sin pensarlo, me pongo a caminar hacia el auto, mi inquietud aumenta con cada

paso. El desconocido se endereza y se vuelve hacia mí por un segundo, el sol

iluminando sus rasgos oscuros y mis pies se tambalea, pierdo mi aliento.

Mi ángel oscuro, de pie en la luz.

—¿Pedro? —Mi voz es apenas un susurro mientras mi cerebro intenta

comprender cómo es posible que él esté aquí. Aquí conmigo cuando los vi cargando

su cuerpo que no respondía en la camilla, besé sus labios fríos por última vez, antes de

que lo pusieran en su ataúd para descansar. Mi corazón retumba en mi pecho, su ritmo

acelerando con cada segundo que pasa, mientras la esperanza mezclada con pánico

comienza a escalar.

Y aunque mi voz es suave, inclina la cabeza hacia el lado con el sonido de su

nombre, sus ojos llenados de una tristeza tranquila, estancados en los míos. Él empieza

a levantar la mano, pero se distrae momentáneamente cuando la puerta del pasajero

se abre de un empujón. Él mira hacia el coche y luego de nuevo a mí, la resignación

grabada en las magníficas líneas de su rostro. Él vacilante levanta la mano, pero esta

vez termina su saludo hacia mí.

Traigo mis dedos a los labios, ya que el dolor que rueda a través de él finalmente

llega a través de la distancia y choca contra mí, golpeando el aliento de mis pulmones.

Siento al instante, su desesperación absoluta. Atraviesa mi alma como un rayo

dividiendo el cielo.

Y en ese instante lo sé.

—¡Pedro! —digo su nombre de nuevo, pero esta vez mi grito desesperado

penetra a través de la tranquila serenidad de la playa. Las gaviotas vuelan con el sonido,

pero Pedro se desliza en el asiento del pasajero sin un segundo vistazo y cierra la

puerta.

El coche se dirige lentamente hacia la salida de la zona de aparcamiento y rompo

hacia fuera en un sprint completo. Mis pulmones queman y me duelen las piernas,

pero no soy lo suficientemente rápida. No voy a llegar a tiempo y parece que no puedo

hacer ningún progreso, no importa lo rápido que corra. El coche gira a la derecha,

fuera de la parcela a la carretera vacía y tiene un ángulo de cabeza hacia mí en su

camino hacia el sur. La pintura metalizada azul reluce por los rayos del sol y lo que

veo, me detiene en seco.

Se siente como una eternidad desde que lo he visto así. Hombre Típico-

Americano, saludable con los ojos azules y con la sonrisa fácil que amo demasiado.

Pero sus ojos nunca se rompen de su enfoque en la carretera.

Max ni siquiera me da un segundo vistazo .

Pedro, por el contrario, se queda mirándome directamente. La combinación de

miedo, pánico y resignación grabada en su rostro. Lagrimas corriendo por sus mejillas,

con disculpas expresas en sus ojos, sus puños golpeando frenéticamente contra las

ventanas, puedo ver palabras en su boca, pero no puedo oírle suplicar. Todo ello tuerce

mi alma y la retuerce secándola.

—¡No! —grito, cada fibra de mi ser centrándose en cómo ayudarle a escapar, la

forma de salvarlo.

Y luego veo movimiento en el asiento trasero y caigo sobre mis rodillas. La grava

mordiendo en ellas no es nada comparado con el dolor punzante en las profundidades

negras de mi corazón. Y aunque me duele más de lo que jamás imaginé, una parte de

mí está en el temor, perdida en ese amor incondicional que nunca piensas que es

posible hasta que lo experimentas por ti misma.

Rizos enmarcan su rostro angelical, rebotando con el movimiento del coche. Ella

sonríe suavemente a Max, completamente ajena a las protestas violentas de Pedro en

el asiento frente a ella. Ella se gira en su asiento del coche y mira hacia mí, ojos color

violeta como un reflejo del espejo mirándome. Y luego siempre de manera sutil, sus

labios rosas se levantan en una esquina hacia arriba con curiosidad infantil sacando lo

mejor de ella y contemplándome. Diminutos dedos se elevan por encima de la ventana

y se mueven hacia mí.




Tengo que recordarme a mí misma de respirar. Tengo que forzar el pensamiento

fuera de mi cabeza, porque ella sola, me destrozó y tuve que juntar las piezas. Y sin

embargo, la visión de ella me ha dejado agrietada y desgastada con los mañanas que

nunca serán.

Que nunca podrán volver.

Que nunca fueron mías para conservarlas.

Y desde mi lugar en el suelo, mi alma se intenta aferrar a algo antes de ser tragada

en las profundidades oscuras de la desesperación, gritando con la parte superior de mis

pulmones, el nombre de la única persona que puede todavía ser salvado.

—¡Pedro ! ¡Detente! ¿Pedro! ¡Lucha maldita sea! —Mi voz ronca cae con las

últimas palabras, los sollozos me rebasan y la desesperación me abruma. Dejo caer mi

cabeza en mis manos y me permito ser arrastrada hacia abajo y ahogándome,

agradeciendo la oscuridad devastadora por segunda vez en mi vida—. ¡No! —grito.

Las manos invisibles me agarran y tratan de alejarme de él, pero lucho con cada

onza que puedo reunir en contra de ellas para poder salvar a Pedro.

Salvar al hombre que amo.

—Paula —La voz me insta a alejarme de Pedro. De ninguna manera estoy

caminando de nuevo al infierno.

Nunca.

—Paula. —La insistencia intensifica a medida que mis hombros son empujados

hacia atrás y hacia adelante. Trato de agitar mis brazos, pero los sostienen apretados.

Me despierto con un sobresalto, los ojos azul turquesa de Beckett mirando

intensamente a los míos.

—Es solo un sueño, Paula. Solo un sueño.

Mi corazón se acelera y trago aire, pero mi cuerpo no parece aceptarlo. No puedo

tomar mi próximo aliento con la suficiente rapidez. Traigo una mano temblorosa y la

froto sobre mi cara para poder orientarme. Era tan real. Imposible, sin embargo, tan

real... a menos que... a menos que Pedro este...

—Becks. —Su nombre es apenas un susurro en mis labios mientras los restos de

mi sueño ganan impulso y empiezo a entender por qué Pedro estaría con Max y con

mi hija.

—¿Qué pasa Pau? Estás blanca como un fantasma.

Las palabras se ahogan en mi garganta. No le puedo decir lo que está procesando

mi mente. Tartamudeo tratando de pronunciar las palabras cuando somos

interrumpidos.

—¿La familia de Pedro Alfonso?

Todo el mundo en la sala de espera se levanta y se mueven para congregarse

cerca de la entrada de la sala de espera, donde una mujer de baja estatura en su bata

médica desataba su máscara quirúrgica. Me levanté también, el miedo empuja mi

camino hacia la primera fila con Becks despejando el camino delante de mí. Cuando

estamos al lado de los padres de Pedro, él desliza su mano sobre la mía y la agarra. Era

la única indicación de que él estaba tan asustado como yo.

Sus ojos toma la parte donde estamos nosotros y ella sacude la cabeza con una

sonrisa forzada.

—No, tengo que hablar con su familia inmediata —dice ella. Puedo oír el

cansancio en su voz, y por supuesto, mi mente comienza a correr más rápido.

Andy se adelanta y se aclara la garganta.

—Sí, estamos todos aquí.

—Veo eso, pero me gustaría poner al día a su núcleo familiar en privado según

el protocolo del hospital, señor. —Su tono es austero pero suave y lo único que quiero

hacer es agitarla hasta que ella diga “al diablo con las reglas” y me ponga al día.

Andy cambia sus ojos de ella para mirar por encima de todos nosotros antes de

continuar.

―Mi esposa, mi hija y yo podríamos ser la familia inmediata de Pedro, ¿Pero

todo el mundo de aquí? Es la razón por la que aún está vivo en este momento... así que

para mis ojos, son familia y merecen escuchar la actualización al mismo tiempo que

nosotros, al demonio el protocolo hospitalario.

Una mirada de choque vacila a través de sus rasgos y, en ese momento puedo ver

por qué hace tantos años los agentes de policía en el hospital no cuestionaron a Andy

cuando les dijo que Pedro se iba a casa con él durante la noche.

Ella asiente lentamente hacia él, con los labios fruncidos.

—Mi nombre es Dr. Biggeti y formo equipo en el quirófano con el Dr. Irons en

el caso de su hijo. —En mi periferia veo que la mayoría de los chicos asienten con sus

cabezas, sus cuerpos inclinándose hacia delante para asegurarse de que oyen todo.

Dorothea dando un paso más cerca de su marido, Luciana en el lado opuesto y toma

su mano mientras Becks está agarrando la mía—. Pedro ha sobrevivido a la cirugía y

lo estamos movimiento actualmente a la UCI.

Un jadeo colectivo llena la habitación. Mi corazón truena a un ritmo acelerado

y mi cabeza está mareada por las noticias. Todavía está vivo. Sigue luchando. Tengo

miedo y él está lleno de cicatrices, pero ambos estamos todavía luchando.

La doctora Biggeti pone sus manos en alto para acallar el murmullo entre

nosotros.

—Ahora bien, hay todavía un montón de incógnitas en este punto. El sangrado

y la inflamación eran bastantes extensas y tuvimos que quitar una pequeña sección del

cráneo de Pedro para aliviar la presión en su cerebro. En este momento, la

inflamación parece estar bajo control, pero tengo que reiterar las palabras en este

momento. Cualquier cosa puede pasar en estos casos y las próximas veinticuatro horas

son extremadamente cruciales para decirnos como el cuerpo de Pedro evolucionará.




—Siento a Beckett mecerse a mi lado y desenredo nuestras manos y envuelvo mis

brazos alrededor de su cintura y consuela el hecho de que todos estamos aquí,

sintiéndonos de la misma manera. Que esta vez no estoy sola, viendo al hombre que

amo, luchar para sobrevivir—. Y por mucho que tengo la esperanza de que el resultado

será positivo, también necesito que se preparen para el hecho de que pueda haber un

posible daño periférico que no se puede conocer hasta que despierte.

—Gracias. —Es Dorothea quien habla mientras se adelanta y coge a una

sorprendida Dr. Biggeti en un abrazo rápido antes de dar un paso atrás y secarse las

lágrimas bajo sus ojos... ¿Cuándo vamos a ser capaces de verlo?

El médico asiente en compasión a los padres de Pedro.

—Como he dicho, ahora se encuentra situándole y comprobando sus signos

vitales en la UCI. Dentro de un rato, podrán verlo. —Ella mira hacia Andy—. Y esta

vez, tengo que seguir la política del hospital, la cual solo permite a la familia directa

visitarle.

Él asiente.

—Su hijo es muy fuerte y está haciendo una buena pelea. Es obvio que él tiene

una fuerte voluntad de vivir... y todo ayuda.

—Muchísimas gracias —exhala Andy antes de agarrar a Dorothea y a Luciana

en un fuerte abrazo. Sus manos en puño sobre la espalda, expresa simplemente un

ápice de la angustia mezclada con alivio que vibra bajo la superficie.

A medida que el médico se aleja sus palabras me golpean y cierro los ojos para

concentrarme en lo positivo. Para centrarme en el hecho de que Pedro está luchando

como el infierno para volver a nosotros. Para volver a mí.




***




Todos nosotros, equipo y familia, nos hemos trasladado a una sala de espera

diferente, ya que estábamos tomando todo el espacio en la zona de emergencias. Éste

es en un piso diferente, más cerca de la UCI y de Pedro. La habitación es de un sereno

azul claro, pero estoy muy lejos de la calma. Pedro está cerca. El solo pensamiento

me hace hiperventilar. No soy de la familia inmediata, así que no podré verlo.

Y eso solo hace que cada respiración sea un esfuerzo.

Sale cada cruda emoción, los nervios expuestos como si mi piel estuviese pelada

en la espalda y expuesta a una manguera de bomberos.

Cada pensamiento se centra en lo mucho que tengo que verlo por mi propia

cordura que se desliza.

Me levanto y voy frente a una pared de ventanas con vistas al patio de abajo. El

estacionamiento de más allá es un enjambre de camiones de medios de comunicación

y equipos con cámaras, tratando de conseguir algo más en la historia que la cadena

próxima a ellos. Los miro distraídamente, la masa convirtiéndose en una gran mancha.

Fuiste una chispa de color sólido para mí en un mundo que siempre ha sido una gran

mancha borrosa...




Estoy tan perdida en mis pensamientos que me sacudo cuando alguien coloca su

mano sobre mi hombro. Vuelvo la cabeza y me encuentro con los ojos afligidos de la

madre de Pedro. Nos miramos la una a la otra por un momento, no hay palabras que

hablar, pero mucho se intercambia.

Ella acaba de llegar de ver a Pedro. Quiero preguntarle cómo esta, como le ha

visto, si es tan malo como las imágenes que tengo en mi mente. Abro la boca para

hablar, pero la cierro porque no puedo encontrar las palabras para expresarme.

Los ojos acuosos de Dorothea y su labio inferior tiemblan con lágrimas no

derramadas.

—Yo solo... —comienza ella a decir y luego para, llevando su mano a la boca y

moviendo su cabeza. Después de un momento, ella comienza de nuevo—. No puedo

soportar verlo así.

Mi garganta se siente como si se estuviera cerrando mientras trato de tragar.

Levanto mi mano hasta su hombro y lo aprieto, el único consuelo que incluso puedo

ofrecer de forma remota.

—Él tiene que estar bien... —Las mismas palabras que he pronunciado una y otra

vez hoy y que no solucionan nada, pero no obstante, las digo.

—Sí —dice ella con un movimiento de cabeza determinado mientras mira el

circo montado en el aparcamiento—. No he tenido tiempo suficiente con él. Me perdí

los primeros ocho años de su vida, por lo que me deben los extras por no tener la

oportunidad de salvarlo antes. Dios no puede ser tan cruel para robarle lo que se

merece. —Ella me mira en sus últimas palabras y la fuerza tranquila de esta madre que

lucha por su hijo es inconfundible—. No lo permitiré. —Y la mujer al mando que

había caído momentáneamente, recupera el control.

—Mamá... —Hipando con llanto mientras Luciana vuelve a entrar en la sala de

espera. Las dos nos dirigimos hacia ella mientras camina hacia nosotras, todos los ojos

de la habitación puestos en ella. Miro el rostro de Dorothea cambia de engranajes,

como va de feroz protectora a una suave maternal. Ella tira a Luciana en sus brazos y

le besa la parte superior de la cabeza, apretando sus ojos cerrados con fuerza mientras

ella susurra palabras de aliento que teme sean mentiras.

Me siento como una voyeur, queriendo a mi propia madre más que a nada en

este momento, cuando Dorothea me mira por la coronilla de la cabeza de Luciana. Su

voz es un murmullo silencioso pero detiene mi aliento.

—Es tu turno ahora.

—Pero yo no soy... —No sé por qué estoy tan sorprendida de que ella me esté

dando esta oportunidad. La seguidora de reglas se eriza, pero mi alma traumatizada se

coloca en posición de firme.

—Sí, lo eres —dice ella, una sonrisa forzada en sus labios y la sinceridad

inundando sus ojos—. Le estas ayudando a volver a estar entero, la única cosa que

nunca he sido capaz de hacer como madre y eso me mata, pero al mismo tiempo el

hecho de que te haya en contrato a ti... —Ella no puede terminar la frase y hay

lágrimas en sus ojos, por lo que extiende la mano y me la aprieta—. Ve.

Le aprieto la mano de vuelta y asiento hacia ella antes de volverme para ir hacia

el hombre sin el que no puedo vivir, temor mezclado con rayas de anticipación a través

de mí, como fuegos artificiales en una noche negra.

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