miércoles, 17 de septiembre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 89

Un sonido amortiguado me saca de mi sueño. Y estoy tan cansada, quiero
hundirme en el olvido cegador porque he dormido tan poco las pasadas
dos semanas, que mantengo mis ojos cerrados mientras vibra el motor
de un avión. Pero porque ahora estoy despierta, cuando lo escucho una segunda vez,
sé que no estoy equivocada.
Abro mis ojos, sorprendida con lo que veo. La vista de mi imprudente chico
malo, con los ojos fuertemente apretados, sus dientes mordiendo su labio inferior y la
cara pintada por la pena que se desliza por sus mejillas, viéndose completamente abajo
en un silencio disciplinado. Estoy momentáneamente congelada con inseguridad.
Inseguridad porque he sentido la desconexión entre nosotros los últimos días.
Por un lado sentí como si él estuviera tratando de alejarme, manteniéndome a la
distancia de su brazo, manteniendo todas las discusiones superficiales.
Diciendo que su cabeza dolía, que necesitaba dormir en el minuto que sacaba
algún tema serio.
Y luego se encontraban esos momentos extraños cuando él pensaba que no le
prestaba atención cuando lo notaba mirándome por el reflejo de las ventanas de la
habitación con una mirada de reverencia dolorosa y añoranza mezclada con tristeza.
Esa mirada singular siempre me causaba escalofríos.
Él da un sollozo y abre sus ojos lentamente, el dolor es tan evidente en ellos, mi
hombre adulto marcado por las lágrimas de un niño pequeño asustado. Aparta la
mirada por un momento y puedo verlo tratando de recomponerse, pero termina
apretando sus ojos cerrados y llorando incluso más fuerte.
—¿Pedro? —Me muevo de mi posición inclinada, empezando a alcanzarlo, pero
luego retrocediendo con inseguridad por la absoluta desolación reflejada en sus ojos.
Mi vacilación es respondida por Pedro mirando mi mano y negando como si tocarme
lo fuera a derrumbar.
Y aun así no puedo resistirlo. Nunca puedo cuando se trata de Pedro.
No puedo dejarlo sufrir en silencio por lo que sea que está devorando su alma y
ensombreciendo su cara. Tengo que acercarme a él, reconfortarlo de la única manera
que parece funcionar entre nosotros, mis ojos preguntando si está bien hacer
acercarme. No le dejo contestar, no le doy otra oportunidad de alejarme, pero me
establezco en su regazo. Envuelvo mis brazos alrededor de él lo mejor que puedo,
poniendo mi cabeza en el hueco de su cuello y solo sosteniéndome a un silencio
reconfortante.
Sosteniéndome mientras su pecho se estremecerse y su respiración se atasca.

Mientras sus lágrimas caen, limpiando su alma o presagiando una devastación
inminente.

****

No necesito una maldita silla de ruedas!
Es la cuarta vez que lo ha dicho y es la única cosa
que me ha dicho desde que está despierto en el avión.
Muerdo mi labio y lo observo oponerse mientras le da una
mirada mordaz a la enfermera cuando ella empuja la silla una vez más a la parte
posterior de sus rodillas sin decir una palabra a su difícil paciente. Puedo verlo
empezando a cansarse a causa del esfuerzo por salir del coche y caminar los cinco
metros o algo así hacia la puerta principal, antes de parar y apoyar una mano en el
muro para mantenerse. Su agotamiento es tan obvio que no me sorprende cuando
finalmente se rinde y se sienta. Me alegro de enviar un mensaje a todo el mundo antes
de tiempo y decirles que permanecieran dentro de la casa y no nos recibieran en la
entrada. Después de observar el esfuerzo que le tomó para bajar del avión y entrar al
coche me imaginé que él podría avergonzarse si tuviera una audiencia. Los paparazzi
siguen gritando al otro lado de las puertas cerradas, clamando para conseguir una foto
o declaración de Pedro, pero Sammy y sus nuevas incorporaciones de personal están
haciendo su trabajo manteniendo este momento en privado, por lo cual estoy muy
agradecida.
—Solo dame un jodido minuto —dijo enfadado, cuando ella comienza a
empujarlo y puedo ver que un dolor de cabeza lo ha asaltado de nuevo cuando, pone
su cabeza en sus manos, sus dedos doblando la visera de su gorra de béisbol y solo se
quedan allí.
Tomo una respiración profunda desde mi lugar en silencio sin involucrarme,
tratando de descubrir lo que está sucediendo con él. Y después de su crisis silenciosa
en el avión, sé que es más que solo los dolores de cabeza. Más que el accidente. Algo
ha cambiado y no puedo hallar la causa de sus conflictivas personalidades. Y el hecho
de que no pueda determinar con precisión la razón tenía mis nervios exaltados.
Pedro presiona sus manos a los lados de su gorra y puedo ver la tensión en sus
hombros mientras trata de prepararse para el dolor emergiendo desde su cabeza.
Camino hacia él, incapaz de resistir intentar ayudarlo de alguna manera, aunque sé no
hay nada que realmente puedo hacer y simplemente coloco mis manos sobre sus
hombros para hacerle saber que estoy allí.
Que él no está solo.

***

—No necesito una maldita enfermera cuidándome. Estoy bien. En serio —dice
Pedro desde su posición parcialmente recostada en la tumbona. Todo el mundo se
marchó poco después de nuestra llegada, todos, excepto Becks y yo, dándonos cuenta
en qué estado de ánimo malhumorado Pedro estaba. Pedro se estableció por su
cuenta en la terraza, durante los últimos treinta minutos, porque, después de haber
estado atrapado en el hospital por tanto tiempo, lo único que quiere es sentarse al sol
en paz. Una paz que no está consiguiendo desde que ha estado discutiendo con todos
acerca de cómo está perfectamente bien y simplemente quiere que lo dejen solo.
Becks cruza sus brazos sobre su pecho.
—Sabemos que eres obstinado y todo, pero acepta la situación con calma. No
vamos a dejarte…
—Déjame malditamente solo, Daniels —dijo Pedro bruscamente, enfado en su
tono mientras Becks se acerca a él—. Si quisiera tu opinión, la pediría.
—Entonces prepárate como la mierda para lo que voy a decir —dice mientras se
pone más cerca de Pedro—. ¿Tu cabeza duele? ¿Quieres ser un imbécil porque has
estado encerrado en un maldito hospital? ¿Quieres la compasión que no estás
obteniendo? Pues demasiado jodidamente mal. Casi mueres, Pedro, mueres, así que
cierra tu puta boca y dejar de ser un idiota con las personas que más se preocupan por
ti. —Becks sacude su cabeza hacia él con exasperación mientras Pedro simplemente
tira su gorra más abajo sobre su frente y protesta.
Cuando Beck continua hablando, su voz es tranquila, serena, de la forma
calculada que usó conmigo cuando estábamos en la habitación del hotel la noche antes
del accidente.
—¿No quieres un baño de esponja de la enfermera Ratchet abajo? Entiendo eso
también. Pero tienes que tomar una decisión, ya sea ella, yo o Paula lavando tus bolas
todas las noches hasta que te estés limpio para los médicos. Se a quién elegiría y seguro
como la mierda que no sería a mi o la gran, hosca, mujer alemana en la cocina. Te amo,
hermano, pero mi amistad traza la línea a la hora de tocar tu porquería.
Becks se echa hacia atrás, con los brazos aún cruzados y las cejas levantadas. Se
encoge de hombros al reiterar la pregunta. Cuando Pedro no habla, sino que sigue
estando malhumorado y mira fijamente desde debajo de la visera de su gorra, doy un
paso al frente y asumo la responsabilidad, cansada, irritada, queriendo tiempo a solas
con Pedro, para tratar de situar nuestro mundo de nuevo.
—Me voy a quedar, Pedro. Vas a aceptar esta condición. No te voy a dejar aquí
por tu cuenta. —Simplemente levanto mis manos cuando empieza a discutir. Idiota
obstinado—. Si quieres seguir actuando como uno de los chicos cuando tiene una
rabieta, entonces empezaré a tratarte como uno.
Por primera vez desde que estamos en la terraza, Pedro levanta sus ojos para
encontrarse con los míos.
—Creo que es hora de que todos se vayan. —Su voz es baja y llena de
resentimiento.

Me acerco queriendo que él sepa que puede empujarme todo lo que quiera, pero
no voy echarme atrás. Lanzo sus propias palabras de regreso en su cara. Palabras que
ni siquiera estoy segura de que él recuerda.
—Podemos hacer esto de la manera fácil o difícil, Ace, pero puedes estar seguro
de que va a ser a mi manera.

***

Me aseguro de que Becks cerró la puerta de entrada al salir antes de agarrar el
plato de queso y galletas saladas para dirigirme de regreso al piso de arriba. Encuentro
a Pedro en el mismo lugar en la tumbona pero se ha quitado su gorra, está con la
cabeza inclinada hacia atrás, ojos cerrados. Me detengo en el umbral y lo observo. Miro
detenidamente el parche afeitado que está empezando a crecer de nuevo sobre su
desagradable cicatriz. Noto los surcos en su frente que me dice que está cualquier cosa
menos en paz. Entro en la terraza en silencio, la canción Hard to Love está sonando
en la radio suavemente y estoy agradecida de que oculta mis pasos así no lo despierto
mientras coloco sus medicamentos para el dolor y el plato de comida en la mesa junto
a él.
—Ya puedes irte también. —Su dura voz me sobresalta. Sus inesperadas palabras
desconciertan. Mi temperamento está a punto de estallar. Lo miro y no puedo hacer
otra cosa que agitar mi cabeza con gran incredulidad porque sus ojos están todavía
cerrados. Todo durante los últimos dos de días pasa rápidamente por mi mente como
una serie de recuerdos. La distancia y el rechazo. Esto es algo más que estar molesto
por estar limitado durante su recuperación.
—¿Hay algo de lo que necesites desahogarte?
Una solitaria gaviota grazna sobre nosotros mientras espero la respuesta,
tratando de prepararme para lo que sea que va a decirme. Pasó del llanto sin
explicación a decirme que me vaya, no es una buena señal en absoluto.
—No necesito tu maldita lástima. ¿No tienes una casa llena de niños pequeños
que te necesitan para ayudar a satisfacer ese rasgo genético tuyo de persistir y sofocar?
Podía haberme llamado por cada horrible nombre conocido y no heriría tanto
como esas palabras con las que acaba de insultarme.
Estoy boquiabierta, abriendo y cerrando la boca, mientras lo miro fijamente, su
cara en ángulo hacia el sol, con los ojos todavía cerrados.
—¿Perdón? —No es replica para lo que acaba de decir, pero es todo lo que tengo.
—Me has oído. —Levanta su barbilla hacia arriba, casi como un gesto de despido,
pero aún mantiene sus ojos cerrados—. Sabes dónde está la puerta, encanto.
Tal vez mi falta de sueño ha atenuado mi habitual reacción, pero esas palabras
simplemente me disgustaron demasiado. Siento que hemos regresado al mal momento
de hace semanas y tengo inmediatamente mi guardia levantada para protegerme. El
hecho de que no me mira me disgusta más.

—¿Qué mierda está pasando, Alfonso? Si vas a echarme, lo menos que puedes
hacer es tener la amabilidad de mirarme.
Me mira con un ojo entrecerrado como si esto de prestarme atención lo
molestara y no puedo soportarlo más. Se las ha arreglado para herirme en los completos
cinco minutos que hemos tenido juntos y el hecho de que mi estabilidad emocional se
mantiene unida por cuerdas deshilachadas no ayuda tampoco. Él me observa y la
sombra de una sonrisa de suficiencia aparece, como si estuviera disfrutando de mi
reacción, disfrutando de juguetear conmigo.
Palabras no dichas pasan por mi mente y me susurran, me llaman para
considerarlas. ¿Pero que me estoy perdiendo aquí?
—Paula, es probablemente lo mejor si lo llamamos como parece.
—¿Probablemente lo mejor? —Mi voz aumenta en intensidad y me doy cuenta
de que tal vez ambos estamos muy exhaustos y abrumados con todo lo que está
ocurriendo, pero todavía no estoy comprendiendo qué demonios está pasando. El
pánico comienza a crecer dentro de mí ya que solo puedo aferrarme muy fuerte a
alguien que no quiere que lo haga—. ¿Qué demonios, Pedro? ¿Qué está pasando?
Empujo la silla y camino hasta el barandal y observo el agua por un momento,
necesitando un minuto para alejar la frustración así la paciencia puede resurgir, pero
simplemente estoy agotada por las emociones que me invaden.
—No vas a conseguir alejarme, Pedro. No llegas a necesitarme un minuto y
luego me empujas lejos tan fuerte como puedas al siguiente. —Intento mantener el
dolor fuera de mi voz, pero es prácticamente imposible.
—¡Puedo hacer lo que sea que yo quiera! —me grita.
Mi agitación regresa, aprieto la mandíbula, el sabor del rechazo fresco en mi
boca.
—¡No cuando estás conmigo, no puedes! —Mi voz se hace eco a través del
concreto de la terraza mientras nos miramos fijamente, el silencio de a poco
extinguiendo posibilidades.
—Entonces tal vez no debería estar contigo. —La fría tranquilidad me deja sin
aire. Dolor se extiende por mi pecho mientras tomo una respiración. ¿Qué demonios?
¿Interpreté todo mal? ¿Qué me estoy perdiendo?
Quiero atacarlo. Quiero desatar en él la furia que me invade.
Pedro desvía sus ojos por un instante y en ese momento, todo finalmente encaja.
Todas las piezas del rompecabezas que parecían incorrectas durante la última semana,
finalmente encajan.
Y todo es tan obvio ahora, me siento como una idiota por no resolverlo antes.
Es hora de hacerlo hablar.

Pero ¿y si lo hago y me equivoco? Mi corazón late rápidamente, pero ¿qué otra
opción tengo? Paso mis manos sobre mis jeans en la parte de los muslos, odiando que
esto me ponga nerviosa.
—Bien —digo con resignación, mientras doy un par de pasos hacia él—. ¿Sabes
qué? Tienes razón. No necesito esta mierda de ti o cualquier otra persona. —Sacudo
mi cabeza y lo miro fijamente mientras él toma su gorra, la coloca en su cabeza,
bajando la visera, así apenas puedo ver sus ojos que ahora están abiertos y me observan
con cautelosa intensidad—. No negociable, ¿recuerdas?
Lanzo mi amenaza hacia él de nuestro acuerdo en la bañera hace semanas y con
esas palabras veo una pizca de emoción reflejada por un momento en sus ojos hasta
este momento indiferentes. Él solo encoge sus hombros despreocupadamente, pero
estoy en su juego ahora. Puede que no sepa lo que es, pero algo está mal, y francamente
esta mierda de ya he estado aquí y ya he hecho esto se está volviendo vieja.
—¿No aprendiste una mierda? ¿Te quitaron la parte del sentido común de tu
cerebro cuando te lo abrieron?
Sus ojos se fijan en los míos ahora y sé que he conseguido su atención. Bien. No
habla pero al menos sé que sus ojos están en mí, enfocando su atención.
—No necesito tu condescendiente mierda, Paula. —Él tira la visera de su gorra
sobre sus ojos e inclina su cabeza hacia atrás, echándome una vez más—. Sabes dónde
está la puerta.
Atravieso la terraza y lanzo en el aire su gorra quitándola de su cabeza en
cuestión de segundos, mi cara baja a pocos centímetros de la suya.
Sus ojos se abren rápidamente y puedo ver emociones desapareciendo dentro de
ellos por mis acciones inesperadas.
Traga saliva con fuerza por su garganta mientras sostengo mi mirada, negándome
a dar marcha atrás.
—No me alejes o voy a devolverte el golpe diez veces más duro —le digo,
rogándole que mire profundamente en su interior y sea honesto consigo mismo. Que
sea honesto sobre nosotros—. Me has herido a propósito antes. Sé que peleas sucio,
Pedro... así que, ¿qué es de lo que estas tratando de protegerme?
Bajo más sobre la tumbona, nuestros muslos rozándose contra los del otro,
tratando de establecer la conexión para que él pueda sentirlo, así no puede negarlo.
Él mira hacia el océano durante unos momentos y luego me mira, claramente en
conflicto.
—De todo. De nada. —Se encoge de hombros, apartando sus ojos de nuevo—.
De mí. —El dolor en su voz desenrolla la bola de tensión enroscada alrededor de mi
corazón.
—¿De qué... de qué estás hablando? —Pongo suavemente mi mano en la suya y
aprieto, preguntándome qué está pasando dentro de su cabeza—. ¿Protegerme? Darme
órdenes y decirme que me largue no es protegerme, Pedro. Es herirme. Hemos pasado
por esto y…
—Simplemente déjalo, Pau.
—No voy a dejar una mierda —le digo, mi ataque verbal aumentando de
intensidad para dejar claro mi punto de vista—. No lo entiendes…
—¡Déjalo! —ordena, con su mandíbula apretada y con tensión en su cuello.
—¡No!
—Dijiste que no podías seguir con esto. —Escucho su voz a través de los sonidos
calmantes del océano debajo a pesar de las salvajes olas rompiendo contra mi corazón.
La fingida calma de su tono de voz me advierte que él está herido, pero son las palabras
que dice las que me tienen buscando en mi memoria sobre lo que está hablando.
—¿De qué…? —Empiezo a decir, pero me detengo cuando levanta su mano, con
los ojos fuertemente cerrados mientras el sucesivo dolor de cabeza emerge
momentáneamente. Y, por supuesto, me siento culpable por empujarlo a esto, pero
está loco si piensa que voy a alguna parte. Quiero extender la mano y calmarlo, tratar
de aliviar el dolor, pero sé que no puedo hacer nada que vaya a ayudar, así que me
siento y froto mi pulgar distraídamente sobre el dorso de su mano tensa.
—Cuando estaba inconsciente… te oí decirle a Becks que no podías seguir más
con esto… que te gustaría de buena gana largarte… —Su voz se apaga mientras sus
ojos están fijos en los míos, el musculo de su mandíbula late. Su obstinada mandíbula
apretada hace la pregunta que sus palabras no hacen.
—¿Eso es de lo que se trata todo esto? —pregunto desconcertada y me doy cuenta
al mismo tiempo—. ¿Un fragmento de una conversación que tuve con Becks cuando
dije que me gustaría de buena gana alejarme de ti, hacer algo, cualquier cosa diferente,
si te hubiera impedido estar en estado de coma en una cama de hospital? —Puedo ver
cómo su mente ha alterado pedazos de mi conversación con Beckett, pero nunca me
ha preguntado sobre esto. Nunca lo reveló. Y ese hecho, más que el malentendido es
lo que me molesta.
—Dijiste que te gustaría de buena gana largarte —repite con voz decidida, como
si él no creyera que le estoy diciendo la verdad—. Tu lástima no es necesaria, ni
bienvenida.
—¿Has estado alejándome porque crees que estoy aquí solo por lástima?¿Que te
lesionaste y ahora no te quiero más? —Y ahora estoy disgustada—. Me alegra que
pensaras tan bien de mí. Pedazo de idiota —murmuro más para mí que para él—.
Siéntete libre de hacer suposiciones, ya que en caso de que no lo hayas notado, han
hecho maravillas a nuestra relación hasta ahora, ¿verdad? —No puedo evitar el
sarcasmo llenando mi voz, pero después de todo lo que hemos pasado juntos, todo lo
que siempre parece resurgir de nuevo cuando todo está dicho y hecho. Me duele que
en lo más mínimo piense que lo voy a querer menos porque no está al cien por ciento.
—Paula. —Suelta un fuerte suspiro y alcanza mi mano pero me alejo.
—No digas eso —No puedo evitar las lágrimas inundado mis ojos—. Casi te
pierdo.
—¡Te estás condenada malditamente en lo cierto y es por eso tengo que dejarte
ir! —grita antes de soltar una maldición entre dientes. Entrelaza sus dedos en la parte
posterior de su cuello y luego baja sus codos, tratando de contener algo de su ira. Mis
ojos parpadean hasta encontrarse con los suyos, me quedo sin aliento por la
confusión—. Te he oído en el teléfono con Lina la otra noche cuando pensabas que
estaba dormido. Te escuche decir que no estás segura de que serás capaz de verme
volver al coche de nuevo. No puedo elegir entre tú y las carreras —dice, la angustia es
tan perceptible que sale de él en olas y se rompe contra la desesperación emanando de
mi—. Necesito ambos, Paula. —La desolación en su voz causa un fuerte sentimiento
dentro de mí, su miedo es visible—. A ambos.
Y ahora lo entiendo. No es que piensa que no lo quiero porque está herido, es
que no lo voy a querer en el futuro porque voy a temer por cada segundo de cada
minuto que está en el coche, así como los minutos previos de eso. No tenía idea de que
había oído mi conversación. Una conversación con Lina que era tan sincera, me
avergüenzo recordando algunas de las cosas que dije, sin endulzar como haría con la
mayoría.
Llevo mi mano a su cara, girándola para mirar la mía.
—Habla conmigo, Pedro. Después de todo lo que hemos pasado, no puedes
excluirme o alejarme. Tienes que hablar conmigo o no podremos continuar.
Puedo ver las emociones claras en sus ojos y no me gusta verlo luchar con ellas.
No me gusta saber que algo ha estado destrozándolo durante la última semana, cuando
debería haber estado preocupado por recuperarse. No por nosotros. No me gusta que
él aún tenga en duda cualquier cosa que tenga que ver con nosotros.
Toma una respiración temblorosa y cierra sus ojos por un momento.
—Estoy tratando de hacer lo mejor para ti. —Su voz es tan suave que el sonido
de las olas casi lo hace imperceptible.
—¿Qué es lo mejor para mí? —pregunto en el mismo tono, confundida pero
necesitando entender a este hombre tan complicado y a la vez tan ingenuo de muchas
maneras.
Abre sus ojos y el dolor está ahí, tan crudo y vulnerable que hace que mi interior
se retuerza.
—Si no estamos juntos... entonces no puedo lastimarte cada vez que me meto en
el coche.
Traga saliva y le doy un momento para encontrar las palabras que puede estár
buscando… y para recuperar mi capacidad para respirar. Él me ha estado alejando
porque se preocupa, porque él me está poniendo primero y mi corazón se llena de
emoción con el pensamiento.

Extiende su mano y toma la mía, la apoyo en su mejilla, entrelaza sus dedos con
ella y la deja sobre su regazo. Sus ojos permanecen enfocados en nuestra conexión.
―Te dije que me haces un hombre mejor... y estoy tratando tan jodidamente
duro ser eso para ti, pero estoy fallando miserablemente. Un hombre mejor te dejaría
ir para que no tengas que volver a vivir lo que sucedió con Max y mi accidente cada
vez que me subo al coche. Haría lo que sea mejor para ti.
Tomo un momento para encontrar mi voz, porque lo que Pedro acaba de
decirme, esas palabras, equivalen a decirme que me ama. Representan un cambio de
él como hombre, no puedo detener la lágrima que se desliza por mi mejilla.
Cedo a la necesidad. Me inclino y presiono mis labios con los suyos. Para
experimentar y tomar solo una pequeña garantía de que él está aquí y con vida. De
que el hombre que pensaba y esperaba estaba debajo de todas las cicatrices y el dolor,
en realidad está ahí, de verdad es este hombre maravillosamente dañado cuyos labios
se presionan contra los míos.
Me alejo un poco y lo miro a los ojos.
—¿Qué es lo mejor para mí? ¿No sabes qué lo mejor para mí eres tú, Pedro?
Cada parte de ti. El obstinado, salvaje e imprudente, el amante de la diversión, el serio
e incluso las piezas rotas de ti —digo, presionando mis labios con los suyos entre cada
palabra—. Todas las partes que nunca voy a ser capaz de encontrar en otra persona...
esas son las que necesito. Lo que quiero. Tú, cariño. Solo tú.
Esto es lo que es el amor, quiero gritarle. Sacudirlo hasta que comprenda que
esto es verdadero amor. No el desenfrenado dolor y abuso de su pasado. No una versión
retorcida de su madre del mismo. Esto es amor. Él y yo, haremos que funcione. Uno
es fuerte cuando el otro es débil. Pensando en el otro primero cuando saben que su
pareja va a sentir dolor.
Pero no puedo decirlo.
No puedo asustarlo recordándole lo que sentía por mí o me dijo. Y por mucho
que me paraliza eso, no puedo decir que lo amo. Se lo puedo mostrar permaneciendo
a su lado, sosteniendo su mano, siendo fuerte cuando más me necesita. Estando en
silencio cuando todo lo que quiero hacer es decírselo.
Él solo me mira fijamente, sus dientes mordisqueando su labio inferior y con
completa consideración en sus ojos. Toma una respiración profunda aclara su garganta
mientras asiente, una silenciosa aceptación en respuesta a mis palabras.
—Lo que le dijiste a Lina es cierto sin embargo. Va a matarte cada vez que me
subo al coche…
—No voy a mentir. Va a matarme, pero voy a encontrar la manera de manejar
la situación cuando lleguemos a ese punto —le digo, aunque ya siento el miedo
invadirme con el pensamiento—. Vamos a encontrar la manera —me corrijo y la
sonrisa más adorable curva una de las esquinas de su boca, derritiendo mi corazón.
Él solo asiente, sus ojos transmiten las palabras que quiero oír y por ahora, es
suficiente para mí. Porque cuando tienes todo justo ante ti, podrás aceptar cualquier
cosa para mantenerlo allí.
—No soy bueno en esto —dice y puedo ver la preocupación llenar sus ojos,
marcar sus rasgos.
—Nadie lo es —le digo, apretando nuestros dedos enlazados—. Las relaciones
no son fáciles. Son difíciles y pueden ser dolorosas a veces… pero esos son los
momentos que aprendes más acerca de ti mismo. Y cuando están bien… —Hago una
pausa, asegurándome de que sus ojos están fijos en los míos―. Puede ser como volver
a casa... encontrar la tranquilidad de tu alma. ―Aparto mis ojos, avergonzada de
pronto por mis introvertidos comentarios y mis desalentadoras tendencias románticas.
Él aprieta mi mano, pero mantengo mi cara hacia el sol, esperando que el color
tiñendo mis mejillas no se note. Mi mente corre con las posibilidades para nosotros,
si pudiera simplemente encontrarse dentro de sí mismo, dejándome tener un lugar
permanente en éste.
El silencio es bueno ahora, porque el espacio vacío entre nosotros está formado
con posibilidades en lugar de malentendidos. Y en esta terraza, bañada por la luz del
sol, estamos perdidos en nuestros pensamientos, porque estamos aceptando el hecho
de que existen mañanas para que experimentemos juntos y eso es un buen lugar para
estar.
Mientras mi mente divaga veo el plato de comida y medicamentos para el dolor
en la mesa al lado de nosotros.
—Hey, tienes que tomar tus píldoras —digo, finalmente volviéndome hacia él y
encontrando sus ojos.
Extiende su mano y ahueca un lado de mi cara, pasando suavemente la yema de
su pulgar sobre mi labio inferior. Dejo escapar una respiración temblorosa mientras él
inclina su cabeza y me observa.
—Eres la única medicina que necesito, Paula.
No puedo evitar la sonrisa extendiéndose por mis labios o el comentario
sarcástico que se me escapa.
—Supongo que los médicos no arruinaron tu capacidad para lanzar persuasivos
comentarios ingeniosos de una sola línea, ¿no?
—Nop —dice con una maliciosa sonrisa de suficiencia inclinándome hacia él al
mismo tiempo que yo lo hago, así nos encontramos en el medio.
Nuestros labios se rozan muy suavemente, una vez, luego dos veces, antes de que
abra sus labios y su lengua se deslice entre la mía. Nuestras lenguas se mueven
rítmicamente, nuestras manos acarician y nuestros corazones laten rápidamente,
mientras nos acostumbramos a las emociones del beso. Acerca su otra mano hasta
ahuecar el otro lado de mi cara, y puedo sentirla temblando mientras trata de
mantenerla allí. Levanto mi mano para sostener la parte externa de la suya y ayudarlo
a mantenerla en mi mejilla. El deseo se construye en el fondo de mi vientre y tanto
como sé que no puedo satisfacer el anhelo de mi cuerpo, por órdenes del médico, no
significa que no lo quiera desesperadamente.
Cuando nos conectamos a través de la intimidad, es algo más que solo el orgasmo
alucinante a manos del oh-tan-experto Pedro, pero por supuesto es algo que no se
puede poner exactamente en palabras. Es casi como si, cuando nos conectamos, hay
una satisfacción que se abre paso en lo profundo de mi alma y me completa. Nos une.
Y extraño esa sensación.
Un sexy como el infierno gemido que proviene de la parte posterior de su
garganta no ayuda a detener el dolor ardiendo por él. Levanto mi mano libre y recorro
su estómago plano, amando la sensación de sus sonidos de satisfacción bajos mis dedos,
como resultado de mi tacto. Escalofríos hormiguean mi piel y no es por la brisa del
mar sino más bien por la marea de sensaciones que mi cuerpo echa de menos con
desesperación.
—Maldición, me muero por estar dentro de ti, Pau —susurra contra mis labios
cuando cada nervio de mi cuerpo reclama atención, e implora ser tomado, marcado, y
rehecho por él todo de nuevo. Y estoy tan cerca de decir que se jodan las órdenes del
médico, mi mano se desliza por su torso hasta deslizarse por debajo de la cintura de su
pantalón, cuando siento su cuerpo tenso y su respiración irregular.
Inmediatamente estoy abrumada por la culpa por mi falta de fuerza de voluntad
por tomar la tentación tan fácilmente en mis manos y me cambio a un estado de alerta.
—¿Algo mal?
La expresión de dolor permanece en el rostro de Pedro, los ojos fuertemente
cerrados, mientras solo asiente y se mueve hacia atrás hasta apoyarse en la silla.
Alcanzo la medicina y la pongo en sus manos.
Supongo que no soy la única medicina que necesita después de todo.

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