domingo, 28 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 105



Segura que estás bien?
No es más que la centésima vez que me lo ha
preguntado, pero una parte de mí sonríe en silencio por
lo bien que está cuidando de mí. El día solo consiguió
hacerse más y más largo, mientras le aseguraba a una insistente Lina que estaba bien
y no tenía que volar a casa desde su trabajo en San Francisco para físicamente ver que
me encontraba bien y que la llamaría de nuevo en la mañana. Los siguientes fueron
mis padres y las mismas palabras tranquilizadoras, y luego los chicos... comprobando
a Zander y deseando estar allí para hablar con él cara a cara, así como con el resto de
los chicos. Pedro me detuvo después de eso, diciendole al resto de las personas que
llamaron, sus padres, Luciana, Beckett, Teddy, que necesitaba descanso y que los
llamaría por la mañana.
―Estoy bien. No me siento muy bien, pero creo que es porque estoy agotada.
Siento malestar estomacal. Debería haber comido más comida antes de tomar los
medicamentos para el dolor. Y ahora estoy súper soñolienta...
Se sienta en la cama.
―¿Quieres que vaya a buscarte algo para comer?
―No ―le digo, tirando de su brazo para que se acueste. Lo miro―. ¿Me abrazas?
Al instante cambia de posición y con cautela coloca sus brazos alrededor de mí,
tirándome hacia él, así nuestros cuerpos encajan uno contra el otro.
―Está bien ―murmura en la parte superior de mi cabeza.
―Mmm-hmm ―digo, acurrucándome lo más cerca que el dolor de mi cuerpo
me permite, porque el dolor es un poco más fácil de soportar con los brazos que me
sostienen estrechamente.
Permanecemos así durante un rato, nuestra respiración lenta emparejada. Estoy
a punto de dormirme cuando murmura:
―Te mando una carrera, Pau. Realmente, realmente lo hago.
Cada parte de mí suspira ante esas palabras, admitiendo que son difíciles para él.
Le doy un beso en mi lugar favorito debajo de la línea de su mandíbula.
―Te mando carrera también, Pedro.
Más de lo que nunca sabrás.

***

Los calambres en mi estómago me despiertan.

Acostada en la completamente negra, sin luna noche, mientras pequeñas,
continuas puñaladas de dolor combinadas con el sudor cubriendo mi piel y el vértigo
en mi cabeza, me dicen que tengo que ir al baño rápidamente antes de vomitar. Salgo
del flojo agarre de Pedro, tratando de ser rápida y también de no molestarlo. Murmura
algo en voz baja y sigue por un momento, antes de rodar sobre su espalda y calmarse.
Mi cabeza se marea mientras me pongo de pie y estoy súper aturdida por el
medicamento para el dolor. Tengo la sensación de estar caminando por el agua. Me
río, porque hasta el suelo lo siento como húmedo y sé que es solo mi cerebro cargado
de medicamentos. Paso mi mano por la pared para ayudarme a no perder el equilibrio
y me guío por la habitación a oscuras, para no tropezar accidentalmente con algo y
despertar a Pedro.
¡Dios mío, voy a vomitar! Siento las grandes alfombras cubriendo el suelo del
baño bajo mis pies y casi gimo de dolor mezclado con alivio al saber que el inodoro
está tan cerca. Me resbalo un poco mientras golpeo el azulejo, maldigo a Baxter y al
maldito cuenco de agua que siempre deja mojado. Cierro la puerta del baño y enciendo
la luz, el repentino brillo lastima mis ojos así que los cierro con fuerza mientras el
vértigo me golpea con toda su fuerza. Me agacho, mi mano en el borde del inodoro,
mi estómago tenso y listo para vomitar, pero lo único que siento es el cuarto girando.
Mi estómago revuelto, las arcadas me asaltan una y otra vez. Se tensa con tanta fuerza
que siento la humedad chorreando por mis piernas.
Y empiezo a reír, sintiéndome tan patética por estar vomitando con tanta fuerza
que me acabo de hacer pis, pero mi mente es tan lenta, tan lenta para reconstruir mis
pensamientos que en lugar de averiguar qué hacer luego, me hundo en mis rodillas.
Me deslizo sobre el suelo de mármol pulido recubierto con orina, pero mi estómago
me duele tanto y mi cabeza está tan mareada, que no me importa. Todo lo que puedo
pensar es en lo patética que debo verme en estos momentos. Como que no hay manera
en el infierno de que vaya a llamar a Pedro por ayuda.
Y estoy tan cansada, con tanto sueño y temo que voy a vomitar de nuevo, decido
poner mi cabeza sobre mis manos en el borde de la taza del inodoro y simplemente
descansar mis ojos por un minuto.
Mi cabeza comienza a deslizarse y no sé cuánto tiempo ha pasado, pero el
movimiento descendente, me despierta. Inmediatamente me asalta una ola de calor
seguida por una de frío absoluto que me obliga a detenerme un minuto y tomar una
respiración profunda.
Algo no va bien.
Lo siento inmediatamente, a pesar de que mi mente está tratando de centrar mis
pensamientos, alinearlos para que sean coherentes. Y simplemente no puedo. Nada
tiene sentido para mí. Mi cabeza esta pesada y mis brazos se sienten como un millón
de toneladas. Trato de pedir ayuda llamando a Pedro, sin importarme ya sentir
vergüenza por estar sentada en un charco de orina. Algo no está bien. Pongo la mano
en la pared apoyándola para que me ayude a levantarme y abrir la puerta, para que me
oiga decir su nombre, pero mi mano se desliza. Y cuando puedo abrir los ojos, cuando
me puedo concentrar, mi huella está manchada de sangre.
Hmm.
Una especie de risa por el delirio me domina. Cuando miro hacia abajo para ver
que no estoy sentada en orina.
No.
Pero, ¿por qué esta el suelo cubierto de sangre?
―¡Pedro! ―grito, pero estoy tan débil que sé que mi voz no es lo
suficientemente alta.
Estoy flotando, es tan cálido y estoy tan cansada. Cierro los ojos y sonrío porque
veo la cara de Pedro.
Tan apuesto.
Todo mío.
Siento que el sueño comienza a tirar de mí, mi mente, mi cuerpo, mi alma y dejo
que sus dedos letárgicos comiencen a ganar el tira y afloja.
Y justo antes de que me lleve, entiendo el por qué, pero no el cómo.
Oh, Pedro.
Lo siento, Pedro.
La oscuridad amenaza con arrastrarme bajo sus garras.
Por favor, no me odies.
No me queda nada para resistir su sofocante negrura.
Te amo.
Spiderman. Batm…


                                                  PEDRO....

El sonido del disparo me despertó sobresaltándome. Me levanté de la cama
y tuve que recuperar el aliento diciéndome a mí mismo que todo
terminó. Solo es una maldita pesadilla. El maldito bastardo está muerto
y obtuvo lo que se merecía.
Zander está bien. Paula está bien.
Pero algo está distinto. Todavía no está correcto.
—Say something I’m giving up on you... —Me sacudí por el pánico que siento
al escuchar la letra, mientras pasan a través de los altavoces instalados. Mierda. Olvidé
apagarlos anoche. ¿Es eso lo que me asustó como la mierda? Froto mis manos sobre mi
cara tratando de romper la neblina inducida por el sueño.
Eso tenía que haber sido.
—... I’m sorry that I couldn’t get to you...
Alcanzo el control en la mesa de noche para apagar la música. Y luego lo escucho
de nuevo, el sonido que estoy seguro que fue lo que me despertó.
—¿Bax? —Hago un llamado a la habitación cuando me doy cuenta de que el lado
de Pau de la cama está vacío. Él lloriquea de nuevo—. ¡Maldito Bax! ¿Realmente tienes
que ir a mear ahora? —le digo mientras coloco mis pies en el suelo y me pongo de pie,
esperando un segundo para no perder el equilibrio y dándole gracias a Dios de que esta
mierda es cada vez más fácil, porque estoy harto de sentirme como un hombre de
ochenta años, cada vez que me levanto.
Miro inmediatamente hacia la parte superior de las escaleras para ver si las luces
están encendidas en la planta baja y los pelos se erizan en mi maldito cuello cuando
está oscuro como la mierda. Baxter lloriquea de nuevo.
—Relájate, amigo. ¡Ya voy! —Doy unos pasos hacia el cuarto de baño y siento
un poco de alivio cuando veo la franja de luz alrededor de la puerta cerrada del baño.
Jesús, Alfonso, relájate maldita sea, está bien. No necesito ir a sofocarla solo porque
todavía estoy malditamente asustado.

Baxter lloriquea de nuevo y me doy cuenta de que está en el cuarto de baño
también. ¿Qué carajos? El perro se lamió las bolas demasiadas veces y se está volviendo
loco.
—¡Déjala en paz, Bax! Ella no se siente bien. Te llevaré afuera. —Camino hacia
el cuarto de baño, sabiendo que no va a venir a mí a menos que agarre su collar. Suelto
una fuerte maldición silenciosa tratando de que me obedezca, pero no se mueve. Estoy
jodidamente cansado y sin el estado de ánimo para hacerle frente a su terco trasero.
Me resbalo con el agua del suelo y mi temperamento se enciende—. ¡Deja de beber la
maldita agua y no tendrás que ir al baño en medio de la puta noche! —Doy otro paso,
me resbalo y estoy malditamente enojado. He tenido suficiente y estoy teniendo
problemas para mantener la calma.
Baxter lloriquea de nuevo en la puerta del baño y cuando llego, golpeo mi nudillo
contra ella.
—¿Estás bien, Pau? —Silencio. ¿Qué carajos?—. ¿Pau? ¿Estás bien?
Pasan unos malditos segundos entre la última palabra y la puerta abriéndose de
golpe pero juro por Dios que se siente como toda una vida. Tantos pensamientos, un
maldito millón pasan rápidamente por mi mente, como al inicio de una carrera, pero
el que siempre bloqueo, el que nunca dejo que me controle, posee todas las malditas
partes de mí ahora.
Miedo.
Mi mente intenta procesar lo que veo, pero no puedo comprenderlo porque la
única cosa en lo que puede enfocarme es en la sangre. Tanta sangre y sentada en medio
de ella, con los hombros desplomados contra la pared, los ojos cerrados y la cara tan
pálida que casi coincide con el claro mármol detrás de ella, está Paula. Mi mente hace
una pausa tratando de comprender lo que está delante de mis ojos pero no procesa
todo de una vez.
Y entonces el tiempo avanza y comienza a moverse demasiado malditamente
rápido.
—¡No! —No me doy cuenta de que incluso estoy gritando, ni siquiera siento la
sangre cubriendo mis rodillas mientras las bajo y la agarro—. ¡Paula! ¡Paula! —Estoy
gritando su nombre, tratando de moverla para que malditamente despierte, pero su
cabeza simplemente cuelga a un lado.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío! —Lo repito una y otra vez mientras la pongo en mis
brazos acunándola mientras sacudo sus hombros atrás y adelante para tratar de
despertarla. Y luego me congelo, malditamente me congelo la única vez en mi vida en
que necesito moverme más. Estoy jodidamente paralizado cuando extiendo mi mano
y me detengo antes de presionar la pequeña curva debajo de su barbilla, tanto miedo
que cuando presione mis dos dedos ahí no sea un latido lo que encuentren.
Dios, es tan hermosa. El pensamiento pasa rápidamente y se desvanece como mi
coraje.

La húmeda nariz de Baxter en mi espalda me hace recuperarme y suelto una
respiración que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Tengo un mejor control de
mi puta realidad, de mi puta cordura y no es muy fuerte, pero, al menos, está ahí.
Presiono y dejo escapar un grito de alivio cuando siento el débil pulso de su corazón.
Todo lo que quiero hacer es enterrar la cara en su cuello y abrazarla, decirle que
va a estar bien, pero sé que los treinta segundos que he malditamente perdido aquí
sentado han sido más que excesivos.
Me digo que tengo que pensar, que tengo que concentrarme, pero mis
pensamientos están tan jodidamente dispersos que no puedo centrarme en uno solo.
Llama al 911.
Llévala abajo.
Tanta jodida sangre.
No puedo perderla.
—Quédate conmigo, nena. Por favor, quédate conmigo —suplico e imploro,
pero no sé qué más puedo hacer. Estoy perdido, asustado, como la mierda.
Mi mente jodidamente da vueltas fuera de control con lo que tengo que hacer y
lo que es más importante... pero la única cosa que sé más que cualquier otra cosa es
que no puedo dejarla. Pero tengo que hacerlo. La saco del pequeño cuarto que contiene
el retrete, mis pies se resbalan con la sangre por todo el suelo y la vista de ella
manchando, marcas oscuras en el brillante piso, mientras la muevo a la alfombra
provocan que un nuevo pánico surja.
La dejo suavemente.
—Teléfono. Ya vuelvo —le digo antes de correr, resbalando de nuevo hacia la
mesita donde está mi teléfono. Está resonando en mi oído mientras llego a ella y pongo
inmediatamente mis dedos en su cuello mientras vuelve a sonar.
—911…
—5462 Broadbeach Road. ¡De prisa! Por favor…
—Señor, necesito…
—Hay maldita sangre por todas partes y no estoy seguro…
—Señor, cálmese, necesitamos…
—¿Calmarme? —le grito a la señorita—. ¡Necesito ayuda! Por favor, ¡dense prisa!
—Dejo caer el teléfono. Necesito llevarla a la planta baja. Necesito llevarla más cerca
para que la ambulancia pueda llegar a ella rápidamente.
La recojo, la acuno y no puedo evitar el maldito sollozo que se apodera de mí
mientras corro tan rápido como puedo por mi dormitorio hacia las escaleras y las bajo.
Pánico mezclado con confusión y miedo que nublan la mente me invaden.
—¡Sammy! —Estoy gritando. Estoy malditamente loco y me importa una mierda
porque todo lo que puedo ver es su sangre cubriendo el cuarto de baño. Todo lo que
puedo pensar es en ser un niño y esa maldita muñeca que Lu solía tener, Raggedy
Ann o alguna mierda de esa, como la cabeza, los brazos y las piernas le colgaban de
jodido lado, independientemente de cómo la sostengas. Cómo lloraba cuando me
burlaba de ella una y otra vez porque su muñeca estaba muerta.
Y en todo lo que sigo pensando es en esa maldita muñeca, porque eso es lo que
Paula parece en estos momentos. Su cabeza está hacia atrás sobre mi bíceps
completamente sin vida y sus brazos y piernas cuelgan.
—¡Oh, Dios mío! —sollozo mientras llego a la parte inferior de la escalera, la
puta imagen de esa muñeca está gravada en mi cabeza.
—¡Sammy! —grito otra vez, preocupado de que le dije que se fuera a casa ayer
por la noche, como de costumbre, en lugar de dormir en la habitación de invitados
porque la prensa estaba demasiado fuera de control.
—Pepe, ¿qué pasa? —Él corre desde el ángulo de la pared y veo sus ojos abrirse
mientras me ve cargándola. Se congela y por un extraño momento pienso en cuán
enojada estaría Paula conmigo en este momento por dejar que él la vea así, solo una
camiseta y bragas y escucho su voz castigándome. Y el sonido de su voz en mi cabeza
es mi perdición. Me dejo caer de rodillas con ella.
—Necesito ayuda, Sammy. Llama al 911 de nuevo. Llama a mi papá. ¡Ayúdame!
¡Ayúdala! —le ruego mientras hundo mi cara en su cuello, meciéndola, diciéndole que
aguante, que estará bien, que va a estar bien.
Sé que Sammy está al teléfono, lo oigo hablar, pero mi aturdido cerebro no puede
procesar nada aparte del hecho de que tengo que arreglarla. Que no puede dejarme.
Que está rota.
—¡Pedro! ¡Pedro! —La voz de Sammy me saca de mi pánico hipnótico. Levanto
la vista hacia él, el teléfono sostenido en un oído mientras estoy seguro de que está
recibiendo instrucciones de la operadora del 911, y ni siquiera estoy seguro de si hablo
o no—. ¿Por dónde está sangrando?
—¿Qué?
—¡Mírame! —grita, sacándome un poco de mi confusión—. ¿Por dónde está
sangrando? Necesitamos tratar de detener la hemorragia.
¡Santa mierda! ¿Qué está mal conmigo? Abro la boca para hablar, para decírselo
y me doy cuenta de que estoy tan aterrado que no tengo ni puta idea.
Los ojos de Sammy miran fijamente los míos como para decirme que puedo hacer
esto, que ella me necesita, y es capaz de atravesar mi lento procesamiento mental.
Inmediatamente la recuesto, por más que malditamente me mata porque siento que
está tan fría que necesito mantenerla caliente. Empiezo pasando mis manos sobre su
cuerpo y comienzo a temblar porque estoy tan jodidamente enojado conmigo mismo
por no pensar en esto, tan jodidamente asustado de lo que voy a encontrar.

Suelto una exclamación de terror cuando me doy cuenta de que la sangre sigue
corriendo por sus piernas y ni siquiera puedo empezar a procesar por qué.
—Su accidente. Algo de su accidente —le digo a Sammy mientras levanto su
camisa hasta su abdomen para mostrarle las cicatrices que desfiguran su piel como si
eso lo explicara. Y entonces la agarro y tiro de ella hacia mí otra vez, su cuerpo frío
contra mi piel caliente, mientras Sammy comienza a hablar de nuevo a quien está al
otro extremo del teléfono.
—Aguanta, cariño. La ayuda ya viene —le digo mientras la mezo, sabiendo que
no hay manera de que pueda detener el sangrado, suyo o de mi corazón.
La abrazo fuertemente y juro que la siento moverse. Grito su nombre para tratar
de ayudarla a volver a mí.
—¡Paula! ¡Paula! Por favor, nena, por favor. —Pero nada. Malditamente nada.
Y cuando sollozo con desesperación su cuerpo se estremece de nuevo y me doy cuenta
que soy quien la mueve. Es mi cuerpo temblando y ruego y pido que se mueva.
—¡Oh, Dios mío! —exclamo—. No ella. Por favor, no ella. Me has quitado todo
lo bueno —grito en una casa vacía a un Dios que realmente no creo que exista en este
momento—. No puedes tenerla —le grito, aferrándome a lo único que puedo porque
todo lo demás que es verdadero se está deslizando por mis dedos. Entierro mi cara en
su cuello, no puedo controlar los sollozos mientras mi cálido aliento calienta su piel
fría debajo de mis labios—. Tú... no puedes... tenerla...
—¡Pedro! —Una mano sacude mi hombro y salgo de mi trance, sin saber cuánto
tiempo pasó, pero los veo ahora. Los médicos y las luces intermitentes se arremolinan
en mis paredes a través de la puerta principal abierta. Y sé que necesitan llevársela
para ayudarla, pero estoy tan jodidamente asustado ahora que no quiero dejarla ir.
Ella me necesita en este momento, pero sé muy bien que yo la necesito más.
—Por favor, por favor, no me la quiten —digo con voz ronca mientras la toman
de mis brazos y no estoy seguro de a quién le estoy hablando, a los paramédicos o a
Dios.

***

—¿Cuánto tiempo, Sammy? —Me levanto de la silla, con mis nervios royéndome
y mis piernas no son capaces de caminar suficiente por el jodido suelo para hacer que
se vayan de una jodida vez.
—Solo treinta minutos. Tienes que darles tiempo.
Sé que todos en esta maldita sala de espera están mirándome, observando al
hombre cubierto de sangre sobre toda su ropa caminando de un lado a otro como un
maldito animal enjaulado. Estoy ansioso. Inquieto. Malditamente aterrorizado.
Necesito saber dónde está, qué está mal con ella. Me vuelvo a sentar, mi rodilla
rebotando como un maldito drogadicto necesitando una dosis y me doy cuenta de que
lo estoy. Necesito mi dosis. Necesito mi Pauli..

Pensé que la perdí hoy solo para saber que no lo hice, y luego, cuando creo que
está malditamente segura, malditamente protegida en mis brazos cuando nos
quedamos dormidos, la arrancan jodidamente de mí. Estoy tan malditamente
confundido. Tan jodidamente enojado. Tan... no sé ni lo que estoy ya porque solo
quiero que alguien salga detrás de esas malditas puertas automáticas y me diga que ella
estará bien. Que toda la sangre se veía cien veces peor de lo que malditamente era.
Pero nadie viene. Nadie me da respuestas.
Quiero gritar, quiero golpear algo, quiero correr diecisiete malditos kilómetros,
cualquier cosa para deshacerme de este maldito dolor en mi pecho y mi estómago
revuelto. Siento que me estoy volviendo loco. Quiero que el tiempo se acelere o se
frene de una jodida vez, lo que sea mejor para ella, siempre y cuando la vea pronto, la
abrace pronto.
Saco mi teléfono, necesitando sentir una conexión con ella. Algo. Cualquier cosa.
Empiezo a escribirle un mensaje, expresándome en la forma que entiende mejor lo que
siento.
Termino, aprieto enviar y me aferro a la idea de que va a recibir esto cuando se
despierte, porque tiene que despertar y saber exactamente lo que siento en este
momento.
—¡Pedro!
Es la voz que siempre ha podido mejorar las cosas por mí y esta vez no puede. Y
debido a eso... cuando escucho su voz llamándome, jodidamente lo pierdo. No me paro
para recibirlo, ni siquiera levanto mi cabeza para mirarlo porque estoy tan
jodidamente superado por todo que no puedo realizar la acción. Dejo caer mi cabeza
en mis manos y empiezo a sollozar como un jodido bebé.
No me importa que haya gente aquí. No me importa que sea un hombre adulto
responsable y ellos no lloren. No me importa nada más que el hecho de que no puedo
mejorarla en este momento. Que mi superhéroe de juego final no puede mejorarla en
este momento. Mis hombros se sacuden, mi pecho duele y mis ojos arden mientras
siento su brazo rodeándome y tirando de mí a su pecho lo mejor que puede y tratar de
consolarme cuando sé que no vamos a hacer una maldita cosa por ella. No va a borrar
las imágenes de ella sin vida como el cuerpo de Raggedy Ann y los pálidos labios que
están invadiendo mi mente.
Malditamente genial.
Estoy tan molesto que ni siquiera puedo hablar. Y si pudiera, ni siquiera sabría
si le podría poner palabras a mis pensamientos. Y él me conoce tan jodidamente bien
que ni siquiera dice una palabra. Solo me sostiene contra él mientras saco todo lo que
no puedo expresar de otra manera.
Nos sentamos en silencio durante algún tiempo. Incluso cuando mis malditas
lágrimas se han ido, mantiene envuelto sus brazos alrededor de mis hombros mientras
me inclino, con la cabeza colgando en mis manos.

Sus únicas palabras son:
—Te tengo, hijo. Te tengo. —Las repite una y otra vez, lo única cosa que puede
decir.
Cierro mis ojos con fuerza, tratando de liberar mi mente de todo, pero no está
funcionando. Todo lo que puedo pensar es en que mis demonios finalmente han
ganado. Se llevaron lo más puro que he tenido en mi vida y están robando su maldita
luz.
Su chispa.
¿Qué hice?
Oigo zapatos rechinar en el piso y detenerse frente a mí y estoy tan asustado de
lo que la persona tenga decir que mantengo mi cabeza baja y mis ojos cerrados.
Permanezco en mi oscuro mundo, esperando tener el control para evitar que la
reclame también.
—¿Eres el padre? —Oigo el suave, sureño acento, hacer la pregunta y siento a
mi papá moverse y asumo que asiente, dispuesto a escuchar las noticias por mí, llevar
el peso de la carga por su hijo.
—¿Eres el padre? —La voz vuelve a preguntar y quito mis manos de mi cara y
miro a mi padre, necesitando que haga esto por mí, necesitando que se encargue en
este momento, así puedo cerrar los ojos y ser el niño indefenso que me siento. Cuando
miro, mi papá está mirando directamente hacia mí, encuentra mis ojos y los mantiene,
y por primera vez en mi vida, no puedo leer que en el infierno están diciéndome.
Y no vacilan. Solo me miran como cuando estaba en la liga de béisbol y estaba
asustado de levantarme para ir a la maldita base porque Tommy-siempre-venzo-albateador-
Williams estaba en el montículo, y tenía miedo de no anotar. Me mira como
lo hizo en aquel entonces, ojos grises llenos de apoyo que me dicen que puedo hacer
esto, puedo enfrentar mi miedo.
Todo mi cuerpo comienza rápidamente a sudar frío mientras me doy cuenta de
lo que la mirada está tratando de decirme, lo que está tratando de preguntarme. Trago
con fuerza mientras el bullicio en mi maldita cabeza amenaza con herirme, entonces
me deja sacudido hasta la médula, mientras inclino mi cabeza hasta mirar los pacientes
ojos marrones de la mujer frente a mí.
—¿Eres el padre? —pregunta de nuevo con una sombría torcedura de sus labios
como si estuviera sonriendo para disminuir las palabras que está a punto de decirme.
Solo la miro fijamente, incapaz de hablar mientras todas las emociones que pensé
que acababa de quitarme de encima mientras mi papá me abrazaba regresan
invadiéndome con una maldita venganza. Me siento aturdido, sin palabras, asustado.
La mano de mi padre me aprieta el hombro, me insta a seguir.
—¿Paula? —le pregunto, porque tengo que estar equivocado. Ella tiene que estar
equivocada.

—¿Eres el padre del bebé? —pregunta suavemente mientras se sienta a mi lado
y coloca su mano sobre mi rodilla y la aprieta. Y todo en lo que puedo centrarme en
este momento es en mis manos, en mis malditos dedos, las cutículas todavía cubiertas
de sangre seca. Mis manos comienzan a temblar mientras mis ojos no pueden apartarse
de la vista de la sangre de Paula todavía manchándome.
La sangre de mi bebé manchándome.
Levanto mi cabeza, aparto los ojos del símbolo de vida dañado y muerto en mis
manos, y esperanza y miedo por las malditas cosas de las que ahora no estoy seguro del
todo al mismo maldito tiempo.
—Sí —digo apenas audible. Trago la grava raspando mi garganta—. Sí. —Mi
papá aprieta mi hombro otra vez mientras miro sus ojos marrones cuando los míos
suplican un sí y no al mismo tiempo.
Ella comienza despacio, como si tuviera dos jodidos años.
—Paula todavía está siendo atendida —dice, y quiero sacudirla, preguntar qué
diablos significa ser atendida. Mi rodilla comienza a moverse hacia arriba y abajo de
nuevo, mientras espero a que termine, mandíbula apretada, manos fuertemente
juntas—. Sufría de ya sea un desprendimiento de placenta o una completa previa y…
—¡Alto! —digo, sin entender una maldita palabra de lo que está diciendo y solo
la miro como un maldito ciervo ante los faros.
—El conducto que la vincula al bebé se separó de alguna manera, están tratando
de determinar todo en este momento, pero perdió mucha sangre. Está recibiendo
transfusiones ahora para ayudar a…
—¿Está despierta? —Mi mente no puede procesar lo que acaba de decir. Oigo
bebé, sangre, transfusión—. No te oí decir que va a estar bien, ¡porque necesito oírte
decir que va a estar jodidamente bien! —le grito mientras todo en mi vida se derrumba
a mi alrededor, como si estuviera de vuelta en el maldito coche de carreras, pero esta
vez no estoy seguro de las partes que voy a ser capaz de unir de nuevo... y más que
nada eso me asusta como la mierda.
—Sí —dice suavemente, esa voz tranquilizadora que me hace querer sacudirla
como a un Telesketch hasta conseguir un poco más de garantía. Hasta que pueda
borrar lo que está ahí y crear la maldita perfecta imagen que quiero—. Le dimos
algunos medicamentos para ayudarla con el dolor de la D y C, y una vez que tenga
un poco más de sangre transfundida, debería mejorar, físicamente.
No tengo ni puta idea de lo que acaba de decir, pero me aferro a las palabras que
entiendo: ella va a estar bien. Dejo caer mi cabeza y aprieto la parte inferior de mis
manos en mis ojos para no llorar, porque cualquier alivio que sienta no es real hasta
que pueda verla, tocarla, sentirla.

Aprieta mi rodilla de nuevo y habla.
—Lo siento mucho. El bebé no lo logró.
No sé lo que esperaba que dijera, porque mi corazón sabía la verdad a pesar de
que mi cabeza no había comprendido absolutamente todavía. Pero sus palabras dejan
de hacer girar el mundo bajo mis pies y no puedo respirar, tomar aire. Me pongo de
pie y me tambaleo unos pocos metros en una dirección y luego hacia otra,
completamente abrumado por el zumbido en mis oídos.
—¡Pedro! —Oigo a mi padre, pero solo sacudo mi cabeza y me inclino mientras
trato de recuperar el aliento. Llevo mis manos a mi cabeza como si sostenerla va a
detener la agitación asaltándola dentro—. Pedro.
Extiendo mis manos delante de mí en un gesto para que retroceda como la
mierda.
—¡Necesito una maldita para en los pits! —le digo mientras veo mis manos de
nuevo, la sangre de algo que creé, que era una parte de Paula y de mí, santo y pecador,
en mis manos.
Inocencia intacta.
Y siento que sucede, siento algo haciéndose añicos dentro de mí, la posesión que
los demonios han mantenido sobre mi alma por los últimos veintitantos años, igual
que el espejo en ese maldito bar de mala muerte la noche en la que Paula me dijo que
me amaba. Dos momentos en el tiempo en que la única cosa que no quería que volviera
a suceder, pasa y sin embargo... no puedo evitar sentir, no puedo evitar preguntarme
por qué esas pequeñas posibilidades que se meten en mi mente cuando sabía entonces
y sé ahora que esto no puede ser. Esto es algo que nunca, nunca quise. Y sin embargo,
todo lo que he conocido cambió de alguna manera.
Y no sé lo que significa por el momento.
Solo se siente: diferente, liberador, incompleto, malditamente terrorífico.
Mi estómago se retuerce y mi garganta se obstruye con tantas emociones, con
tantos sentimientos que no puedo incluso comenzar a procesar esta nueva realidad.
Todo lo que puedo hacer para no perder mi maldita cordura es concentrarme en una
cosa que sé que puede hacer algo en estos momentos.
Paula.
No puedo respirar y los latidos de mi corazón son como un maldito tren de carga,
pero todo en lo que puedo pensar es en Paula. Todo lo que quiero, todo lo que necesito,
es jodidamente a Paula.
—Pedro. —Es la mano de mi padre sobre mis hombros otra vez, las manos que
me han sostenido en mis más oscuros momentos, tratando de ayudarme a alejar esta
maldita oscuridad, tratando de sacarme de sus garras—. Habla conmigo, hijo. ¿Qué
está pasando en tu cabeza?

¿Estás malditamente bromeándome?, quiero gritarle porque realmente no sé qué
más hacer con el miedo que me consume, excepto atacar a la persona más cercana a
mí. El miedo que es tan diferente a antes, pero todavía es igual. Así que solo muevo la
cabeza para mirar hacia la dama de ojos marrones tratando de averiguar que hacer,
sentir, decir.
—¿Ella lo sabe? —Ni siquiera reconozco mi propia voz. La ruptura en ella, el
tono, la completa incredulidad que posee.
—El médico habló con ella, sí —dice con una sacudida de su cabeza y me doy
cuenta en ese momento de que Paula está lidiando con todo esto sola, asumiendo todo
esto... sola. El bebé por el que daría cualquier cosa, que se le dijo que nunca tendría,
en realidad lo tuvo.
Y lo perdió.
Una vez más.
¿Cómo lo tomó? ¿Qué le hará esto a ella?
¿Qué nos hará a nosotros?
Todo es una maldita espiral fuera de control y simplemente necesito estar en
control. Necesito que el suelo deje malditamente de moverse debajo de mí. Sé que la
única que puede enderezar mi mundo otra vez es ella. Necesito el toque de su piel bajo
mis dedos para calmar todos estos disturbios y caos atravesándome.
Paula.
—Tengo que verla.
—Está descansando en este momento pero puedes ir a sentarte con ella si deseas
—dice mientras se levanta.
Solo asiento y tomo una respiración cuando ella comienza a caminar por el
pasillo. La mano de mi padre todavía está en mi hombro y su silenciosa demostración
de apoyo permanece hasta que caminamos por el pasillo hacia la puerta de su
habitación.
—Voy a estar afuera, si me necesitas. Voy a esperar a Becks —dice mi padre y
asiento porque el nudo en mi garganta es tan jodidamente grande que no puedo
respirar. Atravieso la puerta y detengo mis pasos de pronto.
Paula.
Es la única palabra a la que puedo aferrarme mientras mi mente intenta procesar
todo.
Paula. Se ve tan pequeña, tan jodidamente pálida, tanto como una niña perdida
en una cama de sábanas blancas.
Cuando voy a su lado tengo que recordarme a mí mismo respirar porque todo lo
que quiero hacer es tocarla, pero cuando me acerco estoy tan jodidamente asustado de
que si lo hago, ella se rompa. Se haga malditos añicos. Y nunca pueda recuperarla.
Pero no puedo evitarlo, porque si pensaba que me sentía impotente en la parte
de atrás del coche de policía, entonces me siento completamente inútil ahora. Porque
no puedo arreglar esto. No puedo correr y salvar el maldito día, pero esto... no sé qué
hacer, qué decir, a dónde ir desde aquí.
Y eso jodidamente me destroza.
Me detengo y la miro, observo sus pálidos labios llenos, la piel suave como seda
que sé que huele a vainilla, especialmente en el lugar debajo de su oreja y sé que esta
mujer luchadora llena de su inteligente boca desafiante y sin discusión, es mi dueña.
Mi maldita dueña.
De cada maldita parte de mí. En nuestro corto tiempo juntos ella derribó
malditas paredes que nunca incluso supe que había pasado una vida construyendo. Y
ahora sin esas paredes, estoy tan indefenso sin ella, porque cuando no se siente nada
durante tanto tiempo, cuando se elige ser insensible y luego se aprende a sentir de
nuevo, no puedes apagarlo. No puedes hacer que se detenga. Todo lo que sé ahora,
mirando su completa maldita belleza por dentro y por fuera, es que la necesito más
que a nada. La necesito para ayudarme a cruzar este maldito extraño territorio antes
de que me ahogue con el conocimiento de que le hice esto a ella.
Soy la razón de que vaya a tener que tomar una decisión, que ni siquiera estoy
seguro de que quiero que haga más.
Me dejo caer en el asiento al lado de su cama y cedo a mi única debilidad ahora,
necesito tocarla. Coloco suavemente su mano inerte entre las mías y aunque está
dormida y no sabe que la estoy tocando, todavía siento eso, todavía siento esa chispa
cuando nos sujetamos.

Te amo.

Las palabras pasan rápidamente por mi mente y doy un grito ahogado cuando
cada parte de mí se rebela ante las palabras que pienso, pero no los sentimientos que
siento. Me concentro en la jodida desconexión, empujando esas palabras que solo
representan daño, porque no puedo dejarlas contaminarme ahora en este momento.
No puedo tener pensamientos de eso mezclados con los de ella.
Trato de recuperar mi respiración otra vez mientras lágrimas brotan y mis labios
se presionan contra la palma de su mano. Mi corazón late y mi cabeza sabe que ella
solo podría haber quitado el último maldito muro de acero, abrirlo como la jodida caja
de Pandora por lo que todo el mal encerrado para siempre en su interior, podría
escapar y salir de mi alma dejando solo una cosa atrás.
Jodida esperanza.

La pregunta es, ¿qué diablos estoy esperando ahora?


=( =( =(

TERCERA PARTE: CAP 104

                

                                                    

Por favor, nena, por favor, despierta.
¿Pedro? Mi cabeza está confusa mientras oigo su voz y
percibo su olor cerca. Trato de averiguar qué es exactamente
lo que está pasando. Mis párpados se sienten tan pesados, pero no puedo abrirlos
todavía.
—Señor, tiene que dejarme examinar…
—No me voy a ningún jodido lugar.
Es tan cálido y acogedor aquí en la oscuridad, tan seguro, pero por qué está
Pedro… Entonces repentinamente recuerdo todo. Empiezo a luchar para sentarme.
—¡Zander! —Su nombre es casi un graznido mientras lucho contra brazos,
manos, sin saber quién más me está sujetando.
—¡Shh, shh, shh! Está bien, Pau. Está bien.
Pedro.
Todo mi cuerpo se relaja momentáneamente. Pedro está aquí. Mis ojos se abren,
lágrimas ya derramándose de ellos y la primera cosa que veo es él. Mi Ace. Una
brillante luz en toda esta oscuridad. Sus ojos se encuentran con los míos, las líneas
alrededor con un matiz de preocupación y una sonrisa forzada en esos devastadores
labios suyos.
—Estás bien, nena.
Parpadeo rápidamente mientras todo lo demás se vuelve más claro, la intensa
actividad a nuestro alrededor en el patio trasero, policías, médicos.
—Zander. Arma. Padre. —Mi mente está confundida y no puedo poner los
pensamientos en palabras lo suficientemente rápido, mis ojos se mueven de ida y
vuelta, centrándose en un grupo de hombres encorvados sobre algo al lado mío.
Sigo repitiendo las palabras hasta que Pedro se inclina y me da un beso. Saboreo
sal en sus labios y mi mente intenta comprender por qué ha estado llorando. Cuando
se aleja, su sonrisa es un poco menos inestable.
—Esa es mi chica —dice en voz baja, sus manos recorren mi cabello, mis mejillas,
mi cara—. Estás bien, Pau. Zander está bien, Pau. —Apoya su frente contra la mía.
—Pero había sangre…
—No tuya —dice, sus labios curvándose en una sonrisa de alivio contra los
míos—. No tuya —dice otra vez—. Fuiste absolutamente imprudente y estoy tan
enfadado contigo por ello, pero fuiste por el arma y la policía tomó su oportunidad. Su
sangre, nena. Era su sangre. Está muerto.
Tomo una respiración. Un respiro que no me di cuenta que no había liberado
todavía sale rápidamente de mis pulmones. Y las lágrimas vienen ahora, fuertes,
irregulares, cuerpo tembloroso sollozos que liberan todo. Él me ayuda a sentarme y
acerca mi cuerpo al suyo por lo que estoy sentada hacia un lado sobre su regazo, sus
brazos me sostienen tan fuerte, sujetándome, asegurándome seguridad. Él entierra su
nariz en el lado de mi cuello mientras nos aferramos el uno al otro.
—Zander está a salvo. Está adentro. Jax está manteniendo a los chicos lejos para
que no lo sepan, no vean qué ha sucedido. Él llamó a Avery para que venga a estar con
Zander. Su terapeuta está en camino para venir a ayudarlo si lo necesita —me dice,
conociendo todas las preocupaciones que tendría y mitigándolas con cada palabra que
dice—. ¿Estás… dónde te duele?
—Señor, ¿podemos por favor…?
—¡Todavía no! —dice bruscamente a la voz a mi espalda—. Simplemente todavía
no —dice en voz tan baja que apenas puedo escucharlo antes de que me atraiga tan
cerca, respirándome. Estoy completamente alerta ahora, puedo ver la actividad en
torno al cuerpo del padre de Zander. Creo que entiendo el riesgo que tomé hasta que
siento el cuerpo de Pedro temblar debajo de mí estremeciéndose mientras reprime
los silenciosos sollozos sacudiendo su cuerpo.
Estoy perdida. No sé qué hacer por este hombre fuerte en silencio perdiendo el
control. Empiezo a moverme para poder apartarme y recuperarme y él solo me aprieta
mucho más fuerte.
—Por favor —suplica con voz ronca—. No quiero malditamente dejarte ir
todavía. Solo un minuto más.
Así que se lo permito.
Le permito sostenerme en este patio trasero, en una parcela de césped donde la
violencia intentó robar a Zander la esperanza por última vez.

***

Pedro cierra la puerta del coche por mí y entra de su lado del Range Rover antes
de ponerlo en marcha. Se abre camino por la policía obstruyendo el paso y más allá de
los flashes de los medios aguardando que dejemos la Casa. Tres horas muy largas han
pasado. Tres horas de preguntas y volviendo a contar todo lo que pude recordar sobre
el enfrentamiento del patio trasero. Sobre decirle a Zander que corra al escuchar
“Batman”. Las miradas constantes de Pedro sentado en un rincón mientras me negaba
a asistencia médica o un chequeo en el hospital. Su ira crecía mientras reproduje los
comentarios del padre de Zander y ataques físicos. Firmando declaraciones y tomando
fotografías de los moretones en mi cuerpo como evidencia. Contesté llamadas
telefónicas de Lina y mis padres para asegurarles que estaba bien, que iba a llamarlos
más tarde para explicar más.

Tres horas de sentirme incapaz de consolar a mis chicos, queriendo decirles que
estaba bien. La terapeuta pensó que lo mejor era que no me vieran con mi ojo morado
y la mejilla inflamada, porque podría sacar a relucir sus propias historias. Tanto como
duele no verlos, demostrarles que estoy bien, besé a Zander y me aferré a él tanto el
tiempo como pude mientras seguía elogiándolo porque esta vez no se ocultó detrás de
un sofá. Esta vez ayudó a salvar a alguien. Sé que no soy su madre, pero el aliviar la
culpa y mitigar la sensación de impotencia en su traumatizada mente fue un gran paso.
Nos metemos en la autopista y además de la voz de Rob Thomas irónicamente
cantando Unwell a través de los altavoces, el coche está en silencio. Pedro no dice
una palabra a pesar de sus manos agarrando el volante tan fuerte que sus nudillos están
blancos. Puedo sentir su ira, puede sentirla emanando de él y la única razón que puedo
pensar que está enojado es porque me he puesto en peligro.
Inclino la cabeza hacia atrás en el asiento y cierro mis ojos, pero tengo que
abrirlos de inmediato, porque todo lo que veo son sus ojos, todo lo que siento es el frío
acero presionado contra mi mejilla, todo lo que escucho es a Zander repitiendo una y
otra vez.
Quiero aliviar la tensión entre nosotros, porque en este momento simplemente
de verdad lo necesito. No lo necesito en modo Pedro-estoy-extremadamentecabreado.
Necesito sus brazos envueltos mí alrededor, el calor de su aliento en mi
cuello, la seguridad que siempre siento cuando estoy con él.
—Hizo lo que le dijiste que haga. —Mi voz es tan baja que no estoy segura de
que me escuche decirle la única cosa que no le dije a los oficiales de policía. Lo único
que sentía atentar contra una parte de la confianza que tenía Pedro infundida en mí.
Después de unos minutos, lo escucho liberar un suspiro y verlo dar un vistazo hacia
mí. Así que continúo—. Cuando salí, Zander se había acurrucado en una bola y lo
único que podía oír todo el tiempo que estábamos ahí fuera era a él llamando a sus
superhéroes.
Doy un grito cuando Pedro se desvía abruptamente a través de dos carriles,
bocinas de coches resuena y de repente aparca el coche al lado de la autopista. Ni
siquiera tengo la oportunidad de recuperar el aliento o de desbloquear el cinturón de
seguridad antes de que esté fuera del coche caminando enojado hacia el carril que
bordea la carretera al lado del coche. Muevo rápidamente mis ojos de un lado a otro
tratando de averiguar qué demonios está pasando. ¿Hay algo mal con el coche? Lo
observo mientras pasa mi puerta y camina hasta el final del Rover y enfoca su atención
al frente. Sigue caminando tres metros y de espaldas hacia mí lo escucho gritar tanto
como puede con una rabia salvaje que nunca he oído de él antes.
Si hubiera pensado en salir del coche, sé con seguridad que no lo estaría ahora.
Puedo ver la tensión en sus hombros mientras suben y bajan con sus respiraciones
pesadas. Sus manos están en puños como si estuviera listo para pelear, él contra el
mundo.
Lo observo, no puedo apartar mis ojos de él, mientras trato de entender lo que
está pasando dentro de su cabeza. Después de un tiempo, se da la vuelta y camina hacia
mi puerta del coche y la abre rápidamente. Me giro instintivamente hacia él mientras
miro sus dientes apretados, la tensión en su cuello y luego miro fijamente sus ojos. Nos
miramos fijamente el uno al otro y estoy tratando de interpretar lo que sus ojos están
diciendo, pero es tan contradictorio con su postura que tengo que estar equivocada.
Veo el musculo de su mandíbula palpitar mientras su mano se extiende hacia mi
mejilla y luego retrocede. Inclino mi cabeza en interrogatorio, mi labio inferior
temblando porque simplemente estoy saturada por todo lo de hoy. Noto que sus ojos
se fijan en mi boca, capturando mi vulnerabilidad y en un instante me empuja contra
su pecho, un brazo extendiéndose por mi espalda, una mano sosteniendo la parte de
atrás de mi cabeza mientras me aferra a él en un abrazo lleno de desesperación
absoluta.
Mis lágrimas caen sobre su camisa mientras nos aferramos el uno al otro.
—Nunca me he sentido tan impotente en toda mi vida —dice, su voz ahogada
con emoción mientras me aprieta con más fuerza—. Estoy tan enojado en este
momento y no sé cómo manejarlo. —Puedo oír la hostilidad de su rabia hirviendo a
flor de piel.
—Se acabó ahora, Pedro. Estamos bien…
—¡Él tenía sus malditas manos de encima de ti! —grita mientras se aleja de mí,
y camina unos pocos metros antes de voltearse y pasar sus manos por el cabello. Solo
me mira fijamente, con los ojos suplicando perdón, no tiene que pedirlo porque no ha
hecho nada malo—. Tenía sus manos de encima de ti ¡y no estaba allí! ¡No te protegí
y ese es mi maldito trabajo, Paula! ¡Protegerte! ¡Cuidar de ti! ¡Y no pude!
¡Malditamente no pude! —Baja la mirada a la grava en el lado de la carretera y la
angustia en su voz me mata, me rompe en pedazos, porque no había nada que pudiera
haber hecho, pero sé que decirle eso es inútil.
Cuando levanta la mirada de nuevo veo las lágrimas brillar en sus ojos cuando
me mira fijamente.
—Luché contra el oficial obstruyendo el paso. Me pusieron en la parte trasera
de un coche para calmarme porque iba a entrar en la casa con o sin ellos. Te escuché
en el teléfono, Paula, escuché tu voz y solo seguía repitiéndose una y otra vez en mi
cabeza y no podía llegar a ti. —Sacude su cabeza mientras una sola desgarradora
lágrima cae por su rostro—. No podía llegar a ti. —Su voz se quiebra y me muevo para
salir del coche, y él solo levanta su mano para que me detenga, para dejarlo terminar.
—El arma se disparó —dice y puedo verlo luchar para contener las emociones
sobrepasándolo—. Y pensé... pensé que eras tú. Y esos pocos momentos esperando y
luego ver a Zander corriendo fuera de la parte delantera de la casa gritando y
esperando para verte y no venías… jodido Cristo, Pau, lo perdí. Malditamente lo perdí.
—Da un paso más cerca de mí, quitando una lágrima con el dorso de su mano. Trago
con fuerza sobre la emoción creciendo en mi garganta.
—Me aseguré de que Zander estaba bien antes de entrar rápidamente en la casa.
Tenía que llegar a ti, verte, tocarte… y entré en la sala de estar y ambos estaban en sus
espaldas sobre la hierba. Ambos tenían sangre sobre todo sus pechos. Y ninguno de los
dos se movía. —Da un paso entre la V de mis piernas, haciendo la conexión física que
tan desesperadamente necesito y acuna mi mejilla en su mano.
—Pensé que te había perdido. Estaba tan jodidamente petrificado, Pau. Y luego
llegué a ti y caí de rodillas para sostenerte, para ayudarte, para… No sé qué mierda iba
a hacer contigo, pero tenía que tocarte. Y estabas bien. —Su voz se quiebra de nuevo
mientras se inclina y apoya su frente contra la mía—. Estabas bien —dice de nuevo
antes unir nuestros labios y mantenerlos allí mientras sus hombros se sacuden y las
lágrimas caen por sus mejillas hasta que saboreo la sal de ellos mezclada entre nuestros
labios.
—Estoy aquí, Pedro. Estoy bien —le aseguro mientras presionamos nuestras
frentes juntas, nuestras manos sosteniendo la parte posterior del cuello de cada uno
mientras el mundo exterior pasa rápidamente junto a nosotros a ochenta kilómetros
por hora, pero es solo él y yo.
Sintiendo que somos las únicas dos personas en el mundo.
Aceptando que las emociones que estamos sintiendo solo se hacen más fuertes
con el paso del tiempo.
Lidiando con la noción de que no siempre vamos a poder salvar al otro.
Amándonos mutuamente como nunca creímos posible.

***

Disminuimos la velocidad en Broadbeach Road, nuestras manos entrelazadas
entre nosotros y conducimos entre el frenesí de medios más grande que he visto alguna
vez. Pedro suelta una fuerte respiración. Nuestras emociones han sido puestas bajo
presión y temo cuanto más Pedro puede soportar antes de quebrarse.
Y pido que esta bulliciosa multitud no vaya a ser la gota que colme el vaso
porque, francamente, no puedo soportar más.
Agacho mi cabeza y levanto mi mano para cubrirme la parte hinchada de mi
rostro de los constantes flashes y golpeteos al coche para que los miremos. En pocos
minutos Pedro avanza con el coche lentamente y atraviesa los portones abiertos
mientras Sammy y los otros dos tipos de seguridad de guardia dan un paso al frente
para evitar que la prensa ingrese a la propiedad. Aparcamos y en momentos Pedro
está abriendo mi puerta, la repentina vociferación de los medios ante los portones me
abruma.
Me ayuda a salir del auto y hago un gesto de dolor cuando mi cuerpo comienza
a ponerse rígido de todo lo que ha tenido que pasar. Pedro nota mi gesto y antes de
que pueda oponerme, me ha sostenido en sus brazos y estamos caminando hacia la
puerta principal. Pongo mi cabeza bajo su cuello, siento la vibración en su garganta
mientras dice:
—Sammy. —Y asiente en reconocimiento hacia él.

Y luego se detiene de repente. No estoy segura qué es lo que ha escuchado o qué
lo provoca pero inesperadamente se gira y está caminando hacia los portones en el
frente de la calzada.
—¡Abre los malditos portones, Sammy! —dice bravamente mientras nos
acercamos a ellas e inmediatamente me encojo contra Pedro  mientras confusión e
incertidumbre invaden.
Escucho el sonido metálico mientras los mecanismos empiezan a moverse,
escucho los reporteros volverse aún más frenéticos al ver los portones abrirse y luego
los escucho volverse enloquecidos cuando nos ven de pie allí. Mi corazón late con
fuerza y no tengo idea de qué demonios está haciendo. Estamos parados allí por un
momento, él sosteniéndome, yo enterrando mi cara en su cuello, las incesantes
preguntas resonando una tras otra y los flashes de las cámaras que puedo verlos a través
de mis párpados cerrados.
Pedro inclina su cabeza hacia abajo y coloca su boca cerca de mi oído, y a pesar
de todo este ruido exterior, puedo escucharlo claro como el agua.
—Esto es algo que debería haber hecho cuando esto empezó. Lo siento. —Me da
un casto beso en mi mejilla—. Voy a bajarte ahora, ¿de acuerdo?
Intento averiguar a qué se está refiriendo, pero solo asiento. ¿Qué está haciendo?
Me baja al suelo.
—¿Estás bien? —pregunta mientras mira mis ojos como si fuéramos las únicas
dos personas paradas aquí. Cuando asiento pone esa pequeña sonrisa de suficiencia en
su rostro y antes de que pueda interpretarla sus labios están en los míos en un
arrebatador de almas, corazón desbocado, apretador de muslos juntos beso que no deja
lugar a dudas sobre a quién el corazón y las emociones de Pedro pertenecen. Sus labios
me reclaman, degustándome como un hombre muerto de hambre. Y estoy tan sumida
en él, por él, así como necesitada de él, que no escucho a las personas que nos rodean,
las cámaras tomando fotografías, porque sin tener en cuenta el mundo exterior,
siempre nos alcanza.
Rompe el beso con una exclamación de mi parte y me da esa sonrisa de
suficiencia otra vez.
—Si ellos van a mirar, Pauli. —Y se encoge de hombros sin pedir disculpas
mientras mentalmente termino la frase que me dijo en Las Vegas… bien podríamos
ofrecer un buen espectáculo.
—¿Todos ustedes consiguieron una buena imagen? —grita a la multitud a
nuestro alrededor y lo miro confundida—. Ahora esto es lo que pueden imprimir con
su maldita foto. Paula no es la rompe hogares. Tamara lo es. Al igual que Tamara es
una maldita mentirosa. —Me mira mientras estoy allí con mi boca abierta por su
comentario—. Síp —grita—. La prueba de paternidad es negativa. Así que ¿su historia?
¡No es más realmente una historia!

Toma un minuto para que el significado de sus palabras sea asimilado y solo lo
miro fijamente mientras me mira con la más inmensa sonrisa en su rostro y sacude su
cabeza mientras me jala a sus brazos y me estrecha.
—¿Qu… por qué… cómo? —tartamudeo mientras muchas emociones me
asaltan a gran velocidad, una es la más notable: alivio.
—Chase me va a matar por eso —murmura para sí mismo con una sonrisa de
suficiencia en su cara que no comprendo bien. Antes de que pueda preguntar, Pedro
nos gira y empieza a caminar de nuevo a través de los portones mientras gritan
preguntas sobre lo que pasó hoy en la Casa. Los ignora y espera a que los portones
estén cerrados antes de volverse y mirarme—. Eso es por lo que estaba llamándote
para decirte que… y entonces todo sucedió.
Solo lo miro fijamente. Puedo ver que la gran preocupación que ha estado
llenando sus ojos se ha ido, probablemente se ha ido todo el día, sin embargo he estado
un poco distraída. Asiento, incapaz de hablar mientras toma mi mano y la lleva a sus
labios.
Y me doy cuenta más rápido que nunca.
Podemos hacer esto. Todos los obstáculos entre nosotros han sido apartados de
una manera u otra. Somos solo esta desinteresada chica y este chico sanando y
realmente podemos hacer que esto funcione.
Mira hacia mí mientras lagrimas se derraman de mis ojos y me meto entre sus
brazos y no lo suelto porque estoy exactamente donde quiero estar.
Exactamente donde pertenezco.

Casa.

TERCERA PARTE: CAP 103

spiderman. Batman. Superman. Ironman. Spiderman.
Batman… —repite Zander una y otra vez mientras se sienta
hecho una bola detrás de mí en el patio trasero. Es la única cosa
que puedo oír sobre el bullicio en mi cabeza ahora mismo por la fuerza del golpe. Las
manos de Zander están sobre sus orejas y se balancea de atrás hacia delante mientras
repite las palabras, aislándose. Dentro del mundo que él quiere existir, donde no hay
hombres malos blandiendo armas o padres sosteniendo cuchillos hiriendo a sus
esposas.
El problema es que en el mundo de Zander, son idénticos.
Me doy cuenta de todo esto en la fracción de segundo después que soy golpeada
con un puño en la cara, mi cuerpo lanzado y colisionado por el impacto de ver a mi
dulce niño retraído. El tiempo se detiene luego comienza a avanzar en cámara lenta.
El dolor en mi mejilla y ojo no hace nada para disminuir el miedo en mi corazón
mientras levanto la vista para encontrarme los ojos del hombre que ha sido una
presencia constante en mi vida durante las últimas semanas. Su sombrero y gafas
oscuras han sido quitados y lo descubro.
Conozco a este hombre.
Lo he visto antes.
Es el hombre que me dio el susto en el estacionamiento de Target. Es el hombre
del sedán azul oscuro estacionado fuera de la Casa y mi casa, siguiéndome. Sin el
sombrero y las gafas de sol puedo ver a Zander en él. Sé por qué parecía tan familiar
en el estacionamiento ese día. Tiene el mismo color de ojos, los mismos rasgos; su
cabello es más largo y un poco más oscuro, pero el parecido es inconfundible.
Mis ojos se fijan en el metal opaco negro de la pistola que tiene apuntándome y
luego en sus ojos, piscinas oscuras de ausencia de luz sin emociones, que están mirando
rápidamente de ida y vuelta de mí a Zander y su repetición incesante de superhéroes
como ruido de fondo.
—¿Qué le hiciste? —me grita moviendo la pistola hacia Zander y luego de nuevo
hacia mí—. ¿Por qué está haciendo eso? ¡Respóndeme!
Mantén la calma,Paula. Mantén la calma, Paula.
—Está asustado. —Tú le hiciste esto, quiero gritarle. Tú hiciste esto, tú inservible
pedazo de asesino bueno para nada, pero lo único que hago es repetírmelo, tratando
de ocultar mi miedo y contenerme de tartamudear. Trato de concentrarme en los
latidos de mi corazón, contando las pulsaciones punzando en mis oídos para
mantenerme calmada. Puedo sentir el recorrido del sudor entre mis omóplatos y
pechos. Puedo oler el miedo y mi estómago se revuelve, sabiendo que es mío lo que
huelo, mezclado con el suyo.
Y me aferro a ese pensamiento.
Que está asustado también.
Piensa, Pau. Piensa. Tengo que mantenerlo calmado pero también proteger a
Zander y no tengo la menor idea cómo hacer eso. El temor desenfrenado que siento
está dispersando mis pensamientos, robándome la coherencia. Qué demonios debo
hacer, porque sé que ha asesinado antes. Asesino a la madre de su hijo, su mujer nada
menos.
¿Cómo voy a detenerlo de asesinarme?
No tiene nada que perder.
Y eso más que nada me asusta como la mierda.
Trago con fuerza, mis ojos registran todo el patio trasero. Veo su cámara y el
falso pase de prensa en el suelo junto a la entrada. Veo mi teléfono celular al borde de
la hierba, donde lo deje caer cuando él me golpeó y pienso inmediatamente en Pedro.
Al instante me aferro a la esperanza de que me oyó, sabe que estamos en
problemas, va a pedir ayuda, porque si no lo hizo no tengo ninguna posibilidad a
proteger a Zander contra este enfermo mental. De protegerme.
Mis lágrimas pican y la inflamación en el ojo en donde él me golpeo sin previo
aviso, duele como una perra. Mis manos están temblando y mi respiración se atasca
por el miedo, mientras el aumento del volumen de la repetición de las palabras de
Zander está añadiendo un mayor nivel de estrés a toda la situación.
Es el único sonido que puedo oír en la mañana silenciosa, la repetición de las
palabras de un niño sabiendo que él no tiene ninguna esperanza. Y con cada momento
que pasa, las palabras susurradas se hacen más fuertes y más fuertes como si estuviera
tratando de ahogar el sonido de la voz de su padre.
—¿Qu… qué es lo que quieres? —pregunto finalmente sobre la voz de Zander,
percibiendo que su contacto con la realidad se ha ido. Y no sé cómo racionalizar con
una persona loca.
Camina hacia mí, sus ojos recorren la longitud de mi cuerpo y aunque incluso
mis nervios están ya en alerta máxima, la mirada de sus ojos sin vida cuando los
arrastras de regreso hacia arriba provoca que se activen otras nuevas. Campanas de
advertencia se disparan y mi estómago se contrae violentamente, a tal punto que tengo
que luchar contra las náuseas que amenazan.
Extiende la mano con la pistola y me quedo inmóvil mientras pasa la punta hacia
arriba y abajo por el lado de mi mejilla. El frío del acero, la sensación del metal en mi
piel y lo que representa, hace que la sangre en mis venas se convierta en hielo.
—Eres una pequeña cosa bonita verdad, Paula. —La forma en que dice mi
nombre, como si estuviera saboreándolo con su lengua, me provoca nauseas. En un
instante tiene mis mejillas apretadas fuertemente en sus manos, su cara a centímetros
de la mía. Lágrimas comienzan a correr por mi rostro. Quiero ser fuerte. Quiero decirle
púdrete y muere. Quiero gritar a Zander que corra y consiga ayuda. Quiero pedirle a
Dios, cualquier persona, ayuda. Quiero decirle a Pedro que lo amo. Pero no puedo
porque nada de eso es posible en estos momentos. Mis rodillas están temblando, mis
dientes están tratando de castañear dentro de su agarre. Todo lo que soy, mi futuro,
mis posibilidades, mi próxima respiración, dependen de este hombre.
Se acerca más, por lo que puedo sentir su aliento contra mis labios mientras sus
dedos se clavan más profundos en los lados de mis mejillas y no puedo evitar el grito
de miedo que sale de mis labios.
—La pregunta es, Paula... ¿exactamente hasta dónde irías para proteger a uno de
tus chicos?
—Vete a la mierda. —Las palabras incomprensibles están fuera de mi boca antes
de que pueda detenerlas, la cólera quitando el filtro entre mi cabeza y boca. Y antes
de que pueda parpadear, su puño golpea con gran fuerza contra mi abdomen,
haciéndome retroceder. Aterrizo con un golpe seco contra la parte del patio de
concreto, mis hombros y mi cabeza golpeando la valla de madera detrás de mí.
El terror invadiendo mi cuerpo eclipsa el dolor del golpe. He aterrizado cerca de
Zander así que me apresuro lo más rápido que puedo a su lado y lo acerco a mí,
tratando de protegerlo de cualquier manera que pueda. Sé que está detrás de mí, puede
sentir la fuerte presencia de la pistola que sé que está apuntándome, pero calmo a
Zander.
—Está bien. No va a hacerte daño. No voy a permitir que te haga daño —le digo
en una voz suave pero Zander no deja de balancearse, no deja de repetir las palabras y
estoy tan aterrorizada en este momento que comienzo a repetir los superhéroes con él
mientras nos sentamos en un patio trasero forjado de esperanza y que temo pronto que
será arruinado por la violencia.
—He venido a llevarme a mi hijo. —Si pensaba que su voz era fría antes, su tono
ahora coincide con el acero de su arma.
—No —le digo, el titubeo en mi voz traiciona la confianza que quiero transmitir.
—¿Con quién demonios crees que estás tratando? —dice furioso apuntando la
pistola en mi espalda, su cañón clavándose profundamente entre mis omóplatos—. Es
hora de que te alejes de mi hijo.
Cierro fuertemente mis manos en puños para hacerlas dejar de temblar así
Zander no sabe lo asustada que estoy. No quiero que su padre se dé cuenta tampoco.
Trago con fuerza mientras los sollozos de Zander comienzan a estremecer su cuerpo,
y si no supiera ya, lo sé ahora con tanta claridad, con un sudor frío surgiendo de mi
piel y el miedo en mi corazón, que no puedo dejar que su padre se lo lleve. Que lo
protegeré con todo lo que poseo, porque nadie más pudo hacerlo antes.
El cañón en mi espalda se clava más profundo y contengo un grito de dolor
mientras las lágrimas libremente fluyen por mis mejillas. Empiezo a morder mi labio
inferior entre mis dientes, ya que en un momento voy a estar de pie. Y cuando de la
vuelta tengo que demostrarle que no tengo miedo de él. Tengo que hacer la actuación
de mi vida para salvar a este niño.
—¡Ahora! —me grita, mi cuerpo se sobresalta ya que su voz atraviesa la
repetición constante de las palabra de Zander.
Apoyo mi boca sobre el oído de Zander y trato de tranquilizarlo mientras se
balancea, esperando que mis palabras lleguen a él, atravesando el mundo al que lo ha
transportado su mente, para poder resguardarse del miedo y los recuerdos de su padre.
—Zander, escúchame —le digo—. No voy a dejar que te lleve. Te lo prometo.
Los superhéroes están viniendo. Están viniendo, ¿de acuerdo? Voy a pararme ahora,
pero cuando digo Batman quiero que corras lo más rápido que puedas dentro de la
casa, ¿de acuerdo? Batman.
Apenas termino mis palabras siento el arma dejar mis omóplatos, pero siento su
bota conectar con mi lado izquierdo. Hago un sonido de dolor mientras asimilo el
impacto, tensando mis brazos alrededor de Zander ya que nos empuja con fuerza a la
cerca contra la que estamos arrinconados.
—Levántate de una puta vez, Paula.
—Batman, ¿de acuerdo? —digo de nuevo, apretando mis dientes mientras tomo
un respiración a través del dolor y me fuerzo a ponerme de pie con las piernas
temblorosas. Tomo una respiración profunda y me vuelvo para enfrentarlo.
—¡Eres un hueso duro de roer! —Se burla de mí—. Me gusta mi mujer dura.
Me trago la bilis emergiendo en mi garganta y fuerzo serenidad en mi tono que
espero poder mantener.
—No voy a dejar que te lo lleves.
Se ríe a carcajadas, levanta su cara hacia el cielo, antes de volver a mirarme y me
pregunto si acabo perder mi única oportunidad de decirle Zander que se vaya. Que
corra. Mi corazón se retuerce ante la idea.
—Ahora, realmente no creo que estés en la posición para estar diciendo qué es
exactamente lo que puedo y no puedo estar haciendo. ¿Cierto?
Mi cabeza va a toda velocidad por cosas que decir. Maneras de calmar los nervios
que puedo ver están empezando a sobrepasarlo con cada segundo que pasa. Pero de
igual modo, necesito este tiempo. Cuanto más tiempo tengo, más probable la ayuda
podría venir.
—Hay un jardín delantero lleno de prensa. ¿Cómo vas a salir con él?
Se ríe de nuevo y sé que el sonido me perseguirá en mis sueños por el resto de
mi vida.
—Ahí es donde te equivocas. Todos se fueron con tu importante novio y lo
siguieron. —Da un paso más cerca y pone la pistola en mi cara—. Es solo tú y yo, y Zman
por allí. Entonces, qué tienes que decir a eso, ¿eh?

Juro que toda mi sangre en mi cuerpo se drena porque tengo que esforzarme por
permanecer centrada estando de pie mientras el vértigo me asalta. Después de un
momento, consigo no perder el equilibrio, ver a través de la negrura nublando mi
visión y tratar de averiguar qué hacer a continuación.
El único pensamiento que se me ocurre es de distraerlo de alguna manera,
abalanzarme hacia el arma y gritar a Zander que corra.
Pero, ¿cómo?
¿Cuándo?
Estamos de pie por lo que parece una eternidad, un enfrentamiento silencioso
donde es más que evidente que tiene todo el poder en esta intimidación. Mientras el
tiempo se prolonga veo sus manos empezar a temblar, sus músculos faciales contraerse
y el sudor cubrirlo, al mismo tiempo que el sonido de las crecientes repetición de
Zander continúan añadiendo más presión a la inestable situación.
—Ciérrale la puta boca —me grita mientras sus ojos recorren todo el patio como
un animal atrapado inseguro de su próximo movimiento.
Me sobresalto cuando oigo un ruido detrás del papá de Zander. Mi corazón late
rápidamente en mi pecho mientras el perro del vecino de al lado ladra de forma
agresiva a través de la valla.
El padre de Zander se gira hacia el sonido, el arma moviéndose con él. Actúo por
instinto, sin permitirme pensar en las consecuencias.
—¡BATMAN! —grito al mismo tiempo que abalanzo hacia padre de Zander.
Colisiono contra él, el duro impacto de mi cuerpo atlético contra el suyo, quita todos
los pensamientos de mi cabeza, a excepción de uno, espero que Zander me oyera. Que
me entendió y que está corriendo para salvarse porque acabo de sellar mi destino si no
tengo éxito.
El sonido es ensordecedor.
El gatillo del arma es detonado.
Su cuerpo se mueve hacia atrás por él impacto.
Mi grito, un sonido primitivo que escucho, pero ni siquiera lo reconozco como
mío. Luego se detiene. Me quedo sin aire ya que caemos con fuerza al suelo. Estoy
momentáneamente aturdida, mi cuerpo, mi mente, mi corazón, mientras aterrizo
encima de él, antes de tratar de luchar por escapar. Tengo que conseguir el arma, tengo
que asegurarme que Zander se ha ido. Me quito de encima del repugnante hombre
debajo de mí, todavía luchando. Mi único pensamiento es consigue el arma, consigue
el arma, consigue el arma, mis manos se deslizan en la superficie debajo de mí. Me
alejo cuando el pánico y el dolor me invaden. Aterrizo con un golpe seco en mi culo,
la fuerza sacude todo el camino hasta mi columna vertebral y quita la conmoción de
mi mente.
Pierdo mi enfoque en el hombre, mientras miro la sangre en mis temblorosas
manos. Encuentro la sangre cubriendo mi camiseta con la mascota del equipo de Ricky
impreso en el frente. Mi mente trata de comprender, frenéticamente busca la acción
que debería estar tomando porque la vista, demasiada sangre, me está haciendo
marear.
Estoy confundida.
Tengo miedo.
Mareada.
Mi mundo se vuelve negro