Oh, amigo, ¡estoy tan orgullosa de ti! —Peleo contra la ola de
culpa que rueda sobre mí. Echaba de menos ayudar a
estudiar a Connor para una prueba en su más temido tema
de matemáticas—. ¡Sabía que podías hacerlo!
—¡Acabo de utilizar ese pequeño truco del que me hablaste y funcionó! —El
orgullo en su voz trajo lágrimas de alegría a mis ojos y al mismo tiempo de dolor por
no estar allí.
—¡Te dije que lo haría! Ahora ve a prepararte para el béisbol. ¡Estoy segura de
que Jax te está esperando ya! —Él ríe diciéndome que tengo razón—. Te prometo que
te veré un poco más tarde en la semana, ¿de acuerdo?
—Okay. Te quiero.
—¡Yo también te quiero, amigo!
Cuelgo y miro hacia el patio mientras la risa se filtra por encima del estruendo
de los saludos, años de valiosa amistad rompen a través del mal humor de Pedro. Estoy
muy agradecida con Beckett por visitarnos. Oyéndolos entonar otra carcajada, y por
mucho que me gustaría ser la única que ponga una sonrisa en la ceñuda cara de Pedro
de otra manera, estoy agradecida de que esté ahí.
Los mendigos no pueden elegir.
Los veo tintinear los cuellos de sus botellas de cerveza sobre algo y suspiro alto,
deseando que la tensión entre Pedro y yo se vaya. Estoy segura de que es porque los
dos estamos sexualmente frustrados. Necesitando, queriendo y deseando cuando la
tentación está justo debajo de nuestros dedos, pero no poder tomar y devorar, es brutal
en todo el sentido de la palabra.
Y sí, sus más hábiles dedos me trajeron una pequeña onza de liberación que
necesitaba anteanoche, pero no es lo mismo. La conexión se realizó pero no se
cimentó, porque cuando Pedro está en mí, literalmente, me estira en cada
profundidad imaginable, también estoy completamente llena en todos los sentidos de
la palabra. Él me completa, me posee, me ha arruinado para cualquier otra persona.
Me siento más cerca de él en este momento por pasar tanto tiempo con él y sin
embargo, estoy más lejos. Y lo odio.
Me sacudo mi misma de mi fiesta de lástima y pienso en cómo las cosas podrían
estar mucho peor en estos momentos. Me deslizo en mis zapatos y me dirijo a la terraza
para tomar aire fresco. Camino entre los sillones de Pedro y de Beckett y me siento
en uno propio, enfrentándolos.
Detrás de las gafas de sol tomo la vista delante de mí y sé que no hay otra mujer
en el mundo que no quiera estar en mi lugar en este momento. Ambos hombres están
relajados, vestidos con pantalones cortos, con gorras y gafas de sol. Dejé que mis ojos
vagaran perezosamente con más de un amplio reconocimiento por las definidas líneas
de sus torsos desnudos y combatiendo la sonrisa que quiere tirar de las comisuras de
mi boca.
—Bueno, si no es Florence Nightingale —Beckett jala en esa lenta, cadencia de
él mientras lleva la botella a los labios.
—Bueno, creo que si fuera la señora Nightingale, estaría diciéndole a mi
paciente, el Sr. Alfonso aquí, que probablemente no debería beber alcohol con todos
los medicamentos para el dolor que corren a través de su sangre.
—Más bien como la enfermera Ratchet —Pedro resopla, mirándome desde
debajo de la sombra de sus ojos verdes que corren sobre la longitud de las piernas
estiradas en la tumbona frente a mí. Un dardo rápido de su lengua por sus labios me
dice que quiere hacer mucho más que mirar.
—La enfermera Ratchet, ¿eh? —pregunto mientras deslizo mi pie hacia arriba y
abajo de la pantorrilla de una de mis piernas tratando de no sentirme insultada.
—Sí —dice él, frunciendo los labios mientras sus ojos miran la parte superior de
su botella de cerveza—. Si me diera lo que realmente quiero, sería capaz de
recuperarme mucho más rápido. —Levanta las cejas hacia mí, la sugerencia de sus ojos
me devora.
—Bueno, mierda —jura Beckett—. Si no estoy tratando de poner a los dos juntos
de nuevo, estoy malditamente tratando de mantenerlos aparte.
—Malditamente -Pedro jala hacia Beckett—. Ahora esa es una palabra.
Becks solo resopla una risa y pone los ojos en blanco.
—Definitivamente una buena palabra de verdad.
Pedro rompe nuestro contacto visual por primera vez y agacha la cabeza para
mirar a su más viejo y mejor amigo.
—Ten la seguridad, hermano, que cuando el doctor me dé de alta, nada y me
refiero a nada, se interpondrá entre Paula y yo durante mucho maldito tiempo, a
excepción quizá de un cambio de sábanas.
Mis mejillas arden rojas por su franqueza, pero mi cuerpo se aprieta con la
promesa de sus palabras. Y no importa lo que Beckett acaba de oír, porque estoy
centrada en las palabras de largo, maldito tiempo.
—Tomo nota —dice Becks mientras da otro tirón de su cerveza.
—Tengo que ir a mear —dice Pedro, empujándose a sí mismo desde la tumbona.
Como he aprendido a hacer en mis últimos días, me obligo a permanecer sentada
mientras pedro lucha momentáneamente con su falta de equilibrio y el repentino
mareo que sé que lo asalta. Después de unos momentos, parece firme y coloca la botella
de cerveza en la mesa junto a él. Sobre un pie de la mesa, a la derecha de Pedro el
agarre de su mano cede y la botella traquetea a la cubierta inferior.
Los ojos de Becks parpadean a los míos por un momento, la preocupación pasa
por ellos antes de que se ría y finja no darse cuenta.
—¡Fiesta tonta! —ríe—. Creo que la enfermera Ratchet solo podría estar en algo
que se refiere a la mezcla de todos los medicamentos con alcohol.
—Vete a la mierda —lanza él por encima de su hombro mientras se vuelve hacia
la casa—. ¡Solo por eso agarraré otra! —Miro a Pedro caminar a la cocina y cuando
cree que nadie está mirando, mira hacia abajo a su mano y trata de hacer un puño de
ella antes de sacudir la cabeza.
—¿Cómo le va?
Me vuelvo hacia Becks.
—Los dolores de cabeza son cada vez menos, pero se siente frustrado. Se
mantiene encontrando pequeñas cosas aquí y allá que no puede recordar. Y se siente
encerrado. —Me encojo de hombros—. Y sabes cómo se pone cuando se siente
encerrado.
Beckett revienta una respiración ruidosa con un movimiento de cabeza.
—Tiene que volver a salir a la pista tan pronto como sea posible.
Lo miro fijamente, con la boca laxa.
—¿Qué? —Se desliza de entre mis labios, sintiendo una punzada de traición con
sus palabras. Este es su mejor amigo. ¿No quiere mantenerlo a salvo? ¿Mantenerlo con
vida?
—Bueno, dices que se siente confinado... la pista es el lugar en el que siempre ha
sido libre de todo —dice Becks, sosteniendo mi mirada atónita—. Además, si no se
pone pronto al volante, permitirá que el miedo se lo coma, incrustándose en su cabeza
y malditamente paralizándolo y cuando piense en realidad que puede volver a entrar
en el coche, será un peligro para sí mismo.
Soy una persona inteligente y tal vez si no estuviera tan sorprendida por el
primer comentario de Beckett, realmente escucharía lo que está diciendo, vería toda
la imagen, pero no lo hago.
—¿De qué estás hablando? Desde que ha estado en casa todo de lo que se ha
estado quejando es de ir de regreso a la pista.
Él solo sonríe y aunque no es condescendiente, siento como si mi espalda
estuviera contra la pared aquí y aprieto los dientes al oír el sonido.
—Maldita sea, sí que está asustado, Pau. Asustado como una maldita calabaza. Si
no fuera la mano que utiliza como excusa, sería otra cosa... y tiene que superarlo. Si no
lo hace, el miedo solo se lo comerá vivo.
Mi mente trota de nuevo a la última semana. Cosas que Pedro ha dicho acerca
de las carreras. Acciones que contradicen las palabras que está diciendo y empiezo a
darme cuenta de que Beckett tiene razón.
—Pero ¿qué pasa con mi miedo? —No puedo evitar la desesperación que ata mi
voz.
—¿Crees que no tengo miedo? ¿Qué será fácil para mí también? —La mordida
en la voz de Becks hace que vuelva a mirarlo—. ¿Crees que no voy a volver a vivir esos
segundos una y otra vez en mi mente cada vez que acelere en ese coche? ¿Cada vez
que vuele por la rampa? Joder, Pau, casi lo perdí también. No creas que esto será fácil
para mí porque no lo será. Esto será jodidamente brutal , pero es lo mejor para Pedro.
—Se levanta del asiento y se acerca a la barandilla, con las manos extendidas para
sostenerse a sí mismo mientras se apoya en ellos—. Hasta que llegaste tú era lo único
que le importaba. La única cosa que lo mantenía malditamente cuerdo. —Sopla un
suspiro mordido—. Es lo único que conoce. —Se vuelve hacia mí, con los ojos ocultos
detrás de sus pestañas—. Así que sí, necesita llevar su trasero a la pista y seré su más
grande puto animador, pero no dejes que eso te engañe en el pensamiento de que mi
corazón no estará corriendo cada maldito minuto que él esté ahí afuera.
Mis ojos lo siguen mientras pasea a un extremo del patio para dejar su agitación
y luego de vuelta hacia mí antes de agarrar su botella y girar el extremo hacia arriba,
derribando el resto de su cerveza.
—Correr es alrededor del ochenta por ciento mental y el veinte por ciento de
habilidad, Paula. Tenemos que meter su cabeza de nuevo en el juego; pensando que
está listo, entonces estará listo.
Veo la lógica detrás de su razonamiento, pero eso no quiere decir que no estoy
muerta de miedo.
***
Levanto la cara para atrapar a los últimos rayos de sol antes de que se disipen y
se hundan en el horizonte. Tarareo junto a Collide tocándose suavemente en los
altavoces al aire libre mientras mi mente se distrae con Beckett y nuestra
conversación, en cómo me voy a sentir viendo a Colton ponerse al volante de nuevo
y que tenga tanto miedo como yo.
—Oye, ¿qué haces aquí sola? —la voz rasposa de Pedro tira de mí en todos los
niveles, y abro los ojos para encontrarlo mirándome desde mi lugar cómodo en la
tumbona. El calor se extiende a través de mí cuando veo el pliegue de la almohada al
lado de su mejilla y no puedo evitar preguntarme cómo sería de pequeño.
—¿Tuviste una buena siesta? —Él se sienta a mi lado, pero a propósito no se
mueve demasiado lejos para que pueda acurrucarme más cerca de él.
Él envuelve sus brazos alrededor de mí y me tira.
—Sí, me quedé fuera —se ríe dándome un beso en la parte superior de mi
cabeza—. Pero no más dolor de cabeza por lo que todo está bien.
—No puedo imaginar por qué tendrías cualquier tipo de dolor con la cantidad
de cerveza que te bebiste.
—Listilla.
—Prefiero ser listilla que tonta.
—¿No estamos peleoneros esta noche? —dice mientras me hace cosquillas en las
costillas—. Sabes lo que me hacen las luchadoras, nena y estoy seguro como la mierda
que me vendría bien ahora mismo.
Me retuerzo de su agarre.
—Buen intento, pero lo más probable es que solo tengamos un par de días más y
luego seré cualquier tipo de luchadora que quieras que sea —le digo con un
levantamiento de mis cejas mientras sus dedos se mueven y alisan mi espalda.
—No le prometas cosas así a un hombre tan desesperado como yo, si no cederás,
cariño.
—Oh, no te preocupes, Ace —digo, acurrucándome de nuevo en él—. Te
entregaré camionadas de peleadoras, siempre y cuando sepa que vas a estar bien.
Pedro no dice nada, más bien hace un sonido sin compromiso en respuesta. Nos
instalamos en un cómodo silencio por un rato y le doy la bienvenida, porque es la
primera vez en los últimos días donde no hay esa tensión inexplicable vibrando entre
nosotros. Mientras el sol se hunde en las olas del mar suspiro por la noche que se
acerca, mi mente comienza a vagar de nuevo a mi conversación con Becks. Y siendo
yo, tengo que preguntar, tengo que conocer los pensamientos de Pedro sobre las
carreras de nuevo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Mmm-hmm —murmura en la corona de mi cabeza.
Dudando primero, porque no quería que pareciera como cualquier pensamiento
si no lo es ya, pero lo pregunto de todos modos.
—¿Tienes miedo de volver a la pista? ¿De correr de nuevo? —Las palabras salen
corriendo y me pregunto si puede escuchar el temor que subyace en mi tono.
Su mano se detiene momentáneamente en su caminata por mi columna antes de
continuar y sé que toqué algo con lo que no está completamente cómodo hablando o
admitiendo. Suspira hacia el silencio que le di.
—Es difícil para mí explicarlo —dice antes de moverse por lo que estamos al lado
del otro, nuestros ojos se reúnen. Sacude la cabeza sutilmente y continúa—. Es como
que tengo miedo y lo necesito todo al mismo tiempo. Esa es la única manera en que
puedo decirlo.
Puedo sentir su malestar por lo que hago lo que mejor sé hacer, trato de calmarlo.
—Te lo imaginaste conmigo.
La confusión parpadea en sus ojos.
—¿Qué quieres decir?
No tenía ninguna intención de traer la conversación aquí, hacerle sentir
incómodo al hablar del “nosotros” que estaba allí antes del accidente. El “nosotros” con
el “te amo” que no recuerda. Extiendo la mano y descansándola al lado de su
mandíbula sin afeitar y me aseguro de que tengo su atención antes de hablar.
—Temías y sin embargo lo necesitabas... —Mi voz se desvanece.
Él jala una bocanada de aire mientras las emociones parpadean a través de sus
ojos. Sus labios se fruncen momentáneamente. El silencio mezclado con la intensidad
de sus ojos me enerva. Puedo oír el atoramiento de su aliento, el sonido del océano, el
golpe de mi corazón en mis oídos y sin embargo, el silencio de él. Él mira hacia otro
lado y me preparo, para qué, no estoy segura. Pero cuando me mira, da una tímida
sonrisa lenta hasta una de las esquinas de su boca y él asiente en aceptación.
—Tienes razón, te necesito.
Partes en lo profundo se hunden en el alivio de que por fin reconozca nuestra
conexión. Que la acepte.
Y no me importa que no me diga que me ama, porque esto, el hecho de que me
necesite, es más de lo que podía haber esperado.
Él lleva una mano con suavidad para tomar el lado de mi cara y pasa su pulgar
por mi labio inferior.
Se inclina y susurra sus labios sobre los míos con ternura antes de besar la parte
superior de mi nariz. Cuando se va hacia atrás veo la sonrisa maliciosa en su rostro.
—Ahora es mi turno.
—¿Tu turno? —pregunto mientras sus dedos juegan sobre los botones de mi top.
—Sip. Es tiempo de preguntas y de respuestas, Pauli, y es tu turno en el
banquillo.
—Me gustaría un giro en tu punto de mira —le digo de nuevo a él, ganándome
el relámpago de sonrisa rápida que tira de todas las hormonas de mi cuerpo como un
imán.
—Ten cuidado, cariño, porque soy un caso andante de bolas azules que no quiere
nada más que estar enterrado en la línea de meta entre tus muslos. —Mientras habla,
se inclina, lo suficientemente cerca como para besarme pero no me concede una.
Hablando acerca dulce tortura. Cuando habla seguidamente, su aliento acaricia mis
labios—. Será mejor que no pruebes mi compostura.
Cada parte de mi cuerpo se angula al de él, quiero, necesito retarlo, pero él
demuestra que todavía tiene control cuando se ríe con una carcajada dolida.
—Mi turno. ¿Por qué no has visto a los chicos todavía?
De todas las preguntas que me podía haber hecho, no esperaba esa. Tengo que
mirarlo un poco conmocionada porque tiene razón. Quiero desesperadamente ver a
los chicos, pero no sé cómo verlos sin llevar el circo conmigo. El circo que sus vidas ya
frágiles no necesitan y no pueden manejar.
—Tú me necesitas más en este momento —le digo, porque no quería darle la
razón exacta, para que no tuviera algo además de la recuperación de lo que
preocuparse.
—Eso es mentira, Pau. Soy un chico grande. Puedo estar solo por la noche. Nada
me pasará. —Pero, ¿qué si lo hace? ¿Qué pasa si me necesitas y no hay nadie aquí y
algo horrible te sucede?
—Sí... Yo solo… —me callo, necesitaba decirlo y al mismo tiempo no quería
ofenderlo—. No quiero tu mundo a punto de chocar con el de ellos. No necesitan
cámaras en sus rostros diciéndoles que son huérfanos, que nadie los quiso o cualquiera
de las secuelas que estoy segura vendrían con eso.
—Pau, mírame —dice mientras levanta mi barbilla para mirarlo a los ojos—. ¿Tú
y yo? No quiero que, yo, la locura en torno a mi vida, la prensa o lo que sea, se
interponga entre tú y los chicos. Ellos son lo importante y entiendo eso más que la
mayoría.
Entre decirme que me necesita y después esta declaración, juro que podría
haberme ganado la lotería y no importaría porque esas dos cosas me hacen la persona
más rica del mundo. Él realmente me tiene. Capta que mis chicos me hagan quien soy
y que con el fin de estar conmigo, tiene que quererlos. Beckett dice que soy el
salvavidas de Pedro, pero creo que acaba de demostrar que es en ambos sentidos.
Me trago el nudo de lágrimas en mi garganta, mientras continúa mirándome
fijamente, para asegurarse de que oigo lo que está diciendo. Gimo en acuerdo, mi voz
despojada de emoción.
—Ya se me ocurrirá algo —dice, inclinándose para rozar un beso en mis labios—
. Me aseguraré de que vayas a ver a los chicos pronto sin interferencia, ¿de acuerdo?
Asiento y luego me acurruco a mí misma en él mientras mi mente da vueltas con
numerosas preguntas cuando una salta hacia mí.
—Mi turno —le digo, deseando y temiendo la respuesta a la pregunta.
—Mmm-hmm.
—Esa primera noche… —Hago una pausa, indecisa sobre cómo hacer la
pregunta. Decido bajar de cabeza y espero estar en la parte más profunda—. ¿Qué
estabas haciendo con Bailey en la alcoba antes de que me encontraras?
Pedro ladra una carcajada seguida de una maldición y creo que está un poco
sorprendido por mi pregunta.
—¿Realmente quieres saberlo?
¿Quiero hacerlo? Ahora no estoy tan segura. Asiento y cierro los ojos en
preparación para la explicación que vendrá.
—Caminé detrás del escenario para tomar una llamada de Becks —Se ríe—.
Mierda, al minuto que colgué ella estaba en mí como una víbora. Me había despojado
de mi chaqueta, la parte delantera de su vestido con la cremallera bajada y su boca en
la mía más rápido que... —Se desvanece mientras trato de no reaccionar a las palabras,
pero sé que siente mi cuerpo tensarse porque presiona un beso en la parte superior de
mi cabeza para tranquilizarme—. Créeme, Paula, no fue como suena.
—¿En serio? ¿Desde cuándo el hombre infame con las damas, Pedro Alfonso,
rechaza una mujer dispuesta? —No puedo ocultar el sarcasmo en mi voz. A pesar de
que hice la pregunta, todavía me duele escuchar la respuesta—. Además, pensé que te
gustaban las mujeres que tomaban el control.
Él se ríe de nuevo.
—No hay necesidad de sentir celos, cariño... a pesar de que ella es un poco
caliente como tú. —Levanto mi dedo, contenta de que esté tratando de suavizar el
golpe de la verdad y en lugar de alejarse, solo se aferra a mí con más fuerza—. Y solo
dejé que una sola mujer tome el control porque es la única persona que a alguna vez
importó.
Arrugo la nariz mientras mi corazón suspira por el comentario, pero mi cabeza
se pregunta si él solo trata de ejercer su auto-preservación. El cinismo gana.
—Hmpf —soplo hacia fuera—. Creo que oí dulce Jesús salir de tu boca y no
déjame.
Siento el cuerpo de Pedro estremeciéndose mientras se ríe de esa manera de
cuerpo completo que amo.
—Piensa en ello más como ser comido vivo por una piraña con dientes
embotados. ―No puedo evitar la risa que brota por su comentario y solo muevo la
cabeza—. No, en serio —dice—. En el momento en que pude jalar aire, eso fue lo
primero que salió de mi boca porque los besos de la mujer eran como de un puto
bulldog. —No puedo parar de reír ahora, mis celos se bajan hacia el alivio—. Y lo más
gracioso fue que en ese momento mi mamá llamó para ver cómo iban las cosas, y sin
saberlo, me rescató de sus garras.
—¿Quieres decir de su vagina vudú?
—Mierda no —se ríe—. Tú, cariño, eres mi vagina vudú. ¿Bailey? Fue más como
una vagina piraña.
Nos reímos un poco más mientras sus analogías se vuelven más y más divertidas
y entonces dice:
—Está bien, entonces... —Hace senderos con un dedo por la piel desnuda de mi
brazo dejando diminutas chispas de electricidad a su paso—... ¿Ace?
Estaba esperando la pregunta y solo me aparto de él y niego.
—¿Gastarás tu próxima pregunta al respecto? Estarás muy decepcionado —
Retuerzo mis labios y lo miro—. ¿No quieres saber algo más?
—¡Deja de estancarme, Chaves! —Sus dedos se clavan en mis costillas y me
retuerzo tratando de evadirlos.
—Detente —le digo mientras sigo retorciéndome—. ¡Está bien, está bien! —
Pongo mis manos en alto y él se detiene justo antes de que empuje sus hombros—.
¡Tyrant! —Me hace cosquillas una vez más por si acaso y luego gruñe mientras trato
de explicarme—. Lina tiende a tener una ridícula inclinación por los chicos malos
rebeldes. —Me detengo a mitad de frase mientras levanta las cejas hacia mí.
—Hablando de la paja en el caldero negro, ¿eh? —Puedo verlo tratando de quitar
la sonrisa de su cara.
—Te dije aquella noche en el carnaval que no salgo con chicos malos.
—Oh, nena, definitivamente me lo hiciste a mí.
Ni siquiera peleo con la risa que sale, porque la engreída, sonrisa pícara está de
vuelta en su cara, iluminando sus ojos y solidificando el robo de mi corazón.
—Claro que sí, pero eres definitivamente la excepción a la regla —le digo con
una sonrisa.
—Como tú eres la mía —dice, y pienso en cómo de fácil parece ser para él decir
esas cosas ahora cuando hace un mes nunca pensé que sería una posibilidad. Se inclina
hacia adelante y pasa sus labios contra los míos, su lengua profundizando entre ellos
para probar y tentar. Me quejo, insatisfecha, cuando se aleja.
—Ahora me darás respuestas, mujer. ¿Ace? —dice con un aumento de cejas.
—Está bien, está bien —me ablando, aunque todavía estoy muy distraída por lo
cerca que los labios de Pedro están de los míos y cuánto ansío una probada más a pesar
de que mis labios todavía están calientes de los suyos—. Como dije, Lina va por los
hombres tatuados destinados a romperle el corazón. Algunos son buenos con ella, la
mayoría no. Max y yo siempre nos reíamos de la puerta giratoria de rebeldes que la
rodeaban. En la universidad salía con este tipo llamado Stone. —Asiento cuando
Pedro niega, asegurándose de que me escuche correctamente.
—Sí, Stone era en realidad su nombre. De todos modos, el tipo era un idiota,
pero Lina estaba locamente lujuriosa por él. Una noche, él la dejo plantada por sus
muchachos y cuando nos sentamos con una botella de tequila y una bolsa de besos
Hershey, le dije que era un “verdadero as en el agujero” el que había elegido en este
momento. Una cosa llevó a la otra, y luego a otro trago. —Me río del recuerdo de hace
tantos años—. Y cuanto más bebíamos, más decidíamos hacer a Ace representar algo...
pensábamos que éramos hilarantes con nuestras conjeturas y una vez que nos
decidimos por el perfecto para Stone, no pudimos evitar reír nerviosamente. Más tarde
esa noche, después de que se había ido fuera de la ciudad con sus amigos, se presentó
en la puerta y cuando Lina respondió, le dijo: “Oye, Ace!” Y el apodo se le quedó.
Él pensó que se lo decía porque era un as en la cama cuando realmente quería decir
que era un ególatra, arrogante engreído. —Los ojos de Pedro se encuentran con los
míos cuando finalmente le doy lo que quiere saber—. Y de ahí en adelante, cada vez
que salía con un chico que era como Stone, lo llamaba Ace.
Él solo me mira por un segundo antes de asentir sutilmente.
—Hmpf. —Es todo lo que dice luego de un movimiento, con expresión estoica e
inexpresiva. Me muerdo el labio inferior entre los dientes mientras espero y luego una
lenta sonrisa perezosa se curva en una de las esquinas de su boca—. Todavía es un
encuentro casual para mí, pero supongo que me gané ese título la primera noche que
nos conocimos.
Resoplo.
—Umm, sí, puedes decir eso otra vez.
—No pateas a un hombre herido cuando está abajo. —Pone mala cara con fingida
tristeza y me apoyo en él y acaricio mis labios contra los suyos.
—Pobre de ti —le canturreo.
—Sí y solo porque sientes lástima por mí, vas a dejarme hacer otra pregunta.
¿Qué otro recuerdo me estoy olvidando que no me estás diciendo?
Juro que mi corazón salta y se aloja en mi garganta. Trato de no desfallecer.
Trato de no mostrar el descanso de mi zancada figurativa, lo que sin duda le dice que
sé algo que él no.
—Buen intento Ace —bromeo, tragando e imaginándome que la distracción es
clave en este punto.
Bajo mis labios y doy pequeños besos de picotazos por su cuello y pecho y al
instante sé mi próxima pregunta. Probablemente no debería preguntarle eso, sabiendo
que es una zona prohibida y realmente tengo la intención de preguntar sobre la cosa
de los cuatro golpes en el capó del coche, pero la pregunta está fuera de mi boca antes
de que pueda detenerla.
—¿Qué significan tus tatuajes? —Siento que se le atora el pecho por un momento
al mirar hacia arriba y mirarlo a los ojos—. Es decir, sé lo que representan los
símbolos... pero ¿cuál es su significado para ti?
Me mira, con tumulto en sus ojos y una mueca de incertidumbre.
—Pau... —Mi nombre es una exhalación en sus labios, mientras trata de encontrar
las palabras para expresar las emociones en conflicto bailando a un ritmo rápido a
través de sus iris.
—¿Por qué te los hiciste? —le pregunto, pensando que tal vez podría cambiar de
marcha, cualquier cosa para deshacerse del miedo parpadeando en ellos.
—Pensé que tenía cicatrices de forma permanente en el interior, viviendo con
ellos todos los días, un recordatorio constante que nunca se va, que bien podría dejar
cicatrices en mí mismo en la parte exterior también. —Mueve sus ojos de los míos con
una respiración profunda y mira hacia el océano—. Les muestra a todos que a veces lo
que piensas que es un paquete perfecto está lleno con nada más que bienes dañados y
cicatrices irreparables. —Su voz se quiebra en la última palabra y con ella también lo
hace un pedacito de mi corazón. Sus palabras son como ácido comiéndose mi alma.
No puedo soportar la tristeza que lo embarga así que tomo las riendas. Quiero
que vea que lo que sea que representan los tatuajes, no importa. Mostrarle que solo él
podía tomar lo que consideraba un desfiguración invisible y hacerla visible, un
hermoso arte. Explicarle que las cicatrices dentro y fuera carecen de importancia
porque es el hombre quien las lleva, quien las posee, lo que es importante. Es el hombre
del que me enamoré.
Y no estoy segura de cómo mostrarle eso, así que me muevo por instinto,
tocándole el brazo para que lo levante. Muy lentamente me inclino hacia adelante y
presiono mis labios en el símbolo más alto, en el celta que representa la adversidad.
Siento la vibración en su pecho debajo de mis labios mientras trata de controlar el
torrente de emoción que lo inunda, cuando me muevo muy lentamente hacia abajo al
siguiente: la aceptación.
La idea de que nadie debería tener cicatrices en sí mismo permanentemente por
aceptar horrores que no pueden incluso resolver, me golpea duro. Dejo mis labios
presionados contra el recordatorio artístico y cierro los ojos para que no vea las
lágrimas saliendo de ellos. Para que no las confunda con lástima. Pero luego me doy
cuenta de que quiero que él las vea. Quiero que sepa que su dolor es mi dolor. Que su
vergüenza es mi vergüenza. Que su adversidad es mi adversidad. Su lucha es mi lucha.
El hecho de que ya no tiene que luchar solo, con un cuerpo y alma manchados
de vergüenza silenciosa.
Mientras levanto mis labios del símbolo de aceptación y me muevo hacia abajo
al de curación, miro hacia él a través de mis ojos empañados de lágrimas. Sus ojos están
en los míos y trato de verter todo de mí misma en nuestra conversación visual.
Te acepto, le digo.
Todo de ti.
Las piezas rotas.
Las partes torcidas.
Las llenas de vergüenza.
Las grietas donde la esperanza se filtra.
El niño pequeño acurrucado de miedo y el hombre adulto aun sofocándose en
su sombra.
Los demonios que lo acechan.
Su voluntad de sobrevivir.
Y su espíritu de lucha.
Cada parte de ti es lo que amo.
Lo que acepto.
Lo que quiero ayudar a sanar.
Juro que ninguno de nosotros respiramos en este intercambio en silencio, pero
puedo sentir las paredes derrumbándose alrededor del corazón que late debajo de mis
labios. Las puertas una vez protegidas están ahora obligadas a separarse con los rayos
de esperanza, el amor y la confianza que lo atraviesan. Las paredes se derrumban
dejando a otra persona entrar por primera vez.
El impacto absoluto del momento hace que las lágrimas caigan y se arrastren por
mi mejilla. La sal en mis labios, su aroma en mi nariz y el trueno de su corazón me
rompe y me pone de vuelta junta en una magnitud de maneras.
Él aprieta sus ojos con fuerza, luchando contra las lágrimas y antes de que los
abra, se está estirando hacia abajo y tirando de mí hacia arriba para que quedemos a
nivel de nuestros ojos. Puedo ver los músculos de su mandíbula hacer tic y veo la pelea
verbalizarse en sus ojos. Nos sentamos así un momento mientras le permito el espacio
que necesita.
—Yo... —comienza y entonces su voz se desvanece, bajando sus ojos por un
instante antes de levantarlos de nuevo hasta los míos—. No estoy dispuesto a hablar
de ello todavía. Es simplemente demasiado y por más de que todo está claro en mi
cabeza, en mi alma y en mis pesadillas, decirlo en voz alta, cuando nunca lo hice, es
solo...
Mi corazón se astilla por el hombre que amo. Se rompe en putos fragmentos los
más pequeños posibles por los recuerdos que solo pusieron esa mirada perdida,
apologética, vergonzosa en sus hermosos ojos. Extiendo mi mano y tomo su mandíbula
tratando de suavizar el dolor grabado en las magníficas líneas de su cara.
—Shh, está bien, Pedro. No es necesario explicar nada. —Me inclino y le doy
un beso en la punta de su nariz como lo hace él conmigo y luego descanso mi frente
contra la suya—. Sabes que estoy aquí para ti si lo deseas.
Él exhala un suspiro tembloroso y tira de mí más contra él, tratando de hacer
que me sienta segura y a salvo cuando debería estar haciendo eso por él.
—Lo sé —murmura en la noche oscureciéndose—. Lo sé.
Y no se me pierde que me dejó besar todos sus tatuajes, expresar mi amor por
todos los símbolos de su vida, a excepción del que denota venganza.
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