miércoles, 23 de julio de 2014
CAPITULO TREINTA Y DOS
El autobús se detiene frente los portones del Auto Club Speedway en Fontana. Los chicos zumban de energía, y sus ojos están amplios como platos mientras asimilan la inmensidad del complejo. Tienen puestas sus camisetas, y todos los pases VIP que los asistentes de Pedro dejaron a bordo del bus para ellos.
Sus enormes sonrisas y sus constantes ooohs y aaahs llenan el autobús, e inundan mi corazón de puro gozo. Zander salta de pronto de su asiento, vibrando con una obvia energía que me toma por sorpresa. Miro a Jackson y Dane, los otros consejeros, y noto que también se percataron de ello.
Por primera vez en casi una semana, siento como si verdaderamente pudiera sonreía e, irónicamente, es Pedro quien indirectamente lo ha causado. Me siento tan agradecida con él por esos pequeños detalles que agregó para los niños: una carta personalizada, las camisetas, los pases y las brillosas revistas con un auto en la portada. Cosas que los hacen sentir especiales. Importantes.
Nuestro autobús es dirigido por un túnel debajo de las gradas, antes de conducirse hacia el cuadrilátero. No lo creería posible, pero las exclamaciones de los chicos se vuelven incluso más altas en este nueva parte. Nos detenemos y las puertas se abren. En un momento, un hombre se sube al bus, saltando con entusiasmo. Nos hace bajar, y nos indica que lo sigamos hacia una sala de reuniones donde podrán encontrarse con Pedro.
Me siento pequeña mientras camino en medio de este enorme campo. Al sur de nosotros, una enorme tribuna se erige a los celos, mientras que una pista ovalada bordea todo nuestro alrededor. Puedo oír los motores acelerando y veo a las personas ir y venir de un garaje a mi derecha. Con cada paso que tomamos mi ansiedad por ver a Pedro se incrementa. ¿Cómo va a reacciona luego de su confesión telefónica?
¿Se comportará todo negocios como generalmente, o aún estará esa atracción magnética entre nosotros? ¿O será indiferente? A pesar de mi ansiedad, también me emociona ver a Pedro en acción. Verlo tomar parte de su pasión. Verlo en su elemento.
Llegamos a un edificio de ladrillo y nuestro guía, cuyo nombre es Davis, nos conduce hacia una habitación con una puerta roja abierta. Seguimos su consejo de echar un vistazo alrededor, los muchachos charlan excitados, sobrecogidos por nuestros alrededores. Le hacen diversas preguntas a Davis, quien pacientemente responde.
Cuando se tranquilizan un poco, Davis les explica el por qué se debe probar un auto.
―Cuando estamos testeando, la mayor parte del tiempo se va en afinar el auto. Pequeños ajustes aquí y allá, que hacen que el auto vaya más rápido, o que permitan un mejor manejo de éste. Estos cambios son esenciales para el comportamiento global del auto cuando la temporada comience a finales de marzo. Junto con estos ajustes, también hay pequeñas reuniones de Pedro con su jefe de mecánico, Daniels, para ver en que están trabajando. Ahí es donde Pedro se encuentra ahora, discutiendo…
―Ya no. ―Escalofríos bailan por mi espalda al oír la grave voz de Pedro detrás de mí, cuando entra al cuarto. Variadas exclamaciones me rodean mientras los chicos lo saludan. Miro a Zander, y la enorme y genuina sonrisa en su rostro hace que mi corazón se apriete en mi garganta.
―¡Hola, chicos! ―les responde―. Me alegra muchísimo que estén aquí hoy. ¿Están listos para divertirse?
Las exclamaciones se elevan de nuevo mientras inhalo profundamente, preparándome a mí misma para darme la vuelta y enfrentarlo. Cuando lo hago mi corazón da un brinco en mi pecho. Pedro está de rodillas, sus ojos nivelados con los más pequeños del grupo, desordenando juguetonamente el cabello de sus cabezas. Se ríe sinceramente a algo que dice Scooter y se para lentamente, levantando la mirada y la engancha con la mía.
Todo pensamiento abandona mi cabeza cuando lo absorbo. Está usando su traje a prueba de fuego, la parte de arriba desabrochada y atada alrededor de su cintura
para revelar una ajustada camiseta con un desvanecido logo en su pecho, y un pequeño agujero en su hombro izquierdo. Su cabello está desordenado y su mandíbula muestra la sombra de un día sin afeitarse.
Mis pensamientos inmediatamente se desvían hacia lo mucho que me encanta pasar mi lengua sobre sus labios, y empuñar su cabello.
Me muerdo el labio inferior, el rápido dolor recordándome que esto no va a pasar ―nosotros no vamos a pasar― y para ayudarme a resistir la urgencia que podría tener al pensar lo contrario. Los ojos de Pedro se quedan clavados en los míos mientras los niños que adoro lo rodean. Una lenta y perezosa sonrisa se expande en su cara.
Todo pensamiento de resistencia se desvanece. ¡Mierda! Estoy tan fuera de mi cuando se trata de él.
―Hola, Paula. ―Tanto detrás de esas dos palabras. Todo el dolor, la confusión, el sobre análisis de los últimos se desintegra. En caso de que no lo supiera antes, es obvio que su proximidad nubla tanto mi juicio como mi sentido común.
―Hey. ―Mi nerviosa respuesta es todo lo que puedo manejar mientras continuamos con nuestras miradas pegadas la una a la otra como si fuéramos los únicos dos en la habitación. Contengo mis manos, ignorando el deseo que florece en mi centro.
Kyle tira de su mano y, luego de un latido, arrastra la mirada de mí y se enfoca de nuevo en los chicos.
Lentamente exhalo el aire que no sabía que estaba reteniendo. Dane se acerca a mí.
―¡Mierda, Paula! Si no lo supiera pensaría que con esa mirada te estaba diciendo que te quiere comer como postre.
Le doy una incomprendida mirada, como si no supiera de lo que está hablando. Lo golpeo juguetonamente en el brazo, intentando usarlo como distracción de tener que contestar, y para esconder el sonrojo que tiñe mis mejillas al recordar la versión de Pedro de algodón de azúcar.
―¡El hombre obviamente te quiere, chica!
―¡Oh, lo que sea! Tú lees los tabloides, Dane. Es por completo un jugador ―susurro la evasiva respuesta―. Estoy segura de que mira así a todas las mujeres.
Agradezco la distracción cuando Zander se acerca a mí, y pongo una mano sobre su hombro.
Pedro nota el movimiento, y saca la mirada de los otros niños para encontrar los ojos de Zander. Se aleja de la multitud y camina para arrodillarse frente a nosotros.
―Hola, Zander. Me alegra que vinieras. ―Colton se queda quieto observando y esperando alguna indicación de Zander de cómo proceder.
Jadeo cuando oigo la ronca respuesta de la boca de Zander. Un croado “hola” sale de entre sus labios y la cautelosa sonrisa de Pedro se transforma en una deslumbrante. Lágrimas corren por mis mejillas y rápidamente las limpio para mirar a Dane y Jackson igual de aliviados y orgullosos.
¡La primera palabra de Zander!
Pedro se aclara la garganta, al parecer también conmovido con el momento.
―Entonces, voy a necesitar su ayuda más tarde. ¿Está bien?
Cuando Zander asiente, Pedro lentamente extiende la mano mostrándole a Pedro su intención, y cuando él no se encoge, Pedro gentilmente revuelve su cabello
Pedro me mira mientras se pone de pie, y las lágrimas nadando en mis ojos son tanto por la reacción de Zander como por el hombre parado frente a mí. Por todo lo que no puede ser con él. Me da una resignada y conocedora sonrisa antes de regresar su enfoque a los seis chicos.
―Entonces, ¿están listos para ir a los pits, revisar los autos y testear todo? ―Colton se balancea juguetonamente ante el rugido en afirmación de los chicos.
―Voy a tomar eso como un sí. ―se ríe.
Por la esquina de mi ojo, noto a una esbelta rubia entrar al cuarto con un portapapeles en una mano, una vieja gorra de baseball en la otra, y un pase oficial alrededor de su cuello.
Se apoya contra el marco de la puerta mirando a Pedro, y debe sentir mi mirada, porque gira la cabeza, lentamente mirándome de arriba abajo en una obvia medición. Sus ojos finalmente encuentran los míos, y una sonrisa se forma en sus labios, y una mirada no tan amistosa en sus ojos. Y eso es lo que se necesita para comprender de quién se trata. Ella es Tamara Taylor, la a veces escolta empleada por PA Enterprises, y quién sabe qué más de Pedro.
Silbo en comprensión; sus largas piernas, su perfecta figura y el majestuoso rostro me hacen sentir más que insegura. ¿Por qué iba a Pedro a perseguir a alguien como yo, cuando podría tener a alguien como ella?
Pedro la mira mientras dice su nombre en una carrasposa voz, interrumpiendo su respuesta a una pregunta de Shane.
―Denme un minuto chicos ―se excusa, y camina hacia donde ella está parada.
Le pasa la maltratada gorra y él se pasa una mano a través de su cabello antes de ponerla en su cabeza. Oigo sus acalladas voces y entiendo algunas palabras entre los ruidos que los chicos hacen. Pedro se lleva las manos a la cadera, sus hombros llenando la desgastada remera, y asiente a Tamara.
Ella sonríe ampliamente, y cuando levanta una mano para ponerla en el brazo de Pedro, la odio instantáneamente. Mis oídos reaccionan al escuchar mi nombre. ¿Qué?
Tamara me mira rápidamente antes de volver a Pedro. Pareciera como si estuvieran resolviendo algunas cosas, así que me mantengo ocupada chequeando los posters que cuelgan de las paredes.
Escucho que Pedro dice “Gracias”, antes de volver a su audiencia. Tamara se gira en la puerta y nota que la estoy estudiando. Me dirige una falsa y maliciosa sonrisa antes de salir.
Su sonrisa lo dice todo. Pedro es de su propiedad, y yo soy solo una intrusa.
¡Bueno, a jugar cariño!
Con Tamara fuera y una adversaria menos por conocer, vuelvo mi atención en Pedro quien les está diciendo los que les espera en la prueba. Responde cada
pregunta con una comprendida paciencia y detalle que lo dicen todo en cualquier nivel.
Zander se para cerca de Pedro, concentrado en la conversación sin que sus ojos dejen nunca su rostro. Cuando termina, Davis mirando su reloj eleva la voz.
―Bueno, muchachos. Los guiaré hacia los pits. Podrán sentarse en los asientos justo encima y verlo todo. También les vamos a dar algunos auriculares para que puedan oír todo lo que hablamos con Pedro. ―Agarra el portapapeles y gira hacia la puerta―. Así que si me siguen, los llevare a donde está la acción.
Los chicos se mueven animados mientras arman una fila detrás de Davis. Agarro mi bolso y comienzo a seguirlos, la ansiedad elevándose ante la posibilidad de estar a solas con Pedro. En general tengo una fuerza de voluntad fuerte, pero cuando se trata de Pedro, es inexistente.
Doy mi primer paso y entonces escucho su voz detrás de mí.
―¿Me das un segundo, Pau? ―su ligera voz me empapa.
Ignoro la ceja levantada que Dane me da antes de seguir a los chicos hacia la puerta. Sin confiar en mi voz, me imagino que el ya no seguir adelante es suficiente respuesta para Pedro.
―Es bueno verte. ―Su voz es áspera.
Respiro hondo y cierro los ojos por un momento, intentando limpiar las emociones de mi cara y no mostrar nada de lo que siento. Lentamente me doy la vuelta con una falsamente calmada sonrisa en mis labios mientras recuerdo sus palabras del otro día. La increíble fuerza del devastador efecto que tiene en mí me golpea cuando encuentro sus ojos.
Esto nunca funcionará.
―A ti también, Ace.
Está sentado en el borde la mesa, un pie descansando en el asiento de la silla frente a él, sus manos retorciendo sus anteojos del sol por la pata. Mi corazón da un vuelco ante la vista de él, sabiendo que podría tener una parte de todo eso, pero no todo lo que necesito. Camino hacia él, la química irrefutable, y tira de mí
magnéticamente. Le sonrío tímidamente intentando mantener mis emociones a raya. Me detengo frente a él, mis dedos locos por tocarlo. Sus ojos siguen mi mano cuando la levanto para sacar la imaginaria hebra de su camiseta.
―Te ves tan oficial.
Río ansiosamente diciendo la única cosa que se me viene a la mente. Inclina la cabeza y me levanta una ceja.
―¿Qué? ¿Te creías que lo estaba fingiendo y que esto es solo un show? ―dice secamente levantándose de la mesa. Cuando se para noto que su cuerpo está a apenas centímetros del mío. Su esencia me envuelve y doy un paso atrás para evitar tocarlo de nuevo. Lo que sea para mantener mi dignidad.
―No, no es eso a lo que me refiero. ―Sacudo mi cabeza, retrocediendo de nuevo para crear algo de espacio―. Estar aquí lo vuelve todo más real: las pistas, verte en tu traje, las gradas… la enormidad de todo en general. ―Me encojo de hombros―. Muchas gracias Pedro.
Con esas palabras miro hacia abajo, para instintivamente jugar con el anillo que ya no está en mi dedo. En su lugar entrelazo mis dedos y trato de esconder el arremolinamiento de emociones en mis ojos.
―¿Por qué?
―Por todo. Las cosas en el bus por los chicos. Tenerlos aquí. Todo. ―Lo miro, lágrimas de felicidad nadando en mis ojos, y agrego suavemente―: La primera palabra de Zander.
―Cualquier avance es importante para curar heridas invisibles.
Sé que entiende estas palabras más que la mayoría. Extiende la mano limpia una solitaria lágrima que se escapa. Ese simple signo de compasión me deja temblando. Sus ojos encuentran los míos y puedo ver los sentimientos que tiene por mí en ellos. Desearía que pudiera verlo e los míos.
Se pone los anteojos, acorazando mi capacidad para leer más en ellos y me da la mano.
―¿Vienes conmigo a los pits?
Cuando sólo me quedo ahí mirándolo, la confusión cubriendo mi cara, responde por mí agarrando mi mano y apretándola por lo que soy forzada a ir con él. Caminamos en silencio, ambos ocupados en nuestros propios pensamientos. Todas las preguntas que quisiera hacerle se mantienen no dichas en mis labios, porque este no es el lugar para ellas. Pongo una mano en mi estómago para calmar los nervios aflorando ahí.
―¿Por qué te ves tan nerviosa cuando soy yo el que va a dar vueltas en la pista a trescientos kilómetros por hora?
Me detengo, lo miro, y soy incapaz de ver a través de sus lentes oscuros, preguntándome si realmente no comprende lo que el estar así con él, estar con él cuando no puedo tenerlo me hace. Decido tomar la salida rápida.
―Estoy nerviosa por ti. ¿No tienes miedo de estrellarte?
―Oh, he chocado muchas veces, Pauli. ―Se levanta los lentes para que nuestros ojos puedan verse―. A veces se necesita chocar un par de veces para aprender de tus errores, y entonces cuando el humo se disipa terminas siendo mejor. Aprendes la lección para en caso que suceda de nuevo.
Se encoge de hombros, apretando mi mano y sonriendo tímidamente.
―Además, a veces las abolladuras le añaden carácter a las carreras. Verse bonitos dura poco.
Nuestros ojos se sostienen y sé que está hablando de algo más que correr. Mis ojos lo urgen, silenciosamente formulando las preguntas que tengo miedo decir, pero se vuelve a poner los lentes, pretendiendo no verlos. Agarra mi mano para comenzar a caminar, nuestros dedos enlazados son la única respuesta que recibo.
Intento pensar en algo que decir para agregar un poco de ligereza a la caminada.
―¿No deberías tener alguna clase de expresión pre-carrera para demostrar que vas en serio?
―Algo así ―se ríe―, pero hoy no es una carrera. Además, en general me pongo así cuando camino hacia los pits. Eso hace que mi hermana se enoje un montón.
―¿Por qué?
―Porque así puedo hacer que todos se apuren y hagan lo que les digo ―dice como si nada, una pequeña sonrisa en sus hermosos labios.
―Típico macho ―río y sacudo mi cabeza―. Gracias por la advertencia Ace.
―Y ella dice que me veo malvado. Intento decirle que todo es parte de mi trabajo pero no se lo cree.
Caminamos un poco más en silencio, con una sonrisa en mis labios. Puedo oír un motor volviendo a la vida a mi izquierda y el sonido de alguna llave chillando a mi derecha.
―No estaba seguro de que vendrías hoy. ―Sus palabras me toman por sorpresa. Creo que escondo bastante bien mi cara―. Creí que tal vez enviarías a otro consejero en tu lugar.
―No ―murmuro cuando nos detenemos en la esquina de un edificio, y lo miro. ¿No se da cuenta acaso de que cuando me aleja, irrefutablemente soy arrastrada hacia él? ¿Qué no me podría quedar apartada aún si quisiera?―. Quería verte en tu elemento. Ver a los chicos experimentando esto.
Me mira por un momento, asintiéndole a alguien que pasa junto a nosotros antes de reencontrar sus ojos con los míos.
―Me alegro de que estés aquí.
―Yo también ―boqueo hacia él, luchando por la urgencia de alejar mis ojos debido a la intensidad de los suyos.
―Hasta aquí es donde llego ―dice, apoyándose contra la pared, poniendo un pie detrás de él.
―Oh. ―Con sus pulgares acaricia los nudillos de mi mano que está sosteniendo.
Una lenta sonrisa traviesa se planta en sus labios.
―¿No me das un “beso de la buena suerte”,Paula? ―Se aferra a mi mano mientras caigo contra él. Planta su mano libre en mi espalda, sosteniéndome contra la solidez de él.
Sus advertencias, sus señales confusas, el dolor que él me causó, todo se desvanece cuando mis ojos revolotean hacia sus sensuales labios a centímetros de mí. Cada músculo debajo de mi cintura se aprieta en deseo. Cierro momentáneamente los ojos, mojándome los labios con la lengua, antes de abrirlos de nuevo para encontrar los verde claro de Pedro. ¿Por qué no? No es como si el término sensatez haya cruzado por mi cabeza alguna vez cuando se trata de él. La sensibilidad se desliza por mis dedos como arena cuando me acerco.
―Es lo menos que puedo hacer ―murmuro mientras él se saca su gorra de baseball.
Todo sentido de razón y modestia se desvanece de nuestro alrededor en el minuto que sus labios capturan los míos. Vierto todo el dolor reprimido, las emociones y la necesidad de los últimos días en nuestro beso, y sé que puedo saborear lo mismo de él también. La presión de su mano en mi espalda me urge, tentándome a pasar mis manos por su pecho, rozar con mis dedos la línea del cuello y tomar su ondulado cabello.
Nuestros corazones laten uno contra el otro mientras cada uno toma lo que necesita, a pesar del bloqueo que nos pusimos a nosotros mismos.
Lentamente vuelvo a tomar conciencia de nuestro alrededor cuando escucho a alguien gritar.
―¡Consíguete un cuarto Alfonso!
Siento a Pedro sonreír contra mis labios cuando rompe el beso y vuelve su cabeza hacia la derecha y grita riendo.
―¡Que te jodan, Tyle! ¡Sólo estás celoso!
Oigo las audibles carcajadas mientras Pedro vuelve su cabeza hacia mí, y acaricio su mandíbula.
―Buena suerte, Ace.
Nos miramos el uno al otro durante un latido, antes de que se incline de Nuevo y plante un tierno beso en mis labios. Una silenciosa despedida que me confunde más que nunca.
―Recuérdame traerte a mi próxima carrera.
―¿Qué? ¿Por qué?
―Porque si así es el “beso de buena” suerte cuando estoy sólo probando, no puedo esperar a ver cómo será cuando esté compitiendo de veras.
Levanta las cejas, una juguetona sonrisa elevando las esquinas de su boca, y aprieta la mano con la que sostiene mi cintura. Río permitiéndome un momento para relajarme.
―¿Pedro?
Me doy la vuelta para mirar cómo sus ojos se clavan en una impresionante mujer a unos metros de nosotros. Tiene una clase de belleza clásica que me recuerda a Lina. Tiene mechones de cabello rubio que caen alrededor de sus ojos, sus ojos color caramelo me captan pensativamente, y frunce los pintados labios pensativamente mientras me considera. Siento como si me golpearan en el estómago a pesar de que estoy presionada contra Pedro al ser medida contra ella, y puedo ver verdadera adoración y amor en su mirada hacia él. Algo sobre ella, sin embargo, es diferente y los sentimientos que veo en sus ojos son mucho más intensos que los de Tamara o Raquel.
¿Terminará alguna vez el aluvión de mujeres enamoradas de Pedro?
―Impecablemente oportuna como siempre. ―Saluda Pedro con los dientes apretados sin siquiera mirarla. Lo veo con confusión cuando besa la punta de mi nariz y se hace hacia atrás―. Paula, te presento a mi molesta hermanita, Luciana.
―¡Oh! ―Ahora tiene sentido. Me remuevo de los brazos de Pedro, la interrupción no permitiéndome siquiera pensar en nuestro íntimo intercambio. Extiendo mi mano para saludarla, mis mejillas sonrojándose furiosamente ante el pensamiento de la primera impresión que se debe llevar de mí―. Hola. Soy Paula Chaves.
Luciana me mira de arriba abajo y me estrecha la mano, antes de mirar a Pedro con una incrédula expresión en su rostro. Sacude la cabeza hacia él, una advertencia en sus ojos, mientras suelta mi mano. La dejo caer cuando Pedro la mira con advertencia también.
―¿Lu? ―Ella sólo lo mira como una madre a su travieso hijo. Él la mira también―. Lu, no seas grosera. Ya voy. Estoy un poco ocupado ahora.
Ella resopla, mirándome de nuevo antes de girar sobre sus talones y regresar por donde vino.
―Lo siento ―murmura―, puede ser pequeña molestia insoportable a veces, a pesar de la edad que tenga.
Y con esas palabras, por alguna razón lo entiendo. Ella piensa que soy una de las pequeñas aprovechadoras de Pedro. Y ella está actuando de la misma manera en que yo actuaría si fuera mi hermano. Molesta. Asqueada.
―Está bien. ―Me alejo―. Ya te tienes que ir.
―Eso hago. ―Asiente, pasándose los dedos a través de su cabello.
―Cuídate, Pedro. Te veré en la línea de meta.
―Siempre ―dice antes de regalarme una rápida sonrisa y se da la vuelta para caminar hacia los pits. Veo su sexy pavoneo mientras se pone la gorra de baseball en la cabeza y la ajusta. Se gira para mirarme de nuevo, la visera ensombreciendo sus ojos y la medio-sonrisa en sus labios, con la palabra peligro escrita por todos lados.
Si algo se puede decir, es que es la definición de “Sexy”. Suspiro, sacudiendo la cabeza mientras instintivamente le devuelvo la sonrisa. Mira hacia delante de nuevo, y lo observo hasta que no puedo verlo ya más.
¿Cómo siquiera comienzo a procesar los quince minutos de señales mezcladas de Pedro?
GRACIAS! ♥
CAPITULO TREINTA Y UNO
La semana ha sido horrible hasta ahora. Mis solicitantes y entrevistas seleccionadas para el nuevo puesto en la casa han sido horribles. No calificados. Por debajo de mis expectativas. Nada emocionante.
Puede que no ayudara que mi mente no estaba del todo aquí tampoco. Estoy cansada porque el sueño viene en sesiones cortas interrumpidas por pesadillas confusas de Pedro y Max. Mi subconsciente está obviamente haciendo experimentos con mis emociones.
Estoy irritable porque devoro todo a mi vista, pero no tengo ganas de ir a correr y trabajar por todo el exceso de calorías que estoy rellenando en mi boca para disminuir mi miseria.
Estoy irritable porque Lina me está mirando como un halcón, me llama a cada hora para chequearme, y tengo que apagar el Matchbox Twenty en cualquier momento por si me pilla escuchándolo.
Soy petulante porque Teddy me envió un correo electrónico de la lista de Tamara de todos los eventos en los que PA Enterprises está solicitando mi presencia para promover nuestra nueva asociación. Y eso significa que voy a tener que estar de pie al lado de Pedro, la única causa de mi actual miserable estado. Porque a pesar de los cuatro días que han pasado, nada ha ayudado a aliviar el dolor que irradia a través de mi corazón y el alma de mis últimos momentos con Pedro. Quiero decirme a mí misma que obtenga control, que sólo nos conocíamos un poco, pero nada funciona.
Todavía lo quiero. Todavía lo siento.
Soy patética.
El único contacto personal que he tenido con Pedro llegó por correo electrónico el día después de que él me dejó. Me envió un mensaje diciendo:
Pedro: Whataya Want From Me, de Adam Lambert.
Escuché la canción, confundida por la letra. Me está diciendo que lo nuestro no va a suceder y sin embargo, me envía una canción pidiéndome no rendirme mientras que él trabaja su mierda. Una parte de mí se alegra de que él todavía se esté comunicando conmigo mientras que la otra parte está triste de que él no me deja curar mis heridas en un rincón, sola. Ni siquiera iba a responder hasta que oí la canción que está sonando en la radio de Shane. Testeé mi respuesta:
Yo: Numb, de Usher
Estaba tratando de decirle que hasta que enfrente su mismo viejo modus operandi, nunca nada va a cambiar, y va a permanecer insensible. Él nunca respondió, y no esperaba que lo hiciera.
Suspiro fuertemente, sola en la cocina en la casa. Zander se encuentra en una sesión de consejería con Jackson, y el resto de los chicos están en la escuela durante dos horas más. Estoy en mi última pila de hojas de vida que están ni siquiera cerca de viable y estoy desanimada de que sólo uno de ellos es una posibilidad. Esta posibilidad viene para una entrevista, pero además de ella, no me he encontrado con nadie más ni siquiera cerca de calificado.
El sonido sordo de mi teléfono me saca de mi trance. Me apresuro frenéticamente a contestar, mi corazón se acelera, con la esperanza de que podría ser Pedro, aunque no hemos hablado desde la noche del domingo. Mi mente me dice que no va a ser él, mientras mi corazón todavía espera que lo sea. Es un ritual inútil pero lo hago, no obstante.
La pantalla dice que es una llamada privada y me respondo con un aliento
―Hola. ¿Paula?
Mi corazón se hincha con el roce de su voz. La sorpresa me tiene dudando en responder. El orgullo quiere asegurarse de que el sonido de mi voz esté ausente cuando finalmente hablo.
―¿Ace?
―Hola, Paula. ―El calor mezclado con alivio en su voz me sacude con un trasfondo de emociones.
―Hola, Pedro ―respondo, mi tono a juego con el suyo.
Él se ríe en voz baja ante mi respuesta antes de que el silencio llene la línea telefónica. Se aclara la garganta.
―Sólo llamaba para informarte que un auto te recogerá en tu casa el domingo a las nueve y media. ―Su voz tan llena de momentos de calor hasta ahora es incorpórea.
―Oh. Bien. ―Me encojo en mi silla, la decepción que fluye a través de mí en la comprensión de que él no está pidiéndomelo, sino reitera el mensaje que uno de los miembros de su personal ya había enviado hace dos días.
Puedo escuchar su respiración en la línea y oigo voces en la distancia.
―Todavía tienes un total de diez, ¿verdad? ¿Siete chicos y tres consejeros?
―Sí ―mi tono se recorta, como los negocios. Mi única forma de protección en su contra―. Ellos están muy entusiasmados con ello.
―Genial.
El silencio se extiende a través de la línea de nuevo. Tengo que pensar en algo que decir para que no cuelgue, pues a pesar de nuestra falta de conversación, sabiendo que está en el otro extremo de la línea es mejor que él no estando allí en absoluto. Sé que mi línea de pensamiento grita “desesperada”, pero no me importa. Mi cerebro codifica el formar una oración, y justo cuando digo su nombre, Colton dice el mío. Nos reímos.
―Lo siento, tú primero, Pedro. ―Trato de eliminar la voz nerviosa que arrastra su camino en mi tono.
―¿Cómo estás, Paula?
Miserable. Te echo de menos. Infundo felicidad en mis próximas palabras, contenta de que no esté delante de mí para leer mi mentira.
―Bien. Bien. Sólo ocupada. Ya sabes.
―Oh. Lo siento. Voy a dejar dejarte ir.
¡No! ¡Todavía no! Mi mente se aferraba en pensar en algo que lo mantendrá en el teléfono.
―¿Estás-estás ... listo para el domingo?
―Ahí estaremos. ―Me parece oír un tono de alivio en su voz, pero podría atribuírselo a mi lectura del mismo.
―El auto parece estar funcionando muy bien. Hemos hecho algunos ajustes en la relación sustentación/resistencia, que parece estar funcionando mejor. ―Puedo oír el entusiasmo en su voz―. Vamos a marcarlo con más el domingo. Y Beckett, mi jefe de equipo, cree que hay que ajustar el camper, y me preguntó por qué yo no tengo relaciones.
¿Qué? ¡Whoa! Cambio de dirección. No sé qué decir, así que sólo murmuro:
―Hmm-hmmm ―tengo miedo de que si hablo, podría revelarle lo mucho que quiero saber y al mismo tiempo con miedo de saber la respuesta a la pregunta.
Pude oír su suspiro por el otro lado del teléfono, y me lo imagino pasándose las manos por el pelo con malestar. Su voz calla cuando por fin habla.
―Digamos que mi infancia... esos años fueron... más jodidos. ―Pude sentir su aprehensión y su inquietud en su confesión.
―¿Antes de que fueses adoptado? ―Yo sé la respuesta, pero es la única que se me ocurre decirlo sin que piense que siento lástima por él. Y el silencio de mi parte sería aún peor.
―Sí, antes de que yo fuera adoptado. Como resultado de ello... Yo... ¿Cómo puedo...? ―Se esfuerza para encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que quiere decir. Oigo otra respiración exhalado antes de que continúe―. Me saboteo
cualquier cosa que se asemeja a una relación. Si las cosas van demasiado bien... dependiendo del tema, a propósito, sin saberlo, o inconscientemente lo arruino. Meto la pata. Daño a la otra persona. ―Todo viene en una mezcla rápida de palabras―. Pregúntale a mis pobres padres ―suelta una risa autocrítica―. Al crecer, los arruiné más veces de las que puedo contar.
―Oh... yo... Pedro.
―Estoy atado de esta manera, Paula. Voy a hacer algo a propósito para hacerte daño para demostrar que puedo. Para demostrar que no te quedarás sin importar las consecuencias. Para demostrar que puedo controlar la situación. Para controlar que no me lastimen.
Hay tantas cosas que pasan por mi mente. La mayoría de ellas están en las palabras no dichas que no está soltando.
Que lo han dejado o abandonado. Que su historia le hace probar los límites de la persona con la que está para demostrar que no es digno de su amor. Para demostrar que lo van a dejar también. Me duele el corazón por él y por todo lo que le pasó a siendo un niño. Por otro lado, se ha abierto a mí, respondiendo en parte la pregunta que hice contra sus labios en mi porche.
―Te lo dije, un 747 de equipaje cariño.
―No importa, Pedro.
―Sí importa, Paula ―se ríe nerviosamente―. No voy a comprometerme con nadie. Es simplemente más fácil para todos en el largo plazo.
―Ace, no eres el primer chico que conozco con problemas con el compromiso ―bromeo, tratando de añadir un poco de levedad a nuestra conversación. Pero en el fondo sé que su incapacidad para comprometerse proviene de algo mucho más profundo que simplemente la reticencia típica masculina. La vergüenza mezclada con desesperación en su voz resuena con fuerza en mi cabeza, y me dijo lo contrario.
Oigo su risa nerviosa de nuevo.
―¿Paula?
―¿Sí?
―Te respeto y respeto tu necesidad del compromiso y la emoción que viene con una relación.
Hace una pausa, el silencio se extiende entre nosotros, ya que encuentra sus siguientes palabras:
―En serio. Simplemente no estoy construido de esa manera... así que no te sientas mal. Esto nunca hubiera funcionado.
Mi esperanza, que ha ido en aumento a pesar de que traté de controlarlo, se bloquea de nuevo hacia abajo.
―No lo entiendo. Yo sólo…
―¿Qué? ―dice Pedro distraído, hablando con una voz que escucho en el fondo―. ¡Salvados por la campana! Me necesitan en el camión ahora. Más sintonía fina. ―Pude oír el alivio en su voz, feliz de tener un escape de nuestra conversación.
―Oh. Ok. ―La decepción me llena. Quiero terminar esta conversación.
―¿Sin resentimientos, entonces? ¿Nos vemos en la pista el domingo?
Cierro los ojos un momento, fortaleciendo la voz de falsa indiferencia.
―Por supuesto. Sin rencores. Nos vemos el domingo.
―Nos vemos, Pauli.
Los clicks del teléfono y el tono de marcación llenan mi oído. Me siento no escuchándolo. ¿Se da cuenta de que él utilizó su mecanismo de defensa en este momento? ¿Me lastimaba para mantenerme a distancia de él? Poniéndome en un lugar para que pueda tener todo el control.
Estoy perturbada. Quiero terminar nuestra conversación. Decirle que no tiene por qué ser así. Quiero consolarlo. Facilitar el pánico que acordona su voz. Decirle que me hace sentir de nuevo después de estar adormecida durante tanto tiempo.
Confesar que yo quiero estar con él a pesar de saber en el fondo que seré destruida emocionalmente al final.
Cojo el teléfono, pensando en lo que voy a decir. Al final, todo el texto es:
Yo: ¡Mantente a salvo en la pista Ace!
Responde rápidamente.
Pedro: Siempre. Sabes que tengo buenas manos.
Sonrío con tristeza. Mi corazón quería tanto pero mi cabeza sabe que nunca va a pasar.
Puede que no ayudara que mi mente no estaba del todo aquí tampoco. Estoy cansada porque el sueño viene en sesiones cortas interrumpidas por pesadillas confusas de Pedro y Max. Mi subconsciente está obviamente haciendo experimentos con mis emociones.
Estoy irritable porque devoro todo a mi vista, pero no tengo ganas de ir a correr y trabajar por todo el exceso de calorías que estoy rellenando en mi boca para disminuir mi miseria.
Estoy irritable porque Lina me está mirando como un halcón, me llama a cada hora para chequearme, y tengo que apagar el Matchbox Twenty en cualquier momento por si me pilla escuchándolo.
Soy petulante porque Teddy me envió un correo electrónico de la lista de Tamara de todos los eventos en los que PA Enterprises está solicitando mi presencia para promover nuestra nueva asociación. Y eso significa que voy a tener que estar de pie al lado de Pedro, la única causa de mi actual miserable estado. Porque a pesar de los cuatro días que han pasado, nada ha ayudado a aliviar el dolor que irradia a través de mi corazón y el alma de mis últimos momentos con Pedro. Quiero decirme a mí misma que obtenga control, que sólo nos conocíamos un poco, pero nada funciona.
Todavía lo quiero. Todavía lo siento.
Soy patética.
El único contacto personal que he tenido con Pedro llegó por correo electrónico el día después de que él me dejó. Me envió un mensaje diciendo:
Pedro: Whataya Want From Me, de Adam Lambert.
Escuché la canción, confundida por la letra. Me está diciendo que lo nuestro no va a suceder y sin embargo, me envía una canción pidiéndome no rendirme mientras que él trabaja su mierda. Una parte de mí se alegra de que él todavía se esté comunicando conmigo mientras que la otra parte está triste de que él no me deja curar mis heridas en un rincón, sola. Ni siquiera iba a responder hasta que oí la canción que está sonando en la radio de Shane. Testeé mi respuesta:
Yo: Numb, de Usher
Estaba tratando de decirle que hasta que enfrente su mismo viejo modus operandi, nunca nada va a cambiar, y va a permanecer insensible. Él nunca respondió, y no esperaba que lo hiciera.
Suspiro fuertemente, sola en la cocina en la casa. Zander se encuentra en una sesión de consejería con Jackson, y el resto de los chicos están en la escuela durante dos horas más. Estoy en mi última pila de hojas de vida que están ni siquiera cerca de viable y estoy desanimada de que sólo uno de ellos es una posibilidad. Esta posibilidad viene para una entrevista, pero además de ella, no me he encontrado con nadie más ni siquiera cerca de calificado.
El sonido sordo de mi teléfono me saca de mi trance. Me apresuro frenéticamente a contestar, mi corazón se acelera, con la esperanza de que podría ser Pedro, aunque no hemos hablado desde la noche del domingo. Mi mente me dice que no va a ser él, mientras mi corazón todavía espera que lo sea. Es un ritual inútil pero lo hago, no obstante.
La pantalla dice que es una llamada privada y me respondo con un aliento
―Hola. ¿Paula?
Mi corazón se hincha con el roce de su voz. La sorpresa me tiene dudando en responder. El orgullo quiere asegurarse de que el sonido de mi voz esté ausente cuando finalmente hablo.
―¿Ace?
―Hola, Paula. ―El calor mezclado con alivio en su voz me sacude con un trasfondo de emociones.
―Hola, Pedro ―respondo, mi tono a juego con el suyo.
Él se ríe en voz baja ante mi respuesta antes de que el silencio llene la línea telefónica. Se aclara la garganta.
―Sólo llamaba para informarte que un auto te recogerá en tu casa el domingo a las nueve y media. ―Su voz tan llena de momentos de calor hasta ahora es incorpórea.
―Oh. Bien. ―Me encojo en mi silla, la decepción que fluye a través de mí en la comprensión de que él no está pidiéndomelo, sino reitera el mensaje que uno de los miembros de su personal ya había enviado hace dos días.
Puedo escuchar su respiración en la línea y oigo voces en la distancia.
―Todavía tienes un total de diez, ¿verdad? ¿Siete chicos y tres consejeros?
―Sí ―mi tono se recorta, como los negocios. Mi única forma de protección en su contra―. Ellos están muy entusiasmados con ello.
―Genial.
El silencio se extiende a través de la línea de nuevo. Tengo que pensar en algo que decir para que no cuelgue, pues a pesar de nuestra falta de conversación, sabiendo que está en el otro extremo de la línea es mejor que él no estando allí en absoluto. Sé que mi línea de pensamiento grita “desesperada”, pero no me importa. Mi cerebro codifica el formar una oración, y justo cuando digo su nombre, Colton dice el mío. Nos reímos.
―Lo siento, tú primero, Pedro. ―Trato de eliminar la voz nerviosa que arrastra su camino en mi tono.
―¿Cómo estás, Paula?
Miserable. Te echo de menos. Infundo felicidad en mis próximas palabras, contenta de que no esté delante de mí para leer mi mentira.
―Bien. Bien. Sólo ocupada. Ya sabes.
―Oh. Lo siento. Voy a dejar dejarte ir.
¡No! ¡Todavía no! Mi mente se aferraba en pensar en algo que lo mantendrá en el teléfono.
―¿Estás-estás ... listo para el domingo?
―Ahí estaremos. ―Me parece oír un tono de alivio en su voz, pero podría atribuírselo a mi lectura del mismo.
―El auto parece estar funcionando muy bien. Hemos hecho algunos ajustes en la relación sustentación/resistencia, que parece estar funcionando mejor. ―Puedo oír el entusiasmo en su voz―. Vamos a marcarlo con más el domingo. Y Beckett, mi jefe de equipo, cree que hay que ajustar el camper, y me preguntó por qué yo no tengo relaciones.
¿Qué? ¡Whoa! Cambio de dirección. No sé qué decir, así que sólo murmuro:
―Hmm-hmmm ―tengo miedo de que si hablo, podría revelarle lo mucho que quiero saber y al mismo tiempo con miedo de saber la respuesta a la pregunta.
Pude oír su suspiro por el otro lado del teléfono, y me lo imagino pasándose las manos por el pelo con malestar. Su voz calla cuando por fin habla.
―Digamos que mi infancia... esos años fueron... más jodidos. ―Pude sentir su aprehensión y su inquietud en su confesión.
―¿Antes de que fueses adoptado? ―Yo sé la respuesta, pero es la única que se me ocurre decirlo sin que piense que siento lástima por él. Y el silencio de mi parte sería aún peor.
―Sí, antes de que yo fuera adoptado. Como resultado de ello... Yo... ¿Cómo puedo...? ―Se esfuerza para encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que quiere decir. Oigo otra respiración exhalado antes de que continúe―. Me saboteo
cualquier cosa que se asemeja a una relación. Si las cosas van demasiado bien... dependiendo del tema, a propósito, sin saberlo, o inconscientemente lo arruino. Meto la pata. Daño a la otra persona. ―Todo viene en una mezcla rápida de palabras―. Pregúntale a mis pobres padres ―suelta una risa autocrítica―. Al crecer, los arruiné más veces de las que puedo contar.
―Oh... yo... Pedro.
―Estoy atado de esta manera, Paula. Voy a hacer algo a propósito para hacerte daño para demostrar que puedo. Para demostrar que no te quedarás sin importar las consecuencias. Para demostrar que puedo controlar la situación. Para controlar que no me lastimen.
Hay tantas cosas que pasan por mi mente. La mayoría de ellas están en las palabras no dichas que no está soltando.
Que lo han dejado o abandonado. Que su historia le hace probar los límites de la persona con la que está para demostrar que no es digno de su amor. Para demostrar que lo van a dejar también. Me duele el corazón por él y por todo lo que le pasó a siendo un niño. Por otro lado, se ha abierto a mí, respondiendo en parte la pregunta que hice contra sus labios en mi porche.
―Te lo dije, un 747 de equipaje cariño.
―No importa, Pedro.
―Sí importa, Paula ―se ríe nerviosamente―. No voy a comprometerme con nadie. Es simplemente más fácil para todos en el largo plazo.
―Ace, no eres el primer chico que conozco con problemas con el compromiso ―bromeo, tratando de añadir un poco de levedad a nuestra conversación. Pero en el fondo sé que su incapacidad para comprometerse proviene de algo mucho más profundo que simplemente la reticencia típica masculina. La vergüenza mezclada con desesperación en su voz resuena con fuerza en mi cabeza, y me dijo lo contrario.
Oigo su risa nerviosa de nuevo.
―¿Paula?
―¿Sí?
―Te respeto y respeto tu necesidad del compromiso y la emoción que viene con una relación.
Hace una pausa, el silencio se extiende entre nosotros, ya que encuentra sus siguientes palabras:
―En serio. Simplemente no estoy construido de esa manera... así que no te sientas mal. Esto nunca hubiera funcionado.
Mi esperanza, que ha ido en aumento a pesar de que traté de controlarlo, se bloquea de nuevo hacia abajo.
―No lo entiendo. Yo sólo…
―¿Qué? ―dice Pedro distraído, hablando con una voz que escucho en el fondo―. ¡Salvados por la campana! Me necesitan en el camión ahora. Más sintonía fina. ―Pude oír el alivio en su voz, feliz de tener un escape de nuestra conversación.
―Oh. Ok. ―La decepción me llena. Quiero terminar esta conversación.
―¿Sin resentimientos, entonces? ¿Nos vemos en la pista el domingo?
Cierro los ojos un momento, fortaleciendo la voz de falsa indiferencia.
―Por supuesto. Sin rencores. Nos vemos el domingo.
―Nos vemos, Pauli.
Los clicks del teléfono y el tono de marcación llenan mi oído. Me siento no escuchándolo. ¿Se da cuenta de que él utilizó su mecanismo de defensa en este momento? ¿Me lastimaba para mantenerme a distancia de él? Poniéndome en un lugar para que pueda tener todo el control.
Estoy perturbada. Quiero terminar nuestra conversación. Decirle que no tiene por qué ser así. Quiero consolarlo. Facilitar el pánico que acordona su voz. Decirle que me hace sentir de nuevo después de estar adormecida durante tanto tiempo.
Confesar que yo quiero estar con él a pesar de saber en el fondo que seré destruida emocionalmente al final.
Cojo el teléfono, pensando en lo que voy a decir. Al final, todo el texto es:
Yo: ¡Mantente a salvo en la pista Ace!
Responde rápidamente.
Pedro: Siempre. Sabes que tengo buenas manos.
Sonrío con tristeza. Mi corazón quería tanto pero mi cabeza sabe que nunca va a pasar.
domingo, 20 de julio de 2014
CAPITULO TREINTA
Estoy nerviosa. Estoy más allá de mi cabeza y fuera de mi elemento aquí. Entiendo que con sus disposiciones habituales, ambos se usan entre sí. Lo entiendo. Él consigue una compañera y ella se pone bajo el foco de los medios que puedan seguir su carrera. Lo que creo que más me duele, es que yo no tengo ninguna intención de usarlo. No soy una modelo o una actriz subiendo. Me preocupa que él vaya a arrojar a mi cara el incentivo retórico del dinero de Cuidados Sociales. De esta manera, puede justificar en su mente el usarme si piensa que yo lo estoy usando.
Puedo sentir las lágrimas quemando en la parte posterior de mi garganta. Estoy tan enfadada en este momento y lo extraño es que no es con Pedro.
Estoy enojada conmigo misma por creer ―a pesar de mi falsa valentía de que no quería nada para avanzar con Pedro―, en el fondo, todavía tenía un toque de esperanza. Ahora, con sus revelaciones, sé mucho más de lo que quiero y lo suficiente como para saber que esta oferta no es suficiente para mí.
―¿Pero por qué, Pedro? ¿Por qué es esto todo lo que te permites a ti mismo cuando te mereces mucho más? ―La mirada en sus ojos me dice que la honestidad detrás de mis palabras le afecta.
Él pone la cabeza entre sus manos, los hombros moviéndose mientras suspira. Mira hacia mí con un sinfín de emociones en su rostro.
―No me gusta el drama, Paula. El sistema de puntos contribuye a la cantidad de los celos por mi estilo de vida y los medios de comunicación que la rodean, la expectativa del siguiente paso a tomar. Tantas cosas ―hace una pausa, mirándome, con tono indiferente―. Las relaciones son simplemente demasiada mierda para manejar en mi vida loca.
Miro fijamente en las profundidades de sus ojos y puedo ver a través de las mentiras que acaba de tratar de darme de comer.
Hay algo más aquí. ¿Por qué tiene miedo a acercarse demasiado a alguien? ¿Qué pasó con él para llegar a este punto?
―Esa es una respuesta de mierda y lo sabes. ―Se estremece con mi respuesta―. Me esperaba más de ti.
―Paula, yo no soy uno de tus niños con problemas que necesita ser arreglado. He estado jodido por demasiado tiempo como para fijarse ahora, así que no pongas esa mirada en tus ojos de que sabes la diferencia. Algunos de los mejores psiquiatras en L.A. no pudieron hacerlo, así que dudo que tú seas capaz.
Sus palabras pican. El dolor en ellas se asienta fuertemente en mi pecho mientras se queda ahí mirándome. Lo veo alejarse emocionalmente. La mirada fría e individualista en su cara me dice que se está cerrando. Me deja fuera. Me cabrea más ver esto que toda esa información que acaba de lanzar. Eso se puede apagar y yo estoy luchando por él pero, ¿para qué? ¿Para ser su chica de a veces cuando está caliente? ¡Esto está tan jodido!
Me levanto del sofá para caminar por la sala mientras pienso, y trato de procesarlo en mi cabeza. Cuanto más lo pienso, más enojada estoy.
―Dime algo, Pedro ―doy la vuelta alrededor de él, no puedo dejar ir nuestra conversación sobre los sórdidos detalles de sus asuntos. Soy una mezcla de emociones al azar, quiero decirle que me deje en paz, y sin embargo no puedo dejar de mirar el choque de trenes que está en frente de mí. No puedo detener a la
parte de mí que quiere ayudarlo―. ¿Esto es lo que soy para ti? ¿Es este el tipo de acuerdo que esperabas entre tú y yo? ―le pregunto, mi voz temblorosa.
―Paula, eso no es lo que yo… ―niega con la cabeza, ambas manos sobre su cara, su lucha emocional está dándose ante mis ojos―. Al principio, sí ―confiesa―, pero después de esta última semana, después de esta noche, simplemente ya no estoy seguro.
―¿Qué? ¿Ahora yo no soy lo suficientemente buena para ti? ―¿Qué diablos estoy haciendo? En un minuto estoy enojada porque piensa en mí como un acuerdo y al siguiente estoy enojada porque ahora no lo hace. ¡Vuelve a tu cabeza,Paula!
―Cristo, Paula ―susurra mientras se endereza bruscamente, pasándose la mano por el pelo y acechando hacia mí. Él llega a tocarme, pero lo piensa mejor cuando me encojo de hombros lejos de su toque―. No sé lo que quiero. ―Un músculo se contrae en su mandíbula, y puedo ver la tensión en su cuello. Aprieta y afloja con los puños, cierra los ojos y suspira profundamente antes de abrirlos para mirarme a los ojos de nuevo. Cojo un atisbo de miedo antes de que tome las riendas de nuevo―. Pero sea lo que sea, sé que quiero estar contigo, Paula.
Tengo que controlar el torrente de sentimientos que inundan a través de mí con sus palabras. Él quiere estar conmigo. ¿Cómo conmigo, sin embargo? Está tan cerca que quiero extender la mano y tocarlo. Calmar esa vislumbre de miedo que veo en sus ojos. Pero sé que si lo toco, piel contra piel, voy a consentir sus demandas ridículas. Y sé que en el fondo, por mucho que lo quiera, no creo que pueda ser lo que él quiere que yo sea. No puedo jugar el papel que él necesita que yo juegue con el fin de evitar que esa parte cazada de él siga encerrada. Estoy tan destrozada por la disputa entre mi cabeza y mi corazón, con su bello rostro ante mí sosteniendo dicha vulnerabilidad, que me hace mal físicamente.
―¿Mi manera? Mi acuerdo, como tú lo llamas... ―niega con la cabeza―, es todo lo que sé hacer, Paula. Es todo lo que conozco. ―Él toma mi mano, y yo tengo que armarme de valor para no reaccionar a su simple contacto―. Es todo lo que puedo darte en este momento. ―La solemnidad de su voz me toca profundamente y tuerce mi corazón.
Me dirijo hacia él y camino a lo largo de la sala, tomando su cerveza sin pensar y tomando un largo trago de ella. No me gusta el sabor de la cerveza, ni siquiera probarlo. Estoy cansada. Estoy herida. Y no puedo luchar contra las lágrimas que amenazan con inundarme. Mis ojos brillan y una lágrima se cae y corre por mi mejilla en silencio. Le doy la espalda a él porque tengo miedo de ver la expresión de su cara cuando digo mi próximo comunicado:
―No sé si puedo hacer eso, Pedro. ―Niego con la cabeza, suspirando profundamente.
―Paula, no seas ridícula.
―¿Ridícula? ―farfullo―. No, ridículo es pensar por un momento que yo podría hacer eso, Pedro. ―Me encojo de hombros con tristeza y resignación―. Entré en esto, lo que sea que seamos aquí, diciéndome a mí misma que todo lo que querías era un polvo rápido de mí. ―Me vuelvo hacia él mientras hablo y veo una mueca de dolor ante mis palabras―. Tal vez un poco de aventura... y pensé que podría darte eso. Tomar eso de ti. Pero ahora que en realidad me lo estás ofreciendo, no creo que pueda. ―Otra lágrima rebelde cae sobre el borde y noto que sus ojos la siguen lentamente deslizándose por mi mejilla antes de llevar sus ojos hacia arriba a los míos.
―¿Qué quieres decir,Paula? ―Su máscara se desliza un momento, y puedo ver la vulnerabilidad y el aleteo de pánico en su rostro―. ¿Por qué no?
Una pequeña parte de mí disfruta con la idea de que mi amenaza pueda darle pánico, pero quedarse no va a arreglar las cosas. Aprieto los dedos en mis ojos. Estoy segura de que luzco como el infierno ahora, pelo revuelto, delineador corrido, lápiz labial ido, pero realmente no me importa. Mis entrañas están diez veces más devastadas que mi exterior.
―Cuando me lo digo en mi cabeza, que esto es todo lo que soy para ti, sexo sin sentimientos o la posibilidad de un futuro, es una cosa. ―Sin pensar, me doy a mi adicción. No puedo resistirme. Extiendo la mano y cepillo los dedos por su mejilla. Él comienza a girar su mejilla en mi mano pero se detiene antes de hacerlo. Dejo caer la mano ante su sutil rechazo―. Pero cuando escucho las palabras de tus labios. Cuando te oigo decirme tus normas y reglamentos, es una cosa totalmente
diferente. ―Cierro los ojos un momento, tratando de detener el pequeño temblor en mi voz―. No voy a ser intrascendente, Pedro. Para ti o para cualquier otra persona.
Pedro se pasa la mano por el pelo y se frota las manos sobre los ojos.
―Eso no es lo que eres para mí, Paula ―respira levantando los ojos hacia mí.
Lo miro. Quiero creerle. De verdad. Pero no puedo venderme. Me merezco más que eso. Quiero más de lo que está ofreciendo.
―Eso puede ser cierto, Pedro, pero la admisión no es suficiente para mí. ―Me rompe el corazón decirle estas palabras.
―Paula, solo prueba ―insta―. Trata a mi manera.
―Oh, ¡guárdatelo, Pedro! ―exclamo, lanzando mis manos al aire―. No soy una de tus fulanas que va a hacer lo que dices porque tú lo dices. Estoy segura de que tienes grandes colas a la espera de ser tus juguetes. Agarra a una de ellas y arrójala cuando estés cansado de ella. Yo no, Ace. Yo no funciono de esa manera. ―Mi ira ha vuelto a resurgir a pesar de mi cansancio y corazón dolorido.
Pedro se me queda mirando. Estamos a medio metro el uno del otro, los ojos cerrados, y sin embargo me siento tan lejos de él. Es difícil creer que ha pasado menos de una hora desde que estábamos acomodados dentro del mundo del otro.
―Paula. ―Mi nombre es una súplica suave en sus labios.
―¿Qué, Pedro? ―me rompo, inmediatamente haciendo una mueca ante mi tono.
―La primera noche... ―comienza suavemente y luego se detiene para girarse y caminar hacia la cocina.
―¿Qué pasa con eso, Pedro? ―Lo sigo hasta la mitad, apoyarme en el respaldo de su sillón―. Yo debería haberlo visto entonces. Pudiste dormir conmigo y humillarme, saltando de la cama luego como si te hubiera quemado.
―Lo hiciste, Paula.
―¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando?
―La primera noche ―continúa, haciendo caso omiso de mi comentario―. Después de la segunda vez ―dice, soplando una respiración ruidosa. Sigue mirando hacia sus pies descalzos, sus caderas apoyadas en la encimera, con las manos metidas en los bolsillos, y la incomodidad saliendo de él en oleadas―. Yo te besé y te pregunté si estabas bien. ―Asiento con la cabeza, reconociéndolo. Recordando la cruda honestidad en ese simple momento entre nosotros―. Lo juro por Dios, Paula... me sentí como si me hubieras visto. Realmente visto. ―Levanta los ojos para encontrarse con los míos y ellos están nadando en la emoción―. Y te sentabas allí, tu cabello oscuro cayendo a tu alrededor, con esa sábana blanca agrupada en tu cintura... ―niega con la cabeza antes de continuar―, tus labios hinchados, tus ojos eran tan amplios y confiados... y me di cuenta en ese segundo que significabas más para mí ―su voz es ronca por la emoción―, que significas más para mí, Paula, que cualquier cosa que puedo recordar. Siempre.
Lo miro, tantas cosas corriendo a través de mi cabeza, pero más que nada, sus palabras resuenan en cada parte oscura de mí que anhela ser querida, necesaria y deseada. Por lo menos sé por qué reaccionó como lo hizo. Por qué se apareció esta mañana. Esperanza comienza a elevarse en mí. Tal vez yo pueda hacer esto. Tal vez con el tiempo, pueda demostrarle que puede haber más. Retuerzo las manos para tratar de ahogar el entusiasmo repentino.
―Me asustas como la mierda,Paula. Me quemas. ―Se pasa la mano por el pelo, sus ojos se oscurecen―. Y entonces me di cuenta, como lo hago en este momento, que al final te voy a romper en pedazos.
―¿Qué? ―levanto la cabeza para mirarlo a los ojos, mis esperanzas derrumbándose a mi alrededor. ¿Acabo de oírlo correctamente?
―Yo no puedo hacer eso por ti, Paula. ―Veo que sus puños se aprietan mientras lucha contra sus emociones―. Traté de advertirte, pero estoy tan malditamente atraído por ti. No puedo mantenerme lejos.
Me siento esquizofrénica tratando de mantenerme al día con el flujo y reflujo de sus estados de ánimo.
―Dices que no puedes hacer esto, que me vas a destruir, pero luego me dices que no puedes permanecer lejos aunque trataste de advertírmelo. Me alejaste, luego apareciste en mi puerta y me tuviste esta noche. ―Camino hacia él en la cocina hasta que me quedo justo en frente de él―. ¿Qué manera estás usando, Pedro?
Sin decir una palabra, él me agarra y me tira contra su pecho, envuelve sus brazos con fuerza alrededor de mí, y entierra su nariz en mi pelo. Aprieto mis manos en su espalda y absorbo la sensación reconfortante de su calor, sorprendida por su inesperada muestra de emoción. Su necesidad de mí es palpable. Destila de él y envuelve su camino hacia mi alma. Me lleva todo lo que tengo no decirle que sí. Decirle que voy a hacer cualquier cosa con tal de tener un pedazo de él. Eso es lo mucho que significa para mí ya. Pero mis pensamientos son más fuertes que mi corazón. Deseo poder calmar mi cabeza y hundirme en la tranquilizadora sensación de sus brazos alrededor de mí. Bloquear todo lo demás.
―Voy a hacerte daño,Paula. Y ya significas demasiado para mí como para hacerte eso. ―Me tenso por sus palabras silenciosas sopladas en la coronilla de mi cabeza. Y a pesar de sus palabras, él me sostiene apretadamente. Trato de alejarme de él, pero sus brazos de acero no me soltarán. Me ablando con el tiempo y pongo mi cara contra su pecho, aspiro el olor de nosotros mezclados allí, siento la aspereza del puñado de pelo en su pecho, y escucho el latido fuerte y constante de su corazón―. Es la primera vez que me preocupo por alguien de antemano. Que lo reconozco. De todos modos, saberlo de antemano no me detuvo de hacerlo. Y yo no puedo hacer eso por ti, Paula. ―Su pecho se levanta, entonces suelta un largo suspiro―. Y es por eso que no puedo seguir haciendo esto contigo. Por qué no podemos...
―¿Pero por qué, Pedro? ¿Por qué no? ¿Por qué no? ―Me entra el pánico ahora, a pesar de sus brazos apretados alrededor de mí. Ahora que lo quiero, me está diciendo que no. O tal vez ese es exactamente el por qué. Me estoy agarrando a un clavo ardiendo ahora.
―Mira, no vamos a tener confusiones aquí. No soy y nunca he sido el chico para llevar a casa de mamá, Pau. Yo soy el que le lanzas a la cara para enojarla y mostrarle que estás afirmando tu independencia. No me hagamos mejor de lo que soy.
Todavía no me lo creo. ¿Por qué piensa tan horriblemente de sí mismo? Él me puede dar esta respuesta de mierda hasta el cansancio y todavía no me lo voy a creer.
―¿Quién te ha hecho esto?
Estamos en silencio durante unos momentos mientras reflexiona sobre mis preguntas. Finalmente, suspira y dice:
―Te lo dije,Paula, tengo un 747 de equipaje.
Empujo contra su pecho, resistiéndome a su dominio. Necesito ver sus ojos. Necesito buscar en ellos. Veo la emoción en un enjambre en ellos. Él está haciéndose daño también. Pero también está cerrando. Poniéndome a la distancia de un brazo emocionalmente, así evita más daño en él.
Pero, ¿qué hay de mí? Quiero gritarle.
¿Qué pasa con mi dolor? ¿Por qué esto tiene que ser tan complicado? ¿Por qué no puedo simplemente dejarlo estar y disfrutar del paseo? ¿Espero que él vea la verdadera yo y se enamore con el tiempo? Porque sé que si no se enfrenta al trauma que le ha hecho de esta manera, nunca lo superará. Nunca será capaz de tener una relación normal. Tiene razón. Su 747 de equipaje va a arruinar cualquier oportunidad que tengamos.
―Yo no me lo creo, Pedro.
Con mis palabras, quita las manos de mis brazos, ahora distanciándose físicamente de mí.
―No puedo darte más, Paula. ―Él mira hacia abajo y luego mira hacia arriba, la máscara de manera efectiva en su lugar―. Esto es lo que soy.
Hay piscinas de lágrimas en mis ojos, mi voz es un susurro.
―Y esto es lo yo que soy, pedro. ―Es cuando digo esas palabras que lo sé. Ya he empezado a enamorarme de él. Con verrugas y todo. De alguna manera, en algún momento, a pesar del poco tiempo que he pasado con él, ha penetrado en el muro
de protección alrededor de mi corazón y he comenzado el lento descenso hacia el amor. Y es por eso que sé que no puedo hacer esto. No puedo caminar a sabiendas en angustia. Me han destrozado una vez. No creo que pueda sobrevivir a otro. Y sé sin lugar a dudas que amar a Pedro y no tener amor a cambio me devastaría.
―Creo que estamos en un callejón sin salida ―su voz es ronca y mete las manos en los bolsillos. El peso de sus manos hace que los vaqueros queden más bajo en sus caderas. Tengo que pararme físicamente a mí misma de mirar el triángulo invertido y sexy de los músculos que se asoman sobre la cintura. No necesito un recordatorio de lo que ya no voy a tener.
―Entonces creo que es hora de que me lleves a casa. ―Aparto mis ojos, incapaz de cumplir con su mirada mientras me ahogo en las palabras.
―Paula... ―es lo único que me dice.
―Me merezco más que eso, Pedro ―susurro levantando los ojos para encontrarme con los suyos―. Y también tú.
Puedo ver sus manos agarrar la barra de la cocina mientras digiere mis palabras, sus nudillos blancos, y su cara llena de angustia.
―Por favor, Paula. Quédate esta noche.
Oigo la desesperación en su voz, pero sé lo que en realidad significa su suplica, sé que él lo está pidiendo por las razones equivocadas. Él está pidiendo que alivie el dolor que sabe que me causa, no porque quiere hacer esto más de lo que desea el acuerdo.
―Los dos sabemos que no es así como va esta historia. ―Una lágrima resbala y se desliza por mi mejilla―. Lo siento, no puedo ser lo que tú quieres que sea. Por favor, llévame a casa, pedro.
El viaje a casa es en silencio. La aterciopelada voz de Adele canta suavemente en la radio acerca de nunca encontrar a alguien como tú, y en el fondo sé que suena a premisa real en mis circunstancias. Creo que sería difícil comparar a nadie con Pedro. Lo miro intermitentemente, viendo las sombras y las luces de la noche jugar en los ángulos de su cara. Sé que estoy haciendo lo correcto, el instinto de conservación en lo mejor, pero mi corazón todavía duele al pensar en el hombre fascinante del que estoy dispuesta a alejarme.
Llegamos a mi casa con menos de diez palabras dichas entre nosotros. Curiosamente, todavía estoy cómoda con la presencia de Pedro a pesar de la crisis interna que mi decisión ha creado.
Él abre la puerta y me acompaña con una media sonrisa triste en los labios. Pone su mano en mi espalda baja mientras caminamos por la pasarela. En la puerta iluminada por la luz del porche solitario, me dirijo a él. Decimos el nombre del otro al mismo tiempo y luego sonreímos suavemente el uno al otro. Las sonrisas nunca llegan a nuestros ojos, sin embargo. Reflejan una tristeza cansada.
―Tú primero ―digo.
Suspira y se me queda mirando. Quiero tanto que pueda expresarme la gran cantidad de emociones que puedo ver nadando en sus ojos, pero sé que él nunca tendrá la oportunidad de decirme. Se acerca y cepilla los nudillos sobre mi mejilla con el dorso de la mano. Cierro los ojos ante la sensación singular. Cuando se detiene, los abro de nuevo, lágrimas se acumulan en ellos, para mirarlo a los ojos.
―Lo siento ―susurra.
Y sé que se disculpa por tantas cosas. Por lo que no puede ser. Por lo que debería ser. Por hacerme daño. Por no ser la persona que necesito que sea. Por no poder hacer frente a lo que está en su pasado.
―Lo sé. ―Paso los dedos por su mandíbula sin afeitar y hasta su pelo ondulado antes de regresar de nuevo a su rostro. Es casi como si estuviera grabándome sus líneas y sus características en la memoria. Algo a lo que pueda agarrarme. Porque a pesar de tener que trabajar con él todavía, sé que esta va a ser la última vez que me
permita a mí misma tocarlo. Tocarlo de nuevo va a ser demasiado peligroso para mi corazón debilitado.
Me pongo de puntillas y rozo los labios suavemente contra los suyos. En cuestión de segundos, Pedro tiene sus brazos alrededor de mí y me está levantando a su nivel. Nuestros ojos se bloquean entre sí en este campo de juego igualitario. Se inclina hacia mí para reanudar nuestro beso. Siento algo diferente en este beso. Algo relacionado con la ternura.
Me doy cuenta de que lo que estamos diciendo es un adiós silencioso. Todas las heridas y las posibilidades tácitas son arrojadas a la suavidad inquebrantable de nuestro intercambio. La desesperación y la necesidad carnal anterior han sido sustituidas por una resignación conmovedora. Lentamente terminamos el beso, Pedro lentamente me baja, mi cuerpo se desliza a lo largo del suyo, que es familiar. Una vez que mis pies están en el suelo, apoya su frente contra la mía. Nuestros ojos permanecen cerrados mientras absorbemos el último momento con el otro.
Muevo mi mano entre nuestros cuerpos y la coloco sobre su corazón, que todavía está tocando mi parte del frente.
―Me gustaría que me explicaras por qué no tienes relaciones, Pedro ―mi voz es apenas un susurro, la amenaza de las lágrimas evidente en la vacilación de mi voz―. Tal vez podría entenderte esto, mejor entonces.
―Lo sé ―respira en respuesta. Se mueve y coloca su beso de marca en la punta de mi nariz.
Esta es la acción espontánea que es mi perdición. Las lágrimas ruedan en silencio y gruesas por mis mejillas mientras Pedro susurra:
―Adiós ―antes de darse la vuelta sin mirar atrás hacia mí y corre por el camino de entrada.
No puedo soportar ver que se vaya. Busco a tientas y torpemente la cerradura delantera antes de empujar la puerta y cerrarla. Me apoyo contra la puerta y me
deslizo hacia abajo para sentarme en el suelo, mis lágrimas silenciosas convirtiéndose en sollozos incontrolables.
Así es como me encuentra Lina momentos más tarde, después de haber sido despertada por mi entrada menos que elegante.
GRACIAS! ♥
Puedo sentir las lágrimas quemando en la parte posterior de mi garganta. Estoy tan enfadada en este momento y lo extraño es que no es con Pedro.
Estoy enojada conmigo misma por creer ―a pesar de mi falsa valentía de que no quería nada para avanzar con Pedro―, en el fondo, todavía tenía un toque de esperanza. Ahora, con sus revelaciones, sé mucho más de lo que quiero y lo suficiente como para saber que esta oferta no es suficiente para mí.
―¿Pero por qué, Pedro? ¿Por qué es esto todo lo que te permites a ti mismo cuando te mereces mucho más? ―La mirada en sus ojos me dice que la honestidad detrás de mis palabras le afecta.
Él pone la cabeza entre sus manos, los hombros moviéndose mientras suspira. Mira hacia mí con un sinfín de emociones en su rostro.
―No me gusta el drama, Paula. El sistema de puntos contribuye a la cantidad de los celos por mi estilo de vida y los medios de comunicación que la rodean, la expectativa del siguiente paso a tomar. Tantas cosas ―hace una pausa, mirándome, con tono indiferente―. Las relaciones son simplemente demasiada mierda para manejar en mi vida loca.
Miro fijamente en las profundidades de sus ojos y puedo ver a través de las mentiras que acaba de tratar de darme de comer.
Hay algo más aquí. ¿Por qué tiene miedo a acercarse demasiado a alguien? ¿Qué pasó con él para llegar a este punto?
―Esa es una respuesta de mierda y lo sabes. ―Se estremece con mi respuesta―. Me esperaba más de ti.
―Paula, yo no soy uno de tus niños con problemas que necesita ser arreglado. He estado jodido por demasiado tiempo como para fijarse ahora, así que no pongas esa mirada en tus ojos de que sabes la diferencia. Algunos de los mejores psiquiatras en L.A. no pudieron hacerlo, así que dudo que tú seas capaz.
Sus palabras pican. El dolor en ellas se asienta fuertemente en mi pecho mientras se queda ahí mirándome. Lo veo alejarse emocionalmente. La mirada fría e individualista en su cara me dice que se está cerrando. Me deja fuera. Me cabrea más ver esto que toda esa información que acaba de lanzar. Eso se puede apagar y yo estoy luchando por él pero, ¿para qué? ¿Para ser su chica de a veces cuando está caliente? ¡Esto está tan jodido!
Me levanto del sofá para caminar por la sala mientras pienso, y trato de procesarlo en mi cabeza. Cuanto más lo pienso, más enojada estoy.
―Dime algo, Pedro ―doy la vuelta alrededor de él, no puedo dejar ir nuestra conversación sobre los sórdidos detalles de sus asuntos. Soy una mezcla de emociones al azar, quiero decirle que me deje en paz, y sin embargo no puedo dejar de mirar el choque de trenes que está en frente de mí. No puedo detener a la
parte de mí que quiere ayudarlo―. ¿Esto es lo que soy para ti? ¿Es este el tipo de acuerdo que esperabas entre tú y yo? ―le pregunto, mi voz temblorosa.
―Paula, eso no es lo que yo… ―niega con la cabeza, ambas manos sobre su cara, su lucha emocional está dándose ante mis ojos―. Al principio, sí ―confiesa―, pero después de esta última semana, después de esta noche, simplemente ya no estoy seguro.
―¿Qué? ¿Ahora yo no soy lo suficientemente buena para ti? ―¿Qué diablos estoy haciendo? En un minuto estoy enojada porque piensa en mí como un acuerdo y al siguiente estoy enojada porque ahora no lo hace. ¡Vuelve a tu cabeza,Paula!
―Cristo, Paula ―susurra mientras se endereza bruscamente, pasándose la mano por el pelo y acechando hacia mí. Él llega a tocarme, pero lo piensa mejor cuando me encojo de hombros lejos de su toque―. No sé lo que quiero. ―Un músculo se contrae en su mandíbula, y puedo ver la tensión en su cuello. Aprieta y afloja con los puños, cierra los ojos y suspira profundamente antes de abrirlos para mirarme a los ojos de nuevo. Cojo un atisbo de miedo antes de que tome las riendas de nuevo―. Pero sea lo que sea, sé que quiero estar contigo, Paula.
Tengo que controlar el torrente de sentimientos que inundan a través de mí con sus palabras. Él quiere estar conmigo. ¿Cómo conmigo, sin embargo? Está tan cerca que quiero extender la mano y tocarlo. Calmar esa vislumbre de miedo que veo en sus ojos. Pero sé que si lo toco, piel contra piel, voy a consentir sus demandas ridículas. Y sé que en el fondo, por mucho que lo quiera, no creo que pueda ser lo que él quiere que yo sea. No puedo jugar el papel que él necesita que yo juegue con el fin de evitar que esa parte cazada de él siga encerrada. Estoy tan destrozada por la disputa entre mi cabeza y mi corazón, con su bello rostro ante mí sosteniendo dicha vulnerabilidad, que me hace mal físicamente.
―¿Mi manera? Mi acuerdo, como tú lo llamas... ―niega con la cabeza―, es todo lo que sé hacer, Paula. Es todo lo que conozco. ―Él toma mi mano, y yo tengo que armarme de valor para no reaccionar a su simple contacto―. Es todo lo que puedo darte en este momento. ―La solemnidad de su voz me toca profundamente y tuerce mi corazón.
Me dirijo hacia él y camino a lo largo de la sala, tomando su cerveza sin pensar y tomando un largo trago de ella. No me gusta el sabor de la cerveza, ni siquiera probarlo. Estoy cansada. Estoy herida. Y no puedo luchar contra las lágrimas que amenazan con inundarme. Mis ojos brillan y una lágrima se cae y corre por mi mejilla en silencio. Le doy la espalda a él porque tengo miedo de ver la expresión de su cara cuando digo mi próximo comunicado:
―No sé si puedo hacer eso, Pedro. ―Niego con la cabeza, suspirando profundamente.
―Paula, no seas ridícula.
―¿Ridícula? ―farfullo―. No, ridículo es pensar por un momento que yo podría hacer eso, Pedro. ―Me encojo de hombros con tristeza y resignación―. Entré en esto, lo que sea que seamos aquí, diciéndome a mí misma que todo lo que querías era un polvo rápido de mí. ―Me vuelvo hacia él mientras hablo y veo una mueca de dolor ante mis palabras―. Tal vez un poco de aventura... y pensé que podría darte eso. Tomar eso de ti. Pero ahora que en realidad me lo estás ofreciendo, no creo que pueda. ―Otra lágrima rebelde cae sobre el borde y noto que sus ojos la siguen lentamente deslizándose por mi mejilla antes de llevar sus ojos hacia arriba a los míos.
―¿Qué quieres decir,Paula? ―Su máscara se desliza un momento, y puedo ver la vulnerabilidad y el aleteo de pánico en su rostro―. ¿Por qué no?
Una pequeña parte de mí disfruta con la idea de que mi amenaza pueda darle pánico, pero quedarse no va a arreglar las cosas. Aprieto los dedos en mis ojos. Estoy segura de que luzco como el infierno ahora, pelo revuelto, delineador corrido, lápiz labial ido, pero realmente no me importa. Mis entrañas están diez veces más devastadas que mi exterior.
―Cuando me lo digo en mi cabeza, que esto es todo lo que soy para ti, sexo sin sentimientos o la posibilidad de un futuro, es una cosa. ―Sin pensar, me doy a mi adicción. No puedo resistirme. Extiendo la mano y cepillo los dedos por su mejilla. Él comienza a girar su mejilla en mi mano pero se detiene antes de hacerlo. Dejo caer la mano ante su sutil rechazo―. Pero cuando escucho las palabras de tus labios. Cuando te oigo decirme tus normas y reglamentos, es una cosa totalmente
diferente. ―Cierro los ojos un momento, tratando de detener el pequeño temblor en mi voz―. No voy a ser intrascendente, Pedro. Para ti o para cualquier otra persona.
Pedro se pasa la mano por el pelo y se frota las manos sobre los ojos.
―Eso no es lo que eres para mí, Paula ―respira levantando los ojos hacia mí.
Lo miro. Quiero creerle. De verdad. Pero no puedo venderme. Me merezco más que eso. Quiero más de lo que está ofreciendo.
―Eso puede ser cierto, Pedro, pero la admisión no es suficiente para mí. ―Me rompe el corazón decirle estas palabras.
―Paula, solo prueba ―insta―. Trata a mi manera.
―Oh, ¡guárdatelo, Pedro! ―exclamo, lanzando mis manos al aire―. No soy una de tus fulanas que va a hacer lo que dices porque tú lo dices. Estoy segura de que tienes grandes colas a la espera de ser tus juguetes. Agarra a una de ellas y arrójala cuando estés cansado de ella. Yo no, Ace. Yo no funciono de esa manera. ―Mi ira ha vuelto a resurgir a pesar de mi cansancio y corazón dolorido.
Pedro se me queda mirando. Estamos a medio metro el uno del otro, los ojos cerrados, y sin embargo me siento tan lejos de él. Es difícil creer que ha pasado menos de una hora desde que estábamos acomodados dentro del mundo del otro.
―Paula. ―Mi nombre es una súplica suave en sus labios.
―¿Qué, Pedro? ―me rompo, inmediatamente haciendo una mueca ante mi tono.
―La primera noche... ―comienza suavemente y luego se detiene para girarse y caminar hacia la cocina.
―¿Qué pasa con eso, Pedro? ―Lo sigo hasta la mitad, apoyarme en el respaldo de su sillón―. Yo debería haberlo visto entonces. Pudiste dormir conmigo y humillarme, saltando de la cama luego como si te hubiera quemado.
―Lo hiciste, Paula.
―¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando?
―La primera noche ―continúa, haciendo caso omiso de mi comentario―. Después de la segunda vez ―dice, soplando una respiración ruidosa. Sigue mirando hacia sus pies descalzos, sus caderas apoyadas en la encimera, con las manos metidas en los bolsillos, y la incomodidad saliendo de él en oleadas―. Yo te besé y te pregunté si estabas bien. ―Asiento con la cabeza, reconociéndolo. Recordando la cruda honestidad en ese simple momento entre nosotros―. Lo juro por Dios, Paula... me sentí como si me hubieras visto. Realmente visto. ―Levanta los ojos para encontrarse con los míos y ellos están nadando en la emoción―. Y te sentabas allí, tu cabello oscuro cayendo a tu alrededor, con esa sábana blanca agrupada en tu cintura... ―niega con la cabeza antes de continuar―, tus labios hinchados, tus ojos eran tan amplios y confiados... y me di cuenta en ese segundo que significabas más para mí ―su voz es ronca por la emoción―, que significas más para mí, Paula, que cualquier cosa que puedo recordar. Siempre.
Lo miro, tantas cosas corriendo a través de mi cabeza, pero más que nada, sus palabras resuenan en cada parte oscura de mí que anhela ser querida, necesaria y deseada. Por lo menos sé por qué reaccionó como lo hizo. Por qué se apareció esta mañana. Esperanza comienza a elevarse en mí. Tal vez yo pueda hacer esto. Tal vez con el tiempo, pueda demostrarle que puede haber más. Retuerzo las manos para tratar de ahogar el entusiasmo repentino.
―Me asustas como la mierda,Paula. Me quemas. ―Se pasa la mano por el pelo, sus ojos se oscurecen―. Y entonces me di cuenta, como lo hago en este momento, que al final te voy a romper en pedazos.
―¿Qué? ―levanto la cabeza para mirarlo a los ojos, mis esperanzas derrumbándose a mi alrededor. ¿Acabo de oírlo correctamente?
―Yo no puedo hacer eso por ti, Paula. ―Veo que sus puños se aprietan mientras lucha contra sus emociones―. Traté de advertirte, pero estoy tan malditamente atraído por ti. No puedo mantenerme lejos.
Me siento esquizofrénica tratando de mantenerme al día con el flujo y reflujo de sus estados de ánimo.
―Dices que no puedes hacer esto, que me vas a destruir, pero luego me dices que no puedes permanecer lejos aunque trataste de advertírmelo. Me alejaste, luego apareciste en mi puerta y me tuviste esta noche. ―Camino hacia él en la cocina hasta que me quedo justo en frente de él―. ¿Qué manera estás usando, Pedro?
Sin decir una palabra, él me agarra y me tira contra su pecho, envuelve sus brazos con fuerza alrededor de mí, y entierra su nariz en mi pelo. Aprieto mis manos en su espalda y absorbo la sensación reconfortante de su calor, sorprendida por su inesperada muestra de emoción. Su necesidad de mí es palpable. Destila de él y envuelve su camino hacia mi alma. Me lleva todo lo que tengo no decirle que sí. Decirle que voy a hacer cualquier cosa con tal de tener un pedazo de él. Eso es lo mucho que significa para mí ya. Pero mis pensamientos son más fuertes que mi corazón. Deseo poder calmar mi cabeza y hundirme en la tranquilizadora sensación de sus brazos alrededor de mí. Bloquear todo lo demás.
―Voy a hacerte daño,Paula. Y ya significas demasiado para mí como para hacerte eso. ―Me tenso por sus palabras silenciosas sopladas en la coronilla de mi cabeza. Y a pesar de sus palabras, él me sostiene apretadamente. Trato de alejarme de él, pero sus brazos de acero no me soltarán. Me ablando con el tiempo y pongo mi cara contra su pecho, aspiro el olor de nosotros mezclados allí, siento la aspereza del puñado de pelo en su pecho, y escucho el latido fuerte y constante de su corazón―. Es la primera vez que me preocupo por alguien de antemano. Que lo reconozco. De todos modos, saberlo de antemano no me detuvo de hacerlo. Y yo no puedo hacer eso por ti, Paula. ―Su pecho se levanta, entonces suelta un largo suspiro―. Y es por eso que no puedo seguir haciendo esto contigo. Por qué no podemos...
―¿Pero por qué, Pedro? ¿Por qué no? ¿Por qué no? ―Me entra el pánico ahora, a pesar de sus brazos apretados alrededor de mí. Ahora que lo quiero, me está diciendo que no. O tal vez ese es exactamente el por qué. Me estoy agarrando a un clavo ardiendo ahora.
―Mira, no vamos a tener confusiones aquí. No soy y nunca he sido el chico para llevar a casa de mamá, Pau. Yo soy el que le lanzas a la cara para enojarla y mostrarle que estás afirmando tu independencia. No me hagamos mejor de lo que soy.
Todavía no me lo creo. ¿Por qué piensa tan horriblemente de sí mismo? Él me puede dar esta respuesta de mierda hasta el cansancio y todavía no me lo voy a creer.
―¿Quién te ha hecho esto?
Estamos en silencio durante unos momentos mientras reflexiona sobre mis preguntas. Finalmente, suspira y dice:
―Te lo dije,Paula, tengo un 747 de equipaje.
Empujo contra su pecho, resistiéndome a su dominio. Necesito ver sus ojos. Necesito buscar en ellos. Veo la emoción en un enjambre en ellos. Él está haciéndose daño también. Pero también está cerrando. Poniéndome a la distancia de un brazo emocionalmente, así evita más daño en él.
Pero, ¿qué hay de mí? Quiero gritarle.
¿Qué pasa con mi dolor? ¿Por qué esto tiene que ser tan complicado? ¿Por qué no puedo simplemente dejarlo estar y disfrutar del paseo? ¿Espero que él vea la verdadera yo y se enamore con el tiempo? Porque sé que si no se enfrenta al trauma que le ha hecho de esta manera, nunca lo superará. Nunca será capaz de tener una relación normal. Tiene razón. Su 747 de equipaje va a arruinar cualquier oportunidad que tengamos.
―Yo no me lo creo, Pedro.
Con mis palabras, quita las manos de mis brazos, ahora distanciándose físicamente de mí.
―No puedo darte más, Paula. ―Él mira hacia abajo y luego mira hacia arriba, la máscara de manera efectiva en su lugar―. Esto es lo que soy.
Hay piscinas de lágrimas en mis ojos, mi voz es un susurro.
―Y esto es lo yo que soy, pedro. ―Es cuando digo esas palabras que lo sé. Ya he empezado a enamorarme de él. Con verrugas y todo. De alguna manera, en algún momento, a pesar del poco tiempo que he pasado con él, ha penetrado en el muro
de protección alrededor de mi corazón y he comenzado el lento descenso hacia el amor. Y es por eso que sé que no puedo hacer esto. No puedo caminar a sabiendas en angustia. Me han destrozado una vez. No creo que pueda sobrevivir a otro. Y sé sin lugar a dudas que amar a Pedro y no tener amor a cambio me devastaría.
―Creo que estamos en un callejón sin salida ―su voz es ronca y mete las manos en los bolsillos. El peso de sus manos hace que los vaqueros queden más bajo en sus caderas. Tengo que pararme físicamente a mí misma de mirar el triángulo invertido y sexy de los músculos que se asoman sobre la cintura. No necesito un recordatorio de lo que ya no voy a tener.
―Entonces creo que es hora de que me lleves a casa. ―Aparto mis ojos, incapaz de cumplir con su mirada mientras me ahogo en las palabras.
―Paula... ―es lo único que me dice.
―Me merezco más que eso, Pedro ―susurro levantando los ojos para encontrarme con los suyos―. Y también tú.
Puedo ver sus manos agarrar la barra de la cocina mientras digiere mis palabras, sus nudillos blancos, y su cara llena de angustia.
―Por favor, Paula. Quédate esta noche.
Oigo la desesperación en su voz, pero sé lo que en realidad significa su suplica, sé que él lo está pidiendo por las razones equivocadas. Él está pidiendo que alivie el dolor que sabe que me causa, no porque quiere hacer esto más de lo que desea el acuerdo.
―Los dos sabemos que no es así como va esta historia. ―Una lágrima resbala y se desliza por mi mejilla―. Lo siento, no puedo ser lo que tú quieres que sea. Por favor, llévame a casa, pedro.
El viaje a casa es en silencio. La aterciopelada voz de Adele canta suavemente en la radio acerca de nunca encontrar a alguien como tú, y en el fondo sé que suena a premisa real en mis circunstancias. Creo que sería difícil comparar a nadie con Pedro. Lo miro intermitentemente, viendo las sombras y las luces de la noche jugar en los ángulos de su cara. Sé que estoy haciendo lo correcto, el instinto de conservación en lo mejor, pero mi corazón todavía duele al pensar en el hombre fascinante del que estoy dispuesta a alejarme.
Llegamos a mi casa con menos de diez palabras dichas entre nosotros. Curiosamente, todavía estoy cómoda con la presencia de Pedro a pesar de la crisis interna que mi decisión ha creado.
Él abre la puerta y me acompaña con una media sonrisa triste en los labios. Pone su mano en mi espalda baja mientras caminamos por la pasarela. En la puerta iluminada por la luz del porche solitario, me dirijo a él. Decimos el nombre del otro al mismo tiempo y luego sonreímos suavemente el uno al otro. Las sonrisas nunca llegan a nuestros ojos, sin embargo. Reflejan una tristeza cansada.
―Tú primero ―digo.
Suspira y se me queda mirando. Quiero tanto que pueda expresarme la gran cantidad de emociones que puedo ver nadando en sus ojos, pero sé que él nunca tendrá la oportunidad de decirme. Se acerca y cepilla los nudillos sobre mi mejilla con el dorso de la mano. Cierro los ojos ante la sensación singular. Cuando se detiene, los abro de nuevo, lágrimas se acumulan en ellos, para mirarlo a los ojos.
―Lo siento ―susurra.
Y sé que se disculpa por tantas cosas. Por lo que no puede ser. Por lo que debería ser. Por hacerme daño. Por no ser la persona que necesito que sea. Por no poder hacer frente a lo que está en su pasado.
―Lo sé. ―Paso los dedos por su mandíbula sin afeitar y hasta su pelo ondulado antes de regresar de nuevo a su rostro. Es casi como si estuviera grabándome sus líneas y sus características en la memoria. Algo a lo que pueda agarrarme. Porque a pesar de tener que trabajar con él todavía, sé que esta va a ser la última vez que me
permita a mí misma tocarlo. Tocarlo de nuevo va a ser demasiado peligroso para mi corazón debilitado.
Me pongo de puntillas y rozo los labios suavemente contra los suyos. En cuestión de segundos, Pedro tiene sus brazos alrededor de mí y me está levantando a su nivel. Nuestros ojos se bloquean entre sí en este campo de juego igualitario. Se inclina hacia mí para reanudar nuestro beso. Siento algo diferente en este beso. Algo relacionado con la ternura.
Me doy cuenta de que lo que estamos diciendo es un adiós silencioso. Todas las heridas y las posibilidades tácitas son arrojadas a la suavidad inquebrantable de nuestro intercambio. La desesperación y la necesidad carnal anterior han sido sustituidas por una resignación conmovedora. Lentamente terminamos el beso, Pedro lentamente me baja, mi cuerpo se desliza a lo largo del suyo, que es familiar. Una vez que mis pies están en el suelo, apoya su frente contra la mía. Nuestros ojos permanecen cerrados mientras absorbemos el último momento con el otro.
Muevo mi mano entre nuestros cuerpos y la coloco sobre su corazón, que todavía está tocando mi parte del frente.
―Me gustaría que me explicaras por qué no tienes relaciones, Pedro ―mi voz es apenas un susurro, la amenaza de las lágrimas evidente en la vacilación de mi voz―. Tal vez podría entenderte esto, mejor entonces.
―Lo sé ―respira en respuesta. Se mueve y coloca su beso de marca en la punta de mi nariz.
Esta es la acción espontánea que es mi perdición. Las lágrimas ruedan en silencio y gruesas por mis mejillas mientras Pedro susurra:
―Adiós ―antes de darse la vuelta sin mirar atrás hacia mí y corre por el camino de entrada.
No puedo soportar ver que se vaya. Busco a tientas y torpemente la cerradura delantera antes de empujar la puerta y cerrarla. Me apoyo contra la puerta y me
deslizo hacia abajo para sentarme en el suelo, mis lágrimas silenciosas convirtiéndose en sollozos incontrolables.
Así es como me encuentra Lina momentos más tarde, después de haber sido despertada por mi entrada menos que elegante.
GRACIAS! ♥
CAPITULO VEINTINUEVE
―¿De qué son tus tatuajes?
Él me mira, girando su cuerpo y levantando su brazo sobre la cabeza para que yo pueda ver las marcas.
―Son nudos celtas.
―¿Qué significan?
―No es nada ―dice con voz ronca, ocupándose al abrir la nevera, que me doy cuenta está casi vacía, y tomando una cerveza.
―Vamos ―lo pincho, con curiosidad por saber por qué de repente evita la cuestión cuando ha estado tan próximo en toda la noche. Me tiende una cerveza y yo sacudo mi cabeza, rechazando su oferta―. No pareces ser el tipo de persona que se marca de forma permanente sin tener una razón o con tatuajes con un significado específico.
Me apoyo contra el mostrador con mi camisa y las bragas mientras toma de un tirón su cerveza, sus ojos encontrándose con los míos sobre el fondo de la botella. Los desliza a lo largo de mis piernas desnudas y de vuelta a la seguridad de mis ojos.
―Los nudos significan cosas diferentes. ―Levanta su brazo otra vez para mostrarme mientras me muevo cerca de él. Señala el primero justo debajo de la axila―. Este significa superar algún tipo de adversidad en la vida ―se traslada a la siguiente―. Este es el símbolo de la aceptación. Este es para la curación, y el inferior es de la venganza. ―Mira hacia arriba poco a poco, la oscuridad de sus ojos mientras se traban en los míos, esperando mi reacción. Esperando a que haga
la pregunta obvia de por qué necesita la aceptación, la curación y la venganza. Estamos en silencio hasta que suspira, sacudiendo la cabeza hacia mí, la incredulidad en su rostro porque él ha dicho mucho.
Doy un paso hacia él, llegando tentativamente, y corro mis dedos por los cuatro símbolos en su cuerpo, sus significados resonando en mí, que me dicen que de alguna manera son marcas de su historia pasada y en la que se encuentra, en su estado actual de tratar con ello. Su cuerpo se estremece en mi tacto.
―Te favorecen ―susurro, tratando de transmitirle que entiendo esta gama de emociones―. ¿Te hiciste todos a la vez? ¿Por qué los tres colores y no el cuarto?
Se encoge de hombros lejos de mí, tomando otro sorbo de su cerveza.
―No.
Eso es todo lo que me da y su tono me dice que no hay mayor discusión sobre esta cuestión. ¿Se hizo cada uno de ellos según iba cerrando su pasado? Si es así, la venganza me tiene un poco más curiosa.
―¿Eres irlandés, entonces?
―Así dice papá.
Sr. Próxima.
Supongo que estaba hablando de él durante la noche. El cambio teórico ha sido de un tirón, y estoy tratando de volver a ponerme al día con sus cambios de humor mercuriales. ¿Y ahora qué? ¿Me regreso a casa? ¿Me quedo por la noche? ¿Me pido un taxi? Inquieta por lo desconocido, recojo mis pantalones y tiro de ellos, tratando de parecer coordinada mientras mi tobillo se ve atrapado en el lazo. Puedo sentir el calor de su mirada mientras me observa, aunque no me atrevo a mirar hacia arriba, la vergüenza eminente.
―Así que, Pedro... ―miro hacia arriba cuando termino de abotonar mis jeans para ver que me estaba mirando como había pensado, con una sonrisa divertida en el rostro y las cejas levantadas. Él puede tener experiencia en el protocolo de este tipo de cosas, pero estoy segura de que yo no. Mis mejillas se llenan de rubor.
Busco algo de qué hablar, algo que vaya a disminuir mi ansiedad, hasta que me dé algún tipo de idea sobre qué o donde iré desde aquí―. Los muchachos están muy ansiosos de ir a la pista cuando pruebes el auto. ―Él resopla, su cabeza balanceándose adelante y atrás antes de que ahogue una risa―. ¿Qué? ―pregunto confundida por su reacción a mi comentario al parecer no divertido.
―Todo negocios ahora, ¿verdad? ―Lo miro cuidadosamente a medida que camina hacia mí, precavida por la mirada depredadora en sus ojos―. ¿Cómo es que hace diez minutos estabas desnuda y sumisa debajo de mí y ahora estás nerviosa e incómoda simplemente por estar en el mismo espacio que yo? ―Probablemente porque dominas cualquier espacio que ocupas. Él llega a tirar de uno de mis rizos. Sus ojos esmeraldas se oscurecen mientras me mira.
―¿Soy tan gran horror de chico, Paula?
Mierda. Tengo que trabajar más duro para no llevar mis emociones en mi cara.
―No estoy nerviosa. ―Mi respuesta contundente sobre lo ocurrido en la habitación delata todo lo contrario.
―Oh, Paula, no es exactamente amable mentir cuando algo de mí sigue en ti.
Mi rubor se oscurece. Bueno, cuando lo pone de esa manera...
―No estoy mintiendo. Sólo quería… ah… uh, obtener las fechas para poder decírselas a los chicos.
Levanta las cejas, una sonrisa de complicidad en los labios. Yo soy una mentirosa horrible, y sé que él puede ver a través de mí.
―Qué momento oportuno para preguntar ―él sonríe―. Bueno ―extiende y ahueca mi cuello, poniéndome un tierno beso en los labios―, mi agenda está en casa. Te mandaré un texto con las fechas.
Abro los ojos en su beso mientras sus palabras entran en mi cabeza. ¿Qué? Siento su cuerpo tensarse una vez que se ha dado cuenta de lo que ha dicho. ¿Me he perdido de algo? Entrecierro mis ojos hacia él y da un paso cauteloso detrás de mí. La expresión de su cara es indiscernible.
―¿No es esta tu casa? ―Niego con la cabeza―. ¿Qué me estoy perdiendo aquí?
Pedro se pasa la mano por el pelo, exhalando con fuerza.
―Es mi lugar. Sólo no me quedo aquí a menudo.
Su expresión está protegida, la tensión en las líneas alrededor de su boca. Su inquietud me inquieta.
―Oh. Está bien. ¿Dónde más te...? ―Y entonces eso me golpea. La tecla equivocada en la puerta. La torpeza con el código de alarma. La incapacidad de encontrar algo en los armarios de la cocina. La nevera vacía. Pedro diciendo que no debería haberme traído aquí. ¿Cómo pude ser tan ingenua? Levanto mis ojos para encontrarme con los de Pedro y él sabe que yo lo sé. La expresión de su cara lo dice todo. Yo trato de tragar el nudo en mi garganta―. Así que este es tu lugar, pero no exactamente dónde vives ―digo suavemente cada palabra―. Es a donde traes a todas tus citas, escoltas, o como sea que las llames, para joder ―me ahogo en la última palabra―. ¿Cierto?
―Esto no es eso ―su voz es reticente. Arrepentida.
Resoplo ante su respuesta.
―Entonces, ¿qué diablos es esto, Pedro? Creo que necesito un poco de claridad aquí ya que todavía tengo algo de ti en mí, como tan amablemente has señalado. ¿Te refieres a la casa o es una definición de ti y mí?
Él sólo se me queda mirando. Los ojos verdes brillando como los de un cachorrito herido.
―Tú y yo ―respira.
Salgo de la cocina, rodando los hombros, necesitando un poco de espacio de él. De esa mirada en sus ojos. ¿Por qué coño me siento culpable por la mirada en sus ojos cuando no he hecho nada malo? ¡Ugh! Esto es una mierda. Salgo a la habitación familiar, no queriendo que él vea las lágrimas de dolor que inundan mis ojos. Rápidamente las seco con el dorso de mi mano mientras me centro en la pintura, un lavado de colores, por encima de su chimenea.
―¿Esto no es eso? Entonces dime lo que tengo que pensar. Me dices que no haces amigas, sólo haces arreglos. ¿Es aquí donde los arreglos se reúnen para un buen rato?
―Paula. ―Mi nombre es una sola palabra de súplica en sus labios. Y él está justo detrás de mí. Yo no lo había oído seguirme, pensando muy fuerte en mi cabeza―. Sigo enganchado contigo ―murmura para sí mismo.
―Tienes toda la maldita razón en que lo haces. ―Me doy la vuelta para mirarlo―. ¿Qué? ¿Te gusto lo suficiente como para cogerme, pero no lo suficiente como para quedarte o llevarme a tu casa de verdad? ¡Increíble! ―Me enfado con él, mi ego en su punto más bajo. ¿De verdad cree que estaría de acuerdo con esto? Justo cuando creo que me es posible dar ese paso sobre la línea en la arena, pasar de Max, me hace saltar hacia atrás como si una serpiente me hubiera mordido.
¡Bastardo!
―Tal vez deberías explicarme un poco más acerca de tu puesta en marcha aquí. Hazme entender la mierda que hay en tu cabeza. ―¿Por qué estoy incluso preguntando? No es como si realmente quisiera saber los detalles sobre sus asuntos sórdidos. Conocer qué más sucede aquí en el mostrador de la cocina―. Quiero decir, si eso es todo lo que soy para ti, entonces yo por lo menos merezco saber lo que esperas de mí. Mi protocolo.
Mis palabras gotean ira con sarcasmo atado. Cruzo los brazos sobre el pecho, una forma inútil de protegerme de él.
―¿Pau? Yo… uh... ―Puedo ver la pena en sus ojos, en lo encorvado de su postura. Él me mira en silencio durante unos momentos, una lucha interna en guerra detrás de su fachada―. Paula, esto no es lo que había planeado para mí. Para nosotros. ―Hace una pausa, sus ojos flotando por la emoción―. Tú. ¿Qué eres? ¿Qué somos? Me asustas como la mierda.
¡Whoa! ¿Qué? Las palabras de Lina vuelven a mí en un apuro. Quiero fundirme en sus palabras, al saber que le afecto mucho, pero una parte de mí se siente como que estoy siendo engañada aquí. Una fácil excusa para sus acciones. Dime lo que quiero oír para que eso me devuelva a tu cama, crisis evitada, y luego déjame caer
en la primera oportunidad que tengas. Él odia el teatro y yo he causado un poco de eso. No voy a dejarme engañar por el jugador principal.
―¿Te asusto? Mierda, Pedro, acabo de dejarte atarme, vendarme los ojos, y estar conmigo en la cocina. Un hombre que sólo he conocido durante dos semanas, ¡cuando sólo he estado con otra persona antes! ¿Y. Yo. Te. Asusto. A. Ti? ―Sus ojos se amplían, sorprendidos por mi admisión. Levanto mis manos exasperada, con ganas de seguir adelante antes de tener que abordar el pequeño hecho acerca de mí misma que acabo de dejar escapar―. Me dijiste en la playa esa noche que estableces directrices, mitigas promesas para el futuro o alguna mierda así... ¿dime, Pedro, lo haces antes o después de que las traes aquí? ―Estoy en un rollo aquí, la ira y la humillación alimentando mi fuego. Él sólo se me queda mirando, los ojos muy abiertos, los brazos colgando sin fuerzas a los costados―. Vamos. Puesto que no tienes la cortesía de antemano para hacerme saber en qué me estaba metiendo, creo que deberías decirme al menos ahora.
―Paula, eso no es lo que está…
―Estoy esperando, Pedro. ―Yo misma bajo hasta el borde del sofá de cuero color camel, cruzando los brazos sobre el pecho. Creo que voy a tener que estar sentada para esto―. ¿Cómo haces tus arreglos?
Suspira ruidosamente, pasándose la mano por la mandíbula, frotando los dos lados antes de mirar hacia mí. Finalmente habla, su voz por lo general resonante, suave y vacilante, como si tuviera miedo de decirme.
―Por lo general, quedo con alguien. Averiguamos si nos gustamos. ―Se encoge de hombros disculpándose―. Y entonces le digo que me gusta su compañía, pero yo sólo puedo darle un buen rato. Que me encantaría pasar más tiempo con ella, pero todo lo que puedo darle es un par de noches a la semana... que me encuentre aquí ―hace gestos en la habitación en la que estamos―, y pasaremos un buen rato.
No estoy segura de sí quiero escuchar su respuesta, ahora que la he obtenido.
―Continúa...
Él ladea la cabeza y me mira con atención, la persona tímida que había visto momentos antes poco a poco transformándose de nuevo en el hombre confiado que espero que sea.
―La primera vez que nos encontramos aquí ―me mira con cautela, sabiendo que estoy pensando que esta es mi primera vez aquí. ¿Fue este el plan inminente que había dispuesto para mí después de tenerme sobre el mostrador? Aprieto los labios, tratando de mantener mi cara enigmática. Asiento con la cabeza hacia él para que continúe, la ira desplegándose en mi vientre―. Bueno, la siento y le explico que quiero pasar tiempo con ella, pero que no hay felices para siempre. Nunca lo habrá. Y que si puede aceptar mis condiciones, mis necesidades, entonces me encantaría pasar tiempo con ella aquí, diciéndole que me acompañe a las funciones si es necesario, y le permitiría la notoriedad y las ventajas de estar conmigo, hasta que nuestro acuerdo corra, por supuesto.
Wow. Me toma un minuto procesar sus palabras. Hablando acerca de tomar la emoción fuera de la foto. Suena más como una transacción comercial. Él me mira fijamente, sin vergüenza ahora que tiene más estabilidad para hablar de algo sobre lo que está en control.
Lo miro con los ojos abiertos ampliamente.
―¿Esto realmente funciona para ti? ―farfullo, sorprendida―. ¿Por qué no contratas a un acompañante? Quiero decir, que eso es lo que realmente estás haciendo. ―Mi cabeza da vueltas con esta información y, sin embargo, la parte masoquista de mí quiere saber todos los detalles sangrientos. Quiere escuchar las palabras de modo que haga caso de la advertencia y camine lejos ilesa―. Alguien que se vea bonita en tu brazo y que puedas utilizar cuando mejor te convenga.
―No estoy de acuerdo ―dice Pedro con vehemencia, el acero en sus ojos―. No es así. Nunca cambio dinero por sexo, Paula. Nunca. Ya te lo he dicho una vez. No voy a decírtelo otra vez.
Como si él tuviera algún derecho a estar cabreado. Sólo me dijo que él espera que yo sea su mujercita obediente, feliz con los trozos que me arroja. Demasiados pensamientos corren por mi cabeza para formar una respuesta coherente e inteligente.
―¿Qué…? ―finalmente pregunto, tropezando con las palabras adecuadas―. Dices que tus acuerdos tienen reglas. ¿Te importa si pregunto cuáles son exactamente?
Tengo curiosidad. Estoy horrorizada. Estoy anonadada de que este sea el camino que ha elegido cuando puede, obviamente, tener a quien quiera.
Puedo sentir que está incómodo, avergonzado incluso para responder y este hecho me da un poco de esperanza. Esperanza de qué, sin embargo, no estoy muy segura.
―Sé que suena frío, pero me he dado cuenta de que si yo pongo todo en la mesa de antemano, se reducen al mínimo las complicaciones y disminuyen las expectativas a lo largo de la línea. De esta manera, entran a esto voluntariamente después de que saben lo establecido.
―¡Yo no! ―Le grito―. ¡No tuviste la cortesía de decirme!
Empieza a hablar, y yo levanto la mano para que se calle. Necesito un momento para pensar. Necesito un minuto para envolver mi cabeza en torno a sus ideales chiflados. Bajo mi cabeza, tragando con fuerza. ¿Es esto lo que yo soy para él? ¿Una complicación para ser atenuada?
Dios, el exceso de información es a veces una mala cosa. Yo mastico el interior de mi labio mientras pienso.
―¿Por qué no decir simplemente amigos con beneficios o compañeros de coger?
Irritación parpadea a través de sus ojos y se desplaza sin cesar, pasando los dedos por su pelo, descaradamente ignorando mi comentario.
―¿De verdad quieres saberlo, Paula? ¿Las estipulaciones? ―pregunta, hablando de mi pregunta original.
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio inferior, la preocupación yendo de ida a vuelta.
―Tengo curiosidad ―afirmo, en la parte de atrás de mi cabeza pensando que un psiquiatra tendría un día de campo con esta conversación―. Creo que estoy
tratando de entender esto. Tratando de entender. Tratando de entender qué es exactamente lo que habrías esperado de mí. ―Sus cejas se disparan hacia arriba ante mi comentario, y sé que él me ha escuchado. Mi declaración es en tiempo pasado. Ahora sabe que de ninguna manera aceptaré su disposición egoísta.
Se sienta frente a mí, con sus ojos en los míos.
―¿Reglas? ―Suspira tentativamente, y yo asiento con la cabeza para que ponga manos a la obra―. Necesito la monogamia. Necesito confidencialidad con mi reputación porque mi familia es muy importante para mí. ―Hace una pausa mirando profundamente hacia mí, midiendo para ver si debe continuar.
―¿Qué más?
Respira profundamente.
―Necesito una buena higiene, que sea saludable, libre de drogas y enfermedades de transmisión sexual. Control de la natalidad es un factor decisivo ya que como te he dicho, sin niños por ahora y nunca van a ser una opción para mí o para mi futuro.
Se detiene y no estoy segura de si realmente lo hace, o simplemente está pensando más allá de sus necesidades. Irónicamente, no creo que sus demandas sean del todo extrañas. Quiero decir que me parece un poco mucho para negociar en una primera cita con alguien, pero si tuviera que estar en una relación comprometida con alguien, estas son las cosas que me gustaría saber. Pero, de nuevo, una relación estable conmigo debe tener la promesa de un futuro, el elemento de dar y dejar, y la progresión de los sentimientos en el amor.
―Así que... ¡Guau! ―digo teniendo un momento―. Esa es una muy larga lista de requisitos. ¿Hay algo más?
―Unos pocos ―admite―, pero creo que hemos agotado el tema, ¿no?
Me acepto a mí misma, pero ya me he adentrado hasta aquí, también podría obtener las respuestas que quiero de él. Ignoro su declaración y continúo de todos modos.
―Oh, debes estar dispuesto a pasar por alto la parte en la que tienen su momento Pretty Woman y dejas el dinero en la mesa de noche después de haber tenido tu cosa con ella. ―Sus ojos saltan de nuevo a los míos y sé que le he figurativamente dado el clavo en la cabeza―. Quiero decir, todo esto es en tus términos. Déjame adivinar, ¿en realidad no duermes con ella porque es muy íntimo? ¿O le compras ropa y presumes de ella en medio de tu cama y poco sabes que te está utilizando para promover su carrera como modelo en ciernes? ¿Qué es exactamente lo que está saliendo de esto, Ace, además de un polvo rápido con un pinchazo garantizado? Y no estoy hablando de la de tus pantalones.
Mi estómago está un poco mareado de repente, y me doy cuenta de que no quiero saber estos detalles. No quiero saber cuáles son las normas y reglamentos que alguna fulana acepta, cuáles son los factores que tiene que respetar, o con qué favores sexuales debe estar de acuerdo para poder dormir con él y ser vista de su brazo.
Él me mira, girando su cuerpo y levantando su brazo sobre la cabeza para que yo pueda ver las marcas.
―Son nudos celtas.
―¿Qué significan?
―No es nada ―dice con voz ronca, ocupándose al abrir la nevera, que me doy cuenta está casi vacía, y tomando una cerveza.
―Vamos ―lo pincho, con curiosidad por saber por qué de repente evita la cuestión cuando ha estado tan próximo en toda la noche. Me tiende una cerveza y yo sacudo mi cabeza, rechazando su oferta―. No pareces ser el tipo de persona que se marca de forma permanente sin tener una razón o con tatuajes con un significado específico.
Me apoyo contra el mostrador con mi camisa y las bragas mientras toma de un tirón su cerveza, sus ojos encontrándose con los míos sobre el fondo de la botella. Los desliza a lo largo de mis piernas desnudas y de vuelta a la seguridad de mis ojos.
―Los nudos significan cosas diferentes. ―Levanta su brazo otra vez para mostrarme mientras me muevo cerca de él. Señala el primero justo debajo de la axila―. Este significa superar algún tipo de adversidad en la vida ―se traslada a la siguiente―. Este es el símbolo de la aceptación. Este es para la curación, y el inferior es de la venganza. ―Mira hacia arriba poco a poco, la oscuridad de sus ojos mientras se traban en los míos, esperando mi reacción. Esperando a que haga
la pregunta obvia de por qué necesita la aceptación, la curación y la venganza. Estamos en silencio hasta que suspira, sacudiendo la cabeza hacia mí, la incredulidad en su rostro porque él ha dicho mucho.
Doy un paso hacia él, llegando tentativamente, y corro mis dedos por los cuatro símbolos en su cuerpo, sus significados resonando en mí, que me dicen que de alguna manera son marcas de su historia pasada y en la que se encuentra, en su estado actual de tratar con ello. Su cuerpo se estremece en mi tacto.
―Te favorecen ―susurro, tratando de transmitirle que entiendo esta gama de emociones―. ¿Te hiciste todos a la vez? ¿Por qué los tres colores y no el cuarto?
Se encoge de hombros lejos de mí, tomando otro sorbo de su cerveza.
―No.
Eso es todo lo que me da y su tono me dice que no hay mayor discusión sobre esta cuestión. ¿Se hizo cada uno de ellos según iba cerrando su pasado? Si es así, la venganza me tiene un poco más curiosa.
―¿Eres irlandés, entonces?
―Así dice papá.
Sr. Próxima.
Supongo que estaba hablando de él durante la noche. El cambio teórico ha sido de un tirón, y estoy tratando de volver a ponerme al día con sus cambios de humor mercuriales. ¿Y ahora qué? ¿Me regreso a casa? ¿Me quedo por la noche? ¿Me pido un taxi? Inquieta por lo desconocido, recojo mis pantalones y tiro de ellos, tratando de parecer coordinada mientras mi tobillo se ve atrapado en el lazo. Puedo sentir el calor de su mirada mientras me observa, aunque no me atrevo a mirar hacia arriba, la vergüenza eminente.
―Así que, Pedro... ―miro hacia arriba cuando termino de abotonar mis jeans para ver que me estaba mirando como había pensado, con una sonrisa divertida en el rostro y las cejas levantadas. Él puede tener experiencia en el protocolo de este tipo de cosas, pero estoy segura de que yo no. Mis mejillas se llenan de rubor.
Busco algo de qué hablar, algo que vaya a disminuir mi ansiedad, hasta que me dé algún tipo de idea sobre qué o donde iré desde aquí―. Los muchachos están muy ansiosos de ir a la pista cuando pruebes el auto. ―Él resopla, su cabeza balanceándose adelante y atrás antes de que ahogue una risa―. ¿Qué? ―pregunto confundida por su reacción a mi comentario al parecer no divertido.
―Todo negocios ahora, ¿verdad? ―Lo miro cuidadosamente a medida que camina hacia mí, precavida por la mirada depredadora en sus ojos―. ¿Cómo es que hace diez minutos estabas desnuda y sumisa debajo de mí y ahora estás nerviosa e incómoda simplemente por estar en el mismo espacio que yo? ―Probablemente porque dominas cualquier espacio que ocupas. Él llega a tirar de uno de mis rizos. Sus ojos esmeraldas se oscurecen mientras me mira.
―¿Soy tan gran horror de chico, Paula?
Mierda. Tengo que trabajar más duro para no llevar mis emociones en mi cara.
―No estoy nerviosa. ―Mi respuesta contundente sobre lo ocurrido en la habitación delata todo lo contrario.
―Oh, Paula, no es exactamente amable mentir cuando algo de mí sigue en ti.
Mi rubor se oscurece. Bueno, cuando lo pone de esa manera...
―No estoy mintiendo. Sólo quería… ah… uh, obtener las fechas para poder decírselas a los chicos.
Levanta las cejas, una sonrisa de complicidad en los labios. Yo soy una mentirosa horrible, y sé que él puede ver a través de mí.
―Qué momento oportuno para preguntar ―él sonríe―. Bueno ―extiende y ahueca mi cuello, poniéndome un tierno beso en los labios―, mi agenda está en casa. Te mandaré un texto con las fechas.
Abro los ojos en su beso mientras sus palabras entran en mi cabeza. ¿Qué? Siento su cuerpo tensarse una vez que se ha dado cuenta de lo que ha dicho. ¿Me he perdido de algo? Entrecierro mis ojos hacia él y da un paso cauteloso detrás de mí. La expresión de su cara es indiscernible.
―¿No es esta tu casa? ―Niego con la cabeza―. ¿Qué me estoy perdiendo aquí?
Pedro se pasa la mano por el pelo, exhalando con fuerza.
―Es mi lugar. Sólo no me quedo aquí a menudo.
Su expresión está protegida, la tensión en las líneas alrededor de su boca. Su inquietud me inquieta.
―Oh. Está bien. ¿Dónde más te...? ―Y entonces eso me golpea. La tecla equivocada en la puerta. La torpeza con el código de alarma. La incapacidad de encontrar algo en los armarios de la cocina. La nevera vacía. Pedro diciendo que no debería haberme traído aquí. ¿Cómo pude ser tan ingenua? Levanto mis ojos para encontrarme con los de Pedro y él sabe que yo lo sé. La expresión de su cara lo dice todo. Yo trato de tragar el nudo en mi garganta―. Así que este es tu lugar, pero no exactamente dónde vives ―digo suavemente cada palabra―. Es a donde traes a todas tus citas, escoltas, o como sea que las llames, para joder ―me ahogo en la última palabra―. ¿Cierto?
―Esto no es eso ―su voz es reticente. Arrepentida.
Resoplo ante su respuesta.
―Entonces, ¿qué diablos es esto, Pedro? Creo que necesito un poco de claridad aquí ya que todavía tengo algo de ti en mí, como tan amablemente has señalado. ¿Te refieres a la casa o es una definición de ti y mí?
Él sólo se me queda mirando. Los ojos verdes brillando como los de un cachorrito herido.
―Tú y yo ―respira.
Salgo de la cocina, rodando los hombros, necesitando un poco de espacio de él. De esa mirada en sus ojos. ¿Por qué coño me siento culpable por la mirada en sus ojos cuando no he hecho nada malo? ¡Ugh! Esto es una mierda. Salgo a la habitación familiar, no queriendo que él vea las lágrimas de dolor que inundan mis ojos. Rápidamente las seco con el dorso de mi mano mientras me centro en la pintura, un lavado de colores, por encima de su chimenea.
―¿Esto no es eso? Entonces dime lo que tengo que pensar. Me dices que no haces amigas, sólo haces arreglos. ¿Es aquí donde los arreglos se reúnen para un buen rato?
―Paula. ―Mi nombre es una sola palabra de súplica en sus labios. Y él está justo detrás de mí. Yo no lo había oído seguirme, pensando muy fuerte en mi cabeza―. Sigo enganchado contigo ―murmura para sí mismo.
―Tienes toda la maldita razón en que lo haces. ―Me doy la vuelta para mirarlo―. ¿Qué? ¿Te gusto lo suficiente como para cogerme, pero no lo suficiente como para quedarte o llevarme a tu casa de verdad? ¡Increíble! ―Me enfado con él, mi ego en su punto más bajo. ¿De verdad cree que estaría de acuerdo con esto? Justo cuando creo que me es posible dar ese paso sobre la línea en la arena, pasar de Max, me hace saltar hacia atrás como si una serpiente me hubiera mordido.
¡Bastardo!
―Tal vez deberías explicarme un poco más acerca de tu puesta en marcha aquí. Hazme entender la mierda que hay en tu cabeza. ―¿Por qué estoy incluso preguntando? No es como si realmente quisiera saber los detalles sobre sus asuntos sórdidos. Conocer qué más sucede aquí en el mostrador de la cocina―. Quiero decir, si eso es todo lo que soy para ti, entonces yo por lo menos merezco saber lo que esperas de mí. Mi protocolo.
Mis palabras gotean ira con sarcasmo atado. Cruzo los brazos sobre el pecho, una forma inútil de protegerme de él.
―¿Pau? Yo… uh... ―Puedo ver la pena en sus ojos, en lo encorvado de su postura. Él me mira en silencio durante unos momentos, una lucha interna en guerra detrás de su fachada―. Paula, esto no es lo que había planeado para mí. Para nosotros. ―Hace una pausa, sus ojos flotando por la emoción―. Tú. ¿Qué eres? ¿Qué somos? Me asustas como la mierda.
¡Whoa! ¿Qué? Las palabras de Lina vuelven a mí en un apuro. Quiero fundirme en sus palabras, al saber que le afecto mucho, pero una parte de mí se siente como que estoy siendo engañada aquí. Una fácil excusa para sus acciones. Dime lo que quiero oír para que eso me devuelva a tu cama, crisis evitada, y luego déjame caer
en la primera oportunidad que tengas. Él odia el teatro y yo he causado un poco de eso. No voy a dejarme engañar por el jugador principal.
―¿Te asusto? Mierda, Pedro, acabo de dejarte atarme, vendarme los ojos, y estar conmigo en la cocina. Un hombre que sólo he conocido durante dos semanas, ¡cuando sólo he estado con otra persona antes! ¿Y. Yo. Te. Asusto. A. Ti? ―Sus ojos se amplían, sorprendidos por mi admisión. Levanto mis manos exasperada, con ganas de seguir adelante antes de tener que abordar el pequeño hecho acerca de mí misma que acabo de dejar escapar―. Me dijiste en la playa esa noche que estableces directrices, mitigas promesas para el futuro o alguna mierda así... ¿dime, Pedro, lo haces antes o después de que las traes aquí? ―Estoy en un rollo aquí, la ira y la humillación alimentando mi fuego. Él sólo se me queda mirando, los ojos muy abiertos, los brazos colgando sin fuerzas a los costados―. Vamos. Puesto que no tienes la cortesía de antemano para hacerme saber en qué me estaba metiendo, creo que deberías decirme al menos ahora.
―Paula, eso no es lo que está…
―Estoy esperando, Pedro. ―Yo misma bajo hasta el borde del sofá de cuero color camel, cruzando los brazos sobre el pecho. Creo que voy a tener que estar sentada para esto―. ¿Cómo haces tus arreglos?
Suspira ruidosamente, pasándose la mano por la mandíbula, frotando los dos lados antes de mirar hacia mí. Finalmente habla, su voz por lo general resonante, suave y vacilante, como si tuviera miedo de decirme.
―Por lo general, quedo con alguien. Averiguamos si nos gustamos. ―Se encoge de hombros disculpándose―. Y entonces le digo que me gusta su compañía, pero yo sólo puedo darle un buen rato. Que me encantaría pasar más tiempo con ella, pero todo lo que puedo darle es un par de noches a la semana... que me encuentre aquí ―hace gestos en la habitación en la que estamos―, y pasaremos un buen rato.
No estoy segura de sí quiero escuchar su respuesta, ahora que la he obtenido.
―Continúa...
Él ladea la cabeza y me mira con atención, la persona tímida que había visto momentos antes poco a poco transformándose de nuevo en el hombre confiado que espero que sea.
―La primera vez que nos encontramos aquí ―me mira con cautela, sabiendo que estoy pensando que esta es mi primera vez aquí. ¿Fue este el plan inminente que había dispuesto para mí después de tenerme sobre el mostrador? Aprieto los labios, tratando de mantener mi cara enigmática. Asiento con la cabeza hacia él para que continúe, la ira desplegándose en mi vientre―. Bueno, la siento y le explico que quiero pasar tiempo con ella, pero que no hay felices para siempre. Nunca lo habrá. Y que si puede aceptar mis condiciones, mis necesidades, entonces me encantaría pasar tiempo con ella aquí, diciéndole que me acompañe a las funciones si es necesario, y le permitiría la notoriedad y las ventajas de estar conmigo, hasta que nuestro acuerdo corra, por supuesto.
Wow. Me toma un minuto procesar sus palabras. Hablando acerca de tomar la emoción fuera de la foto. Suena más como una transacción comercial. Él me mira fijamente, sin vergüenza ahora que tiene más estabilidad para hablar de algo sobre lo que está en control.
Lo miro con los ojos abiertos ampliamente.
―¿Esto realmente funciona para ti? ―farfullo, sorprendida―. ¿Por qué no contratas a un acompañante? Quiero decir, que eso es lo que realmente estás haciendo. ―Mi cabeza da vueltas con esta información y, sin embargo, la parte masoquista de mí quiere saber todos los detalles sangrientos. Quiere escuchar las palabras de modo que haga caso de la advertencia y camine lejos ilesa―. Alguien que se vea bonita en tu brazo y que puedas utilizar cuando mejor te convenga.
―No estoy de acuerdo ―dice Pedro con vehemencia, el acero en sus ojos―. No es así. Nunca cambio dinero por sexo, Paula. Nunca. Ya te lo he dicho una vez. No voy a decírtelo otra vez.
Como si él tuviera algún derecho a estar cabreado. Sólo me dijo que él espera que yo sea su mujercita obediente, feliz con los trozos que me arroja. Demasiados pensamientos corren por mi cabeza para formar una respuesta coherente e inteligente.
―¿Qué…? ―finalmente pregunto, tropezando con las palabras adecuadas―. Dices que tus acuerdos tienen reglas. ¿Te importa si pregunto cuáles son exactamente?
Tengo curiosidad. Estoy horrorizada. Estoy anonadada de que este sea el camino que ha elegido cuando puede, obviamente, tener a quien quiera.
Puedo sentir que está incómodo, avergonzado incluso para responder y este hecho me da un poco de esperanza. Esperanza de qué, sin embargo, no estoy muy segura.
―Sé que suena frío, pero me he dado cuenta de que si yo pongo todo en la mesa de antemano, se reducen al mínimo las complicaciones y disminuyen las expectativas a lo largo de la línea. De esta manera, entran a esto voluntariamente después de que saben lo establecido.
―¡Yo no! ―Le grito―. ¡No tuviste la cortesía de decirme!
Empieza a hablar, y yo levanto la mano para que se calle. Necesito un momento para pensar. Necesito un minuto para envolver mi cabeza en torno a sus ideales chiflados. Bajo mi cabeza, tragando con fuerza. ¿Es esto lo que yo soy para él? ¿Una complicación para ser atenuada?
Dios, el exceso de información es a veces una mala cosa. Yo mastico el interior de mi labio mientras pienso.
―¿Por qué no decir simplemente amigos con beneficios o compañeros de coger?
Irritación parpadea a través de sus ojos y se desplaza sin cesar, pasando los dedos por su pelo, descaradamente ignorando mi comentario.
―¿De verdad quieres saberlo, Paula? ¿Las estipulaciones? ―pregunta, hablando de mi pregunta original.
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio inferior, la preocupación yendo de ida a vuelta.
―Tengo curiosidad ―afirmo, en la parte de atrás de mi cabeza pensando que un psiquiatra tendría un día de campo con esta conversación―. Creo que estoy
tratando de entender esto. Tratando de entender. Tratando de entender qué es exactamente lo que habrías esperado de mí. ―Sus cejas se disparan hacia arriba ante mi comentario, y sé que él me ha escuchado. Mi declaración es en tiempo pasado. Ahora sabe que de ninguna manera aceptaré su disposición egoísta.
Se sienta frente a mí, con sus ojos en los míos.
―¿Reglas? ―Suspira tentativamente, y yo asiento con la cabeza para que ponga manos a la obra―. Necesito la monogamia. Necesito confidencialidad con mi reputación porque mi familia es muy importante para mí. ―Hace una pausa mirando profundamente hacia mí, midiendo para ver si debe continuar.
―¿Qué más?
Respira profundamente.
―Necesito una buena higiene, que sea saludable, libre de drogas y enfermedades de transmisión sexual. Control de la natalidad es un factor decisivo ya que como te he dicho, sin niños por ahora y nunca van a ser una opción para mí o para mi futuro.
Se detiene y no estoy segura de si realmente lo hace, o simplemente está pensando más allá de sus necesidades. Irónicamente, no creo que sus demandas sean del todo extrañas. Quiero decir que me parece un poco mucho para negociar en una primera cita con alguien, pero si tuviera que estar en una relación comprometida con alguien, estas son las cosas que me gustaría saber. Pero, de nuevo, una relación estable conmigo debe tener la promesa de un futuro, el elemento de dar y dejar, y la progresión de los sentimientos en el amor.
―Así que... ¡Guau! ―digo teniendo un momento―. Esa es una muy larga lista de requisitos. ¿Hay algo más?
―Unos pocos ―admite―, pero creo que hemos agotado el tema, ¿no?
Me acepto a mí misma, pero ya me he adentrado hasta aquí, también podría obtener las respuestas que quiero de él. Ignoro su declaración y continúo de todos modos.
―Oh, debes estar dispuesto a pasar por alto la parte en la que tienen su momento Pretty Woman y dejas el dinero en la mesa de noche después de haber tenido tu cosa con ella. ―Sus ojos saltan de nuevo a los míos y sé que le he figurativamente dado el clavo en la cabeza―. Quiero decir, todo esto es en tus términos. Déjame adivinar, ¿en realidad no duermes con ella porque es muy íntimo? ¿O le compras ropa y presumes de ella en medio de tu cama y poco sabes que te está utilizando para promover su carrera como modelo en ciernes? ¿Qué es exactamente lo que está saliendo de esto, Ace, además de un polvo rápido con un pinchazo garantizado? Y no estoy hablando de la de tus pantalones.
Mi estómago está un poco mareado de repente, y me doy cuenta de que no quiero saber estos detalles. No quiero saber cuáles son las normas y reglamentos que alguna fulana acepta, cuáles son los factores que tiene que respetar, o con qué favores sexuales debe estar de acuerdo para poder dormir con él y ser vista de su brazo.
miércoles, 16 de julio de 2014
CAPITULO VEINTIOCHO
Muevo los pies, diciéndome a mí misma que no voy a llorar delante de él. No le daré la satisfacción de saber el efecto que ya tiene en mí a pesar del poco tiempo que nos conocemos.
Suspirando profundamente, me dispongo a hacer mi salida obvia ahora que estoy repentinamente incómoda aquí. Cuando sé que lo puedo enfrentar, miro de nuevo para a ver Pedro delante de mí tirando su camisa sobre su cabeza. Cuando el cuello de ella suelta su rostro, tira la camisa en el sofá sin mirarla. Sus ojos se centran por completo en mí, con la mandíbula apretada, sus manos inquietas como si estuviera con ganas de tocarme. La intensidad de su mirada me roba el aliento.
Ahora me toca a mí decirlo. ¿Qué demonios? Estoy totalmente confundida. El Dr. Jekyll se ha convertido en Mr. Hyde y está haciendo una repetición. En un momento creo que está pidiendo disculpas por traerme a casa con él porque quiere dar marcha atrás, y al siguiente está deliciosamente desnudo de la cintura para arriba, mirándome como si me fuera a devorar sin parar ni respirar.
Salgo de su mirada y corro mis ojos a lo largo de su cuerpo. Su torso se flexiona bajo mi lectura perezosa. Sus vaqueros cuelgan bajos en sus caderas, la V de sus músculos sumergiéndose bajo el jean. Me encuentro a mí misma pensando en cómo quiero saborearlo allí. Cómo quiero pasar mis labios a lo largo de ese cerro de músculos para arrastrarme hasta el final de ese triángulo invertido. Cómo quiero llevarlo a mi boca, tentarlo con mi lengua, y hacerle perder todo el control. El dolor en mi cuerpo surge, pulsa y pica por ser saciado.
―¿Tienes alguna idea de lo que me haces? ―pregunta en voz baja. Levanto los ojos de su cuerpo para encontrarme con los suyos. Las emociones no expresadas en sus ojos chocan contra mí, me envuelven y me dan miedo a la vez―. No lo haces, ¿verdad?
Niego con la cabeza, tomando mi labio inferior entre los dientes. Sólo sé lo que él me hace a mí. El poder que tiene sobre mí para hacerme sentir de nuevo. Para hacerme olvidar. Cómo su toque único puede calmar las dudas en mi cabeza.
Da un paso lento hacia mí.
―Estás ahí, con esa mirada inocente en esos impresionantes ojos violeta. Con el pelo en una cascada a tu alrededor, como el de un hada. Y esos labios... hmmm, Dios... esos labios sexy que se inflaman y se ponen tan suaves después de ser besados. Sueño con tus labios ―sus palabras se envuelven alrededor de mí, una seducción lenta para mis oídos. Da un paso más cerca, llegando a tomar mi mano en la suya―. Tu rostro muestra vulnerabilidad, Paula pero, ¿tu cuerpo? ¿Tus curvas? Gritan pecado. Hacen agua mi boca por probarlas de nuevo. Evocan pensamientos en mí que estoy seguro que te harían sonrojar ―se moja el labio inferior con la lengua―. Las cosas que quiero hacerle a ese cuerpo tuyo, cariño.
Inspiro bruscamente, la cruda honestidad de sus palabras desnudándome. Fascinándome. Envalentonándome. Creando otra grieta en la armadura de protección de mi corazón.
―Me haces necesitar, Paula ―susurra con voz ronca mientras toma un paso más cerca de mí. Piel de gallina corre por mis brazos cuando extiende una mano y la dirige hasta el flanco de mi torso, deteniéndola ahí casualmente, de modo que el pulgar pueda cepillarme sobre la parte inferior del pecho. Yo respondo de inmediato a su toque, mi pezón irguiéndose con la excitación. Se inclina hacia mí, su cara tan cerca de la mía que puedo ver las manchas oscuras flotando en el verde traslúcido de su iris. Que puedo ver los sentimientos no expresados entre sus palabras―. Y yo no nunca necesito nada de nadie.
Su admisión es como un fósforo para mi gasolina. Sus palabras incendiarias golpean esa pequeña parte de mí en el fondo que esperaba que pudiera haber más aquí. Lo miro a los ojos, recordando comentarios al azar de nuestro tiempo juntos, y me atrevo a pensar en las posibilidades. Él me ha ablandado, me ha derrumbado y ha edificado arriba, todo en un mismo espacio de tiempo.
―¿Pedro? ―mi voz renuncia, llena de emoción―. Yo... Pedro…
Nunca termino mi pensamiento porque me da un tirón hacia él y aplasta su boca en la mía. Todo el flirteo ocioso de la noche estalla entre nosotros en un torrente de búsqueda entre labios y manos, a tientas. La urgencia es palpable. Nuestra necesidad de sentir la piel del otro es primordial. Pedro libera su agarre en mis caderas y agarra el borde de mi suéter, tirando de él, y sólo rompiendo nuestro
beso cuando lo pasa por encima de mi cabeza. Lo lanza al suelo mientras su boca bloquea de nuevo a la mía. Hambre. Eso es a lo que su beso sabe. A lo que sus manos se sienten en mi cuerpo. Lo que siento yo por dentro. Quiero cada centímetro de él y algo más. Quiero perderme en él, perderme en las sensaciones, y sentirme abrumada por su solo tacto.―Cristo, Paula... ―se aleja de mí, nuestros pechos jadeantes contra el del otro, nuestros corazones golpeando a un ritmo frenético. Él ahueca mi cara entre sus manos, la mirada de sus ojos oscuros me dice que entiende. Que también siente el hambre―. Me has desnudado, Paula. Te has burlando de mí toda la noche. Ya. No. Tengo. Ningún. Control. ―Aprieta sus ojos cerrados mientras siento su pulsante polla contra mi vientre―. No creo que pueda ser suave, Paula…
―Entonces no lo seas ―le susurro, mis propias palabras me sorprenden. Ya no quiero ser tratada como el cristal. Como lo hizo Max. Quiero sentir la violenta pasión bañándome mientras me toma con un abandono imprudente. Quiero que me domine así podré surgir y desplomarme sin pensar en otra cosa.
Sus ojos se amplían ante mis palabras, un suspiro gutural sale de su garganta, y entonces él está contra mí, hundiéndonos en un beso devorador. La desesperación pulsa entre nosotros. Él me empuja hacia atrás, nuestras piernas enredándose entre sí, con las manos agarrando cada centímetro de piel expuesta que podemos encontrar. Mi parte trasera choca contra el borde duro del granito en la isla de la cocina; las manos de Pedro andan a tientas por mis jeans. Los empuja hacia abajo sobre mis caderas y fácilmente me eleva sobre el mostrador.
El frío de la losa de granito pica en la piel desnuda de mi zona caliente, añadiendo una nueva dimensión a las sensaciones en mi sexo. Pedro tira de mis jeans y bragas fuera de mis pies y luego separa mis rodillas. Da un paso hacia mí, apretando entre mis piernas mientras lleva su boca de nuevo a la mía. Sus manos corren por mi pecho, ahuecando mis senos a través del fino encaje de mi sujetador antes de continuar su descenso hasta el vértice entre mis muslos. Pasa un dedo sobre mi hendidura antes de deslizarlo por los bordes para encontrarme mojada y con ganas.
―Oh, Paula... ―susurra mientras desliza el dedo hacia arriba y hacia atrás, recubriéndome con mi propia humedad y mi placer al mismo tiempo. Su otra mano hurgó en el botón de sus vaqueros. Miró hacia abajo para ver su tormento, su burla en mi sexo y luego llevó sus labios hacia los míos―. Quiero sentirte en mí, Paula. Sin nada entre nosotros ―murmura su boca contra la mía. Sus palabras profundizan el dolor en el que me ahoga―. ¿Puedes confiar en mí cuando te digo que me he hecho la prueba? Que yo siempre uso protección. Nunca he tenido relaciones sexuales sin ella. Que estoy limpio. ―Me besa de nuevo, su lengua se desliza entre mis labios, lamiendo, degustando, tentando―. Dios, tan sólo quiero sentirte.―Sí. Yo también. Por favor… ―suspiro cuando desliza un dedo dentro de mí, mi mente no puede formar una frase coherente―. En la píldora... sí... Confío en ti ―jadeo, mientras su dedo hace círculos dentro de mí.
―Échate hacia atrás ―ordena mientras se libera de sus vaqueros y agarra mis piernas justo por debajo de las rodillas dobladas, levantándolas.
La piedra fría en mi espalda me hace arquearme en el mismo momento en que me separa y se presiona dentro de mí.
Grito ante la abrumadora sensación de su invasión y la repentina plenitud por él. Se queda quieto, enterrado por completo dentro de mí, lo que permite que el placer/dolor que siento disminuya mientras mi cuerpo se estira y se ajusta a él.
―Oh mierda, Paula ―gruñe. Podía ver su control deslizarse lejos de él. Sus ojos resplandecen sobre mi cuerpo y a la altura de mis ojos. Puedo ver los músculos de su torso tensarse, aprieta la mandíbula y sus ojos se ponen vidriosos, loco de necesidad en su intento de refrenarse―. Te sientes tan malditamente bien envuelta alrededor de mí. Como terciopelo agarrándome.
Yo suspiro mientras él se impulsa dentro de mí, su control agotado.
―¡Sí, Paula, sí! ―grito mientras sale y se golpea de nuevo en mí. Olas de sensaciones corren a través de mí cuando él agarra mis caderas y me atrae hacia él para que mi trasero se apoye fuera del borde del mostrador. Establece un ritmo castigador, metiéndose de nuevo en mí, una y otra vez. Sin romper el ritmo, inclina el torso sobre mí y une sus manos con las mías, tirando de ellas por encima de mi cabeza. Las mantiene allí con una mano mientras la otra se desliza hacia abajo para apretar mi pecho. Sus dedos ruedan mi pezón entre ellos, y se traga el gemido que incita de mí cuando captura mi boca de nuevo.
La casa se llena con nada más que el sonido de nuestra carne resbaladiza golpeándose una contra otra, nuestras respiraciones jadeantes, nuestras súplicas apasionadas y los gritos de éxtasis. Puedo sentir la oleada dentro de mí, mi canal apretándose a su alrededor mientras él sigue entrando y saliendo, cada centímetro de su hierro duro pegándole a cada uno de mis nervios. Pero también puedo ver a un hombre a punto de perder el control y buscar la liberación cuando Pedro deja ir mis manos y él mismo se apoya sobre los codos, cerniéndose sobre mí. La mete una última vez antes de que él grite mi nombre y de repente salga de mí.
Mi cuerpo se aprieta ante el vacío inesperado que siento mientras Pedro entierra su cabeza en mi pecho y su cuerpo se convulsiona con su clímax.
¿En su mano? Estoy confundida. Gime por el placer violento que está disparándose a través de su cuerpo. Puedo sentir la tensión saliendo de su cuerpo y la cálida caricia de sus labios en mi piel desnuda. Su toque hace que mi cuerpo se retuerza mientras mis nervios hormiguean con la pérdida de mi orgasmo anticipado.
Puedo sentir su sonrisa contra mi abdomen y como si él pudiera oír mis pensamientos, murmura:
―Quiero que te vengas para mí, Paula. Quiero ver lo dulce que sabes.
¡Oh! Mi mente procesa la razón de su repentina retirada. Su boca. En mí.
―Pedro…
―Shh-shh-shh ―susurra en mi oído, sus labios rozando el punto sensible justo debajo de mi lóbulo. Arqueo mi cabeza hacia atrás, raspando las uñas en su espalda. Él susurra ante mi tacto mientras pone una fila de besos en mi cuello y alrededor de la otra oreja―. Te has burlando toda la noche, Paula ―raspa su voz, ronca por el deseo―. Ahora es mi turno de devolverte el favor.
Un escalofrío me recorre la espalda y no tiene nada que ver con el frío granito en el que estoy.
Pedro flanquea mi cuerpo, pero siento su mano extenderse y lo escucho arrugar una bolsa más allá de mi cabeza. Vuelvo la cabeza para ver lo que está haciendo y la otra mano de Pedro sostiene firme mi mandíbula.
―Uh-uh-uh ―advierte―. Mantén la cabeza quieta. No me gustaría que arruinaras la sorpresa.
―¿Pedro? ―arrugo mi frente, curiosa por lo que esté hablando a pesar de mi cuerpo está en estado de alerta con sus palabras. No soy exactamente buena con las sorpresas en un día normal y sobre todo no cuando estoy aquí desnuda, expuesta y vulnerable.
Él se ríe, profundamente y sexy.
―Eso va a ser difícil para ti, ¿no es así? ―Cuando no respondo, se levanta sobre un codo y me mira por un momento―. Creo que es hora de que dejes de pensar, Paula. Deja de tratar de averiguar lo que está diez pasos adelante, porque recién estamos empezando. ―Aprieta un casto beso en mis labios―. Quédate aquí, Paula. No te muevas. ¿Entendido?
El tono autoritario de su voz me excita. Su razonamiento detrás de esto me inquieta. Su peso se despega de mí, y lo puedo oír salir de la cocina. Un cajón se abre y se cierra. Aprehensión me llena. Para la chica despreocupada dentro de mí que se muere por salir, la anticipación es una sensación emocionante. Para la loca del control en mí, la inquietud no es bienvenida. ¿Confío en él? Sí. Sin duda. ¿Por qué? No estoy segura, y eso solo me asusta como la mierda.
Lo oigo regresar a la cocina, y se inclina sobre mí, una sonrisa lasciva encrespa las comisuras de sus labios.
―¿Sabes lo hermosa que te ves ahora? ―Yo no respondo sino que me muerdo el labio mientras siento sus dedos de repente en mi hendidura. Me apartan y poco a poco se arrastran de arriba a abajo. Pequeños susurros me dejan arqueándome para encontrarme con su contacto. Inmediatamente saca su mano.
―Pedro…
―Uh-uh, Paula ―bromea―. Yo estoy al mando. Justo aquí y justo ahora. ―Mis párpados revolotean cuando miro a sus ojos. Mi corazón martillea en mi pecho ante sus palabras. Mis pezones se contraen ante la idea. El miedo tiñe los bordes de mi bruma Pedro-inducida. La entrega de mi control a otra persona es una idea desconcertante. Someterse sin pensarlo aún más―. Deja de pensar, nena ―susurra mientras pone mis manos por encima de mi cabeza―. Quiero tener todo el control de ti para que lo único que tu mente pueda hacer sea sentir. No eres capaz de pensar en cinco pasos adelante cuando no eres la única haciendo los movimientos ahora, ¿verdad?
¡Oh mierda! ¿Qué está…?
Mis pensamientos se borran cuando aplasta su boca en la mía. Muevo las manos y él se ríe dentro de nuestro beso.
―Lo siento, cariño ―murmura―. Vas a aprender que a veces, no tener el control es muy liberador. ―Recorre algo alrededor de mis muñecas y las une en un nudo a la llave de agua en el otro extremo de la isla. Cuando puedo registrar lo que ha hecho, empiezo a darme cuenta de lo practicado que ese movimiento fue y cuántas veces lo ha hecho; mi mundo se vuelve negro cuando él desliza una venda en mis ojos. Me quedo sin aliento por la sorpresa. Por la emoción―. Es hora de que tomes tu propio consejo, Paula.
¿Qué? ¿Cuándo se me ocurrió decirle que me atara y se aprovechara de mí?
―Me dijiste que cerrara los ojos y que me inclinara ante el torbellino. Que aumentara las sensaciones. ―La yema de su pulgar traza el contorno de mis labios.
¡Oh, mierda! Yo y mi gran bocota.
Algo corre suave pero ligeramente grueso sobre mi estómago y mi torso hasta dar la vuelta alrededor de mis pezones. Aspiro bruscamente cuando lo que él tiene me roza ligeramente debajo de la parte superior de mis piernas y luego por una parte interna del muslo y por el otro. Mi sexo se aprieta ante el susurro de su toque, desesperada por algo que me ayude a aliviar el dolor de mi vejiga. Lo único que
toca mi cuerpo es este objeto. El único sonido que escucho es mi propia respiración. La expectación que crea en mí es profunda, mientras continúa su lenta tortura, atormentando mis sentidos.
Nunca he necesitado el toque de un hombre en mi vida tanto como lo necesito a él en este momento. Mi siguiente pensamiento es sólo cuando sigue. No hay nada que hacer más que centrarse en las sensaciones. Tengo los nervios de punta, esperando el contacto con mi cuerpo. Ha conseguido que me olvide de lo que pasará en diez pasos, sino que me deleito con el paso en el que me encuentro. He perdido todo sentido de lo que me rodeaba. Nada existe en este momento, excepto él, mi desesperación por su toque y el deseo de mi cuerpo por la liberación.
Pedro está absolutamente silencioso excepto por las brisas apenas audibles de aire que escucho escapar de su boca en respuesta a la reacción de mi cuerpo ante el delicioso tormento de su sensual privación sensorial.
Pedro para la presión en mi pecho derecho y antes de que pueda posicionar la sensación, me toca por primera vez capturando mi pezón en su boca. Sacudo mis caderas salvajemente ante el calor de su boca en mi capullo sensible.
―¡Pedro! clamo, tirando de mis manos contra mis ataduras, con ganas de tocarlo. Queriendo enhebrar mis dedos en su pelo y sostenerlo en mi contra.
Él tira de mi pezón suavemente con sus dientes y la calidez de su boca se ha ido sólo para volver a sentirlo en su compañera. Siento el extraño objeto dando vueltas alrededor de mi pecho antes de que su boca se cierre sobre él de nuevo. Él se queja en voz baja.
―Sabroso ―murmura contra mí, y entonces que me doy cuenta de que recuerdo el comentario de antes. Me está tomando el pelo con lo del algodón de azúcar.
Empiezo a hablar y me detengo cuando su boca se cierra sobre la mía otra vez, el sabor azucarado dulce en su lengua. Es un suave y tierno beso. Una gradual relajación de sus labios y lengua que carecen de urgencia pero aún gritan de simple desesperación. Sus labios se desplazan por mi cuello expuesto y hacia su parte posterior, mordiendo mi lóbulo de la oreja. Una tortura lenta y bienvenida que me está haciendo quererlo como nunca antes.
Puedo sentir el algodón de azúcar moviéndose lentamente por mi torso hacia mi sexo. El dulce deja mi piel, y siento sus dedos explorándome, acariciando mis pliegues, y el juego vuelve a mi cuerpo adicto a su toque. Jadeo en nuestro beso y Pedro absorbe mi voraz gemido de deseo. Hábilmente se burla de mí con dedos diestros, y yo empujo mi pelvis contra su mano, con ganas de más. Necesitada de la fricción que me pondrá más cerca del borde.
Silbo un suspiro cuando me separa, deslizando lentamente un dedo en mi interior. Calor destella a través de mí mientras siento que mis músculos se contraen a su alrededor, apretándolo mientras el fuego quema a través de mis venas. Él me ahueca, meciendo tranquilamente la mano mientras el pulgar encuentra y estimula mi nudo de terminaciones nerviosas. Retira el dedo y luego mete lentamente dos en mí. Los curva, frotándose contra el punto sensible en mi interior, sus dedos y lengua imitando al otro mientras intensifica su ritmo. Mis manos se hacen puños dentro de mis ataduras, mis uñas en mis palmas, mientras él acelera el ritmo.
Estoy tan gloriosamente cerca de estrellarme en el olvido y luego, de repente, ya no lo estoy. Pedro ha retirado todo contacto de mí. Grito su nombre en señal de frustración. En desesperación. Oigo el ruido de su risa baja.
―Todavía no, cariño. Jugaremos según un cambio radical ―me canta al oído―. Quiero volverte tan loca como tú me vuelves a mí ―siento una suave cosquilla en mis labios y los abro, aceptando el dulce bocado de algodón de azúcar en la lengua―. Quiero llevarte a la cima, Paula. Llevarte al borde para que tu único pensamiento sea sobre mí. Para que grites mi nombre cuando tu cuerpo estalle en mil astillas de placer.
Sus palabras me hipnotizan. Me seducen. Y sin una pizca de advertencia sobre lo que se viene, la boca de Pedro se cierra sobre mi clítoris mientras él desliza dos dedos de nuevo en mí.
Clamo inarticuladamente ante el exquisito placer que se impulsa a través de mí. Chupa, burlándose de mí con suavidad hasta que mis piernas se tensan en impaciencia. Sus dedos se presionan lentamente dentro y fuera de mi canal, frotando, burlándose, y urgiéndome más alto. Levanto mis caderas hacia él, tambaleándome por su manipulación lánguida, pero todavía con ganas de más.
Jadeo necesitada y luego gimo en éxtasis mientras siento el principio vivificante construyéndose de nuevo bajo su toque experto. Estoy tan cerca. A poco de mi clímax.
Bruscamente, Pedro retira su boca. Sus dedos se mantienen, sin embargo, permaneciendo inmóviles dentro de mí.
¡Maldito sea! Mi pecho se levanta entonces por aire mientras mi cuerpo se queda apretado, esperando el más mínimo movimiento que me pusiera en marcha.
―Niña codiciosa ―amonesta, su aliento susurrando sobre mi carne resbaladiza―. Voy a tener que rectificar esto ―y antes de que pueda terminar su última palabra, él retira los dedos y se golpea en mí, enterrándose hasta la empuñadura en mi profundidad climatizada.
―¡Oh Dios, Pedro! ―La plenitud repentina, su inesperado golpe contra mi botón de nervios interiores, me retuerce contra la losa de granito.
Pedro sale de mí poco a poco antes de zambullirse de nuevo. Él sigue con esta retirada lenta seguida de su codicioso viaje de regreso adentro, marcando un ritmo delirante que me empuja hacia el borde.
―¡Córrete para mí, Paula! ―me gruñe.
Sus palabras son mi perdición. Mi respiración se acelera. Mi pulso se acelera. Mis músculos se tensan. Mis caderas se muelen con las de él, profundizando el dolor que me quema hasta que me empuja sobre el borde. Exploto como un petardo. Detonaciones de pequeñas luces estallan detrás de mis párpados cerrados y revoloteos de calor al rojo atraviesan mi cuerpo.
Las sensaciones se rompen alrededor de mí mientras la primera ola de mi orgasmo explota. Grito, todos mis pensamientos incoherentes mientras pulso a su alrededor. Él se queda quieto, permitiéndome absorber la intensidad de mi clímax. Libero la respiración que he estado conteniendo, mis músculos tensos relajándose lentamente antes de que una nueva ola se estremezca a través de mí.
Esta ola es más de lo él que puede soportar. Mis músculos ordeñan el orgasmo de él. Se levanta de nuevo y se empuja dentro de mí un par de veces más, mi cuerpo
sujetando al suyo. Él grita mi nombre, su propio clímax rasga a través de él, y sus caderas se mueven de un tirón en mi contra hasta que puedo sentir su calidez explotando dentro de mí.
Se desploma sobre mí, presionando su cara en la curva de mi cuello. Nuestros pechos se elevan desigualmente al unísono, y puedo sentir sus labios formando una sonrisa. Mi respiración se estremece cuando exhalo, el latir frenético de mi corazón comienza a disminuir. Eso fue... ¡Wow!
Voy a quitarme la venda de los ojos cuando recuerdo que mis manos están atadas.
Me muevo por debajo de él. Se ríe en mi cuello, la vibración de la misma se filtra en mi pecho.
―¿Supongo que quieres que libere tus manos?
―Mmm-hmmm. ―No creo que pueda decirlo. Mi cuerpo todavía está procesando lo que acaba de ocurrir.
Él se levanta y puedo sentir sus manos tirando de mis ataduras. Cuando libera una de mis manos, busco y quito la venda, mis ojos fácilmente ajustándose a la luz tenue en la cocina. La cara de Pedro está por encima de mí, la concentración grabada en ella mientras trabaja para liberar la otra mano de los nudos. Veo sus líneas relajarse cuando mi otra mano es liberada de lo que parece ser un tipo de cuerda de terciopelo de trenzada.
Llego a pasar mis manos sobre sus mejillas mientras me mira, quitando un errático mechón de pelo que cae sobre su frente. Una tímida sonrisa ilumina su rostro. Levanto la cabeza y cepillo un suave beso en sus labios, la única manera en que puedo expresar lo que siento, lo mucho que ha significado para mí lo que acaba de pasar, sin mandarlo a correr por las colinas.
Pongo mi cabeza hacia abajo mientras los ojos de Pedro aún permanecen cerrados, las comisuras de su boca todavía suaves en una sonrisa. Sacude la cabeza sutilmente antes de abrir los ojos y aliviar su peso de encima de mí.
―Vamos ―dice, tirando de mí por mis brazos―. Esto no puede ser muy cómodo para ti.
Me siento en un lado de la barra, de repente modesta en mi desnudez. Miro alrededor por mi ropa mientras Pedro tironea de sus vaqueros a lo largo de sus caderas desnudas. Paso mis brazos a través de los tirantes de mi sujetador mientras lo veo abotonar los cuatro primeros botones, dejando el de la parte superior suelto. Tengo que reprimir un suspiro mientras lo miro desnudo de la cintura para arriba, en la apreciación pura de su físico tonificado.
Engancho mi sujetador y arrastro mi camisa sobre mi cabeza, temiendo el estado de mi pelo despeinado. Empiezo a correr mis dedos a través de él, pero paro cuando cojo algo más que un vistazo de los tatuajes que cubren el lado de su torso. Nunca he sido realmente capaz de ver la totalidad de ellos, así que me tomo un momento para mirar.
Cuatro símbolos se alinean verticalmente por su lado, todos son similares en su estilo, pero diferentes en su imagen. Las tres primeras imágenes son sólidas en su color, la tinta las rellena completamente, mientras que el cuarto es solo un bosquejo. Angulo mi cabeza, tratando de averiguar qué es exactamente lo que veo, cuando Pedro mira hacia arriba y nota mi mirada inquisitiva.
GRACIAS!
Suspirando profundamente, me dispongo a hacer mi salida obvia ahora que estoy repentinamente incómoda aquí. Cuando sé que lo puedo enfrentar, miro de nuevo para a ver Pedro delante de mí tirando su camisa sobre su cabeza. Cuando el cuello de ella suelta su rostro, tira la camisa en el sofá sin mirarla. Sus ojos se centran por completo en mí, con la mandíbula apretada, sus manos inquietas como si estuviera con ganas de tocarme. La intensidad de su mirada me roba el aliento.
Ahora me toca a mí decirlo. ¿Qué demonios? Estoy totalmente confundida. El Dr. Jekyll se ha convertido en Mr. Hyde y está haciendo una repetición. En un momento creo que está pidiendo disculpas por traerme a casa con él porque quiere dar marcha atrás, y al siguiente está deliciosamente desnudo de la cintura para arriba, mirándome como si me fuera a devorar sin parar ni respirar.
Salgo de su mirada y corro mis ojos a lo largo de su cuerpo. Su torso se flexiona bajo mi lectura perezosa. Sus vaqueros cuelgan bajos en sus caderas, la V de sus músculos sumergiéndose bajo el jean. Me encuentro a mí misma pensando en cómo quiero saborearlo allí. Cómo quiero pasar mis labios a lo largo de ese cerro de músculos para arrastrarme hasta el final de ese triángulo invertido. Cómo quiero llevarlo a mi boca, tentarlo con mi lengua, y hacerle perder todo el control. El dolor en mi cuerpo surge, pulsa y pica por ser saciado.
―¿Tienes alguna idea de lo que me haces? ―pregunta en voz baja. Levanto los ojos de su cuerpo para encontrarme con los suyos. Las emociones no expresadas en sus ojos chocan contra mí, me envuelven y me dan miedo a la vez―. No lo haces, ¿verdad?
Niego con la cabeza, tomando mi labio inferior entre los dientes. Sólo sé lo que él me hace a mí. El poder que tiene sobre mí para hacerme sentir de nuevo. Para hacerme olvidar. Cómo su toque único puede calmar las dudas en mi cabeza.
Da un paso lento hacia mí.
―Estás ahí, con esa mirada inocente en esos impresionantes ojos violeta. Con el pelo en una cascada a tu alrededor, como el de un hada. Y esos labios... hmmm, Dios... esos labios sexy que se inflaman y se ponen tan suaves después de ser besados. Sueño con tus labios ―sus palabras se envuelven alrededor de mí, una seducción lenta para mis oídos. Da un paso más cerca, llegando a tomar mi mano en la suya―. Tu rostro muestra vulnerabilidad, Paula pero, ¿tu cuerpo? ¿Tus curvas? Gritan pecado. Hacen agua mi boca por probarlas de nuevo. Evocan pensamientos en mí que estoy seguro que te harían sonrojar ―se moja el labio inferior con la lengua―. Las cosas que quiero hacerle a ese cuerpo tuyo, cariño.
Inspiro bruscamente, la cruda honestidad de sus palabras desnudándome. Fascinándome. Envalentonándome. Creando otra grieta en la armadura de protección de mi corazón.
―Me haces necesitar, Paula ―susurra con voz ronca mientras toma un paso más cerca de mí. Piel de gallina corre por mis brazos cuando extiende una mano y la dirige hasta el flanco de mi torso, deteniéndola ahí casualmente, de modo que el pulgar pueda cepillarme sobre la parte inferior del pecho. Yo respondo de inmediato a su toque, mi pezón irguiéndose con la excitación. Se inclina hacia mí, su cara tan cerca de la mía que puedo ver las manchas oscuras flotando en el verde traslúcido de su iris. Que puedo ver los sentimientos no expresados entre sus palabras―. Y yo no nunca necesito nada de nadie.
Su admisión es como un fósforo para mi gasolina. Sus palabras incendiarias golpean esa pequeña parte de mí en el fondo que esperaba que pudiera haber más aquí. Lo miro a los ojos, recordando comentarios al azar de nuestro tiempo juntos, y me atrevo a pensar en las posibilidades. Él me ha ablandado, me ha derrumbado y ha edificado arriba, todo en un mismo espacio de tiempo.
―¿Pedro? ―mi voz renuncia, llena de emoción―. Yo... Pedro…
Nunca termino mi pensamiento porque me da un tirón hacia él y aplasta su boca en la mía. Todo el flirteo ocioso de la noche estalla entre nosotros en un torrente de búsqueda entre labios y manos, a tientas. La urgencia es palpable. Nuestra necesidad de sentir la piel del otro es primordial. Pedro libera su agarre en mis caderas y agarra el borde de mi suéter, tirando de él, y sólo rompiendo nuestro
beso cuando lo pasa por encima de mi cabeza. Lo lanza al suelo mientras su boca bloquea de nuevo a la mía. Hambre. Eso es a lo que su beso sabe. A lo que sus manos se sienten en mi cuerpo. Lo que siento yo por dentro. Quiero cada centímetro de él y algo más. Quiero perderme en él, perderme en las sensaciones, y sentirme abrumada por su solo tacto.―Cristo, Paula... ―se aleja de mí, nuestros pechos jadeantes contra el del otro, nuestros corazones golpeando a un ritmo frenético. Él ahueca mi cara entre sus manos, la mirada de sus ojos oscuros me dice que entiende. Que también siente el hambre―. Me has desnudado, Paula. Te has burlando de mí toda la noche. Ya. No. Tengo. Ningún. Control. ―Aprieta sus ojos cerrados mientras siento su pulsante polla contra mi vientre―. No creo que pueda ser suave, Paula…
―Entonces no lo seas ―le susurro, mis propias palabras me sorprenden. Ya no quiero ser tratada como el cristal. Como lo hizo Max. Quiero sentir la violenta pasión bañándome mientras me toma con un abandono imprudente. Quiero que me domine así podré surgir y desplomarme sin pensar en otra cosa.
Sus ojos se amplían ante mis palabras, un suspiro gutural sale de su garganta, y entonces él está contra mí, hundiéndonos en un beso devorador. La desesperación pulsa entre nosotros. Él me empuja hacia atrás, nuestras piernas enredándose entre sí, con las manos agarrando cada centímetro de piel expuesta que podemos encontrar. Mi parte trasera choca contra el borde duro del granito en la isla de la cocina; las manos de Pedro andan a tientas por mis jeans. Los empuja hacia abajo sobre mis caderas y fácilmente me eleva sobre el mostrador.
El frío de la losa de granito pica en la piel desnuda de mi zona caliente, añadiendo una nueva dimensión a las sensaciones en mi sexo. Pedro tira de mis jeans y bragas fuera de mis pies y luego separa mis rodillas. Da un paso hacia mí, apretando entre mis piernas mientras lleva su boca de nuevo a la mía. Sus manos corren por mi pecho, ahuecando mis senos a través del fino encaje de mi sujetador antes de continuar su descenso hasta el vértice entre mis muslos. Pasa un dedo sobre mi hendidura antes de deslizarlo por los bordes para encontrarme mojada y con ganas.
―Oh, Paula... ―susurra mientras desliza el dedo hacia arriba y hacia atrás, recubriéndome con mi propia humedad y mi placer al mismo tiempo. Su otra mano hurgó en el botón de sus vaqueros. Miró hacia abajo para ver su tormento, su burla en mi sexo y luego llevó sus labios hacia los míos―. Quiero sentirte en mí, Paula. Sin nada entre nosotros ―murmura su boca contra la mía. Sus palabras profundizan el dolor en el que me ahoga―. ¿Puedes confiar en mí cuando te digo que me he hecho la prueba? Que yo siempre uso protección. Nunca he tenido relaciones sexuales sin ella. Que estoy limpio. ―Me besa de nuevo, su lengua se desliza entre mis labios, lamiendo, degustando, tentando―. Dios, tan sólo quiero sentirte.―Sí. Yo también. Por favor… ―suspiro cuando desliza un dedo dentro de mí, mi mente no puede formar una frase coherente―. En la píldora... sí... Confío en ti ―jadeo, mientras su dedo hace círculos dentro de mí.
―Échate hacia atrás ―ordena mientras se libera de sus vaqueros y agarra mis piernas justo por debajo de las rodillas dobladas, levantándolas.
La piedra fría en mi espalda me hace arquearme en el mismo momento en que me separa y se presiona dentro de mí.
Grito ante la abrumadora sensación de su invasión y la repentina plenitud por él. Se queda quieto, enterrado por completo dentro de mí, lo que permite que el placer/dolor que siento disminuya mientras mi cuerpo se estira y se ajusta a él.
―Oh mierda, Paula ―gruñe. Podía ver su control deslizarse lejos de él. Sus ojos resplandecen sobre mi cuerpo y a la altura de mis ojos. Puedo ver los músculos de su torso tensarse, aprieta la mandíbula y sus ojos se ponen vidriosos, loco de necesidad en su intento de refrenarse―. Te sientes tan malditamente bien envuelta alrededor de mí. Como terciopelo agarrándome.
Yo suspiro mientras él se impulsa dentro de mí, su control agotado.
―¡Sí, Paula, sí! ―grito mientras sale y se golpea de nuevo en mí. Olas de sensaciones corren a través de mí cuando él agarra mis caderas y me atrae hacia él para que mi trasero se apoye fuera del borde del mostrador. Establece un ritmo castigador, metiéndose de nuevo en mí, una y otra vez. Sin romper el ritmo, inclina el torso sobre mí y une sus manos con las mías, tirando de ellas por encima de mi cabeza. Las mantiene allí con una mano mientras la otra se desliza hacia abajo para apretar mi pecho. Sus dedos ruedan mi pezón entre ellos, y se traga el gemido que incita de mí cuando captura mi boca de nuevo.
La casa se llena con nada más que el sonido de nuestra carne resbaladiza golpeándose una contra otra, nuestras respiraciones jadeantes, nuestras súplicas apasionadas y los gritos de éxtasis. Puedo sentir la oleada dentro de mí, mi canal apretándose a su alrededor mientras él sigue entrando y saliendo, cada centímetro de su hierro duro pegándole a cada uno de mis nervios. Pero también puedo ver a un hombre a punto de perder el control y buscar la liberación cuando Pedro deja ir mis manos y él mismo se apoya sobre los codos, cerniéndose sobre mí. La mete una última vez antes de que él grite mi nombre y de repente salga de mí.
Mi cuerpo se aprieta ante el vacío inesperado que siento mientras Pedro entierra su cabeza en mi pecho y su cuerpo se convulsiona con su clímax.
¿En su mano? Estoy confundida. Gime por el placer violento que está disparándose a través de su cuerpo. Puedo sentir la tensión saliendo de su cuerpo y la cálida caricia de sus labios en mi piel desnuda. Su toque hace que mi cuerpo se retuerza mientras mis nervios hormiguean con la pérdida de mi orgasmo anticipado.
Puedo sentir su sonrisa contra mi abdomen y como si él pudiera oír mis pensamientos, murmura:
―Quiero que te vengas para mí, Paula. Quiero ver lo dulce que sabes.
¡Oh! Mi mente procesa la razón de su repentina retirada. Su boca. En mí.
―Pedro…
―Shh-shh-shh ―susurra en mi oído, sus labios rozando el punto sensible justo debajo de mi lóbulo. Arqueo mi cabeza hacia atrás, raspando las uñas en su espalda. Él susurra ante mi tacto mientras pone una fila de besos en mi cuello y alrededor de la otra oreja―. Te has burlando toda la noche, Paula ―raspa su voz, ronca por el deseo―. Ahora es mi turno de devolverte el favor.
Un escalofrío me recorre la espalda y no tiene nada que ver con el frío granito en el que estoy.
Pedro flanquea mi cuerpo, pero siento su mano extenderse y lo escucho arrugar una bolsa más allá de mi cabeza. Vuelvo la cabeza para ver lo que está haciendo y la otra mano de Pedro sostiene firme mi mandíbula.
―Uh-uh-uh ―advierte―. Mantén la cabeza quieta. No me gustaría que arruinaras la sorpresa.
―¿Pedro? ―arrugo mi frente, curiosa por lo que esté hablando a pesar de mi cuerpo está en estado de alerta con sus palabras. No soy exactamente buena con las sorpresas en un día normal y sobre todo no cuando estoy aquí desnuda, expuesta y vulnerable.
Él se ríe, profundamente y sexy.
―Eso va a ser difícil para ti, ¿no es así? ―Cuando no respondo, se levanta sobre un codo y me mira por un momento―. Creo que es hora de que dejes de pensar, Paula. Deja de tratar de averiguar lo que está diez pasos adelante, porque recién estamos empezando. ―Aprieta un casto beso en mis labios―. Quédate aquí, Paula. No te muevas. ¿Entendido?
El tono autoritario de su voz me excita. Su razonamiento detrás de esto me inquieta. Su peso se despega de mí, y lo puedo oír salir de la cocina. Un cajón se abre y se cierra. Aprehensión me llena. Para la chica despreocupada dentro de mí que se muere por salir, la anticipación es una sensación emocionante. Para la loca del control en mí, la inquietud no es bienvenida. ¿Confío en él? Sí. Sin duda. ¿Por qué? No estoy segura, y eso solo me asusta como la mierda.
Lo oigo regresar a la cocina, y se inclina sobre mí, una sonrisa lasciva encrespa las comisuras de sus labios.
―¿Sabes lo hermosa que te ves ahora? ―Yo no respondo sino que me muerdo el labio mientras siento sus dedos de repente en mi hendidura. Me apartan y poco a poco se arrastran de arriba a abajo. Pequeños susurros me dejan arqueándome para encontrarme con su contacto. Inmediatamente saca su mano.
―Pedro…
―Uh-uh, Paula ―bromea―. Yo estoy al mando. Justo aquí y justo ahora. ―Mis párpados revolotean cuando miro a sus ojos. Mi corazón martillea en mi pecho ante sus palabras. Mis pezones se contraen ante la idea. El miedo tiñe los bordes de mi bruma Pedro-inducida. La entrega de mi control a otra persona es una idea desconcertante. Someterse sin pensarlo aún más―. Deja de pensar, nena ―susurra mientras pone mis manos por encima de mi cabeza―. Quiero tener todo el control de ti para que lo único que tu mente pueda hacer sea sentir. No eres capaz de pensar en cinco pasos adelante cuando no eres la única haciendo los movimientos ahora, ¿verdad?
¡Oh mierda! ¿Qué está…?
Mis pensamientos se borran cuando aplasta su boca en la mía. Muevo las manos y él se ríe dentro de nuestro beso.
―Lo siento, cariño ―murmura―. Vas a aprender que a veces, no tener el control es muy liberador. ―Recorre algo alrededor de mis muñecas y las une en un nudo a la llave de agua en el otro extremo de la isla. Cuando puedo registrar lo que ha hecho, empiezo a darme cuenta de lo practicado que ese movimiento fue y cuántas veces lo ha hecho; mi mundo se vuelve negro cuando él desliza una venda en mis ojos. Me quedo sin aliento por la sorpresa. Por la emoción―. Es hora de que tomes tu propio consejo, Paula.
¿Qué? ¿Cuándo se me ocurrió decirle que me atara y se aprovechara de mí?
―Me dijiste que cerrara los ojos y que me inclinara ante el torbellino. Que aumentara las sensaciones. ―La yema de su pulgar traza el contorno de mis labios.
¡Oh, mierda! Yo y mi gran bocota.
Algo corre suave pero ligeramente grueso sobre mi estómago y mi torso hasta dar la vuelta alrededor de mis pezones. Aspiro bruscamente cuando lo que él tiene me roza ligeramente debajo de la parte superior de mis piernas y luego por una parte interna del muslo y por el otro. Mi sexo se aprieta ante el susurro de su toque, desesperada por algo que me ayude a aliviar el dolor de mi vejiga. Lo único que
toca mi cuerpo es este objeto. El único sonido que escucho es mi propia respiración. La expectación que crea en mí es profunda, mientras continúa su lenta tortura, atormentando mis sentidos.
Nunca he necesitado el toque de un hombre en mi vida tanto como lo necesito a él en este momento. Mi siguiente pensamiento es sólo cuando sigue. No hay nada que hacer más que centrarse en las sensaciones. Tengo los nervios de punta, esperando el contacto con mi cuerpo. Ha conseguido que me olvide de lo que pasará en diez pasos, sino que me deleito con el paso en el que me encuentro. He perdido todo sentido de lo que me rodeaba. Nada existe en este momento, excepto él, mi desesperación por su toque y el deseo de mi cuerpo por la liberación.
Pedro está absolutamente silencioso excepto por las brisas apenas audibles de aire que escucho escapar de su boca en respuesta a la reacción de mi cuerpo ante el delicioso tormento de su sensual privación sensorial.
Pedro para la presión en mi pecho derecho y antes de que pueda posicionar la sensación, me toca por primera vez capturando mi pezón en su boca. Sacudo mis caderas salvajemente ante el calor de su boca en mi capullo sensible.
―¡Pedro! clamo, tirando de mis manos contra mis ataduras, con ganas de tocarlo. Queriendo enhebrar mis dedos en su pelo y sostenerlo en mi contra.
Él tira de mi pezón suavemente con sus dientes y la calidez de su boca se ha ido sólo para volver a sentirlo en su compañera. Siento el extraño objeto dando vueltas alrededor de mi pecho antes de que su boca se cierre sobre él de nuevo. Él se queja en voz baja.
―Sabroso ―murmura contra mí, y entonces que me doy cuenta de que recuerdo el comentario de antes. Me está tomando el pelo con lo del algodón de azúcar.
Empiezo a hablar y me detengo cuando su boca se cierra sobre la mía otra vez, el sabor azucarado dulce en su lengua. Es un suave y tierno beso. Una gradual relajación de sus labios y lengua que carecen de urgencia pero aún gritan de simple desesperación. Sus labios se desplazan por mi cuello expuesto y hacia su parte posterior, mordiendo mi lóbulo de la oreja. Una tortura lenta y bienvenida que me está haciendo quererlo como nunca antes.
Puedo sentir el algodón de azúcar moviéndose lentamente por mi torso hacia mi sexo. El dulce deja mi piel, y siento sus dedos explorándome, acariciando mis pliegues, y el juego vuelve a mi cuerpo adicto a su toque. Jadeo en nuestro beso y Pedro absorbe mi voraz gemido de deseo. Hábilmente se burla de mí con dedos diestros, y yo empujo mi pelvis contra su mano, con ganas de más. Necesitada de la fricción que me pondrá más cerca del borde.
Silbo un suspiro cuando me separa, deslizando lentamente un dedo en mi interior. Calor destella a través de mí mientras siento que mis músculos se contraen a su alrededor, apretándolo mientras el fuego quema a través de mis venas. Él me ahueca, meciendo tranquilamente la mano mientras el pulgar encuentra y estimula mi nudo de terminaciones nerviosas. Retira el dedo y luego mete lentamente dos en mí. Los curva, frotándose contra el punto sensible en mi interior, sus dedos y lengua imitando al otro mientras intensifica su ritmo. Mis manos se hacen puños dentro de mis ataduras, mis uñas en mis palmas, mientras él acelera el ritmo.
Estoy tan gloriosamente cerca de estrellarme en el olvido y luego, de repente, ya no lo estoy. Pedro ha retirado todo contacto de mí. Grito su nombre en señal de frustración. En desesperación. Oigo el ruido de su risa baja.
―Todavía no, cariño. Jugaremos según un cambio radical ―me canta al oído―. Quiero volverte tan loca como tú me vuelves a mí ―siento una suave cosquilla en mis labios y los abro, aceptando el dulce bocado de algodón de azúcar en la lengua―. Quiero llevarte a la cima, Paula. Llevarte al borde para que tu único pensamiento sea sobre mí. Para que grites mi nombre cuando tu cuerpo estalle en mil astillas de placer.
Sus palabras me hipnotizan. Me seducen. Y sin una pizca de advertencia sobre lo que se viene, la boca de Pedro se cierra sobre mi clítoris mientras él desliza dos dedos de nuevo en mí.
Clamo inarticuladamente ante el exquisito placer que se impulsa a través de mí. Chupa, burlándose de mí con suavidad hasta que mis piernas se tensan en impaciencia. Sus dedos se presionan lentamente dentro y fuera de mi canal, frotando, burlándose, y urgiéndome más alto. Levanto mis caderas hacia él, tambaleándome por su manipulación lánguida, pero todavía con ganas de más.
Jadeo necesitada y luego gimo en éxtasis mientras siento el principio vivificante construyéndose de nuevo bajo su toque experto. Estoy tan cerca. A poco de mi clímax.
Bruscamente, Pedro retira su boca. Sus dedos se mantienen, sin embargo, permaneciendo inmóviles dentro de mí.
¡Maldito sea! Mi pecho se levanta entonces por aire mientras mi cuerpo se queda apretado, esperando el más mínimo movimiento que me pusiera en marcha.
―Niña codiciosa ―amonesta, su aliento susurrando sobre mi carne resbaladiza―. Voy a tener que rectificar esto ―y antes de que pueda terminar su última palabra, él retira los dedos y se golpea en mí, enterrándose hasta la empuñadura en mi profundidad climatizada.
―¡Oh Dios, Pedro! ―La plenitud repentina, su inesperado golpe contra mi botón de nervios interiores, me retuerce contra la losa de granito.
Pedro sale de mí poco a poco antes de zambullirse de nuevo. Él sigue con esta retirada lenta seguida de su codicioso viaje de regreso adentro, marcando un ritmo delirante que me empuja hacia el borde.
―¡Córrete para mí, Paula! ―me gruñe.
Sus palabras son mi perdición. Mi respiración se acelera. Mi pulso se acelera. Mis músculos se tensan. Mis caderas se muelen con las de él, profundizando el dolor que me quema hasta que me empuja sobre el borde. Exploto como un petardo. Detonaciones de pequeñas luces estallan detrás de mis párpados cerrados y revoloteos de calor al rojo atraviesan mi cuerpo.
Las sensaciones se rompen alrededor de mí mientras la primera ola de mi orgasmo explota. Grito, todos mis pensamientos incoherentes mientras pulso a su alrededor. Él se queda quieto, permitiéndome absorber la intensidad de mi clímax. Libero la respiración que he estado conteniendo, mis músculos tensos relajándose lentamente antes de que una nueva ola se estremezca a través de mí.
Esta ola es más de lo él que puede soportar. Mis músculos ordeñan el orgasmo de él. Se levanta de nuevo y se empuja dentro de mí un par de veces más, mi cuerpo
sujetando al suyo. Él grita mi nombre, su propio clímax rasga a través de él, y sus caderas se mueven de un tirón en mi contra hasta que puedo sentir su calidez explotando dentro de mí.
Se desploma sobre mí, presionando su cara en la curva de mi cuello. Nuestros pechos se elevan desigualmente al unísono, y puedo sentir sus labios formando una sonrisa. Mi respiración se estremece cuando exhalo, el latir frenético de mi corazón comienza a disminuir. Eso fue... ¡Wow!
Voy a quitarme la venda de los ojos cuando recuerdo que mis manos están atadas.
Me muevo por debajo de él. Se ríe en mi cuello, la vibración de la misma se filtra en mi pecho.
―¿Supongo que quieres que libere tus manos?
―Mmm-hmmm. ―No creo que pueda decirlo. Mi cuerpo todavía está procesando lo que acaba de ocurrir.
Él se levanta y puedo sentir sus manos tirando de mis ataduras. Cuando libera una de mis manos, busco y quito la venda, mis ojos fácilmente ajustándose a la luz tenue en la cocina. La cara de Pedro está por encima de mí, la concentración grabada en ella mientras trabaja para liberar la otra mano de los nudos. Veo sus líneas relajarse cuando mi otra mano es liberada de lo que parece ser un tipo de cuerda de terciopelo de trenzada.
Llego a pasar mis manos sobre sus mejillas mientras me mira, quitando un errático mechón de pelo que cae sobre su frente. Una tímida sonrisa ilumina su rostro. Levanto la cabeza y cepillo un suave beso en sus labios, la única manera en que puedo expresar lo que siento, lo mucho que ha significado para mí lo que acaba de pasar, sin mandarlo a correr por las colinas.
Pongo mi cabeza hacia abajo mientras los ojos de Pedro aún permanecen cerrados, las comisuras de su boca todavía suaves en una sonrisa. Sacude la cabeza sutilmente antes de abrir los ojos y aliviar su peso de encima de mí.
―Vamos ―dice, tirando de mí por mis brazos―. Esto no puede ser muy cómodo para ti.
Me siento en un lado de la barra, de repente modesta en mi desnudez. Miro alrededor por mi ropa mientras Pedro tironea de sus vaqueros a lo largo de sus caderas desnudas. Paso mis brazos a través de los tirantes de mi sujetador mientras lo veo abotonar los cuatro primeros botones, dejando el de la parte superior suelto. Tengo que reprimir un suspiro mientras lo miro desnudo de la cintura para arriba, en la apreciación pura de su físico tonificado.
Engancho mi sujetador y arrastro mi camisa sobre mi cabeza, temiendo el estado de mi pelo despeinado. Empiezo a correr mis dedos a través de él, pero paro cuando cojo algo más que un vistazo de los tatuajes que cubren el lado de su torso. Nunca he sido realmente capaz de ver la totalidad de ellos, así que me tomo un momento para mirar.
Cuatro símbolos se alinean verticalmente por su lado, todos son similares en su estilo, pero diferentes en su imagen. Las tres primeras imágenes son sólidas en su color, la tinta las rellena completamente, mientras que el cuarto es solo un bosquejo. Angulo mi cabeza, tratando de averiguar qué es exactamente lo que veo, cuando Pedro mira hacia arriba y nota mi mirada inquisitiva.
GRACIAS!
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