viernes, 5 de septiembre de 2014
SEGUNDA PARTE: CAP 71
El hermoso sol de la Florida se siente magnífico en mi piel y eleva mi ánimo. Al llegar un día antes de lo necesario a St Petersburg he aprovechado al máximo el siempre presente clima cálido y la piscina lujosa del Vinoy Resort and Golf Club, la base de operaciones de Empresas PA y Corporación Cares para los próximos días. No hay nada como la relajación y el tacto de sol en mi piel para rejuvenecerme antes de mis obligaciones oficiales y el torbellino que se producirá mañana.
No es que me importe el loco programa —de hecho, espero con ansias la reunión y agradecer a las personas que han ayudado a hacer realidad este proyecto—, es que voy a tener que estar de pie al lado de Pedro para mostrar la unión entre nuestras dos compañías. Hay sesiones de fotos y eventos de agradecimiento de patrocinio entre otras cosas antes de la carrera real el domingo.
Me estremezco al pensar en mi programa —mi cercanía a Pedro— considerando como fui capaz de evitarlo el resto de la noche en la fiesta de Shane y por eso no seguí adelante con mi promesa de hablar con él. Estoy segura de que mi merecido llegará mañana cuando lo vea pero, por ahora, mi cabeza se sumerge de sol y descanso. Stay de Rihanna se reproduce en mis auriculares, golpeando un poco demasiado cerca de casa. Queriendo renunciar a quemaduras de sol en el primer día aquí, recojo mis pertenencias y me dirijo de nuevo hacia la habitación.
Entro en el ascensor vacío, y justo cuando la puerta empieza a cerrarse un ¡Detén el ascensor!, se hace eco fuera de las paredes de mármol del vestíbulo. Una mano bloquea el pequeño espacio entre la puerta en movimiento y la pared, y de inmediato retrocede de nuevo abierta. Me quedo sin aliento cuando un muy
sudoroso, extremadamente delicioso Pedro trota su camino dentro del ascensor. Su impulso muere cuando sus ojos se encuentran con los míos.
Un par de pantalones cortos de gimnasia empapados de sudor cuelgan bajo en sus caderas mientras que la parte superior de su torso permanece desnudo. Su tono de piel es más oscuro, no hay duda de su trabajo en el sol radiante, y el sudor brilla de cada centímetro de su piel desnuda. Mis ojos vagan sin poder contenerse sobre las bien definidas marcas de su abdomen, las intrincadas líneas de sus tatuajes, y hacia dónde riachuelos de sudor gotean hacia abajo en la profunda V que viaja por debajo de la banda elástica que rodea su cintura. Trago ante el recuerdo de mis manos trazando esas marcas y la sensación de ellas apretándose bajo mis dedos mientras él se entierra en mí. Arrastro mis ojos hasta a aquellas magníficas piscinas de verde que me miran con una sombría intensidad.
De todos los ascensores en todo el maldito resort, tiene que escoger este?
Una sonrisa cautelosa curva hacia arriba las comisuras de su boca mientras da un paso más en el ascensor hacia mí. Sabe que estoy afectada.
—Me alegra ver que llegaste bien.
—Sí... —Me aclaro la garganta, encontrando difícil hacer que mis pensamientos se formen en palabras cuando la tentación está tan meticulosamente clara en frente de mí—. Sí, lo hice. Gracias.
—Bien —dice, con los ojos fijos en los míos.
Las puertas comienzan a cerrarse de nuevo, y cuando un caballero empieza a caminar dentro, Pedro rompe nuestra conexión visual y da un paso delante de él, extendiendo sus brazos a través de la entrada.
—Lo siento, este ascensor está tomado. —Su voz indica que no hay discusión al respecto.
Empiezo a protestar cuando las puertas se cierran y Pedro gira hacia mí, su mirada depredadora iguala la postura de su cuerpo.
—No empieces, Paula... —gruñe, silenciándome mientras da un paso hacia mí. Su pecho está agitado, y no estoy segura si es consecuencia del esfuerzo de su carrera o por nuestra proximidad. Su dominio de este pequeño espacio está consumiéndolo todo—. Esto se termina ahora.
Da otro paso más, su mandíbula apretada, sus ojos implacables mientras ellos dejan los míos y vagan sobre mi torso en bikini. Mi traje de baño parecía proporcionar más que una cobertura adecuada cuando lo compré, pero parada aquí en un ascensor con los ojos de Pedro arrastrándose sobre cada sola curva de mi cuerpo, se siente indecentemente sugerente. Y sé que es porque a pesar de que él no me está tocando —aunque estoy herida y no quiero tener nada que ver con él—, mi cuerpo recuerda muy bien los estragos que puede causar en mi sistema con el simple roce de sus dedos o la caricia de su lengua.
Me ordeno a mi misma recuperarme de eso. Que recuerde lo que me hizo, pero es tan condenadamente difícil cuando su embriagador aroma después de entrenar está dominando el pequeño espacio. El anhelo resurge en lo profundo de mi cuerpo a la vista de él, creando deseos que sé que sólo él puede satisfacer. La atracción del hombre en mí es implacable, incluso cuando él ni siquiera se da cuenta.
—Ahora no es un buen momento, Pedro.
Él se sonríe con el un atisbo de una carcajada, pero su rostro no muestra un solo rastro de humor. Da un último paso hacia mí, me alejo dejando mi espalda apoyada contra la pared. Se inclina hacia delante y presiona sus manos a cada lado de mí, encerrándome.
—Bueno, mejor que lo sea Paula, porque realmente no me importa. Esto termina aquí mismo, ahora mismo. No es negociable.
Contengo el aliento, delatando mi falsa fachada mientras su cuerpo roza el mío. El calor de su piel irradia fuera de él y sobre mí. Sus labios están a escasos centímetros de los míos. Lo único que tendría que hacer es inclinarme hacia delante para sentirlos. Para saborearlo de nuevo. Y entonces me doy cuenta de que esto es exactamente lo que él quiere. Él quiere hacerme recordar físicamente así perdono y olvido lo que pasó emocionalmente.
Táctica incorrecta para utilizar conmigo.
Lo quiero —Dios sí que lo quiero—, pero no en estos términos. No con mentiras todavía colgando entre nosotros. No con el dolor de su engaño envenenando mi corazón. Respiramos uno al otro, nuestros ojos determinados, y me siento orgullosa de mí misma por sostener la mía.
—Creo que has olvidado lo bueno que somos juntos. —Se molesta de frustración cuando se da cuenta que soy capaz de resistirme a él.
Inclino la cabeza y lo miro.
—Es fácil olvidarlo cuando Tamara abre la puerta de tu prostíbulo con nada más que tu camiseta, Ace —me burlo, eligiendo el momento oportuno perfectamente, por lo que mi última palabra coincide con ding del ascensor al piso destinado.
Tomo el sonido como mi señal y me agacho bajo sus manos escapando hacia el pasillo con el sonido de una maldición de Pedro. Debería saber mejor a estas alturas lo rápido que es, pero mi mente está confundida con todo lo demás.
Puedo oír sus pasos detrás de mí mientras busco a tientas con la tarjeta de acceso a mi habitación. Creo que puedo estar a salvo, pero en el momento que tengo la puerta abierta, su mano golpea contra la puerta forzándola abierta con una explosión. Ni siquiera tengo un momento para gritar antes de que me gire y aplaste mi espalda contra la pared con toda la fuerza de su cuerpo.
—Entonces déjame recordarte —gruñe, y en mi estado sorprendida, casi no registro sus palabras, pero se filtran en mi conciencia difusa en el momento antes de que sus labios reclamen los míos. Es sorprendente que a pesar del tiempo que ha pasado —herida como estoy—, cuando nos conectamos siento como que estoy en casa. Una casa actualmente prendida fuego, pero una casa, no obstante.
Su boca fervientemente posee la mina, sus manos recorren cada pulgada de mi piel expuesta. Presionando. Estimulando. Poseyendo. Me pierdo en su sabor, su tacto, el gemido emanando de la parte trasera de su garganta, la dura longitud de su cuerpo presionando contra el mío mientras una de sus manos se envuelve alrededor de la cascada de rizos en mi espalda y me mantiene cautiva en su altera-mente asalto.
Le toma un momento a mi mente trabajar a través del caos y de la explosión de excitación que acaba de crear entre mis muslos. Me cuesta salir de la neblina inducida de deseo, que hace que mi cuerpo no tenga huesos. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
—¡No! —Es un quebrado grito estrangulado, pero un grito no obstante. Empujo con fuerza sobre su pecho, arrancando su boca a la mía—. No puedo. ¡Simplemente no puedo! ¡Esto no arregla nada!
Me quedo ahí mirándolo con nuestros pechos agitados y los pulsos acelerados —una clara señal de que nuestra química todavía permanece—, y su más que sabor adictivo aún en mis labios.
Sus manos se envuelven alrededor de mis muñecas, sosteniendo mis manos contra su húmedo y atractivo pecho.
—Paula…
—¡No! —Intento de nuevo empujar contra su pecho, pero mi fuerza no es rival para la suya—. No consigues simplemente tomar lo que quieres, cuando lo quieres.
—Mi Dios, mujer, ¡me están volviendo loco!
—¿Por qué? ¿Porque te atrapé?
— ¡Tienes que hacer algo malo para ser atrapado! —grita, liberando mis muñecas y empujándose lejos de mí, su cara una mezcla de exasperación, frustración y deseo no satisfecho—. ¡Nada! ¡Malditamente! ¡Sucedió! —Su voz vocifera alrededor de la habitación vacía y hace eco en el vacío de mi corazón herido.
—Los tigres no pueden cambiar sus rayas, Ace.
—Tú y tus malditos tigres y patos —murmura antes de darme la espalda y caminar más hacia mi habitación y lejos de mí.
—¡No te olvides de los burros! —grito.
—¡Maldita sea frustrante, mujer testaruda! —dice para sí mismo antes de girarse alrededor. El hombre es indignante, pensando que sólo puede moverse de manera desenfadada aquí y besarme sin sentido así olvido todo lo demás.
—Vamos, ¿desde cuándo el hombre de las damas infames, Pedro Alfonso, se resiste una mujer medio desnuda? —me burlo, dando un paso hacia él, infundiendo sarcasmo en mi próximo comentario—. Y pensé que eras incluso lo suficientemente generoso como para ofrecerle su camisa de regreso. —Resoplo—. Con un historial como el tuyo, estoy segura de que ofreciste lo que estaba en tus pantalones también. Oh, lo siento, sabemos que cuando lo hiciste tras asegurarte que estuviera cubierta arriba. No pasó nada. Sólo un beso. ¿Y se supone que debo creer eso?
—¡Sí! —grita fuerte lo suficiente para que me estremezca—. Al igual que se suponía que debía creer tu excusa en la fiesta de Shane. Era una mierda y lo sabes.
—¡No te atrevas a esperarme eso! —le grito.
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—¿De verdad crees que éramos sólo sexo? —gruñe, la mandíbula apretada, la voz desafiante.
—Oh, ¿éramos algo más? —El sarcasmo gotea de mis palabras.
—¡Sí, maldita sea! —Él golpea su puño contra la pared—. ¡Y tú lo sabes!
Doy un paso hacia él, la ira anulando cualquier intimidación que normalmente habría sentido.
—Bien por ti reconocerlo, sólo hace lo que hiciste incluso peor.
—¿Qué he hecho, Paula? ¡Dime exactamente lo que hice! —me grita, dando un paso dentro del ámbito del espacio personal.
—¿Ahora quieres refregármelo? ¿Quieres que lo afronte por hacerme decirlo en voz alta? Vete a la mierda, Pedro —le grito, la ira comenzando a serpentear por mi cuerpo y penetrar a través de la herida.
—No. Quiero oírte decirlo. Quiero que mires en mis ojos y veas mi reacción por ti misma. ¿Qué he hecho? —ordena, dando a mis hombros una ligera sacudida—. ¡Dilo!
Y me niego. Me niego a ver la pequeña sonrisa que sé que va a jugar en las comisuras de su boca si le obedezco así que en lugar digo la única cosa que se me ocurre.
—¡Quack!
—¡Ahora estás actuando como una niña! —Exasperado, me libera y pasa su mano por su pelo antes de tomar algunos pasos de mí para controlar su temperamento.
—¿Una niña? —escupo, conmoción se extiende a través de mí. Me acusa de ser igual que él. —¿Una maldita niña? ¡Mira quién habla!
—Tú —dice con una sonrisa burlona y arqueando una ceja—, una niña teniendo maldita rabieta. La única tan metida en su cabeza que no se da cuenta que su pequeño ataque es por todas las malditas razones equivocadas.
Lo miro por un momento, nuestros ojos fijos sobre los del otro, y me doy cuenta de que estamos destrozándonos el uno al otro y ¿para qué? Obviamente no podemos superar esto. Yo lo acuso. Él lo niega.
—Esto es una pérdida de tiempo —digo en voz baja, una lágrima deslizándose por mi mejilla y resignación en mi voz.
Da otro paso hacia mí, y yo sólo muevo la cabeza hacia él, incapaz de dejar ir las tumultuosas emociones dentro de mí. ¿Cómo puedo amar a este hermoso hombre delante de mí y despreciarlo al mismo tiempo? ¿Cómo puedo anhelarlo y desearlo, y al mismo tiempo querer estrangularlo? Me apoyo contra la pared mientras trato de procesar que todo lo que tenía miedo de que sucediera pasara.
—¿Por qué estaba ella allí, Pedro? —Me quedo mirando sin pestañear a sus ojos, preguntando, pero no realmente con ganas de saber la respuesta. Sus ojos miran hacia abajo por un momento, y su indecisión me hace miserable. Reúno hasta la última gota de sufrimiento que tengo en mi voz, y cuando hablo, gotea de ella—. Te dije que el engaño era una ruptura para mí.
—Nada sucedió. —Él lanza sus manos en alto mientras la imagen de las piernas de Tamara, los pezones duros presionados contra su camiseta, y la sonrisa de suficiencia de ella parpadea por mi cabeza—. ¿Qué va a requerir para que me creas?
El sonido de su voz me toma por sorpresa. Como si de verdad no puede creer que mi duda en él. Los comentarios de Lina parpadean por mi mente, pero yo los alejo. Ella no estaba allí. No vio lo que yo vi. No vio a Tamara despeinada por el sueño con esa sonrisa de sirena victoriosa a través de sus labios hinchados. El envoltorio del preservativo revoloteando hasta el suelo como un clavo sellando la tapa del ataúd.
—Paula, Tamara fue a la casa. Estábamos borrachos. Las cosas se salieron de control. Todo sucedió tan rápido que…
—¡Detente! —grito, levantando mi mano, sin querer oír los detalles sangrientos, que yo sepa con certeza va a romper aún más mi corazón—. Todo lo que sé, Pedro, es que me empujaste a abrirme, a sentir de nuevo después de todo lo que pasó con Max, y yo hice exactamente lo que dijiste. Yo confiaba en ti, a pesar de que mi cabeza me decía que no. Me permití sentir de nuevo. Yo te di todo de mí. Estaba dispuesta a dar mucho más... y en el minuto en que te asustaste, corriste a los brazos de otra mujer. Eso no está bien conmigo.
Él se inclina contra la pared frente a mí, y simplemente nos miramos el uno al otro, la tristeza sofoca el aire entre nosotros. Puedo verlo luchar con algo, pero lo empuja.
—No sé qué más decir, Paula...
—No decir nada y salir corriendo, son dos cosas completamente diferentes. —Se empuja fuera de la pared y da un paso hacia mí. Niego con la cabeza hacia él. El hecho de que ni una sola vez ha reconocido que le dije que lo amaba hondea en mi cabeza. Él está aquí tratando de arreglar las cosas, pero no puede reconocer las palabras que dije. Esto es tan jodido.
—Podría haber vivido contigo sin decir nada. Podría haber aceptado que huyeras. Pero corriste a los brazos de otra mujer. No me atrevo a confiar en que no volverá a suceder. Hiciste tu elección cuando te acostaste con Tamara.
Sus hombros caen y sus ojos parpadean con fuego a mis palabras antes de asentarse con la derrota.
—Te necesito. —La honestidad desenfrenada detrás de sus palabras me sorprende y retuerce mi corazón.
—Hay una delgada línea entre desearme y necesitarme de mí, Pedro. Yo también te necesito. —Y todavía lo hago—. Pero es obvio que la necesitabas más a ella. Sólo espero que valiera la pena.
Me ahogo con las palabras y sacudo la cabeza. Cualquier cosa para tratar de borrar el sonido de su voz diciendo que me necesita. Cualquier cosa para evitar la duda arrastrándose. El dolor empuja mis pensamientos. La devastación controla mis acciones.
—Creo que es mejor que te vayas —susurro, forzando las palabras de mis labios.
Él sólo me mira, piscinas de verde en silencio rogándome.
—Has hecho su elección entonces.... —Su voz se rompe. Silencioso. Resignado.
No me atrevo a concordar con él. Mi cuerpo es un alboroto de respuestas conflictivas, seguir hablando, sólo agregará permanencia a alguna parte de mí que quiere terminar y superarlo mientras la otra mitad mataría por tener una segunda oportunidad. No hay nada que me queda por decir. Pero lo digo de todos modos.
—Sí, la hice. Pero sólo porque tú la hiciste por mí.
—Paula...
—Y mi elección ya no es tuya.
Aparto mi mirada de la suya y me quedo mirando el suelo. Cualquier cosa para conseguir que se fuera. Él sigue mirándome por un tiempo, pero me niego a levantar la cabeza y mirarlo.
—Esto es una maldita mierda, Paula, y lo sabes. —dice de manera uniforme antes de volverse para salir—. Supongo que no amas lo roto en mí después de todo.
El llanto se atrapa en mi garganta al oír sus palabras y toma todo lo que tengo mantenerme en pie. E incluso de pie resulta ser demasiado, porque en el momento en que escucho la puerta cerrarse, me deslizo por la pared hasta que golpeo el suelo.
Las lágrimas vienen. Duro, sollozos irregulares que estremecen mi cuerpo y roban pequeños pedazos de mi alma con cada uno. Sus últimas palabras hacen eco una y otra vez en mi cabeza hasta que sé con certeza que yo soy la que está rota, no él.
Las dudas se arrastran. El dolor se establece. La devastación reina
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No paro de llorar Jesy!!!! No podés dejarnos así. Te suplico que subas más caps a la noches POR FAVORRRRRRRRRRR!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminaray q angustia me dan!! porq no se escuchan??? mimiroxb
ResponderEliminarno sabes lo que lloro Jesy.. tengo una angustia.. y tengo tanta pena por Pedro , te juro, como si fuera todo real . estoy medio loca no? jajajajajajaj
ResponderEliminarcuando vas a subir de la de matrimonio x conveniencia jesy??
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