jueves, 11 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 79



EL entumecimiento se filtra lentamente a través de mi cuerpo. No puedo

moverme, no puedo pensar, no puedo soportar la idea de abrir mis ojos

desde el coche destrozado en la pista. Si miro a cualquier otro lugar,

entonces todo esto será real. El vuelo indirecto del helicóptero realmente se lleva el

cuerpo destrozado del hombre al que amo.

Del hombre que necesito.

Del hombre que no puede perder.

Cierro los ojos y escucho, pero no puedo escuchar nada. La única cosa en mis

oídos es el golpeteo de mi pulso. Lo único además de la negrura que mis ojos ven, es lo

que mi corazón siente, es la astillada imagen en mi mente. Max fundiéndose en Pedro

y luego Pedro desapareciendo de nuevo en Max. Los recuerdos hacen que la esperanza

que estoy agarrando como un salvavidas parpadeen y sea una llama antes de

extinguirse, mientras la oscuridad asfixia la luz en mi alma.


Te amo, Pauli. Su voz tan fuerte e inquebrantable llena mi cabeza y luego se

disipa, brillando a través de mi mente como la cinta de teletipo.

Me doblo, dispuestas lágrimas me estrangulan por salir o una chispa de fuego

dentro de mí, pero nada sucede, simplemente caigo con mi alma y me agobia.

Me obligo a respirar mientras trato de engañar mi mente en la creencia de que

los últimos veintidós minutos nunca sucedieron. Que el coche nunca derrapó e hizo

piruetas en el aire lleno de humo. Que el hierro del automóvil no fue cortado por los

médicos con cara sombría para sacar el cuerpo sin vida de Pedro.

Nunca hicimos el amor. El único pensamiento revolotea por mi cabeza. Nunca

tuvimos la oportunidad de correr después de que él finalmente me dijo las palabras

que había necesitado escuchar, y que finalmente había aceptado, admitido y sentido

por sí mismo.

Solo quiero retroceder el tiempo y volver a la suite cuando estábamos envueltos

en los brazos del otro. Cuando estábamos conectados, con demasiada ropa o sin nada

de ropa, pero los lugares espantosos del coche destrozado no lo permitirán. Dejaron

cicatrices en mi memoria tan horriblemente por segunda vez que no es posible que

tenga la esperanza de que hubiera escapado ileso.


“Pau, no estoy haciéndolo muy bien aquí”. Son las palabras de Max filtrándose en

mi mente, pero es la voz de Pedro. Es Pedro advirtiendo lo que está por venir. Lo

que yo ya he vivido una vez en mi vida.

Oh Dios. Por favor, no. Por favor, no.

Mi corazón se retuerce.

Mi resolución tambalea.

Imágenes se filtran en cámara lenta.

—Paula, necesito que te concentres. ¡Mírame! —Las palabras de Max de nuevo.

Empiezo a ceder, mi cuerpo rindiéndose como mi esperanza, pero los brazos pegados

a mí alrededor me dan una sacudida.

—¡Mírame! —No, no es Max. No es Pedro. Es Becks. Lo encuentro dentro de

mí poder concentrarme y reunirme con sus ojos, piscinas azules con flecos con la

repentina aparición de líneas en sus esquinas. Veo miedo en ellos.

—Tenemos que ir al hospital, ¿de acuerdo? —Su voz es suave pero severa. Parece

pensar que si me habla como a un niño no me romperá en mil pedazos el alma ya

forzada.

No puedo tragar la arena en mi garganta para hablar, así que me da otra sacudida.

Me robaron cada emoción, excepto el miedo. Asiento, pero no hago ningún otro

movimiento. Es un silencio absoluto. Hay decenas de miles de personas en las tribunas

que nos rodean, y sin embargo, nadie está hablando. Sus ojos están centrados en el

equipo de limpieza y lo que queda de los numerosos coches en la pista.

Me esfuerzo por escuchar un sonido. Para detectar una señal de vida. Nada más

excepto un silencio absoluto.

Siento el brazo de Becks ir a mi alrededor, apoyándome mientras nos dirige fuera

de la torre en el corredor de los pits, debajo de las escaleras y hacia la puerta abierta

de una camioneta esperando. Él me empuja suavemente sobre mi espalda para

instarme como si fuera un niño.

Beckett se escabulle a mi lado en el asiento y quita mi bolso y mi celular de mis

manos. Después asegura su propio cinturón y luego dice:

—Vamos.

La camioneta acelera, empujándome a medida en que se abre el campo. Me

asomo a medida que comenzamos a descender por el túnel y todo lo que veo son los

coches Indy dispersos en la pista completamente inmóviles. Lápidas de colores en un

cementerio callado de asfalto.

—Choque, choque, quemar... —La letra de la canción flota de los altavoces y en

el silencio mortal de la furgoneta. Mi mente en blanco poco a poco las procesa.

—¡Apaga eso! —grito con compostura de pánico mientras mis manos se hacen

puño y mis dientes rechinan, mientras las palabras se incrustan a sí mismas en la

realidad que sin éxito estoy tratando de bloquear.


La histeria llega a la superficie.

—Zander —susurro—. Zander tiene una cita con el dentista para el martes.

Ricky necesita nuevos brackets. Aiden comienza su tutoría el jueves y Jax no lo puso

en el calendario. —Miro hacia arriba para encontrar a Beckett con los ojos fijos en los

míos. En mi periferia noto algunos de los otros miembros del equipo sentados detrás

de nosotros, pero no sé cómo llegaron allí.

Burbujea.

—Beckett, necesito mi teléfono. Dane lo va a olvidar y Zander realmente tiene

que ir al dentista y Scooter nece…

—Paula —dice en tono uniforme, pero niego.

—¡No! —le grito—. ¡No! Necesito mi teléfono. —Empiezo a desabrochar el

cinturón de seguridad, tan nerviosa que ni siquiera me doy cuenta que está en mi

mano. Trato de corretear por encima de él para llegar a la puerta corredera de la

furgoneta en movimiento. Beckett lucha para envolver sus brazos alrededor de mí para

impedirme abrirla.

Hierve.

—¡Suéltame! —Lucho contra él. Me retuerzo y me encojo, pero él se las arregla

para contenerme con éxito.

—Paula —dice otra vez y el tono de su voz rota coincide con el sentimiento en

mi corazón tratando de luchar para salir de mí.

Me dejo caer en el asiento, pero Beckett me mantiene tirada contra él, nuestra

respiración es dificultosa. Agarra mi mano y la aprieta con fuerza, el único espectáculo

de desesperación en su rostro estoico, pero ni siquiera tengo los medios para

exprimirlo.

El mundo exterior se difumina, pero el mío se ha detenido. Él está acostado en

una camilla en alguna parte.

—Lo amo, Beckett —susurro finalmente.

Estoy impulsada por el miedo...

—Lo sé —dice él, exhalando un suspiro tembloroso y besando la corona de mi

cabeza—. Yo también.

... Llena de desesperación...

—No lo puedo perder. —Las palabras son apenas audibles, como si diciéndolas

hiciera que suceda.

... Chocando hacia lo desconocido.

—Yo tampoco.


***


El silbido de las puertas eléctricas de la sala de emergencias son paralizantes. Me

congelo con el ruido.


Recuerdos cazándola parpadearon por el sonido y el blanco angelical de los

pasillos no le trajo nada más que calmada paz. Es extraño para mí que la presentación

de diapositivas de las luces fluorescentes en el techo se reflejen a través de mi posible

enfoque, mi mente únicamente se centra en la camilla precipitándose por el pasillo,

jerga médica es discutida entre los médicos rápidamente, pensamientos incoherentes

revolotean y todo el tiempo mi corazón está rogando por Max, por mi bebé, por la

esperanza.

—¿Pau? —La voz de Beckett me saca del pánico que estrangula mi garganta, de

los recuerdos sofocando mi progreso—. ¿Puedes caminar?

La suavidad de su tono me recorre, un bálsamo para mi herida abierta. Todo lo

que quiero hacer es llorar en la comodidad de su voz. Las lágrimas obstruyen mi

garganta y queman mis ojos y sin embargo nunca lo hacen. Nunca caen.

Respiro y fortifico a mis pies a que se muevan. Beckett pone un brazo alrededor

de mi cintura y me ayuda con el primer paso.

El rostro del médico parpadea a través de mi mente. Estoico. Impasible. Su

cabeza se sacude atrás y adelante.

Apología en sus ojos. Derrota en su postura. Recordándome cómo quiero cerrar

los ojos y escapar para siempre también. Las palabras “lo siento” caen de sus labios.

No. No. No. No puedo escuchar esas palabras de nuevo. No puedo escuchar a

alguien decirme que perdí a Pedro, sobre todo cuando solo nos acabamos de encontrar

el uno al otro.

Mantengo mi cabeza hacia abajo. Cuento las baldosas de laminado en el suelo

mientras Becks me lleva hacia la sala de espera. Creo que está hablando conmigo. ¿O

es una enfermera? No estoy segura porque no puedo concentrarme en nada, excepto

en empujar los recuerdos. En empujar la desesperación por lo que tal vez solo una

astilla de esperanza puede escabullirse en su posición vacante.

Me siento en una silla junto a Beckett y aturdida miro hacia el teléfono

constantemente vibrando en mi mano.

Hay textos interminables y llamadas de Lina, que ni siquiera puedo pensar

que responder, aunque sé que está muy preocupada. Es simplemente demasiado

esfuerzo en estos momentos, demasiado todo.

Oigo el chirrido de zapatos en el linóleo mientras otros se presentan detrás de

nosotros, pero me centro en el libro para niños sobre la mesa frente a mí. El Asombroso

Spiderman. Mi mente divaga, obsesionada, centrándose. ¿Pedro estaría asustado?

¿Sabría lo que estaba pasando? ¿Habría hecho el canto, del que le habló a Zander?

El pensamiento solo me rompe y sin embargo, las lágrimas no vienen.

Veo botines quirúrgicos en mi periferia. Escucho a Beckett acudir.

—El especialista tiene que saber exactamente cómo se hizo el impacto para que

mejor sepa las circunstancias. Tratamos de conseguir una repetición, pero la ABC no

quiso filmarla. —No, no, no. Las palabras gritan y hacen eco a través de mi cabeza, y

sin embargo el silencio me ahoga—. Me dijeron que serías la persona que más

probablemente lo sabría.

Beckett se mueve junto a mí. Su voz está tan llena de emoción cuando empieza

a hablar que hundo mis dedos en mis muslos. Él se aclara la garganta.

—Golpeó la valla invertida... creo. Estoy tratando de imaginarlo. Espere… —

Deja caer la cabeza entre sus manos, se frota los dedos por encima de su sien, y suspira

mientras trata de ordenar sus pensamientos—. Sí. El coche estaba al revés. El spoiler

golpeó la parte superior de la valla de captura con la nariz más cercana al suelo. Con

la sección media contra la barrera de concreto. El coche se desintegró alrededor de su

cápsula.

El jadeo colectivo de las miles de personas en respuesta aún resuena en mis oídos.

—¿Hay algo que puedas decirnos? —le pregunta Beckett a la enfermera.

El ruido inconfundible de metal cediendo bajo la fuerza.

—No en este momento. Siguen siendo las primeras etapas y estamos tratando de

evaluar todo…

—¿Él va a estar...

—Les daremos una actualización tan pronto como podamos.

El olor a goma quemada sobre el asfalto aceitado.

Zapatos chirrían de nuevo. Voces murmuran. Beckett suspira y se frota las manos

por su cara antes de que sus dedos temblorosos se estiren y tiren de mi mano agarrando

mi pierna libre y la aprieten.

El neumático solitario rodando por la hierba y rebotando contra la barrera

dentro de la pista.

Por favor, solo dame una señal, ruego en silencio. Algo. Cualquier cosa. Una

pequeña cosa que me diga que me aferre a la esperanza de que se me está deslizando

de mis dedos.

Zumbido de teléfonos celulares rebotan en las paredes estériles de la sala de

espera. Una y otra vez. Igual que los pitidos de las máquinas de vida de apoyo que se

filtran en la sala de espera. Cada vez que uno se silencia, una pequeña parte de mí

también lo hace.

Oigo atorarse la respiración de Beck un momento antes de que emita un sollozo

ahogado que me golpea como un huracán, triturando la bolsa de papel que preserva

mi determinación y fe. Por mucho que él trate de empujar lejos el ataque de lágrimas

que le amenazan, es infructuoso. El dolor se escapa y corre por sus mejillas en silencio,

y me mata, que el hombre que ha sido la fortaleza para mí ahora se esté desmoronando.

Aprieto los ojos y me fuerzo a mantenerme fuerte por Beckett, pero todo lo que

escucho son sus palabras de anoche.

Niego atrás y adelante con una incredulidad de pánico.

—Lo siento mucho —le susurro—. Lo siento tanto. Todo esto es mi culpa.


Beckett baja la cabeza momentáneamente antes de limpiar sus ojos con las

palmas de sus manos. Y el gesto, de alejar las lágrimas como un niño cuando le da

vergüenza llorar, hace que mi corazón se me apriete aún más.

No puedo evitar el pánico que revolotea mientras me doy cuenta de que soy la

razón por la que Pedro está aquí. Lo rechacé y no creí en él, cansándolo la noche antes

de una carrera y todo porque fui terca y estaba asustada.

—Yo le hice esto. —Las palabras me matan. Cortan mi alma.

Beckett levanta los ojos enrojecidos de sus manos.

—¿De qué estás hablando? —Se inclina cerca, sus ojos azules en conflicto

buscando los míos.

—Todo... —Mi aliento se atora y me detengo—. Metí la pata en el último par de

días, y me dijiste que si lo hacía, sería por mi…

—¡Paul…

—Y peleé con él y lo dejé y nos quedamos hasta muy tarde y entró en el coche

cansado y…

—¡Paula! —Finalmente consigue un tono áspero. Me mantengo sacudiendo la

cabeza hacia él, con los ojos en llamas, con las emociones sobrecargadas—. Esto no es

tu culpa.

Me sacudo cuando él pone sus brazos alrededor de mí y me tira hacia él. Hago

puño con mis manos en la parte delantera de su traje de fuego, la tosquedad de su

áspera tela contra mi mejilla.

—Fue un accidente. Él lo condujo a ciegas. Así son las carreras. No es tu culpa.

—Se le quiebra la voz y cae en oídos sordos. Sus brazos están a mí alrededor, me

atrapan y la claustrofobia me amenaza. Las garras me asfixian.

Me paro abruptamente, necesitando moverme, liberar el malestar hurgando en

mi alma. Me paseo hasta el otro extremo de la sala de espera y de regreso. En mi

segunda pasada un niño en la silla de la esquina se escabulle de su asiento para recoger

un lápiz de color. Las luces parpadean en el rojo de sus zapatos y captan mi atención.

Estrecho mis ojos para mirar más de cerca, para tomar el triángulo invertido con la S

en el centro.


Superman.


El nombre pasa a través de mi subconsciente, pero mi atención es atraída a la

televisión mientras alguien cambia el canal. Oigo el nombre de Pedro y me atoro en

una respiración, con miedo de mirar, pero deseando ver lo que están mostrando.

Parece que toda la sala se levanta y se mueve de forma colectiva. Una masa de

trajes de color rojo fuego, enfrentándose al conflicto con la emoción, se centran en la

pantalla. El locutor dice que hubo un accidente que puso fin a la acción durante más

de una hora. La pantalla parpadea con la imagen de la nube de humo y de los autos

chocando entre sí. El ángulo es diferente al nuestro en la pista y podemos ver más,

como el coche de Pedro entra en la vuelta, la emisión corta el material de archivo.

Todos los hombros alrededor de la televisión se mueven mientras el equipo se da

cuenta de que lo que estaban ansiosamente anticipando no se mostrará. El segmento

termina con el locutor diciendo que está siendo tratado en Bayfront.

Veo el cuerpo sin vida de Pedro en la camilla, Max está a mi lado en el asiento.

Las similitudes de la situación saca el aire de mí, con dolor sin fin. Los recuerdos

chocan.

Me vuelvo para ver a los Westin entrar en la sala de espera. La madre real y al

mando de Pedro se ve pálida y angustiada. Me trago el nudo en la garganta, incapaz

de apartar los ojos de verlos.

Andy la apoya suavemente, guiándola para sentarse mientras Luciana le agarra

la otra mano.

Beckett está a su lado en un instante con sus brazos envueltos alrededor de

Dorothea y luego de Luciana en un rápido abrazo significativo. Andy llega y agarra a

Beckett en un abrazo largo, lleno de desesperación que me estruja el corazón. Escucho

a un sollozo ahogado y casi me rompo con el sonido de él.

Mirar toda la escena despliega recuerdos parpadeando por mi mente del funeral

de Max. La miniatura del ataúd rosa puesta encima de un ataúd negro de tamaño

completo, ambos cubiertos con rosas rojas, me recuerdan las palabras que no puedo

oír de nuevo: Cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Me hace recordar los abrazos vacíos,

huecos que no hacen nada para darme comodidad. Que te dejan sintiéndote

excesivamente sensibilizada, cruda, cuando ya estás raspada hasta la médula.

Empiezo a caminar de nuevo en medio de los murmullos silenciosos de “¿Cuánto

tiempo hasta que haya una actualización?” caras que por lo general son tan fuertes y

llenas de energía que están grabadas con líneas de preocupación. Y cuando mis pies se

detienen busco los ojos de Andy y de Dorothea.

Nos miramos una a la otra, enfrentadas a los espejos de la incredulidad y de la

angustia de las demás, hasta que Dorothea estira una mano temblorosa hacia la mía.

—No sé qué... Lo siento mucho... —Niego mientras las palabras se me escapan.

—Lo sabemos, cariño —dice mientras me tira a sus brazos y se aferra a mí, ambas

nos sostenemos la una a la otra—. Lo sabemos.

—Él es fuerte. —Es todo lo que dice Andy mientras su mano frota de arriba a

abajo mi espalda para tratar de consolarme. Pero esto, abrazar a sus padres, todos

consolándonos los unos a los otros, con las mejillas manchadas de lágrimas y sollozos

apagados, hace que sea muy real. Espero que todo esto sea un mal sueño que ahora se

destrozará.

Me tambaleo hacia atrás y trato de concentrarme en algo, cualquier cosa, para

hacerme sentir como si no me estuviera perdiendo.

Pero sigo viendo la cara de Pedro. La mirada de certeza absoluta mientras se

para en medio de todo el caos de su equipo, el mismo equipo que se encuentra a mi

alrededor, con sus cabezas en las manos, con los labios estirados, con los ojos cerrados

en oración y admitiendo sus sentimientos hacia mí. Tengo que dejar de tratar de

contener el aliento, el dolor que irradia a través de mi pecho, de mi corazón,

simplemente no se detendrá.

La televisión tira de mí otra vez. Algo susurra a través de mi mente y me giro

para mirar. Un avance de la nueva película de Batman. La esperanza vuelve a

despertarse mientras mi mente alcanza sus profundidades, a la hora pasada.

El libro de Spiderman sobre la mesa. Los zapatos de Superman. La película de

Batman. Trato de racionalizar que todo es solo una coincidencia, que ver a tres de los

cuatro superhéroes es un suceso aleatorio. Trato de decirme que necesito al cuarto para

creerlo. Que necesito a Ironman para completar el círculo, que es la señal de que

Pedro saldrá adelante.

Que vendrá de nuevo a mí.

Empiezo a buscar, mis ojos revolotean alrededor de la sala de espera mientras

telares de esperanza se alistan para florecer, si puedo encontrar la señal final. Mis

manos tiemblan, mi optimismo se encuentra debajo de la superficie cautelosamente

elevando su cansada cabeza.

Hay sonido en el pasillo y el ruido, la voz, hace que cada emoción que late a

través de mí se encienda.

Y estoy lista de inmediato para detonar.

Cabello rubio y largas piernas pasan a través de la puerta y no me importa que

su rostro se vea tan devastado y preocupado como me siento. Todo el dolor de mi

corazón, toda mi angustia se enoja y es como un chasquido de banda elástica. O de

caída de rayos.

Estoy al otro lado de la habitación en cuestión de segundos, con mi cabeza hacia

el gruñido que suelto en mi estela llena de furia.

—¡Fuera! —grito, tantas emociones corren a través de mí que todo lo que siento

es una masa abrumadora de confusión. La cabeza de Tamara se voltea y sus asustados

ojos se encuentran con los míos, sus mejorados labios hacen una perfecta forma de

O—. Tú pequeña convenida…

El aire es eliminado de mí mientras los fuertes brazos de Beckett me agarran por

detrás y me jalan de nuevo a su pecho.

—¡Déjame ir! —Lucho contra él mientras me agarra con más fuerza—. ¡Déjame

ir!

—¡Ahórratelo, Pau! —gruñe él mientras me frena, su acento reservado pero firme

golpea mis oídos—. Necesitas ahorrarte todo ese fuego y energía porque Pedro va a

necesitarte. Cada maldita onza de eso. —Sus palabras me golpean, haciendo agujeros

a través de mí y subiendo mi adrenalina. Me detengo con dificultades, su agarre a mi

alrededor todavía es como de hierro y el calor de su aliento es jadeante contra mi

mejilla—. No vale la pena, ¿de acuerdo?


No puedo encontrar mis palabras, no creo poder ser coherente en este punto, así

que solo asiento de acuerdo, obligándome a centrarme en un punto en el suelo delante

de mí y no en las largas piernas a la derecha.

—¿Estás segura? —reafirma él lentamente antes de dejarme ir y dando un paso

delante de mí, obligándome a mirarlo a los ojos, para probar si seré fiel a mi palabra.

Mi cuerpo empieza a temblar, cautivado con la mezcla de ira, pena y lo

desconocido que cursa a través de mí.

Mi respiración se atora mientras mis pulmones me duelen con cada respiración.

Es el único indicio de la confusión que siento por dentro cuando me encuentro con la

amabilidad superada con preocupación en los ojos de Beckett. Y me siento tan horrible

que esté aquí tratando de cuidar de mí cuando quiere a Pedro y se está recuperando

de lo desconocido, tanto como yo, así que me obligo a asentir. Él imita mi acción antes

de darse la vuelta, su cuerpo bloqueando mi línea de vista hacia Tamara.

—Becks... —suspira ella su nombre y su voz solo irrita más mis nervios

expuestos.

—Ni una puta palabra, Tamara. —La voz de Beckett es baja y cuidadosa, audible

solo para los tres a pesar de los numerosos pares de ojos mirando el enfrentamiento.

Veo Andy mover los pies al otro lado de la habitación, mientras trata de averiguar lo

que está pasando—. Dejaré que te quedes por una razón y una razón solamente...

Wood necesitará a todo el mundo que tenga en su esquina detrás de él si... —dice,

atragantándose con las palabras—… cuando salga de esta... y eso te incluye a ti, aunque

en estos momentos después del truco que hiciste entre él y Pau, amiga es un término

muy flojo cuando se trata de ti.

Las palabras de Becks me toman por sorpresa. Oigo el sonido evasivo que ella

hace antes de que un momentáneo silencio golpee... y entonces la oigo ponerse a llorar.

Gemidos dolorosos tranquilos que rompen a través del agarre de mí como la voz de

Beckett no podría.

Y me rompo. Mi tranquilidad a Becks de que guardaría mi fuerza se desvanece

junto con mi moderación.

—¡No! —grito, tratando de empujar a Beckett fuera del camino y dando un

golpe—. ¡No tienes que llorar por él! ¡No lloras por el hombre que trataste de

manipular! —Brazos se acercan a mi alrededor por detrás, impidiéndome aterrizar mi

golpe, pero no me importa, la realidad se pierde para mí—. ¡Fuera! —grito, mi voz

temblorosa mientras me arrastro lejos de su rostro aturdido—. ¡No! —Lucho contra la

restricción de los brazos—. ¡Déjame ir!

—¡Shh… shh… shh! —Es la voz de Andy, los brazos de Andy los que me están

sosteniendo firmemente, tratando de calmarme y controlarme al mismo tiempo. Y lo

único en lo que me puedo concentrar es en que puedo aferrarme, mientras mi corazón

se acelera y mi cuerpo tiembla de ira, es que necesito una parada en los pits. Necesito

encontrar a Pedro. Tengo que tocarlo, verlo, calmar la agitación en mi alma.

Pero no puedo.


Él está en algún lugar cercano, mi pícaro rebelde no puede dejar de lado al niño

dañado dentro. El hombre que acaba de comenzar su curación está roto y me mata no

poder arreglarlo. Que mis palabras murmuradas de ánimo y la naturaleza del paciente

no puedan reparar su inmóvil cuerpo que responde y que fue cargado en esa camilla y

salió corriendo hacia algún lugar entre estos muros, tan cerca pero tan lejos de mí. Que

tenga que confiar en extraños para repararlo y sanarlo ahora.

Extraños que no tienen idea del tejido de la invisible cicatriz que aún perdura

bajo la superficie.

Más manos se extienden para tocarme y calmarme, Dorothea y Luciana, pero no

son los que más deseo. Ellos no son Pedro.

Y entonces un pensamiento aterrador me golpea. Cada vez que Pedro está cerca,

puedo sentir ese escalofrío, el zumbido que me dice que está solo al alcance, pero no

puedo sentir nada. Sé que está físicamente cerca, pero su chispa es inexistente.


Sé mi chispa, Pau. Puedo escuchar su voz diciendo, puedo sentir el recuerdo de

su aliento sobre mi piel... Pero no lo puedo sentir.


—¡No puedo! —grito—. No puedo ser tu chispa si no puedo sentir la tuya, así

que no te atrevas a quemarte en mí. —No me importa que esté en una habitación llena

de gente, que me den la vuelta y me rodean los brazos de Dorothea, porque lo único

que quiero es que él me escuche, pero no puede. Y saber eso causa desesperación que

consume cada parte de mí que no se ha congelado por el miedo. Hago puños mis manos

en la parte posterior de la chaqueta de Dorothea, aferrándome a ella mientras ruego

por su hijo—. ¡No te atrevas a morirte, Pedro! ¡Te necesito maldita sea! —grito en el

silencio ahora estéril de la sala de espera—. ¡Te necesito tanto que me estoy muriendo

aquí, ahora mismo sin ti! —mi voz se quiebra igual que mi corazón y por mucho que

los brazos de Dorothea me rodeen, los alientos silenciosos de determinación de

Luciana y de Andy con su tranquila ayuda, no puedo manejarlo todo.

Me alejo y me quedo mirando antes me tropezar a ciegas por el pasillo. Sé que

me estoy perdiendo. Estoy tan insensible, tan hueca, que ni siquiera tengo fuerzas para

discutir con Beckett y el odio resurgiendo que siento por Tamara. Si soy la culpable de

que Pedro esté aquí, entonces ella seguro como la mierda tiene que compartir un poco

de esa culpa también.

Doy vuelta a la esquina para ir al baño y tengo que esforzarme para moverme.

Aprieto mis manos contra la pared de apoyo o de lo contrario voy a colapsar. Me

recuerdo a mí misma respirar, diciéndome que debo poner un pie frente al otro, pero

es casi imposible cuando el único pensamiento de mi mente se centra en que el hombre

al que amo está luchando por su vida y no puedo hacer absolutamente nada al respecto.

Estoy desesperada e impotente.

Me estoy muriendo por dentro.

Mis manos tocan el marco de la puerta y se tambalean entre su marco y el lugar

más cercano, acogiendo con satisfacción el silencio del baño vacío. Me desabrocho los

pantalones cortos y cuando los deslizo sobre mis caderas, mis ojos ven el patrón a

cuadros de mi ropa interior. Mi cuerpo quiere renunciar, quiere deslizarse hasta el

suelo y hundirse en el olvido, pero no lo hago. En cambio, mis manos agarran la cinta

de los pantalones cortos todavía colgando de mis caderas. No puedo respirar lo

suficientemente rápido. Empiezo a hiperventilar y me mareo, así que levanto mis

manos contra la pared, pero nada ayuda a que el ataque de pánico no me golpeé con

toda su fuerza.

Puedes apostar tú trasero a que es una bandera a cuadros que definitivamente

estoy atravesando.

Acojo con satisfacción el sonido memorizado de su voz. Dejo que su estruendo

permeé a través de mí como el pegamento que necesitará mi ser roto para juntarse de

nuevo. Mi respiración se arrastra en escofinas desiguales entre mis labios mientras

trato de mantener la sonrisa del recuerdo, de ese increíble y travieso niño en sus ojos

antes de que me bese una última vez. Llevo mis dedos a mis labios queriendo hacer

una conexión con él, con el miedo a lo desconocido como algo pesado en mi corazón.

—¿Paula? —La voz me sacude al aquí y al ahora, y solo quiero que se vaya.

Quería que se fuera y me dejara intacta, con el recuerdo de la calidez de su piel, con

el sabor de su beso, la posesión de su toque.

—¿Paula?

Hay un golpe en la puerta del lugar.

—¿Mmm -hmm? —Es todo lo que puedo manejar porque mi respiración sigue

siendo forzada e irregular.

—Soy Lu. —Su voz es suave y desigual y me mata oír la ruptura de ella—. Ry,

por favor sal...

Me estiro hacia adelante y abro la puerta y ella la abre mirándome extrañamente,

su lágrima mancha su cara y el rímel corrido solo enfatiza la devastación que se avecina

en sus ojos. Frunce los labios y comienza a reír, de una manera que es limítrofe con lo

histérico así que cuando se hace eco de las paredes de azulejos alrededor de nosotras

todo lo que escucho es la desesperación y el miedo. Ella apunta a mis pantalones cortos

medio-bajados y las bragas a cuadros y se mantiene riendo, las lágrimas manchan sus

mejillas en un extraño contraste con el sonido que sale de su boca.

Me echo a reír con ella. Es la única cosa que puedo hacer. Las lágrimas no salen,

el miedo no disminuye y la esperanza está vacilante mientras la primera risa sale de

mis labios. Se siente tan mal. Todo está tan mal y en un instante, Luciana, la mujer

que me odió a primera vista, se extiende y envuelve sus brazos a mí alrededor mientras

su risa se convierta en llanto. Su intestino desgarrado por el hipo de miedo sin

restricciones. Su pequeña figura se sacude mientras su angustia se intensifica.

—Estoy muy asustada, Paula. —Es lo único que puede llegar a dejar salir entre

los atorados alientos, pero es todo lo que tiene que decir, porque es exactamente lo que

siento. La derrota en su postura, la fortaleza de su dolor, la fuerza en su agarre refleja

el temor que yo no puedo expresar, por lo que me aferro a ella con todo lo que tengo,

necesitando la conexión más que nada.


La abrazo y consuelo lo mejor que puedo, tratando de perderme en el papel de

consejera del paciente que conozco tan bien. Es mucho más fácil calmar la

desesperación de alguien más que la de mi propia cara. Ella trata de alejarse, pero no

puedo dejarla ir. No tengo los medios para salir por las puertas y esperar a que el

médico informe sobre las noticias que me aterra oír.

Me coloco los pantalones cortos, para encontrarme con mi propio reflejo en el

espejo. Puedo ver los inquietantes recuerdos parpadear en mis ojos. Mi mente

parpadea a un espejo retrovisor roto, al reflejo del sol sobre sus bordes dentados

manchados de sangre, mientras Max da su último aliento. Y entonces mi mente se

aferra a una vida más feliz en otro espejo. Uno empleado en el calor de la pasión que

demuestra por qué soy suficiente para Pedro. Por qué me eligió.

—Vamos —susurra ella, rompiendo mi trance mientras me libera, pero mueve

la mano hacia abajo, hasta envolverla alrededor de mi cintura—. No me quiero perder

ni una actualización.

2 comentarios:

  1. Por favorrrrrrrrrrrrrr, subí más te lo ruego, me tiene atrapada

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  2. Me hiciste lagrimear!! X favor que pase esto pronto! mimiroxb

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