domingo, 31 de agosto de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 63

Me despierto con el cuerpo caliente de Pedro presionando contra mi espalda. Sus manos rodean mi pecho desnudo, y su dedo dibuja círculos perezosos alrededor de su forma, una y otra vez hasta que el pezón se tensa con su tacto. Sonrío suavemente y me sumerjo de nuevo en él, absorbiendo el momento y las emociones que estoy sintiendo.
—Buenos días. —Su voz retumba contra la parte trasera de mi cuello, y coloca un suave beso allí mientras su mano lentamente rastrea más abajo en la curva de mi cuerpo.
—Hmm —es todo lo que soy capaz de emitir al sentir lo duro y listo que esta contra mí y lo dispuesta y con ganas que ya me tiene.
—Qué bueno ¿eh? —Se ríe.
—Mmm-hmm —respondo de nuevo porque no hay otro lugar donde me gustaría estar en este momento que despertando en los brazos de este hombre.
—¿A qué hora empiezas el turno de hoy? —me pregunta mientras su erección crece más y presiona en la hendidura de mi trasero.
—Once. —Hoy estoy en un turno de veinticuatro horas en casa. Prefiero quedarme en la cama con él todo el día en su lugar.
—¿Por qué? ¿Tienes algo en mente? —pregunto tímidamente mientras muevo mis caderas contra él.
—Definitivamente —susurra mientras empuja su rodilla entre mis muslos por detrás, así que estoy abierta para la mano que está haciendo cosquillas lentamente en mis tiernos pliegues.
—¿A qué hora tienes que estar en el trabajo... aahh… —Me distraigo cuando sus dedos encuentran su destino.
—Más tarde. —Se ríe contra mi piel—. Mucho más tarde.

—Entonces será mejor que aprovechemos al máximo el tiempo que tenemos. —Suspiro cuando me levanta para dejarme sentada a horcajadas sobre él.
—El placer es mi prioridad número uno, cariño —dice, mostrando su sonrisa de megavatio.
Él alcanza y ahueca la parte trasera de mi cuello, tirando de mí hacia él. Voy a quejarme cuando su boca se encuentra con la mía y me pierdo en la bruma de lujuria.

* * *

—¿Estás segura de que no te importa que use tu maquinilla de afeitar? —Pedro me pregunta, sus ojos encontrándose con mi reflejo en el espejo.
—Pues no. —Niego con la cabeza mientras lo observo desde la puerta de mi dormitorio. Una toalla se sujeta alrededor de la cintura atada justo debajo de la sexy V, gotas de agua todavía se aferran a sus anchos hombros y a su musculosa espalda y su cabello esta mojado desordenadamente. Mi boca no es la única cosa que se humedece cuando lo miro. La visión de él, tan hermosa y fresca al salir de la ducha, me da ganas de arrastrarlo de nuevo a la cama y ensuciarlo todo de nuevo.
No estoy segura de sí es porque él está en mi cuarto de baño haciendo las cosas propias después de una larga noche y de una madrugada de sexo increíble, pero sé que nunca lo he visto más sexy.
Me muerdo el labio mientras camino detrás de él pensando en lo normal que se siente. Cómo de doméstico y reconfortante es. Pongo mis brazos a través de mis tirantes del sujetador mientras me muevo, noto los ojos de Pedro sobre mí, mientras lo abrocho y lo ajusto sobre mí misma. Levanto la vista hacia él, en el espejo y observo que se ha detenido, el mango de color rosa de mi navaja a media altura en la cara, una suave sonrisa en los labios.
—¿Qué? —pregunto, de repente tímida bajo la intensidad de esos hermosos ojos verdes.
—Eres dueña de más sostenes que cualquier mujer que he conocido —dice mientras pone sus ojos sobre el que me acabo de poner. Es de color rosa
claro, bordeado de negro, y hace un trabajo perfecto, creando la cantidad exacta en la hendidura.
Sus ojos parpadean hasta encontrarse con los míos, y le pongo morritos.
—Puedo tomar eso de varias maneras. —Le tomo el pelo—. Puedo estar muy ofendida de que me estás comparando con otras mujeres con las que has estado o puedo estar satisfecha de que aprecias mi vasta gama de ropa interior.
—Yo diría que lo segundo. —Él sonríe—. Sólo un muerto sería capaz de ignorar tu inclinación por la ropa interior sexy.
Le sonrío descaradamente mientras cojo un tanga a juego que está hecho de encaje y con muy poca tela en él. —¿Te refieres a esto?
Su lengua se dispara para lamer el labio inferior.
—Sí, como ese —murmura, con sus ojos siguiendo mis movimientos, me meto en las bragas. Me aseguro de darle un poco de espectáculo, inclinándome para tirar de ellas meneando las caderas—. Dulce Jesús, mujer, ¡me estás matando!
Me río a carcajadas de él mientras agarro mi camiseta y la paso por encima de mi cabeza.
—No puedes quejarte de una chica por tener une debilidad por la ropa interior sexy como tú dices.
—No, señora.
Él me sonríe mientras mueve la cuchilla y afeita abriendo un camino limpio de crema debajo de la barbilla, un acto masculino y atractivo para ver. Me apoyo contra la puerta y lo miro con pensamientos de mañanas y del futuro pasando por mi mente.
Pensé que sabía lo que uno sentía con el amor, pero estando de pie aquí, respirando, me doy cuenta de que no tenía ni idea. El amor de Max era dulce, amable, ingenuo, y lo que yo pensaba que una relación debía ser. Al igual que lo que el niño ve, cuando mira a sus padres a través de lentes color rosa. Cómodo. Inocente. Amor. Amaba a Max con todo mi corazón —siempre será así de alguna manera—, pero mirando hacia atrás en comparación con lo que siento por Pedro, sé que me he estado vendiendo a mí misma. Asiento.
Amar a Pedro es tan diferente. Es sólo mucho más. Cuando lo miro, mi pecho se contrae físicamente de las emociones que se vierten a través de mí. Son
intensas y crudas. Abrumadoras e instintivas. La química entre nosotros es ardiente y apasionada y volátil. Consume todos mis pensamientos. Él es una parte de todo lo que siento. Todas sus acciones es mi reacción.
Pedro es mi aire en cada respiración. Mi mañana interminable. Mis felices para siempre.
Veo la línea entre sus cejas cuando se concentra, inclinando su rostro a un lado y al otro. Está a punto de terminar, le quedan pequeñas manchas de crema de afeitar en la izquierda de su cara cuando me ve.
Mientras se limpia la cara con una toalla, me acerco lentamente detrás de él y hacia la izquierda, con los ojos en los míos todo el tiempo. Extiendo la mano y corro una mano suavemente arriba y abajo de la línea de su columna vertebral, parando en la nuca de su cuello para poder pasar mis dedos por el cabello húmedo. Inclina la cabeza hacia atrás disfrutando y cierra los ojos un momento. Deseo mucho arrimarme contra su espalda ancha y hombros poderosos y sentir mi cuerpo pegado al suyo. Odio lo que el horror de su pasado me quita —y a él—, la oportunidad de acurrucarme contra él en la cama o ser capaz de caminar hacia él y envolver mis brazos alrededor suyo, arrimándome por detrás, otra sencilla forma de conectar con él.
Me apoyo en mis dedos de los pies y presiono un suave beso en su hombro desnudo mientras mis uñas arrastran hacia arriba y abajo de la línea de su columna vertebral. Puedo sentir sus músculos tensarse y moverse cuando mi contacto le hace cosquillas en su piel, y mis labios forman una sonrisa frente a la firmeza de su hombro.
—Me haces cosquillas —dice con una sonrisa mientras se retuerce debajo de mi tacto.
—Mmm-hmm —murmuro, mi mejilla ahora presionado contra su hombro para poder mirarlo a los ojos en el espejo y ver el rostro tenso mientras bromeo con las uñas en un lado de su torso. No puedo evitar la sonrisa que se forma en mis labios cuando su rostro se arruga para tratar de prepararse al contacto de mis dedos sobre su caja torácica, es como un niño pequeño en la cara de un hombre adulto. Encuentro mi meta y me aseguro de ser muy cuidadosa en mi cosquilleo.
—Basta, muchacha mala. —Lucha tratando de permanecer estoico, pero cuando mis dedos continúan su incesante tortura, retuerce su cuerpo lejos de mí.

—No voy a dejar que te vayas. —Me río con él mientras envuelvo mis brazos alrededor de él y trato de evitar que se escape.
Se está riendo, la maquinilla de afeitar tirada y olvidada en el lavabo, la toalla peligrosamente cerca de caer de sus caderas y mis brazos envueltos alrededor de él por detrás. Sin querer, le he maniobrado a la posición en la que había estado pensando. Yo sé que él se da cuenta porque en el momento en que lo hago, siento su cuerpo tensarse y su risa se desvanece antes de que intente ocultarlo. Pedro echa un vistazo al reflejo del espejo para encontrarse con mis ojos. El aspecto que he visto en cualquiera de mis chicos puedo verlo en ellos, y eso me rompe por dentro, pero tan rápido como ha aparecido, se ha ido.
Independientemente de la duración de tiempo, sé lo mucho que esa pequeña concesión es un gran paso entre nosotros dos.
Antes de darme cuenta, Pedro se ha escapado de mi agarre y está asaltando mis costillas con la punta de sus dedos.
—¡No! —lloro, tratando de escapar, pero soy incapaz. La única manera que puedo pensar para conseguir que se detenga es envolver mis brazos alrededor de su torso y presionar en su pecho tan duro como pueda. Estoy sin aliento y sé que no soy rival para su fuerza.
—¿Estás tratando de distraerme? —bromea mientras sus dedos se aflojan y se deslizan hasta la parte posterior de la camisa, a la piel desnuda de debajo. La protesta en mis labios se desvanece con un suspiro, y doy la bienvenida a la calidez de su tacto y a las manos que se aprietan alrededor de mí. Encuentro consuelo aquí, una paz que nunca pensé que conocería de nuevo.
Nos quedamos así, de esta manera, por no sé cuánto tiempo. Es el tiempo suficiente, sin embargo, para que su latido debajo de mi oído haya disminuido significativamente. En algún momento presiono mis labios en su cuello y simplemente absorbo todo lo relacionado con él.
Estoy tan abrumada con todo. Yo sé que él compartió algo monumental conmigo, otorgando una profunda confianza en mí y tal vez inconscientemente quiero darle un pedazo de mí a cambio. Hablo antes de que mi cabeza pueda filtrar lo que dice mi corazón. Y cuando lo hago, es demasiado tarde para detenerme.
—Te amo, Pedro. —Mi voz es uniforme e inquebrantable cuando las palabras salen. No hay duda de lo que he dicho. El cuerpo de Pedro se pone rígido
cuando las palabras se asfixian y mueren en el aire que nos rodea. Estamos en silencio, todavía entrelazados físicamente durante varios minutos más, antes de que Pedro desate sus dedos de los míos y elimine deliberadamente sus manos de encima. Me quedo quieta mientras él se dirige a la orilla de la barra para tomar su camisa y empujarla por encima de su cabeza, exhalando un ¡Mierda! procedente de entre sus labios.
Lo sigo en el espejo y el pánico en sus ojos, en su rostro, que se refleja en sus movimientos son difíciles de ver, pero estoy en silencio rogándole que me mire a los ojos. Para ver que nada ha cambiado. Pero no lo hace. En su lugar, rápidamente pasa junto a mí para mi habitación sin mirarme.
Lo veo arrastrarse en los pantalones vaqueros de ayer antes de sentarse en la cama y meter los pies en sus botas.
—Tengo que ir a trabajar —dice, como si yo no hubiera hablado.
Las lágrimas que amenazan llenar mis ojos y mi visión se desdibujan cuando se levanta de la cama. No puedo dejar que se vaya sin decir algo. Mi corazón late en mis oídos, el aguijón de su rechazo retuerce en mi interior mientras agarra las llaves de la cómoda y las mete en el bolsillo.
—Pedro—susurro mientras empieza a caminar delante de mí hacia la puerta. Se detiene con el sonido de mi voz. Sus ojos están enfocados en su reloj mientras lo sujeta en su muñeca, con el pelo húmedo cayendo sobre la frente. Estamos allí en silencio, mirándonos, el abismo entre nosotros es cada vez más amplio por segundo. El silencio tan fuerte que es ensordecedor.
—Por favor, di algo —declaro en voz baja.
—Mira, yo… —Se detiene, suspirando profundamente y dejando caer las manos hacia abajo, pero sin mirarme a los ojos—. Te lo dije, Paula, eso no es una posibilidad. —Su roce es apenas audible—. Yo no soy capaz, no merece... —se aclara la garganta—. No tengo más que negrura en mi interior. La capacidad de amar —de aceptar el amor—, no es más que veneno.
Y Pedro camina fuera de mi dormitorio y lo que más temo, posiblemente fuera de mi vida.

SEGUNDA PARTE: CAP 62

—Sabes, Paula, están cambiando como veo ciertas cosas en el mundo —comenta Pedro mientras entramos en mi camino de entrada.
—¿Por qué es eso? —murmuro distraídamente, mi mente todavía está tratando de procesar los eventos del día-que Pedro está aquí-conmigo.
—Nunca voy a limpiar el capó de mi coche o caminar por una escalera sin pensar en ti —dice, mostrándome una sonrisa de megavatios—. Siempre serás la persona que me hizo ver las cosas mundanas con una nueva luz.
Me río a carcajadas mientras él se inclina para darme un casto beso antes de salir del coche. Lo veo rodear el coche para abrirme la puerta, y de repente estoy conmovida por su comentario. Una parte de mí sonríe a sabiendas de que nunca será capaz de olvidarme, mientras que otra parte se entristece con la idea de que esto no vaya a durar para siempre. Incluso si pudiéramos, no creo que él lo aceptaría alguna vez. El problema es que yo soy la que sigue tirándose hacia abajo, más y más profundo. Yo soy la que trata de mantenerse a flote. Yo soy quien es la que necesita una parada en boxes.
Pedro abre la puerta y el comentario de sus labios muere cuando ve la expresión de mi cara. He tratado de ocultar mi tristeza repentina pero, obviamente, no he tenido demasiado éxito.
—¿Qué es? —Me pregunta, dando un paso hacia la puerta del coche entre la V de mis piernas.
—Nada. —Me encojo de hombros, restando importancia—. Sólo estoy haciendo el tonto. —le digo mientras sus manos se deslizan hasta los muslos y debajo de mi falda donde está mi sexo desnudo.
Suspiro con el toque de pluma de sus dedos sobre mi piel mientras lo miro a los ojos. La sonrisa en su rostro me saca de mi estado de ánimo, y le sonrío de vuelta.
—Sabes, tenemos que hacer algo acerca de este hábito que tienes de rasgar mis bragas.

—No, no tenemos —murmura mientras se inclina hacia abajo e inclina su boca sobre la mía.
—No me distraigas. —Me río mientras sus manos se deslicen más arriba de mis muslos y sus pulgares cepillan en mi parche de rizos, mi cuerpo arqueándose contra él en reacción—. Estoy hablando muy en serio.
—Uh -huh... prefiero distraerte —dice contra mis labios—. Y también me gustas cuando estás muy seria. —Imita mi tono, lo que me hace reír de nuevo.
—Estás empezando a hacer mella en mi cajón de bragas —respondo sin aliento mientras sus pulgares pasan más abajo en este momento.
—Lo sé y espero continuar haciéndolo muy pronto. —Él se ríe contra el costado de mi cuello, con una suave vibración.
—Eres un caso perdido. —suspiro mientras deslizo mis manos por su pecho y las enlazo a su cuello antes de reclamar sus labios con los míos.
—Ese soy yo, Paula... —Suspira cuando separamos los labios—, ese soy yo.
Entramos en la tranquilidad de mi casa. Lina estará trabajando hasta tarde en un evento esta noche por lo que la casa es toda nuestra, y tengo la intención de sacar el máximo provecho de ello.
—¿Tienes hambre? —le pregunto mientras dejo mis cosas en el mostrador de la cocina.
—En más de un sentido —él me sonríe y yo sólo muevo la cabeza hacia él.
—Bueno, nos prepararé algo para tomar cuidado de tu primera hambre, para que te encuentres bien y fortificado, y luego me aseguraré de ofrecerte un poco de postre para tu segunda hambre —digo sobre mi hombro mientras me agacho y miro en la nevera.
—Ya sea ofrecido o no, cariño, lo tomaré —dice, y puedo oír la sonrisa en su voz. Me olvido por un momento de mi región inferior desnuda al agacharme hasta que Pedro dirige un dedo por mi trasero desnudo, antes de darme una palmada juguetona que me hace saltar y vibrar por el escozor.
Comemos la sencilla comida que he inventado en un intercambio cómodo. Me cuenta de sus interminables reuniones en Nashville y lo que él había esperado lograr durante ellas. Le hablo de los avances en el proyecto de la oficina, así como de pequeñas curiosidades sobre la semana de los niños. Me resulta entrañable que realmente escucha cuando hablo de los niños y hace
preguntas que me deja saber que él tiene un interés genuino en ellos. Es importante para mí que él entiende lo que es una gran parte de mi vida.
—Así que, ¿por qué se interrumpió el viaje? —pregunto mientras terminamos nuestra comida.
Se limpia la boca con una servilleta.
—Empezamos revisando las reuniones que ya habíamos tenido. Empezó a ser redundante... —Se encoge de hombros—. No me gusta la redundancia.
Eso no es lo que Teagan dice, aletea en mi cabeza pensando cuando me dijo que a Pedro le gusta incursionar en aventuras pasadas, mientras está con la actual. Me castigo a mí misma, por tratar de sabotear un momento delicioso.
—Además —dice, levantando la vista de su plato hacia mí—.Te extrañé.
Y ahora me siento como una mierda por mi pequeño dardo mental.
—¿Me extrañaste? —pregunto con incredulidad.
—Sí, te extrañé —dice, sonriendo con timidez, con su pie desplazando el mío por debajo de la mesa para enfatizar sus palabras.
¿Cómo cuatro sencillas palabras de su boca podrían significar tanto para mí? El muchacho emocionalmente inaccesible que yo he intentado tan duro mantener a distancia, ya no quiero dejarlo ir.
—Me di cuenta por la hermosa poesía que me escribiste —bromeo.
Él me lanza una sonrisa reconfortante que me hace querer pellizcarme para saber que esto es real y que la sonrisa es para mí.
—Era virginal en comparación con algunos de los textos más obscenos que escribimos —Levanta las cejas y sus ojos encendidos de humor.
—¿En serio?
—Síp. Creo que prefiero mostrártelo sin embargo.
—¿Es así? —Sonrío mientras doy un mordisco a mi última fresa.
—Sí, y la lluvia de ideas sobre el significado de Ace también.
—Oh, no puedo esperar a escucharlos... —Levanto mis cejas hacia él y rio.
—Alto creador de expectación.
—No —Me río—. Sabes que has hecho una gran cosa acerca de esto que vas a estar muy decepcionado por la respuesta real cuando la sepas ¿no?

Él sólo sonríe mientras me levanto y empiezo a limpiar los platos, rechazando su oferta de ayuda. Charlamos sobre alguno de los patrocinios hasta que el sonido de su teléfono nos interrumpe.
—Un segundo —dice mientras contesta el teléfono. Tiene una corta conversación sobre algo relacionado con el trabajo y luego dice: — Gracias, Tamara. Ten una buena noche.
Ruedo los ojos de forma automática por el nombre y él me atrapa.
—Realmente no te gusta ella, ¿no? —me pregunta, con una mirada perpleja en su rostro.
Suspiro profundamente, preguntándome si quiero abordar esto aquí y ahora mismo. Ella es una ex-novia, amiga de la familia que a sus padres obviamente les encanta, y un miembro importante de su equipo PAE. ¿Realmente quiero luchar una batalla perdida aquí? Si yo voy a estar con Pedro, tengo que enfrentar el hecho de que ella va a ser una parte de su vida, me guste o no. Me retuerzo mis labios al contemplar las palabras adecuadas que usar.
—Vamos a decir que ella y yo hemos tenido un par de intercambios que me llevan a pensar que no es tan inocente como parece... y voy a dejar las cosas así —le digo.
Me mira fijamente durante mucho tiempo y forma en sus labios una sonrisa ladeada.
—Estás celosa de ella, ¿verdad? —me pregunta como si acabase de tener una epifanía.
Vuelvo la misma mirada de medición en él antes de evitar sus ojos y aumentar la limpieza del mostrador que ya he limpiado.
—Celosa no... pero vamos, Pedro. —Me río con incredulidad—. Mírala y mírame. Es bastante fácil ver por qué me siento así.
—¿De qué estás hablando? —pregunta mientras escucho que se levanta de la silla.
—¿En serio? Ella es un sueño húmedo caminante. Perfecta en todos los sentidos, mientras que yo sólo soy... soy sólo yo. —Me encojo de hombros en la aceptación.
Pedro descansa sus caderas en el mostrador junto a mí, mientras que yo juego con el paño de cocina, y puedo sentir el peso de su mirada en mí.

—Eres algo más, ¿lo sabes? —dice, con exasperación en su voz.
—¿Por qué? —pregunto, de repente sintiéndome avergonzada de revelar mis inseguridades sobre Tamara. ¿Por qué no me he callado? Yo y mi bocota.
Pedro tira de mi mano, pero no me muevo. Alguien tan atractivo como Pedro no tiene ni idea de lo que se siente al ser inseguro.
—Vamos —dice él, tirando de mi mano de nuevo sin tomar un no por respuesta—. Quiero mostrarte algo.
Lo sigo a regañadientes por el pasillo hacia mi habitación, curiosa por saber en lo que está siendo tan inflexible. Entramos en mi cuarto y Pedro me lleva a mi cuarto de baño. Me deja de modo en que mi espalda esté en su frente. Sus ojos arden en los míos mientras sus manos corren por los lados de mi torso y la espalda baja. En su segundo pase, sus dedos giran y comienzan deshacer los botones de mi suéter. A pesar de que siento y veo lo que está haciendo en el espejo, mis ojos instintivamente miran hacia abajo.
—Uh-uh, Paula —murmura con un susurro seductor contra mi cuello—. No quites la vista de la mía. —Mis ojos parpadean de nuevo hacia los suyos, y nos miramos el uno al otro así durante unos momentos, ninguno de los dos hablamos.
Pedro termina de abrir mi suéter, y da un paso atrás cuando me lo quita de mis hombros. Sus dedos rozan sobre la piel desnuda de la espalda baja, y entonces siento que la cremallera de mi falda está bajando. Pedro extiende sus manos sobre mi cintura y las desliza en el interior de la falda para soltarla. Empuja mi falda hacia abajo hasta que se separa de mis caderas y cae al suelo.
Me arriesgo a dar un vistazo hacia abajo, donde sus manos se mantienen en la parte delantera de mi pelvis, su color aceitunado hace un marcado contraste con mi piel pálida. El aspecto de posesión que tiene sobre mi cuerpo —grandes y fuertes manos que se extienden sobre carne de seda y encaje—, causa que mi aliento quede enganchado entre mis labios entreabiertos.
—Mira aquí, Paula—me Pedro ordena una vez más, poniendo su cabeza a la derecha de la mía.
Mantengo mis ojos clavados en los suyos, ya que dan una valoración pausada de mi cuerpo y el sujetador, liguero y medias que tengo, sin las bragas que me quitó antes. Cuando sus ojos terminan su inspección, y se conectan con
los míos de nuevo en nuestro reflejo del espejo, veo muchas cosas nadando en sus profundidades.
—Paula, eres impresionante ¿No te das cuenta? —me pregunta, sus manos recorriendo mi caja torácica y parando en el sujetador—. Eres mucho más de lo que cualquier hombre podría manejar en la vida.
Él desliza un dedo dentro de la copa de un lado de mi sujetador y lo empuja hacia abajo para que mi pecho se apoya de la copa apartada, mi pezón ya inhiesto y pidiendo a gritos más. Se mueve hacia el otro lado y repite el mismo proceso, pero esta vez no puedo evitar el suave gemido que se escapa de mis labios con su toque. Yo pongo mi cabeza en su hombro y cierro los ojos ante la sensación.
—Abre, Paula —me pide y los abro y regresan a él—. Yo quiero que veas lo que yo veo. Quiero que veas lo sexy y deseable, y puta caliente que estás —susurra contra la piel desnuda de mi hombro—. Quiero que veas lo que me haces. Cómo tú, en este cuerpo que es precioso por dentro y por fuera, me deshaces. Puede desenmarañarme. —Sus manos viajan hasta mis caderas antes de que una se desplace lentamente hacia arriba, frotando de nuevo entre mis pechos y luego acariciando un lado de mi cuello mientras que la otra viaja hacia abajo para deslizarse suavemente sobre el montículo de mi sexo—. Me puedes reducir a la nada y me construyes, todo al mismo tiempo. —Sus palabras me seducen. El erotismo del momento me atrae. Me fascina por completo.
Me lleva todo lo que tengo para no cerrar los ojos, inclino la cabeza hacia atrás, y quiero perderme en la tormenta de sensaciones que evoca con su toque, pero soy incapaz por su firme control sobre mi cuello. Su dulce seducción con las palabras me deja mojada y con ganas, mientras que la conexión íntima entre nuestras miradas me llena emocionalmente.
—Quiero que me mires mientras te hago llegar, Paula. Quiero que veas como nosotros nos estrellamos sobre ese borde. Quiero que veas porque esto es suficiente para mí. El porqué de que te elijo a ti.
Sus palabras, me atraviesan, abriendo cerraduras en los lugares más profundos que siempre he tratado de mantener vigilados. Mi alma se inflama. Mi corazón se hincha. Mi cuerpo se anticipa. Aspiro el aliento estremeciéndome, su juego previo de las palabras ha tenido éxito en su búsqueda de la excitación. Sus ojos arden con una mezcla de necesidad y deseo.
—Las manos en el mostrador, Paula —Pedro ordena mientras me empuja hacia adelante con una mano en la espalda mientras que la otra mano esta frente
a mi cadera. Puedo sentir lo duro y listo que está contra mi trasero a través de sus pantalones y empujo de nuevo en él—. ¡La cabeza para arriba! —manda, y yo cumplo mientras sus manos serpentean lentamente hacia el sur y despacio me separa.
—Pedro —chillo, luchando contra la inclinación natural a cerrar los ojos ante las sensaciones abrumadoras que balancean a través de mi cuerpo cuando introduce un dedo en mí y luego difunde la humedad a mí alrededor. Mantengo mis ojos en él y sonrío cuando me doy cuenta de que también está teniendo problemas con su propia compostura. La tensión en la mandíbula rígida y el fuego saltando en sus ojos me incita. Sus dedos se deslizan hacia arriba y se burlan de mi manojo de nervios mientras lo siento hurgar a mi espalda en su botón y cremallera.
—Ahora —ruego, mi interior deshecho en un olvido de necesidad—. Rápido.
Puedo ver la sonrisa maliciosa que cubre la cara de Pedro con pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, mientras coloca la cabeza rígida en mi apertura.
—¿Quieres algo, Paula? —me pregunta apenas pulsando dentro de mí.
—Pedro. —Yo suspiro, bajando la cabeza en la dolorosa agonía de necesitar más.
—Ojos —gruñe contra mi hombro mientras nos niega tanto el placer que queremos desesperadamente—. Dilo, Paula.
—Ped…
—¡Dilo! —ordena, su rostro es la imagen de un hombre a punto de perder el control.
—Por favor, Pedro... —Jadeo—, por favor… —Y se sumerge dentro de mí por completo en un solo empujón. El inesperado movimiento me roba el aliento y me catapulta a una explosión de calor al rojo vivo.
—Oh Dios,Paula. —Gime salvajemente, sus ojos se vuelven rendijas, sus párpados se ponderan por el deseo. Él envuelve sus brazos alrededor, sus dedos presionando en mi carne, y su mejilla presionada contra la parte trasera de mi cuello mientras mi cuerpo se adapta a su invasión.
Coloca una fila de besos desde la línea del hombro hasta mi oído antes de enderezarse y empezarse a mover. Realmente moverse. Dándome exactamente lo que necesito porque ahora mismo no deseo lento y constante. Quiero fuerte y
rápido, y no me decepciona cuando se establece un ritmo castigador que arrastra con cada empuje hacia fuera y hacia dentro sensaciones inexplicables de mis profundidades.
Me pierdo en su tempo constante, nuestros ojos aun fijos en los del otro. La mirada en la cara de Colton me quita el aliento mientras sus ojos se oscurecen y su cara se ajusta con placer. Una mano llega a mi pecho y hace rodar mi pezón entre sus dedos. Un gemido incoherente se desliza de mis labios, el fuego dentro de mí es casi demasiado para soportar. Con su otra mano, aún me sujeta la cadera, la mano del pecho la mueve hacia el hombro y nos eleva uno contra el otro, la espalda a su frente, frenando su ritmo incesante para mover sus caderas en un círculo dentro de mí.
—Mírate, Paula —murmura al oído entre los movimientos—. Mira lo malditamente sexy que eres ahora. ¿Por qué querría a alguien más?
Descanso de su mirada y miro mi propio reflejo. Piel enrojecida de sus manos. Pezones erguidos y rosado del placer. Los pliegues de mi sexo hinchados por el deseo. Mis labios están entreabiertos. Mis mejillas están rojas. Mis ojos son grandes y expresivos. Y vivos. Mi cuerpo reacciona instintivamente a los movimientos de Pedro; es conducido por tal inesperada necesidad, abastecida de combustible por un deseo tan implacable, y chocando contra posibilidades inimaginables. Miro a esta misteriosa mujer en el espejo, y se forma una lenta y sensual sonrisa en mis labios al mirar a Pedro. Nuestros ojos se miran de nuevo y reconozco por primera vez lo que veo. Lo acepto.
Pedro empuja mi espalda hacia adelante para que mis manos puedan apoyarse en el lavabo mientras lentamente se mueve dentro y fuera de mí varias veces. Una de sus manos traza un mapa sobre mi cadera y la parte frontal burlándose de mi clítoris y mi cuerpo se comprime ante la sensación, mis paredes de terciopelo ordeñándole la polla.
—Joooderrr! —gime, echando la cabeza hacia atrás, olvidando en un momento su propia regla sobre mantener el contacto con los ojos. Es absolutamente impresionante en este momento. Magnífico como un Adonis. La cabeza hacia atrás, con los labios entreabiertos por el placer, el cuello tenso con la inminente liberación, y mi nombre un jadeo en sus labios. Empieza a moverse de nuevo, cogiendo ritmo, me arrastra al borde del éxtasis con cada embestida implacable. Inclina la cabeza hacia atrás y fija sus ojos en los míos.

La ola me empuja más y más alto, intensamente; las piernas se me debilitan mientras el placer se aprieta por todas partes. Y justo antes de chocar contra el olvido, puedo ver en su cara que también está más allá del punto de no retorno.
Nos estrellamos sobre la cúspide juntos: los ojos nublados, los labios entreabiertos, almas unidas, corazones hechizados, y los cuerpos ahogados en espiral de sensaciones.
Mis rodillas se doblan cuando mis músculos reverberan con mi clímax. Las manos ásperas de Pedro me mantienen en su lugar mientras se vacía en mí. Sus manos se mantienen firmemente en las caderas por un momento más, como si la acción individual fuese suficiente para mantenernos sin deslizarnos al suelo. Con el tiempo me enderezo y me inclino hacia atrás contra él, inclinando la cabeza sobre su hombro donde finalmente cierro mis ojos, dejándome un momento para asimilar lo que acabamos de experimentar.
Me siento abrumada y sacudida emocionalmente. Sé que amé a Max con todo lo que tenía, pero palidece en comparación con lo que Pedro y yo acabamos de compartir. Juntos somos tan intensos, tan volátiles, tan poderosos, tan íntimos que no creo que me haya sentido más cerca de otro ser humano, como lo hago con Pedro. Mi cuerpo tiembla con la aceptación mientras él se retira lentamente de mí y me vuelvo para ponerme de frente.
Trato de enterrar mi cabeza en su hombro, para evitar el contacto visual con él, porque me siento completamente al desnudo, desnuda y vulnerable, más que en cualquier otro momento de mi vida. Pedropone un dedo en mi barbilla y me levanta la cara hacia él. Sus ojos buscan los míos en silencio, y por un momento me parece ver cómo me siento reflejada en él, pero no sé si eso es posible. ¿Cómo puede ser, que hace solo semanas este hombre era un completo desconocido y ahora cuando lo miro, veo mi mundo entero?
Sé que pedro siente algo diferente en mí, pero no me pregunta, sólo lo acepta, y por eso estoy agradecida. Él se inclina y me da un tierno beso en los labios que trae lágrimas a mis ojos antes de envolver sus brazos alrededor de mí. Me deleito en el sentimiento de su fuerza en silencio, y antes de que pueda pensar con claridad, mi boca se está abriendo.
—¿Pedro?
—¿Hmmm? —Murmura contra la parte superior de mi cabeza.

Te quiero. Toma todo lo que tengo el ahogar las palabras en mis labios. Quiero gritarlo en voz alta.

—No... wow ... eso fue —me recupero, diciendo en silencio las otras tres palabras que quiero decir.
—Wow es correcto. —Él se ríe contra mi sien.


SEGUNDA PARTE: CAP 61

Beckett asiente hacia mí, la sombra de una sonrisa se encrespa en sus labios mientras Pedro me lleva hacia el piso del garaje. Nos dirigimos a una puerta lateral por la cual Pedro me introduce, y nos encontramos en unas escaleras.
—Arriba. —Señala Pedro mientras coloca una mano en mi espalda.
Subo frente a él, su mano desciende a la curva de mi trasero mientras subo el tramo de escaleras.
—¿Te he dicho cuan malditamente sexy estás hoy? —Su voz rasgada suena detrás de mí.
Miro por encima de mi hombro y le sonrío.
—Gracias —le respondo, reconociendo la mirada lasciva en sus ojos—. Pero tengo la sensación de que tu punto de vista está un poco desgastado por la falta de sexo.
El murmullo de apreciación en la parte posterior de su garganta me hace sonreír.
—Oh, nena, definitivamente no hay nada de malo en mi opinión —dice con una sonrisa.
Empiezo a subir de nuevo las escaleras, pero esta vez las manos de Pedro parecen estar tocándome en varios lugares con cada paso. Una caricia suave en la parte posterior del muslo. Un ligero roce por mi brazo desnudo. Un toque rápido en mi trasero.
Sé exactamente lo que está haciendo, pero no es como si tuviera que avivar las brasas, porque yo ya soy un fuego salvaje de la necesidad. Sabiendo que él me quiere así, necesitándole y dolorida por más de su toque, me hace sentir displicente y dispuesta a jugar el juego también. Balanceo mis caderas un poco más de lo habitual mientras camino a través del segundo tramo. Mi mano se engancha a propósito en mi dobladillo para revelar sólo un rastro de lo que está debajo.

Pedro es rápido como un rayo mientras me agarra por detrás, envolviéndome con ambos brazos alrededor mío, en una agarre de tornillo.
—Pequeña descarada. —Él gruñe en mi oído mientras siento el juego de sus músculos contra mi espalda—. ¿De verdad vas a burlarte de mí de esa manera cuando he estado sin estar dentro de ti, sin degustarte por demasiado tiempo? Especialmente cuando sabes lo desesperado que estoy por tenerte.
Gracias a Dios que él está tan necesitado como yo, porque no voy a ser capaz de aguantar mucho más. El pellizca el lóbulo de mi oreja cuando trato de hacer caso omiso distanciándome, la necesidad es casi debilitante.
—La desesperación no te conviene. ¿No es que puedas hacer algo al respecto con un edificio lleno de sus empleados cerca? —me burlo juguetonamente.
Pedro me hace girar alrededor, su cuerpo presionando contra el mío, y sus manos abrochadas en la espalda baja. La sonrisa en su rostro coincide con el brillo malicioso de sus ojos.
—Oh, Pauli, ¿no sabes que los rebeldes que viven la vida como yo se atreven? —Se inclina, sus labios respiran sobre mi oído mientras mi corazón palpita contra mis costillas—. Voy a tenerte, Paula, cuando quiera, donde quiera y como quiera. Es mejor que te acuerdes de eso.
El dominio de su voz me excita. La amenaza llena de promesas me despierta. La sensación de su cuerpo vibrando contra el mío de necesidad y sus manos poseyendo mi piel causa que la humedad se reúna en el vértice de mis muslos. Inclino mi cabeza y parte de mis labios, necesitando su boca en la mía desesperadamente. Por lo que leo en los ojos de Pedro, se siente de la misma manera. Los días de distanciamiento han impulsado nuestro deseo a un infierno rugiente. Todo lo que quiero hacer es tomar cualquier cosa y todo lo que él puede darme. La tentación del paraíso en mis manos.
Me inclino a él sucumbiendo a mi antojo, pero antes de que pueda saborearlo, me hace girar alrededor y emite una risita sinuosamente afligida.
—Un tramo más —dice Pedro golpeándome en el trasero antes de colocar ambas manos en mi cintura y me insta a seguir.
Suspiro de frustración sexual y de las partes estranguladas de dolor profundamente dentro de mí. Estoy en mi segundo paso cuando siento el aire
fresco de la escalera en el culo, cuando me levanta la parte trasera de mi falda para descubrir lo que hay debajo.
Sonrío para mis adentros, sabiendo exactamente lo que va a encontrar. Era una de esas mañanas en la que no me sentía particularmente atractiva, y estaba de mal humor porque me faltaba, así que decidí hacerme sentir mejor usando algo sexy y femenino debajo. Por alguna razón, la ropa interior siempre me hace caminar con un salto añadido a mi paso cuando lo necesitaba. Yo no sabía lo bien rentable que sería la decisión, pero lo hago ahora, cuando oigo a Pedro contener la respiración en lo que encuentra.
—Dulce jodido Jesús —murmura en un susurro de aire afligido.
Muevo una de mis piernas para subirla hasta el próximo escalón y dejo que deslice su dedo trazando la línea superior de mis medias y luego por la correa de mi liga. Le miro tímidamente por encima de mi hombro
—¿Hay algún problema, Ace?
Él sólo sonríe y sacude la cabeza sutilmente, con los ojos firmes en lo que puedo suponer que es que la mezcla de encaje y satén que hay debajo.
—Mujer, realmente no juegas justo ¿verdad? —Exhala un gemido antes de rasgar sus ojos hacia los míos.
—¿Qué quieres decir? —Bateo mis pestañas hacia él y deliberadamente me muerdo el labio inferior.
Me encanta ver como abre su boca y como desliza su lengua para lamer el labio inferior mientras sus ojos se oscurecen y se nublan, su mirada firme en la mía, ojos verdes a violetas. Me encanta saber que yo le puedo traer a un estado de deseo sin tan siquiera tocarlo. Y el mérito de que pueda hacer esto, lo tiene él. Me hace sentir segura y sexy y deseable, cuando todo lo que he sentido antes era algo mecánico y era incapaz de ser dueña de mi sexualidad.
Los ojos de Pedro permanecen en los míos, pero sus dedos se deslizan sobre mi carne hasta el borde de mi ropa interior. Mis músculos tiemblan con la proximidad de su toque, tan cerca pero tan lejos de donde quiero que sus dedos reclamen. Donde necesito que lo hagan.
—Dos pueden jugar a este juego —murmura mientras pasa cerca—. Creo recordar que dijiste que la previsibilidad no me sienta bien. ¿Por qué no puedo mostrarte cuánta razón tenías... en este momento?

Me muerdo con más fuerza en los labios para ahogar un gemido cuando sus hábiles dedos tiran mis bragas a un lado y él se desliza un dedo en mi núcleo fundido. Apoyo mi mano en la barandilla de la escalera mientras lo retira, deslizándolo arriba y abajo sobre los pliegues de mi sexo antes de meter tres dedos en mí.
—Oh, nena, me encanta la forma húmeda y preparada que estás para mí. —gruñe mientras yo jadeo—. ¿Tienes alguna idea de lo que me haces? ¿Sabes cuánto me excitas por dentro y por fuera?
—Pedro, por favor —alego. Ahora mismo no estoy para rogarle que me llene. Para llevarme a ese borde sin precedentes que sólo él puede ayudarme a subir a un ritmo relampagueante.
—Dime lo que quieres, Paula. —Él se ríe mientras retira los dedos y me quejo ante la repentina sensación de vacío.
Echo la cabeza hacia atrás. Mis ojos se cierran mientras mi cuerpo se convulsiona con tanta necesidad que la mano húmeda de Pedro evidencia.
—A ti Pedro —jadeo—. Te quiero a ti.
Dirige su dedo sobre mi labio inferior antes de inclinarse y sustituir la punta del dedo con la lengua, lanzándose entre mis labios antes de alejarse. No puedo evitar el gemido que sale de mi boca.
—Dime, nena.
—Sólo tú, Pedro.
En un instante me ha dado la vuelta, con la espalda pegada a la pared de la escalera. Su pecho sube y baja y su mandíbula se aprieta mientras me mira con tal intensidad, que me pierdo en él. El mundo exterior deja de existir en ese momento mientras estoy aquí expuesta y de forma espontánea. Me he desnudado física y emocionalmente. Nunca he sido más de él.
Pedro levanta mi falda hacia arriba, y fuerza a mis piernas a separarse. Él sonríe lascivamente mientras se pone lentamente de rodillas, con los ojos sin dejar de mirarme.
Mis pensamientos racionales deberían activarse ahora. Mi cabeza debería estar pisando la cima de la cascada de lujuria que me ahoga y decirme que estoy en el hueco de la escalera en su trabajo, pero no hace tal cosa. En cambio, mi cuerpo se estremece traidoramente con anticipación, y cuando Pedro lo observa, sus ojos chispean y sonríen burlonamente mientras se inclina hacia mí.

En cuestión de segundos una sola carcajada se desliza entre mis labios temblorosos mientras él rasga mis bragas de encima sin esfuerzo y las mete en su bolsillo. Mi mente y mi cuerpo están tan centrados en él, en lo que necesito de él, que no me importa el hecho de que esté arruinado otro par de ropa interior y sin pensárselo dos veces.
Sus dedos parten mis pliegues, sus ojos nunca dejan los míos, y cierra su boca sobre mi nudo de terminaciones nerviosas. Mis manos se cierran en puños en su pelo, y lucho con todo lo que tengo para no cerrar los ojos y gritar de éxtasis por su maravillosa lengua. . Quiero verlo mientras me impulsa arriba y por encima, pero la sensación es tan fuerte que me sobrepasa y me arqueo, mi cuello, mi cabeza, mi espalda empujan las caderas hacia fuera, para poderse mecer contra él.
Levanta mi pierna y la pone por encima de su hombro antes de añadir los dedos a la mezcla. Ellos presionan, empujan, y se mueven en círculos dentro de mí. Mis músculos se aprietan tan fuerte que cuando mi orgasmo me reclama, me siento como si mi cuerpo se rompiese en mil pedazos de éxtasis.Pedro dirige su lengua hacia arriba y hacia abajo sobre mi sexo antes de lamer mi interior, aprovechando hasta el último temblor de mi orgasmo.
Me hundo contra la pared de detrás, necesitando su apoyo porque mis piernas simplemente se han quedado sin hueso. Cierro los ojos y trato de calmarme, pero él sólo ha borrado mis sentidos con tal devastación que he perdido ahora una parte de mí en él para siempre.
—Dios mío, mujer, un hombre podría emborracharse con tu sabor. — gime mientras coloca un suave beso en mi abdomen antes de levantarse de sus rodillas. Abro los ojos ante su petulante sonrisa de satisfacción y los ojos entrecerrados cargados de deseo. Se inclina y me besa con fuerza, el sabor de mi misma en los labios de forma inesperada me excita.
Gimo en su boca, mientras mis manos serpentean por su cuerpo para acariciar su erección a través del pantalón, todavía con ganas de más, todavía necesitando más. Él rompe el beso con un gemido torturado y se aleja de mí.
—Pedro —murmuro—. Deja que me ocupe de ti.
—No aquí —me dice, alisando la falda hacia abajo y sonriendo mientras mete lo que queda de mi ropa interior a su vez en el bolsillo—. Quiero oírte gritar mi nombre cuando te tome. Quiero escuchar cuando te deshagas por las cosas que voy a hacer contigo, Paula. Quiero reclamarte. Hacerte mía. Arruinarte para
cualquier otro hombre que se atreva a pensar en tocarte. —Él hace una mueca en la convicción de sus palabras.
—Ya lo has hecho, Pedro —respiro sin pensar , llegando a colocar mis dedos en sus labios—. Soy tuya... —Mis palabras se apagan mientras él me contempla, con la mandíbula trabajando horas extras absorbiendo las palabras que he dicho.
El fantasma de una sonrisa mezclada con incredulidad e incertidumbre juega en sus labios antes de agitarlo lejos y empujarlo a un lado.
—Yo… no podemos seguir aquí con lo que quiero hacerte, pero esto — dice, señalándome a mí y a la pared—, me va a contener. —Él me muestra una sonrisa rápida antes de tomar mi mano y subir el último tramo de escaleras.
Lo sigo, a sabiendas de que mi corazón y mi cuerpo están lejos de recuperarse de ese pequeño episodio. Las palabras de Lina flashean a través de mi cabeza, y no puedo dejar de estar en desacuerdo con ella. Cuando se trata de Pedro, no sólo lo tengo mal. Me ahoga y me consume absolutamente y sin lugar a dudas.
Pedro empuja la puerta en la parte superior de la escalera para abrirla, y me sorprendo de encontrarnos en el interior de una oficina muy masculina y escasamente decorada. Hipótesis aparte, sé que es de él porque es muy similar a su oficina en Malibú. Doy un paso detrás de él cuando oigo un grito ahogado.
—¡Oh, Pepe me has asustado casi hasta la muerte! —exclama la voz femenina, y al instante mi espalda se eriza en su familiaridad con él. ¿La mujer tiene que estar en todas partes? Mieerrda!
—¿Puedo ayudarte en algo, Tami? —pregunta Pedro, y te juro que oigo un borde de curiosidad en su pregunta.
Tamara se endereza del escritorio donde estaba inclinada y endereza los papeles que estaba buscando a tientas. Por supuesto que se ve impecable con su camisa de escote desafiante, pantalones ceñidos de piel y de cara confección. La mujer es absoluta y jodidamente impresionante. Sus labios forman una O de sorpresa mientras mira a Pedro y sus ojos se mueven hacia mí y luego de vuelta a él. La chica maliciosa territorial que hay dentro de mí, quiere que ella note el rubor en mis mejillas y esa sonrisa de jodida satisfacción que hay en mi cara para reafirmar que no soy otro punto en el radar de Pedro.

—Lo siento. Me has asustado —exhala ella—. Estaba buscando el contrato con Penzoil. No estaba seguro de si habías tenido la oportunidad de firmar el documento. Eso es todo. —Ella también sonríe dulcemente.
Tengo un lugar en el que se puede meter esa sonrisa falsa.
Pedro la mira por un momento como si estuviera tratando de descifrar algo, pero sacude la cabeza con aire ausente.
—Tamara, ya conoces a Paula, ¿verdad?
Los ojos de Tamara revolotean hacia atrás y hacia adelante entre nosotros observando nuestras manos unidas antes de volver a enyesar la sonrisa que había decaído un poco de sus labios.
—Algo así —dice mientras sale de detrás de su escritorio y camina, no, pasea, hacia nosotros. Realmente no hay otra forma de describirlo. Sus ojos se mantienen firmes en Pedro. Ella es sin duda una de esas mujeres que son muy conscientes de cada movimiento de su cuerpo y su efecto en el sexo opuesto.
Si antes me disgustaba, ahora realmente la odio.
Pedro me da una mirada de advertencia ya que siente que mi mano se tensa en su enfoque.
—Es tan bueno verte de nuevo —miento y me pregunto si tiene alguna idea de la futura lucha libre que acaba de iniciar.
Tengo que reprimir la risa que siento querer salir al imaginarme a Tamara y a mi volando fuera de las cuerdas de un ring de lucha libre con traje malos y movimientos aún peores mientras luchamos por ganar el trofeo que es Pedro.
—Sí, es inesperado verte por aquí. —Ella sonríe, y yo soy lo suficientemente observadora para notar que las cejas de Pedro se elevan ante la tensión obvia que hay entre nosotras.
Se vuelve hacia mí, sus ojos vuelven a emitir la advertencia de estar en mi mejor comportamiento, como si él supiese mis pensamientos de lucha libre.
—Como ya sabes, Tamara está la cabeza de mi equipo de marketing y es en realidad a la única que se le ocurrió la idea del partido para el patrocinio.
Sí, por favor, recuérdamelo una vez más, para no llegar a ella y abofetearla porque es una maldita tentación.
—Sí —exclamo con indiferencia, sabiendo que debo darle las gracias correctamente, pero sin querer hacerlo. Hago una pausa por un momento, pero
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mis modales finalmente prevalecen—. Y la Corporativa Cares aprecia todo el trabajo duro que ha puesto detrás de eso —le digo con sinceridad.
—De nada —dice ella, sin apartar los ojos de Pedro a pesar de que se está dirigiendo a mí. ¿Acaso no ve su enamoramiento con él? Es tan obvia que es ridícula—. Ya hemos conseguido algunos patrocinadores, pero tenemos unas cuantas planchas que quedan en el fuego para algunas grandes corporaciones de renombre. Estamos embalándolo en este momento y probablemente obtendremos ese número mágico para solidificar la financiación para el proyecto.
—Increíble —le digo, tratando de expresar mi entusiasmo al tiempo que oculto mi desprecio completo a como ella rezuma, sí rezuma, porque eso es lo que hace, todo su encanto a Pedro.
Observo la mirada de Pedro, y me molesta que de repente le sienta como a un extraño. Ella se vuelve lentamente a mí, con una sonrisa sarcástica en su rostro, y tengo que recordarme a mí mismo que fue a mí a quien Pedro estaba haciendo cosas inapropiadas pero calientes como el infierno en el hueco de la escalera. No a ella. Y con ese recordatorio mental, estoy más que lista para jugar a este juego.
—Si piensas que puedes contribuir de alguna manera... Paula, ¿verdad? —pregunta en tono de disculpa inclinando la cabeza hacia un lado y mordiendo la punta de su maliciosa lengua porque sabe mi nombre muy bien—. Por favor, no dudes en hacérmelo saber.
—Gracias, pero estoy segura de que cualquier ayuda que pudiera proporcionar... sería... —Miro hacia arriba pensando mientras busco la palabra perfecta—... Inconsecuente. —Mis ojos se mueven de ella a Pedro mientras hablo. Una sonrisa juega en las comisuras de mis labios, y arqueo una ceja en cuestión—. ¿No crees, Ace?
—Inconsecuente —articula Pedro, una sonrisa aparece en sus labios mientras sacude la cabeza con mi elección de palabras. Él sostiene mi mirada y puedo ver que a pesar de esta impresionante mujer a mi lado él me quiere.
A mí.
El aire entre nosotros se llena de electricidad con nuestras miradas. Puedo sentir la incomodidad de Tamara mientras baraja de un pie al otro en un silencio cargado.

—Gracias, Tamara —dice Pedro despidiéndola sin romper nuestra conexión—. Paula y yo tenemos que estar en otro sitio —concluye, de pie y buscando mi mano.
Y es de esperar que en el lugar que tiene que estar, es en mí.



sábado, 30 de agosto de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 60

—¿Stella? —La llamo desde la puerta de mi oficina—. ¿Stella? ¿Qué pasó con mi agenda para hoy?
Bajo mi muy cansada y dolorida cabeza a mis manos y descanso allí mientras trato de encontrar la manera de hacer malabares con todo lo de esta semana: las proyecciones del presupuesto, horarios, reuniones de proyectos, además de la habitual rutina diaria. Y ahora, sólo puedo esperar que el repentino bloqueo para una cita de cuatro horas en mi agenda para después de la comida, sea solo un error de la computadora. ¿Por qué no ha introducido ningún detalle Stella? Juro que no estaba allí hace treinta minutos. Tal vez había mirado el día equivocado.
—Mierda —murmuro en voz baja mientras me froto las sienes para aliviar el comienzo de un dolor de cabeza.
Espero que no sea una de las sesiones interminables de reunión creativa de Teddy. Nuestro optimismo se había probado temprano en la semana, cuando se demostró que las nuevas proyecciones presupuestarias carecían de fondos debido a los cambios en las leyes de seguros en el estado de California. Y puesto que ya nos habíamos aprovechado de todos los fondos recaudados, estábamos cruzando los dedos y esperando a que el equipo de Pedro tire a través de los patrocinios necesarios para mantener todo en marcha. Miro mi agenda de nuevo, refrenando mi impaciencia por la falta de respuesta de Stella y recuerdo la acusación de Lina cuando la había intentado morder más temprano esta mañana.
—Ooooh, alguien está teniendo abstinencia de Pedro —me reprendió mientras añadía crema a su café.
—Cállate —murmuré, empujando mi panecillo en la tostadora con más fuerza de la necesaria.
—Supongo que entonces es culpa del tostador de que estés molesta. —Le lancé una mirada de muerte, pero su única respuesta fue una sonrisa molesta—. Mira, lo entiendo. Has estado tan acostumbrada a follar hasta esta semana que
cuando te has quedado atascada en esta semana estas más allá de sexualmente frustrada. Te has acostumbrado a tener sexo increíble con regularidad, y ahora que él se ha ido para ¿qué? ¿Nueve días?
—Ocho —le espeté.
—Sí. —Ella se echó a reír—. Pero no es como si lo estuvieras contando ¿cierto? Y ahora mamá necesita conseguir algo que la haga feliz. —Sofoco mi sonrisa a pesar de que le estoy dando la espalda—. Cristo, Paula, está lejos la cosa real, pero usa el Skype y conseguirás dejar de ser una perra!
—Quién dice que no lo he tenido ya? —respondí tímidamente, muy feliz de que ella no viese el rubor que se arrastraba sobre mis mejillas al recordar mi charla de anoche con Pedro. Oh las maravillas de la tecnología.
—¡Bueno maldición! —Ella golpeó la mesa de la cocina—. Por lo menos alguien está haciendo algo en esta casa esta semana. —Ella se echó a reír. Cedí y finalmente me giré, mi risa uniéndose a ella. Se llevó la copa a los labios de nuevo y me miró mientras ella soplaba para enfriar el café humeante—. Estoy feliz por ti, Paula. Muy contenta. El hombre te mira como si fueras la única mujer en el mundo. —Cuando me reí de ella diciéndole que estaba completamente equivocada, ella continuó—.Pedro te ha puesto esa chispa de nuevo en los ojos. Te ha hecho confiada y segura de ti misma de nuevo. Él ha hecho sentirte muy sexy... no me mires así —me dice cuando pongo los ojos en blanco—. He visto la ropa interior colgada secando en tu cuarto de baño, hermana, así que ni siquiera trates de negarlo. ¡Me encanta! Así que, ¿cuándo vuelve el guapo semental de todos modos?
—Dos días más —suspiré.
—¡Gracias a Dios! Entonces, puedes dejar de ser una perra delirante —bromea con una sonrisa—. ¡Tienes que ser una chica mala!
—Lo sé. Lo sé. —Le lancé una rápida sonrisa mientras metía mi almuerzo en mi bolsa, sabiendo que las siguientes cuarenta y ocho horas se iban a arrastrar en un gran tiempo—. Me tengo que ir antes de llegar tarde. Te quiero. Adiós.
— Te quiero, adiós.
Tomo una profunda respiración mientras me sacudo a mí misma de mi ensueño. Lina tiene razón, lo tengo muy mal. Giro en mi silla y llamo de nuevo a Stella.
—¿Sí?

—Ahí estás... Hey ¿qué pasa con este encuentro ocupando toda mi tarde? —Trato de mantener la irritación de mi voz, pero es difícil. He estado trabajando sin parar desde el domingo y sólo quiero la tarde para ponerme al día.
—Hum, no estoy segura.
¿Qué? ¿Quién tomó a mi asistente excesivamente eficiente y la escondió?
—¿Qué quieres decir con que no estás segura?
—Bueno... —Tengo la sensación de su malestar, incluso a través de su voz por el interfono—. Quiero decir…
—¿Para qué es?
—Bueno, alguien de PAE llamó y me pidió que limpiara tu agenda para una reunión muy importante sobre el programa de patrocinio. Teddy estaba aquí cuando me llamaron y dio el visto bueno. Dijo que te lo diría... y supongo que por el sonido de tu voz, ¿que no lo hizo?
Mi corazón se acelera ante la mención de la empresa y luego se desinfla al saber que Pedro no va a estar allí. Y entonces mi mente comienza a girar y mi corazón se acelera porque tengo la sensación de que esto significa que voy a tener que estar cara a cara con Tamara y su equipo. Justo con la persona que menos quiero pasar cuatro horas confinadas en una habitación.
—No, no lo hizo. ¿Estás jodidamente bromeando? —digo antes de poder pararme.
—No. —Ella sonríe con simpatía, sabiendo que he estado quemando la vela por ambos extremos—. Lo siento. Sé que el día estaba lleno, pero fui capaz de mover todo a tu alrededor. Te he dejado un mensaje de voz... supongo que no llegaste oírlo tampoco, ¿eh?
—Ni siquiera he tenido la oportunidad de escucharlos desde que los revisé esta mañana.
—Bueno, al menos puede que veas ese trozo caliente de hombre ¿hmmm?
Me río abiertamente ante su comentario, sabiendo que los rumores se arremolinan alrededor de la oficina sobre lo que Pedro y yo hacemos o no hacemos. No tengo que justificarme ante ninguno de ellos, excepto para decir que asistimos juntos a la gala para promover el patrocinio, a pesar de lo que dice el título de People. No estoy segura de si alguien me cree o no, y honestamente
estoy demasiado ocupada para preocuparme, pero estoy segura de que el refrigerador de agua ha sido un lugar muy concurrido en los últimos tiempos.
—Nah. Cuando hablamos la semana pasada mencionó que estaría fuera de la ciudad durante la semana para una especie de gira promocional —miento.
—Es una lástima —murmura—. Mirarlo durante una reunión de cuatro horas sería definitivamente poner un poco de ánimo en el paso de cualquiera.
Su carcajada me llega a través de la línea, y puedo oír su eco en estéreo fuera de la puerta de mi oficina.
—Eres incorregible, Stella. ¿A qué hora tengo que estar allí?
—Van a enviar un coche para usted. Estará aquí en poco menos de treinta minutos.
¿Envío de un coche? Tamara probablemente quiere asegurarse de que no tengo ninguna manera de escaparme de sus malvados planes para mí. Resoplo una risa en mis pensamientos y llevo una mano para cubrirme la boca para sofocarlo.
—Está bien, Stell... No me gusta, pero creo que no tengo más remedio, ¿no?
—No. —Ella concuerda antes de desconectar la línea.
—¡Jodidamente asombroso! —murmuro en voz alta antes de coger un Tootsie Roll en la taza de mi escritorio. Creo que voy a necesitar una gran cantidad de ellos para ayudarme a enfrentar el resto de la tarde.

* * *

—Ya casi estamos ahí —dice Sammy desde el asiento del conductor—. Unos diez minutos más.
—Está bien. Gracias, Sammy —murmuro mientras estoy sentada en un hermoso SUV de clase G. Este debe ser otro más de su colección de coches. Lucho con la sonrisa que quiere aparecer. No me importa cuántos tiene, Sexo es sin duda mi favorito.
Sammy me mira por el espejo retrovisor, y le sonrío. Me sorprendió que fuese él, el que viniese a recogerme. Se lo dije, expresándole mi sorpresa de que Pedro lo haya dejado atrás en este viaje. Pensé que eran inseparables. Sammy me dio un encogimiento de hombros sin compromiso y sin decir una palabra. Y
ahora mi hiperactiva imaginación comienza a vagar en el viaje, y empiezo a preocuparme por Pedro. ¿Y si necesita ayuda para mantener a algún loco, fanático irracional de él y Sammy no está allí para ayudar a protegerlo? Niego con la cabeza, diciéndome que estoy loca. Pedro me confesó que él era rápido en los enfrentamientos de joven. Estoy bastante segura de que podría defenderse solo, si lo necesita.
Mi teléfono suena por un mensaje y lo saco de mi bolso, una sonrisa se extiende en mi cara cuando veo que es de Pedro.

Beckett me regañó por no darte gestos románticos. Él dice que tengo que darte flores y variedad de poesía. Esto es a lo más cerca que llego y lo mejor que se me podría ocurrir. “Las rosas son rojas. Las violetas son azules. Sentado en Nashville. Pensando en ti.”

Me río a carcajadas con la imagen de Beckett y Pedro sentados en Nashville y teniendo una discusión acerca de mí. Puedo ver claramente a Pedro rodando los ojos con la gran recomendación fraternal de Beckett de darme gestos románticos, a la vez que constituyen una rima de guardería para enviármela. Rápidamente abro la web en el teléfono buscando las diferentes versiones del poema preescolar. Después de unos pocos links diferentes, encuentro el perfecto.

¡Qué dulce! Y dijiste que no hacías lo del romance. Todavía está mi corazón haciéndolo latir. Esas deben de ser unas reuniones muy aburridas. Ahora, tengo uno para ti. Las rosas son rojas. Las violetas son azules. Estoy usando mi mano, pensando en ti. Xx.

Sonrío mientras lo envío, satisfecha con mi respuesta ingeniosa y deseando poderle ver la cara mientras lo lee. Pasan un par de minutos cuando mi teléfono suena de nuevo.


Mi pene está duro como un adolescente. Ahora me tocar escribir con una sola mano: Las rosas son rojas. Los limones son agrios. Si abres las piernas, voy a estar allí en una hora.

Me muerdo la risa que brota de mi garganta, apretando juntas mis rodillas para ahogar el dolor que nuestro pequeño tête-à-tête de textos ha despertado. Miro hacia arriba y me encuentro con los ojos de Sammy en el espejo, mis mejillas
se sonrojan como si supiera lo que estoy leyendo y los malos pensamientos que estoy pensando. Rápidamente aparto mis ojos y respondo

Un completo poeta, Ace. Es una lástima que no estés aquí. El vuelo dura al menos cuatro horas. No sé si puedo esperar tanto. Debería cuidar de mi misma. xx tengo que irme. Necesito mis manos para otras cosas ahora.

Doy a enviar mientras entramos en el estacionamiento de un gran edificio de un anodino gris, de tres plantas con un exterior de vidrio espejado. El edificio se extiende por la mayor parte de la manzana, y el único marcador que denota sus ocupantes son las letras “Empresas PA” en azul eléctrico en la fila superior de las ventanas.
—Aquí estamos —murmura Sammy y mi ansiedad aumenta ante la idea de tener que sentarse frente a Tamara. Cierro los ojos un momento e inhalo un largo suspiro, mientras que Sammy se mueve a mi lado del coche para abrir la puerta. Tengo que mantener la calma con Tamara porque lo último que necesito es ser conocida como la perra novia de Pedro. Doy gracias a Dios que he tenido mi pequeña distracción con los mensajes de texto para aliviar el temor.
En unos momentos me ha llevado a una entrada lateral y me dirige por las escaleras hasta la sala de conferencias de espera.
—Alguien te vendrá a buscar en un momento —dice mientras se va.
—Gracias, Sammy.
—Ha sido un placer, Sra. Chaves.
Me vuelvo y evalúo la sala de conferencias a la que he sido conducida. Hay una mesa larga, típica mesa de conferencias en medio de la habitación con las paredes pintadas de un color café caliente, pero el punto focal de la habitación es la pared opuesta a la puerta. Es una pared de cristal tintado y, mientras me acerco a ella, me doy cuenta de que la abertura mira hacia un enorme garaje.
Alrededor de varios coches de carreras hay un frenesí de actividad de hombres moviéndose aquí y allá. El chasquido de cajas de herramientas en línea azul cobalto de una pared del garaje con un carril de silla de clases, hechas de placa de diamantes de acero inoxidable a través de toda la sección media, con varios carteles y pancartas por encima de ella en la pared. Me acerco, fascinada y siento la energía de toda la actividad de abajo.

—Las rosas son rojas. Las violetas son azules. —La voz a mi espalda me asusta, pero me doy la vuelta rápidamente conociendo esa voz áspera en cualquier lugar—. Más vale que sea sólo mis manos sobre ti.
—Pedro. —Su nombre sale deprisa sin aliento de aire y a pesar de que todos los nervios de mi cuerpo hormiguean con su proximidad, los pies quedan cementados al suelo. Juro que mi ritmo cardíaco se duplica al verlo, y aunque mi intención es mantener la calma y la máscara en las emociones que causan estragos en mi sistema, no me ayuda la amplia sonrisa que se extiende sobre mis labios.
—¡Sorpresa! —exclama, levantando sus brazos hacia los lados. Él entra en la habitación y cierra la puerta detrás de él.
El verlo en carne y hueso, me hace darme cuenta de lo mucho que lo he echado de menos. ¿Cómo en un espacio tan corto de tiempo, me he acostumbrado a él, que ya es una parte de mi vida en mi día a día? Los dos tomamos un paso hacia el otro, bebiendo del otro. La mirada hambrienta en sus ojos me roba el aliento y alude a cosas que hacen que me duela el centro con calor líquido.
Mis ojos se mueven hacia su boca sensual. Se arquea en una esquina, como si sus pensamientos no fuesen exactamente puros e inocentes. Y espero que no lo sean, porque entonces estarían coincidiendo con los míos.
Mi cuerpo vibra con su cercanía, lo que confirma que el tiempo no ha hecho nada para frenar el instante tirón que tiene sobre mí. Superé hace mucho tiempo el andar con cuidado para no enamorarme de él y ahora estoy hundida hasta la cabeza.
Nuestros ojos se cierran a medida que poco a poco cerramos la distancia entre nosotros, y sé que no es posible, pero en ese instante juraría que veo un destello de mi futuro en sus ojos. La revelación me inquieta y libera a las mariposas que revolotean por mi estómago.
Nos detenemos a un pie del uno del otro, y él inclina la cabeza para que mis ojos queden en los suyos.
—Hola, Ace. —Le sonrío, mi pulso aun saltando erráticamente.
—Hola —articula, volcando una sonrisa tímida en la comisura de sus labios. Nos miramos el uno al otro por un instante, y antes de que pueda procesar ni siquiera pensar, las manos de Pedro se enredan en mi pelo, tirando de mí hacia adelante, con sus labios reclamando los míos.

Él sabe a menta y a urgencia y todo es Pedro, y a pesar de que me estoy ahogando en él, todavía me parece que no puedo obtener suficiente. Su lengua lame en mi boca y se burla, tirando hacia atrás y lanzándose de nuevo.
Su boca capta mi gemido cuando él baja su mano en mi espalda y las mete bajo mi falda y suéter para deslizar sus callosos dedos contra mi piel desnuda mientras presiona contra mí la dura longitud de su cuerpo. Y justo cuando el beso empieza a ablandar y a ponerse tierno, Pedro domina mi boca de nuevo, convirtiéndose en una serie de toques y movimientos como si nosotros no pudiésemos sentir lo suficiente el uno del otro.
Él rompe el beso, con la frente apoyada en la mía y la respiración jadeante contra mis labios.
—No podía dejar que recurrieses a la mano, Paula —murmura, y puedo sentir sus labios formando una sonrisa mientras se presionan contra los míos, sofocando la risa despreocupada que sus palabras incitan—. Ahora eres mía. Soy el único que puede darte placer.
Antes de que pueda pensar en una réplica ingeniosa, Pedro vuelve de nuevo a mi boca, su lengua hurga entre mis labios, su cuerpo me empujaba hacia atrás para que mis caderas golpeen el borde de la mesa de conferencias. Me presiona para sentarme, empujando mis piernas con la rodilla para abrirlas, y dar un paso entre ellas. Ahora estoy en una situación de desventaja de altura con él, y él se inclina sobre mis mejillas y las agarra con las manos, su lengua suave calmando el labio inferior donde acaba de morderme. Mi necesidad es aguda, mientras continúa su asalto tentador en mi boca y todo el sentido de la coherencia se pierde.
En un movimiento inesperado, saca su cara hacia atrás, con las manos aun enmarcando mis mejillas, y se me queda mirando. Sus ojos nadan con la emoción mientras aprieta la mandíbula con las palabras no dichas. Nos miramos el uno al otro y jadeo de la necesidad que impulsa cada acción y reacción posterior. Sentimientos que quiero confesar mueren en mis labios cuando la yema de su pulgar me alcanza rozando con dulzura. Algo ha cambiado entre nosotros, y no puedo poner mi dedo en la llaga, pero la mirada en sus ojos me dice todo lo que necesito saber: Él me quiere tanto como yo lo quiero. Cualquier duda desaparece con esta singular mirada.
—Te extrañé, Paula —dice en voz baja antes de envolver sus brazos a mi alrededor y pegarme a él. Pone su mejilla en la parte superior de mi cabeza,
mientras sus brazos me aprietan fuerte. Al oírle admitir, que también soy una parte de su vida cotidiana, me calienta en el interior.
—Yo también —murmuro mientras me derrito en la comodidad de sus brazos—. Más de lo que quiero admitir.
Un pequeño sonido retumba en el pecho, y yo sé que mis palabras le han afectado. Nos sentamos así durante unos momentos, disfrutando de la calidez y la comodidad del otro que hemos echado de menos en la última semana y media; estamos absorbiendo lo que hemos reconocido finalmente, verbalizándolo, y los dos lo estamos aceptando a nuestra propia forma. Planto un beso suave sobre su corazón sin pensar.
—Me gusta mucho mi sorpresa. Sabes cómo echar a perder a una chica. Gracias.
—De nada —me dice, besando la parte superior de mi cabeza—. No estaba seguro de cómo reaccionaría tu oficina si simplemente irrumpía y te tomaba sobre el borde de tu escritorio.
—¿Qué? —Me río a carcajadas mientras mi cuerpo se calienta en el pensamiento. Me recuesto para poder mirarlo a los ojos—. Ese era tu plan, ¿eh?
—En tiempos desesperados se requieren medidas desesperadas.
—Creo que una vez me dijiste que estabas lejos de la desesperación —bromeo, lanzando sus palabras contra él.
Él se ríe en voz baja antes de fruncir los labios.
—Eso fue antes de pasar una cantidad infinita de tiempo en, sólo Dios sabe cuántas reuniones aburridas, pensando exactamente en lo que me gustaría estar haciendo contigo. —Una sonrisa lasciva se propaga a través de sus labios—. Y a ti.
—Eso es un montón de pensamientos sucios.
—Oh, Paula, no tienes ni idea.
Trago con fuerza, la lujuria salta a sus ojos y oscurecen sus iris dándome una pista.
—Por lo tanto, en esos pensamientos impuros, ¿planeaste actuar en mi oficina? ¿En mi escritorio? —Arqueo mi frente en burlona desaprobación, pero la sonrisa de mi cara me traiciona.

—Sí. Te lo dije —dice siguiendo el juego—. Tomo lo que es mío cuando lo quiero...
—¿Con la audiencia de mis compañeros de trabajo?
—Ah- huh. —Sonríe como un colegial travieso—. Yo había planeado en ir directamente desde el aeropuerto esta mañana, pero no pensé que Teddy lo aprobaría.
Me paso la lengua por el labio superior cuando miro hacia él, poniendo las manos detrás mío en la mesa para poderme inclinarme hacia atrás sobre ellas, mis hombros arqueándose y mis pechos empujándose hacia adelante. Tomo nota de los ojos de Pedro y su valoración lánguida de mi nueva postura, sus ojos se encienden y la lengua se lanza hacia fuera para mojar los labios.
—¿Desde cuándo te importa lo que piensa la gente?
—Oh, cariño, créeme, no me importa... —Él sonríe—. Pero todavía tenemos que preservar tu reputación.
—Creo que fue arruinada en el momento en que empecé a salir contigo.
—Probablemente. —Se encoge de hombros en indiferencia—. Sigo pensando que tu jefe podría oponerse a que su empleada estrella sea follada en su escritorio.
—¿Pero y tu jefe? —digo juguetonamente—. ¿Él está de acuerdo con que sus empleados hagan cosas como estas? ¿Aquí?
Una lenta sonrisa sugerente enrosca en una esquina de su boca, profundizando su hoyuelo.
—Oh, creo que sí —dice, inclinándose y poniendo sus manos al lado de mis rodillas en la mesa.
—¿Eso crees? ¿Por qué es eso? —le pregunto, entrecerrando los ojos en él, mientras sigo con el juego.
—Oh, él tiene un gran interés en esa situación aquí —murmura Pedro mientras se acerca más a mí.
—¿En serio? —Yo respiro mientras involuntariamente arqueo la espalda para frotar mis senos contra su pecho. Me muerdo el labio inferior mientras nos miramos el uno al otro.
El aliento de Pedro susurra en mi cara.

—A veces es jodidamente genial ser el jefe —dice antes de bajar sus labios a los míos de nuevo, pero esta vez se trata de un beso dolorosamente lento que me seduce y me atormenta hasta el punto de no retorno.
Yo lo quiero, y lo quiero ahora. Mi Dios, el hombre se me antoja con una intensidad que nunca pensé que era imaginable. Sus dedos comienzan un lánguido y lento deslizamiento hasta mis brazos, mi cuerpo se enrolla en el pensamiento de cuál es el siguiente camino de sus talentosos dedos.
Inclino mi cabeza hacia atrás mientras su boca roza por mi mandíbula y mi cuello expuesto a él. Alcanzo su cadera con una mano y tiro de él con más fuerza contra mí, mientras su boca cae por debajo de la línea del cuello de mi suéter.
—Pedro. —Exhalo mientras la necesidad chorrea de sudor por mi núcleo y el fuego se extiende por mis venas.
Un sonido fuerte llena la habitación de repente y Pedro se hunde contra mí, mientras oigo:
—Disculpe, ¿Pedro? —se escucha desde el teléfono en el aparador.
—Mierda —murmura en voz baja contra mi cuello—. ¿Sí?
—Beckett está buscándote por todos lados. Algo acerca de un problema con Eddie... —Se desvanece como si ella tuviese miedo de su respuesta.
—Cristo —jura en voz alta, su cuerpo se tensa como respuesta a su comentario.
—Lo mismo pienso.
—¿Dónde?
—Están en el piso del garaje.
—Voy a estar allí. Gracias, Brooke.
El teléfono hace clic mientras Pedro endereza su cuerpo a su altura máxima. Me empujo fuera de la mesa de conferencias mientras él se acerca a la pared de vidrio de visión para mirar el garaje de abajo. Cuando se da la vuelta hacia mí, ha pasado de ser el amante juguetón a ser él consumado empresario.
—Me disculpo, Pau. Tengo que ir a ocuparme de algo abajo. ¿Vienes conmigo? —me pregunta, alzando su mano, y me impresiono ligeramente. El Sr-Yo–No-Quiero-Compromisos, ¿quiere sostener mi mano en su trabajo? ¿No es demasiada “exhibición pública” para alguien con su historia?

—Puedo quedarme aquí, si quieres —ofrezco humildemente, no queriendo apartarme de su lado.
Él sólo me mira extrañamente antes de llegar a salir, me agarra de la mano y me tira contra él.
—No voy a dejarte ir, Pauli, hasta que consiga mi ración de ti —advierte en una promesa que hace que las llamas del deseo laman en mi centro—. Y eso puede que tome un largo tiempo de mierda.


SEGUNDA PARTE: CAP 59

El sonido de mi celular me sorprende y me despierta, y en la tenue luz del amanecer, me estiro por él en mi mesa de noche.
—¿Hola? —murmuro aturdida, temerosa de que a pesar de que no es el tono designado, algo esté mal posiblemente con uno de los chicos de la casa.
—Buenos días, soñolienta. —La voz ronca de Pedro suave y aterciopelada llena mis oídos. Puedo oír su sonrisa a través de la línea, y envía escalofríos por mi columna vertebral directo hasta la punta de mis dedos. Definitivamente estoy despierta.
—Buenos días —murmuro, hundiéndome de nuevo en la comodidad de mi cama caliente.
—¿Tienes alguna idea de lo mucho que me gustaría estar enredado contigo en esa cama tuya? ¿Y estar despertándome contigo y tener sexo mañanero despreocupado en lugar de solo llamarte a tu celular?
Sus palabras sutiles pero seductoras cumplen su objetivo mientras me muevo en mi cama para calmar el dolor que simplemente está desplegando en mí.
—Estaba pensando en la misma cosa —susurro suavemente, mi mente vaga a cuánto ya lo echo de menos. Cuánto responde mi cuerpo automáticamente con el sonido de su voz. Miro mi camiseta de algodón y ropa interior y sonrío—. Considerando que estoy muy fría y muy desnuda y sé que sabes exactamente qué hacer para calentarme. —Una pequeña mentira no le hace mal a nadie cuando se está tratando de mantener el fuego ardiendo, ¿verdad?
Lo oigo aspirar en un siseo.
—Dulce jodido Jesús, mujer, sabes cómo hacer que un hombre te deseé —dice en voz baja mientras escucho otras voces en el fondo y me doy cuenta de que no está solo.
Sólo han pasado cuatro días desde el maravilloso fin de semana juntos, pero se siente como una eternidad desde que pude tocarlo. Él me llevó a casa el lunes
por la mañana de camino al aeropuerto, y desde entonces he tenido que sobrevivir con los textos y llamadas telefónicas que me dejan desprovista y actuando como una adolescente enamorada.
—Ya regreso —le dice a alguien fuera del altavoz, y oigo la charla desvanecerse en el fondo—. No estoy seguro de que las personas que desayunan aquí en el hotel me quieran ver frotarme porque mi novia es tan jodidamente caliente. —Se ríe con esa risa de dormitorio seductora suya a través de la línea y la dejo arrastrarse sobre mí.
Y me congelo cuando la palabra que dijo rompe a través de la neblina de sueño de mi cerebro.
Novia. Quiero pedirle que lo diga de nuevo para poder escuchar la palabra que es tan simple, pero que literalmente me dejó sin aliento. Pero es el hecho de que lo diga tan casualmente, como si fuera la forma en que piensa en mí, que no quiero llamar la atención sobre eso.
Me hundo más en la comodidad de mi cama con una gran sonrisa estampada en los labios. —¿Cómo está Nashville?
—Es Nashville —responde con humor—. No está mal, pero no es casa. Lamento despertarte con la diferencia de horario, pero estaré sumamente ocupado durante todo el día, y quería asegurarme de poder hablar contigo. De escuchar tu voz.
Sus palabras suavizan mi sonrisa, sabiendo que él está pensando en mí a pesar de que está trabajando y preparándose con su principal patrocinador.
—Tu voz es definitivamente una mejor alarma que mi despertador... —vacilo, frenando antes de meter la pata y decir lo que está en mi mente—. Te extraño —le digo, esperando que escuche lo que realmente quiero decir detrás de las palabras. Que lo extraño más que el sexo. Que lo echo de menos completamente.
Se queda en silencio en el otro extremo de la línea por un momento, y creo que tal vez he expresado mucho afecto para el Señor Estoico.
—También te echo de menos, cariño. Más de lo que creía posible. —Su última declaración la dice en voz muy baja, como si no pudiera creerlo. Sonrío ampliamente y me acurruco dentro de mis sábanas mientras sus palabras me calientan—. ¿Cuáles son tus planes para el día?

—Hmmm... dormir un poco más y luego correr, lavandería, limpieza de la casa... Tal vez cenar con Lina. —Me encojo de hombros, aunque sé que no lo puede ver—. ¿Cuál es tu horario?
—Reuniones de marca con el equipo de Firestone, giras de patrocinio, un viaje a un hospital de niños, la mejor parte del día, si me lo preguntas, y luego una pequeña cena formal esta noche. Tendré que consultar con Tamara el orden exacto. —Suspira mientras enderezo los hombros involuntariamente con su nombre—. Los días pasan todos a la vez a veces en estos viajes. Todo es importante, pero también es muy aburrido.
—Apuesto a que sí. —Me río—. La próxima vez te quedes dormido en uno, sólo imagina lo que te hizo mi boca el domingo pasado —murmuro para él en mi voz entrecortada. Imágenes pasan a través de mi mente y no puedo combatir la sonrisa que viene con el recuerdo.
Un ahogado gemido llega desde el otro extremo de la línea.
—Jesús, Pau, ¿estás deliberadamente tratando de hacerme caminar por ahí con una erección permanente hoy? —Cuando mi única respuesta es un suspiro de satisfacción, él continúa, el tono de su voz expresa su deseo no satisfecho. —Cuando regrese, te encerraré en mi habitación todo un fin de semana, te ataré si tengo que hacerlo, y serás mi esclava sexual. Tu cuerpo será mío para usarlo cuando me plazca. —Se ríe—. Ah, y no te preocupes Pauli, tu boca será también utilizada y algo más.
¡Hola, señor dominante!
—¿Por qué nos estás limitando solo a tu habitación? Creo que tienes numerosas superficies en esa gran casa tuya que se pueden utilizar.
El gemido que emite causa que algo se retuerza dentro de mí.
—Oh, no te preocupes dónde. Sólo preocúpate de cómo vas a caminar después. —Su risa es tensa y suena de la forma en que me siento.
—¿Me lo prometes? —susurro, mi cuerpo se calienta al pensar en ello.
—Oh, cariño, apostaría mi vida en esa promesa. —Oigo que lo llaman en el fondo—. ¿Estás listo, Becks? —dice, lejos del altavoz antes de suspirar con fuerza—. Me tengo que ir, pero te llamaré después si no es demasiado tarde, ¿de acuerdo?
—Está bien —respondo suavemente—. No importa el momento. Me gusta escuchar tu voz.

—¿Hey, Pau?
—¿Sí?
—Piensa en mí —dice, y puedo escuchar algo en su voz: inseguridad, vulnerabilidad, ¿o es la necesidad de sentirse querido? No, no deseado. Él tiene eso todo el tiempo. Tal vez es la necesidad de sentirse necesitado. No puedo descifrarlo, pero esa pequeña petición tiene a mi corazón apretándose en mi pecho.
—Siempre. —Suspiro, hay una sonrisa en mis labios cuando la línea muere.
Me siento con el teléfono en la oreja por bastante tiempo, tantos pensamientos corren por mi cabeza sobre Pedro y el lado dulce y cariñoso de él. La parte de la que recibo más y más vistazos. No puedo evitar la amplia sonrisa en mi cara cuando cuelgo el teléfono y me hundo en mi cama. Me obligo a volver a dormir, pero los pensamientos de él y de un sinfín de posibilidades me lo impiden.
La próxima vez que miro el reloj, me sorprendo de que una hora ha pasado mientras he estado perdida en mis pensamientos, pensando en nuestro tiempo juntos. Sobre cómo en tan poco tiempo él me trajo de esas enloquecedoras bajas a increíblemente altas como me siento ahora.
Por fin empiezo a quedarme dormida cuando mi teléfono suena de nuevo.
—¿En serio? —digo en voz alta hasta que veo quién llama.
—¡Hola, mamá!
—Hola, cariño —dice ella, y sólo escuchar su voz me hace querer verla de nuevo. Siento como si hubiera sido desde siempre que he podido abrazarla—. Entonces ¿cuándo ibas a contarme sobre el nuevo hombre en tu vida? —pregunta, su tono es insistente.
Nada como ir directamente al grano.
—Bueno, no te vas por las ramas o algo. —Me río de ella.
—Cómo crees que me sentí cuando estaba hojeando la revista People la semana pasada y mira, creí ver una foto tuya. Así que doy la vuelta de nuevo y efectivamente allí estabas, mi hija, viéndose absolutamente impresionante, del brazo de ese alto, moreno y pecaminosamente apuesto Pedro Alfonso. —Empiezo a hablar pero ella continúa—. Y luego leí el título que decía “Pedro Alfonso y su nueva amante calientan la noche de la función de caridad de los
Chicos”. ¿Sabes qué sorpresa fue verte ahí? Y después, pensar que estás saliendo con alguien y que ni siquiera lo sé.
Puedo oír la conmoción en su voz. Y el dolor por no hablarle de mi primera cita desde Max. Que había tenido que averiguarlo de una revista. Miro mi tocador donde la copia de People se encuentra.
—Oh, mamá, no seas tonta. —Suspiro, sabiendo que le hice daño al no confiar en ella.
—No seas tonta. —Ella se burla—. El hombre ha donado una gran cantidad de dinero para llevar tu proyecto a buen término para conseguir tu atención y ¿estás diciendo que estoy siendo tonta?
—Mamá —advierto—, no es por eso que él donó el dinero. —Ella se aclara la garganta en el otro extremo de la línea a mi respuesta—. No, en serio. Su compañía escoge todos los años a una organización al año para hacer beneficencia, y este año pasó a ser la mía. Y no te estaba diciendo que no... las cosas han sido simplemente una locura.
—Bueno, creo que está bien decirte que me dijiste acerca de su compañía donando el dinero para el proyecto, pero omitiste decir que en realidad lo habías conocido... ¿entonces? —pregunta con escepticismo.
—Lo conocí en la función de caridad —le respondo sin dar más.
—Y ¿qué sucedió en esa función?
—¿Has hablado con Lina? —le pregunto. No hay manera de que sepa qué preguntar sin haber hablado con Lina.
—Deja de evitar la pregunta. ¿Qué pasó en la función?
—Nada. Hablamos durante unos minutos y luego me alejé por un problema con una cita de la subasta. —Mi querida vieja madre no tiene por qué saber sobre el breve interludio detrás del escenario antes de eso.
—¿Y cuál fue el problema?
—¡Madre!
—Bueno, si me hubieras contestado directamente la primera vez, nos tendríamos que jugar este juego del gato y del ratón que estás jugando ahora ¿verdad?
¿Qué pasa con las madres? ¿Son clarividentes?

—Está bien, mamá. Una concursante se enfermó. Tomé su lugar. Pedro hizo una oferta para una cita conmigo y ganó. ¿Estás contenta ahora?
—Interesante —dice, pronunciando cada sílaba, y te juro que puedo oír la sonrisa en su cara en una sola palabra—. Así que dime ¿estoy siendo tonta cuando uno de los hombres más sexy del mundo está persiguiendo a mi hija, donando a su caridad para llamar su atención supongo, y llevándola a eventos de alto perfil para presumirla? ¿En serio? ¿Y cómo es que yo soy la tonta, Paula?
—Mamá...
—¿Qué tan serio es? —dice inexpresivamente, y no debería sorprenderme por su franqueza, pero incluso después de todos estos años, todavía lo estoy.
—Mamá, Pedro no es serio. —Trato de desviarme.
—No trates de jugar conmigo, Paula —me regaña—. Te conozco lo suficientemente bien para saber que cualquier hombre al que le des tu tiempo obviamente vale la pena. Y que no pierdes el tiempo con alguien que está para una rápida revolcada. —Me estremezco al escuchar sus palabras. Si supiera sobre los acuerdos de Pedro, estoy segura de que no estaría tan segura de mi juicio entonces—. Así que dime, cariño, ¿qué tan serio es en verdad?
Suspiro fuertemente, sabiendo que mi madre es tenaz cuando quiere una respuesta.
—Honestamente, desde mi punto de vista, podría ser algo. Desde el de él... bien, Pedro no está acostumbrado a estar más de un par de meses con alguien. Estamos viéndolo a medida que avanzamos —le respondo en voz baja y tan honestamente como me es posible.
—Hmmm —murmura antes de caer en silencio—. ¿Él te trata bien? Porque sabes que siempre te tratan de lo mejor al comienzo de la relación, y si no es bueno el comienzo entonces no vas a conseguir nada mejor.
—Sí, mamá —le digo como una niña.
—Lo digo en serio, Paula Chaves —dice, con voz implacable. Debe hablar en serio si está usando mi nombre y mi apellido—. Él lo hace ¿no?
—Sí, mamá. Me trata muy bien.
Oigo su cálida risa en el otro extremo de la línea, y puedo decir que está aliviada.

—Sólo recuerda lo que siempre digo, no te pierdas a ti misma tratando de aferrarte a alguien a quien no le importa perderte. —Vocalizo las palabras que ella dice poniendo los ojos en blanco. Las palabras que me dijo desde que empecé a enamorarme de los chicos cuando era adolescente.
—Lo sé.
—Oh, cariño, ¡estoy tan feliz por ti! Después de todo lo que has pasado... te mereces nada más que felicidad, mi dulce niña.
Sonrío a su amor incondicional y preocupación por mí, apreciando la gran madre que tengo.
—Gracias, mamá. Estamos tomando las cosas un día a la vez en este momento y ver a donde nos lleva.
—Esa es mi chica. Siempre con la cabeza fría sobre los hombros.
Suspiro, una suave sonrisa llega a mi cara.
—Entonces, ¿cómo van las cosas? ¿Cómo has estado? ¿Cómo está Papá?
—Todo está bien aquí. Papá está bien. Ocupado como siempre, pero ya sabes cómo es. —Se ríe y puedo imaginarla pasando su lengua por su labio superior, como es su costumbre—. ¿Cómo están los niños?
Sonrío ante la pregunta de mi mamá. Los trata como si también fueran de la familia, siempre les envía golosinas, galletas o pequeñas cosas que hacen que se sientan especiales.
—Están bien. Creo que Shane tiene su primera pseudo-novia, y Zander está progresando poco a poco. —Paso a los chicos y hablo de cada uno de ellos, respondiendo a sus preguntas, y puedo sentir otro paquete de alimentos en camino para ellos.
Podemos hablar un poco más antes de que se tenga que ir. —Te echo de menos, mamá.
Mi voz se quiebra con mis palabras porque ella puede ser difícil y agobiante, pero sólo quiere lo mejor para mí. La amo más que a nada.
—Yo también te echo de menos, Pau. Ha pasado mucho tiempo desde que te vi.
—Lo sé. Te quiero.
—Yo también te quiero. Adiós.

Termino la llamada y me acurruco de nuevo en mi cama caliente en la que, por alguna razón nadie me va a dejar dormir esta mañana. Echo un vistazo a la cómoda a la revista People y la agarro. Le doy la vuelta abriéndola en la página marcada y ahí estoy.
Miro la foto de Pedro y yo en la alfombra roja de la Fundación Kids Now. Él está de pie, con los hombros cuadrados hacia la cámara, con la mano en un bolsillo de sus pantalones y su otra mano alrededor de mi cintura. Su bolsillo delantero es cuadrado y centrado. Su cara está mirando hacia la cámara, pero su barbilla y ojos están inclinados hacia mí con una gran sonrisa en su rostro.
Mis ojos son atraídos a la parte de la imagen que más me gusta, la forma en que sus manos agarran mi cadera, un abrazo posesivo que le anuncia al mundo que soy suya.
Vuelvo a leer el título otra vez y suspiro. Estoy tan contenta de que la prensa no haya conseguido mi nombre todavía. No estoy lista para ser arrojada al circo mediático, pero sé que es inevitable si estoy con Pedro.
—Esas son las consecuencias del riesgo —murmuro para mis adentros.
Sostengo la foto en mi mano, mirándola fijamente hasta que me convenzo a mí misma de salir a correr. Salgo de mi cama cuando mi teléfono suena con un mensaje. Me río a carcajadas de la regla de la tecnología en mi vida esta mañana y, sin embargo, recojo mi teléfono para ver el nombre de Pedro. No puedo evitar la sonrisa en mis labios.

Tengo pensamientos sucios de ti en medio de la reunión. No me levantaré por un tiempo. Bruno Mars - Locked Out of Heaven.

Me río a carcajadas, conociendo la canción y sintiéndome halaga al mismo tiempo con la letra. Le mando un mensaje en respuesta.

Me alegro de poder ayudar con tu aburrimiento, Ace... es lo menos que puedo hacer. ¡Ten más pensamientos! TLC - Light Red Special.

Sonrío mientras lanzo mi teléfono en mi mesita de noche, sabiendo que él tendrá un rato difícil tratando de concentrarse en su reunión de hoy.