Segura que estás bien?
No es más que la centésima vez que me lo ha
preguntado, pero una parte de mí sonríe en silencio por
lo bien que está cuidando de mí. El día solo consiguió
hacerse más y más largo, mientras le aseguraba a una insistente Lina que estaba bien
y no tenía que volar a casa desde su trabajo en San Francisco para físicamente ver que
me encontraba bien y que la llamaría de nuevo en la mañana. Los siguientes fueron
mis padres y las mismas palabras tranquilizadoras, y luego los chicos... comprobando
a Zander y deseando estar allí para hablar con él cara a cara, así como con el resto de
los chicos. Pedro me detuvo después de eso, diciendole al resto de las personas que
llamaron, sus padres, Luciana, Beckett, Teddy, que necesitaba descanso y que los
llamaría por la mañana.
―Estoy bien. No me siento muy bien, pero creo que es porque estoy agotada.
Siento malestar estomacal. Debería haber comido más comida antes de tomar los
medicamentos para el dolor. Y ahora estoy súper soñolienta...
Se sienta en la cama.
―¿Quieres que vaya a buscarte algo para comer?
―No ―le digo, tirando de su brazo para que se acueste. Lo miro―. ¿Me abrazas?
Al instante cambia de posición y con cautela coloca sus brazos alrededor de mí,
tirándome hacia él, así nuestros cuerpos encajan uno contra el otro.
―Está bien ―murmura en la parte superior de mi cabeza.
―Mmm-hmm ―digo, acurrucándome lo más cerca que el dolor de mi cuerpo
me permite, porque el dolor es un poco más fácil de soportar con los brazos que me
sostienen estrechamente.
Permanecemos así durante un rato, nuestra respiración lenta emparejada. Estoy
a punto de dormirme cuando murmura:
―Te mando una carrera, Pau. Realmente, realmente lo hago.
Cada parte de mí suspira ante esas palabras, admitiendo que son difíciles para él.
Le doy un beso en mi lugar favorito debajo de la línea de su mandíbula.
―Te mando carrera también, Pedro.
Más de lo que nunca sabrás.
***
Los calambres en mi estómago me despiertan.
Acostada en la completamente negra, sin luna noche, mientras pequeñas,
continuas puñaladas de dolor combinadas con el sudor cubriendo mi piel y el vértigo
en mi cabeza, me dicen que tengo que ir al baño rápidamente antes de vomitar. Salgo
del flojo agarre de Pedro, tratando de ser rápida y también de no molestarlo. Murmura
algo en voz baja y sigue por un momento, antes de rodar sobre su espalda y calmarse.
Mi cabeza se marea mientras me pongo de pie y estoy súper aturdida por el
medicamento para el dolor. Tengo la sensación de estar caminando por el agua. Me
río, porque hasta el suelo lo siento como húmedo y sé que es solo mi cerebro cargado
de medicamentos. Paso mi mano por la pared para ayudarme a no perder el equilibrio
y me guío por la habitación a oscuras, para no tropezar accidentalmente con algo y
despertar a Pedro.
¡Dios mío, voy a vomitar! Siento las grandes alfombras cubriendo el suelo del
baño bajo mis pies y casi gimo de dolor mezclado con alivio al saber que el inodoro
está tan cerca. Me resbalo un poco mientras golpeo el azulejo, maldigo a Baxter y al
maldito cuenco de agua que siempre deja mojado. Cierro la puerta del baño y enciendo
la luz, el repentino brillo lastima mis ojos así que los cierro con fuerza mientras el
vértigo me golpea con toda su fuerza. Me agacho, mi mano en el borde del inodoro,
mi estómago tenso y listo para vomitar, pero lo único que siento es el cuarto girando.
Mi estómago revuelto, las arcadas me asaltan una y otra vez. Se tensa con tanta fuerza
que siento la humedad chorreando por mis piernas.
Y empiezo a reír, sintiéndome tan patética por estar vomitando con tanta fuerza
que me acabo de hacer pis, pero mi mente es tan lenta, tan lenta para reconstruir mis
pensamientos que en lugar de averiguar qué hacer luego, me hundo en mis rodillas.
Me deslizo sobre el suelo de mármol pulido recubierto con orina, pero mi estómago
me duele tanto y mi cabeza está tan mareada, que no me importa. Todo lo que puedo
pensar es en lo patética que debo verme en estos momentos. Como que no hay manera
en el infierno de que vaya a llamar a Pedro por ayuda.
Y estoy tan cansada, con tanto sueño y temo que voy a vomitar de nuevo, decido
poner mi cabeza sobre mis manos en el borde de la taza del inodoro y simplemente
descansar mis ojos por un minuto.
Mi cabeza comienza a deslizarse y no sé cuánto tiempo ha pasado, pero el
movimiento descendente, me despierta. Inmediatamente me asalta una ola de calor
seguida por una de frío absoluto que me obliga a detenerme un minuto y tomar una
respiración profunda.
Algo no va bien.
Lo siento inmediatamente, a pesar de que mi mente está tratando de centrar mis
pensamientos, alinearlos para que sean coherentes. Y simplemente no puedo. Nada
tiene sentido para mí. Mi cabeza esta pesada y mis brazos se sienten como un millón
de toneladas. Trato de pedir ayuda llamando a Pedro, sin importarme ya sentir
vergüenza por estar sentada en un charco de orina. Algo no está bien. Pongo la mano
en la pared apoyándola para que me ayude a levantarme y abrir la puerta, para que me
oiga decir su nombre, pero mi mano se desliza. Y cuando puedo abrir los ojos, cuando
me puedo concentrar, mi huella está manchada de sangre.
Hmm.
Una especie de risa por el delirio me domina. Cuando miro hacia abajo para ver
que no estoy sentada en orina.
No.
Pero, ¿por qué esta el suelo cubierto de sangre?
―¡Pedro! ―grito, pero estoy tan débil que sé que mi voz no es lo
suficientemente alta.
Estoy flotando, es tan cálido y estoy tan cansada. Cierro los ojos y sonrío porque
veo la cara de Pedro.
Tan apuesto.
Todo mío.
Siento que el sueño comienza a tirar de mí, mi mente, mi cuerpo, mi alma y dejo
que sus dedos letárgicos comiencen a ganar el tira y afloja.
Y justo antes de que me lleve, entiendo el por qué, pero no el cómo.
Oh, Pedro.
Lo siento, Pedro.
La oscuridad amenaza con arrastrarme bajo sus garras.
Por favor, no me odies.
No me queda nada para resistir su sofocante negrura.
Te amo.
Spiderman. Batm…
PEDRO....
El sonido del disparo me despertó sobresaltándome. Me levanté de la cama
y tuve que recuperar el aliento diciéndome a mí mismo que todo
terminó. Solo es una maldita pesadilla. El maldito bastardo está muerto
y obtuvo lo que se merecía.
Zander está bien. Paula está bien.
Pero algo está distinto. Todavía no está correcto.
—Say something I’m giving up on you... —Me sacudí por el pánico que siento
al escuchar la letra, mientras pasan a través de los altavoces instalados. Mierda. Olvidé
apagarlos anoche. ¿Es eso lo que me asustó como la mierda? Froto mis manos sobre mi
cara tratando de romper la neblina inducida por el sueño.
Eso tenía que haber sido.
—... I’m sorry that I couldn’t get to you...
Alcanzo el control en la mesa de noche para apagar la música. Y luego lo escucho
de nuevo, el sonido que estoy seguro que fue lo que me despertó.
—¿Bax? —Hago un llamado a la habitación cuando me doy cuenta de que el lado
de Pau de la cama está vacío. Él lloriquea de nuevo—. ¡Maldito Bax! ¿Realmente tienes
que ir a mear ahora? —le digo mientras coloco mis pies en el suelo y me pongo de pie,
esperando un segundo para no perder el equilibrio y dándole gracias a Dios de que esta
mierda es cada vez más fácil, porque estoy harto de sentirme como un hombre de
ochenta años, cada vez que me levanto.
Miro inmediatamente hacia la parte superior de las escaleras para ver si las luces
están encendidas en la planta baja y los pelos se erizan en mi maldito cuello cuando
está oscuro como la mierda. Baxter lloriquea de nuevo.
—Relájate, amigo. ¡Ya voy! —Doy unos pasos hacia el cuarto de baño y siento
un poco de alivio cuando veo la franja de luz alrededor de la puerta cerrada del baño.
Jesús, Alfonso, relájate maldita sea, está bien. No necesito ir a sofocarla solo porque
todavía estoy malditamente asustado.
Baxter lloriquea de nuevo y me doy cuenta de que está en el cuarto de baño
también. ¿Qué carajos? El perro se lamió las bolas demasiadas veces y se está volviendo
loco.
—¡Déjala en paz, Bax! Ella no se siente bien. Te llevaré afuera. —Camino hacia
el cuarto de baño, sabiendo que no va a venir a mí a menos que agarre su collar. Suelto
una fuerte maldición silenciosa tratando de que me obedezca, pero no se mueve. Estoy
jodidamente cansado y sin el estado de ánimo para hacerle frente a su terco trasero.
Me resbalo con el agua del suelo y mi temperamento se enciende—. ¡Deja de beber la
maldita agua y no tendrás que ir al baño en medio de la puta noche! —Doy otro paso,
me resbalo y estoy malditamente enojado. He tenido suficiente y estoy teniendo
problemas para mantener la calma.
Baxter lloriquea de nuevo en la puerta del baño y cuando llego, golpeo mi nudillo
contra ella.
—¿Estás bien, Pau? —Silencio. ¿Qué carajos?—. ¿Pau? ¿Estás bien?
Pasan unos malditos segundos entre la última palabra y la puerta abriéndose de
golpe pero juro por Dios que se siente como toda una vida. Tantos pensamientos, un
maldito millón pasan rápidamente por mi mente, como al inicio de una carrera, pero
el que siempre bloqueo, el que nunca dejo que me controle, posee todas las malditas
partes de mí ahora.
Miedo.
Mi mente intenta procesar lo que veo, pero no puedo comprenderlo porque la
única cosa en lo que puede enfocarme es en la sangre. Tanta sangre y sentada en medio
de ella, con los hombros desplomados contra la pared, los ojos cerrados y la cara tan
pálida que casi coincide con el claro mármol detrás de ella, está Paula. Mi mente hace
una pausa tratando de comprender lo que está delante de mis ojos pero no procesa
todo de una vez.
Y entonces el tiempo avanza y comienza a moverse demasiado malditamente
rápido.
—¡No! —No me doy cuenta de que incluso estoy gritando, ni siquiera siento la
sangre cubriendo mis rodillas mientras las bajo y la agarro—. ¡Paula! ¡Paula! —Estoy
gritando su nombre, tratando de moverla para que malditamente despierte, pero su
cabeza simplemente cuelga a un lado.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío! —Lo repito una y otra vez mientras la pongo en mis
brazos acunándola mientras sacudo sus hombros atrás y adelante para tratar de
despertarla. Y luego me congelo, malditamente me congelo la única vez en mi vida en
que necesito moverme más. Estoy jodidamente paralizado cuando extiendo mi mano
y me detengo antes de presionar la pequeña curva debajo de su barbilla, tanto miedo
que cuando presione mis dos dedos ahí no sea un latido lo que encuentren.
Dios, es tan hermosa. El pensamiento pasa rápidamente y se desvanece como mi
coraje.
La húmeda nariz de Baxter en mi espalda me hace recuperarme y suelto una
respiración que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Tengo un mejor control de
mi puta realidad, de mi puta cordura y no es muy fuerte, pero, al menos, está ahí.
Presiono y dejo escapar un grito de alivio cuando siento el débil pulso de su corazón.
Todo lo que quiero hacer es enterrar la cara en su cuello y abrazarla, decirle que
va a estar bien, pero sé que los treinta segundos que he malditamente perdido aquí
sentado han sido más que excesivos.
Me digo que tengo que pensar, que tengo que concentrarme, pero mis
pensamientos están tan jodidamente dispersos que no puedo centrarme en uno solo.
Llama al 911.
Llévala abajo.
Tanta jodida sangre.
No puedo perderla.
—Quédate conmigo, nena. Por favor, quédate conmigo —suplico e imploro,
pero no sé qué más puedo hacer. Estoy perdido, asustado, como la mierda.
Mi mente jodidamente da vueltas fuera de control con lo que tengo que hacer y
lo que es más importante... pero la única cosa que sé más que cualquier otra cosa es
que no puedo dejarla. Pero tengo que hacerlo. La saco del pequeño cuarto que contiene
el retrete, mis pies se resbalan con la sangre por todo el suelo y la vista de ella
manchando, marcas oscuras en el brillante piso, mientras la muevo a la alfombra
provocan que un nuevo pánico surja.
La dejo suavemente.
—Teléfono. Ya vuelvo —le digo antes de correr, resbalando de nuevo hacia la
mesita donde está mi teléfono. Está resonando en mi oído mientras llego a ella y pongo
inmediatamente mis dedos en su cuello mientras vuelve a sonar.
—911…
—5462 Broadbeach Road. ¡De prisa! Por favor…
—Señor, necesito…
—Hay maldita sangre por todas partes y no estoy seguro…
—Señor, cálmese, necesitamos…
—¿Calmarme? —le grito a la señorita—. ¡Necesito ayuda! Por favor, ¡dense prisa!
—Dejo caer el teléfono. Necesito llevarla a la planta baja. Necesito llevarla más cerca
para que la ambulancia pueda llegar a ella rápidamente.
La recojo, la acuno y no puedo evitar el maldito sollozo que se apodera de mí
mientras corro tan rápido como puedo por mi dormitorio hacia las escaleras y las bajo.
Pánico mezclado con confusión y miedo que nublan la mente me invaden.
—¡Sammy! —Estoy gritando. Estoy malditamente loco y me importa una mierda
porque todo lo que puedo ver es su sangre cubriendo el cuarto de baño. Todo lo que
puedo pensar es en ser un niño y esa maldita muñeca que Lu solía tener, Raggedy
Ann o alguna mierda de esa, como la cabeza, los brazos y las piernas le colgaban de
jodido lado, independientemente de cómo la sostengas. Cómo lloraba cuando me
burlaba de ella una y otra vez porque su muñeca estaba muerta.
Y en todo lo que sigo pensando es en esa maldita muñeca, porque eso es lo que
Paula parece en estos momentos. Su cabeza está hacia atrás sobre mi bíceps
completamente sin vida y sus brazos y piernas cuelgan.
—¡Oh, Dios mío! —sollozo mientras llego a la parte inferior de la escalera, la
puta imagen de esa muñeca está gravada en mi cabeza.
—¡Sammy! —grito otra vez, preocupado de que le dije que se fuera a casa ayer
por la noche, como de costumbre, en lugar de dormir en la habitación de invitados
porque la prensa estaba demasiado fuera de control.
—Pepe, ¿qué pasa? —Él corre desde el ángulo de la pared y veo sus ojos abrirse
mientras me ve cargándola. Se congela y por un extraño momento pienso en cuán
enojada estaría Paula conmigo en este momento por dejar que él la vea así, solo una
camiseta y bragas y escucho su voz castigándome. Y el sonido de su voz en mi cabeza
es mi perdición. Me dejo caer de rodillas con ella.
—Necesito ayuda, Sammy. Llama al 911 de nuevo. Llama a mi papá. ¡Ayúdame!
¡Ayúdala! —le ruego mientras hundo mi cara en su cuello, meciéndola, diciéndole que
aguante, que estará bien, que va a estar bien.
Sé que Sammy está al teléfono, lo oigo hablar, pero mi aturdido cerebro no puede
procesar nada aparte del hecho de que tengo que arreglarla. Que no puede dejarme.
Que está rota.
—¡Pedro! ¡Pedro! —La voz de Sammy me saca de mi pánico hipnótico. Levanto
la vista hacia él, el teléfono sostenido en un oído mientras estoy seguro de que está
recibiendo instrucciones de la operadora del 911, y ni siquiera estoy seguro de si hablo
o no—. ¿Por dónde está sangrando?
—¿Qué?
—¡Mírame! —grita, sacándome un poco de mi confusión—. ¿Por dónde está
sangrando? Necesitamos tratar de detener la hemorragia.
¡Santa mierda! ¿Qué está mal conmigo? Abro la boca para hablar, para decírselo
y me doy cuenta de que estoy tan aterrado que no tengo ni puta idea.
Los ojos de Sammy miran fijamente los míos como para decirme que puedo hacer
esto, que ella me necesita, y es capaz de atravesar mi lento procesamiento mental.
Inmediatamente la recuesto, por más que malditamente me mata porque siento que
está tan fría que necesito mantenerla caliente. Empiezo pasando mis manos sobre su
cuerpo y comienzo a temblar porque estoy tan jodidamente enojado conmigo mismo
por no pensar en esto, tan jodidamente asustado de lo que voy a encontrar.
Suelto una exclamación de terror cuando me doy cuenta de que la sangre sigue
corriendo por sus piernas y ni siquiera puedo empezar a procesar por qué.
—Su accidente. Algo de su accidente —le digo a Sammy mientras levanto su
camisa hasta su abdomen para mostrarle las cicatrices que desfiguran su piel como si
eso lo explicara. Y entonces la agarro y tiro de ella hacia mí otra vez, su cuerpo frío
contra mi piel caliente, mientras Sammy comienza a hablar de nuevo a quien está al
otro extremo del teléfono.
—Aguanta, cariño. La ayuda ya viene —le digo mientras la mezo, sabiendo que
no hay manera de que pueda detener el sangrado, suyo o de mi corazón.
La abrazo fuertemente y juro que la siento moverse. Grito su nombre para tratar
de ayudarla a volver a mí.
—¡Paula! ¡Paula! Por favor, nena, por favor. —Pero nada. Malditamente nada.
Y cuando sollozo con desesperación su cuerpo se estremece de nuevo y me doy cuenta
que soy quien la mueve. Es mi cuerpo temblando y ruego y pido que se mueva.
—¡Oh, Dios mío! —exclamo—. No ella. Por favor, no ella. Me has quitado todo
lo bueno —grito en una casa vacía a un Dios que realmente no creo que exista en este
momento—. No puedes tenerla —le grito, aferrándome a lo único que puedo porque
todo lo demás que es verdadero se está deslizando por mis dedos. Entierro mi cara en
su cuello, no puedo controlar los sollozos mientras mi cálido aliento calienta su piel
fría debajo de mis labios—. Tú... no puedes... tenerla...
—¡Pedro! —Una mano sacude mi hombro y salgo de mi trance, sin saber cuánto
tiempo pasó, pero los veo ahora. Los médicos y las luces intermitentes se arremolinan
en mis paredes a través de la puerta principal abierta. Y sé que necesitan llevársela
para ayudarla, pero estoy tan jodidamente asustado ahora que no quiero dejarla ir.
Ella me necesita en este momento, pero sé muy bien que yo la necesito más.
—Por favor, por favor, no me la quiten —digo con voz ronca mientras la toman
de mis brazos y no estoy seguro de a quién le estoy hablando, a los paramédicos o a
Dios.
***
—¿Cuánto tiempo, Sammy? —Me levanto de la silla, con mis nervios royéndome
y mis piernas no son capaces de caminar suficiente por el jodido suelo para hacer que
se vayan de una jodida vez.
—Solo treinta minutos. Tienes que darles tiempo.
Sé que todos en esta maldita sala de espera están mirándome, observando al
hombre cubierto de sangre sobre toda su ropa caminando de un lado a otro como un
maldito animal enjaulado. Estoy ansioso. Inquieto. Malditamente aterrorizado.
Necesito saber dónde está, qué está mal con ella. Me vuelvo a sentar, mi rodilla
rebotando como un maldito drogadicto necesitando una dosis y me doy cuenta de que
lo estoy. Necesito mi dosis. Necesito mi Pauli..
Pensé que la perdí hoy solo para saber que no lo hice, y luego, cuando creo que
está malditamente segura, malditamente protegida en mis brazos cuando nos
quedamos dormidos, la arrancan jodidamente de mí. Estoy tan malditamente
confundido. Tan jodidamente enojado. Tan... no sé ni lo que estoy ya porque solo
quiero que alguien salga detrás de esas malditas puertas automáticas y me diga que ella
estará bien. Que toda la sangre se veía cien veces peor de lo que malditamente era.
Pero nadie viene. Nadie me da respuestas.
Quiero gritar, quiero golpear algo, quiero correr diecisiete malditos kilómetros,
cualquier cosa para deshacerme de este maldito dolor en mi pecho y mi estómago
revuelto. Siento que me estoy volviendo loco. Quiero que el tiempo se acelere o se
frene de una jodida vez, lo que sea mejor para ella, siempre y cuando la vea pronto, la
abrace pronto.
Saco mi teléfono, necesitando sentir una conexión con ella. Algo. Cualquier cosa.
Empiezo a escribirle un mensaje, expresándome en la forma que entiende mejor lo que
siento.
Termino, aprieto enviar y me aferro a la idea de que va a recibir esto cuando se
despierte, porque tiene que despertar y saber exactamente lo que siento en este
momento.
—¡Pedro!
Es la voz que siempre ha podido mejorar las cosas por mí y esta vez no puede. Y
debido a eso... cuando escucho su voz llamándome, jodidamente lo pierdo. No me paro
para recibirlo, ni siquiera levanto mi cabeza para mirarlo porque estoy tan
jodidamente superado por todo que no puedo realizar la acción. Dejo caer mi cabeza
en mis manos y empiezo a sollozar como un jodido bebé.
No me importa que haya gente aquí. No me importa que sea un hombre adulto
responsable y ellos no lloren. No me importa nada más que el hecho de que no puedo
mejorarla en este momento. Que mi superhéroe de juego final no puede mejorarla en
este momento. Mis hombros se sacuden, mi pecho duele y mis ojos arden mientras
siento su brazo rodeándome y tirando de mí a su pecho lo mejor que puede y tratar de
consolarme cuando sé que no vamos a hacer una maldita cosa por ella. No va a borrar
las imágenes de ella sin vida como el cuerpo de Raggedy Ann y los pálidos labios que
están invadiendo mi mente.
Malditamente genial.
Estoy tan molesto que ni siquiera puedo hablar. Y si pudiera, ni siquiera sabría
si le podría poner palabras a mis pensamientos. Y él me conoce tan jodidamente bien
que ni siquiera dice una palabra. Solo me sostiene contra él mientras saco todo lo que
no puedo expresar de otra manera.
Nos sentamos en silencio durante algún tiempo. Incluso cuando mis malditas
lágrimas se han ido, mantiene envuelto sus brazos alrededor de mis hombros mientras
me inclino, con la cabeza colgando en mis manos.
Sus únicas palabras son:
—Te tengo, hijo. Te tengo. —Las repite una y otra vez, lo única cosa que puede
decir.
Cierro mis ojos con fuerza, tratando de liberar mi mente de todo, pero no está
funcionando. Todo lo que puedo pensar es en que mis demonios finalmente han
ganado. Se llevaron lo más puro que he tenido en mi vida y están robando su maldita
luz.
Su chispa.
¿Qué hice?
Oigo zapatos rechinar en el piso y detenerse frente a mí y estoy tan asustado de
lo que la persona tenga decir que mantengo mi cabeza baja y mis ojos cerrados.
Permanezco en mi oscuro mundo, esperando tener el control para evitar que la
reclame también.
—¿Eres el padre? —Oigo el suave, sureño acento, hacer la pregunta y siento a
mi papá moverse y asumo que asiente, dispuesto a escuchar las noticias por mí, llevar
el peso de la carga por su hijo.
—¿Eres el padre? —La voz vuelve a preguntar y quito mis manos de mi cara y
miro a mi padre, necesitando que haga esto por mí, necesitando que se encargue en
este momento, así puedo cerrar los ojos y ser el niño indefenso que me siento. Cuando
miro, mi papá está mirando directamente hacia mí, encuentra mis ojos y los mantiene,
y por primera vez en mi vida, no puedo leer que en el infierno están diciéndome.
Y no vacilan. Solo me miran como cuando estaba en la liga de béisbol y estaba
asustado de levantarme para ir a la maldita base porque Tommy-siempre-venzo-albateador-
Williams estaba en el montículo, y tenía miedo de no anotar. Me mira como
lo hizo en aquel entonces, ojos grises llenos de apoyo que me dicen que puedo hacer
esto, puedo enfrentar mi miedo.
Todo mi cuerpo comienza rápidamente a sudar frío mientras me doy cuenta de
lo que la mirada está tratando de decirme, lo que está tratando de preguntarme. Trago
con fuerza mientras el bullicio en mi maldita cabeza amenaza con herirme, entonces
me deja sacudido hasta la médula, mientras inclino mi cabeza hasta mirar los pacientes
ojos marrones de la mujer frente a mí.
—¿Eres el padre? —pregunta de nuevo con una sombría torcedura de sus labios
como si estuviera sonriendo para disminuir las palabras que está a punto de decirme.
Solo la miro fijamente, incapaz de hablar mientras todas las emociones que pensé
que acababa de quitarme de encima mientras mi papá me abrazaba regresan
invadiéndome con una maldita venganza. Me siento aturdido, sin palabras, asustado.
La mano de mi padre me aprieta el hombro, me insta a seguir.
—¿Paula? —le pregunto, porque tengo que estar equivocado. Ella tiene que estar
equivocada.
—¿Eres el padre del bebé? —pregunta suavemente mientras se sienta a mi lado
y coloca su mano sobre mi rodilla y la aprieta. Y todo en lo que puedo centrarme en
este momento es en mis manos, en mis malditos dedos, las cutículas todavía cubiertas
de sangre seca. Mis manos comienzan a temblar mientras mis ojos no pueden apartarse
de la vista de la sangre de Paula todavía manchándome.
La sangre de mi bebé manchándome.
Levanto mi cabeza, aparto los ojos del símbolo de vida dañado y muerto en mis
manos, y esperanza y miedo por las malditas cosas de las que ahora no estoy seguro del
todo al mismo maldito tiempo.
—Sí —digo apenas audible. Trago la grava raspando mi garganta—. Sí. —Mi
papá aprieta mi hombro otra vez mientras miro sus ojos marrones cuando los míos
suplican un sí y no al mismo tiempo.
Ella comienza despacio, como si tuviera dos jodidos años.
—Paula todavía está siendo atendida —dice, y quiero sacudirla, preguntar qué
diablos significa ser atendida. Mi rodilla comienza a moverse hacia arriba y abajo de
nuevo, mientras espero a que termine, mandíbula apretada, manos fuertemente
juntas—. Sufría de ya sea un desprendimiento de placenta o una completa previa y…
—¡Alto! —digo, sin entender una maldita palabra de lo que está diciendo y solo
la miro como un maldito ciervo ante los faros.
—El conducto que la vincula al bebé se separó de alguna manera, están tratando
de determinar todo en este momento, pero perdió mucha sangre. Está recibiendo
transfusiones ahora para ayudar a…
—¿Está despierta? —Mi mente no puede procesar lo que acaba de decir. Oigo
bebé, sangre, transfusión—. No te oí decir que va a estar bien, ¡porque necesito oírte
decir que va a estar jodidamente bien! —le grito mientras todo en mi vida se derrumba
a mi alrededor, como si estuviera de vuelta en el maldito coche de carreras, pero esta
vez no estoy seguro de las partes que voy a ser capaz de unir de nuevo... y más que
nada eso me asusta como la mierda.
—Sí —dice suavemente, esa voz tranquilizadora que me hace querer sacudirla
como a un Telesketch hasta conseguir un poco más de garantía. Hasta que pueda
borrar lo que está ahí y crear la maldita perfecta imagen que quiero—. Le dimos
algunos medicamentos para ayudarla con el dolor de la D y C, y una vez que tenga
un poco más de sangre transfundida, debería mejorar, físicamente.
No tengo ni puta idea de lo que acaba de decir, pero me aferro a las palabras que
entiendo: ella va a estar bien. Dejo caer mi cabeza y aprieto la parte inferior de mis
manos en mis ojos para no llorar, porque cualquier alivio que sienta no es real hasta
que pueda verla, tocarla, sentirla.
Aprieta mi rodilla de nuevo y habla.
—Lo siento mucho. El bebé no lo logró.
No sé lo que esperaba que dijera, porque mi corazón sabía la verdad a pesar de
que mi cabeza no había comprendido absolutamente todavía. Pero sus palabras dejan
de hacer girar el mundo bajo mis pies y no puedo respirar, tomar aire. Me pongo de
pie y me tambaleo unos pocos metros en una dirección y luego hacia otra,
completamente abrumado por el zumbido en mis oídos.
—¡Pedro! —Oigo a mi padre, pero solo sacudo mi cabeza y me inclino mientras
trato de recuperar el aliento. Llevo mis manos a mi cabeza como si sostenerla va a
detener la agitación asaltándola dentro—. Pedro.
Extiendo mis manos delante de mí en un gesto para que retroceda como la
mierda.
—¡Necesito una maldita para en los pits! —le digo mientras veo mis manos de
nuevo, la sangre de algo que creé, que era una parte de Paula y de mí, santo y pecador,
en mis manos.
Inocencia intacta.
Y siento que sucede, siento algo haciéndose añicos dentro de mí, la posesión que
los demonios han mantenido sobre mi alma por los últimos veintitantos años, igual
que el espejo en ese maldito bar de mala muerte la noche en la que Paula me dijo que
me amaba. Dos momentos en el tiempo en que la única cosa que no quería que volviera
a suceder, pasa y sin embargo... no puedo evitar sentir, no puedo evitar preguntarme
por qué esas pequeñas posibilidades que se meten en mi mente cuando sabía entonces
y sé ahora que esto no puede ser. Esto es algo que nunca, nunca quise. Y sin embargo,
todo lo que he conocido cambió de alguna manera.
Y no sé lo que significa por el momento.
Solo se siente: diferente, liberador, incompleto, malditamente terrorífico.
Mi estómago se retuerce y mi garganta se obstruye con tantas emociones, con
tantos sentimientos que no puedo incluso comenzar a procesar esta nueva realidad.
Todo lo que puedo hacer para no perder mi maldita cordura es concentrarme en una
cosa que sé que puede hacer algo en estos momentos.
Paula.
No puedo respirar y los latidos de mi corazón son como un maldito tren de carga,
pero todo en lo que puedo pensar es en Paula. Todo lo que quiero, todo lo que necesito,
es jodidamente a Paula.
—Pedro. —Es la mano de mi padre sobre mis hombros otra vez, las manos que
me han sostenido en mis más oscuros momentos, tratando de ayudarme a alejar esta
maldita oscuridad, tratando de sacarme de sus garras—. Habla conmigo, hijo. ¿Qué
está pasando en tu cabeza?
¿Estás malditamente bromeándome?, quiero gritarle porque realmente no sé qué
más hacer con el miedo que me consume, excepto atacar a la persona más cercana a
mí. El miedo que es tan diferente a antes, pero todavía es igual. Así que solo muevo la
cabeza para mirar hacia la dama de ojos marrones tratando de averiguar que hacer,
sentir, decir.
—¿Ella lo sabe? —Ni siquiera reconozco mi propia voz. La ruptura en ella, el
tono, la completa incredulidad que posee.
—El médico habló con ella, sí —dice con una sacudida de su cabeza y me doy
cuenta en ese momento de que Paula está lidiando con todo esto sola, asumiendo todo
esto... sola. El bebé por el que daría cualquier cosa, que se le dijo que nunca tendría,
en realidad lo tuvo.
Y lo perdió.
Una vez más.
¿Cómo lo tomó? ¿Qué le hará esto a ella?
¿Qué nos hará a nosotros?
Todo es una maldita espiral fuera de control y simplemente necesito estar en
control. Necesito que el suelo deje malditamente de moverse debajo de mí. Sé que la
única que puede enderezar mi mundo otra vez es ella. Necesito el toque de su piel bajo
mis dedos para calmar todos estos disturbios y caos atravesándome.
Paula.
—Tengo que verla.
—Está descansando en este momento pero puedes ir a sentarte con ella si deseas
—dice mientras se levanta.
Solo asiento y tomo una respiración cuando ella comienza a caminar por el
pasillo. La mano de mi padre todavía está en mi hombro y su silenciosa demostración
de apoyo permanece hasta que caminamos por el pasillo hacia la puerta de su
habitación.
—Voy a estar afuera, si me necesitas. Voy a esperar a Becks —dice mi padre y
asiento porque el nudo en mi garganta es tan jodidamente grande que no puedo
respirar. Atravieso la puerta y detengo mis pasos de pronto.
Paula.
Es la única palabra a la que puedo aferrarme mientras mi mente intenta procesar
todo.
Paula. Se ve tan pequeña, tan jodidamente pálida, tanto como una niña perdida
en una cama de sábanas blancas.
Cuando voy a su lado tengo que recordarme a mí mismo respirar porque todo lo
que quiero hacer es tocarla, pero cuando me acerco estoy tan jodidamente asustado de
que si lo hago, ella se rompa. Se haga malditos añicos. Y nunca pueda recuperarla.
Pero no puedo evitarlo, porque si pensaba que me sentía impotente en la parte
de atrás del coche de policía, entonces me siento completamente inútil ahora. Porque
no puedo arreglar esto. No puedo correr y salvar el maldito día, pero esto... no sé qué
hacer, qué decir, a dónde ir desde aquí.
Y eso jodidamente me destroza.
Me detengo y la miro, observo sus pálidos labios llenos, la piel suave como seda
que sé que huele a vainilla, especialmente en el lugar debajo de su oreja y sé que esta
mujer luchadora llena de su inteligente boca desafiante y sin discusión, es mi dueña.
Mi maldita dueña.
De cada maldita parte de mí. En nuestro corto tiempo juntos ella derribó
malditas paredes que nunca incluso supe que había pasado una vida construyendo. Y
ahora sin esas paredes, estoy tan indefenso sin ella, porque cuando no se siente nada
durante tanto tiempo, cuando se elige ser insensible y luego se aprende a sentir de
nuevo, no puedes apagarlo. No puedes hacer que se detenga. Todo lo que sé ahora,
mirando su completa maldita belleza por dentro y por fuera, es que la necesito más
que a nada. La necesito para ayudarme a cruzar este maldito extraño territorio antes
de que me ahogue con el conocimiento de que le hice esto a ella.
Soy la razón de que vaya a tener que tomar una decisión, que ni siquiera estoy
seguro de que quiero que haga más.
Me dejo caer en el asiento al lado de su cama y cedo a mi única debilidad ahora,
necesito tocarla. Coloco suavemente su mano inerte entre las mías y aunque está
dormida y no sabe que la estoy tocando, todavía siento eso, todavía siento esa chispa
cuando nos sujetamos.
Te amo.
Las palabras pasan rápidamente por mi mente y doy un grito ahogado cuando
cada parte de mí se rebela ante las palabras que pienso, pero no los sentimientos que
siento. Me concentro en la jodida desconexión, empujando esas palabras que solo
representan daño, porque no puedo dejarlas contaminarme ahora en este momento.
No puedo tener pensamientos de eso mezclados con los de ella.
Trato de recuperar mi respiración otra vez mientras lágrimas brotan y mis labios
se presionan contra la palma de su mano. Mi corazón late y mi cabeza sabe que ella
solo podría haber quitado el último maldito muro de acero, abrirlo como la jodida caja
de Pandora por lo que todo el mal encerrado para siempre en su interior, podría
escapar y salir de mi alma dejando solo una cosa atrás.
Jodida esperanza.
La pregunta es, ¿qué diablos estoy esperando ahora?
=( =( =(
Wow que intenso, buenísimo!!!
ResponderEliminarQué manera de llorar con estos caps x favor. Qué desgracias que hayan perdido el bebé. Muy intensos los 3 caps.
ResponderEliminarNo te puedo creer!! Todas le pasan pobres! Que angustia...mimiroxb
ResponderEliminarNo lo puedo creer!!! Pasaron tantas cosas en estos 3 capítulos! Pasar del pánico, el alivio, al amor, la felicidad xq parecía q iba a estar todo bien y ahora esto??? Tanta tragedia! cómo van a superar tanto dolor? Pobrecitos los 2!
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