la brisa del océano. El estéreo que olvidamos apagar anoche suena con la
voz de Matt Nathanson apenas audible por encima del ruido de las olas.
Me acurruco más cerca de Pedro, tan contenta con el inesperado giro que nuestras
vidas han tomado cuando más o menos nos estrellamos los unos contra los otros que
juro me duele el corazón con la enormidad de todo. Con las segundas oportunidades
que a ambos se nos dieron por que los dos estamos aceptando lentamente, lo que hace
un año nunca podríamos haber imaginado.
Entorno mis ojos, agradecida por el enrejado de encima que bloquea el sol desde
donde nos quedamos dormidos anoche en la parte más alejada del patio en unos
sillones. Ni siquiera me molesté en suprimir el suspiro más que satisfecho de mujer
mientras recordaba el pasado, lento, dulce amor de él bajo un manto de estrellas y en
una cama hecha de posibilidades.
Recuerdo haberme levantado sobre él, hundiéndome en él y viendo el flujo de
emoción sin vigilancia a través de sus ojos. Cómo el suave y lento Pedro era tan
alucinante como el fuerte y rápido. Cómo un hombre que no solía mostrar ninguna
emoción: que solía guardarse su corazón a toda costa, se estaba abriendo lentamente,
moviendo un ladrillo a la vez, permitiendo que la llave entrara en la cerradura.
Sonrío suavemente mientras levanto mi cabeza y miro todos los recuerdos de
anoche. Cuán dulce era el gesto de un hombre que juraba que no se suscribía a la
noción del romance, cuando todo a nuestro alrededor gritaba todo lo contrario. ¿Qué
hombre llama por un favor a su padre para conseguir una copia, aún no publicada, de
su película pronto a ser taquillera para poder tener una noche de cita ininterrumpida
con su novia? Y a pesar de que llegué a saber que tenía la ayuda de Luciana, que fue
idea suya... los pequeños detalles aquí y allí, eran las pequeñas cosas que significan
mucho más para mí que las extravagantes.
Levanto mi cabeza de donde descansa en su pecho y lo observo dormir, dejo que
mi amor por él caliente las partes de mí que la brisa ha enfriado.
—Puedo sentir que me miras —dice él atontado doblando su labio, aunque sus
ojos permanecen cerrados.
—Mmm-hmm. —No puedo evitar la sonrisa en mi cara.
—¿De quién fue la idea de dormir aquí? Está jodidamente brillante. —Se mueve,
con los ojos todavía cerrados, pero lleva su brazo a descansar detrás de su cabeza hacia
abajo para tirar de mí más cerca de él.
—Creo que las palabras serían: “Tu vagina vudú trabajó su magia y se robó la
mía. No tengo energía para moverme” —repito, sin ocultar la mirada de suficiencia en
mi cara o el orgullo en mi voz.
—No, definitivamente no son mis palabras —dice él antes de abrir un ojo y mirar
por encima de mí y sonreír salaz. Me encanta su exhibición orgullosa—. Tengo la
magia en espadas, nena, debe haber habido algún otro chico en tu vudú chupándote
la vida.
Peleo con las ganas de reír, porque esa voz ronca por la mañana y esos ojos
soñolientos son la perfecta combinación de atractivo, por lo que es extremadamente
difícil fingir indiferencia.
—Sí, tienes razón. Recuerda, no estoy interesada por los chicos malos como tú.
—Me encojo de hombros—. Fue ese hombre bien afeitado que veo al lado. El que me
da lo que tú no puedes. —Se mofa cuando levanto la sábana reposando sobre nuestras
caderas y veo debajo de ella, con mis ojos viendo con avidez sobre su impresionante
erección matutina. Mis músculos, un poco doloridos de ayer por la noche, se aprietan
inmediatamente de anticipación de más por venir. Cierro los ojos para ocultar el deseo
que estoy segura los nubla y hace un gemido satisfecho.
—¿Ves algo que te guste? ¿Algo que no te pueda dar? —Me encanta el tono
lúdico en su voz. Me aseguro de que mi voz sea plana cuando hablo porque todo esto
de bromear me está haciendo anhelar lo que está debajo de mis dedos.
—No hay problema. —Fuerzo las palabras cuando miro hacia arriba desde
debajo de mis pestañas para encontrar sus ojos bailando con humor—. Esta mujer está
más que satisfecha. No tengo necesidad de experimentar su magia cuando ese hombre
puede manejar su bastón recto como no lo creerías.
Dentro de un latido Pedro me voltea de espaldas y se cierne sobre mí, su peso
descansa sobre un codo y su otra mano toma mis muñecas por encima de mi cabeza.
Su rostro está a centímetros del mío, con su sonrisa bloqueada en su lugar y las cejas
levantadas en desafío.
—Creo que mis palabras del otro día están listas para a un largo, momento de
follada —dice, presionando su erección en mi ápice—. Ahí está el largo momento,
cariño, ahora solo cumple con la parte de follada por él.
Me pongo reír pero termina en un gemido de placer mientras él se hunde en mi
cuerpo dispuesto. No estoy totalmente lista para su entrada y cuando debería
lastimarme, no lo hace. En lugar de ello añade la perfecta cantidad de fricción para
despertar todos los nervios posibles, incluyendo cualquiera de los que podría haber
perdido anoche.
—Dulce puto Jesús, te sientes como mujer Celestial —murmura en mi oído
mientras sus caderas se mueven y se desliza de nuevo hacia delante, con una mano
todavía fija en mis manos por encima de mí. En una acción extrañamente íntima, baja
la cara y se apoya solo debajo de la curva de mi cuello por lo que cada vez que se retira
y se hunde de nuevo en mí, me roza con su barba y la calidez de su aliento se burla de
mi piel. Y tal vez sea por su cara tan estrechamente posicionada junto a mi oreja o
simplemente que estamos tan en sintonía con uno otra vez, pero hay algo acerca de
los sonidos que hace que me hacen dar un giro tan encendido. Los gruñidos se
convierten en suspiros, en gemidos de audible satisfacción.
Trato de mover los brazos, pero su agarre me sostiene quieta.
—Pedro —jadeo mientras mi cuerpo se comienza a acelerar, con la calidez
extendiéndose, con el deseo que me arrolla tan fuerte que estoy esperando que la
primavera estalle—. Déjame tocarte.
—¿Hmm? —murmura, la vibración de sus labios contra mi cuello rodando a
través de mí. Él se mueve una vez más, girando sus caderas en un movimiento circular,
con su pene golpeando nervios ocultos, antes de que se aleje y se mueva de modo que
se frota contra mi clítoris añadiendo una fricción placentera que me hace olvidar todos
mis pensamientos sobre la necesidad de mis manos de ser liberadas. Él se ríe, sabiendo
exactamente lo que acaba de hacer—. ¿Esa sensación es buena?
—¡Dios sí! —gimo mientras él lo hace de nuevo, mis muslos empiezan a tensarse
y mi piel se vuelve roja mientras la ola de sensación me recorre en preparación para
su asalto final sobre mi cuerpo.
—Sé que soy bueno, nena, pero Dios, puede ser que me ponga un poco celoso si
comienzas a compararnos.
El tono juguetón, el hacer el amor perezoso, porque esto es hacer el amor para
nosotros, él puede llamarlo correr, pero estas... palabras murmuradas, de absoluta
aceptación, de conocimiento completo del cuerpo del otro, la comodidad,
definitivamente me muestra cómo me ama.
No puedo evitar la risa despreocupada que cae de mi boca más de lo que puedo
evitar la curvatura de mi espalda y el ángulo de mis caderas en su siguiente empuje en
su ritmo lento y hábil.
—Bien... prepárate a sentir celos, a tu vez —tanteo, lo que le hace levantar la
cabeza de su lugar en mi cuello y raspa sus bigotes con propósito a través de mi pezón
desnudo causando que una necesidad sin restricciones sea la línea principal
directamente a donde está manipulando tan expertamente entre mis muslos. Él
levanta las cejas hacia mí con diversión, tratando de averiguar qué es exactamente lo
que quiero decir mientras sus caderas giran una vez más dentro de mí y estoy perdida.
En el momento.
En él.
Por el orgasmo sin ayuda rasgando a través de mi cuerpo y me ahogo en sus
abrumadoras sensaciones.
Por el:
—Oh Dios, oh Dios, Dios, ¡oh! —cae de mis labios mientras una oleada tras otra
me traspasan.
Y sucumbo a la bruma de mi deseo, pero lo oigo reír cuando se da cuenta de por
qué pensaba que podría ser celoso. Mi cuerpo todavía está pulsando a su alrededor,
todavía viniéndose, cuando se inclina hacia abajo en mi oreja, su voz ronca matutina
añade un cosquilleo suave a las sensaciones violentas que reverberan a través de mí.
—Puedes decir su nombre ahora, cariño, pero en un momento estarás dándome
las gracias —dice mientras pellizca mi hombro con los dientes antes de que mis manos
se suelten y el calor de su cuerpo deje el mío.
Estoy tan perdida montando mi clímax que el calor de su boca en mi carne ya
sensible me llama con su nombre, con las manos en puño en el cabello de su cabeza
colocada entre mis piernas, su lengua se desliza a lo largo de mi unión.
—¡Pedro! —grito mientras él lame con su lengua dentro de mí, sacando la
intensidad de mi orgasmo, lo que prolonga la caída libre de mi éxtasis—. ¡Pedro! —
digo de nuevo, empezando a retorcer mis caderas contra su boca mientras el placer se
convierte en casi imposible de soportar.
Él mueve su lengua hacia atrás de nuevo y esta vez sigue adelante, trazando una
línea de besos de boca abierta y lame mi vientre, pecho y cuello a mi boca para que
cuando su lengua se empuje entre mis labios, pueda probar mi propia excitación. Su
boca en la mía absorbe mi gemido atónito mientras él entra una vez más y comienza
a perseguir su propio orgasmo.
Cuando se aleja de mi boca y se sienta en sus rodillas, sosteniendo mis piernas
abiertas para moverse dentro de mí, me concede ese relámpago de sonrisa que nunca
puedo resistir.
—Te lo dije, será mi nombre el que digas al final.
Empiezo a decir algo, pero él agarra mis caderas y las lleva hacia atrás y hace
compresiones en mí. El inicio de un ritmo castigador tiene a mis manos agarrando las
sábanas y su nombre se convierte en una respiración atorada en mis labios mientras
nos lleva junto a la orilla.
***
—¿Qué quiere Becks? —le pregunto a Pedro mientras camino a su oficina e
inclino mi espalda sobre la mesa para enfrentarlo. Si no fuera por mi posición, habría
perdido el parpadeo de incertidumbre a través de sus ojos antes de que haga una
mueca.
—¿Es una mala? —le pregunto por el dolor de cabeza que puedo decir que está
tratando de ocultar.
—Nah, no es tan malo. Se están volviendo menos y más —dice cayendo en
silencio mientras quita el clip en su mano con intensa concentración.
—¿Becks? —pregunto, sintiendo que algo está mal.
—Él eh, me preguntó si quería reservar algo de tiempo en la pista debido a que
debe reservar con mucha antelación. Para asegurarse de que tuviera un poco de tiempo
si lo quería. —Él aparta los ojos y se centra en el clip que está desplegado en sus
dedos—. Cree que debería volver al coche.
¡Maldito Beckett!
Quiero gritar con todos mis pulmones, pero me conformo con castigarlo en
silencio. Okay. Saqué mi infundada ira contra él para que haga lo que quiero porque
es lo correcto, pero todavía no quiere decir que me guste... en absoluto.
Me sentiría todo un infierno mucho mejor si tuviera un saco de boxeo también
porque todavía estoy aterrorizada por el pensamiento de Pedro poniéndose el
uniforme y detrás del volante, pero la pregunta es, ¿Pedro lo está?
—¿Cuáles son tus pensamientos sobre esto? ¿Estás listo?
Él suspira y se inclina hacia atrás en su silla, entrelazando sus dedos detrás de su
cabeza y mirando hacia arriba al techo.
—No —dice finalmente, arrastrando la palabra, tratando de ganar tiempo para
su explicación—. Ayer yo… —Se detiene medio pensando y niega—. No importa...
Mi mano está todavía demasiado jodida para agarrar el volante —dice. Y sé que es una
mentira de mierda debido a que no tuvo ningún problema en sostenerme para poder
salirse con la suya conmigo contra la puerta principal ayer, pero sé que decirlo en voz
alta sería similar a darle patadas a un hombre cuando está caído; no solo sabría que
está asustado, sino que también estaría demostrando que está mintiendo.
Pero su abortada explicación no estaba completa, al mezclarla con su comentario
de ayer sobre el tema de un día difícil, chocan juntos tan sutilmente en mi mente. Me
muevo sin preguntar y me siento sobre su regazo y anido en él. Él suelta un suspiro de
resignación antes de desenredar los dedos y cerrar los brazos a mi alrededor.
—¿Qué pasó ayer? —pregunto después de un momento. Puedo sentir su cuerpo
hacer una pausa momentánea y beso su pecho desnudo debajo de mis labios como una
señal silenciosa de apoyo.
—Vi la repetición.
Él no necesita decir nada más. Sabía perfectamente a que repetición se estaba
refiriendo porque todavía no me atrevía a verla.
—¿Y cómo lo manejaste?
Su cuerpo vibra con una energía inestable y cuando empieza a moverse debajo
de mí, puedo decir que necesita liberar algo de él. Me muevo de su regazo y cuando se
levanta y camina hacia la ventana, me hundo de nuevo en el cuero, aún caliente de su
cuerpo.
Pedro mete una mano por su cabello, la tensión es evidente en los músculos de
su espalda desnuda mientras mira por la ventana a la playa de abajo. Se obliga a hacer
una carcajada.
—Bueno, si llamas a un hombre hecho y derecho arrastrándose por el puto suelo
desnudo mientras vomita por el maldito ataque de pánico después de que cada puto
sentimiento del accidente lo golpea como si lo derribara… —dice, su voz cargada de
sarcasmo—… Entonces a la mierda, ¿eso se considera manejarlo? Entonces maldita sea
sí... Diría que podría pasar la maldita prueba. —Rueda los hombros y sale de la oficina
sin mirar atrás. Exhalo el aliento que estoy sosteniendo cuando escucho la puerta
corrediza del patio abrirse y luego cerrarse detrás de él.
Dejo que pase algún tiempo, perdida en mis pensamientos, mi corazón herido
lucha por la obvia necesidad de Pedro y temerle a las carreras, y me pongo de pie para
ir a buscarlo.
Salgo al patio y oigo el chapoteo del agua antes de ver su larga figura cortar magra
a través de la parte superior del agua con agraciada fluidez. Cubre la distancia de la
piscina rápidamente, alcanza el final y hace una especie de tirón bajo el agua y
reaparece antes de dirigirse hacia otro lado.
Me siento con las piernas cruzadas en el borde de la piscina y admiro su
capacidad atlética natural, el murmullo de músculos, su control total sobre su cuerpo
y me pregunto si esta atracción absoluta que tengo por él tiene alguna limitación.
Después de un poco, hace su vuelta bajo el agua en el borde más lejano de mí y
en vez de inmediatamente iniciar su carrera de nuevo, se voltea boca arriba y flota, su
impulso le causó ir a la deriva hacia donde estoy sentada. Se ve tan tranquilo ahora, a
pesar de que su pecho está en expansión de su esfuerzo y de que me gustaría poder ver
este tipo de serenidad en su rostro con más frecuencia.
Su torso se eleva desde el agua mientras baja los pies hasta el fondo y se frota las
manos por la cara. Cuando la quita, mira hacia arriba, sorprendido de verme allí
sentada mirándolo y la sonrisa más impresionante se extiende a través de sus labios.
Arruga su nariz, recordándome cómo se vería cuando era un niño pequeño y lo que
sea de mi preocupación por su estado de ánimo se desvanece.
Él se acerca a donde estoy sentada, con los ojos fijos en los míos.
—Lo siento, Pauli. —Sacude la cabeza con un suspiro—. Es difícil para mí
admitir que tengo miedo de volver a entrar en el coche.
Su admisión conmociona el infierno fuera de mí. Extiendo mi mano y paso mi
pulgar sobre su mejilla, nunca amándolo más que en estos momentos.
—Está bien. Yo también tengo miedo.
Él llega a mis caderas y me tira más hacia él para besarme. Un roce de sus labios
y el olor del agua clorada en su piel es todo lo que necesito para sentirme bien con él
de nuevo. Comienza a decir algo y luego se detiene.
—¿Qué? —pregunto bajo.
Él se aclara la garganta, se lame los labios y evita mis ojos dirigiéndolos a la playa
más allá.
—Cuando vuelva a entrar en el coche... ¿Est… estarás allí?
—¡Por supuesto! —Las palabras salen de mi boca y mis brazos se envuelven
alrededor de su cuerpo mojado al instante, un énfasis físico a mis palabras. Siento su
pecho estremecerse y escucho cómo se atora su respiración mientras me aprieta con
más fuerza. Llevo mis dedos hacia arriba y juego burlándome de su cabello con mis
uñas, mientras los restos en su cara me acarician debajo de mi cuello.
Te amo. Las palabras están en mi cabeza y tengo que dejar que salgan por mi
boca porque la intensidad de lo que siento por él es indescriptible. Es un amor
incondicional.
El sonido lejano del timbre de la puerta desde el interior de la casa nos hace
retroceder uno del otro. Lo miro confundida.
—Es probablemente que sea uno de los chicos de seguridad —dice mientras me
levanto y él nada hacia los escalones.
—Yo atiendo —le digo mientras camino a la casa, tirando de mi camisa mojada
ahora lejos de mi cuerpo, me alegro de haber optado por el top de color rojo en lugar
del blanco.
Mi mano está volteando la manija, tirando de la parte de madera, cuando escucho
la voz de Pedro desde a fuera decir:
—¡Espera! —Pero ya es demasiado tarde. Al abrir y sin saberlo, una de mis peores
pesadillas está de pie frente a mí en la puerta.
Todo lo que puedo hacer es rodar mis hombros con la vista. Piernas largas,
cabello rubio y una sonrisa condescendiente todo lo capto antes de que empiece a
caminar junto a mí y luego se detenga, inclinando su cabeza sobre su hombro para ver
de nuevo hacia mí.
—Puedes correr por ahora, pequeña. El juego terminó porque Pedro no te
necesita más. Está en buenas manos. Mamá está aquí.
Mi mandíbula cae abierta, su audacia hace que me quede sin habla. Antes de que
pueda encontrar mis palabras, entra en la casa como si poseyera el lugar, dejándome
en la estela de su perfume abrumador.
—¿Pedro? —grito al mismo tiempo que él entra en el vestíbulo, con la toalla
que está usando para secar su cabello cayendo al suelo.
Varias emociones parpadean a través de sus ojos, la más frecuente es molestia,
pero su cara no muestra absolutamente nada.
Y con Pedro, cuando su rostro es tan frío y carente de emoción, significa que
una tormenta se avecina justo debajo.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Tamara? —El hielo en su voz me detiene
en seco, pero ni incluso eso la desanima.
—Pepe, nene —dice no encontrándose afectada por la picadura de sus palabras—
. Tenemos que hablar. Sé que ha pasado un tiempo y…
—No estoy de humor para tu mierda melodramática así que corta el rollo. —
Pedro da un paso más en la habitación—. Sabes que no eres bienvenida aquí, Tamara.
Si te quisiera aquí antes, te habría invitado yo mismo.
Me encojo de vuelta por el veneno que ata su voz, pero al mismo tiempo, estoy
enojada. Enojada de que solo entre bailando aquí, al hogar donde soy la única mujer a
la que ha traído, como si mereciera estar aquí.
—Irritable, irritable —lo regaña juguetonamente, sin inmutarse por su completo
desinterés—. Estaba tan preocupada por ti y cómo estás y si recuperaste la memoria
de nuevo aún…
—¡Me importa una mierda volando tu preocupación! Tienes dos segundos.
Empieza a hablar o te jalaré por el trasero. —Pedro da otro paso hacia ella y puedo
ver su mandíbula tensarse y su completo y cruel desprecio por ella.
—Solo porque estás enojado porque tu recuperación vaya tan lenta que no
puedas recordar cosas importantes, no significa que tengas que sacarlo sobre mí.
―Tamara deja escapar una risa condescendiente y se da la vuelta ligeramente para
mirar por encima de mí con incredulidad en sus ojos como si estuviera diciendo: “¿En
serio? ¿Te escogió sobre mí?” antes de decir—: Estoy segura de que esto es divertido
para ti que eres su niñera y todo, muñeca, pero ya no serás necesaria.
Estoy fuera de la pared en un instante, una bola de ira volando hacia ella, pero
Pedro me gana y me toma por la mano. La rabia emana de él en olas palpables
mientras se agarra su bíceps.
—¡Es hora de irte! —gruñe mientras comienza a dirigirla hacia la puerta—. No
vendrás a mi casa y le faltarás al respeto a Pau…
—Estoy embarazada.
Las palabras que flotan fuera de su boca mueren en el repentino silencio de la
habitación y sin embargo, puedo verlas vibrando dentro de Pedro. Su cuerpo se
detiene, sus dedos se doblan en su brazo y sus dientes rechinan. Le toma un golpe para
alcanzar su paso de nuevo, tirando de ella hacia la puerta principal.
—Bien por ti. Felicidades. —Muerde, el sarcasmo gotea de sus palabras—. Gusto
en conocerte. —Empieza a abrir la puerta mientras ella da un tirón de su brazo
liberándolo.
—Es tuyo.
La mano de Pedro se congela en el pomo de la puerta haciendo que me gire el
corazón por las palabras que salieron de sus labios. Estoy viendo esto desarrollarse,
todo delante de mis ojos, pero me siento como una completa extraña, a un centenar
de kilómetros de distancia. Miro su cabeza entre sus hombros dar un latido, observo
sus manos apretarse en puños a sus costados, veo la furia en sus ojos mientras se vuelve
muy lentamente. Sus ojos se mueven y sostienen los míos por un segundo y lo que veo
saca el aire de mí. No es la rabia que brilla, no, es la disculpa atada con incredulidad
que está ofreciéndome. La disculpa que me dice que en el fondo teme que sus palabras
sean verdaderas. El plomo cae en mi estómago mientras la máscara que usa vuelve a
su lugar y se vuelve para dirigir su ira hacia Tamara.
—Tú y yo sabemos que eso no es posible, Tamara. —Da un paso hacia adelante y
puedo ver cada onza de la restricción que tiene, cómo está tratando muy duro de no
recogerla y físicamente echarla. Sus ojos se mueven de su cara a su estómago y luego
retroceden de nuevo.
—¿Qué? —jadea, con shock mezclado con dolor en su voz—. ¿No te acuerdas?
—Tiene una mano en su boca, con lágrimas en sus ojos—. Pedro tú y yo... la noche
de la fiesta de cumpleaños de Davis... ¿no recuerdas eso?
Mi estómago se cae porque si pensaba que podría estar actuando, en el papel para
que él volviera, simplemente se robó el show con la mirada de dolor en su rostro y la
desesperación en su voz.
Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Es mi único pensamiento coherente, porque mi
cuerpo entero tiembla con cada emoción imaginable posible.
—No —dice Pedro, moviendo la cabeza adelante y atrás, y la expresión de su
rostro, dice que si se sigue repitiéndolo una y otra vez, todo esto no acabará siendo una
pesadilla, me mata. Lágrimas de partes más profundas dentro de mí me abren,
preparándome para el ataque de dolor por venir.
—Es la única posibilidad —dice en voz baja, poniendo su mano sobre su
abdomen donde puedo ver el ligero golpe ahora que su camisa se alisó—. Tengo cinco
meses.
Tengo que luchar con la bilis que se eleva en mi garganta cuando mi fe se
tambalea. Tengo que esforzarme para respirar. Para enfocarme. Para darme cuenta de
que esto no es sobre mí. Que se trata de la peor pesadilla de Pedro hecha realidad en
los talones de una noche verdaderamente mágica entre nosotros. Pero es difícil no
hacerlo.
Toda mi mente puede centrarse en fechas, días pasados, mientras sus palabras
hunden sus garras en mí. Cinco meses, cinco meses, cinco meses, lo repito una y otra
vez porque es mucho más fácil centrarse en el tiempo que en el mundo que acaba de
ser quitado bajo mis pies. Cuando mi mente puede formular pensamientos coherentes
de nuevo, me doy cuenta de que ha pasado un poco más de cinco meses desde que nos
conocimos. Mierda, es posible.
Me digo a mí misma que ella está mintiendo. Que está tratando de hundir sus
ganchos en Pedro, de capturar el premio que quiere más que nada, tirando de la
tarjeta de “estoy embarazada”. La más vieja del mundo. Pero la evidencia está allí en
su vientre hinchado y la mirada de terror en el rostro de Pedro dice que es una
posibilidad, que está llegando a lo profundo de la bóveda cerrada de recuerdos y
tratando de encontrar lo que le está diciendo.
Miedo parpadea en su rostro, se incrusta en esos ojos suyos todo cuando de
repente me mira.
Y no importa lo mucho que lo quiera, no puedo mirar a otro lado. Es como si me
quedara mirándolo, él me miraría y me daría esa sonrisa que me dio hace unos
momentos en la piscina y que ella simplemente desaparecerá.
Pero nunca llega.
Él se pone de pie en medio de nosotras, inmóvil, perdido en pensamientos que
solo puedo imaginar. El hombre juguetón con quien hice el amor anoche es
inexistente. Puedo ver los engranajes en su cabeza moviéndose, noto la mueca de dolor
que estoy segura es de otro dolor de cabeza golpeándolo... pero si él está
completamente congelado, entonces yo estoy jodidamente paralizada.
Los ojos de Tamara parpadean y me evalúan con total desprecio, antes de mirar a
Pedro, con una suave sonrisa en su rostro.
—Me llevaste a casa de la casa de Davis, te pedí que entraras... tuvimos sexo,
Pedro. Era la primera vez que estábamos borrachos... desesperados por estar juntos
de nuevo y no utilizaste condón.
Y si la daga no estaba rompiendo la piel y empujándose en mi corazón, ella tuvo
que añadir la noción de que estuvieron juntos varias veces para torcerla un poco más
profundo.
—Antes de eso... cuando salimos antes de... —Él se aclara la garganta—. Solías
ser religiosa acerca de tomar la píldora. —No reconozco su voz y he estado en el
extremo receptor de la ira de Pedro, pero en este momento el absoluto desprecio en
su tono envía escalofríos por mi columna.
—No estaba tomando la píldora —dice ella en voz baja con un encogimiento de
hombros sin complejos mientras da un paso hacia él, la posible madre de su hijo. La
suave intimidad en su voz hace que las lágrimas broten de mis ojos. Ella se estira para
tocar el brazo de Pedro y él da un tirón fuera de su alcance.
Su reacción y el pánico sin restricciones en sus ojos hacen que la realidad de todo
esto empiece a filtrarse a través de mi negación, la posibilidad de que esta no sea una
estratagema para tenerlo simplemente de vuelta.
Me hundo contra la pared detrás de mí, mis fantasmas e insuficiencias como
mujer amenazan con levantar sus feas cabezas. Pongo la mano en mi abdomen para
ahogar el remordimiento que siento en mi vientre inútil. El que por siempre
permanecerá vacío. El que no puede darle lo único que ella puede. Siento los inicios
de un ataque de pánico trabajando, con el corazón acelerado, mis ojos no pueden
centrarse, mientras me pregunto si el hombre que profesa que nunca quiere hijos
simplemente puede cambiar de opinión cuando se enfrente a la posibilidad de uno.
Sucede todo el tiempo. Y si lo hace, entonces, ¿dónde nos deja esto? ¿Dónde me deja a
mí? A la mujer que no puede darle eso.
—¡No! —cae de mis labios en respuesta a mis pensamientos silenciosos.
Pedro azota para mirarme rápidamente, con la angustia grabada en su rostro al
oír mis inesperadas palabras. Y entonces ella resopla en desconocimiento y añade
gasolina al fuego de Pedro.
—¡Fuera! —grita tan fuerte que salto y por un momento, porque me está
mirando, temo que sea a mí a quien le hable. Me fuerzo a tragar, con sus ojos sobre mí
antes de que me dé la espalda y apunte hacia Tamara y luego a la puerta—. ¡Sal. Como.
La. Mierda. De. Aquí!
—Pepe...
—¡Nunca me llames así! —grita, acero ralla en su voz mientras levanta sus ojos
para mirar hacia donde ella no se movió ni un centímetro—. ¡Nadie puede llamarme
así! ¿Crees que eres especial? ¿Crees que puedes bailar el vals aquí y decirme que tienes
cinco putos meses de embarazo? ¿Qué me importa? ¿Por qué me lo dices ahora?, ¿eh?
¿Porque ya es demasiado tarde para que tenga voz y voto en algo, porque piensas que
me atrapaste? ¿Qué encuentras tu maldito boleto de oro? —Comienza a caminar,
entrelazando sus dedos detrás de su cabeza y da una respiración ruidosa—. No soy tu
maldito Willy Wonka, cariño. Ve a buscarte a otro hombre rico.
—¿No me crees?
Pedro se voltea en un instante, su mirada y la mía se reúnen y el vacío en sus
inexpresivos ojos me sobresalta. Ojos muertos me miran momentáneamente antes de
romper nuestra conexión y da pasos hacia atrás a través de la habitación hacia donde
Tamara sigue de pie.
—Estás malditamente en lo correcto de que no te creo. Sal como la mierda y deja
de joder con tus malditas mentiras. —Él está centímetros de su cara, con ojos
deslumbrantes y postura amenazante.
—Pero todavía te amo…
—¡No tienes que amarme! —grita, su puño se cierra de golpe en el aparador junto
a él, los floreros traquetean y el ruido resuena en la ya de por si callada casa. Tamara
deja escapar un sollozo y Pedro permanece completamente no afectado por su
arrebato de emoción—. No debes amarme —repite de nuevo en voz tan baja que puedo
oír su dolor debajo de ella, sentir el rollo de desesperación que sale de él en oleadas.
Él se estira y se frota las manos por la cara. Mira por la ventana por un momento
hacia la tranquilidad del océano a medida que veo la rabia como una tormenta dentro
de él. Me mezclo en la turbulencia de sus emociones sin un salvavidas para
mantenerme en él. Cuando mira hacia atrás a Tamara, puedo ver tantas emociones
detrás de su máscara deslizándose que estoy segura de que una lo agarrará y lo aferrará.
Tamara jadea, su mano descansa protectora sobre su vientre, pero cuando miro
hacia atrás a su cara, veo la transformación ocurrir. Veo a la damisela metamorfosearse
con angustia en la zorra vengativa.
—Este bebé es tuyo, Pedro. No me acuesto por ahí.
Pedro resopla una risa con un movimiento de cabeza.
—Sí… ¡Eres una jodida regular santa! —Él la acecha hasta la puerta principal y
se vuelve para mirarla—. Ve y díselo a algún otro hijo de puta crédulo a quién le
importe. Mi abogado se pondrá en contacto.
—Tendrás que venir a mí con algo un infierno mucho más grande que una
amenaza con tu abogado para salir de ésta —dice ella, enderezando su columna—.
¡Ten tu chequera lista y tu ego preparado para un serio daño, cariño!
—¿Realmente crees que solo podrías bailar el vals aquí, dejar caer tu bomba de
mierda y que tendría tu palabra? ¿Qué te haría un abultado cheque o que me casaría y
cabalgaría hacia la maldita puesta de sol? —Su voz truena—. ¡No. Es. Mío!
Tamara se encoge de hombros y una expresión zalamera transforma sus facciones.
—La prensa tendrá un día de campo con la forma en que haré girar eso... un buen
jugoso escándalo para que hundan sus dientes.
Comienza a caminar hacia la puerta principal y justo cuando creo que podría
tomar un respiro, la palma de Pedro golpea contra la puerta, el sonido asalta el silencio
mortal de la habitación. Él se vuelve y regresa a centímetros de su cara, su voz tiembla
de rabia.
—Noticia de última hora, cariño, será mejor que me golpees con algo más fuerte
que esa amenaza si piensas que la prensa me asusta. Dos pueden jugar ese juego —dice
abriendo la puerta—. Asegúrate de decirles todos los jugosos detalles porque seguro
como la mierda no te detendré. Es increíble lo rápido que una prometedora carrera
puede correr en esta ciudad cuando los rumores golpean los periódicos acerca de lo
que es una diva exigente. Nadie quiere trabajar con una hija de puta y definitivamente
eso te queda. Ahora vete a la mierda.
Tamara se acerca a él, lo mira fijamente, aunque él se niega a mirarla a los ojos, y
luego sale por la puerta que se cierra con un golpe contundente a sus espaldas. Pedro
agarra de inmediato uno de los jarrones del aparador que había golpeado momentos
antes y lo lanza contra la pared. El sonido de la rotura del vidrio seguido de tintineos
mientras rebota en el suelo embaldosado es un contraste con la pesadez del momento.
No consiguiendo la liberación que necesitaba, pone su mano en el aparador y
recarga su peso contra él.
Doy un paso hacia adelante desde las sombras del vestíbulo, aún sin estar segura
de qué hacer cuando me mira y lleva sus ojos con los míos. Trato de obtener una
lectura de sus emociones pero no puedo: la guardia está de vuelta y cerrada en su lugar.
El conocimiento de la cantidad de trabajo que tomará romper ese muro provoca que
un pequeño pedazo de mí muera, que muera y caiga para descansar al lado de la pieza
que se rompió el día que el doctor me dijo que tendría que haber poco menos que un
milagro para que vuelva a quedar embarazada.
El vacío de mi vientre me golpea de nuevo mientras camino hacia él. Él me mira,
con un tic-tac de su mandíbula, con el cuerpo tenso.
—Pedro... Yo…
—Paula —advierte él—. ¡Retrocede maldita sea!
—¿Qué si es cierto? ¿Qué pasa si realmente lo hicieron y no te acuerdas? —Es la
única cosa coherente que pensé y que puedo verbalizar, mi mente gira con qué tal sí y
nunca podrá ser .
—¿Por qué? —Se vuelve hacia mí, y yo trago nerviosamente—. ¿Para que puedas
jugar a la casita? —Da un paso hacia mí y la mirada de sus ojos me encoje—. ¿Porque
quieres tanto un bebé que podrías probar? ¿Harías cualquier cosa por tener uno?
¿Tomar uno que podría o no podría ser mío para poder hundir tus ganchos en mí
también? Para conseguir lo mejor de ambos mundos, ¿eh? Una suma de dinero y un
bebé como el puto sueño de cada mujer. —Sus palabras son un látigo y da una palmada,
destrozando la parte de mí, sabe que haría cualquier cosa por tener la oportunidad de
tener un bebé—. ¡No es cierto! —Su voz retumba en mí—. No es cierto —dice de
nuevo con voz demasiado calmada.
Estoy atrapada en su casa, deseando correr, deseando quedarme, lastimándome,
devastada por él, en una encrucijada de incertidumbre y todo lo que quiero es hacerme
un ovillo y cerrarme al mundo. Cerrarme a Pedro, a Tamara y al dolor que nunca va
a desaparecer de sentir un bebé moviéndose dentro de mí. De crear algo con amor con
alguien que amo. La bilis me amenaza ante la idea y me cubro la boca mientras
amordazo un ruido para evitar vomitar.
—Sí, el pensamiento de mí siendo padre me da ganas de vomitar también. —Se
burla de mí, con mucho más desprecio en su voz. Y no es por eso que enfermaré, sino
que no le puedo decir eso porque estoy demasiado ocupada tratando de no estarlo—.
Entre las sábanas . —Él deja escapar una risa condescendiente, buscando hacia el techo
antes de mirarme—. Cuán mierda irónica es cuando estás entre las sábanas con otra
persona que está causando este pequeño dilema, ¿eh, Pauli? ¿Cómo trabaja esa frase
para eso ahora?
—Vete a la mierda. —Lo digo más para mí que para él, una voz tranquila
mezclada con dolor. Lo entiendo. Él puede estar molesto. Su horrible pasado puede ser
barrido a través de su mente, pero eso no le da derecho de ser un puto imbécil ni tomar
su mierda contra mí.
Él se vuelve a mirarme, una imagen de furia contra la tranquilidad detrás de él.
—Exactamente —escupe—. A la mierda.
Y con aquellas palabras de despedida, Pedro abre la puerta al patio. No lo llamo,
no le importa y lo veo trotar por las escaleras a la playa con un silbido haciéndole señas
a Baxter.
No te lo puedo creer x favor!!!!!!!!!!!!! Seguro que no es de èl. Pero qué hay del dolor que le causó a Pau??? Necesito maratón please.
ResponderEliminarNooo! q capítulos! Ya me parecía q Tamara estaba muy tranquila, q algo iba a hacer para separarlos! Ojalá sea mentira, pero por qué la trata así a Pau??? Por qué la lastima siempre???
ResponderEliminarQ pedazo de yegua hdp!!! Pobre pau..entiendo todo lo q trae el como mochila pero siempre la termina usando a ella como chivo expiatorio...no hay derecho a q se la agarre con ella...mimiroxb
ResponderEliminarQue rabia tengo lpm con Támara y tbm con Pedro, al final siempre la q paga los platos es Paula, q manera de sufrir pobre chica !
ResponderEliminarnooo que pedro no caiga, que no aleje a pau de su lado por culpa de tamara!!!
ResponderEliminar