Pedro me mira y me sonríe mientras saca su camisa de la suerte por su cabeza y la tira al sofá detrás de él. Dios mío. El hombre sabe cómo sacarme el aire. Se para delante de mí, tan arrogante con esa sonrisa de pecado extendiéndose en su boca, y sus ojos reflejan todas las cosas sucias que le encantaría hacerme en este momento. Y esos pensamientos no son del todo no correspondidos.
—¿Beso de buena suerte? O buena suerte… —dejo que mis palabras hallaran su camino, levanto mis cejas hacia él, mis ojos lamiendo un camino sobre su piel bronceada y las líneas definidas de su torso desnudo y se detienen en esos labios completamente devastadores. Detengo mi mirada en las chispas verdes que hace cuando me mira apreciándome en sus ojos.
Él extravagantemente levanta su ceja mientras desata las mangas sueltas de su traje de fuego alrededor de su cintura.
—¿Buena suerte el que? —bromea el mientras da un paso hacia mí y se inclina, apoyando sus manos a ambos lados de los brazos de mi silla.
Levanto la mirada hacia él y me siento a un millón de millas de distancia de donde estuvimos los dos hace veinticuatro horas. Me siento como si hubiera sido un mal sueño, pero estoy extrañamente contenta de que no lo sea. Hay algo entre nosotros, una facilidad o satisfacción, supongo que nos ha demostrado que podemos salir del paso. Que podemos luchar, amar y menospreciar, pero al final, podemos encontrarnos de nuevo. Que podemos usar el placer de cada uno para enterrar el dolor.
—No estoy segura…. Nunca he hecho esto antes de una carrera… —Sonrío mientras lo tiento, tomar lo que ahora es realmente mío, y mis dedos se burlan
en su pecho haciéndole cosquillas a lo largo de su mandíbula encontrando su camino hacia su cabello.
Él baja su cabeza y captura mi boca con una lánguida exploración de su lengua contra la mía. Mis dedos se deslizan sobre su piel. El murmullo de aprobación en lo profundo de su garganta. Mi suave suspiro que inspira a profundizar el beso. Me muestra lo que siente por mí con una urgencia subyacente y veneración completa.
Unos golpes en la puerta del tráiler hacen que me aleje de Pedro y él jura una de sus palabras favoritas mientras me mira. Yo levanto la mirada hacia él y permito que las emociones fluyan dentro de mí, le damos la bienvenida a que esto siga siendo un sueño. Mi dolorosamente guapo granuja se levanta antes de mí. Realmente es mío.
—¿Hora de iniciar? —le pregunto con un suspiro.
—Tiempo de alzar la bandera, nena.
Él sonríe y da un último beso casto contra mis labios. Yo lo atrapo sorprendiéndolo por el lado posterior de su cuello y deslizo mi lengua entre sus labios simplemente tomando. Tomando todo lo que necesito y he querido pero con demasiado miedo para pedirlo en los últimos meses. Y aunque lo agarro por sorpresa, lo da sin pestañear, sin cuestionar. Yo termino el beso y lo tiro hacia atrás un poco para mirarlo a los ojos, diciéndole sin palabras lo mucho que me da. Una sonrisa acecha en sus labios, su hoyuelo solitario que me encanta lamer, y el simplemente sacude su cabeza hacia mí, tratando de averiguar de qué trataba todo esto.
—Tiempo de alzar la bandera, nene.
Le sonrió mientras me levanto de la silla. Llego a su espalda y le doy una nueva camiseta, una adherida camiseta, para que la lleve debajo de su traje de fuego ahora que la camiseta de la suerte ha sido usada una supersticiosa cantidad de tiempo asignado. Miro el reloj y me llama la atención que los nervios comienzan a revolotear cuando me doy cuenta de que solo queda un pequeño tiempo antes de que arranquen los motores, mientras él parece tranquilo y sereno.
—No te preocupes —dice Pedro trayéndome de regreso al aquí y ahora, sin darse cuenta de que yo tengo presionada mi mano en el montón de mariposas de mi estómago—. Los nervios me golpearán en el minuto que salgamos de aquí.
El señala mi estómago y luego asiente mientras pone una gorra en su cabeza. Su gorra de la suerte. Y sonrío suavemente cuando me doy cuenta que es la misma que llevaba en nuestra cita para el carnaval.
El Señor-Yo-estoy-tan-seguro-de–mí mismo, llevaba su casco de la suerte en nuestra primera cita oficial. Como si mi corazón pudiera aguantar más.
—¿Estás lista? —pregunta mientras camina unos pasos y luego se gira y sostiene su mano hacia mí.
—¿Hey, Ace?
Pedro se detiene en la puerta entreabierta y me mira curioso. Hora que le demuestre lo que le espera en la línea de meta. Había encontrado un par de reveladoras bragas negras con cuadros blanco tipo recién casados y con lujurioso encaje para enmarcar mi culo. Las encontré en un pequeño almacén de novedades allá por casa. Con el estado entre las cosas entre Pedro y yo, no estoy segura de por qué incluso las traje al viaje pero, obviamente, con el revés de los acontecimientos de anoche, me alegro de haberlo hecho. Sus ojos se abren mientras desabrocho mi short y muevo mis caderas empujándolo hacia abajo de manera que le sea posible ver una porción del diseño.
—Esta es la única bandera a cuadros que necesitas, cariño.
Su sonrisa se agranda y se olvida de la puerta abierta mientras camina dos pasos hacia mí y hala mi cuerpo contra el suyo. Se detiene un momento y me mira fijamente, con la boca a un susurro de distancia y la emoción brillando en sus ojos antes de que estrelle sus labios con los míos en un beso de pura hambre carnal. Él lo rompe con la misma rapidez que lo inicia y me mira con una sonrisa.
—Puedes apostar tu trasero que esa es una bandera a cuadros que definitivamente reclamaré.
PEDRO...
---Puedo sentirlo.
Esa certeza que te golpea como un tren de carga de mierda cada tantos días en tu vida. La tengo hoy. La siento hoy. Está en el aire que circula a mi alrededor mientras mi cabeza se sacude aquí y allá a través de lo que tengo que hacer hoy cuando llegue a la pista y los neumáticos toquen el asfalto.
Mantenerme alejado de Mason, el hijo de puta lo tiene conmigo. No es como si estuviera agitando una bandera o algo para establecer su puta reclamación. La mala sangre nunca es buena en la pista. Nunca.
Permanecer al máximo y cerrarme a través de los giros dos y tres. Luces bajas. Pedal apretado. Hacerlos caer uno por uno. Sigo repitiendo mis responsabilidades en mi cabeza, una y otra vez. Es mi manera de asegurarme de que no tengo que pensar en la pista. Sólo reaccionar.
Hoy me voy a llevar la bandera a cuadros, y no sólo los de esas malditas bragas calientapollas que tiene Paula. Dulce jodido Jesús, estoy reclamando esa bandera. Pero puedo sentirlo. Todo se siente bien en el mundo y, mierda, quizás estoy siendo una maldita nena, pero ese sentimiento de bienestar, comenzó cuando me desperté con Paula envuelta en mis brazos, su cabeza acariciando debajo de mi cuello, sus labios pegados a mi piel, y su corazón latiendo contra el mío.
Era justo donde se suponía que ella debía estar.
Tomo un bocado de otra de mis supersticiones pre-carrera, una barra de chocolate, y miro hacia arriba para buscarla. Ella está sentada en silencio, fuera del camino en una esquina, y traba sus ojos con los míos inmediatamente. Sus labios forman esa sonrisa tímida que me vuelve mierda de adentro hacia afuera, y en lugar del temor que por lo general serpentea a través de mi sistema, me siento resuelto. A gusto. ¿Podrían darle un maldito látigo de una vez? Pero,
¿sabes qué? Estoy bien con esto porque estoy bastante seguro de que ella será gentil conmigo. No lo usará con muy duramente. Bueno, a menos que yo quiera que lo haga.
—¿Wood? —Me doy vuelta y miro a Beckett.
Ahora, Becks, por otra parte, todavía va a arrancarme el culo y entregármelo en una cesta de mano una vez que el estrés de esta carrera haya terminado y él se dé cuenta de que minutos antes de una carrera yo estoy pensando en mi maldita vagina vudú. Mi maldita Paula.
Le lanzo una sonrisa rápida a Pau antes de pasar a Becks.
—¿Sí? —le digo mientras me levanto y empiezo la rutina de abrochar mi traje.
Preparándome para la carrera.
Preparándome para hacer la única cosa que siempre he querido.
Preparándome para tomar esa puta bandera a cuadros.
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