jueves, 26 de junio de 2014

CAPITULO VEINTITRES

―Te pedí que te quedaras ―dice las palabras como si fueran la única disculpa que da para sus acciones―. Eso es todo lo que puedo dar en este momento, paula. Todo lo bueno que soy ―su voz es ronca y mezclada con lo que creo que es arrepentimiento. Me siento como si estuviera tratando de decirme mucho más con estas palabras, pero no estoy segura de qué. Las palabras cuelgan entre nosotros por un momento, con la mandíbula apretada, los ojos intensos.
Resoplo fuerte, incómoda con el silencio, tratando de no leer demasiado en sus palabras.
―Vamos Pedro, los dos sabemos que no lo dices en serio. ―Me levanto de la alfombra, agarrando mi pelo y girándolo rápidamente en un moño. Toma un par de pasos hacia mí, sus labios retorciéndose como si esa sola acción le impedirá decir más. Estamos a unos pocos metros de distancia, mirándonos el uno al otro, y cada uno espera del otro que haga el siguiente movimiento. Me encojo de hombros antes de mirar hacia abajo y girar el anillo en mi dedo anular derecho. Miro atrás hacia él, esperando que mi explicación sofoque cualquier pregunta que ha de tener para manejar mis expectativas de un futuro posible. Equipaje igual a dramatismo para él, y él ya me confesó que odia el drama―. Digamos que me fui la noche anterior, por razones que no quieres saber. ―Sus ojos permanecen en los míos, en silencio pidiendo más. Me enfado con fuerza―. Tengo un montón de exceso de equipaje, Ace.
Espero la profunda exhalación de él, la expresión impasible vidriosa de su cara que refleja a un hombre distanciándose de las complicaciones, pero no sucede. En cambio, la boca de Pedro se ensancha en una sonrisa arrogante y sus ojos verdes se llenan de humor, los cuales alivian la severidad de su rostro.
―Oh, paula―identificándose con un dejo de diversión en su voz―: Sé todo sobre el equipaje, cariño. Tengo lo suficiente como para llenar un 747 y un poco más. ―A pesar de su fachada sonriente, veo la oscuridad parpadear en sus ojos momentáneamente con algún pensamiento desagradable que sostiene su memoria.
Mierda. ¿Qué puedo decir a eso? ¿Cómo respondo a él cuando él sólo hizo alusión a un sórdido pasado oscuro? ¿Qué demonios le ha pasado? Lo miro, mis dientes con mi preocupación juegan con mi labio inferior hacia atrás y adelante. ¿Es por eso
que no tiene novias? Es decir, habla de cosas divertidas y sólo coquetea en conversaciones serias. ¿Y por qué esto parece ser un acontecimiento común para nosotros?
Porque él me importa. Debido a esto es importante.
Las palabras parpadean a través de mi cabeza, y tengo que empujarlas fuera, miedo de creer.
Da un paso más cerca de mí, y yo bajo mis ojos un momento al ritmo visible de su pulso en la base de la mandíbula. Mis manos quieren extenderse y tocarlo. Consolarlo incluso. Para sentir el calor de su piel bajo ellas. Suspiro suavemente antes de mirar atrás hacia él, una sonrisa sugerente aparece en las comisuras de su boca.
―Esto podría ser interesante ―murmura mientras juega con un rizo errante por el lado de mi cara. Sus dedos vagan casualmente por mi cabello y tiran del moño. Mi cabello cae libre, cayendo por la espalda en una cascada de rizos. Pasa la mano por él, deteniéndose en la nuca, donde el pelo está húmedo por el sudor. Tiemblo al pensar que al no parecer importarle poner sus manos ahí, sosteniendo mis rizos para que yo no puedo apartar la mirada de él.
―¿Cómo es eso? ―pregunto, una sacudida pasa a través de mí, despertándome, por el carácter posesivo de su control. Me fascina, sus ojos, las líneas de su rostro, su boca sensual, la forma en que sus músculos pulsan en la mandíbula ante el conflicto.
―Bueno, parece que tu equipaje te hace estar tan asustada al sentir que constantemente te aparto. Huyes de mí ―dice con voz rasposa, mientras perezosamente arrastra un dedo por mi hombro desnudo. Me esfuerzo por evitar que mi cuerpo se incline automáticamente a su toque adictivo. Mi cuerpo reacciona de manera instintiva a él y no puedo detenerme. Inclina la cabeza hacia un lado, observando mi reacción―. ¿Mientras que el mío? ¿Mi equipaje? Me hace anhelar la sobrecarga emocional de lo físico, la indulgencia estimulante de la piel sobre la piel. De ti debajo de mí.

Y ahí está el problema cuando se refiere a mí, habla de sentimientos y emociones, y cuando se refiere a sí mismo habla de contacto físico. Trato de cambiar mi mente. Trato de decirme a mí misma que el contacto físico es lo que quiero de él también. La única cosa que yo pueda tener de él. Reconozco que es la única parte que va a compartir el conmigo.
Es algo fácil de recordar porque Colton se inclina hacia adelante y cepilla sus labios tiernamente contra los míos. Todos los pensamientos conflictivos desaparecen con su toque. El suave suspiro de un beso en el que lentamente nos hundimos. Separo mis labios para él, su lengua deslizándose dentro para acariciar suavemente y fundirse con la mía. Sin prisas, movimientos perezosos de la lengua, mientras los dedos los mueve sobre mis hombros desnudos y hasta las vértebras del cuello. Que pudiera estar besando así siempre en este estado nebuloso de deseo. Su aroma terroso me envuelve, su sabor embriagador me consume y su toque incendiario me inflama. Él se queja con nuestro beso, el gemido del mismo atrapado dentro de mí, vibrando a través de mí.
Un dolor suave, caliente se filtra en mi pecho y se extiende durante todo el resto de mi cuerpo. Apago mi mente y me permito simplemente sentir. Para deleitarme con las sensaciones que evoca en mí. Él es mi fuego en una noche fría, el sol calentando mi piel en una mañana de primavera fría, el viento acariciando mi cara en un día de otoño, es todo lo que me hace sentir viva, entera y hermosa.
Y deseada.
Deslizo mis manos bajo el dobladillo de su camisa y las extiendo de par en par en la espalda baja. Su piel se tensa caliente bajo mi tacto. Necesito esta conexión como necesito la luz del sol. Porque cuando nos tocamos así, cuando nos sentimos así, no tengo ninguna duda de que puedo con esto. Que puedo ser lo que necesita que sea por el tiempo que él lo permita. Por la oportunidad de estar con él, de permanecer bajo su hechizo, voy a empujar mis necesidades a un lado y enterrarlas tan profundamente que puedo ser quien él quiere.
Pedro ahueca mi cara con sus manos, debilitando el beso, deteniéndose como un pincel de labios tan suaves que envía escalofríos por mi espina dorsal. Suspiro suavemente cuando él envuelve sus brazos a mí alrededor, músculos fuertes
tirando de mí en la comodidad de su calor. Apoyo la cabeza en su pecho, huele a ropa limpia y a jabón fresco. Puedo oír los latidos de su corazón, fuertes y constantes en mi oído. Cierro los ojos, deseando que este momento dure para siempre.
Él apoya su barbilla sobre mi cabeza. Puedo oírle inhalar una respiración temblorosa antes de hablar.
―Es incomprensible lo mucho que te quiero, paula. ―Me tira más estrechamente hacia él―. Lo mucho que me siento atraído por ti.
Disfruto en silencio su admisión, con una pequeña sonrisa en los labios. Tal vez yo le afecte. Saco el pensamiento de mi cabeza, no quería complicarme, sobre analizarlo o excederme en la sencillez y la dulzura de este momento entre nosotros.
―¿paula?
―¿Hmmm?
―Sal conmigo en una cita real. ―Puedo sentir su cuerpo contra el mío tensarse con sus palabras, como si fuese doloroso preguntar. Admitir que quiere esto de mí―. Sal conmigo, no porque yo pagué por una cita contigo, sino porque quieres.
Jubilo se eleva a través de mí con la idea de llegar a verlo de nuevo. De pasar tiempo con él.
―Di que sí, pauli ―murmura con una desesperación silenciosa mientras me besa la parte superior de mi cabeza―. Es inimaginable lo mucho que quiero que digas que sí.
Me inclino hacia atrás, sorprendida por la vulnerabilidad que oigo en su voz y siento en su lenguaje corporal. ¿Por qué teme que voy a decir que no cuando todo el mundo diría que sí? Levanto mis ojos a los suyos, tratando de leer las emociones que destellan a través de los crudos verdes de él. Veo pasión y humor, el deseo y el desafío, la promesa y el miedo. ¿Por qué este hombre maravillosamente atormentado quiere pasar más tiempo con alguien común como yo? No tengo la respuesta, pero sé que en este momento, mirándolo, puedo ver mucho más en sus ojos que lo que yo creo que él quiere. Y lo que veo, me da miedo en muchos 
niveles pero tengo que ocultarlo para más tarde cuando esté sola. Puedo analizarlo entonces. Entonces desempate
Esperemos entonces.
Levanto la mano para deslizarla en la aspereza de su barba ligera, el gusto de su tosquedad bajo mis dedos. La textura me dice que este momento es real. Está realmente aquí conmigo. Me apoyo en mis puntillas y coloco con la boca cerrada un suave beso en sus labios maravillosamente esculpidos.
―Sí ―respiro y con mi respuesta, a pesar de toda la propaganda psicológica me ha bombardeado, sé que Pedro Alfonso acaba de poner la primera fisura en el muro de protección alrededor de mi corazón.
Él asiente con la cabeza sutilmente, una tímida sonrisa en su cara, no hay palabras expresadas. Él tira de mí hacia él una vez más.
―¿Esta noche? ―pregunta.
Reviso mi calendario mentalmente, sabiendo que no tengo planes, pero no queriendo parecer demasiado ansiosa.
―Voy a estar aquí a las seis para recogerte, paula ―decide por mí antes de que tenga la oportunidad de responder. Él me libera y me mira a los ojos para asegurarse de que lo oigo. Todo rastro de vulnerabilidad es cosa del pasado, cuando me encuentro con sus ojos. Se ha reemplazado con la confianza implacable que es sinónimo de su imagen pública.
Me muerdo el labio inferior y asiento con la cabeza, sintiéndome de repente tímida.
Él ahueca mi barbilla, pasando la yema de su pulgar sobre el labio inferior.
―Hasta luego, cariño.
―Adiós ―exhalo, ya echándolo de menos.
Camina hacia la puerta, la abre, y luego se vuelve hacia mí
―¿Hey, pauli?
―Mmm-hmmm.
―No más de correr lejos de mí ―advierte antes de parpadear una sonrisa rápida y cerrar la puerta tras de sí. Con su partida, puedo volver a respirar repentinamente. Su presencia es tan fuerte, tan poderosa, que abruma la habitación. Infiltrando mis sentidos. Sin él, me siento como que puedo procesar lo que acaba de suceder. Finalmente respirar.
Me paro frente a la puerta, y cierro los ojos absorbiendo todo lo que ha ocurrido. Nada está resuelto. Ninguna de mis preguntas respondidas: ¿Por qué no tienes novias? ¿Qué es esto entre nosotros, ya que no es una aventura de una noche? ¿Qué iba a decir realmente cuando dijo que yo le marco, pero nunca termino? ¿De qué está tratando de protegerme? ¿Qué tipo de equipaje llena su 747?
Suspiro pesadamente. Hay tanto que se ha quedado sin respuesta, y sin embargo siento que tanto se ha expresado sin ser dicho. Me siento en el sofá, con la cabeza aturdida por mi torbellino de semana.
―¿Se ha ido? ―oigo la voz silenciosa de lina desde el otro lado de la pared.
―Sí, chica cotilla ―me río―, ven aquí y dame tu granito de arena.
―¡Mierda! ―grita mientras se apresura alrededor de la pared y se deja caer en el sofá junto a mí―. ¡Cita caliente esta noche! ―canta en voz alta, levantando los brazos en el aire―. ¡Uf, tengo que tomar una ducha fría después de eso!
―¿Nos viste? ―Me sonrojo rápidamente, avergonzada ante la idea de haber tenido audiencia.
―No, no, no, no fue así ―corrige―. Yo estaba en la cocina cuando vinieron a casa. Si me hubiera ido, me habrían visto y no quería distraer su atención de tu demostración en el piso ―bromea, refiriéndose a mi rutina de estiramiento―. Sólo los oí.
Me ruborizo al pensar en ella escuchando nuestra conversación, pero encuentro consuelo en la idea de que ella lo ha oído. Ahora puedo tener una opinión imparcial acerca de nuestro intercambio.

―¿Ace? ¿Sabe lo que eso representa?
―No ―sonrío, recordando a lina, a mis siglas privadas y las palabras que representa.
―Maldita sea, pau―lina niega con la cabeza―. Ese hombre no es malo para ti.
Vacilo en dar mi respuesta inmediata. Su declaración me ciega. Elijo recoger la cutícula al lado de la uña por un momento, tratando de no saltar a conclusiones.
―No, es más como pura lujuria.
―No lo veo así ―responde lina, y yo arqueo las cejas cuestionando su comentario―. Impactada es la palabra que me viene a la mente.
―¿Qué quieres decir?
―¡Oh, vamos, paula! ¿Duro y rápido? ―chisporrotea.
―Eso es sólo sexo ―me encojo de hombros―, no es compromiso.
―¿Es incomprensible lo mucho que te quiere? ―ella intenta otra vez.
―Sexo de nuevo ―corrijo.
―¿Inimaginable cuánto quería que dijeses que sí a esta noche?
―Porque él cree que va a dar lugar a tener relaciones sexuales ―le respondo con una sonrisa en la cara divirtiéndome con este juego.
―¿Y cuando dijo que no era una aventura de una noche? ―intenta de nuevo, con los ojos llenos de humor. Sus labios en forma de corazón forman una sonrisa, pensando que está demostrado que estoy equivocado esta vez.
―Semántica ―le respondo―. ¿Tal vez quiera una chica de treinta noches? Quiero decir, él solo se limitó a decir que no era de una noche.
―Eres incorregible ―se ríe de mí, tomando mi rodilla y apretándola ligeramente―. Pero al infierno, por lo menos serian treinta noches de buen sexo, paula―ella brota, su emoción para mí es palpable―. ¡Vas a salir con él esta noche! ¡En una cita de verdad!
―Lo sé ―suspiro, sacudiendo la cabeza ante la idea de tener que pasar más tiempo con pedro―. Por lo menos podremos tener una conversación esta noche antes de tener relaciones sexuales ―bromeo, aunque una parte de mi yo racional reconoce una parte de verdad.
Lina echa a reír.
―Oh, paula, mi amiga sensible ―me da una palmada en la pierna―, va a ser tan divertido verte experimentar.
Levanto mi ceja y sacudo la cabeza, tan llena de amor por ella y tan confusa sobre la situación de Pedro.Suspiro profundamente, apoyo mi cabeza hacia atrás en el cómodo sofá, y la inclino a un lado para poder mirarla.
―¿Puedo manejar esto, lina? Me esforcé tanto para ser lo que quiere y…
―Tú eres lo que él quiere, paula, o no te habría seguido hasta tu casa. ―Ella está exasperada por tener que explicarme esto. Una vez más.
―¿Qué dijiste? ―La magnitud de su comentario me golpea. ¿Cómo sabe Pedro donde vivo? Nunca se lo he dicho. Es algo que tengo que preguntarle.
―Vamos, pau―dice ajena a mi tren de pensamientos―, ¡lo que hiciste fue genial! Te vas después de tener relaciones sexuales la noche anterior y a la mañana siguiente, se presenta en nuestra puerta. Quiero decir ―ella niega con la cabeza, una sonrisa de complicidad en los labios―, eso es más que sexo, pau. El hombre está muy mal por ti.
Creo que sus palabras se apoderan y entran en mi conciencia, pero tengo miedo de creer en ellas. Miedo a la esperanza de que hay una oportunidad en cualquier cosa con Pedro. Mi cabeza trata de dejar fuera el aumento de mi corazón, pero fracasa miserablemente. La romántica empedernida que hay en mí, se permite un momento para soñar despierta. Esperanza. Cierro mis ojos hundida en la luz tenue de la posibilidad y en la calidez de esa idea.

―¡Mierda! ―Froto mis manos sobre mi cara cuando oleadas de pánico se abren paso a través de mis pensamientos.
―¿Qué? ―lina abre los ojos, estrechándolos mientras ella me mira.
―¿Y si no puedo hacerlo?
―¿A qué parte te refieres? ―pregunta con cautela―. Me refiero a que es un poco tarde, hermana, si a lo que te refieres es al sexo.
―Muy graciosa ―me enfado―. Quiero decir, ¿qué pasa si no puedo apagar las emociones? ¿Qué pasa si me enamoro de él, li? ―Me siento y paso los dedos por mi pelo, y la acción me hace pensar en los dedos de Pedro que los ha tenido allí antes―. Quiero decir que es arrogante y presumido y él me advierte, pero me dice que está atraído por mí y es imprudente y es apasionado y sexy como el infierno y... mucho, mucho más. ―Deslizo mis dedos a los ojos y los dejo allí durante un minutos, lina me permite el momento de absorberlo todo―. Yo sé, sin lugar a dudas que es una buena posibilidad. ―Levanto la vista hacia ella―. ¿Entonces qué?
―Parece que él no es el único que está colado ―dice en voz baja antes de mirarla. Ella se escabulle más a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro―. Nadie puede culparte por tener miedo, paula, pero la vida es acerca de tomar riesgos. Acerca de divertirse y no siempre ir a lo seguro. ¿Y qué si es un poco temerario? El hecho de que te de miedo puede ser una buena cosa. La vida comienza en el final de tu zona de confort. ―Se inclina hacia atrás y retuerce las cejas―. Toma un poco de sexo temerario y salvaje con él. Es evidente que le gustas. Quién sabe, tal vez se convierta en algo más. Tal vez no lo hará. Pero al menos tomaste la oportunidad.

GRACIAS!♥


CAPITULO VEINTIDOS

Duermo hasta tarde. Tan agotada que estoy, he sido capaz de dormir más allá de mi hora normal que son las 6.30, hasta ahora algo arraigado. Son las 9:00 en el momento en que me pongo en marcha y estoy abajo.
Lina está sentada en la pequeña mesa de la cocina, sus pies desnudos con las uñas brillantes de un color rosa están apoyados en la silla vacía frente a ella. Ella me mira con cautela desde detrás de su taza de café.
―Buenos días.
―Buenos días ―murmuro, mi normalmente mañana soleada, está ausente―. Voy a ir a correr ―le digo mientras me amarro mi reproductor de audio en el brazo.
―Me he dado cuenta ―dice refiriéndose a mi atuendo―. ¿Estás de mal humor porque quieres... o porque te fuerzas a ti misma a correr tras el exceso de alcohol y sexo gráfico con un Adonis? ―El sarcasmo es rico en su voz―. Me sorprende que incluso en la actualidad puedas caminar.
Me burlo de ella.
―Parece que alguien está un poco celosa ―respondo.
―Maldita sea, lo estoy. ―Se ríe de mí―. Tengo más telarañas ahora que tú. ―Me río a carcajadas de ella, mi mal humor disminuye―. En serio, aun así… ¿estás bien?
―Sí. ―Suspiro―. Voy a seguir tu consejo. Tratar de vivir el momento... y todas esas cosas. ―Me encojo de hombros.
Ella asiente lentamente hacia mí.

―No trates de sonar tan convincente ―dice jocosamente mientras se levanta de su silla, sabiendo que tengo que trabajar a través de esas cosas por mí misma―. Estoy aquí si me necesitas. Ten una buena carrera.
―Gracias.
El aire fresco, el pavimento debajo de mí, música sonando en mis oídos, y moviendo los músculos se siente un masoquismo catártico cuando entro en mi octavo y último kilómetro. Necesitaba esto. Necesitaba salir, despejar mi mente, y darme tiempo para pensar, todo al mismo tiempo. Mis músculos duelen de la noche anterior por la mezcla de baile y buen sexo, ahora están ágiles y en movimiento con el piloto automático. Por mucho que yo crea que debería correr un kilómetro extra, mi estupidez de correr antes de desayunar hace que mi cuerpo me diga que no voy a durar tanto. Pitbull machaca en mis oídos, el latido constante de la canción conduce mis pies y hace girar mi cabeza atrás, a pensamientos de la noche pasada.
Oh, Pedro. Mi cabeza todavía trata de envolverse en torno a lo sucedido. Es la oportunidad que he estado buscando. Para estar libre de preocupaciones. Para vivir el momento. Para estar viva, no sólo vivir. Resuelvo que puedo tener sexo con Pedro por la emoción. Las emociones sólo tienen que ser impulsadas por el entusiasmo, la anticipación y la lujuria más que el amor y la devoción y el deseo de “más”. Sólo tengo que seguir siendo la mujer atrevida e inteligente que he sido todo el tiempo, porque en el momento en que él piense que hay un atisbo de más, se irá por la puerta. Y, él, yo, nosotros, habrá terminado.
Reflexiono sobre esto en mi último cuarto de kilómetro, recordando cómo me hizo sentir físicamente anoche. Supongo que hay algo a favor de tener mucha experiencia ya que puedo atestiguar que el hombre es experto en las múltiples facetas de la destreza sexual. Me sonrojo en mis pensamientos, preparando mi determinación para poder estar con Pedro sin enamorarme de él. Espero. Voy a disfrutar cada segundo de ello porque sé que él no es la clase de tipo que se queda.
Teagan y Sara de “Closer” llenan mi cabeza mientras me dirijo hacia la esquina de mi calle, mis pasos vacilan cuando veo un Range Rover blanco estacionado en mi camino. El ritmo ha sido noqueado borrando mi paso con la sorpresa de verlo aquí. No puedo evitar el zumbido que viene de lo más profundo de mi garganta en apreciación pura al ver con mis ojos a Pedro apoyado en el guardabarros delantero del auto, su figura oscura aureolada por su color blanco.
Una camisa azul marino encaja perfectamente en su torso, haciendo alusión a los músculos fuertes que hay debajo. Músculos que todavía puedo sentir en mis manos. Un par de pantalones cortos impresos se asientan sobre sus caderas y sus piernas largas y delgadas cruzan casualmente en los tobillos completados con un par de flip-flops.
Los trajes casuales a pedro también le sientan muy bien. Se aclara la intensidad que instintivamente exuda. Su cabeza se inclina para concentrarse en el teléfono que hay en sus manos, y su pelo rebelde se clava con el gel echado a la perfección con un estilo elegante en un estado de desorden. La punzada de deseo que golpea en mi cuerpo es tan fuerte, tan abrumadora que casi tengo que llevar una mano a mi torso para sofocarlo. Me obligo a recordar de respirar mientras empujo mi cuerpo para que empiece a moverse de nuevo.
Para volver a casa. Para ir a Pedro.
Mierda. Estoy en serios problemas. Lo admiro desde lejos, parece tan increíble y atractivo, y me doy cuenta de que todo lo que yo he pensado en mi carrera ―cada condición, cada racionalización, todas las justificaciones de por qué está bien dormir con él― no me importan. Al verlo aquí mismo, ahora mismo, sé que voy a hacer todo lo que sea necesario, sin importar las consecuencias, para estar con él otra vez. Para repetir la forma en que me hizo sentir anoche.
Casi como si fuera una señal, Pedro levanta la vista de su teléfono y cierra sus ojos sobre mí. Una lenta y petulante sonrisa satisfecha aparece en su rostro mientras doy mis últimos pasos, volviendo a mi camino. Metódicamente saco mis auriculares hacia fuera, riendo para mis adentros con Christina Aguilera cantando
”Your Body” a todo volumen, un himno de disfrute puro y temerario de la forma masculina. Puedo sentir sus ojos corriendo arriba y abajo por la longitud de mi cuerpo, puesta en mi piel abrazada por los pantalones Capri de hacer ejercicio y la camiseta del juego razor-back, con una V de sudor en la parte delantera de mi busto.
―Hola ―le digo sin aliento, mi cuerpo todavía jadeando por mi esfuerzo.
―Hola, paula. ―El roce de su voz diciendo mi nombre es un afrodisíaco oculto, que envía escalofríos por mi columna vertebral y provoca una sensación de hormigueo en mi vientre.
―¿Qué estás haciendo aquí? ―Lo miro con confusión grabada en mi cara, aunque mis entrañas están saltando en privado de alegría, estoy sorprendida de que él esté aquí, delante de mí.
―Bueno ―dice empujándose a sí mismo fuera del auto mientras camino hasta detenerme frente a él. Él exuda una confianza que la mayoría de las personas matarían por tener―. De acuerdo contigo, tomé la bandera de cuadros anoche, paula ―una sonrisa provocativa crece en sus labios―, pero parece que he olvidado recoger mi trofeo.
―¿Trofeo?
Toma mi mano, sus ojos brillantes llenos de humor siguen encerrados en los míos, y tira de ella, tirándome a la fuerza contra su pecho.
―Sí. Tú.
Oh. Joder. Mi. Pensamientos corren caóticamente por mi cabeza. ¿Cómo respondo a esto? ¿A él? Cuando todo lo que puedo pensar es en la sensación de su cuerpo cálido y duro contra el mío, y el hecho de que él está aquí para mí otra vez después de que acabé con él la noche anterior. Me obligo a respirar, su sola presencia me despoja de la capacidad para llevar a cabo la más básica de las funciones. Trato rápidamente de recuperar la compostura, diciéndome que tengo que mantener nuestras interacciones con mis condiciones ―volver a mi sarcástica naturaleza― con el fin de asegurarme de que puedo mantener mi ingenio sobre mí.

Oigo la voz de lina en mi cabeza que me dice que canalice mi puta interior. Para ir por ello.
Respiro de nuevo antes de levantar los ojos para afrontar el reto en los suyos. Su pura fragancia masculina, el jabón mezclado con agua de colonia llena mi nariz y me nubla la cabeza.
―Bueno, Ace, creo que tienes tus ojos puestos en el premio equivocado. ―Saco mi mano de la suya y la pongo en su pecho, juguetonamente empujándolo hacia atrás, alejándole de su cuerpo contra el mío. Necesito el espacio para mantener la cabeza clara―. Si todo lo que estás buscando es un trofeo, tienes tu grupo de bellezas para hacer tu selección. Estoy segura de que una de ellas estaría más que dispuesta a ser tu trofeo en tu brazo. ―Rodeo por delante de él hacia la puerta principal. Me vuelvo hacia él, con una sonrisa en las comisuras de la boca―, y convertirse en otra muesca en el cinturón ―me encojo de hombros mientras tomo un paso atrás―. Probablemente podrías empezar llamando a Raquel, ¿verdad? Estoy segura de que te perdonara por lo de anoche. Quiero decir, estás... ―Me doy la vuelta y doy un paso hacia la puerta, fingiendo que estoy buscando una palabra antes de encogerme y mirar por encima de mi hombro―, decente. Probablemente esté encantada con decente.
Me gustaría poder ver la expresión de su rostro por la inhalación brusca que escucho me dice que he hecho un impacto directo con mi comentario. No tengo que esperar mucho tiempo para averiguarlo, porque dentro de un aliento, pedro agarra mi brazo y me hace girar alrededor de él, presionando mi cuerpo contra el suyo.
―Decente, ¿eh? ―pregunta, con los ojos clavados en los míos. Veo la ira, humor, desafío, todos mezclados con el deseo. Su aliento revolotea sobre mi rostro, sus labios a centímetros de los míos, tan cerca que yo aprieto los puños para resistir la tentación de darle un beso.
Necesito de toda mi compostura para mantener mi farsa de indiferencia. Para ocultar lo mucho que me emociona, enciende mi interior y rompe mi control con sólo el sonido de su voz, la sensación de su tacto, y la pizca de su naturaleza dominante.

Deliberadamente me muerdo el labio inferior y levanto mi vista como pensativa antes de contestarle.
―Hmmm, un poquito por encima del promedio, diría yo ―sarcasmo gotea de cada palabra a medida que sonrío para él, mintiendo entre dientes.
―Tal vez tengo que mostrarte de nuevo. Te aseguro que decente no es una evaluación precisa.
Él resopla fuertemente mientras me alejo de él y provocativamente ando mi camino por la acera.
―Necesito ir a estirarme ―le digo sintiendo su movimiento detrás de mí―. ¿Vas a venir? ―pregunto inocentemente, con una sonrisa victoriosa en toda mi cara que no puede ver.
―Si sigues moviendo el culo así, voy ―murmura en voz baja mientras me sigue a la casa.
Lo llevo al salón, esperando que lina esté ocupada en otro lugar de la casa y le ofrezco un asiento en el sofá antes de sentarme en el suelo justo delante de él para estirar. Estiro las piernas a cada lado de mí tan ampliamente como puedo y bajo mi pecho hasta el suelo, con las manos por delante de mí en el suelo. Con la ayuda de mi sujetador deportivo y mi pecho presionando contra el suelo, el escote es empujado hacia arriba y se reparte por delante de mí en el suelo. Puedo ver que los ojos de Pedro vagan por mi cuerpo, deteniéndose en mi pecho, y disfrutando de la flexibilidad que estoy mostrando a propósito para volverlo loco. Puedo oír su silbido de deseo, y veo como su garganta trabaja de manera forzada.
―Así que, Pedro ―le digo, extendiendo a lo largo una pierna en decúbito prono, volviendo la cabeza para mirarlo. Sofoco una sonrisa cuando reconozco la lujuria nublando sus ojos―. ¿Qué puedo hacer por ti?
―Cristo, paula. ―Lleva una mano al azar a través de su pelo, sus ojos recorren el escote otra vez, antes de subir para mirarme a los ojos. Él moja accidentalmente el labio inferior con la lengua.

―¿Qué? ―respondo incrédula, como si no tuviera ni idea de por qué esta agitado. Nunca he jugado a femme fatale, nunca tuve el coraje para ello, pero hay algo en pedro que me permite sentirme atrevida y audaz. Es una sensación muy fuerte ver cómo reacciona a mis movimientos más sutiles.
―Tenemos que hablar de lo de anoche. ―Veo sus ojos estrecharse mientras cambio posiciones, ahora acostada boca arriba. Saco mi pierna derecha todo el camino hacia arriba, presionando contra mi pecho, mis espinillas a centímetros de la nariz. Levanto la cabeza y le miro a través del abierto V de mis piernas para animarlo a seguir adelante. Se aclara la garganta ruidosamente antes de continuar, tomando un minuto para recordar su línea de pensamiento―. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué te escapaste? Una vez más.
Cambio las piernas, tomándome mi tiempo para sacar mi otra pierna, y extendiéndola por encima de mi cabeza, haciendo un gemido de lo bien que se siente alargar los músculos apretados.
―pedro…
―¿Puedes por favor parar? ―ladra, moviéndose sin descanso en el sofá y ajustándose el bulto cada vez que presiona contra la costura de sus pantalones cortos―. Cristo ―jura de nuevo cuando me doy la vuelta en pose de niño, mi trasero doblado en su dirección―. En esos pantalones de yoga toda ágil y doblándote por la mitad, estás haciendo que pierda mi concentración aquí.
Miro por encima del hombro de mi estiramiento y tímidamente bateo mis pestañas hacia él.
―¿Hmmm? ―Finjo como si no lo hubiese oído.
Pedro suspira exasperado.
―Vas a hacer que me olvide de mis disculpas y te tome aquí en el suelo. Duro y rápido, paula.
―Oh ―es todo lo que puedo decir tras su prometedora amenaza, envía ondas de choque a través de mí, mi cuerpo más que ansioso por su toque experto de nuevo. Mis labios se abren para recordar a mis pulmones respirar. Mis pezones se
endurecen ante la idea. Me empujo hasta la posición de sentada, cruzo las piernas, y ajusto mi top para tratar de ocultar la emoción de mi cuerpo con sus palabras―. Estoy segura de que soy yo quien debe disculparse, Pedro.
Ignora mis palabras, sus ojos posesivos en los míos, diversas emociones vacilan a través de ellos.
―¿Por qué me dejaste, paula?
La orden en su tono me hace tragar rápidamente, mi confianza menguando. Me encojo de hombros.
―Una serie de razones, Pedro. Te lo dije, yo no soy esa clase de chica. Yo no soy de las de una sola noche.
―¿Quién dijo que eras una aventura de una noche?
Una burbuja de esperanza chisporroteando dentro de mí, pero trato rápidamente de sofocarla. ¿No era sólo para una noche? Entonces, ¿qué diablos fue eso? ¿Qué diablos es esto? Trato de averiguar lo que está buscando. Lo que se podría pensar que es esto entre nosotros. Miro a sus ojos, en busca de una pista, pero su expresión no me deja llegar lejos.
―¿Qué? ―Confusión grabada en mi cara―. Me he perdido. Pensé que el compromiso no era lo tuyo.
―No lo es. ―Él ofrece con un encogimiento de hombros, no da ninguna otra explicación―. No te creo. ―Cruza los brazos sobre el pecho, los bíceps tensos contra la camisa, y se inclina hacia atrás en el sofá. Sus cejas levantadas hacia mí y espera mi respuesta.
―¿Qué? ―Me he perdido.
―Tú excusa para tu comportamiento de la noche anterior. No la creo. ¿Por qué me dejaste, paula?
Supongo que ese es el final de la discusión no-novia. Pero, ¿qué pasa con el comentario no-soy-tipo-de-una-noche? En cuanto a la respuesta, ¿cómo le explico
cómo me hizo sentir ayer por la noche después de irse de la cama? Usada y avergonzada. ¿Cómo le digo que me duele sin sonar que siento algo por él? Sentimientos significan drama, y él me ha hecho saber que no lo quiere ni lo tolera en su vida.
―Yo sólo… ―Suspiro profundamente, tomando la goma de pelo de mi cola de caballo y dejando que mi cabello se caiga por la espalda, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Le miro a los ojos, pensando que la honestidad es la ruta más fácil―. Dejaste claro que habías terminado conmigo. Con nosotros... ―Pude sentir el calor de mi rubor sobre mis mejillas. Avergonzada de que voy a sonar como una necesitada, mujer llorona―. Maldiciendo rotundamente demostrando por qué mí presencia ya no era necesaria.
Él me mira con cautela, sus ojos parpadean rápidamente al contemplar mis palabras. Trato de mantener mi cara impasible, inexpresiva para que no pueda ver el dolor que siento y sin embargo, veo una gran cantidad de emociones que flotan en su rostro mientras lucha por lograr el equilibrio.
―Dulce Jesús, paula! ―murmura cerrando los ojos un momento, su boca se abre y cierra como si tuviera más que decir. Por último, me mira―. ¿Tienes alguna idea... de lo que me has hecho…? ―Se detiene a mitad de la frase antes de pararse bruscamente y caminar hacia la ventana. Oigo murmurar una maldición y me quedo blanca ante su severidad―. Sólo quiero protegerte de… ―Se detiene de nuevo, un fuerte suspiro la única conclusión a su condena. Él pone la mano en la nuca y tira hacia abajo mientras hace rodar la cabeza sobre sus hombros. Él se queda ahí un momento, mirando hacia el patio delantero, ambos suspendidos en el silencio contemplativo.
¿Le hice qué? ¿Protégeme de qué? Termina las frases, declaro en silencio mientras observo el cuerpo tenso enmarcado por la luz de media mañana. Sólo necesito una pizca de honestidad de él. Una señal de que lo que pasó significa algo más que un revolcón rápido. Daría cualquier cosa por verle la cara en este momento. Para tratar de leer las emociones que está enmascarando de mí.
Se da la vuelta y cualquier atisbo de expresión que había previamente en su cara se ha ido.

CAPITULO VEINTIUNO

Puedo oler el combustible y la suciedad y algo mordazmente metálico. Llena mis fosas nasales, se filtra en mi cabeza antes de sentir el dolor. En ese momento de tranquilidad antes de que mis otros sentidos sean agredidos con la destrucción a mí alrededor, me siento en paz. Me siento tranquila. Por alguna razón, mi conciencia sabe que voy a mirar hacia atrás y voy a querer tener este momento de nuevo. Ojalá pudiera recordar lo que era antes. El dolor es lo primero. Incluso antes de que mi cabeza pueda despejar la niebla lo suficiente como para que pueda abrir mis ojos, el dolor viene. No hay palabras para describir la agonía de sentir como si tuviera un millón de cuchillos que entran y te rasgan, sólo para retirarse y empezar todo de nuevo. Y otra vez. Sin fin. En ese segundo, entre la inconsciencia y la consciencia, siento este dolor irregular. Mis ojos se abren, respiro frenéticamente bocanadas de aire. Cada respiración hiere, quema, es trabajosa. Mis ojos ven la devastación de mí alrededor, pero mino registra los cristales rotos, el auto volteado y el metal aplastado. Mi mente no entiende por qué el brazo, doblado en tantos ángulos extraños, no se mueve para deshacer el cinturón de seguridad. ¿Por qué no me puedo liberar? Me siento como si todo sucediese en cámara lenta. Puedo ver las partículas de polvo a la deriva a través del aire. Puedo sentir el goteo de la sangre correr muy lentamente por mi cuello. Puedo sentir cómo lentamente el adormecimiento se hace cargo de mis piernas. Puedo sentir la desesperanza que se filtra en mi psique, apoderándose de mi alma y cavando sus dedos maliciosos en cada una de mis fibras. Puedo oírlo. Puedo oír la respiración gorgoteante de Max, e incluso en mi bruma inducida por el choque estoy enojada conmigo misma por no buscarlo más rápidamente. Vuelvo la cabeza hacia mi izquierda y allí está sentado. Su hermoso
cabello rubio ondulado se tiñe de rojo, la herida abierta en su cabeza parece extraña para mí. Quiero preguntarle qué le pasa, pero mi boca no está funcionando. No puede formar las palabras. El pánico y el miedo llenan sus ojos, y el dolor pliega su cara bronceada y perfecta. Un hilillo de sangre sale de su oreja y pienso que eso es algo malo, pero no estoy segura de por qué. Tose con un sonido divertido y pequeñas manchas de color rojo aparecen en la ventana rota frente a nosotros. Veo su mano recorrer el auto, buscando a tientas sobre cada elemento entre él y yo, como si necesitara el toque para guiarlo. Él busca a tientas sin rumbo hasta que encuentra mi mano. No puedo sentir sus dedos, que me agarran, pero mis ojos ven la conexión. ―pau―jadea―. Pau, mírame. ―Tengo que concentrarme mucho para levantar la cabeza y los ojos para encontrarme con los de Max. Siento el calor de una lágrima en mi mejilla, la sal en mis labios, pero no recuerdo haber llorado―. Pau, no lo estoy haciendo demasiado bien aquí. ―Veo que sin éxito intenta tomar una respiración profunda, pero mi atención se centra en otro lugar cuando me parece escuchar el llanto de un bebé. Giro la cabeza para mirar, pero no hay nada más que árboles de pino y el movimiento repentino me hace marear―. ¡paula! Necesito que te concentres. Mírame ―jadea en estallido cortos de respiraciones. Giro la cabeza hacia él. Es Pedro. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Por qué está cubierto de sangre? ¿Por qué está en el asiento de Max? ¿En la ropa de Max? ¿En la casa de Max? ―paula―suplica―. Por favor, ayúdame. Por favor, sálvame. ―Su respiración es trabajosa, entrecortada, sus dedos se relajan en los míos. Su voz es apenas un susurro―. Paula. sólo tú puedes salvarme. Me estoy muriendo. Necesito que me salves. ―Dobla la cabeza a un lado lentamente, su boca partida con sangre espesa en la comisura, sus hermosos ojos color esmeralda sin expresión. Puedo oír los gritos. Son fuertes, penetrantes y desgarradores. Continúan una y otra vez. ―¡paula! ¡paula! ―Peleo fuera de las manos que me agarran. Sacudiéndome. Me están apartando de Pedro cuando él me necesita tan desesperadamente―. ¡Maldita sea, paula, despierta!


Oigo la voz de lina. ¿Cómo llegó hasta este barranco? ¿Ella ha venido a salvarnos? ―¡paula! ―Soy sacudida una y otra vez con violencia―. ¡paula, despierta! Me despierto en la cama con los brazos de Lina envueltos alrededor de mis hombros. Tengo la garganta seca y dolorida de tanto gritar, y mi cabello cubre mi cuello empapado de sudor. Me esfuerzo por respirar, jadeos ahogados que se mezclan con los jadeos de esfuerzo de Lina; son los únicos sonidos que escucho. Mis manos se envuelven protectoramente alrededor de mi torso, los brazos están cansados por el esfuerzo tan duro. Lina pasa sus manos por los lados de mis mejillas, su cara a centímetros de la mía. ―¿Estás bien, Pau? Respira profundo, cariño. Sólo respira ―me calma, con sus manos pasando continuamente por encima de mí, tranquilizándome, haciéndome saber que estoy en el aquí y ahora. Suspiro temblorosamente y pongo la cabeza en mis manos por un momento antes frotar con ellas mi cara. Lina se sienta a mi lado y envuelve su brazo alrededor de mí. ―¿Era la misma? ―pregunta, refiriéndose a mi pesadilla recurrente que ha sido un elemento básico en mi sueño de cada noche durante más de un año después del accidente. ―Sí y no. ―Niego con la cabeza. Ella no pregunta, sino que me da más tiempo para sacudirme la pesadilla de encima―. Fue la misma pesadilla a excepción de que cuando miro hacia atrás después de oír el llanto del bebé, es Pedro, no Max, quien muere. Ella se sobresalta ante mi comentario, frunciendo el ceño. ―No has tenido una pesadilla en mucho tiempo. ¿Estás bien, Pau? ¿Quieres hablar de ello? ―dice, alzando el cuello para oír la música silenciada de los altavoces que me había olvidado de apagar antes de dormirme. Sus ojos se estrechan cuando reconoce la canción que se repite y llega a una conclusión sobre
mi estado de ánimo―. ¿Qué te hizo? ―exige, tirando de mí para poder sentarse con las piernas cruzadas delante de mí. La ira arde en sus ojos. ―Tan sólo es que soy un desastre ―confieso, sacudiendo la cabeza―. Es que ha pasado tanto tiempo. Siento que me he olvidado de cómo es el rostro de Max, y entonces lo veo tan claro en mi sueño... y luego siento los golpes de pánico sofocantes al estar atrapada en el auto. Tal vez estoy abrumada por la emoción de todo. ―Recojo mi edredón, evitando su mirada, que me cuestiona―. Tal vez ha pasado tanto tiempo desde que no siento realmente algo, que lo de esta noche me empujó sobre el borde... sólo me he abrumado con... ―¿Con qué, paula? ―pide cuando me callo. ―La culpa ―digo la palabra silenciosamente y dejo que cuelgue entre nosotras. Lina alcanza y agarra mi mano, apretando suavemente para tranquilizarme―. Me siento tan culpable y herida y usada y todo eso ―digo a borbotones. ―¿Usada? ¿Qué diablos pasó, paula? ¿Tengo que ir en este momento a patear el culo de ese bastardo arrogante? ―amenaza―. Porque voy a cambiar mi tono. Quiero decir, me quedé impresionada cuando llamó antes para asegurarse de que habías llegado bien a casa y que… ―¿Él qué? ―Él llamó como a las 3:30... En alguna hora alrededor de eso. Yo contesté al teléfono. Ni siquiera sabía que estabas en casa. De todos modos, vine aquí para ver y le dije que estabas en casa y durmiendo. Él me pidió que le llamases. Que necesitaba explicarse, que habías tomado algo por el camino equivocado. ―Uf. ―Es todo lo que pude decir, reflexionando sobre sus palabras. ¿Realmente llamo? ―¿Qué pasó, paula? ―pregunta de nuevo, pero esta vez sé que no la podré ignorar fácilmente. Le relato toda la noche, desde el punto en que la dejé hasta que me despertó gritando. Incluyo mis sentimientos sobre la comparación de “el después” de Max y cómo de herida y rechazada me sentía


―Creo que me siento culpable por lo de Max. Amaba a Max. Lo amaba con cada fibra de mí ser. Pero el sexo con él, hacer el amor con él, estaba lejos de lo que he sentido con Pedro. Quiero decir, casi no conozco a pedro y él enciende cada interruptor y empuja cada botón de lo físico a lo emocional que... ―Busco las palabras, abrumada por todo―. No lo sé. Supongo que siento que el sexo debería haber sido así con el hombre al que amaba y con el que me iba a casar en lugar de con alguien al que no le importa nada de mí. ―Me encojo de hombros―. Alguien que sólo piensa en mí como otra muesca en el poste de su cama. ―Bueno, no te puedo decir que estás equivocada por sentir, paula. Si Pedro te hizo sentir viva después de años de estar muerta, entonces no veo cuál es el problema con eso. ―Me aprieta la mano de nuevo, la sinceridad se profundiza en el azul de sus ojos―. Max nunca va a volver, paula. ¿Crees que él querría que permanecieras entumecida para siempre? ―No. ―Niego con la cabeza, secándome una lágrima silenciosa―. Ya lo sé. Realmente lo hago. Pero la culpa no desaparece porque él no esté aquí y yo sí. ―Lo sé, Pau. Lo sé. ―Nos sentamos en silencio por unos momentos antes de que ella continúe―: Sé que yo no estaba allí, pero tal vez malinterpretaste a Pedro. Quiero decir, algunas de las cosas que dijo de ti... ―¿Cómo es posible, li? Él maldecía en voz baja como si acabara de cometer el mayor error. Fue como un interruptor. En un minuto me estaba besando con tanta ternura y mirándome a los ojos y al minuto siguiente él estaba maldiciendo y caminando lejos de mí. ―Tal vez se asustó. ―¿Qué? ―la miro como si estuviera loca―. ¿El Sr. Yo-No-Tengo-Novias asustado de qué? ¿Que se creía, que me iba a pegar a él después de una noche de sexo? ―¡Una noche de sexo alucinante! ―corrige liña. haciéndome reír y ruborizándome al recordarlo―. Bueno, llevas tus emociones en tu manga. Parece que no haces bien lo del sexo casual.


―Oh, ¿como si fuera una clase en la que yo puedo hacerme cargo de la “Y”? Quiero decir, puedo ser fácil de leer emocionalmente, pero no estoy enamorada de él ni nada ―me defiendo de todo corazón a pesar de saber muy bien que lo que sentía entre nosotros esa noche era más que completa lujuria. Tal vez se asustó. Ese momento final entre nosotros en la cama, cuando él me abrazó y me miró a los ojos, realmente me afectó. Me hizo ver las posibilidades y la esperanza. Tal vez él vio eso y quiso sofocarlo antes de que fuera más lejos. ―Por supuesto que no ―dice lina con una sonrisa de complicidad―. Pero eso no es de lo que estaba hablando. Tal vez, sólo tal vez, al Sr. Yo-No-Tengo-Novias... tal vez tú le llegues. ¿Quizá se asustó de lo que sentía cuando estaba contigo? ―¡Sí, claro! Esto no es una película romántica de Hollywood, lina. La buena chica no consigue que el chico malo cambie sus formas y que esté locamente enamorado de ella ―digo, con sarcasmo en mi voz mientras vuelvo a caer en mi almohada suspirando ruidosamente. Una pequeña parte de mí revive con las palabras de Pedro de la noche anterior. Yo soy suya. Yo nunca podría ser intrascendente. Él no puede controlarse a sí mismo alrededor de mí. En esa pequeña parte tal vez lina está en lo correcto. Tal vez le asusto en algún nivel. Tal vez sea porque yo soy del tipo que se casa, según me han dicho, y él no busca eso. ―Tienes razón―admite lina―, pero eso no significa que no puedas tener un infierno de tiempo perdiéndote en horas de sexo sin sentido con él. ―Ella se deja caer sobre la almohada a mi lado; ambas nos reímos de la idea―. Podría tener sus ventajas ―continúa―. No hay nada como un buen chico malo para que tú lo dejes ir. ¿Recuerdas a Dylan? ―¿Cómo puedo olvidarlo? ―Contesté, recordando la aventura rápida que tuvo el verano pasado con el brusco y magnifico Dylan después de terminar su relación de año y medio. ―Yum.


―¡Yum es correcto! ―Ambas nos quedamos en silencio, recordándolo en nuestras respectivas memorias―. Tal vez Pedro es tu Dylan. Él puede conseguir que superes todo lo que pasó con Max. ―Tal vez... ―Pienso―. Oh, Dios ―me quejo―. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? ―Bueno, vamos a ver ―levanta la cabeza para mirar mi reloj―. Son las cinco de la mañana, debes volver a dormirte. Tal vez dale un día y luego devuélvele la llamada. Escucha lo que tiene que decir y continúa desde allí. Recuerda nuestro lema. Abraza a tu puta interna, sé imprudente con él y trata de no pensar en el mañana. Piensa sobre el aquí y ahora con él. ―Sí, puede ser. ―Nos sentamos en silencio por unos momentos. ¿Estoy haciendo una dramática lectura femenina de las cosas? ¿De sus acciones? Yo no lo creo, pero en el fondo trato de justificar sus acciones para mí misma. Sé que voy a hacerlo de nuevo si tuviera la oportunidad, y para mi salud mental necesito racionalizar todo para que mi mundo se vuelva derecho sobre su eje. Los sentimientos y sensaciones que evoca en mí son demasiado intensos. Demasiado todo. Tal vez fue sólo mi caída en el zumbido alcohólico lo que hizo que todo pareciese tan apagado. Lo que lo hizo parecer tan distante. Me reprendo a mí misma. Sé que ese no ha sido el caso, pero estoy tratando desesperadamente de hacerle frente a mi puta interior. Estoy fuera de mi liga aquí. Sólo espero que pueda encontrar la manera de jugar el juego sin quemarme al final. ―¿Quieres que me quede aquí esta noche? ―pregunta lina, rompiendo el silencio. Ella solía dormir en mi cama en las noches muy duras para ayudarme a conseguir pasar a través de las pesadillas. ―Nah. Creo que estoy bien. Gracias, sin embargo. Por todo. Ella se inclina y besa la parte superior de mi cabeza. ―¿Para qué son los amigos? ―dice mientras se dirige a la puerta―. Buenas noches, pau.


―Buenas noches, li. Cierra la puerta y suspiro profundamente, mirando al techo; mis pensamientos siguen corriendo salvajemente hasta que el sueño me vence.

martes, 24 de junio de 2014

CAPITULO VEINTE

Sale hasta la punta y luego desliza lentamente de nuevo su deliciosa longitud en mí. La sensación es exquisita y vuelvo a caer en la cama, permitiéndome sentir mis paredes resbaladizas siendo penetradas, dejándole que tome el control. Envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas mientras él comienza a coger el ritmo. Los músculos ondulan bajo su piel bronceada mientras se mueve conmigo. Sus ojos se mueven de arriba bajo, entre las míos y mirando nuestra unión. Puedo sentir el calor que se empieza a construir de nuevo cuando mi cuerpo se arquea con la fricción de su longitud frotando mi nudo de nervios por el interior. Mis paredes pesan sobre él, apretando y ordeñando su polla a medida que aumenta su ritmo. Se inclina sobre mí, balanceando su peso en sus antebrazos a los lados de mi cabeza y lleva su boca a la mía en un beso carnal, sin tapujos. Pellizcando con los dientes, chupando con los labios; las lenguas fundiéndose. Paso mis brazos por debajo de sus hombros y aprieto mis piernas alrededor de sus caderas, cruzando los pies por los tobillos. Tengo que llegar lo más cerca que pueda de él. Necesito que esté tan profundo como pueda en mí. Necesito sentir su piel resbaladiza de sudor frotarse sobre la mía. La presión en mí se monta hasta el punto en que ni si quiera le puedo besar más porque toda mi atención se centra en la ola insuperable que momentáneamente se va a estrellar a mi alrededor. Él siente mi tensión, mi casi olvido, y continúa su ritmo castigador. Desliza una mano hacia abajo y la pone debajo de mi culo, presionando mi pelvis más contra él, pulverizándome, haciendo esa ligera fricción que necesito en mi clítoris. Y antes de darme cuenta, mi mundo se enciende. Me arqueo en la cama, mis caderas se mueven incontrolablemente mientras el orgasmo más fuerte que he tenido se lanza a través de mi centro. Estoy cayendo por el precipicio y siendo arrojada en una caída libre sin fin. El placer es tan fuerte, cercano a lo doloroso, que hundo mis dientes en su hombro tratando de sofocarlo de alguna manera. La ola se cuelga a mí alrededor mientras Pedro empuja en mí unas cuantas veces más antes de oírle gritar mi nombre. Se tensa, su polla palpitante dentro de mí mientras encuentra su propia liberación. Sus músculos se sacuden de una determinada manera mientras deja que
su clímax explote a través de él antes de relajarse lentamente. Luego entierra su cabeza en la curva de mi cuello, su respiración agitada como la mía, su corazón golpeando contra el mío. Mi orgasmo continúa temblando a través de mí, mis músculos laten alrededor de su pene semi-erecto todavía dentro de mí. Con cada temblor, puedo sentir su cuerpo tensarse en sensibilidad y escuchar el suave gemido gutural desde lo profundo de su garganta. Su peso sobre mí es reconfortante, tranquilizador, había olvidado qué tan calmante puede ser el sentimiento. El sexo nunca ha sido así para mí. La tierra destrozándose. Este hedonismo. Es increíble. Nos quedamos así por un momento, ambos en silencio, bajando de las alturas. Él acaricia mi cuello, dejando un beso una y otra vez en el mismo lugar, su cuerpo saciado incapaz de moverse. Cierro los ojos, incapaz de creer que estoy aquí en este momento. Que este hombre magnífico está aquí conmigo. Dirijo mis uñas con pereza por su espalda, respirando su aroma masculino terroso. Me estremezco cuando gruñe y poco a poco se retira de mí, la sensación de vacío es desagradable. Ata el condón en un nudo y lo tira al suelo junto a la cama, antes de ponerse de nuevo a mi lado. Estando en su lado de la cama, apoya la cabeza en su mano para observarme mientras tranquilamente desliza un solo dedo hacia arriba y abajo sobre mi pecho causando una respiración lenta y mesurada que exhalo de mis labios. Le echo un vistazo, nuestros ojos se enganchan durante un segundo mientras en silencio reflexionamos sobre la experiencia que acabamos de compartir. No puedo descifrar la expresión de sus ojos porque está demasiado guardada. Desvío mi mirada hacia el techo mientras el pánico comienza a apoderarse de mí. ¿Y ahora qué? Pedro ha hecho su camino conmigo y ahora el reto está terminado. Mierda. Yo sólo he tenido relaciones sexuales con Max. Estábamos en una relación. Hacíamos el amor. No era una cosa casual. Y a pesar de todo lo que acaba de pasar, esto significa mucho más para mí de lo que lo hace para Pedro. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Con Max, no tenía que pensar en qué venía después. O en el
protocolo de ¿me quedo? ¿pedro quiere que me quede? ¿Qué demonios se supone que debo hacer?
¿Es esto lo que se siente tener una aventura de una noche? Mierda. ―Deja de pensar, pauli ―retumba la voz de pedro, murmurando para mí. Puedo sentir sus ojos fijos en mí. Todavía me sorprendo de que él pueda estar tan en sintonía conmigo a pesar de sólo conocerme desde hace un corto tiempo. ¿Cómo lo sabe?―. Tu cuerpo entero se tensa cuando estás pensando demasiado ―explica, respondiendo a mi pregunta silenciosa―. Apaga esa mente tuya ―advierte, llegando a mi cadera, tirándome contra de él―. O me veré obligado a hacerlo por ti. Puedo oír la sonrisa en su voz y me río con libertad. ―¿En serio? ―Puedo ser muy persuasivo ―se burla, pasando su mano libre por mi caja torácica, deteniéndose para tocar ociosamente mi pecho y recorrer con el pulgar el pezón puntiagudo―. ¿No crees? ―¿No me digas que no estoy autorizada a pensar? ―Suspiro un suave gemido, levantando la barbilla cuando él se inclina hacia mí, plantando besos en varios lugares. ―Me encanta una mujer que obedece ―murmura en voz baja. Puedo sentir que empieza a endurecerse contra mí, y antes de que pueda procesar su capacidad de recuperarse rápidamente, Pedro nos hace rodar, cambiando nuestras posiciones, conmigo sentada encima de sus caderas. Me siento a horcajadas sobre él, le miro y su sonrisa es arrogante. Él vuelve a su evaluación, arrastrando sus ojos hacia arriba y abajo por mi torso. Puedo sentir su longitud endurecerse contra la hendidura de mi trasero. ―Dios mío, paula, eres capaz de hacer que un hombre se vuelva loco ―me dice, inclinándose hacia arriba y llegando a mí alrededor para desabrochar el sujetador. Mis pechos están libres, pesados y duros por el deseo. Pedro
gime de agradecimiento antes de levantarse para succionar uno, mis muslos en respuesta se aprietan violentamente a su alrededor. Levanto la cabeza y arqueo la espalda para que tenga el máximo provecho de mi pecho. Los pensamientos que había tenido momentos antes son empujados lejos mientras continúa su bombardeo de besos incendiarios. Siento sus brazos envolviéndose alrededor de mí y rebuscando cerca de mi trasero antes de escuchar el sonido revelador del papel de aluminio. Termina de revestirse y traza un sendero de besos con su boca experta hacia mis labios. Él inclina su boca, tomando suavemente a pequeños sorbos de la mía mientras trae una mano a mi pelo y enreda los puños en él. Susurra alabanzas suaves entre cada beso, cada una alimenta mi deseo por él. ―Levántate para mí ―susurra mientras que trae una mano a mi cadera, ayudándome a subir, mientras que posiciona su pene erecto por debajo. Me muerdo el labio a la espera mientras sus ojos se aferran a los míos, viéndome mientras me hundo suavemente hacia abajo sobre su punta. Me quedo suspendida momentáneamente mientras dejo que mis fluidos se esparzan sobre él para que sea más fácil su entrada. Es potenciador ver la nube de deseo en los ojos de Pedro mientras bajo lentamente, centímetro a centímetro, delirando sobre él hasta que se enfunda por completo. Gimo en voz baja mientras me extiende hasta la más increíble sensación de saciedad. Me veo obligada a permanecer sentada durante varios minutos para poder ajustarme a la totalidad de él. Pedro cierra los ojos, levanta la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos mientras un ruido sordo viene de lo más profundo de su garganta
Él trae sus manos a mis caderas, y yo comienzo a moverme. Me levanto hasta el extremo y luego me deslizo hacia abajo, inclinándome hacia atrás para frotar el nudo de nervios dentro de mis muros. ―Mierda ―sisea, tomando una fuerte aspiración mientras está entre mi revestimiento―.Vas a hacer que me vuelva loco, paula ―se queja en voz alta mientras me besa posesivamente antes de colocarse en la cama. Él empieza mover sus caderas al unísono con mis movimientos y pronto nos estamos moviendo a un
ritmo frenético. Cada uno necesita más del otro. Cada uno conduce, empujando, tentándonos mutuamente para llegar al final. Miro a Pedro, los tendones de su cuello están tensos, la punta de su lengua asoma entre los dientes, los ojos están oscurecidos por la lujuria, él es sexy como el infierno. Sus manos agarran mis caderas, los músculos se tensan mientras me sostiene, me levanta y se introduce dentro de mí. Estoy subiendo, girando vertiginosamente mientras el placer se apodera de mí. Agarro una de las manos de Pedro en mi cadera, entrelazando nuestros dedos. Mueve la otra mano hasta donde estamos unidos, su pulgar acariciando mi clítoris, manipulándolo expertamente. Mi cuerpo se acelera, los músculos se aprietan alrededor de Pedro, y una vez más estoy tirada en un olvido asombroso. Grito su nombre cuando una calidez arrebatadora se apodera de mí, y me tira sobre una neblina que me consume. ―Cristo, paula. ―pedro maldice, sentándose sin parar su ritmo voraz, tomando el control para permitir que yo me pierda en mi orgasmo. Él envuelve sus brazos alrededor de mí, sus fuertes bíceps me sostienen y trae sus labios con los míos en un beso devorador, vaciador de almas. La avalancha de sensaciones que tiran de cada nervio de mi cuerpo es tan abrumadora que mi única comprensión es que me ahogo en todo lo que es Pedro Alfonso. Puedo sentir su cuerpo tensarse, sus caderas empujar más fuerte y sus brazos apretarse más estrechamente con las manos extendidas en lo ancho de mi espalda. Pedro entierra su cara en mi cuello antes de gritar mi nombre, una bendición en sus labios, mientras se estrella sobre el borde. Siento que convulsiona dentro de mí, encontrando su liberación. Nos quedamos así, yo sentada a horcajadas sobre él, con los brazos envueltos alrededor el uno del otro y con la cabeza enterrada entre nosotros por algún tiempo; ninguno de los dos hablamos. Estoy abrumada por la emoción mientras nos sostenemos mutuamente. ¡Oh, mierda! ¿Cómo podía haber sido tan estúpida de pensar que podría tener sexo casual? Los sentimientos burbujean dentro de mí. Sentimientos que sé que Pedro nunca corresponderá, y me encuentro luchando por mantener la compostura. Me
digo a mí misma que tengo que mantener la calma, que puedo revolcarme en la noción y romperme una vez que esté sola. Pedro desplaza las piernas un poco y se inclina hacia atrás. Toma mi cabeza entre sus manos y me traspasa con su mirada embriagadora. ―¿Estás bien? ―me susurra. Yo asiento, tratando de aclarar la preocupación de mis ojos. Se inclina y me besa. Un beso tan dulce y cariñoso que tengo que luchar contra las lágrimas que amenazan por su ternura, que me desarma y me llega al corazón. Cuando abre los ojos, me mira durante algún tiempo. Veo que algo destella a través de ellos rápidamente, emociones sin nombre que no puedo leer ya que solo lo conozco desde hace poco tiempo. Sacude la cabeza rápidamente y me levanta de él para dejarme rápidamente en la cama sin decir una palabra. Se pone de pie a toda prisa, evitando mi mirada interrogante y se pasa la mano por el pelo, murmurando la palabra “mierda” que sale en una exhalación. Miro sus anchos hombros tonificados, y su culo atractivo a medida que camina hacia el baño. Oigo correr el agua y otro ahogado juramento. Tiro la sábana alrededor de mí, de repente me encuentro sola e incómoda al estar en un entorno y en una situación difícil y desconocida. Después de unos momentos, Pedro reaparece del baño en un par de calzoncillos bóxer negros. Se pone de pie en la puerta y me mira. Ha desaparecido toda la calidez y la emoción que había en sus ojos minutos antes. Ha sido reemplazada visiblemente por una evaluación distante y fría mientras me mira en su cama. Se nota que ya no está relajado por la tensión que hay alrededor de sus ojos, y también es obvio en su mandíbula tensa. ―¿Puedo ofrecerte algo? ―pregunta con voz cortante―. Yo necesito un trago. Niego con la cabeza, temiendo que si hablo, el dolor repentino que siento por su separación empeore. Con mi respuesta, se vuelve y se va a la sala principal de la suite.
Creo que ya tengo mi respuesta. Yo sólo era un reto para él. Desafío conquistado, ahora estoy disponible. Sostengo la palma de mi mano en mi esternón, tratando de ahogar el dolor que tengo dentro. Tratando de disminuir la sensación de haber sido utilizada. Pienso en Max y en la forma en que solía tratarme después de hacer el amor, como si fuera tan frágil que me podía romper. Él me acariciaba y me abrazaba y me hacía reír. Me hacía sentir muy querida. Mi hermoso e idealizado Max. ¿Qué le he hecho a él y a nuestra memoria por dormir con alguien cuando estoy técnicamente comprometida con otro? Los gritos de su madre resuenan en mis oídos mientras me dice que es por mi culpa que su vida terminó, que yo lo maté y que cada esperanza y sueño se fue con él. La culpa, la vergüenza y la humillación pasen sobre mí. Tengo que salir de aquí. Estos pensamientos llenan mi cabeza mientras lanzo las mantas lejos de mí y recojo todas mis prendas descartadas en el suelo antes de correr hacia el baño. La presión en mi pecho es insoportable y trato de contener las lágrimas mientras a tientas y torpemente intento abrochar mi sujetador. Lanzo mi vestido por encima de mi cabeza, luchando por poner mis brazos en los lugares adecuados. No tengo nada de ropa interior. Están destrozadas en algún lugar del suelo y ya no vale la pena la molestia de encontrarlas. Me falta un pendiente y llegados a este punto, realmente no me importa. Rápidamente quito el que me queda y me echo un vistazo en el espejo para notar la miseria mezclada con pesar en mis ojos. Tomo un pañuelo y limpio el delineador mientras me armo de valor para mi partida. Después de unos momentos de enmascarar mis emociones y juntar mis pensamientos, estoy lista. Abro la puerta del baño y salgo fuera, aliviada y al mismo tiempo triste de que Pedro no está sentado ahí esperando por mí. Por otra parte, ¿qué esperaba después de la forma en que actuó? ¿Que estuviera sentado en la cama, esperando a profesar su amor por mí?
―Jódelas y tíralas ―murmuro en voz baja mientras camino fuera de la puerta del dormitorio a la sala principal de la suite. Pedro está de pie en la cocina de la suite, con las manos apretadas contra el mostrador y la cabeza colgando hacia abajo. Me paro un momento y lo veo, admiro las líneas de su cuerpo, y deseo mucho más de lo que aparentemente puede dar. Pedro se mueve y toma un largo sorbo del líquido de color ámbar en su vaso. Lo baja rudamente, el hielo tintineando fuertemente, antes de pararse. Su paso se tambalea cuando él me ve de pie, vestida y lista para irme. ―¿Qué estás…?
―Mira, Pedro ―empiezo, tratando de controlar la situación antes de que pueda humillarme más―. Soy una chica inteligente. Ahora lo entiendo ―me encojo de hombros, tratando de evitar que mi voz se rompa. Me mira y puedo ver los engranajes de su cabeza trabajando, intentando averiguar por qué me quiero ir―. Seamos realistas, tú sueles pasar la noche con cierto tipo de personas y yo no soy ese tipo de chicas de una sola noche. ―paula ―objeta, pero no dice nada más mientras da un paso hacia mí hasta que yo sostengo mi mano hacia él para que se detenga. Me mira, moviendo sutilmente su cabeza, tratando de envolver su mente alrededor de mis palabras. ―Vamos, eso es probablemente lo que es para ti, a lo que estás acostumbrado. ― Tomo un par de pasos hacia él, orgullosa de mí misma por mi falsa valentía―. Así que voy a ahorrarme la vergüenza de que me pidas que me vaya y voy a hacer ahora la caminata de la vergüenza en lugar de hacerla por la mañana. Pedro me mira fijamente, luchando contra alguna emoción invisible, con la mandíbula apretada fuertemente. Cierra los ojos por un instante antes de mirarme. ―paula, por favor, escúchame. No te vayas ―pronuncia―. Es sólo que... ―Levanta una mano para agarrar la parte de atrás de su cuello, confusión e incertidumbre grabada en su rostro mientras es incapaz de encontrar las palabras o de terminar su mentira.
Mi corazón quiere creerle cuando me dice que no me vaya, pero mi cabeza piensa diferente. Mi dignidad es todo lo que tengo ya que mi ingenio ha sido destruido totalmente, dispersado y dejado en la cama de la habitación contigua. ―Mira, Pedro ―exhalo―, los dos sabemos que no quieres decir eso. No quieres que me quede. Tenías una habitación aquí esta noche con la esperanza de acostarte con alguien. Probablemente pensaste que sería con Raquel. Una pequeña habitación agradable, donde no habría ningún drama y sin complicaciones; un lugar que podrías dejar por la mañana sin echar una mirada atrás a la que todavía estaría durmiendo en la cama. Bueno, entré en ello de buena gana ―admito, dando un paso hacia él. Sus ojos nunca dejan los míos mientras yo coloco una mano sobre su pecho desnudo―. Fue genial, Ace, pero esta chica ―le digo, señalándome a mí misma y luego al dormitorio―. Esto no es para mí. Él me mira, sus ojos penetrando en los míos con tal intensidad que aparto los míos momentáneamente. ―Tienes razón, esto no es para ti ―chirría con su rostro protegido, mientras mis ojos miran hacia él. Él levanta su copa y vacía el resto del contenido del vaso, piscinas de esmeralda continúan puestos en mis ojos por encima del borde de la copa. Cuando termina, se pasa la lengua por los labios, inclinando la cabeza mientras piensa algo detenidamente en su cabeza―. Déjame conseguir mis llaves y te llevo a casa. ―No te molestes. ―Niego con la cabeza, cambiando mi peso mientras encuentro la manera de salvar las apariencias mientras la humillación se filtra a través de mí―. Voy a tomar un taxi, hará que este error sea más fácil para los dos. ―Toma todo lo que tengo apoyarme en mis pies y darle un beso casual y casto en la mejilla. Me encuentro de nuevo con sus ojos y trato de fingir indiferencia―. No te preocupes, Pedro, cruzaste la línea de meta y tomaste la bandera de cuadros. ―Echo mis hombros para atrás y me pongo a caminar hacia la puerta, con la barbilla en alto aún a pesar del temblor en mi labio inferior―. Solo estoy tirando de la precaución antes de que esto pueda volverse de un color negro marcado. Salgo por la puerta hacia el ascensor. Cuando me doy la vuelta para presionar el botón a la primera planta, me doy cuenta de que Pedro está en la puerta del ático.
Su boca se tuerce mientras me mira con ojos distantes y una expresión endurecida. Sigo mirándole mientras las puertas comienzan a cerrarse, una lágrima cae por mi mejilla, la única traición de mi cuerpo que muestra de mi tristeza y humillación. Por fin estoy sola. Me recuesto contra la pared, lo que permite que mis emociones me superen y tenga que seguir luchando contra las lágrimas que nadan en mis ojos porque todavía tengo que encontrar el camino a casa.
El viaje en taxi es rápido, pero doloroso. Mis sollozos en el asiento trasero no hacen nada para aliviar la brutal realidad de lo que acaba de suceder. Cuando se detiene en mi casa poco después de las tres de la mañana, me alegro de ver que lina está ahí pero dormida, ya que no puedo manejar sus preguntas en este momento. Me deslizo en mi habitación y enciendo mis altavoces iPod a un volumen apenas audible, busco “Unwell” y le doy a repetición. Mientras la voz de Rob Thomas derrite sus palabras conocidas dentro de mí, me libero de mi ropa y entro en mi ducha. Huelo a Pedro y a sexo, y me froto obsesivamente para tratar de conseguir sacarme su olor de encima. No importa, sin embargo, no importa lo que haga, todavía puedo olerlo. Todavía lo puedo probar. Todavía lo puedo sentir. Permito que el agua lave mi torrente de lágrimas, escondiendo mis sollozos que tienen hipo corriendo entre sus sonidos. Cuando estoy inundada y las lágrimas han disminuido, me levanto del piso de la ducha sobre el cual me había deslizado y hago mi camino hacia mi habitación. Me pongo una camiseta y un par de bragas antes de desplomarme en el calor reconfortante de mi cama y sucumbir al sueño.

GRACIAS!♥

CAPITULO DIECINUEVE

Levantaba la vista mirándole a través de mis pestañas, mi labio inferior entre los dientes, y asiento en consentimiento. Cuando él sólo continúa mirándome, encuentro mi voz y trato de empujar los nervios fuera. ―Sí, Pedro. Su boca aplasta la mía al instante, su hambre es palpable mientras me saca del ascensor en un movimiento torpe hacia la puerta del ático. Me rio de su intento de introducir la llave en la puerta tratando de mantener sus labios sobre los míos. Finalmente, logra meter la llave y la puerta se abre a medida que continuamos nuestra entrada sin gracia, con la boca sin dejar la del otro. Patea la puerta cerrada y me presiona contra ella, sus manos se intercalan entre la puerta y mi trasero. Sus dedos se agarran a mi carne con fervor, me presiona a su estructura muscular. Me pierdo en él. En su toque, en su calor, en sus tranquilas palabras de elogio a la vez que deja caer una lluvia de besos sobre mis labios, cuello y la piel desnuda de la V profunda de mi vestido. Me entrego al momento y a lo que es sentir de nuevo. Querer de nuevo. Trato torpemente de desabrocharle la camisa, necesitando sentir su piel contra la mía, pero estoy obstaculizada por sus brazos que están en constante movimiento tocando con fervor cualquier centímetro de piel al descubierto que sus dedos puedan encontrar. Sus labios encuentran mi lugar justo debajo de mi línea de la mandíbula, me olvido de los botones y mis manos forman puños sobre su camisa debido a que me abruma la sensación. Me consume. Un grito ahogado se escapa de mi boca, pequeñas explosiones detonan en mi cuello y bajan hacia la boca de mi estómago.
Pedro presiona sus manos en mi espalda otra vez, y envuelve mis piernas alrededor de sus caderas al mismo tiempo que me levanta. Una mano se apoya en mi espalda mientras la otra cae por debajo de la tela de mi vestido para tocar mi pecho. Me inclino hacia él cuando el pulgar y el índice frotan mi pezón que ya está duro. La descarga eléctrica de su tacto distribuye el calor a mi sexo y un reguero de pólvora a mis sentidos. Pedro comienza a moverse mientras me sujeta, sus labios es un festín con la línea siempre sensible de mi hombro, su erección presiona entre mis muslos. Con cada paso que da, se frota contra mí, creando una fricción gloriosa contra mi clítoris. Me presiono contra él, la bola de tensión aumenta, superándome, y dirigiéndome a mí necesitaba liberación. Entramos en el dormitorio de la suite, y a pesar de las abundantes sensaciones surgiendo a través de mí, todavía estoy nerviosa. Se detiene en el borde de la cama y me baja las piernas, dejando caer mis pies en el suelo. Retomo mi intento de quitarle la camisa y esta vez tengo éxito. Me suelta un momento mientras da un paso hacia atrás deslizando los brazos de su camisa y dejándola caer al suelo. Tengo mi primera visión del torso de Pedro desnudo, y es absolutamente magnífico. Su piel dorada sobre los bien definidos músculos de su abdomen. Sus hombros fuertes que dan paso a una cintura estrecha, que a su vez dan paso a la sexy V que se hunde por debajo de donde cuelgan los pantalones. En su flanco izquierdo hay un tatuaje de algún tipo, pero soy incapaz de entender lo que es. Él tiene una ligera rociada de sudor en el pecho y luego por debajo de su ombligo en medio de los abdominales apretados, tiene un pequeño sendero sexy de pelo que desaparece debajo de su cintura. Si mis hormonas no hubiesen estado ardiendo ya con sus manos y su boca experta, poner mis ojos sobre él hubiese puesto mi sistema a toda marcha. Retrocedo mi mirada por su torso hasta mirar a sus ojos. Él me mira, los ojos drogados con el deseo, inflamados por la lujuria. Una sonrisa atractiva se extiende a través de su boca mientras él se deshace de sus zapatos y se quita los calcetines antes de acercarse a mí de nuevo. Levanta las manos a mi cara y la enmarca, poniendo su boca en la mía con un beso lento y atormentador que me tiene
latiendo por él. Sus manos se deslizan por mi cara, por mis hombros, y hacen un lento descenso por mi torso hasta la tela que da paso a la piel desnuda de mis muslos. ―Dios, paula, quiero sentir tu piel sobre la mía. ―Sus dedos juegan momentáneamente con el dobladillo de mi vestido antes de agarrarlo y levantarlo lentamente―. Sentir tu cuerpo debajo de mí. ―Sus palabras son hipnóticas. Invitadoras―. Mi pene enterrado en ti ―murmura contra mis labios antes de inclinarse un poco hacia atrás, sus ojos nunca dejando los míos, para tirar el vestido por encima de mi cabeza. Comienzo a sacar mis tacones, pero Pedro se agacha para agarrar mi mano antes de que pueda llegar a mi zapato. ―Uh-uh ―me dice sonriendo lascivamente―. Déjatelos puestos. Se me corta la respiración, feas inseguridades asoman en mi cabeza al estar ante él en sujetador, un trozo de encaje como excusa para bragas y mis tacones de aguja. ―Creo… ―Shhhh ―susurra contra mis labios―. No pienses, paula. El tiempo para pensar ha terminado. ―Da unos pasos hacia atrás, la parte posterior de mis rodillas golpean la cama, y lentamente me pone abajo, con la boca atándome todavía con sus besos―. Sólo siente ―me exige con voz ronca. Una de sus manos ahueca de la parte de atrás de mi cuello mientras la otra deambula lentamente hacia el encaje negro de mi sujetador y por encima de mi caja torácica antes de iniciar el camino de vuelta. Un gemido escapa de mis labios. Necesito su toque como necesito mi próximo aliento en estos momentos. ―Deja que te mire ―susurra, apoyándose en un codo―. Dios, eres hermosa. Me congelo con las palabras, queriendo ocultar las cicatrices que desfiguran mi abdomen, queriendo enroscarme lejos para que no me pregunte, para no recordar ese momento. Sin embargo, no hago nada de eso. En cambio, me concentro en respirar mientras sus ojos vagan por mi cuerpo. Sé el momento exacto en que las
ve porque parpadeos de shock destellan a través de su rostro antes de que sus ojos vuelvan a los míos, con la preocupación grabada en su frente. ―¿paula? ¿Qué…? ―Shhhh ―le digo antes de llegar y agarrar su cuello, tirando de él hacia mí en un beso exigente que destruye todo sentido del control antes de que pueda empezar a hacer preguntas. La pasión carnal se enciende dentro de mí cuando lo agarro; besos, caricias, mis uñas cavando en su piel acerada. Un gruñido salvaje sale de él mientras su lengua se desliza en un sendero por mi cuello. Ahueca mi pecho, pasando el dedo bajo el cordón y empujándolo abajo. Su boca se burla mientras va hacia abajo antes de cerrarse sobre el capullo apretado de mi pezón. Yo grito en éxtasis mientras él toma mi pecho, chupándolo con su boca caliente y golosa. Su otra mano asalta mi otro pecho, poniendo mi pezón entre el pulgar y el índice, desdibujando la delgada línea entre el placer y el dolor. Su aguda atención a mis principales zonas sensibles incendia mi sexo. Se aprieta, palpita y humedece, en silencio rogándole por más, porque me empuje hacia el borde. Me muevo por debajo de él para tratar de aliviar el dolor intenso que se está construyendo, pero los rollos de deseo son tan fuertes que mi aliento es un jadeo irregular. Enredo mis dedos en su pelo cuando se mueve de mi pecho, chupando, besando y pellizcando en su camino hacia mi abdomen. Mis manos se vuelven puños y respiro una fuerte bocanada de aire cuando deliberadamente coloca una fila de besos a lo largo de mi peor cicatriz. ―Tan hermosa ―repite de nuevo a medida que continúa su descenso, atormentándome. Se queda quieto en la parte superior de mi ropa interior y puedo sentir sus labios apretados contra mi piel. Él me mira con una sonrisa pícara que ilumina su rostro. ―Espero que no estés demasiado encariñada con estas. ―Ni siquiera tengo la oportunidad de responder antes de que rompa mis bragas. Un bajo ronroneo satisfecho proviene de la parte posterior de su garganta mientras arrastra un dedo por la pequeña franja de rizos que hay debajo del material―. Me gusta esto
―gruñe, su dedo trazando por debajo de la franja, a donde estoy desprovista de pelo―. Y me gusta esto aún más. Mi respiración se corta cuando él desliza un dedo entre mis pliegues, lentamente hacia adelante y hacia atrás. ―Oh Dios ―gimo, agarrando con mis manos las sábanas de la cama, éxtasis detonando en chispas de colores blancos detrás de mis párpados cerrados. Pedro respira audiblemente cuando desliza un dedo muy lentamente en mi interior. ―paula―gime, su voz quebrándose cuando dice mi nombre traiciona su apariencia de control―. Mira lo mojada que estas para mí, nena. Siente lo fuerte que me agarras. ―Arqueo la espalda, los hombros presionando contra el colchón mientras sus dedos hacen círculos tranquilamente dentro de mí, pastando sobre ese punto dulce, profundamente a lo largo de la pared de mi frente, antes de retirarse deliberadamente, sólo para empezar todo el proceso exquisito nuevamente―. Las cosas que quiero hacer a este coñito apretado tuyo ―murmura mientras siento su otra mano en mí otra vez. Sus palabras contundentes me encienden. Incitando sentimientos que no esperaba. Me retuerzo debajo de él mientras el aire frío de la habitación golpea mis pliegues hinchados―. Mírame, paula. Abre los ojos para que yo pueda verte cuando te tome con mi boca. Hago todo lo que puedo para salir de mi coma de placer inducido y abrir los ojos. Él me mira a través de mis muslos. ―Eso es, nena ―gruñe mientras su cabeza se desplaza hacia abajo y siento el calor tibio de su boca que captura mi nudo de nervios al mismo tiempo que desliza dos dedos dentro de mí. Grito, lanzando la cabeza hacia atrás ya que un infierno furioso explota a través de mi centro, tomando, poseyendo y edificando―. ¡Mírame! ―gruñe de nuevo. Abro los ojos, el erotismo de ver que me mira mientras me da placer es más de lo que nunca he conocido. Su lengua torna perezosamente hacia atrás y adelante, por encima y alrededor, mientras sus dedos siguen su delicioso masaje interno. Se retira y luego empuja de nuevo, sus dedos frotando lentamente mis paredes interiores. Arrimo
mis caderas contra él, pidiendo más presión a medida que estoy al borde de perder la cordura. ―Oh, paula, eres tan sensible ―alaba―, tan jodidamente sexy. ―Mientras sustituye el calor de su boca por la yema del pulgar, el tempo y la fricción de su piel sobre piel es exactamente lo que necesito. Se desliza por mi cuerpo mientras sus dedos siguen su alucinante tortura en mi sexo, sus labios besando, mordisqueando y lamiendo hasta que llega a mi cara. Haciendo que quiera lo que no he querido antes. ―Déjate ir, paula ―exige, con su erección presionando deliciosamente en mi costado―. Vuelve a sentir, cariño ―murmura mientras mis manos se envuelven alrededor de sus hombros, las uñas marcando su piel sudorosa. La bola de tensión aumenta, pidiendo la liberación. Con mis caderas arremeto violentamente contra él, sus dedos aumentando su ritmo; frotando, penetrando, conduciéndome a un olvido entusiasta―. Vente para mí, paula ―gruñe cuando yo estoy a la orilla y lanzo un grito cuando el orgasmo estalla dentro de mí, chocando a mí alrededor, y atravesando con ondas cada nervio en mi cuerpo. Mis músculos se flexionan reactivamente, atrapando sus dedos dentro de mí, lo que causa que gima ante la sensación―. Eso es, nena, eso es todo ―gruñe mientras me ayuda a sobrellevar las ondulantes olas de mi clímax. Siento la cama hundirse cuando la deja y eso hace que mis ojos se abran de repente. Él me mira, hay satisfacción en su rostro y deseo en sus ojos, mientras lentamente se desabrocha sus pantalones. ―Eres impresionante ―alaba mientras lo miro, luchando por recuperar el aliento, jadeando―. No puedo decir qué es más caliente, paula, si verte venir o hacer que te vengas. ―Sus ojos brillan con sus pensamientos libidinosos―. Supongo que tendré que hacerlo de nuevo para saberlo. ―Él muestra una sonrisa maliciosa y llena de desafío. Mis músculos se contraen firmemente con sus palabras, y estoy sorprendida de que me tenga tan nerviosa que mi cuerpo está listo para la liberación otra vez. Me muerdo el labio mientras se saca los pantalones junto con sus calzoncillos bóxer, su impresionante erección salta libre. ¡Santa Mierda!
Él me sonríe como si pudiera leer mis pensamientos y se arrastra en la cama con sus muslos magros y firmes. Coge uno de mis pies, extendiéndolo por el tacón de mi zapato y comienza a dar una fila de besos desde la pantorrilla, parándose en la rodilla para acariciar con los dedos la sensible parte inferior, antes de continuar el ascenso vertiginoso de su boca hasta el muslo. Se detiene en mi ápice y me besa suavemente allí, girando su dedo suavemente sobre mi sexo, haciéndome cosquillas, burlándose, probando. Agarro con mi mano su cuello. ―pedro ―jadeo, su ligero toque en mi carne sensibilizada es casi más de lo que puedo soportar. Él me mira mientras planta otro beso en la franja de pelo. ―Sólo quiero estar seguro de que estás lista, nena ―responde, sacando un dedo mojado de mi núcleo―. No quiero hacerte daño. Una docena de cosas revolotean por mi mente cuando veo que desliza su dedo en su boca antes de parpadear una sonrisa diabólica y gruñir en señal de aprobación. Predatoriamente, se arrastra por el resto del camino de mi cuerpo, sus ojos nunca dejan los míos y me tapa la boca con la suya, sus manos acariciando mis pechos, mientras su polla presiona entre la V de mis muslos. Emociones se remolinan dentro de mí mientras el placer vertiginoso surge de nuevo. El aparta mis piernas con las rodillas y se empuja encima para sentarse entre mis muslos. Se inclina hacia el borde de la cama y coge un paquete de papel de aluminio. Mi mente zumba; he estado tan abrumada con todo lo de la semana pasada que no he pensado en la protección. Y a pesar de que no sabe acerca de mi incapacidad para quedarme embarazada, me alegro de que tenga el suficiente sentido común como para pensar en esto. Me apoyo en los codos mientras rasga el paquete abriéndolo y miro cómo se coloca el condón sobre su longitud de hierro. Sus ojos parpadean hasta los míos llenos de deseo, lujuria y muchas más cosas pululando dentro de ellos. ―Dime lo que quieres, paula.
Lo miro hasta que mis ojos se dirigen hacia abajo para ver cómo pasa los dedos por encima de mi vértice y me separa gradualmente. Contengo la respiración, a la espera. ―Dime, paula ―gruñe―. Dime que quieres que te folle. Quiero oír las palabras. Me muerdo el labio inferior, mirando como él pone su miembro contra mi hendidura. Él se queda quieto, y yo lo miro a los ojos. Puedo verlo tratando de frenar su control, la vena de su cuello prominente mientras me mira, esperando mis palabras. ―Fóllame, Pedro ―le susurro mientras lentamente presiona la punta roma de su polla en mi entrada. Me tenso ante la idea de aceptarlo, por la sensación del estiramiento de mi canal hasta sus límites, del ligero dolor que me dice que estoy viva, que estoy aquí en este momento con este hombre sublime. ―Oh, Dios, paula ―gime mientras se impulsa lentamente dentro y fuera―. Te sientes tan bien. Tan malditamente apretada ―susurra, frotando sus dedos suavemente arriba y abajo por mis muslos―. Necesito que te relajes para mí, nena. Déjame entrar, cariño. Cierro los ojos un momento mientras la quemadura por el estiramiento se desvanece y da paso a una sensación de saciedad. Empuja más, lenta y deliberadamente, hasta que su polla está recubierta por completo, desde su raíz hasta la punta, por mis paredes de terciopelo. Se queda inmóvil, permitiendo que mi cuerpo se acostumbre mientras me mira. Puedo ver su mandíbula apretarse mientras se esfuerza por aferrarse a su control, y es una sensación estimulante saber que yo le puedo presionar sobre el borde. Aprieto mis músculos alrededor de él, agarrándolo reflexivamente mientras empujo mi torso hacia arriba para permitirme ver donde nuestros cuerpos se unen ahora, como uno. ―Dulce Jesús, paula ―advierte―. Vuelves a hacer eso, y voy a venirme ahora mismo.
Sonrío sin motivo mientras él lentamente se empieza a mover. 

viernes, 20 de junio de 2014

CAPITULO DIECIOCHO

¡Mierda! Me trago las lágrimas amenazantes mientras me aprieto en un espacio abierto en el concurrido bar y por algún milagro, la apertura se encuentra justo enfrente del camarero. Él me mira y si ve alguna desesperación en mi cara, la ignora. ―¿Qué quieres tomar? ―pregunta sobre el ruido. Lo miro un momento, contemplando mis opciones. Opto por algo rápido y adormecedor. ―Un chupito de tequila, por favor ―le solicito, obteniendo la atención del hombre que está de pie a mi lado. Puedo sentir que me mira de arriba abajo, y hago rodar mis hombros, que se erizan con la atención no deseada. El camarero desliza un chupito de tequila por la barra hacia mí y lo agarro, mirándolo por un momento, diciendo en silencio nuestro brindis, porque ahora necesito definitivamente la parte del valor. Incluso si es falsa valentía. Bebo de nuevo sin dudarlo y tuerzo mi cara ante la quemadura. Cierro los ojos mientras el calor se desliza por mi garganta y se instala en mi vientre. Suspiro profundamente antes de abrir mis ojos, ignorando la oferta de otra bebida del hombre de mi lado. Agarro el teléfono de mi bolso y mando un texto a Lina de que estoy bien, para que disfrute, y que la veré en casa. Sé que si ella no estuviera aquí por trabajo, estaría a mi lado, llevándome a casa. Levanto la vista de mi teléfono para buscar al camarero. Necesito otro chupito. Algo para adormecer el rechazo. Mis ojos parpadean a lo largo de la barra, cuando en el reflejo del espejo, veo a Pedro caminando resueltamente hacia mí. A pesar de la creciente esperanza dentro de mí, murmuro: ―¡Mierda! ―Y tiro un poco de dinero en la barra antes de girarme sobre mis talones y virar hacia la salida más cercana. Encuentro una rápidamente, en la esquina al final de la barra, y empujo para abrir las puertas con cierto grado de fuerza. Me encuentro en un oscuro pasillo vacío, aliviada cuando la puerta se cierra detrás de mí, amortiguando la música palpitante. Mi momento de soledad es fugaz cuando la puerta se abre momentos más tarde, dando paso a Pedro.

Entrecerramos los ojos momentáneamente, puedo ver la ira en él y espero que pueda ver el dolor en los míos, antes de darle la espalda y correr más abajo por el pasillo. Suelto un grito estrangulado de frustración cuando Pedro me atrapa y agarra mi brazo, haciéndome girar alrededor para estar enfrente de él. Nuestra respiración entrecortada es el único sonido en el pasillo, mientras nos fulminamos con la mirada, y los ánimos queman. ―¿Qué diablos crees que estás haciendo? ―gruñe, agarrando mi otro brazo. ―¿Perdón? ―farfullo, con una expresión de incredulidad en el rostro, en respuesta a su audacia. ―Tienes un molesto pequeño hábito de huir de mí, Paula. ―¿Y tú? ¿Señor-Envío-Señales-Mezcladas? ―Mira quién habla, cariño. ¿Ese tipo es lo que realmente quieres, Paula? ―dice mi nombre como una maldición―. ¿Un revolcón rápido con el surfista Joe? ¿Quieres follarlo en lugar de a mí? ―Puedo oír en el tono de su voz la amenaza implícita. En este corredor oscuro, con su rostro oculto por las sombras y sus ojos brillantes, es cada pedacito del chico malo intimidante que insinúan los tabloides. ―¿No es eso lo que quieres de mí, Pedro? ¿Un polvo rápido para impulsar ese frágil ego tuyo? Parece que gastas una gran cantidad de tiempo tratando de aplacar esa debilidad tuya. ―Sostengo su mirada, hay desprecio en mi voz―. Además, ¿qué te importa lo que yo haga? Si no recuerdo mal, me parece que estabas bastante ocupado con la rubia, tomándola en el espacio de tu brazo. Tics musculares se aprietan y se aflojan en su mandíbula, mueve su cabeza hacia atrás y hacia adelante sobre sus hombros antes de contestarme. ―¿Raquel? Ella es intrascendente ―afirma, como si fuera una realidad simple. Puedo tomar esa respuesta de muchas maneras, hay tantas variaciones, y todas ellas pintan que su opinión de las mujeres es menos que una luz estelar.

―¿Intrascendente?―pregunto―: ¿Es eso lo que sería para ti después de que me follaras? ―Me quedo en mi sitio, los hombros enfrentados a él―. ¿Intrascendente? Él está allí hirviendo. ¿Por mí? ¿Por mi respuesta? Da un paso hacia mí y yo me retiro, mi espalda presionándose contra la pared detrás de mí. No me queda ningún lugar para correr. Extiende una mano hacia mí y la retira con indecisión, los músculos de su mandíbula apretados, su garganta palpitante. Gira su cabeza hacia un lado, cerrando los ojos, maldiciéndose en silencio a sí mismo. Me mira ―frustración, ira, deseo y mucho más arden en las profundidades de sus ojos―. Su intensidad mientras me mira es desconcertante, es como si estuviera pidiendo mi consentimiento. Yo asiento sutilmente, dándole permiso para tomarlo. La próxima vez que se acerca, no tiene duda. Al instante, sus labios están en los míos. Toda la frustración reprimida, irritación y antagonismo de la noche estalla mientras nuestros labios chocan y nuestras almas se incendian. No hay nada suave en nuestra unión. Quemaduras de necesidad me atraviesan cuando una de sus manos serpentea alrededor de mi espalda, agarra mi cuello y me da un tirón contra él para que su boca pueda saquear la mía. Su otra mano se desliza entre la pared y mi espalda arqueada, extendiéndola contra mí en un signo de propiedad. Atrás han quedado los tragos y las caricias suaves de ayer. Sus labios se inclinan sobre los míos y su lengua se clava en mi boca, me enreda, se burla y atormenta en un bombardeo vertiginoso. Sus manos se deslizan sobre las mías, que son puños en su camisa. Él agarra mis muñecas y las empuja por encima de mi cabeza, las presiona a la pared, y las esposa con una de sus manos. Desliza su mano libre hacia abajo y traza mi mandíbula mientras se aparta de nuestro beso. Mueve su cara hacia atrás, y sus ojos oscurecidos y vibrantes con excitación sostienen los míos. ―No eres intrascendente, Paula. Nunca podrías ser intrascendente ―niega con la cabeza sutilmente, la vibración de su voz resonando dentro de mí. Apoya su frente en la mía, nuestras narices tocando la del otro―. No tú y yo juntos ―rechina las palabras―: Eso te hará mía. ―Sus palabras acarician mi cara, entrando en mi alma, y se afianzan―. Mía ―repite, asegurándose de que entiendo sus intenciones.

Cierro los ojos para saborear las palabras. Para saborear la idea de que Pedro quiere que sea suya. Nuestras frentes siguen tocándose mientras me entrego a este momento, a la sensación de mis dudas disminuyendo. Da un paso hacia atrás y libera suavemente mis manos por encima de mi cabeza. Nuestros ojos se mantienen conectados y veo lo que creo que es un destello momentáneo de miedo a través de su incendio. Extiendo la mano tímidamente hacia él y toco sus caderas, metiendo mis manos bajo su camisa sin abrochar para ponerlas sobre su piel. Así puedo sentir a este vibrante hombre viril bajo mis dedos. Siempre han sido sus manos sobre mi piel. Él siempre ha tenido el control. No he tenido la oportunidad de apreciar la sensación de acariciarlo con mis manos todavía. Encuentro mi agarre, mis dedos acariciando la calidez firme de sus músculos definidos que se tensan ante mi tacto. Poco a poco me dirijo a la parte delantera de su torso, sintiendo cada delineación, cada respiración que toma en respuesta a mi tacto. Es una sensación embriagadora escuchar su respuesta, ver sus pupilas dilatarse en deseo mientras mis manos se deslizan por sus pectorales, suavemente en sus costillas, y debajo de sus brazos para raspar mis uñas en las llanuras de su espalda. Cierra sus ojos momentáneamente en éxtasis, claramente disfrutando de mi asalto lento, burlándome de sus sentidos. Me inclino hacia arriba en las puntas de mis pies y vacilante me apoyo sobre él, tirando de su cuerpo contra el mío. Presiono mi boca sobre la suya y deslizo la punta de la lengua por su labio inferior. Sus dedos rozan lentamente mis mejillas, las palmas de sus manos descansan sobre la línea de mi mandíbula para enmarcar mi cara mientras profundiza el beso tiernamente. Sus labios beben a sorbos, su lengua despacio, suavemente, separa mis labios y se fusiona con la mía. Su tranquilo afecto me toca en el interior, despacio desenmarañándome y convirtiéndome en una pelota de necesidad simultáneamente. Me quita el aliento con cada caricia. Suspiro con el beso, mis dedos se clavaban en sus hombros, el único signo evidente de mi impaciencia y de mis ganas demás. De necesitar más.

Puedo sentir la lucha de pedro para controlar su necesidad, su cuerpo tenso bajo mis manos, su impresionante erección presionándose en mi vientre. Sigue su asalto sensible e implacable de mis sentidos concentrándose únicamente en mi boca. Seduce mis labios. Su aliento es el mío. Su acción es mi reacción. Se detiene abruptamente, colocando sus manos en la pared al lado de mis hombros y apoyándose a sí mismo, dejando caer su frente en mi hombro y la nariz y la boca enterrados en mi nuca. Siento su pecho agitado tomando aire igual que el mío, y por alguna extraña razón me siento aliviada de que parece estar tan afectado por nuestro encuentro como yo. Estoy un poco confundida con sus acciones, pero aprovecho el momento mientras que él se recobra para acomodar mi corazón acelerado en medio de nuestras ásperas respiraciones. Inconscientemente aprieto mis rodillas juntas para tratar de calmar la presión implacable en el centro de mis muslos. Puedo sentir el calor de su aliento cuando jadea contra mi cuello, luchando por recuperar el control. ―Dulce Jesús,Paula ―murmura mientras mueve la cabeza, rodándola sobre mi hombro antes de esparcir besos inocentes a lo largo de mi clavícula―. Tenemos que salir de aquí antes de que pierda el juicio en el pasillo. Levanta la cabeza para mirarme, tras sus palabras. No hay duda de que esto es lo que quiero. Que él es a quien yo quiero. Pero no puedo negar que estoy nerviosa ―ansiosa― y con miedo de decepcionarle con mi falta de experiencia en este terreno. ―Ven. ―No me da tiempo para hablar antes de agarrarme de la mano, envolviendo su brazo alrededor de mi hombro, tirando de mí hacia él y entrando profundamente en el pasillo―. Tengo una habitación aquí para esta noche. ―Su brazo fuerte me ayuda para apoyarme mientras me conduce hacia mi manzana en el Jardín del Edén. Lo sigo obedientemente, tratando de calmar la duda y el ruido en mi cabeza, que está charlando activamente ahora que su boca ya no está en la mía embotando mi capacidad de razonar. Pronto llegamos a un ascensor al final del pasillo y en

cuestión de segundos comenzamos a subir. Pedro saca una llave de su bolsillo y la inserta en el panel, abriendo efectivamente la planta superior. El ático. Da un paso hacia mí cuando el ascensor empieza a elevarse y coloca una mano en la parte baja de mi espalda. El silencio entre nosotros es audible y se intensifican las mariposas que se están produciendo en mi estómago. ―¿Por qué el cambio? ―pregunta Pedro mientras toca mi cabello liso, tratando de calmar mi creciente ansiedad. ―Sólo estoy tratando de encajar en el molde ―bromeo reflexivamente, en referencia a las numerosas imágenes en Internet de él con mujeres de pelo liso. Frunce su entrecejo ante mi comentario, tratando de averiguar su significado, cuando digo―: A veces el cambio es bueno. Él usa su mano en mi espalda para girarme hacia él, extendiendo su otro brazo en mi espalda baja. Baja el ángulo de su cabeza para que estemos cara a cara. ―Me gustan los rizos ―dice en voz baja, mi ego se acicala con su cumplido―. Te favorecen. ―Ahora que él me tiene posicionada, levanta una mano para apartar un mechón de pelo de mi cara. A continuación, coloca sus dedos en un lado de mi mandíbula y me mantiene allí, sus ojos buscando en los míos―. Tienes una oportunidad para alejarte ―me advierte cuando el ascensor nos indica que estamos en el piso destinado. El tono ronco de su voz causa estragos en mi fuerza de voluntad. Mi corazón late irregularmente con sus palabras. Niego con la cabeza en una aceptación poco convincente porque no puedo encontrar las palabras para hablar con él. Ignora la abertura de la puerta del ascensor detrás de él y sigue mirándome fijamente a los ojos. ―No voy a ser capaz de alejarme, Paula ―dice mientras arruga los ojos como si la admisión fuese dolorosa. Sopla un suspiro fuerte, me suelta y se pasa los dedos por su pelo. Me da la espalda, extiende la mano, y toca el botón para abrir la puerta, apoyando las manos contra la pared del ascensor. Sus anchos hombros llenan el pequeño espacio. 
Su cabeza cuelga hacia abajo mientras reflexiona sobre sus siguientes palabras―. Quiero tomarme mi tiempo contigo, Paula. Quiero construir algo agradable, lento y dulce como tú necesitas. Presionarte a chocar contra ese borde. Y luego quiero follarte como yo necesito. Rápido y duro hasta que estés gritando mi nombre. Del modo en que he querido desde que te caíste de ese armario y entraste en mi vida. ―Tengo que morderme el labio inferior para ahogar el gemido inmediato que siento ante la promesa oscura de sus palabras. Lucho contra la necesidad de apoyarme en la pared buscando algún tipo de alivio para la tensión en mi interior―. Una vez que dejemos este ascensor, no creo que pueda tener el control suficiente para detenerme... y dejarte ir, Paula. No. Puedo. Resistirme. A. Ti. ―Su voz es dolorida, tranquila y llena de convicción. Se vuelve de nuevo hacia mí, con el rostro plagado de emociones. Sus ojos reflejan a un hombre al borde de perder el control―. Decídete, Paula.
 Sí. O. No.

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