Golpe. Golpe. Golpe.
El dolor resonante en mi cabeza impulsa el sonido que agrede a
mis oídos.
Golpe. Golpe. Golpe.
Hay tanto sonido, fuerte, zumbidos de ruido blanco, sin embargo, esa misteriosa
maldita tranquilidad. Tranquilidad excepto por ese maldito sonido golpeando.
¿Qué demonios es esto?
¿Por qué carajos esto está tan malditamente caliente, tan caliente que puedo ver
el calor que viene en oleadas del asfalto, pero todo lo que siento es frío?
¡Hijo de puta!
Algo a mi derecha capta mi atención, metal destrozado, neumáticos quemados,
pieles destrozadas en pedazos, y lo único que puedo hacer es mirar. Becks me va a
triturar por joder el coche. Me triturara en pedazos justo como mi coche que esta
esparcido por toda la pista. ¿Qué carajos ha pasado?
Un hilo de malestar baila en la base de mi espina dorsal.
El latido de mi corazón se acelera.
La confusión parpadea en los bordes lejanos de mi subconsciente. Cierro los ojos
para tratar de hacer alejar los golpes que de repente están jugando percusión en mis
pensamientos. Pensamientos que no puedo captar. Tamizan a través de mi mente como
arena entre mis dedos.
Golpe. Golpe. Golpe.
Abro los ojos para tratar de encontrar ese maldito sonido que está añadiendo
presión al dolor...
... El placer de enterrar el dolor...
Susurran esas palabras en mi mente y sacudo la cabeza para tratar de comprender
lo que está pasando cuando lo veo: cabello negro con necesidad de un corte; diminutas
manos que sostienen un helicóptero de plástico; una tirita de Spiderman envuelta
alrededor de su dedo índice que pretende hacer girar los rotores.
Spiderman. Batman. Superman. Ironman.
—Golpe. Golpe. Golpe —dice él en la más suave de las voces.
Entonces, ¿por qué suena tan fuerte? Grandes ojos me miran a través de espesas
pestañas, la inocencia personificada en esa simple delicadeza de verde. Su dedo se
tambalea en el rotor mientras sus ojos se encuentran con los míos, ladeando la cabeza
para estudiarme con atención.
—Hola —le digo, el silencio ensordecedor reverberando a través del espacio
entre nosotros.
Algo va mal.
Completamente no jodidamente bien.
La aprehensión resurge.
Notas de la desconocida confusión alrededor de mi mente.
La confusión asfixia.
Sus ojos verdes me consumen.
La ansiedad se disipa cuando una lenta sonrisa se levanta en la esquina de su
pequeña boca manchada con tierra, un hoyuelo solitario que guiña en su lado.
—No se supone que debo hablar con extraños —dice, enderezando la espalda,
tratando de actuar como el niño grande que él quiere ser.
—Esa es una buena regla. ¿Tu madre te enseñó eso?
¿Por qué me parece tan familiar?
Él se encoge de hombros con indiferencia. Su mirada recorre cada centímetro de
mí y luego vuelve para encontrarse con la mía. Vacila en algo sobre mi hombro, pero
por alguna maldita razón que no puedo comprender no puedo arrastrar mis ojos de él
para mirar. No es solo el chico malditamente más lindo que he visto en mi vida... No,
es como que tiene esta atracción sobre mí que no puedo romper.
Una pequeña línea arruga su frente mientras él mira hacia abajo y recoge otra
tirita de superhéroes que apenas cubre el gran raspón en la rodilla.
Spiderman. Batman. Superman. Ironman.
¡Cierra la puta boca! Quiero gritar a los demonios en mi cabeza. No tienen
derecho a estar aquí... no hay razón para pulular alrededor de este pequeño niño de
mirada dulce y sin embargo siguen girando como un carrusel. Al igual que mi coche
debe estar alrededor de la pista en estos momentos. Así que ¿por qué estoy dando un
paso hacia este niño que se polariza en lugar de prepararme para la ración de mierda
que Becks va a escupirme, por el aspecto de mi coche, que, ¿obviamente me merezco?
Y sin embargo, todavía no me puedo resistir.
Doy otro paso hacia él, lento y pausado en mis movimientos, al igual que estoy
con los chicos de La Casa.
Los chicos.
Paula.
Tengo que verla.
No quiero estar solo nunca más.
Necesito sentirla.
No quiero estar roto nunca más.
¿Por qué estoy nadando en un mar de confusión? Y sin embargo, tomo otro paso
a través de la niebla hacia este rayo inesperado de luz.
Mi chispa.
—Esa es una muy mala herida la que tienes ahí...
Él resopla. Es tan jodidamente adorable ver a este pequeño niño con cara seria,
arrugando la nariz tan salpicada de pecas, mirándome como si me faltara algo.
—Gracias, ¡Capitán Obvio!
Y una boca de sabelotodo también. Mi tipo de chico. Sofoco una risita mientras
me mira por encima del hombro de nuevo, por tercera vez. Empiezo a voltear para ver
lo que está viendo cuando su voz me detiene.
—¿Estás bien?
¿Eh?
—¿Qué quieres decir?
―¿Estás bien? —me pregunta de nuevo—. Pareces algo roto.
—¿De qué estás hablando? —Doy otro paso hacia él. Mis pensamientos fugaces
se mezclan con su tono sombrío y la preocupación grabada en su cara está empezando
a ponerme nervioso.
—Bueno, te ves roto para mí —susurra mientras su dedo envuelto en la tirita
voltea la hélice de nuevo, golpe, golpe, golpe, antes de señalar mi cuerpo de arriba a
abajo.
La ansiedad se arrastra por mi columna vertebral hasta que miro hacia abajo mi
traje de carrera para encontrarlo intacto, mis manos lo acarician de arriba hacia abajo
para calmar la sensación.
―No. —Las palabras salen corriendo—. Estoy bien, amigo. ¿Ves? No pasa nada
—le digo, suspirando una respiración rápida de alivio. El pequeño hijo de puta me
asustó por un segundo.
—No, tonto —dice rodando los ojos y dando un resoplido de aire antes de señalar
por encima de mi hombro—. Mira. Estas roto.
Me giro, la tranquila sencillez de su tono me desconcierta y miro detrás de mí.
Mi corazón se detiene.
Golpe.
Mi respiración se ahoga en mi pecho.
Golpe.
Mi cuerpo se congela.
Golpe.
Parpadeo mis ojos una y otra vez, tratando de alejar las imágenes ante mí. Las
vistas permanecen a través de una bruma viscosa.
Spiderman. Batman. Superman. Ironman.
Mierda. No. No. No. No.
—Ves —dice a mi lado con su voz angelical—. Te lo dije.
No. No. No. No.
El aire finalmente perfora mis pulmones. Me fuerzo a tragar por mi garganta que
se siente como papel de lija.
Sé lo que veo, el caos delante de mis ojos, pero ¿cómo es posible? ¿Cómo estoy
aquí y allí?
Golpe. Golpe. Golpe.
Trato de moverme. ¡Jodida carrera! Trato de llamar su atención para decirles que
estoy aquí, que estoy bien, pero mis pies no escuchan el pánico que rebota en mi
cerebro.
No, no estoy allí. Solo aquí. Sé que estoy bien, saben que estoy vivo, porque
puedo sentir el aliento que se atrapa en mi pecho cuando doy un paso adelante para
conseguir una mirada más de cerca. Las yemas del dedo del temor cosquillean sobre
mi cuero cabelludo porque lo que veo... esto no puede ser... no es jodidamente posible.
Spiderman. Batman. Superman. Ironman.
El zumbido suave de la sierra me saca de mi estado listo-para-la-rabia, mientras
el equipo médico corta en el centro del casco de piloto. En el momento en que se
separan las partes, mi cabeza se siente como que explota. Me dejo caer de rodillas, con
el dolor tan insoportable todo lo que puedo hacer es levantar mis manos para
sostenerla. Tengo que mirar hacia arriba. Tengo que ver quién estaba en mi coche.
Cuyo puto culo es mío, pero no puedo. Me duele jodidamente tanto
... Me pregunto si hay dolor cuando se muere...
Me sobresalto cuando siento la sensación de su mano sobre mi hombro... pero
en el momento en que descansa allí, el dolor deja de existir.
¿Qué...? Sé que tengo que mirar. Tengo que ver por mí mismo quien estaba en el
coche a pesar de que en última instancia sepa la verdad. Recuerdos inconexos se
fracturan y parpadean a través de mi mente al igual que piezas del espejo astillado en
ese antro de mierda.
Malditamente genial.
El miedo serpentea por mi columna vertebral, se afianza y reverbera a través de
mí. Simplemente no puedo hacerlo. No puedo mirar hacia arriba. No seas tan marica,
Alfonso. En cambio, miro a mi derecha hacia sus ojos, la calma inesperada en esta
tormenta.
—¿Ese es...? ¿Estoy...? —pregunto al niño mientras mi respiración se obstruye
en mi garganta, la aprehensión sobre la respuesta tiene a mi voz de rehén.
Él solo me mira. ojos claros, rostro serio, labios fruncidos, pecas bailando, antes
de apretarme el hombro.
—¿Qué crees?
Quiero sacar una jodida respuesta de él pero sé que no lo haré. No puedo. Con él
aquí a mi lado en medio de este caos girando, nunca me he sentido más en paz y sin
embargo, al mismo tiempo, con más miedo.
Fuerzo a mis ojos de su rostro sereno a mirar hacia atrás a la escena que hay
delante de mí. Siento como que estoy en un caleidoscopio de imágenes irregulares en
frente de mi cara, mi jodida cara, en la camilla.
Mi corazón choca. Chisporrotea. Se detiene. Muere.
Spiderman.
Piel gris. Ojos hinchados, amoratados y cerrados. Labios laxos y pálidos.
Batman.
Me entrego a la devastación, la desesperación me consume, la vida chisporrotea
y sin embargo mi alma está unida.
Superman.
—¡No! —grito a todo pulmón hasta que mi voz cae ronca. Nadie gira. Nadie me
escucha. Cada maldita persona no reacciona, mi cuerpo y los médicos.
Ironman.
El cuerpo en la camilla, mi cuerpo, se sacude ya que alguien se sube a la camilla
y comienza las compresiones en el pecho. Alguien me abrocha el collarín ortopédico.
Levantan mis párpados y comprueban mis pupilas.
Golpe.
Caras cautelosas. Ojos derrotados. Movimientos de rutina.
Golpe.
—¡No! —grito de nuevo, el pánico reina dentro de mí en cada onza—. ¡No!
¡Estoy aquí! ¡Aquí mismo! Estoy bien.
Golpe.
Las lágrimas caen. La incredulidad tartamudea. Las posibilidades se desvanecen.
La esperanza se desmorona.
Mi vida se desdibuja.
Mis ojos se centran en la mano que cuelga inerte y sin vida fuera de la camilla,
una sola gota de sangre poco a poco hace su camino hasta la punta de mi dedo antes
de que otra compresión en el pecho gotee en el suelo debajo. Me concentro en ese hilo
de sangre, incapaz de mirar hacia atrás a mi cara. No puedo soportarlo más.
No puedo soportar ver fugarse de la vida de mí. No puedo soportar el miedo que
se apodera de mi corazón, lo desconocido que se escurre en mi subconsciente y el frío
que comienza a filtrarse en mi alma.
—¡Ayúdame! —me dirijo al niño tan familiar pero tan desconocido—. Por favor
—se lo ruego, un susurro implorante, con cada onza de la vida que hay en mí—. No
estoy dispuesto a... —No puedo terminar la frase. Si lo hago, estoy aceptando lo que
está sucediendo en la camilla delante de mí, que significa su lugar junto a mí.
—¿No? —pregunta. Una sola palabra, pero la más importante de mi puta vida.
Lo miro, consumido por lo que está en las profundidades de su mirada, comprensión,
aceptación, reconocimiento, y por mucho que no quiero dejar la sensación que tengo
con él, la pregunta que me está haciendo, elegir la vida o la muerte es la decisión más
fácil que he tenido que hacer.
Y, sin embargo, la decisión de vivir, para volver atrás y demostrar cómo
demonios merezco esta opción, significa que voy a tener que dejar su carita angelical
y la serenidad que su presencia trae a mi alma llena de problemas.
—¿Nunca voy a verte de nuevo? —No estoy seguro de donde viene la pregunta,
pero cae antes de que pueda detenerla. Aguanto la respiración a la espera de su
respuesta, queriendo tanto un sí y un no.
Inclina la cabeza hacia un lado y sonríe.
―Si está en las cartas.
¿Qué malditas cartas? Quiero gritarle. ¿Las de Dios? ¿El Diablo? ¿Mías? ¿Qué
malditas cartas? Pero todo lo que puedo decir es:
—¿Las cartas?
—Sí —responde él con una pequeña sacudida de la cabeza mientras mira a su
helicóptero y después a mí.
Golpe. Golpe. Golpe.
El sonido se vuelve más fuerte ahora, ahogando todo el ruido de mí alrededor, y
sin embargo, todavía puedo oír el sorteo de su aliento. Aun así puedo escuchar los
latidos de mi corazón en mis tímpanos. Todavía puedo sentir el suave suspiro de la paz
que se envuelve alrededor de mi cuerpo como un susurro, mientras coloca su mano
sobre mi hombro.
De repente veo el helicóptero, Life Flight, en el cuadro interior, el incesante
sonido de los rotores, golpe, golpe, golpe, como si me esperase. La camilla se desvía
hacia adelante a medida que empiezan a moverme rápidamente hacia él.
—¿No vas? —me pregunta.
Trabajo un trago en mi garganta cuando miro hacia atrás y le doy un sutil,
resignado gesto de la cabeza.
—Si... —Es casi un susurro, el miedo a lo desconocido pesando en mi tono.
Spiderman. Batman. Superman. Ironman.
—Hey —dice, y mis ojos vuelven a centrarse en su perfecta maldita cara. Señala
de nuevo a la actividad que hay detrás de mí.
—Parece que los superhéroes vinieron esta vez, después de todo.
Giro alrededor, mi corazón alojado en mi garganta y la confusión metiéndose
con mi lógica. No lo veo al principio, el piloto me está dando la espalda, ayudando a
cargar a mi camilla en la evacuación médica, pero cuando se da la vuelta para saltar en
el asiento del piloto y tomar el mando de control, está claro como el día.
Mi corazón se detiene.
Y comienza.
Una exhalación vacilante de alivio parpadea a través de mi alma.
El casco del piloto está pintado.
Rojo.
Con líneas negras.
La señal de llamada de Spiderman estampada en la parte frontal del mismo.
El niño pequeño en mí se entusiasma. El hombre crecido en mí se hunde con
alivio.
Me vuelvo para decir adiós al niño, pero no lo encuentro por ninguna parte.
¿Cómo demonios sabía él de los superhéroes? Miro alrededor buscándolo, necesitando
la respuesta, pero se ha ido.
Estoy solo.
Completamente solo, excepto por la comodidad de aquellos que he esperado toda
una vida a que llegasen.
Ha sido tomada mi decisión.
Los superhéroes finalmente llegaron.
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