martes, 9 de septiembre de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 75

El descenso del ascensor se siente como si tardara por siempre mientras que mis cansados ojos y mi corazón dolido obligan a mis pies a estar parada y mis pulmones a respirar. Sabía que superar a pedro sería difícil, absolutamente devastador, pero nunca en un millón de años imaginé que el primer paso sería el peor.
Las puertas se abren. Sé que tengo que apurarme. Tengo que desaparecer porque Pedro va a tratar de encontrarme y alargar esto.
Entonces otra vez, tal vez no lo hará. Quizás consiguió su polvo rápido y me dejó ir. No es como si él fuera fácil de entender y para ser honesta, estoy cansada de intentarlo. Pienso una cosa y él hace otra. Si algo he aprendido estando con Pedro es que no sé nada.
Froto mi cara tratando de secar las lágrimas de mis mejillas pero sé que nada va a suavizar mi apariencia dañada. Y francamente, no me queda nada para preocuparme lo que la gente piense.
Sé que he estado aquí un par de días pero mi mente está tan aturdida que me toma un segundo darme cuenta que camino tengo que seguir para encontrar la entrada principal y tomar un taxi. Tengo que caminar a través de un jardín y luego al lobby principal. Lo veo y empiezo a arrastrarme hacia él, con toda mi maleta llena y pesada. Estoy en un estado adormecido diciéndome que estoy haciendo lo correcto, que he tomado la decisión correcta, pero la mirada en la cara de Pedro mientras se enterraba en mí, tierna, abierta, expuesta, me persigue. No nos podemos dar lo que necesitamos, y cuando lo hacemos terminamos hiriéndonos.
Un pie delante del otro, Chaves, es lo que me vengo diciendo. Mientras me sigo moviendo, mantengo mi cabeza divagando para mantener bajo control al curioso pánico que está justo debajo de la superficie a rebalsar.
Hago unos seis metros en el jardín, vacío a esta hora de la noche, y estoy luchando desesperadamente para seguir en movimiento.

—No la follé.
El timbre profundo de su voz hace que las palabras corten el aire de la noche. Mis pies se detienen. Mi cabeza dice que siga, pero mis pies no. Sus palabras me sorprenden, y aun así, estoy aturdida por todo, por la necesidad de sentir y luego no querer sentir, que no reacciono. ¿No durmió con Tamara? Entonces, ¿por qué dijo que lo hizo? ¿Por qué causó toda esta angustia si nada pasó? En el fondo de mi mente oigo a Lina diciéndome que soy tan terca que no le permití hablar, no le permití explicarse, pero estoy tan ocupada tratando de recordarme respirar que no puedo centrarme en eso. Mi corazón retumba en mi pecho y me siento completamente perdida en qué hacer. Sé que sus palabras deberían aliviarme, pero aún no nos arregla. Todo lo que parecía tan claro, conflictivo pero claro, ya no lo es. Tengo que alejarme pero tengo que quedarme.
Quiero y odio y más que nada, siento.
—No dormí con Tamara, Paula. No con ella ni con cualquier otra que me acusaste —repite. Sus palabras me golpean duro esta vez. Me golpean con un sentimiento de esperanza teñida de tristeza. Nos hicimos esto mutuamente, separarnos y jugar juegos estúpidos para herirnos, ¿y sin ninguna razón? Una lágrima se me escapa y se desliza por mi cara—. Cuando escuché que llamaban a la puerta ese día, sólo tomé un par de jeans viejos de encima. Hacía tiempo que no los usaba.
—Date la vuelta, Pau —dice y no me atrevo a hacerlo. Cierro los ojos y respiro profundamente, las emociones corren descontroladamente y la confusión está en un estado constante de metamorfosis—. Podemos hacer esto de la manera más fácil o difícil —dice, su voz implacable más cerca que antes—, pero sin dudas, será a mi manera. No te vas a alejar otra vez, Paula. Date la vuelta.
Mi corazón se detiene y mi mente se dispara cuando me volteo lentamente para mirarlo. Y cuando lo hago, no puedo evitar perder el aliento. Estamos en un jardín lleno de plantas exóticas con colores explosivos pero de lejos lo más exquisito en mi línea de visión es el hombre que está delante de mí.
Pedro lleva un par de jeans azules y nada más. Sus pies descalzos, su pecho desnudo respirando con esfuerzo, y su pelo goteando con agua que corre en riachuelos por su pecho. Parece como que si literalmente salió de la ducha, notó que no estaba y me persiguió. Da un paso hacia mí, su garganta trabajando nerviosamente mientras traga, y su cara es una máscara de convicción. Es absolutamente magnífico, quita el aliento, pero son sus ojos los que me capturan
y no me dejan ir. Esas hermosas piscinas verdes que sostienen mi mirada, suplicando, disculpándose, rogando, y estoy congelada en el momento.
—Sólo necesito tiempo para pensar, Pedro —ofrezco como justificación por mis acciones.
—¿Qué hay que pensar? —Suspira en voz alta y le sigue una maldición—. Pensé que...
Miro las uñas pintadas de mis pies; recuerdos de no hace mucho tiempo de ellas en su pecho, revolotean por mi mente.
—Necesito pensar sobre nosotros... esto... todo.
Da un paso más cerca de mí.
—Mírame —ordena en voz baja y le debo esto independientemente de lo mucho que temo mirarlo a los ojos. Cuando levanto mi mirada, buscando sus ojos bajo la luz de la luna, veo preocupación, desconfianza, miedo, y mucho más en las profundidades de sus ojos que quiero mirar hacia otro lado, para esconder el daño que estoy a punto de causar, no puedo. Él se merece algo mejor que yo. Su voz es suave cuando habla que apenas lo oigo. —¿Por qué?
Es una sola palabra, pero hay mucha emoción detrás que me toma un minuto encontrar las palabras para responder.
Y es la misma pregunta que tengo que preguntarle.
—Si esto es real, Pedro... se supone que nos complementemos entre nosotros, hacernos mejores personas, no destrozarnos. Mira lo que nos hicimos esta noche. —Trato de explicar—. Las personas que se preocupan por la otra no intentan hacerse daño intencionadamente... esa no es una buena señal. —Niego con la cabeza, esperando que entiendo lo que estoy diciendo.
Su garganta trabaja mientras piensa que decir.
—Sé que hemos hecho un desastre de esto, Pau, pero podemos arreglarlo —suplica—. Podemos llevarnos bien.
Cierro mis ojos un momento, las lágrimas se derraman mientras recuerdo donde estamos y lo que significa mañana.
—Pedro... tienes que concentrarte ahora mismo... en la carrera... podemos hablar después... discutir esto más tarde... ahora mismo tienes que mantener tu mente en la pista donde pertenece.
Niega enfáticamente.

—Eres más importante, Paula.
—No, no lo soy —murmuro mientras alejo de nuevo mis ojos, silenciosas lágrimas interminables se deslizan por mis mejillas.
Siento su dedo en mi barbilla, guiando a mis ojos para que se encuentran con los suyos.
—Si te vas, no es sólo para pensar. No volverás, ¿cierto? —Me mira, esperando que responda y mi silencio es su respuesta—. ¿No… tú y yo más temprano, no significó nada para ti? Yo creí que… —su voz se desvanece y puedo verlo comprenderlo—. Nos estabas dando un cierre. Por eso estabas tan enojada —dije, hablando más para sí que a mi—. Nos estabas diciendo adiós, ¿no?
Siento que mi corazón va a estallar en mi pecho cuando recita mis palabras, la letra de la canción que una vez le dije. Duele mucho. La mirada en sus ojos. La simplicidad en su explicación. La súplica en su voz. La sutil ironía que una persona que nunca "tiene una relación" está dando consejos aquí sobre cómo arreglar una.
La nuestra.
Niego con la cabeza, mi boca se abre para hablar pero se cierra de nuevo para probar la sal de mis lágrimas cuando no puedo encontrar las palabras para responderle. Sigue inclinado, a mi nivel.
—Hay tanto que tengo que explicarte. Tanto tengo que decir... tanto debería haberte dicho. —Exhala en una súplica desesperada. Pedro pone sus manos en la parte posterior de su cuello, sus codos doblados, y camina de un lado a otro unos pocos pasos. Mis ojos lo siguen y en su cuarto paso, me agarra sin anticipación y aplasta su boca en la mía, rozando mis labios en un beso lleno de desesperación. Y antes de que pueda recuperar mi equilibrio, rompe el beso, con sus manos en mis hombros, y sus ojos clavados en los míos—. Te dejaré ir, Paula. Voy a dejar que te vayas y salgas de mi vida si eso es lo que quieres, incluso si eso me mata, pero necesito que me escuches primero. Por favor, vuelve a la habitación, así puedo decirte las cosas que necesitas saber.
Respiro profundamente mientras lo miro a los ojos, a centímetros de los míos y rogándome por alguna pizca de esperanza. El rechazo está en mi lengua, pero por mi vida no puedo dejarlo salir de mis labios. Alejo mis ojos de los de él y trago, asintiendo con la cabeza en el consentimiento.


* * *

La habitación está a oscuras excepto por la luz de la luna. En el espacio entre nosotros en la cama, puedo distinguir la sombra de Pedro. Él está de su lado, con su cabeza apoyada en su codo, mirándome. Nos sentamos así en silencio durante un rato, él mirándome fijamente y yo mirando al techo, mientras tratamos de procesar lo que está pensando el otro. Pedro me alcanza con vacilación, toma mi mano en la suya, y un suave suspiro se escapa de sus labios.
Todo lo que puedo pensar es en tragar y mantener los ojos fijos en las paletas del ventilador de techo encima nuestro a medida que giran sin cesar.
—¿Por qué? —Mi voz gruñe mientras hablo por primera vez desde que hemos vuelto a la habitación, haciendo la misma pregunta que me ha preguntado—. ¿Por qué me dijiste que te acostaste con Tamara?
—Yo... no lo sé —Suspira con frustración mientras lleva una mano a su pelo—. Tal vez porque ya que eso es lo que pensabas de mí, esperabas eso de mí sin ni siquiera dejar que me explique, entonces tal vez quise herirte tanto como yo lo estuve cuando me acusaste de ello. Estabas tan segura de que me acosté con ella. Tan segura de que la usé para reemplazarte que no me escucharías. Me rechazaste. Te escapaste, y nunca tuve la oportunidad de explicarte en toda la jodida mañana. No me dejarías... así que una parte de mí sintió que debía darte la afirmación que necesitabas para pensar en mí como el bastardo imbécil que soy en realidad.
Me quedo en silencio, tratando de procesar sus razones, comprendiendo y no al mismo tiempo.
—Estoy escuchando ahora —susurro, sabiendo que tengo que escuchar la verdad. Necesito todo sobre la mesa para que pueda averiguar dónde ir desde aquí.
—Realmente no sabía lo solo que estaba, Paula —empieza con un suspiro tembloroso y, por primera vez, puedo sentir lo nervioso que está—. Lo aislado y solo que me he hecho con los años, hasta que no estuviste allí. Hasta que no pude tomar el teléfono y llamarte, hablarte o verte...
—Pero podías, Pedro —respondo, con confusión en mi voz—. Te alejaste de mí... no al revés. Yo era la que estaba sentada y esperando para que me llames. ¿Cómo puedes pensar de otra manera?

—Lo sé —dice en voz baja—. Lo sé... pero lo que me dijiste, esas dos palabras, me volvieron en alguien que no voy a ser nunca de nuevo. Desencadenan cosas: recuerdos, demonios, jodidamente mucho, y no importa cuánto tiempo haya pasado, yo sólo... —Se detiene, incapaz de verbalizar lo que la palabra te amo hacen con él.
—¿Qué? ¿Por qué?
¿De qué demonios está hablando? Quiero gritarle, pero sé que tengo que tener paciencia. Mira adonde mi obstinación nos ha llevado. La verbalización no es su punto fuerte. Tengo que simplemente sentarme y estar tranquila.
—Pau, la explicación, cuando fui niño esas palabras se utilizaron como una manipulación... como una forma de hacerme daño... —Lucha y quiero tan desesperadamente alcanzarlo y abrazarlo. Sostenerlo y ayudarlo, así tal vez lo pueda entender mejor, comprender el veneno que dice tener en su alma, pero me contengo. Me mira y trata de sonreír, pero fracasa miserablemente, y odio que esta conversación le haya robado esa brillante sonrisa—.Es demasiado para decir en este momento y probablemente nunca voy a ser capaz de explicar. —Suspira largo y temblorosamente—. Esto, hablando en este momento, es más de lo que nunca... así que voy a tratar, ¿de acuerdo? —Sus ojos me suplican a través de la sombra de la oscuridad, y simplemente asiento para que siga—. Me dijiste esa palabra... e inmediatamente me volví un niño pequeño, muriendo, deseando estar muerto, hiriéndome de nuevo. Y cuando estoy así de herido, por lo general acudo a mujeres. Placer para enterrar el dolor... —Mi mano libre agarra las sábanas de mi lado por el niño pequeño que tuvo tanto dolor que prefería morir y por el hombre que amo mí lado que todavía está tan perseguido por ello y por lo que temo que va salir sus labios a continuación. Su confesión—. Generalmente —susurra—, pero esta vez, después de ti, no había atracción en eso. Cuando el pensamiento cruzó mi mente, fue tu cara la que vi. Tu risa la que extrañé. Tu sabor que anhelaba. Nadie más. —Se mueve sobre su espalda, manteniendo sus dedos en los míos mientras mi corazón se contrae ante sus palabras—. En cambio, bebí. Mucho. —Se ríe en voz baja—. El día de ayer... pasó de todo... Lu fue a mi casa y me retó. Me dijo que me aseara. Que buscara otros amigos que no fueran Jim ni Jack para pasar el rato. Becks apareció una hora más tarde. Sé que lo llamó. No preguntó qué pasaba, él está bien así, pero sabía que necesitaba un poco de compañía.
—Navegamos un par de horas. Me dijo que tenía que aclarar mi cabeza de lo que estaba jodiendo. Asumió que tenía algo que ver contigo, pero nunca se
entrometió. Después de navegar por un rato, le dije que teníamos que salir, ir a un par de bares, algo que me adormeciera. —Frota su pulgar suavemente de un lado a otro sobre nuestras manos entrelazadas, y me doy vuelta así que ahora soy yo la que lo mira mirando al techo—. Lo hicimos y en el proceso, Tamara llamó y tenía algunos documentos que necesitaba que firmara ya que no había estado en la oficina por varios días. Le dije dónde estábamos y apareció. Firmé los documentos y la siguiente cosa que supe, un par de horas habían pasado y los tres estábamos borrachos. Como no lo creas. Estábamos más cerca de Palisades, así que Sammy nos llevó hasta allí y volveríamos a recoger los coches por la mañana.
—Caminamos por la puerta principal, y me di cuenta que no había estado aquí desde esa noche contigo. Grace había estado allí por supuesto. La camisa que tiré en el sofá antes de… —Se calla ante el recuerdo—. Estaba doblada cuidadosamente en el respaldo del sofá en el momento en que entré en la casa. Ese fue mi primer recuerdo. Cuando entré en la cocina, vi que había tomado el algodón de azúcar y lo había puesto en un recipiente sobre la mesada No podía escapar de ti; ni borracho podía escapar. Y bebí un poco más. Tamara y Beckett me acompañaron. Tamara no se sentía cómoda con su ropa así que agarré una camiseta para que estuviera más cómoda. Todos nosotros nos quedamos en la sala de estar. Seguimos bebiendo. Estaba haciendo cualquier cosa para adormecer cuanto te necesitaba. No recuerdo la secuencia exacta de los eventos, pero en algún momento levanté la mano para tomar mi cerveza y Tamara me besó…
Esas palabras cuelgan en la oscura habitación igual a una carga sobre mi pecho. Aprieto mis dientes ante la idea, aunque estoy agradecida por su honestidad. Estoy empezando a pensar que tal vez no necesito escuchar toda la historia. Que en este caso la honestidad no podría ser la mejor política.
—¿Le devolviste el beso? —la pregunta sale de mi boca antes de que pueda detenerme. Siento sus dedos apretar momentáneamente los míos, y ya sé mi respuesta. Agarro mi labio inferior entre mis dientes temiendo escuchar la confirmación de sus labios.
Él suspira de nuevo y puedo escuchar tragar con fuerza en el silencio de la habitación.
—Sí… —se aclara la garganta—…al principio —Entonces se queda callado por unos momentos—. Si, le devolví el beso, Paula. Me dolía mucho y beber ya no
estaba ayudando para aliviarlo… así que cuando ella me besó, traté con mis viejos métodos. —Audiblemente inhalo y trato de sacar mi mano de la suya, pero su agarre se mantiene firme. No permite que me aparte de él—. Pero por primera vez, no pude. —Su rostro se vuelve a mi de nuevo, así que aunque la oscuridad de la habitación no se nos permite ver por completo al otro, sé que él me mira fijamente a los ojos. Él extiende a su mano libre para llevar sus dedos por mi mejilla—. Ella no eras tú —dijo el suavemente—. Has arruinado lo casual para mí, Paula.
Lágrimas calientes tratan de salir por la parte posterior de mi garganta, y no estoy segura de por qué sin, si porque trató de comenzar algo con ella o por las razones de por qué no pudo.
—Te dije que te amaba, Pedro, y tú escapaste. Básicamente a los brazos de otra mujer —Lo acusé—. Una mujer que me ha acosado y amenazado con todo lo que respecta a ti.
—Lo sé…
—¿Cómo vas a decir que no lo harás de nuevo, Pedro? ¿Qué vas a decir la próxima vez que te asustes? ¿Me vas a salir con la misma maldita mierda? —El silencio cae alrededor de nosotros, haciendo su camino por mi cabeza—. Yo no puedo… —susurro como si hablara normalmente todas las palabras que voy a pronunciar—. No creo que pueda hacer esto, Pedro. No creo que pueda volverte a creer de nuevo…
Pedro cambia de puesto repentinamente en la cama, tomando mis dos manos entre las soyas mientras caigo de espalda.
—Por favor, Paula… no decidas aun… solo escucha el resto, ¿de acuerdo? —Puedo escuchar la desesperación en su voz, y me deshace porque sé exactamente cómo se siente cuando usa ese tono.
Ese era el mismo que yo tenía después que le dije que lo amaba.
Nos sentamos así, sus manos sosteniendo las mías—nuestra única conexión a pesar del sentimiento que él es el aire con que mi cuerpo puede respirar. Siento la tensión radiando fuera de él mientras trata de poner sus pensamientos que nadan en su cabeza en palabras.
—¿Cómo explico esto? —pregunta a la habitación mientras toma una bocanada fuerte antes de empezar—. Cuando corres, vas tan rápido que todo lo que está fuera del carro —al margen, la multitud, el cielo—, todo se convierte en
grande, desenfocado. Nada en concreto puede ser identificado. Soy yo en el carro solo, y todo fuera de mi pequeña burbuja es parte de la falta de definición… —Se detiene momentáneamente, aprieta mi mano para detener sus temblorosos nervios mientras se reagrupa para explicarse mejor—. Es como cuando eres un niño y te haces girar en círculos... Todo en tu línea de visión se convierte en una gran imagen continua y borrosa a la vez. ¿Eso tiene sentido?
Soy incapaz de encontrar mi voz para responderle. Su ansiedad se filtra en mí.
—Sí —logro decir.
—He vivido mi vida durante tanto tiempo en ese estado de falta de definición, Paula. Nada está claro. Nunca me detengo el tiempo suficiente para prestar atención en los detalles, porque si lo hago, entonces —mi pasado, mis errores, mis emociones, mis demonios—, se pondrían al día para mí. Me paralizo. Siempre es más fácil vivir en esa falta de definición para no parar, porque si me detengo puede que en realidad algo tenga sentido. Voy a tener que abrirme a cosas que siempre me he puesto en contra. Cosas arraigadas en mí por la mierda que me pasó cuando era un niño. Mierdas que no quiero volver a recordar, pero que constantemente lo hago —Libera una de mis manos y se la lleva a su cara. El roce de su mano con su barba es un sonido de bienvenida para mí, uno reconfortante.
—Mi pasado siempre está ahí, justo en el borde de mi memoria. Siempre amenazando con salir. Para arrastrarme hacia él y tirarme hacia el fondo. —Puedo escuchar la emoción espesa en su voz y en un impulso extiendo mi mano y se la agarro de nuevo. La aprieto, una señal silenciosa de apoyo al infierno en el interior de su cabeza—. Vivir en el interior de esa falta de definición es como vivir en una burbuja. Se me permite controlar a la velocidad que voy… a ralentizar si necesito un respiro, pero nunca me detengo. Siempre estoy sentado en el asiento del conductor... Siempre controlándolo. Siempre capaz de acelerar, empujar al límite, cuando las cosas se ponen demasiado cerca…
—Y entonces te conocí… —El asombro en su voz es crudo y honesto, remolcando tan profundo dentro de mí que hace sentarme, así estoy ahora con las piernas cruzadas con las rodillas presionadas a las suyas. Sus manos encuentran las mías y aprietan con fuerza—. La noche que te conocí, fuiste como un petardo disparado a la falta de definición de color en mi vida y explotó sobre mí. Tan brillante y tan hermoso… y también tan hostil… —Se ríe—, que yo no
podía apartar la mirada, aunque lo intenté. Fue como si la vida me pusiera los frenos y nunca había tocado ese pedal. Inmediatamente me sentí atraído por ti, tu actitud, tú negativa a mí, tu ingenio… a tu increíble cuerpo. —Puedo sentirlo encogerse sin disculparse por su ultimo comentario, y no pude evitar la sonrisa que brota de mis labios o la esperanza que comienza a florecer en mi alma—. Todo sobre ti. Esa primera noche fuiste una chispa de color sólida en un mundo que siempre había sido una mancha empañada de él.
Las palabras se escapan cuando trato de procesar lo que me está diciendo. Justo cuando me he hecho una idea en mi mente, dice algo tan conmovedor y dolorosamente hermoso que no puedo dejar de sentir que mi corazón se llena de amor por él. Pedro acepta mi silencio y acuna mi cabeza con sus manos antes de continuar. La ternura de sus caricias trae lágrimas a mis ojos.
—La primera noche creaste una chispa, Paula, y todos los días desde entonces, me he permitido ser fuerte para frenar lo suficiente para ver la falta de definición que siempre he temido. Incluso cuando no quiero hacerlo, tu tranquila fortaleza —sabiendo que estás ahí—, me empuja a ser una mejor persona. Un mejor hombre. Desde que has llegado a mi vida, las cosas finalmente tienen definición, colores específicos asignados a ellos… no lo sé… —Puedo escuchar su lucha, y volteo mi rostro en su palma de su mano y lo beso allí suavemente mientras él suspira—. No sé de qué otra manera explicarlo, pero sé que no puedo volver a existir como lo hacía antes. Te necesito en mi vida, Paula. Necesito que me ayudes a seguir viendo los colores. Para frenar las cosas. Para permitirme sentir. Necesito que seas mi chispa…
Se inclina y roza sus labios tan suavemente, tan tiernamente contra los míos.
—Por favor, sé mi chispa, Pau… —dice las palabras mientras sus labios rozan los míos de nuevo.
Me inclino y presiono mis labios contra los suyos, instigando a que el beso sea más profundo deslizando mi lengua en su boca, porque las palabras y los pensamientos en mi cabeza y corazón son tan desordenados que tengo miedo de hablar. Temiendo en este momento de su revelación—si digo lo que está derramándose en mi corazón—podría abrumarlo. Así que en vez de eso lo pongo todo en mi beso. Me atrae hacia él, acunándome en su regazo, mientras adora mi boca de la manera que solo él puede hacerlo. La reverencia con que suspira mi nombre entre besos causa que una lagrima se deslice por mi mejilla.

—No puedo ser capaz de decir las cosas que hay que escuchar con las palabras tradicionales para decírtelas, pero lo juro por Dios, Paula, Voy a intentarlo. Y si no puedo, entonces te lo voy a mostrar con todo lo que tengo—con todo lo que se necesita—, que tu lugar está en mi vida —murmura para mí, destrozando hasta la última barrera de protección que he guardado en mi corazón.
Acaba de robarme por completo.
Y acabo de muy buena gana de entregarme.
Envuelve sus brazos alrededor mío y entierra su cara en mi cuello, sosteniéndome con fuerza durante largo tiempo, su vulnerabilidad palpable. Mi mente piensa en las sensaciones, emociones encerradas a toda la sensibilidad que solo yo puedo disfrutar de este lado sin vigilancia de Pedro que es una rareza. Aspiro el aroma de nosotros mezclados. Siento el latido de su corazón contra mi pecho. El calor de su aliento en mi cuello. La fuerza de sus brazos mientras me sostiene apretada. El roce de su nunca contra mi piel desnuda. La comodidad de su presencia que me atrae con solo estar cerca. Tantas cosas por asimilar, para guardar para poder recordarlas cuando más las necesite.
Porque sé que estar con Pedro —quedarme con Pedro, amar a Pedro—, garantiza que voy a necesitar estos recuerdos para los tiempos inesperados así me ayudan a tratar con ellos y, conociéndolo, sé que inevitablemente vendrán.
—Me estoy ahogando aquí. Tu silencio me está matando. ¿Puedes decirme algo? Lánzame una cuerda salvavidas ¿por favor? —dice y el comentario inmediatamente me hace pensar en las palabras de Beckett en el camino a las Vegas anteriormente.
—Vámonos —susurro mientras recorro con mis manos arriba y abajo su espalda. Me hala más y me aprieta y acaricia profundamente la parte inferior de mi cuello—. Tienes un largo día mañana. Es tarde. Necesitas dormir algo.
Hace para atrás su cabeza y por nuestra proximidad puedo ver lo verde cristalino de sus ojos —su claridad, su estupefacción, su aceptación— de mis palabras no dichas.
—¿No vas a dejarme? —pregunta de manera entrecortada—. ¿Te vas a quedar?
Detengo un sollozo que casi se me escapa de mi garganta por sus palabras. Esto pienso que vale la pena. Sus manos las extiende en mi rostro y luego bajan
a la curva de mi hombro. Tocándome para asegurase que soy yo ante él—de carne y hueso y aceptándolo a él. Asentando el camino que él quiere tomar conmigo.
—Sí, Pedro. No voy a ninguna parte —le aseguro cuando el ardor en mi garganta se disipa y por fin soy capaz de hablar.
Sostiene mi cabeza con ambas manos y se inclina para presionar el suspiro de un beso contra mis labios antes de envolver sus brazos alrededor mío y halándome con fuerza contra él.
—No quiero dejarte ir por el momento —murmura en mi pecho—. Creo que nunca lo haré.
—No quieres hacerlo —le digo suavemente mientras me acuesto en la cama y lo halo abajo conmigo. Se mueve de manera que los dos estamos al lado del otro, cuerpos apretados, brazos envueltos alrededor del otro, y acaricia mi rostro con su cuello ahora.
Hemos estado quietos algún tiempo, el silencio que nos rodea no está más vacío, cuando Pedro suspira un suave sonido de satisfacción y luego murmura,
—Un encuentro fortuito —Me da un beso en la parte superior de mi cabeza y se aclara la garganta—. No sabía lo que eso significaba antes de ti, pero para mí, ahora, significa un encuentro afortunado. Uno que ha cambiado mi vida.
Me acurruco más cerca de él, plantando un suave beso en mi lugar favorito debajo de su mandíbula, con el corazón floreciendo de amor y mi alma brillando de felicidad.
Después de un tiempo de tan solo absorber el uno al otro y nuestro equilibrio encontrado, su respiración se ralentiza y se nivela. Me quedo allí durante un tiempo, solo respirando, sintiendo su calor, con mi corazón atascado en mi garganta cuando me doy cuenta de que mi decisión nunca fue mía para tomarla. La decisión la perdí al minuto en que caí en ese maldito armario de almacenamiento y a su vida.
Me doy vuelta en mi lado para observarlo. Me duele el pecho físicamente mientras observo al hombre hermoso que es por dentro y por fuera. Se ve tan tranquilo dormido. Como si por fin pudiera descansar de los demonios que lo persiguen con tanta frecuencia mientras está despierto. Tanto como el ángel oscuro que pienso que es cuando está rompiendo la oscuridad ineludible para agarrarse y aferrarse a la luz. Su chispa de luz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario