viernes, 30 de mayo de 2014

CAPITULO DOS

Cometo el error de romper el contacto visual y mirar hacia abajo a su boca, a unos labios perfectamente esculpidos, que entonces, muy lentamente, se extienden en una desequilibrada sonrisa.
Oh, cómo quiero esa boca sobre mí en cualquier lugar y en todas partes a la vez. ¿En qué diablos estoy pensando? Este hombre está fuera de mi alcance.
A años luz de mi alcance.
Muevo mi mirada hacia arriba para ver la diversión llenar sus ojos, como si conociera mis pensamientos. Puedo sentir un rubor lentamente extenderse por mi cara a medida que la vergüenza, tanto por mi situación como por mis pensamientos, se registra en mi cerebro. Aprieto mis manos alrededor de sus musculosos bíceps mientras bajo mi mirada para evitar su obvia evaluación y trato de recuperar la compostura.
Moviendo los pies debajo de mí, accidentalmente tropiezo más con él, con mi equilibrio comprometido por mi falta de experiencia con estos tacones altísimos. Salto detrás de él mientras mis pechos rozan su pecho firme, poniendo mis terminaciones nerviosas en llamas. Minúsculas detonaciones de cosquillas de deseo se profundizan de mi vientre.
―Oh... um... Lo siento mucho. ―Junto mis manos en una disculpa nerviosa.
Desde un paso atrás, el hombre es aún más increíble ahora que soy capaz de ver toda su longitud. Imperfectamente perfecto y sexy como el infierno con una sonrisa que sugiere arrogancia y problemas.
Levanta una ceja, notando mi lenta lectura de él.
―No necesitas disculparte ―responde con una masculina voz culta con un toque de vanguardia. Una voz que evoca imágenes de rebelión y sexo en el mismo aliento―. Estoy acostumbrado a que las mujeres caigan a mis pies.
Mi cabeza se mueve bruscamente por la vanidad de su comentario. Sólo puedo esperar que esté bromeando, pero su enigmática expresión no revela nada. Él espera mi respuesta, con desconcierto en sus ojos, y esa segura sonrisa se amplía, causando que una depresión se profundice en su definida mandíbula.
A pesar de haber dado un paso atrás, todavía estoy cerca de él. Demasiado cerca para recoger mi ingenio, pero lo suficientemente cerca como para que sienta su aliento sobre mi mejilla. Para oler el aroma limpio de jabón mezclado con su sutil perfume terroso.
―Gracias. Gracias ―le respondo sin aliento. Veo el músculo de su mandíbula apretarse mientras me resguarda. ¿Por qué me está poniendo nerviosa este hombre y siento que tengo que justificar mi situación?―. La... la puerta se cerró detrás de mí. Se atascó. Entré el pánico y...
―¿Está bien? ¿Señorita...?
Mi respuesta se tambalea cuando su mano toma la parte de atrás de mi cuello, tirando de mí más cerca y sin embargo sosteniéndome en el lugar. Mueve la mano libre arriba y abajo por mi brazo desnudo en lo que supongo es un intento de asegurarse de que no estoy lastimada físicamente. Mi cuerpo registra el rastro de chispas en mi piel desnuda mientras mi mente se vuelve muy consciente de que su sensual boca está a sólo un susurro de la mía. Mis labios se separan y mi respiración se vuelve superficial mientras él mueve su mano por la línea de mi cuello y luego roza sus nudillos suavemente por mi mejilla.
No tengo tiempo de registrar la confusión mezclada con una fuerte dosis de deseo que surge a través de mí cuando le oigo murmurar “Oh, al diablo” segundos antes de que su boca esté sobre la mía. Jadeo en shock total, mis labios se abren una fracción mientras su boca absorbe el sonido, dándole una apertura para acariciar mis labios con su lengua y luego aventurarse lentamente entre ellos.
Empujo mis manos contra su pecho, tratando de resistir el beso robado por este completo desconocido.
Trato de hacer lo que la lógica me dice que es correcto. Trato de negar lo que mi cuerpo me está diciendo que quiere. De eliminar la necesidad de tomar lo que él está tomando. Abandonar la inhibición y dejarme disfrutar esto, de este momento con él.
El sentido común gana mi pelea interna entre la lujuria y la prudencia, y me las arreglo para empujarlo una fracción. Su boca suelta la mía, nuestros alientos jadeantes están sobre la cara del otro. Sus ojos, llenos de lujuria, se mantienen firmes en los míos. Me resulta difícil no notar la semilla de deseo floreciendo dentro de mi vientre. La vehemente protesta que está gritando en mi mente muere en silencio en mis labios cuando sucumbo a la idea de que quiero este beso. Quiero sentir lo que no le sentido y lo que me he negado deliberadamente a mí misma. Quiero permitirme este momento en el que actúo con temeridad y tener ‘ese beso’, el que se escribe en los libros sobre el amor que se encuentra y la virtud que se pierde. En lo profundo de mi alma, sé que será ese beso para mí.
―Decide, cariño ―me ordena él―. Un hombre sólo tiene cierta cantidad de moderación.
Su advertencia, la loca idea de que yo podría hacer a un hombre como él perder el control me desconcierta, confundiendo mis pensamientos, pero la negación nunca cruza mis labios. Él se aprovecha de mi silencio, una sonrisa lasciva dobla las comisuras de su boca antes de que apriete el agarre que tiene en mi nuca. De una respiración a la siguiente, aplasta su boca en la mía. Sondeando. Degustando. Exigiendo.
Mi resistencia es inútil y dura sólo unos segundos antes de que me entregue a él. Instintivamente muevo las manos rozando su mandíbula sin afeitar hasta la parte posterior de su cuello y enredo mis dedos en su pelo. Un gemido proviene de la parte posterior de su garganta, reforzando mi confianza, lo que me permite abrir mis labios y tomar más de él. Mi lengua se entrelaza y baila íntimamente con la suya. El lento ballet seductor es destacado con entrecortados gemidos y quejidos y jadeos.
Él sabe a whisky. Su confianza emana rebelión. Su cuerpo evoca un golpe directo de lujuria en mi sexo. Una combinación embriagadora insinuando que es un chico malo del que esta buena chica debería mantenerse alejada. Su urgencia es un toque de habilidad experta de lo que yo podría venir. Imágenes pasan a través de mi mente de mí arqueándome debajo de él, mis pies apuntando al techo, mis manos sujetándose de las sábanas en una sesión de sexo que sin duda sería tan dominante como este beso.
A pesar de mi sumisión, sé que esto está mal. Puedo oír a mi conciencia decirme que me detenga. Que no haga esto. Que no soy esa clase de chica. Que estoy traicionando a Max al continuar con esto.
Pero, Dios, se siente tan increíblemente bien. Entierro toda racionalidad bajo el deseo que hace estragos por cada uno de mis nervios. Por cada aliento.
Sus dedos acarician mi nuca, mientras los otros viajan a mi cadera, encendiendo chispas con cada toque. Su mano se ensancha en mi espalda y me aprieta contra él. Colocando un reclamo en mí. Puedo sentir su engrosada erección contra mi abdomen, enviando una carga eléctrica a mi ingle.
Poniéndome húmeda de necesidad y deseo. Su pierna se mueve ligeramente y presiona la mía, apretando el vértice de mis muslos y creando un intenso dolor de placer. Empujo más en él, gimiendo suavemente, pidiendo más.
Me estoy ahogando en la sensación de él, y sin embargo no estoy dispuesta a mostrarme tan desesperadamente necesitada.
Él me muerde el labio inferior mientras su mano se mueve hacia abajo para amasar mi espalda, con el placer en espiral a través de mí.
Mis uñas se clavan en la parte posterior de su cuello en reacción mientras lo reclamo.
―Dios, te deseo tanto en este momento. ―Su voz dice entre besos, intensificando el dolor en mis músculos por debajo de mi cintura. Él mueve la mano de la parte posterior de mi cuello y traza mi caja torácica hasta que toma mi seno. Doy un suave gemido ante la sensación de sus dedos frotando mi pico endurecido a través de la suave tela de mi vestido.
Mi cuerpo está listo para dar su consentimiento a la solicitud porque deseo a este hombre también. Quiero sentir su peso sobre mí, su piel desnuda deslizándose en la mía, y su grosor moviéndose rítmicamente en mí.
Nuestros cuerpos entrelazados se empujan hacia la pequeña habitación en el pasillo. Él me presiona contra la pared, nuestros cuerpos se agarran frenéticamente, a tientas, y se degustan. Él roza su mano hasta el borde de mi vestido, encontrando el borde de encaje de mi muslo y las altas medias.
―Dulce Jesús ―murmura contra mi boca mientras pasa la mano a un ritmo muy lento por la cara interna de mi muslo hasta el pequeño triángulo de encaje que sirve más como una decoración que como bragas.
¿Qué? Esas palabras. Cuando finalmente las registro, retrocedo como si me hubieran dado un latigazo y empujo su pecho tratando de alejarlo de mí. Estas son las mismas palabras que había oído antes en la alcoba oscura. Fue como un golpe de agua fría para mi libido. ¿Qué demonios? ¿Y qué demonios estoy haciendo de todos modos, con un tipo al azar? Y lo más importante, ¿por qué elijo hacerlo ahora mientras estoy en medio de una de mis citas más importantes del año?
―No. No, no puedo hacer esto. ―Tambaleándome hacia atrás, levanto una mano temblorosa a mi boca para cubrir la hinchazón de mis labios por los suyos. Sus ojos se ajustan a los míos, el color esmeralda oscurecido por el deseo. La ira flashea a través de ellos fugazmente.
―Es un poco tarde, cariño. Parece como si ya lo hiciste.
La furia destella a través de mí con su comentario sarcástico. Soy lo suficientemente inteligente como para inferir que acabo de convertirme en otra en su línea de conquistas de la noche. Lo miro, y la mirada de suficiencia en su rostro me hace desear lanzar insultos contra él.
―¿Quién diablos te crees que eres? ¿Al tocarme así? ¿Tomando ventaja de mí de esa manera? ―Escupo con rabia para evitar el dolor que siento. No estoy segura de si estoy más molesta conmigo misma por mi sumisión a él o por el hecho de que se aprovechó de mí en mi estado frenético como un medio de diversión mientras mataba el tiempo. ¿O es que me siento avergonzada porque sucumbí a beso y a sus calificados dedos sin siquiera saber su nombre? Algo que nunca haría en circunstancias normales.
El hecho desesperante es que no estoy segura de con quién estoy más molesta, si con él o conmigo.
Él me sigue observando, su ira está a fuego lento, los ojos mirándome ceñudos.
―¿En serio? ―Se burla de mí, ladeando la cabeza hacia un lado y rozando una mano sobre su sonrisa condescendiente. Puedo oír el roce de barba mientras su mano se arrastra sobre ella―. ¿A eso es a lo que vas a jugar? ¿No estabas participando justo ahora? ¿No te estabas partiendo en mis brazos? ―se ríe sarcásticamente―. No te engañes, pequeña, pensando que no te gustó eso. Que no quieres más.
Él da un paso más cerca de mí, con diversión y algo más oscuro ardiendo en las profundidades de sus ojos.
Levantando una mano, traza un dedo por la línea de mi mandíbula. A pesar de que me estremezco y me alejo, el calor de su toque reaviva el deseo ardiente dentro de mi vientre. En silencio castigo a mi cuerpo por su traición.
―Vamos a aclarar una cosa ―gruñe―. Yo. No. Tomo. Lo. Que. No. Se. Me. Ofrece. Y ambos sabemos, amor, que tú te ofreciste ―sonríe―. Y gustosamente.
Tiro de mi barbilla lejos de sus dedos, deseando ser una de esas personas que puede decir las cosas correctas en los momentos adecuados. Pero no lo soy. En cambio, pienso en ellas horas más tarde y sólo deseo haberlas dicho antes. Sé que estaré haciendo eso más adelante, porque no puedo pensar en una sola forma de reproche al exceso de confianza de este hombre. Que me redujo a una masa de nervios sobre-estimulados de deseo porque me toque otra vez.
―Ese mierda de niña indefensa puede funcionar con tu novio, que te trata como vajilla en un estante, frágil y agradable a la vista. Raramente usada. ―Se encoge de hombros―. Pero admite, cariño, que eso es aburrido.
―Mi nov... ―tartamudeo―. ¡No soy frágil!
―¿En serio? ―dice, sosteniendo mi barbilla en su lugar mientras me mira a los ojos―. Pues actúas de esa forma.
―¡Que te jodan! ―Alejo mi barbilla de un tirón.
―Ooooh, eres una cosita luchadora. ―Su sonrisa arrogante se vuelve más irritante―. Me gustan las luchadoras, cariño. Sólo me hace desearte mucho más.
¡Idiota! Estoy a punto de hacer una réplica de lo imbécil que obviamente es. Que yo sé que estuvo “luchando” con otra persona no mucho tiempo antes de que me encontrara. Lo miro, con el molesto pensamiento en mi cabeza de que vagamente me recuerda a alguien, pero lo empujo lejos. Estoy nerviosa, eso es todo.
Justo cuando estoy a punto de abrir la boca, a mi espalda oigo la voz de Dane llamándome por mi nombre. El alivio fluye por mí mientras me vuelvo para verlo de pie en el extremo del pasillo, mirándome de manera extraña. Lo más probable es que esté perplejo por mi estado desaliñado.
―¿Paula? Realmente necesito esas listas. ¿Las tienes?
―Me distraje un segundo ―murmuré. Miro nuevamente al Sr. Arrogante detrás de mí―. Enseguida voy. Sólo... espérame, ¿de acuerdo?
Dane asiente mientras me dirijo a la puerta abierta del armario y agarro rápidamente las paletas dispersas con tanta gracia como me es posible y las meto en la bolsa. Salgo del armario y evito sus ojos cuando empiezo a caminar hacia Dane. Exhalo en silencio, contenta de estar en terreno más familiar cuando oigo su voz detrás de mí.
―Esta conversación no ha terminado,Paula.
―Sí, sí terminó, A.C.E. ―grito a mis espaldas, y pienso en lo perfecto que las siglas le quedan antes de continuar a toda prisa por el pasillo, manteniendo los hombros rectos y la cabeza bien alta en un intento por mantener mi orgullo intacto.
Llego rápidamente a Dane, mi confidente y amigo del trabajo. La preocupación está grabada en su cara de niño mientras lazo mi brazo al suyo, tirando de él hacia la fiesta. Una vez que salimos por la puerta de detrás del escenario, solté el aliento que no sabía que estaba sosteniendo y me recosté contra la pared.
―¿Qué diablos te pasó, Paula? ¡Pareces un lío caliente! ―Él me mira de arriba abajo―. ¿Tiene algo que ver con el Adonis de atrás?
Tiene todo que ver con el Adonis, quiero decirle a Dane, pero por alguna razón me contengo.
―No te rías ―digo, mirándolo con recelo―. La puerta del armario se cerró, y me quedé atrapada en el interior.
Él ahoga una risa y mira hacia el techo para contenerla.
―¡Eso sólo te pasa a ti!
Empujo su hombro de una manera amistosa.
―En realidad no es gracioso. Tuve pánico. Claustrofobia. Las luces se apagaron y me llevaron de vuelta al accidente. ―La preocupación parpadea en sus ojos―. Me asusté, y ese hombre me oyó gritar y me sacó. Eso es todo.
―¿Eso es todo? ― pregunta, entrecerrando los ojos hacia mí con sospecha porque me conoce durante mucho tiempo.
Asiento. ―Sí. Realmente me perdí por un momento. ―No me gusta mentirle, pero por ahora es mi mejor curso de acción. Cuanto más firme sea, más rápido me soltará.
―Bueno, eso es muy malo, porque maldita sea, chica, él es caliente. ―Me río mientras él envuelve su brazo alrededor de mí en un rápido abrazo―. Ve y refréscate. Toma un respiro, entonces tendremos que regresar y mezclarnos y chismosear. Tenemos unos treinta minutos antes del comienzo de la subasta.
Me miro a mí misma en el espejo del baño. Dane estaba en lo cierto, me veo como el infierno. He arruinado gran parte de la preparación esmerada que mi compañera de cuarto, Lina, hizo con mi pelo y maquillaje para esta noche. Tomo una toalla de papel y trato de borrar mi maquillaje para reparar el daño. Las lágrimas hacen que mis ojos amatistas se vean enrojecidos, y no tienen por qué preguntar por qué mi barra de labios no está alineada perfectamente con ellos. Los mechones de mi cabello castaño caen fuera de su agarre, y la costura de mi vestido está terriblemente torcida.
Puedo oír la aburrida música al otro lado del muro. Suena de fondo a las voces de los cientos de potenciales donantes de esta noche. Tomo una respiración profunda y me apoyo contra el lavabo por un momento.
Puedo ver por qué Dane cuestionó lo que realmente había sucedido, y si el Sr. Arrogante había tenido algo que ver con eso. ¡Me veo completamente despeinada!
Muevo mi vestido para que su escote de corazón se asiente correctamente, ajustándose a mis chicas. Aliso mis manos sobre mis caderas, donde la tela se aferra a mis curvas. Empiezo a poner los mechones de pelo que han escapado de nuevo en el clip, pero lo evito. Los zarcillos regresan a mi natural estado ondulado, y decido que me gusta el efecto suavizado que los rizos tienen sobre mi aspecto general.
Meto la mano en mi bolso, que Dane me trajo, y refresco mi maquillaje. Añado algo de mascara a mi forma natural de gruesas pestañas y vuelvo a aplicar mi delineador. Mis ojos se ven mejor. No geniales, pero mejor.
Frunzo los labios, trazando mi lápiz labial sobre la forma llena de mi boca, los froto juntos, y luego los limpio.
No soy tan buena como Lina, pero soy lo suficientemente buena. Ahora estoy lista para unirme a los festejos.

         GRACIAS! ♥♥

CAPITULO UNO

Suspiro en el acogedor silencio, agradecida por la oportunidad de escapar, aunque sólo sea momentáneamente, de las conversaciones sin sentido al otro lado de la puerta. Para todos los efectos, las personas que tienen esas conversaciones son técnicamente mis invitados, pero eso no significa que me gusten o incluso que esté a gusto con ellos. Afortunadamente, Dane era lo suficientemente comprensivo con mi necesidad de un indulto ya que me dejó hacer esta sencilla tarea por él.
El sonido de mis tacones altos es el único otro sonido conviviendo con mis categóricamente dispersos pensamientos mientras navego por los pasillos vacíos del backstage del antiguo teatro que alquilé para el evento de esta noche.
Rápidamente llego al viejo vestidor y recojo las listas que Dane había puesto y olvidado en nuestra caótica carrera de limpieza pre-fiesta. Mientras empiezo a regresar hacia las festividades, corro por mi lista mental de cosas por hacer antes del inicio de la esperada subasta de citas de esta noche. El nudo en el fondo de mi mente me dice que estoy olvidando algo. Reflexivamente llevo la mano a donde está mi celular con la lista de tareas siempre recopiladas, pero en cambio termino con un puñado de tela de organza de seda de mi vestido de cóctel.
―Mierda ―murmuro mientras me detengo un momento para tratar de determinar qué es exactamente lo que estoy perdiendo. Me recargo contra la pared, la blusa acanalada del vestido obstaculiza mi necesidad de inhalar profundamente un suspiro de frustración. Aunque parezca increíble el maldito vestido debía haber venido con una etiqueta de advertencia: “Respirar es opcional”.
¡Piensa, Paula, piensa! Con mis omóplatos presionados contra la pared, me muevo hacia atrás y hacia adelante poco elegantemente para tratar de aliviar la presión sobre los dedos de mis pies, que están dolorosamente apretujados en mis tacones de diez centímetros.
¡Paletas de subasta! Necesito las paletas de subasta. Sonrío ampliamente por la capacidad de mi cerebro de recordar, teniendo en cuenta que he estado tan abrumada últimamente con todos los diversos detalles como la única coordinadora del evento de esta noche. Aliviada, me empujo fuera del muro y doy unos diez pasos.
Y es entonces cuando los oigo.
La coqueta risita femenina flota en el aire, seguida por el profundo gemido masculino como madera. Me congelo al instante, sorprendida por la audacia de los asistentes a nuestra fiesta, cuando oigo el sonido inconfundible de un cierre abriéndose seguido por un familiar grito femenino sin aliento de “¡Oh, sí!” en la habitación oscura a unos metros delante de mí. A medida que mis ojos se acostumbran a la penumbra, me doy cuenta de que el esmoquin negro de un hombre yace descuidadamente en una silla vieja toda torcida y un par de tacones de tiras están tirados en el piso debajo de ellos.
La mortificación me llena al pensar en que se den cuenta que estoy aquí. Que me escuchen. Por mi curiosidad por saber quién es en realidad lo suficientemente valiente como para hacer algo como esto. Por cómo ni en un millón de años tendría que estar yo en esa alcoba. No podrían pagarme suficiente dinero como para hacer algo así en público.
Mis pensamientos son interrumpidos cuando oigo un silbido de aire seguido de una masculina exhalación:
―¡Dulce Jesús!
Cierro los ojos en un momento de indecisión. Realmente necesito las paletas de subasta que están en el armario de almacenamiento al final del pasillo. Por desgracia, la única manera de llegar a ese pasillo es pasando por la habitación que actualmente se utiliza como Nido de Amor. No tengo más remedio que ir a buscarlas. Envío una silenciosa y absurda oración, con la esperanza de poder pasar desapercibida en su momento de flagrante indiscreción.
Me escabullo hacia adelante, manteniendo mi cara ruborizada en ángulo con la pared frente a ellos mientras camino sobre los dedos de mis pies para evitar que mis tacones hagan ruido sobre el piso de madera. Lo último que necesito ahora es atraer atención hacia mí y encontrarme cara a cara con alguien que conozca. Doy un silencioso suspiro de alivio cuando mis clandestinas puntillas tienen éxito, permitiéndome acercarme a mi destino.
Aún estoy tratando de identificar la voz de la mujer cuando llego al armario de almacenamiento. Busco a tientas la manija, teniendo que tirar de forma agresiva de ella antes de que finalmente se abra y encendiendo la luz Veo la bolsa de paletas de subastas dentro del armario, olvidando en mi estado nervioso el sostener la puerta abierta. Mientras agarro las asas de la bolsa, la puerta se cierra de golpe a mis espaldas haciendo que las baratas estanterías del armario suenen. Sorprendida, me giro de vuelta para abrir la puerta y me doy cuenta de que la puerta no abre desde el interior.
Inmediatamente se me cae la bolsa. El sonido de las paletas golpeando el piso de concreto y derramándose es una cacofonía de ruidos en el pequeño espacio. Muevo la manija, le doy vuelta, pero la puerta no se mueve ni un centímetro. El pánico golpea a mi subconsciente, pero lo reprimo empujando de nuevo la puerta con todas mis fuerzas.
No se mueve.
―¡Mierda! ―me castigo a mí misma―. ¡Mierda, mierda, mierda! ―murmuro en voz alta antes de tomar una respiración profunda, moviendo la cabeza con frustración. Tengo mucho que hacer antes de que comience la subasta. No tengo tiempo para esto.
Y por supuesto no tengo mi celular para llamar a Dane para que saque de aquí tampoco.
Es ahí cuando cierro los ojos con incredulidad ante otra situación ridícula en la que me encuentro, y es cuando mi Némesis hace su movimiento. Los largos dedos de la claustrofobia lentamente comienzan a arañar su camino hasta mi cuerpo y se envuelven alrededor de mi garganta.
Exprimiéndola. Atormentándola. Ahogándome.
Las paredes de la pequeña habitación parecen estar deslizándose poco a poco más cerca la una a la otra, cerrándose a mi alrededor. Asfixiándome. Me cuesta respirar.
Mi corazón late irregularmente mientras empujo de nuevo el pánico creciente fuera de mi garganta. Mi respiración es superficial y hace un rápido eco en mis oídos. Me consume. Minando mi capacidad de reprimir los recuerdos.
Golpeo la puerta, el miedo abrumador consumiendo lo poco que me queda de control. De realidad. El sudor corre por mi espalda. Las paredes siguen cerrándose sobre mí. La necesidad de escapar es lo único en lo que mi mente se puede enfocar. Golpeo la puerta de nuevo, gritando frenéticamente. Con la esperanza de que alguien que pase por estos corredores pueda oírme.
Inclino mi espalda contra la pared, cierro los ojos y trato de recuperar el aliento, que sale tan rápido y superficial que me mareo. El mareo se convierte en náuseas, empiezo a deslizarme por la pared y golpeo accidentalmente el interruptor de la luz. Me sumerjo en la total oscuridad. Grito, buscando frenéticamente el interruptor con mis temblorosas manos. Lo encuentro, aliviada de haber empujado a los monstruos de nuevo a la clandestinidad.
Pero cuando miro hacia abajo, la sangre cubre mis manos. Parpadeo para tratar de romper mi ensueño, pero no puedo sacudírmelo. Estoy en un lugar diferente. En un tiempo diferente. A mi alrededor, huelo el olor acre de la destrucción. De la desesperación. De la muerte.
En mis oídos, su respiración está agonizando. Él está jadeando. Muriendo. Siento el dolor intenso y ardiente que se retuerce en lo profundo de su alma, que teme nunca escapar de él. Incluso en la muerte. Son mis propios gritos los que oigo en mi ensueño, y estoy tan desorientada que no estoy segura de si son del pasado o del presente.
¡Contrólate, Paula! Me limpio las lágrimas de mis mejillas con el dorso de las manos y recurro a mi año de terapia para tratar de mantener a raya mi claustrofobia. Me concentro en una marca en la pared frente a mí, tratando de regular mi respiración y de contar lentamente. Me concentro en empujar las paredes hacia afuera. En empujar los recuerdos insoportables lejos.
Cuento hasta diez, ganando un poco de compostura, pero la desesperación todavía se aferra. Sé que Dane vendrá a buscarme en breve. Él sabe dónde estoy, pero la idea no hace nada para aliviar mi creciente pánico.
Finalmente, me entrego a la necesidad primordial de escapar y empezar a golpear la puerta con las palmas de mis manos. Gritando en voz alta. Maldiciendo esporádicamente. Pidiéndole a alguien que me escuche y que abra la puerta. Que alguien me salve de nuevo.
Los segundos se sienten como minutos y los minutos parecen horas. El paso del tiempo es desconocido para mí, pero me siento como si hubiera estado encerrada en este armario cada vez más pequeño por siempre. Infinitamente gritando por ayuda. Sintiéndome derrotada, grito una vez y descanso los antebrazos en la puerta delante de mí. Descansando mi peso sobre mis antebrazos, pongo mi cabeza en ellos y sucumbo a las lágrimas. Grandes sollozos me sacuden con violencia.
Y de repente tengo la sensación de caer.
De caer hacia adelante mientras me tropiezo con la sólida figura del hombre en mi camino. Envuelvo los brazos alrededor de un firme torso mientras mis piernas yacen torpemente dobladas detrás de mí. El hombre levanta instintivamente los brazos y los envuelve alrededor de mí, llamándome la atención, sosteniendo mi peso y absorbiendo el impacto.
Miro hacia arriba, rápidamente registrando la mata de pelo oscuro, la piel bronceada, la ligera sombra de la barba... y luego miro sus ojos. Una descarga de electricidad, una energía casi palpable crepita cuando me encuentro con esos iris verdes casi translúcidos. La sorpresa parpadea por ellos fugazmente, pero la intriga y la intensidad con la que me mira es desconcertante, a pesar de la reacción inmediata de mi cuerpo hacia él. Necesidades y deseos olvidados me inundan con esa sencilla mirada.
¿Cómo puede este hombre al que nunca he conocido hacerme olvidar el pánico y la desesperación que sentía pocos minutos antes?


martes, 27 de mayo de 2014

SINOPSIS

Paula Chaves está acostumbrada a estar en control. Pero está a punto de encontrar a un hombre que sólo puede hacerla disfrutar el perderlo...
Yo soy la excepción a la regla.
En un mundo lleno de mujeres complacientes, soy un desafío para el pícaro y dolorosamente guapo Pedro Alfonso.
Un hombre acostumbrado a recibir exactamente lo que quiere en todos los aspectos de la vida.
Él es el chico malo imprudente, constantemente en el fino borde fuera de control y de la pista.
Pedro choca contra mi vida como un tornado: debilitando mi control, poniendo a prueba mis vulnerabilidades más allá de sus límites y sin querer penetrar el muro protector alrededor de mi curado corazón. Destrozando el mundo que con tanto cuidado construí con estructura, previsibilidad y disciplina.
No puedo darle lo que quiere y no puede darme lo que necesito. Pero después de un vistazo debajo de su exterior refinado en los oscuros secretos de su alma dañada, ¿podre alejarme del camino?
Nuestra química sexual es innegable. Nuestra necesidad individual de un control completo es irrefutable.
¿Pero cuando los mundos chocan, es la química suficiente para aunar esfuerzos o nuestros secretos indecibles y batalla de voluntades nos obligaran a alejarnos?