sábado, 6 de septiembre de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 74

Para el momento que llegamos al elevador, la explosión de adrenalina se ha calmado, quemando el alcohol restante en mi sistema. Mi cuerpo entero comienza a temblar. La emoción de lo ocurrido solamente me abruma. Me hace darme cuenta en la loca mujer en la que me acabo de convertir en un lugar público que de ninguna manera reconozco. De cómo impliqué a un chico inocente que no merecía la ira de Pedro ejerciendo presión sobre él por ninguna razón. Parece que acabo de salir de una escena de Desperate Housewifes y yo era la estrella principal.
Mis rodillas ceden cuando todo, tener a Pedro, no tener a Pedro, querer a Pedro, se convierte en demasiado.
—No tú no —dice Beckett mientras él aprieta su agarre alrededor de mi cintura antes de que yo me deslice al piso.
Tomo su guía cuando me da un codazo al salir del elevador y me empuja hacia mi habitación. Mis entrañas están entumecidas por el dolor y el desconcierto. Miro hacia él cuando niega con la cabeza hacia mí y murmura en voz tan baja que creo que él está hablando consigo mismo.
—Jesucristo, mujer, estás deliberadamente tratando de sacar cada uno de los botones de Pedro? ¡Porque sí es así, tú lo estás malditamente logrando!
Él extiende la mano al llegar a mi habitación, y hurgo en mi bolso por mi tarjeta llave y se la doy. Él la abre y empuja la puerta abriéndola para mí, presionando una mano en mí espalda baja para hacerme pasar.
Camino inmediatamente hacia mi maleta y comienzo a tirar de los vestidos fuera de su percha y a meter cualquier otra cosa que pueda encontrar dentro de la maleta, lágrimas histéricas derramándose cada vez que pueden.
—No. ¡De ninguna manera! ¡No te atrevas, Paula! —grita Beckett detrás de mí cuando ve lo que estoy haciendo. Solamente lo ignoro, lanzando, empujando, rellenando. Las protestas de Beckett continúan, y aúllo cuando siento sus brazos rodeándome desde detrás de mí, dominando mis brazos, tratando de domesticar
mi histeria. Él solamente me sostiene torpemente, callándome como un niño con pataleta que necesita tranquilizarse. Él me abraza cuando me derrumbo y sucumbo a las lágrimas y la angustia del día. Y a lo que nunca será.
—Pensé que ustedes chicos estaban tratando de resolverlo. Podrían resolver esto. Ambos son malditamente miserables separados.
—Y somos miserables cuando estamos juntos también —susurro. Las lágrimas que él no puede ver llenan mis ojos otra vez, y solamente niego con mi cabeza hacia él—. Él tiene que concentrarse, Beck. Soy… esto… es una distracción que él no necesita en este momento.
—Esa es una jodida brillante declaración si alguna vez escuché una... pero, ¿qué significa eso, Paula?
Limpio las lágrimas que caen de mis mejillas con el dorso de mi mano.
—No lo sé… siento que ya no sé nada… solamente necesito algún espacio de él para ser capaz de pensar y resolverlo.
—¿Entonces qué? ¿Vas a empacar e irte sin que él lo sepa? ¿Escabullirte? —Él exhala mientras se pasea por la habitación delante de mí—. ¿Por qué eso es mucho mejor?
—Beckett… no puedo… —murmuro—. Solamente no puedo… —Agarro la manija de mi maleta y comienzo a levantarla.
Beckett le da un tirón para apartarla de mi mano, dando un paso cerca de mí para agarrar mis hombros y les da una sacudida fuerte.
—No te atrevas, Paula. ¡No te atrevas, maldición! —me grita él, la cólera ahora encendiendo sus venas—. ¿Quieres abandonarlo?
—Becks…
—No me digas “Beck”. Cualquier otro día te diría que eres tan gran cobarde de mierda como él es… ustedes dos son tan malditamente obstinados que prefieren hacer las cosas cuando están enojados sin importar los problemas que eso cause. ¿No solucionaron su mierda? Lo entiendo. Realmente lo hago. Pasa.
Él suspira fuertemente, liberándome y camina algunos pasos lejos de mí antes de girar y regresar a estar en mi rostro.
—Pero por salirte, Paula, jodes mi equipo, mi conductor, esta carrera, a mi mejor amigo. Entonces aguántalo y finge por mí. Al menos finge hasta que comience la carrera. Eso es todo lo que pido. Me debes así de mucho, Paula. —

Cuando él habla otra vez, él está misteriosamente tranquilo y lleno de rencor—. ¡Porque si no puedes hacer por esto por mí, entonces ayúdame Dios, Paula, si algo le pasa… depende de ti!
Trago fuerte, mis labios se caen flojos mientras miro a Beckett, un ejército de una persona en una misión.
—¿Mira, Pau, sé que es más fácil para ti hacerlo de esta manera… dejarlo de esta manera… pero si tú lo amas, si alguna vez lo amaste? Harás esto por mí. Si te marchas, es muy peligroso… no puedo tener a Pedro volando a cerca de doscientas millas por hora mañana con su cabeza enfocada en Los Ángeles pensando en ti en vez de estar enfocado en la maldita pista. —Él agarra mi maleta y la bajo de nuevo.
Todo lo que puedo hacer es mirarlo a través de mis ojos velados y con un corazón lastimado. Él está tan en lo correcto en todos los niveles, y aún no sé si puedo encontrarme fingiendo. Actuar como si no estuviera afectada cuando la vista de Pedro hace que mi respiración se trabe y el corazón se retuerza. Cuando continuamente nos desgarramos el uno al otro y deliberadamente nos hacemos daño mutuamente. Grito un sonido estrangulado, odiando a la mujer en que me he convertido en los últimos días. Odiando a Pedro. Solamente deseando que yo pudiera ser insensible otra vez aun cuando se sintiera tan malditamente bien sentir otra vez. Pero si no puedo tenerlo, tener a mi hombre maravillosamente dañado, entonces preferiría estar adormecida a vivir en este abismo infinito de dolor.
Beckett ve la histeria surgiendo, ve el momento en que me doy cuenta de cuánto en realidad amo a Pedro y la devastación que preveo en el horizonte, y murmura:
—¡Que hijo de puta! —exasperado de estar siendo dejado para atender a mi irracionalidad, antes de caminar tranquilamente a la cama y empujar mis hombros hacia abajo—. ¡Siéntate! —él ordena.
Él se pone en cuclillas delante de mí, el movimiento es muy similar al que un padre le hace a un niño, y esto me hace ver lo buen tipo que Beckett realmente es. Llega y pone las manos en mis rodillas, mirándome directamente a los ojos.
—¿Él jodió las cosas, cierto? —Todo que puedo hacer es asentir, mi garganta obstruida con la emoción.
—¿Lo amas todavía, verdad?

Me tenso ante la pregunta. La respuesta viene tan voluntariamente a mi mente que sé que aunque lo amo, que amarlo es muy probable que me traiga un camión lleno de continuo dolor, no es suficiente.
—Beckett… no puedo seguir haciéndome esto a mí misma. —Bajo mi cabeza, negándolo mientras mi respiración se traba otra vez.
—¿Recuerdas cuando te dije que Pedro iba a apartarte para probar un punto? —Asiento, escuchándolo, pero realmente solo queriendo estar sola, queriendo tomar mi maleta con artículos que sobresalen en todos los ángulos y hacer una carrera loca de regreso al aeropuerto para una estructurada y previsible vida sin Pedro.
Y ese pensamiento solo me priva de toda emoción posible.
Beckett aprieta mis rodillas para lograr que me enfoque nuevamente en él.
—Ahora es el momento,Paula. Tienes que apartar todo en tu cabeza. Aclarar todas las suposiciones y pensar con tu corazón. ¿Solo tu corazón, de acuerdo?
—No puedo hacerlo más, Beck…
—Solamente escúchame, Pau. Si realmente lo amas, entonces sigue golpeando en esa jodida puerta de acero que él tiene alrededor de su corazón. Si él realmente se lo merece, sigue en ello. —Él sacude su cabeza hacia mí—. La maldita cosa tiene que ceder algún día, y tú eres la única que creo capaz de hacerlo. —Cuando solamente lo miro con mi boca floja, él solamente niega con su cabeza hacia mí—. Te lo dije, eres su salvavidas.
Solamente lo miro, incapaz de hablar, tratando de digerir sus palabras. ¿Soy su salvavidas? ¿Puedo ser su salvavidas? Me siento más como un peso que nos arrastra hacia el fondo del océano que un salvavidas. Y ¿por qué Beckett sigue diciéndome que aclare todas mis suposiciones?
—Eso no puede ser. El amor no se arregla…
Soy sacada de mis pensamientos por la sorpresa debido a un golpe en la puerta. Comienzo a levantarme pero Beckett solamente me empuja hacia abajo sobre mi hombro y va a atender. Cuando la abre, veo que Sammy empuja a Pedro por la puerta antes de que Beckett la cierre de golpe.
A pesar de todo lo que Beckett dijo, solo la visión de Pedro enciende mi carácter. Estoy fuera de la cama en un santiamén en el momento en que él acecha en mi habitación.

—¡Oh-No! ¡De ninguna manera! ¡Saca a ese egoísta imbécil de aquí! —le grito a Beckett.
—¡Carajo, Becks! ¿Qué diablos es esto? —grita, con confusión en su voz. Él mira hacia abajo a la maleta improvisadamente embalada y gruñe—. ¡Gracias Cristo! ¡No dejes que la puerta te golpeé en el trasero, cariño!
Doy un paso hacia él, abastecida de combustible con la furia y lista para detonar.
—¡Esto se termina aquí y ahora! —La voz de Beckett retumba entre nosotros como un padre que regaña a sus hijos. Ambos nos detenemos a la mitad del movimiento cuando Beckett da la vuelta hacia nosotros, la exasperación en su rostro y la obstinación en su postura—. No me interesa si tengo que encerrarlos en esta maldita habitación juntos, pero ustedes dos van a solucionar su mierda o no se irán. ¿Entendido?
Pedro y yo comenzamos a gritarle al mismo tiempo, cuando la voz de Beckett truena sobre la nuestra.
—¿Queda claro?
—¡De ninguna manera, Beck! No me quedo en esta habitación otro segundo con este imbécil.
—¿Imbécil? —Pedro gira hacia mí, su cuerpo a escasos centímetros del mío.
—¡Sí! ¡Imbécil! —me burlo.
—¿Quieres hablar de imbéciles? Intenta con esa artimaña que hiciste con el tipo del bar allí. Creo que reclamaste el título entonces, cariño.
—¿El tipo del bar? Wow, porque el tomar una bebida inofensiva es mucho peor que tú con tu manada de putas antes, ¿verdad? —Empujo su pecho, la acción física dándome una pequeña pizca de la liberación que necesito.
Pedro se distancia de mí y camina al lado opuesto de la habitación y regresa, soplando con fuerza el aire de sus pulmones. Mi habitación se siente pequeña con Pedro comiéndose por completo el espacio, y solo quiero que se vaya.
Él mira a Beckett y empuja sus manos por su cabello manchado de tinta.
—¡Ella me está volviendo un loco de mierda! —le grita Pedro a Beckett.

—Tú sabes todo sobre la parte jodida, ya que el que te acostaras con Tamara es lo que empezó todo esto, en primer lugar —gritó hacia él.
Ya que Pedro está de pie al lado de Beckett, es difícil no darse cuenta de la mirada en su rostro completamente anonadada.
—¿Qué? —tartamudea Beckett.
—¿Qué? ¿Él no te le dijo? —afirmo mirando a Beckett, mis puños apretados mientras las imágenes se proyectan por mi cabeza—. Le dije al imbécil que lo amaba. Me dejó tan rápido como pudo. Cuando llegué a la casa de Palisades un par de días más tarde, Tamara abrió la puerta. En su camiseta. Sólo en su camiseta. —Me enfoco completamente en Beckett porque no me atrevo a mirar a Pedro ahora mismo—. Pedro no tenía mucho más que eso tampoco. Me dijo que no pasó nada. Pero eso es un poco difícil de creer con su notoria reputación. Oh y la envoltura del condón en su bolsillo.
Termino mi pequeño discurso enfático, por alguna razón queriendo mostrarle a Beckett lo imbécil que es su amigo, como si él no lo supiera ya. Tratando de explicarle por qué tengo un caso de locura ahora mismo.
Pero cuando me detengo, la mirada que espero ver no está allí. En su lugar hay una total confusión, y cuando él da vuelta para mirar Pedro, esta se transforma en incredulidad.
—¿Estas jodidamente bromeando?
Ahora estoy confundida.
—¿Qué?
pedro gruñe.
—Déjalo, Beck.
—¿Qué mierda, hombre?
—Te lo advierto, Beckett. ¡No te metas en esto! —Pedro da pasos para quedar pecho a pecho con Beckett.
—Cuando comienzas a poner en peligro mi equipo y la carrera de mañana, entonces esto se convierte en mi asunto… —Sacude su cabeza hacia él—. ¡Díselo! —vocifera él.
—¿Decirme qué? —les grito a ambos y a su maldito código de hombres.

—Beckett, hablar con ella es como hacerlo con una pared de maldito ladrillo. ¿De qué sirve hacerlo?
Las palabras de Pedro golpean mis oídos, pero realmente no se filtran en ellos. Estoy tan centrada en la reacción de Beckett que no las escucho.
—Ella tiene razón. ¡Eres un imbécil! —se ríe Beckett disimuladamente con incredulidad—. ¿No se lo dirás? ¡Bien! ¡Entonces lo haré yo!
En un latido del corazón Pedro tiene a Beckett presionado contra la pared, sus manos apretadas contra su pecho, su mandíbula apretada a centímetros de la suya. Aspiro una respiración ante el sonido de la espalda de Beckett golpeando contra la pared, pero noto que él no tiene ninguna reacción diferente al carácter de Pedro.
—¡Te dije que lo dejaras, Becks!
Ellos se miran el uno en el otro durante algunos momentos, la testosterona rezuma entre ellos de dos de maneras completamente diferentes: Pedro con fuerza y Beckett con una mirada simple. Finalmente Beckett levanta sus manos y empuja atrás el pecho de Pedro.
—¡Entonces arregla esta mierda, Pedro! ¡Arregla esto! —grita, señalando hacia él antes de dar un tirón a la puerta del cuarto del hotel abriéndola y cerrándola de golpe detrás de él.
Pedro expulsa una letanía de maldiciones mientras camina hacia adelante y hacia atrás a lo largo de la habitación con sus manos apretadas y su temperamento llameando.
—¿De qué se trata todo eso? —Pedro ignora mi comentario y continúa deteriorando un camino en la alfombra delante de mí, rechazando encontrar mis ojos—. ¡Maldita sea, Pedro! —Estoy de pie en su camino—. ¿Qué no quieres que yo sepa?
La extraña calma en mi voz lo detiene momentáneamente, su cabeza gacha, la mandíbula apretada. Cuando levanta su cabeza para mirar mis ojos, no consigo una lectura sobre lo que está debajo de la ira que veo hirviendo en la superficie.
—¿Realmente quieres saber? —me grita—. ¿Tú realmente quieres saber?
Doy un paso hasta él, enfrentándolo, de pie sobre mis dedos del pie para intentar estirar mi altura para estar al mismo el nivel visual con él.

—Dime. —El miedo serpentea por mi columna por lo que podría escuchar—. ¿Eres un maldito cobarde de mierda que no puede confesar y solamente admitirlo? ¡Necesito escuchar lo sale de tu boca para que yo pueda malditamente superarte y seguir adelante con mi vida!
Él inclina su cabeza hacia abajo y mira resueltamente en mis ojos, verde a violeta. Mi pecho duele tanto que la respiración se siente imposible mientras se extiende el tiempo.
Su voz de acero es tranquila cuando él habla.
—Follé a Tamara. —Sus palabras flotan en el espacio entre nosotros pero apuñalan agudamente en mi corazón.
—¡Cobarde! —grito, empujando contra él—. ¡Maldito cobarde de mierda!
—¿Cobarde? —vocifera—. ¿Cobarde? ¿Qué hay de ti? Eres tan jodidamente obstinada que has tenido la verdad en las narices durante tres semanas de mierda. ¡Estás allí tan alta y poderosa sobre tu condenado caballo que piensas que lo sabes todo! ¡Pues no Paula, ! ¡No sabes ni mierda!
Sus palabras que significan dolor y alejamiento simplemente abastecen aún más de combustible mi carácter, incitándome.
—¿No sé ni mierda? ¿En serio, Ace? ¿En serio? —Doy un paso más cerca de él—. ¿Bien, que tal esto? Conozco a un bastardo cuando veo uno. —le digo furiosa.
Nos miramos el uno al otro, ambos tan deseosos de hacer daño al otro que descuidamos ver que ambos nos estamos destrozando por la misma razón.
—He sido llamado cosas peores por mejores, cariño
Él sonríe, dando un paso hacia mí, la zalamera mirada en su rostro me hace estallar.
Antes de que pueda pensar, mi mano se lanza delante de mí para conectarse con su mejilla. Pero Pedro es más rápido. Su mano tira hacia arriba y agarra mi muñeca a medio vuelo, nuestros pechos chocando contra el otro por nuestros impulsos. Mi muñeca está cerrada en su mano y cuando comienzo a luchar alejándome de él, él toma su otra mano y atrapa mi brazo libre que está agitándose. Estoy frustrada y luchando contra él, y lo odio tanto ahora mismo que mi pecho duele. Su rostro está a centímetros del mío, y puedo escuchar su esfuerzo en su respiración jadeante contra mi rostro.

—¿Si ya habías terminado conmigo… si habías tenido suficiente de mí? ¡Solo debiste decírmelo!
Él me mira, su rostro tenso mientras sostiene mis brazos golpeándolo a él.
—Nunca tendré suficiente de ti. —Y luego antes de que siquiera pueda procesar lo que él está haciendo, Pedro estrella su boca contra la mía. Me toma un momento para reaccionar, y estoy tan enojada, tan furiosa con él, que me escurro de su agarre y arranco mi boca de la suya.
Del gusto que anhelo, pero el hombre que odio.
—¿Lo quieres duro, Paula? —pregunta él, mi cabeza sin comprender sus palabras, pero mi cuerpo reacciona al instante—. ¡Voy a dártelo duro!
Y de un latido a otro, la boca de pedro se aplasta hacia abajo sobre la mía y toma cada sensación de mi cuerpo como rehén para su exclusiva manipulación. Sus manos todavía agarran las mías mientras lucho por rechazar su beso, tratando de empujarlo lejos de mí. Independientemente de cuanto sacudo mi cabeza, sus labios permanecen en los míos, pequeños gruñidos de satisfacción vienen de las profundidades de su garganta.
Intento desesperadamente negar el deseo que empieza a filtrarse a través de la bruma inducida por la ira en mi cerebro. Trato de rechazar el dolor profundizándose en el vértice de mis muslos por el sabor de la fusión de su lengua con la mía. Intento luchar contra la dureza de mis pezones ante la firmeza de su pecho mientras roza contra el mío.
La ira se vuelve deseo. El dolor da lugar al anhelo. La ausencia alimenta nuestro fervor. Su toque bloquea toda coherencia. Un suave gemido sale de mi garganta mientras su boca sigue tentando y atormentando cada centímetro de mi boca y el interior.
En algún momento, Pedro, se da cuenta de que estoy luchando contra él, no para alejarme, sino más bien para tocarlo. Suelta mis muñecas y mis manos inmediatamente van a su pecho donde se hacen puños en su camisa, trayéndolo agresivamente hacia mí. Sus manos, ahora libres se mueven trazando las líneas de mis curvas una y otra vez mientras nuestras bocas expresan el deseo desenfrenado que aún tenemos.
Cada acción y reacción refleja urgencia. Necesidad. Hambre. Anhelo. Desesperación, como si temiéramos que en cualquier momento en que vamos a estar alejados no experimentaremos esto de nuevo.

Pedro ahueca la curva redondeada de mi trasero y me tira hacia él, mientras que con la otra mano sostiene todavía mi cuello. Ni siquiera noto que los gemidos de la habitación son míos cuando la dura longitud de su erección se frota contra la V de mis muslos mientras nos empuja hacia atrás a la cómoda detrás de mí. Me levanta y me sienta ahí, empujando mi vestido hasta mis muslos mientras da un paso entre mis piernas, al mismo tiempo que sigue abrumándome con su destreza en mis labios y lengua.
Envuelvo las piernas alrededor de sus caderas, atrayéndolo más. Sé que esto está mal. Sé que después de lo que me acaba de decir, no debería estar aquí haciendo esto con él. Pero estoy tan cansada de pensar. Tan harta de quererlo cuando sé que no nos pertenecemos. Nuestros mundos completamente diferentes simplemente no encajan. Pero estoy tan cansada de extrañarlo. Tan cansada de querer oír su voz cuando levanto el teléfono. Tan cansada de necesitarlo.
Tan cansada de amarlo sin ser correspondida.
Necesito esta conexión con él. Necesito el silencio en mi cabeza que me lo trae la sensación de él contra mi piel. Hay una paz en lo físico que nunca noté antes. Una paz que sé que Pedro la ha utilizado una y otra vez en su vida para adormecer su dolor.
Y ahora mismo, lo necesito para adormecer el mío.
Sé que es temporal, pero me abro a él. Por la sensación, el sabor, el sonido y aroma de él. Mi inquietante adicción que todo lo consume. Me dejo perderme en él para olvidar por un momento el dolor que sé que voy a sentir cuando ya no seamos uno.
Agarro el cuello de su camisa y tiro hacia arriba sobre su cabeza; nuestros labios se separan por primera vez desde que nos hemos reconectado. Inmediatamente, después de que la tela se ha ido, nos estrellamos de nuevo. Saca las correas del vestido de mis hombros, mientras deja besos en la línea de mi cuello y hasta el borde de encaje de mi sujetador. Grito de sorpresa y necesidad cuando baja una de las copas del sujetador y cierra su boca sobre mi pezón. Echo la cabeza hacia atrás por la sensación, mientras que una de mis manos va a su cabello. El calor en mi interior se convierte en un infierno rugiente que dirige mi mano libre a tientas a su cinturón y desabrochar sus pantalones.
Los desabrocho exitosamente, meto mis manos entre el algodón de sus calzoncillos y su piel ardiente. Agarro su erección dura en mis manos, y gime ante
la sensación de mi piel con su carne. Sus manos inmediatamente van a mis muslos, empujando mi vestido más arriba y tirando de mi humedecida tanga a un lado. Desliza un dedo por mi unión, y sacudo mis caderas por la sensación de sus dedos en mí otra vez. Presiono mis caderas en sus manos, codiciosa y sin vergüenza de perderme en el placer. Grito cuando desliza un dedo en mi interior y luego desparrama mi humedad alrededor.
Antes de que pueda abrir los ojos y darme cuenta de la ausencia de sus dedos, entra en mí con un empuje firme. Ambos gritamos mientras se queda quieto y se acomoda a sí mismo lo mejor posible dentro de mi calor húmedo. Mis paredes lo aprietan mientras me ajusto su plenitud dentro de mí. Los músculos de los hombros de Pedro se tensan bajo mis manos mientras intenta aferrarse a su control. Lo siento deslizarse, está a punto de estallar, así que tomo las riendas y empiezo a moverme contra él, moviendo mis caderas para decirle que se deje ir. Animándolo a perder su control. Para ser duro conmigo. No necesito juegos previos ahora mismo. Todo lo que necesito es a él. He ansiado esto por el último par de semanas, y se siente tan condenadamente bien en este momento y no necesito nada más para empujarme al borde.
Pedro sujeta sus dedos, en la carne en mis caderas, y me sostiene todavía en el borde de la cómoda mientras choca sus caderas con las míos. Una y otra vez.
—¡Dios, Paula ! —Se mueve sin descanso dentro de los confines de mis muslos. Lleva su boca hacia abajo y devora la mía otra vez, su lengua imitando las acciones de abajo. Y de un beso a otro que me tira hacia él, ahuecando mi trasero así permanecemos conectados mientras me levanta y me da la vuelta de manera que caemos en la cama detrás de nosotros.
Su boca reclama la mía mientras encuentra su ritmo de nuevo. Puedo sentir la presión construyéndose, puede sentir la felicidad en conflicto a mi alcance, y agarro la parte posterior del cuello de Pedro y mantengo su boca en la mía mientras bebo de él.
—Te. Sientes. Increíble —murmura contra mis labios.
No puedo hablar. No confío en mí para hacerlo. No sé quién soy en justo ahora. Así que en lugar, sólo arqueo la espalda hacia él, así puedo cambiar el ángulo de mis caderas para permitirle golpear ese punto en el interior, una y otra vez.

Pedro conoce mi cuerpo tan bien, sabe lo que necesito para llevarme al clímax, que toma el indicio de mi sutil recolocación. Se levanta sobre sus rodillas, agarra mis piernas, las empuja hacia atrás, y coloca mis pies contra su pecho. El ángulo le permite un acceso aún más profundo, y no puedo contener el gemido de euforia cuando llega al fondo dentro de mí antes de retroceder lentamente y volver a entrar.
Lo miro, tiene un brillo de sudor en su cara y en sus hombros con mis uñas pintadas de rosa brillante contra su torso, y encuentro sus ojos. Sostengo su mirada todo el tiempo que puedo hasta que es demasiado para mí; es la primera vez desde que nos hemos conocido que no hay nada protegiendo la emoción titilando a través de sus ojos. Es demasiado para mí comprender, es demasiado para mí pensar en eso cuando lo único que quiero hacer es perderme en este momento y bloquear todo lo demás. Perder todo el hilo de pensamiento.
Echo la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y las manos sujetando las sábanas debajo de mí mientras las sensaciones amenazan con alcanzarme. Pedro debe sentir mi liberación inminente por mi respiración rápida y el endurecimiento de mis muslos.
—Mantenlo, Pau —jadea—. Mantenlo, nena. —Se hunde en mí, cogiendo su ritmo hasta que ya no puedo detenerlo.
—¡Oh Dios! —grito como si mi cuerpo se fracturara en un millón de pedazos de placer sin sentido.
La liberación me atraviesa y consume cada aliento, pensamiento, y reacción. La pulsación continua de mi orgasmo lleva a Pedro a su clímax. Él grita mi nombre entrecortadamente y echa la cabeza hacia atrás, dando la bienvenida a su propia liberación y moviéndose duramente dentro de mí. Cuando vuelve en sí, todavía estoy recuperando el aliento y mis pensamientos con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Siento que quita mis pies de su pecho, y sin romper nuestra conexión, flanquea su cuerpo sobre el mío, apoyando su peso sobre sus codos a mis lados. Lleva sus manos al lado de mi cara y la ahueca, pasando sus pulgares suavemente sobre la piel en mis mejillas.
Puedo sentir su aliento sobre mis labios, sus ojos mirándome, pero no me atrevo a abrir los míos todavía. Tengo que resistir mis emociones antes de abrir los ojos, porque no importa lo maravilloso que fue, no soluciona nada. Esto no quita el hecho de que se escapó cuando le dije que lo amaba. No borra que se
acostó con Tamara para enterrar la idea de que alguien realmente quiere algo más que un acuerdo con él. Todo lo se solidifica que podemos tener un increíble sexo.
Y adormecida, ahora mismo, es como me siento.
Puedo sentir el peso de la mirada de Pedro, pero no me atrevo a abrir los ojos porque sé que me caerán lágrimas. Él suspira suavemente y sé que está tratando de entenderme y que es lo que está pasando en mi mente. Inclina la cabeza hacia abajo y descansa su frente en la mía, con los pulgares todavía acariciando la línea de mi mandíbula suavemente.
—Dios, te extrañé, Paula —murmura suavemente contra mis labios.
Es más difícil escuchar esas palabras de sus labios que aceptar que acabamos de tener sexo. La vulnerabilidad con la que lo dice tira de mi corazón y mi alma. Creo que tal vez la idea de que ha tenido sexo con muchas personas, pero probablemente nunca murmuró esas palabras a nadie antes, es lo que me llega.
—Háblame, Pau. —Respira en mí—. Nena, por favor, habla conmigo —suplica.
Es ahora que una lágrima se desliza por el rabillo de mi ojo y baja por mi mejilla. Sólo mantengo mis ojos cerrados y niego con la cabeza sutilmente, las emociones se rebelan violentamente dentro de mí. Nuestra conexión es suficiente para arreglar las cosas para él. No para mí. ¿Cómo puedo volver a confiar en él? ¿Cómo puedo volver a confiar en mí? Esta chica que se acuesta con alguien después de que la engañaron, que no soy yo. ¿Cómo puedo vivir y amarlo sabiendo que tengo que caminar constantemente sobre cáscaras de huevo porque temo que si digo algo que lo asuste, lo llevo a los brazos de otra persona?
Para él, esto es una reconciliación. Para mí, un último recuerdo. Mi último adiós.
Me odio terriblemente. Odio que lo usara para tratar de calmar el dolor que sé que va a tener mi corazón y alma en las semanas y meses siguientes. Odio que así como parece estar necesitándome, no me atreva a necesitarlo más. No puedo perder el yo que he encontrado, que irónicamente, él me acaba de ayudar a encontrar. Mira lo que me está haciendo. En la persona que me estoy convirtiendo. Soy una maldita neurótica a su alrededor. Y sí, Dios sí, lo amo, pero el amor definitivamente no vale la pena si es de un solo lado y este es lo que consigo.

Se aleja y besa la punta de mi nariz, la barbilla tiembla mientras sostengo mi comprensión.
—Dime lo que está pasando en tu cabeza, Pau —incita mientras deja besos tiernos a lo largo del recorrido de mi única lágrima y luego a mis dos ojos cerrados antes de volver a mis labios.
Esa ternura de un hombre que jura que no puede sentir, me tiene luchando para abrirme. Y a pesar de que no se ha retirado de mí, tengo la sensación de que siente como que está perdiendo nuestra conexión porque roza sus labios con los míos de nuevo, presiona su lengua entre ellos. Lame lentamente mi boca, su lengua bailando tiernamente con la mía, expresando su deseo con una suave desesperación sutil.
Respondo a él y a su solicitud, necesitando mantener esta conexión por todo lo que siento por él, aunque sé que no es suficiente. El amor no correspondido nunca funciona. Eventualmente Pedro termina el beso y suspira cuando se aleja y sigo con mis ojos cerrados.
—Dame un segundo —me dice. Me estremezco cuando sale de mí, uno convirtiéndose en dos, y siento la cama hundirse mientras se empuja fuera de ella. Oigo el agua corriendo en el cuarto de baño. Escucho sus pasos llegando a través de la habitación y me sorprendo cuando toma un paño tibio y me limpia muy suavemente antes de relleno de nuevo en el cuarto de baño.
—Nena, necesito desesperadamente una ducha. Dame un minuto y luego tenemos que hablar, ¿de acuerdo? Tenemos que hablar. —Me da otro beso en la frente, y siento la cama hundirse de nuevo cuando sale de ella. Oigo la ducha y la cortina ser corrida
Me acuesto en silencio, con la cabeza zumbando con tantos pensamientos que está empezando a doler. ¿Amo a este hombre tan magnífico, sin embargo, tan dañado? Sin lugar a dudas... pero solía pensar que el amor conquistaba todo, no estoy segura de eso nunca más. Se puede preocupar de mí a su manera, pero ¿es eso suficiente para mí? ¿Siempre me preguntaré cuando caerá el otro zapato que quiero en mi relación?
He pasado los últimos dos años entumecida por la emoción, por temor a lo que sería como volver a sentir, y ahora que he encontrado a Pedro, y él me hizo eso, no creo que pueda volver a ser como era antes. Simplemente existir, no vivir. ¿Realmente puedo estar con pedro y resistir todo dentro de mí para que finalmente estalle?

No creo que quiera volver a esa vida de vacío. No creo que pueda. No estoy segura de si alguna vez va a ser capaz de aceptar mi amor. Aprieto mis ojos con fuerza y trato de decirme a mí misma que podemos superar todo esto. Que puedo ser lo suficientemente fuerte y lo suficientemente paciente y perdonar lo suficiente para esperarlo mientras él enfrenta a sus demonios y acepta el amor que he ofrecido. Pero ¿y si nunca lo hace?
Pienso en nosotros esta noche. Deliberadamente hiriéndonos el uno al otro. Utilizando otras personas para enfurecernos mutuamente. Para tratar de olvidarse del otro. Eso no es saludable. No le haces eso a alguien que amas o te preocupa. Las palabras de mi mamá parpadean a través de mi mente. Acerca de cómo siempre hay alguien que te trata mejor en el comienzo de una relación, y si no es bueno en el principio, entonces no va a conseguir nada mejor. Si las últimas veinticuatro horas es una indicación, entonces definitivamente no vamos a hacerlo.
Somos apasionados, intensos, e inflexibles, cuando estamos juntos. En el dormitorio conduce a una química inconmensurable; en la relación arena, que conduce al desastre. Y contener a Pedro en el dormitorio para que pudiera salirse con la suya conmigo una y otra vez, no es realista.
Las lágrimas llegan y no tengo que ocultarlas más. Ellas atormentan mi cuerpo y desgarran mi garganta. Lloro y lloro hasta que no tengo más lágrimas por el hombre que llegó a mí. Cierro los ojos un momento y el preparo por lo que estoy a punto de hacer. A la larga, es lo mejor.
Y me muevo sin pensar. Uso el entumecimiento de guía antes de que no me atreva a hacer esto. Pedro tiene razón. Está roto. Y ahora estoy rota. Dos mitades no siempre hacen un todo.
Lo follé, sin duda fue follar porque no había nada suave, tierno o significativo al respecto, sobre todo después de que me admitió haber estado con alguien. Tamara, de todas las personas. Eso no es aceptable para mí. Nunca. Pero cuando estoy cerca de él, cuando domina el aire que respiro, me comprometo en cosas que nunca haría de otra manera. Y eso no es una forma de existir. Comprometer todo de ti cuando la otra persona se compromete en nada.
Sollozo ya que tengo problemas vestirme. Mis manos están temblando tan mal que apenas puedo poner mi ropa correctamente. Robo un vistazo en el espejo y me detiene en seco. Angustia pura y absoluta se refleja mirándome.

Obligo a mis ojos a mirar a otro lado y agarrar mi maleta cuando oigo Pedro ya metido en la ducha.
Me seco las lágrimas que comienzan a caer por mis mejillas.
—Adiós. Te amo —susurro las palabras para él ya que no se las puedo decir a la cara. Eso que nunca va a aceptar—. Creo que siempre te he amado. Y sé que siempre lo haré.
Abro la puerta lo más silenciosamente posible y salgo de la habitación del hotel, con la maleta en mano. Me toma un momento liberar físicamente el pomo de la puerta, porque sé que una vez que pierda la conexión, se acabó. Y tan segura como estoy con esta decisión, que estoy rompiéndome en mil pedazos.
Respiro profundamente y lo dejo ir, agarro mis maletas y empiezo a hacer mi camino hacia la los ascensores, con las lágrimas fluyendo libremente.


5 comentarios:

  1. wow buenísimo,subí más!!!

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  2. No puedo dejar de llorar y sufrir!!! No se pueden dejar, Pedro la ama lo que no se anima creo.

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  3. Noooo me esta haciendo sufrir esta novelaaa,me hizo llorar :( decime que hoy subis caps!!! No puedo esperar me encantaaaa!
    @nadiaa2012

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  4. Aiii xfavor subii mas!! No lo podss dejar asi! @piyuelosdepyp

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  5. Ay no te puedo creer!! Decime x fa q el la detiene antes de q se vaya! mimiroxb

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