viernes, 19 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 93

La expectación vibra y la alegría fluye a través de mí mientras manejo por
la carretera bañada por el sol de regreso a la casa de Pedro, de regreso a
lo que he estado llamando hogar durante la semana pasada. Un silencioso
pasito de puntitas dentro de un monumental paso en nuestra relación.
Es solo por necesidad. No porque él quiera que me quede con él durante un
periodo de tiempo no especificado. ¿Cierto?
Mi corazón es más ligero después de pasar mi primer turno de veinticuatro horas
en más de tres semanas con los muchachos. No puedo evitar sonreír, recordando la
abnegación de Pedro para sacarme de la casa a mí y a los muchachos sin un séquito
de paparazzi. Como estaba detrás del volante del Range Rover y sus fuertemente
polarizadas ventanas, Pedro abrió la puerta de la entrada de su casa y se fue derecho
hacia el frenesí de reporteros, jalando toda la atención sobre sí mismo. Y mientras los
buitres descendían, conduje por el otro lado y me fui sin nadie siguiéndome.
La anticipación no es intrascendente.
La frase baila por mi mente, un desfile de posibilidades se deja caer a partir de
las cinco palabras que Pedro me envió en un mensaje más temprano. Y cuando traté
de llamarlo para preguntarle qué quería decir, el teléfono se fue al buzón de voz y otro
texto fue enviado en respuesta.
Sin preguntas. Estoy en control ahora. Te veo después del trabajo.
Y la sencilla idea de que después de estar con él, básicamente sin parar durante
tres semanas y ahora no estoy autorizada a hablar con él… eso en sí mismo ha creado
seria anticipación. Pero la cuestión permanece, ¿qué exactamente se supone debo estar
anticipando? Por mucho que mi cuerpo ya lo ha decidido, vibrando a lo que sabe es la
respuesta, mi mente está tratando de prepararme para algo más. Temo que si pienso
que realmente ha sido limpiado por el médico y no lo ha sido, estaré tan frenética de
necesidad y abrumada con el deseo de que tomaré lo que quiero, lo que estoy
desesperada por tener, a pesar de que no es seguro para él.
No puedo evitar sonreír de satisfacción cuando pienso en lo que esta noche
podría traer, de la mano de un gran cambio con los otros hombres en mi vida. Me sentí
como una estrella de rock entrando a La Casa por la cálida y cariñosa recepción que
recibí de los chicos. Los extrañé mucho y fue un sonido muy reconfortante escuchar
a Ricky y Kyle disputando sobre quién es el mejor jugador de béisbol, escuchar el dulce
sonido de la voz de Zander en sus esporádicos pero firmes combates, escuchar a Shane
hablar nerviosamente de Sofía y a Pedro poniéndose cada vez mejor así que puede
enseñarle a conducir. Hubo abrazos y afirmaciones de que Pedro está realmente bien
y que todos los titulares en los periódicos diciendo otra cosa no eran ciertos.
Le subo a la radio cuando What I Need empieza y me pongo a cantar en voz alta,
las letras refuerzan mi buen ánimo, si eso es posible. Miro por encima de mi hombro
y cambio de carril, notando el sedán azul oscuro por tercera vez. Tal vez no escapé de
los paparazzi después de todo. O tal vez es uno de los chicos de Sammy simplemente
asegurándose de que llegué bien a casa. De todos modos, tengo una sensación
ligeramente inquietante.
Empiezo a ponerme paranoica y alcanzo mi teléfono para llamar a Pedro y
preguntarle si le pidió a Sammy que pusiera un servicio de seguridad para mí. Extiendo
el brazo por el frente del asiento del acompañante y mi mano golpea todos los regalos
hechos en casa que los chicos hicieron para Pedro. Es entonces que me acuerdo que
cuando dejé mis cosas en la cajuela, bajé mi teléfono y olvidé tomarlo de vuelta.
Miro mi espejo de nuevo y trato de sacudir la sensación que me come, que me
hace preocuparme cuando veo el auto todavía a cierta distancia por detrás y me obligo
a concentrarme en la carretera. Me digo que es solo un fotógrafo desesperado. No es
gran cosa. Este es territorio de Pedro, algo a lo que está completamente acostumbrado,
pero yo no. Suelto un audible suspiro mientras me abro camino a través de la
comunidad junto a la playa y hacia Broadbeach Road.
No debería sorprenderme que los paparazzi todavía obstruyan la calle fuera de
las puertas de Pedro. No debería estremecerme de que tenga que navegar por las calles
mientras caen sobre mí cuando se dan cuenta de que estoy conduciendo su auto. No
debería revisar mi espejo retrovisor de nuevo mientras pulso el botón para que se abran
las puertas y ver al sedán estacionado contra la cuneta. Debería darme cuenta de que
la persona en el auto nunca sale, nunca reclama su cámara para tomar la foto por la
que me ha estado siguiendo, pero conducir con luces de cámaras explotando a mi
alrededor, es difícil concentrarse en otra cosa.
Exhalo un tembloroso suspiro mientras las puertas se cierran detrás de mí y
estaciono el Rover. Salgo del auto, mis manos están como un flan y me pregunto cómo
alguien se puede acostumbrar al caos absoluto de los medios frenéticos mientras los
escucho todavía diciendo mi nombre desde el muro. Levanto la vista hacia donde
Sammy se encuentra parado justo dentro de la puerta y acepto el asentimiento que me
da. Empiezo a preguntar si ha agregado un hombre para mí, pero de repente recuerdo
el mensaje de Pedro.
La anticipación no es intrascendente.
Todo en mi cuerpo se aprieta y enrosca, mis nervios ya están enloquecidos y
sufriendo por el hombre dentro de la casa frente a mí. Abro la cajuela del auto y tomo
mi bolso, pensando que dejaré todo lo demás y lo sacaré más tarde. Me muevo
rápidamente a la puerta principal, tengo la llave en la cerradura y la puerta se abre en
segundos. Cuando cierro la puerta, la cacofonía de afuera es silenciada y me recuesto
contra la madera, mis hombros se encorvan ante la literal y figurativa noción de que
acabo de dejar fuera al mundo y estoy ahora en mi pedacito de cielo.
Ahora estoy con Pedro.
—¿Un día difícil?
Casi salto de mi piel. Pedro sale de la sombría alcoba y toma todo lo que tengo
para recordar respirar mientras se apoya contra la pared detrás de él. Mis ojos con
avidez raspan sobre cada borde definido, cada centímetro de masculinidad pura de su
cuerpo, cubierto solo con un par de pantalones cortos rojo que cuelgan bajo en sus
caderas. Mi mirada se pasea por su pecho y sobre los recordatorios entintados para
tomar el fantasma de una sonrisa ladeada, pero es cuando nuestros ojos se cierran que
capto la chispa justo antes de que detone la dinamita.
Y de una respiración a la siguiente, declarado por un gemido carnal, está sobre
mí, su cuerpo se estrella contra el mío, presionándome contra la puerta, con su boca
haciendo mucho más que besarme. Está tomando, reclamando, marcándome con una
necesidad sin trabas e insensato abandono. Inmediatamente levanto las manos y apuño
el cabello de su nuca mientras una de sus manos me hace lo mismo, su otra mano está
en mi cadera, sus desesperados dedos cavan en mi dispuesta carne. Mis pechos pesados
y en punta se presionan contra la firmeza de su pecho, el calor de su piel añade calor
a la llamarada construyéndose dentro de mí.
Un infierno de necesidad se levanta dentro de mí que no creo que será saciado.
Nos movemos en una serie de reacciones fervientes, su mano sostiene mis rizos
como un rehén por lo que mi boca está a merced de sus hábiles labios. Así su lengua
puede profundizar, tentar y probar como un hombre saboreando su última comida,
como un hombre diciendo que se joda la moderación y aceptar la gula como un pecado
bien recibido.
Mis manos rozan sus omóplatos mientras jadea, tan agradecida de tener la
oportunidad de sentir de nuevo, antes de que eleve mi pierna y la ponga sobre su
cadera. Gimo, el cambio de posición le permite a su erección dura como roca, ser
perfectamente colocada contra mi adolorido núcleo. Echo la cabeza hacia atrás contra
la puerta mientras la tenue fricción me inunda y Pedro se aprovecha de mi recién
expuesto cuello. Su boca está en la tierna carne en un latido, su lengua se desliza contra
mis nervios, trayéndolos a la vida y luego simultáneamente chamuscándolos con el
deseo.
Mis dedos se agarran de su bíceps flexionado mientras sus manos hacen un
trabajo rápido con el botón de mis jeans. Contoneo mis caderas cuando sus manos se
deslizan entre la tela y mi expectante carne. Salgo de ellos mientras sus dedos
deambulan y rozan mis hinchados pliegues para tentar pero no para tomar. Su otra
mano se apropia de mi espalda, como una barrera entre la puerta y yo y me aprieta
aún más en él.

La necesidad se hincha a alturas insondables mientras las parasitarias cepas de la
desesperación consumen cada parte de mi cuerpo.
—Pedro —gimo, queriendo, no, necesitando, que él complete nuestra
conexión. Mis manos acarician su torso y desgarran el velcro en sus pantalones cortos.
Oigo el silbido de su respiración mientras mis manos encuentran y rodean su torturada
longitud. Todo su cuerpo se tensa ante la sensación de mi piel sobre la suya.
—Pau.. —jadea mi nombre mientras deslizo mi mano arriba y abajo de él. Sus
manos se abren camino por debajo de mi blusa, despojándome de ella y haciendo un
rápido trabajo con el broche de mi sujetador—. Paula —dice entre dientes. Está tan
abrumado por las sensaciones rebotando a través de él que deja de besarme, deja de
mover sus manos sobre mi carne y las apoya contra la puerta a cada lado de mi cabeza.
Presiona su frente contra la mía mientras vibra con la necesidad recorriendo a través
de él, su aliento sale en respiraciones cortas y agudas contra mis labios.
Dice algo en voz tan baja que no puedo oírlo por debajo de la pesada respiración
llenando la habitación de otro modo silenciosa. Muevo mis manos de nuevo,
disfrutando de la sensación de él temblando contra mí.
—Detente —dice en voz baja contra mis labios y esta vez lo escucho. Al instante
me detengo y me muevo hacia atrás para verlo, temiendo que le duela la cabeza. E
inmediatamente estoy desconcertada por la vista de sus ojos fuertemente cerrados.
Inhala un doloroso respiro y abre lentamente los ojos para encontrar los míos,
mientras sus dedos suavemente amasan mi culo.
—Estoy jodidamente desesperado por enterrarme, sentir, perderme,
encontrarme a mí mismo en ti, Pau... —dice, la tensión en su cuello es visible y su
desesperación audible—. Te lo mereces suave y lento, nena, pero lo único que seré
capaz de darte es duro y rápido, porque ha pasado tanto maldito tiempo desde que te
tuve.
Mi Dios, el hombre es tan condenadamente sexy, su admisión da tal giro, que no
creo que se dé cuenta de que no importa suave y lento. Mi cuerpo está tenso, tan
apretado con las emociones, los nervios, la fuerza de voluntad, que un solo toque de él
sin duda me romperá, me destrozará en un millón de malditas piezas de placer que
curiosamente me harán completa de nuevo.
Ladeo mi cabeza hacia él, me inclino y rozo mis labios con los suyos. Oigo su
dolorosa inhalación, siento la tensión en sus labios cuando suavemente jalo su labio
inferior entre mis dientes. Cuando me retiro, encuentro sus ojos cargados de lujuria.
—Te deseo —le susurro, con una mano envuelta alrededor de su longitud de
hierro y la otra apuñada en el cabello de su nuca, para que pueda sentir la intensidad
de mi deseo—. De cualquier manera que pueda tenerte. Duro, rápido, suave, lento, de
pie, sentada… no importa siempre y cuando seas tú el que está enterrado en mí.
Me mira por un instante, la incredulidad en guerra con la necesidad embravecida
en sus ojos. Puedo verlo tratar de controlarlo, lo puedo sentir temblar de necesidad y
sé el instante en que su determinación se desmorona. Su boca encuentra la mía,
dolorosos labios y lenguas uniéndose, mientras toma, prueba y tienta como solo él
puede. Fuertes manos delinean mi torso, sus pulgares rozan la parte inferior de mis
pechos ya pesados de necesidad, antes de descender de nuevo por la curva de mis
caderas.
Si pensé que las semillas de deseo plantadas antes habían florecido, nunca he
estado más equivocada porque justo ajora, en este momento, soy un jardín de
necesidad.
Crece aún más duro en mi mano mientras froto mi pulgar sobre la humedad en
su cresta y soy recompensada con un gemido desde lo profundo de su garganta. Mi
otra mano araña la piel de su espalda mientras mis labios marcan los suyos con fervor.
En un instante, Pedro tiene sus manos en mis caderas, levantándome y presionando
mi espalda contra la puerta. Mis piernas tratan de envolverse alrededor de su cintura,
pero me mantiene suspendida por lo que la única conexión que más quiero no está
hecha, así que su acerada longitud contra mis muslos es una tortuosa tomadura de pelo
para mi suplicante cúspide.
Toma aliento cuando lo alcanzo entre mis piernas y lo agarro, queriendo
controlar al hombre que es incontrolable. Necesitándolo de la peor manera. La mejor
manera. De cualquier manera.
Sus ojos parpadean con una emoción indescifrable, pero estoy tan reprimida, tan
preocupada con lo que va a suceder en los próximos momentos que ni siquiera le doy
un segundo pensamiento a lo que es.
Lo libero momentáneamente y alcanzo entre mis piernas para mojar mis dedos
con la piscina de humedad dentro antes de rodear su cresta y cubrirlo, preparándolo
físicamente y mostrándole figurativamente lo que me hace y qué es exactamente lo
que quiero de él. Y mi pequeña demostración debilita todo su control.
Sus dedos se clavan en mis caderas y me levantan un poco más alto mientras me
alineo antes de bajarme y colocarme sobre él. Ambos gritamos cuando se hace nuestra
conexión. Mientras tanto mi calor húmedo se extiende más allá de sus límites para dar
cabida a su invasión.
Y se siente como que ha pasado mucho tiempo desde que me llenó, mi cuerpo
ha olvidado las placenteras quemaduras que su presencia puede evocar.
—Dios mío —respiro mientras mi cuerpo lo toma entero—. Estoy tan apretada
—le digo, remarcando el hecho de que han pasado más de tres semanas desde que
habíamos intimado.
—No, cariño —dice Pedro con la alegría bailando en sus ojos mientras detiene
sus caderas para que me pueda ajustar—. Yo soy así de grande.
La risa llena mi mente pero nunca llega a mis labios antes de ver un destello de
su arrogante sonrisa y luego su boca está sobre la mía de nuevo. Pero esta vez mientras
su beso reclama el mío, sus caderas empiezan a moverse, las manos comienzan a guiar
y su pene comienza a acariciar cada centímetro en sintonía dentro de mis paredes
bañadas de nervios. Él está en completo control de nuestros movimientos, de nuestras
acciones, de nuestra escalada de sensaciones.
Levanto mi cabeza de su posición recargada contra la puerta y disfruto la vista
de él. Sus ojos están cerrados, tiene los labios entreabiertos, el cabello desordenado por
mis manos y los músculos de sus hombros ondulan mientras nos mueve en un rítmico
movimiento.
Mi hombre roto está ahora en modo dominante puro y cada nervio de mi cuerpo
grita por ser tomado. Para ser suyo. Para ser el que prueba su virilidad.
—Mieeerdaaa, te sientes bien —me dice mientras me empuja hacia arriba y
luego se sumerge de nuevo en mí mientras mis músculos se aprietan y los nervios
pagan la atención que sin duda han estado anhelando.
—Pedro —jadeo, mis dedos se clavan en la parte superior de sus hombros
mientras me lleva más y más alto. Las sensaciones hacen espirales, pequeñas ondas de
choque de placer me preparan para que él sacuda la tierra bajo mis pies y el calor
comienza a extenderse como un reguero de pólvora a través de mi núcleo. Se impulsa
de nuevo hacia adentro mientras mis muslos se tensan alrededor de él, mis uñas
marcan líneas y mi boca busca la suya con una frenética necesidad.
Solo toma unos segundos más antes de que el placer se ajuste en una explosión
de blanco en el abismo de oscuridad que me ha consumido. Y estoy al instante perdida
en un mundo más allá de nuestra conexión. Somos solo él y yo, la sensación es
abrumadora y estamos sin aliento, mientras me ahogo en el calor líquido y me dejo
llevar por el sentimiento, su nombre es un repetido jadeo de mis labios.
En cuestión de segundos, el grito de Pedro rompe a través de mí como inducido
por el placer, al mismo tiempo que sus caderas convulsionan violentamente debajo de
mí, encontrando su propia liberación. Se balancea de atrás hacia delante en mí algunas
veces más tratando de alargar el momento, su respiración es entrecortada y su pecho
está reluciente por nuestro sudor combinado.
Su cuerpo se hunde contra el mío mientras entierra su cara en el hueco de mi
cuello. Mis brazos están envueltos alrededor de él desde mi posición por encima de su
pelvis y presionada contra la puerta. Absorbo el momento, el rápido ascenso y
descenso de su pecho, el calor de su aliento contra mi cuello, el inconfundible aroma
del sexo y entiendo sin ninguna duda que movería cielo y tierra por este hombre sin
pensarlo dos veces.
Pedro ajusta su agarre en mis caderas y lentamente baja mis pies al suelo, aunque
mi cabeza todavía está, en sentido figurado, en las nubes. Sale de mí y sin embargo
nuestra conexión no se pierde porque me recoge en sus brazos, piel con piel, como si
no quisiera dejarme ir por el momento.
Y estoy bien con eso porque no creo que seré capaz de alguna vez dejarlo ir
tampoco.

—Joder, necesitaba eso. —Suspira con una ligera sonrisa y todo lo que puedo
darle es una evasiva respuesta porque, francamente, todavía estoy montando mi propia
altura.
Caemos en silencio un instante, perdidos en el momento, disfrutando de la
sensación reconfortante de estar juntos.
—No puedo creer que no me lo dijiste —dice, rompiendo el silencio y sacude la
cabeza de adelante para atrás antes de retroceder para poder ver la mirada
interrogativa en mi cara.
—¿Decirte? —Estoy confundida.
El fantasma de una sonrisa adorna su boca mientras el levanta una mano para
ahuecar el lado de mi cara, su pulgar acariciando tan suavemente mis labios aun
hinchados de sus besos.
—Lo que te dije antes de entrar al auto…
Mi respiración muere y mi corazón da un vuelco, alojándose en mi garganta por
las palabras en sus labios y la emoción en sus ojos. Quiero pedirle que lo diga, que me
diga las palabras el mismo, porque infiernos si sé lo que dijo, pero quiero oír que él
recuerda esas palabras y todavía siente el significado detrás de ellas.
Trato de controlar mi respiración atascada y la vacilación en mi voz pero tengo
que preguntar.
—¿Qué quieres decir? —Soy una mentirosa terrible y sé que él puede ver a través
de mi fingida confusión.
Se ríe tranquilamente y se inclina para darme un tierno beso en mis labios y
luego en la punta de mi nariz antes de inclinarse así puede mirarme a los ojos. El saca
su lengua para humedecer sus labios y dice:
—Te mandó una carrera, Pauli.
Mi corazón se derrite y mi alma suspira al escucharlo repetir esas palabras que
ha utilizado como pegamento para unir las piezas rotas que el accidente creó. Incluso
aunque las palabras me traen paz, puedo oír los nervios sacudir su voz, puedo sentir la
ansiedad en su labio inferior que está entre sus dientes.
Y ahora estoy empezando a ponerme nerviosa. ¿Dijo esas palabras y ahora no se
siente de la misma manera? Sé que es un pensamiento ridículo, considerando lo que
pasó entre nosotros hace unos momentos, pero la única cosa que he aprendido de
Pedro es que es todo menos predecible.
—Si —suspiro, encontrando la temeridad en sus ojos—. Esas palabras… ¿Las
estás diciendo ahora porque has recuperado la memoria o porque aún las quieres decir?
—Ya está. Lo puse sobre la mesa, dándole la opción de decir que es la primera y no la
última, una salida en caso de que ya no me mandé una carrera. En caso de que el
accidente haya cambiado como se siente por mí y esto, nosotros, él y yo, haya vuelto
al estatus de solo casual .

Pedro gira su cabeza y me estudia un momento, sus ojos suplicantes pero sus
labios inmóviles. El silencio se extiende mientras espero por la respuesta, mientras
espero a ver si me va a destrozar o va a ser el bálsamo para mi corazón en curación.
-Pau… ¿No sabes que nunca olvido un solo momento cuando estoy corriendo…
dentro o fuera de la pista? —Toma un momento para que las palabras se registren, para
que las palabras y lo que significan se hundan. Que recuerda y que aún se siente de la
misma manera. Y la cosa graciosa es que ahora que sé, ahora que toda esta
preocupación puede irse y podemos seguir adelante, estoy congelada en mi lugar.
Estamos desnudos, apoyados contra una puerta en la que un centenar de
periodistas están del otro lado, el hombre que me mandó una carrera me lo ha dicho
de nuevo y sin embargo, todo lo que puedo hacer es mirarlo mientras mi alma se da
cuenta de que la esperanza la está llenando, está encontrando su hogar permanente.
Pedro se inclina hasta que su boca está a un susurro de la mía, sus manos
enmarcando mi rostro mientras mira en las profundidades de mi alma.
—Te mando una carrera, Paula —me dice, confundiendo mi silencio como si no
hubiese entendido su declaración anterior. No se da cuenta de que estoy tan locamente
enamorada de él, justo aquí, justo ahora, cuerpo desnudo y mi corazón al descubierto,
que me robó la capacidad de hablar. Así que en su lugar acepto el roce de sus labios
sobre los míos en un beso que es suave y reverente antes de descansar su frente contra
la mía—. ¿No lo sabes? —pregunta—. Tú eres mi jodida bandera a cuadros.
Puedo sentir sus labios curvándose hacia arriba en una sonrisa mientras los rosa
contra los míos y dejo salir una risa. Se siente tan bien de repente tener esa espina
removida de mi costado.
Saber que el hombre que amo, me ama también.
Saber que él atrapó mi corazón en caída libre.
Las manos de Pedro empiezan a descender de nuevo hacia la línea de mi
columna, el temblor en su mano derecha es tan ligero que apenas lo noto y luego suben
mientras lo siento endurecerse otra vez contra mi bajo vientre.
—¿Supongo que obtuviste el alta del doctor? —pregunto, mi cuerpo saciado ya
tensándose con el deseo recién descubierto.
—Sí, lo hice, pero después de mi día —dice, besando mi frente y empujándome
de vuelta a la comodidad de sus brazos—. Jodidamente no me importaba si tenía el
permiso o no, estaba tomando lo que era mío.
—¿Lo que era tuyo, huh? —me burlo de él a pesar de las palabras calentando mi
corazón.
—Sip.
Y luego las palabras que dijo antes vuelven y me tienen tirando de mí hacia atrás
para buscar una respuesta.
—¿Qué estuvo mal con tu día?
Veo algo nublar sus ojos momentáneamente antes de que lo empuje lejos.
—No te preocupes por mí —dice e inmediatamente estoy preocupada.
—¿Qué más pasó Pedro? Fue algo que recordaste… algo que…
—No —dice, callándome apretando sus labios contra los míos—. Solo recordé lo
que era importante. Algunos huecos aún siguen ahí. —Siempre el maestro de la
deviación, el continúa—. Parece que te he estado descuidándote por un tiempo.
Así que lo que sea que lo está molestando, no quiere hablar de eso. Está bien…
bueno, luego de los pasados veinte minutos, definitivamente le daré el no solicitado
espacio y no lo presionaré más.
—¿Descuidándome?
—Sí, no tratándote adecuadamente —dice y golpea mi trasero, pero la picazón
que deja no hace nada contras las ondas de choque que ondulan a través de la carne
hipersensible de entre mis muslos—. Has estado cuidando de mí, de todos los demás
excepto de ti como siempre y no he cuidado apropiadamente de ti.
—Creo que acabas de cuidar de mí… y bastante bien —me burlo, moviendo mi
cuerpo desnudo contra el suyo y ganándome el gemido que viene de lo profundo de
su garganta—. Si eso se considera no cuidar de mí, descuidarme, Ace, entonces por
favor… —Muerdo la piel debajo de su mandíbula—. Descuídame un poco más.
—Mi Dios, mujer, pones a prueba la resistencia de un hombre —gime mientras
sus manos corren había abajo por mi espalda y se juntan en la parte baja de mi
espalda—. Pero, eso solo fue una desviación mínima a…
—Mínima no es como lo llamaría —me burlo subiendo mis ojos y con otro
meneo de mis caderas causando que se ría a carcajadas—. Tomare una de tus
desviaciones en cualquier día.
—Apuesta tu trasero a que lo harás —se burla con un rápido apretón en mis
caderas—… Pero como estaba diciendo, es tiempo de que te invite a una noche
apropiada mejor que una comida de hospital y mantenerme ocupado mientras estoy
en la cama del hospital. —Cuando solo arqueo una ceja sugerente y me acuesto en la
cama, solo niega hacia mí y la sonrisa que amo ilumina su rostro. Se inclina y me besa
suavemente, murmurando sus siguientes palabras contra mis labios—. Ya habrá
mucho tiempo más tarde para que me ocupe de ti en la cama porque justo ahora, esta
noche, te estoy llevando a la premier de una película.
Sus palabras me atrapan completamente por sorpresa.
—¿Q… qué? —Lo miro con la incredulidad en mi cara y mis labios se separan
en shock. Solo me sonríe con esa mirada del gato que se comió al canario porque me
sorprendió.
Un pequeño escalofrío de excitación se dispara a través de mí con la idea de
experimentar algo nuevo con Pedro, hacer nuevos recuerdos, pero al mismo tiempo
significa que tengo que compartirlo con ellos. Los paparazzi que se sientan al otro lado
de la puerta y sin duda estarán en el evento con sus intrusivas preguntas y tu cara en
sus cámaras. Y también significa que tenemos que salir afuera de este mundo, salir de
nuestra pequeña y acogedora esfera donde podemos hacer el amor dulce y
perezosamente cuanto queramos.
Sé cuál prefiero.
El comentario sarcástico de Becks de días anteriores elige golpear mis oídos justo
ahora y aferrarse. Las palabras salen de mi boca antes de que pueda filtrarlas.
—Pensé que una vez que tuvieras el alta, nada se iba a interponer entre tú y yo
más que un cambio de sábanas, por un largo jodido tiempo —le repito sus propias
palabras.
Los ojos de Pedro instantáneamente se oscurecen con lujuria y una chispa de
picardía mientras su boca se tuerce, su mente descifrando cual opción prefiere.
—Bueno… —dice con una risa—. De hecho si dije eso. —Traza un dedo
perezosamente hacia abajo por mi mejilla, por la línea de mi cuello y luego hacia abajo
entre mis pechos. No puedo evitar contener la respiración o el endurecimiento de mis
pezones o la hinchazón de mi corazón—. Y tú me conoces, Pauli, siempre un hombre
de palabra… Así que ¿Cómo voy a mantenerte desnuda con la excepción de una sábana
y al mismo tiempo asistir a la premier a la que ya me comprometí? Hmm… decisiones
—susurra mientras se inclina y traza la curva de mi cuello con la punta de su lengua—
. ¿Qué debemos hacer?
Abro mi boca para contestar pero todo lo que puedo hacer es tratar de respirar
cuando sus dientes juegan con el lóbulo de mi oreja.
—Supongo que el mundo está a punto de aprender cuan malditamente sexy luces
envuelta en una sábana.
Mis ojos de abren de golpe para encontrarse con los de él mientras la sorpresa
golpea mi libido hacia abajo. En un segundo Pedro y su sonrisa diabólica me han
levantado desnuda y puesto sobre su hombro.
—¡No! —grito mientras el empieza a caminar hacia las escaleras—. ¡Bájame!
—La prensa va a tener un día de campo con esto —se burla y yo le doy un golpe
fuerte en su culo, pero continúa—. Bueno una forma de mirarlo, es que no te va a
llevar mucho tiempo elegir que vas a usar.
—¡Perdiste la cabeza! —grito, mi comentario gana un golpe en mi culo desnudo
posado tan perfectamente encima de su hombro.
—¡Mi pérdida es su ganancia, cariño! —se ríe mientras sube el último escalón de
la escalera.
—¡Ganancia, mi trasero! —murmuro entre dientes y deja escapar otra carcajada.
—Oh enserio —dice, inclinando su cabeza hacia un lado y colocando un casto
beso en mi cadera al lado de su cara—. No sabía que te gustaba jugar de ese modo, pero
estoy seguro de que podemos explorar ese camino cuando sea el momento correcto.

Mi boca cae abierta y dejo escapar un risa nerviosa mientras Pedro se detiene y
lentamente desliza mi cuerpo hacia abajo por cada centímetro de él hasta que mis pies
tocan el suelo. El brillo pícaro en sus ojos me hace preguntarme si aún hay algo en lo
que Pedro quizás esté dentro que nunca cruzó mi mente. Estoy tan perdida en mis
pensamientos momentáneos y el cálculo tranquilo en sus ojos que me pierdo del
hecho de que me ha sentado en la terraza privada del segundo piso.
Y cuando me doy cuenta, cuando noto mis alrededores, estoy sorprendida una
vez más… pero esta sorpresa es una que derrite mi corazón.
—¡Oh, Pedro! —Las palabras caen de mi boca mientras miro todos los
preparativos a mí alrededor, una pantalla de cine portátil ha sido colocada en el
extremo más alejado del patio y los sillones han sido organizados en asiento estilo cine,
envueltos en varias capas que no era otra cosa que sábanas. Una sonrisa se extiende
por mi cara y el calor penetra mi alma mientras tomo los pequeños toques, pequeñas
cosas que me dejan saber que le importo: un plato de los besos de Hershey, una botella
de vino, algodones de azúcar, velas encendidas esparcidas por todas partes y nubes de
almohadas para acostarse.
No puedo evitar las lágrimas que se acumulan en mis ojos ni tampoco
importarme cuando una cae y se desliza silenciosamente hacia abajo por mi mejilla. La
consideración que está en todo lo que está hermosamente en frente de mi me deja con
una pérdida de palabras. Me giro para enfrentarlo y solo niego con lo que veo… porque
si lo que está detrás de mí roba mis palabras, la belleza dentro y fuera de este hombre
enfrente de mí roba mi corazón. Él está parado ahí desnudo, sin afeitar, con el cabello
revuelto, y sin incluir el parche afeitado, en desesperada necesidad de un corte de
cabello y una mirada en sus ojos que refuerza las palabras que me dijo abajo.
—Gracias —le digo con el corazón roto—. Esta es la cosa más dulce… —Mi voz
se apaga mientras él toma un paso hacia mí y levanta sus manos para ahuecar mis
mejillas y girar mi cabeza hacia arriba así puede encontrar mis ojos—. La mejor forma
de salir afuera. Una película con mi Ace y sábanas… Nada entre nosotros más que
sábanas .
Él sonríe esa sonrisa tímida que me desarma y se inclina para susurrarme en un
beso antes de alejarse.
—Eso es exactamente correcto, Pau. Nada entre nosotros más que sábanas. Nunca
nada entre nosotros más que un juego de sábanas.
Sus palabras me tambalean, me mueven, me completan y todo lo que puedo
hacer es dar un paso adelante y presionar mis labios a los suyos, sentir su corazón,
contra mí, el roce de su mandíbula sin afeitar contra mi barbilla, ver el amor en sus
ojos, y digo:

—Nada más que sábanas.

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