lunes, 22 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 95

Cuanto más tiempo me siento y espero a que vuelva, más nerviosa me
pongo.
Y más cabreada. Estoy nerviosa porque además de su nado antes,
Pedro no ha hecho ejercicio desde que le dieron el visto bueno... y eso pasó solo ayer.
Sé que su ira lo empujará a correr duro, más rápido, más largo y simplemente me
inquieta porque, ¿cuánto pueden los vasos en proceso de curación en su cerebro
soportar? Ha pasado casi una hora desde que se fue, ¿cuánto es demasiado?
Y estoy cabreada porque después de todo lo que me dijo, me preocupo.
Niego, las palabras que me dijo dan vueltas cuando bajo la mirada a la franja de
playa. Entiendo su ira, la inherente necesidad de arremeter sobre su más bien frágil
control sobre sus ideas preconcebidas, pero pensé que ya habíamos pasado por eso.
Pensé que después de todo lo que hemos pasado en nuestro corto tiempo juntos le
había demostrado lo contrario. Probado que no soy como las demás mujeres. Que lo
necesito. Que nunca lo voy a manipular para conseguir lo que quiero, como tantas
otras mujeres de su vida lo han hecho. Que no lo voy a abandonar. Y quiero tan
desesperadamente salir ahora mismo, escapar de las peleas y más daño que me temo
van a pasar con su regreso, pero no puedo. Ahora más que nunca tengo que probarle
en este momento que no voy a correr cuando me necesita más, aunque la idea de él
teniendo un hijo con alguien me está matando ahora.
Me trago la bilis que quiere resurgir de nuevo y esta vez no puedo mantenerla
oprimida. Corro al baño y dejo salir el contenido de mi estómago. Me tomo un
momento para calmarme, convencerme a mí misma de alejarme de la cornisa de la que
quiero saltar porque esto es demasiado para mí. Hay tantas cosas que están sucediendo
en un corto período de tiempo tan largo que mi mente quiere apagarse.
Pero si es cierto, ¿Qué significa eso? ¿A él, como persona y a nosotros como
pareja y a mí como la mujer que no puede nunca darle eso? ¿Y sobre todo que se lo
había dado ella? Mi estómago se rebela ante la idea de nuevo y lo único que puedo
hacer es soltar mi frente en la tapa del inodoro, exprimir mis ojos para cerrarlos y alejar
el vistazo a las imágenes de un niño pequeño adorable con el cabello manchado de
tinta, ojos de esmeralda y una sonrisa traviesa. Un niño pequeño que nunca seré capaz
de darle.
Pero ella puede. Y si ese es el caso, ¿cómo carajos voy a ser capaz de manejar la
situación? Amar al hombre pero no al bebé que es suyo porque no soy la madre,
simplemente porque es parte de Tamara, ahora, ¿en qué clase de persona horrible eso
me convertiría? Y sé que no es verdad, sé que nunca no podría amar a un niño a causa
de circunstancias sobre las que él no tiene control, pero al mismo tiempo, sería un
recordatorio tan devastador y constante de lo que otra persona le puede dar lo que yo
no puedo.
El último regalo.
El amor y la inocencia incondicional.
Me seco las lágrimas que ni siquiera me di cuenta fueron cayendo cuando
escucho el ladrido lejano de Baxter y hago mi camino a la terraza. La bestia inofensiva
de perro llega a la parte superior de las escaleras subiendo desde la playa y se deja caer
exhausto en la cubierta con un gemido. Respiro hondo y me preparo para la llegada de
Pedro, sin saber a qué versión de él me enfrentaré.
En unos momentos aparece su cabello empapado de sudor, mejillas rojas y el
pecho agitado por el esfuerzo. Quiero preguntarle cómo se siente, dónde su cabeza
está, pero creo que mejor no debería. Voy a dejar que él de tono a esta conversación.
Levanta su mirada y veo el parpadeo de choque a través de sus características
cuando me ve. Se pone de pie, con las manos apoyadas en sus caderas y se me queda
mirando por un instante.
—¿Por qué diablos sigues aquí?
Así que esa es la forma en que esto va a ser.
Pensé que me había calmado, tenía esperanza de que él lo hubiera hecho con su
carrera, pero, obviamente, los dos todavía estamos atados a una bola de alambre de
púas de dolor. Los dos estamos todavía empeñados en demostrar nuestros puntos.
La pregunta es: ¿cómo va a manejar lo que tengo que decir? ¿Va a atacarme de
nuevo? ¿Destrozarme por segunda vez? ¿O es que va a darse cuenta de que a pesar de
la bomba de Tamara, nuestra carrera figurativa no se detiene? ¿Qué podemos soportar
el daño colateral?
—Ya no puedes huir más, Pedro. —Espero que mis palabras, palabras que él
había usado conmigo antes, llegaran a su destino y se hundieran.
Se detiene a mitad de un paso al lado de mi silla, pero mantiene la cabeza
inclinada hacia abajo para evitar mirarme.
—No eres mi jodida dueña, Pau. No tienes que decirme lo que puedo o no puedo
hacer más de lo que Tamara puede.
Su voz es un susurro, pero sus palabras golpean fuerte.
—No negociable, ¿recuerdas? —le advierto con el desafío que no siento reflejado
en mis ojos. Él solo está allí con impaciencia, sus músculos se tensan y me siento
obligada a continuar. Para o bien detener o iniciar la lucha que se avecina entre
nosotros—. Tienes razón. —Niego—. No me perteneces... ni quiero que lo hagas. Pero
cuando estás en una relación, no puedes hacerle daño a alguien porque estas herido y
luego irte. Hay consecuencias, hay…

—Te lo dije, Paula... —Se vuelve hacia mí ahora, con los ojos aún evitándome,
pero el tono de su voz, uno de puro asco, me tiene enervándome—. Hago lo que me
de la real gana. Lo mejor es que recuerdes eso.
—Pedro... —Es todo lo que puedo decir, sintiendo como si me hubieran
golpeado de nuevo a unos pasos por su afirmación de buenas a primeras, su repentina
necesidad de agarrar su vida que siente que es una espiral fuera de control. Pero no lo
entiende. No es solo su vida más. ¡Es mi vida también! Esto es sobre el hombre al que
amo y las posibilidades que siento.
Esto me está matando tanto como a él, pero está demasiado envuelto en su propia
cabeza para verlo de otra manera.
Me fuerzo a tragar mientras trato de encontrar las palabras para decir esto, para
mostrarle los dos estamos sufriendo, no solo él. Pero soy demasiado lenta. Él me gana
por la mano.
—Dices que estamos en una relación, Paula... ¿Estás segura de que es lo que
quieres? Porque así es como va mi vida —grita, su cuerpo se mueve sin descanso con
toda su energía negativa—. La encantadora vida de Pedro Maldito Alfonso. Por cada
subida hay una caída libre de mierda. Por cada buena cosa hay una jodidamente mala.
—Da un paso hacia mí, tratando de antagonizar y empujar mis botones. Clavo mis
uñas en mis palmas para recordarme a mí misma que tengo que dejar que saque todo
lo que siente de su pecho. Dejarle culpar a todo el mundo si es necesario, para que
pueda calmarse, darse cuenta que esto no es el fin de su mundo, a pesar de que se sienta
así para mí—. ¿Estás lista para ese tipo de giro en la pista de mi vida? —finaliza, el
sarcasmo goteando de sus palabras mientras pasa a pocos metros de mí. Puedo sentir
la vibración de ira fuera de él, puedo sentir su desesperación por encontrar algo útil y
aferrarse a ello para conseguir que reaccione. Me fuerzo a tragar y niego.
—Está bien —le digo, arrastrando las palabras, para ganar tiempo mientras trato
de pensar en qué decir—. ¿Qué es lo bueno y lo malo, entonces?
—¿Lo bueno? —pregunta, abriendo mucho los ojos cuando el sudor gotea por su
torso—. Lo bueno es que estoy vivo, Paula. ¡Estoy jodidamente vivo! —grita,
golpeándose el pecho con el puño. Me estremezco cuando su voz resuena en mis oídos.
Confunde mi reacción y se alimenta de ella—. ¿Qué? ¿Creíste que en realidad iba a
decir que tú lo eres? —Me digo a mí misma que no debo llorar, me digo que no es la
respuesta que esperaba, ¿pero a quién estoy engañando? ¿Realmente creo que en
medio de todo esto tendría que aferrarse a mí como su fuerza? ¿Su razón? Puedo
esperarlo, pero para un hombre tan acostumbrado a confiar en sí mismo, no debería
sorprenderme.
—¿Crees que puedes bailar el vals aquí y jugar a las casitas, jugar a la enfermera
y cuidarme y todos mis problemas, todos mis putos demonios van a desaparecer?
Supongo que Tamara acaba de demostrar que esa teoría está mal, ¿verdad? —se ríe, una
risa que se alimenta de pequeños agujeros de la resolución que todavía me queda—. El
perfecto puto mundo que piensas que existe, seguro como la mierda que no lo hace.

No se puede hacer limonada con un limón que se está pudriendo desde adentro hacia
afuera.
Y no estoy segura de lo que duele más, el ácido comiendo en mi estómago, su ira
golpeando mis oídos o el dolor apretando mi corazón. La réplica dada por Tamara se
convierte en un terremoto en toda regla de la incredulidad y el dolor de mis
pensamientos giran fuera de control y chocan de cabeza en la pared como Pedro hizo.
Pero esta vez el daño colateral es muy difícil de controlar, ya que todo se derrumba a
mí alrededor. Mi estómago palpita de nuevo mientras trato de entender algo, cualquier
cosa, que me diera un ápice de esperanza.
Necesito aire.
No puedo respirar.
Necesito alejarme de todo esto.
Doy unos pasos hacia atrás, necesitando escapar y tropiezo en la barandilla.
Lucho con la necesidad de vomitar de nuevo, mis manos apretando la madera bajo mis
dedos mientras trato de no perder el equilibrio.
—No es seguir huyendo, Paula, estamos en una relación. ¿No son esas las reglas?
—Su voz burlona está más cerca de lo que yo esperaba y algo acerca de la forma en
que las dice, la intimidad mezclada con sarcasmo, me pone en marcha.
Me doy la vuelta.
—¡No estoy huyendo, Pedro! ¡Estoy dolida! ¡Jodidamente cayéndome a pedazos
porque no sé qué decir o cómo responderte! —grito—. ¡Estoy jodidamente cabreada
porque estoy enojada contigo por ser tan maldito insensible porque tienes razón! Daría
cualquier cosa por tener un bebé. ¡Cualquier cosa! Pero no puedo y la idea de que
alguien te puede dar la única maldita cosa que no puedo me está destrozando.
Llevo mis manos hasta mi cabeza y solo las mantengo allí por un momento
mientras trato de dejar de llorar, mientras trato de recoger los pensamientos que tengo
que decir. Levanto la cabeza y lo miro a los ojos de nuevo.
—Pero ¿sabes qué? Incluso si pudiera, nunca te usaría o manipularía para
conseguir uno. No soy como la perra de Tamara y no soy la pobre excusa de vida que
tu madre era. —Las lágrimas caen por mi cara y lo miro, allí de pie sorprendido por
mi arrebato a través de mi visión borrosa.
Empieza a decir algo y levanto una mano para detenerlo, necesitando terminar
lo que tengo que decir.
—No, Pedro, no estoy huyendo y no voy a dejarte, pero no sé qué hacer. ¡No
tengo ni puta idea! ¿Me quedaré aquí y dejaré que me desgarres más? Me estoy
muriendo por dentro, Pedro. ¿Es que no te das cuenta? —Limpio las lágrimas de mis
ojos y niego, necesitando algún tipo de reacción por parte de él—. ¿O me voy? ¿Nos
damos un par de días para arreglar la mierda jodida en nuestras cabezas? Así no me
molesto contigo por tener una elección cuando yo no lo hago. Así te das cuenta de que
no soy como cualquier otra mujer que alguna vez te usó.

Doy un paso hacia él, el hombre que amo y me gustaría poder hacer algo,
cualquier cosa, para aliviar la agitación dentro de él, pero sé que no puedo. Puedo
sentir que está en un punto de romperse al igual que yo, enfrentarse con la posibilidad
de un niño es más de lo que él, un hombre que ha sobrevivido tanto, puede soportar,
pero estoy en una pérdida en cómo ayudar cuando estoy llena de confusión también.
El músculo de su mandíbula pulsa mientras lo veo luchar por mantener el
control sobre sus emociones, su ira, su necesidad de liberación y desearía poder hacer
algo más por él, porque si mi corazón se está rompiendo, entonces no puedo imaginar
lo que el suyo siente. Y la única cosa que creo que puedo hacer es darnos un poco de
espacio... vamos a calmarnos... averiguar lo que queremos por nuestra cuenta para
poder estar bien otra vez.
Encontrarnos de nuevo.
Doy otro paso hacia él y finalmente levanta su mirada para encontrarse con la
mía, así que puedo leer lo que está sintiendo. Y tal vez sea el hecho de que realmente
nos conocemos ahora, se han roto las paredes de cada uno, porque sin importar lo
difícil que está tratando de ocultar sus emociones puedo leer todas y cada una de ellas
a través de sus ojos parpadeantes. El miedo, la ira, la confusión, la vergüenza,
preocupación, incertidumbre. La verdad está allí, sabía que iba a estar, me está
alejando, retándome a correr y demostrarle que soy, de hecho, lo que percibe el resto
de las mujeres a ser. Y al mismo tiempo, veo remordimiento nadando allí y una
pequeña parte de mí suspira al verlo, me da algo para agarrarme.
Da un paso hacia mí, así nos paramos cerca, pero no nos tocamos. Puedo ver la
emoción vacilante en su rostro, cómo sus músculos se tensan mientras trata de
contener todo lo que veo en sus ojos. Me temo que si lo toco, nos vamos a romper
tanto y en este momento uno de nosotros tiene que ser fuerte.
Tengo que ser yo.
—Mírame, Pedro —le digo, esperando que sus ojos encuentren los míos de
nuevo—. Soy yo, la que te reta a una carrera. La que va a luchar con uñas y dientes
por ti. La que va a hacer cualquier cosa, cualquier cosa, para que ese dolor en tus ojos
y el dolor en tu alma desaparezcan... hacer que la acusación de Tamara
desaparezca... pero no puedo. No puedo ser cualquier cosa para ti hasta que dejes de
alejarme. —Doy un paso más cerca, con ganas de alcanzarlo, tocarlo y borrar el dolor
en sus ojos—. Porque todo lo que quiero hacer es ayudar. Puedo manejar que seas un
imbécil. Puedo manejar que descargues tu mierda en mí... pero no va a arreglar las
cosas. No va a hacer que Tamara o el bebé o cualquier otra cosa desaparezca. —Me
ahogo en las lágrimas que llenan mi garganta—. Es solo que no sé qué hacer.
—Paula... —Es la primera vez que ha hablado y la desesperación en la forma en
que dice mi nombre con tanta angustia envía escalofríos por mi columna vertebral—.
Mi cabeza está bastante jodida en estos momentos. —Me fuerzo a tragar y asentir para
que él sepa que lo oigo. Cierra los ojos por un instante y suspira en voz alta—. Mira yyo...
yo necesito un poco de tiempo para tener las cosas bien... para así no alejarte...
solo...

Me muerdo el labio inferior, no estando segura si estoy molesta porque me está
diciendo que me vaya o aliviada, y asiento.
Llega a tocarme y doy paso un atrás, temiendo que si lo hace, no voy a ser capaz
de alejarme.
—Está bien —le digo, mi voz apenas audible mientras retrocedo—. Voy a hablar
contigo en un par de días.
Y no puedo mirarlo de nuevo, el dolor de ambos en este momento es tan palpable
por diferentes razones, por lo que me doy la vuelta y me dirijo a la casa.
—Paula —dice mi nombre otra vez, nadie puede decirlo igual que él y mi cuerpo
se detiene al instante. Sé que se siente como yo, incierto, sin resolver, con ganas de
que me quede y queriendo que me vaya, por lo que solo me mantengo de espaldas y
asiento.
—Lo sé. —Sé que lo siente, por haberme herido, por amarme y por lo que estoy
atravesando, por Tamara, por la incertidumbre, por mis propias inseguridades cuando
se trata de lo que no le puedo dar... tantas cosas que sé que lamenta... y la más grande
es que lo siente por dejar que me vaya ahora mismo, porque no puede encontrar en él
eso para pedirme que me quede.

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