Mis pies golpean el pavimento al ritmo de la música. Las furiosas letras ayudan a aliviar algo de la angustia, pero no toda. Hago la última curva en la calle para llegar a mi casa y sólo deseo poder seguir corriendo directamente del pasado, más allá de los recuerdos de él que cobija mi casa y sobrecargan mi teléfono diariamente.
Pero no puedo. Hoy es un gran día. Peces gordos corporativos vendrán de visita, y tengo que presentar los detalles finales del proyecto, así como dar el show del perro-y-el-pony, requisito que Teddy quiere para ellos.
Me he entregado entera a la preparación de esta reunión. Empujaré a un lado —o trataré de hacerlo de la mejor manera posible—, la vista de la cara de Tamara parpadeando con suficiencia a través de mi mente. Utilizaré el trabajo para ahogar la voz de Pedro rogándome, diciéndome que me necesitaba. Trataría de olvidar el sol que brillaba en el paquete de aluminio.
Con lágrimas en mis ojos, los empujo. Hoy no. No puedo hacer esto hoy.
Corro el último par de pasos hasta el porche y me ocupo de mi iPod para ser capaz de pasar por alto el último ramo de dalias que se asientan en la puerta. Al abrirla, arranco la tarjeta sin realmente mirar las flores y la tiro en el plato en la mesa del recibidor, que desborda con sus numerosos homólogos idénticos y sin abrir.
Suspiro, entrando en la cocina y arrugando la nariz ante el olor empalagoso de demasiadas flores no deseadas que se encuentran dispersas al azar en toda la casa. Saco mis auriculares y me inclino hacia el refrigerador para tomar agua.
—¿Teléfono?
La voz despectiva de Lina me sobresalta.
—¡Jesús, Li! ¡Me asustaste como la mierda!
Ella me mira con los labios fruncidos por un momento mientras tomo mi agua, su rostro generalmente alegre ha sido sustituido por la molestia.
—¿Qué? ¿Qué hice ahora?
—Lo siento si me preocupo por ti. —Su sarcasmo se ajustaba al aspecto zalamero en su rostro—. Te fuiste mucho más tiempo de lo habitual. Es irresponsable salir a correr sin tu teléfono.
—Necesitaba despejar mi cabeza. —Mi respuesta no hace nada para disminuir su visible irritación—. Él me llama y me envía mensajes de textos constantemente. Sólo tenía que escapar de mi teléfono... —Hago un gesto hacia la cantidad ridícula de arreglos florales—, y de nuestra casa que huele como una maldita funeraria.
—Es un poco ridículo —está de acuerdo, arrugando su nariz, sus características suavizándose mientras me mira.
—Una estupidez es lo que es —murmuro en voz baja mientras me siento en la mesa de la cocina para desatar mis zapatos. Entre los uno o dos ramos de flores entregados al día, las tarjetas sin abrir, los numerosos mensajes de texto que elimino sin leer, Pedro no ha entendido la indirecta de que había terminado con él. Completamente. Terminado.
Y sin importar lo fuerte que trato de sonar cuando digo esas palabras, estoy silenciosamente cayendo a pedazos entre las costuras. Algunos días son mejores que otros, pero esos otros son debilitantes. Sabía que Pedro sería difícil de superar, pero no sabía cuánto. Y ahora, añade el hecho de que él no me dejará ir. No he hablado con él, no lo he visto o leído sus textos o cartas, o escuchado los mensajes de voz que están minando la memoria de mi teléfono, pero él sigue siendo implacable en sus intentos. Su persistencia me dice que la culpa realmente debe estar carcomiéndolo.
Mi cabeza ha aceptado la finalidad de esto; mi corazón no lo ha hecho. Y si cedo y leo las cartas o reconozco las canciones que cita en sus textos que describen cómo se siente, entonces no estoy segura de cómo mi cabeza se quedará con su decisión. Oír su voz, leer sus palabras, ver su cara, cualquiera de ellas, derrumbará el castillo de naipes que estoy tratando de reconstruir alrededor de mi corazón roto.
—¿Pau?
—¿Sí?
—¿Estás bien?
309
Miro a mi mejor amiga, tratando de mantener la compostura para que no pueda ver a través de mi actitud falsa, y me muerdo el labio inferior para reprimir las lágrimas que amenazan una vez más. Sacudo la cabeza y me empujo hacia atrás.
—Sí. Bien. Sólo tengo que ir a trabajar.
Empiezo a ponerme de pie y pasar junto a ella, queriendo desesperadamente evitar la charla de ánimo de Lina Montgomery. No soy lo suficientemente rápida. Su mano se extiende y toma firmemente mi brazo.
—Pau, tal vez no... —Para cuando mis ojos se encuentran con los de ella.
—No quiero hablar de eso, Lina. —Niego deteniéndola con mi mano y camino hacia mi dormitorio—. Voy a llegar tarde.
* * *
—¿Todo listo?
Echo un vistazo a Teddy cuando termino mi recorrido final a través de mi presentación en Power Point en la pantalla de la sala de conferencias y me aseguro de que mi sonrisa refleje confianza. En caso de que Teddy haya oído los rumores, no puedo hacerle saber que algo anda mal entre Pedro y yo; si lo hago, entonces sé que va a inquietarse por perder un financiamiento.
—Por supuesto. Sólo estoy esperando a Cindy para terminar las copias de la agenda a colocar en la parte superior de las carpetas.
Él entra a la habitación mientras vuelvo a poner un diagrama en un caballete.
—Estoy seguro de que has notado que ajusté y añadí un par de ítems en la agenda del día. No afecta tu parte pero…
—Es tu reunión, Teddy. Estoy segura de que todo lo que has añadido está bien. Realmente no tienes que repasar cualquier cambio conmigo.
—Lo sé, lo sé —dice, mirando la diapositiva en la pantalla del proyector—, pero es que tu bebé será presentando a los peces gordos hoy.
Le sonrío con sinceridad.
—Los pondré rápido al día. Tengo mis actualizaciones, las proyecciones del presupuesto, horarios estimados, y todo lo relacionado con el proyecto actualizado y listo para presentarse.
—Eres tú, Pau. No estoy preocupado. Nunca me has fallado. —Me regresa la sonrisa y me da una palmadita en la espalda antes de mirar su reloj—. Deberían estar aquí en cualquier momento. ¿Necesitas algo de mí antes de que vaya a reunirme con ellos?
—Nada que se me ocurra.
Cindy pasa a Teddy cuando él va saliendo de la sala de conferencias.
—¿Quieres ver las agendas primero o debo ponerlas en la parte superior de las carpetas?
Echo un vistazo al reloj, dándome cuenta de que el tiempo se me está escapando.
—Sólo ponlas en las carpetas. Eso realmente me ayudaría. Gracias.
Puedo limpiar mi desorden, poner mi presentación de nuevo a la diapositiva inicial, y apenas escapar de la sala de conferencias para esconder los elementos innecesarios de vuelta en mi oficina cuando oigo la voz resonante de Teddy por el pasillo. Es hora de poner mi cara de jugadora.
—Y aquí está —retumba en voz alta, su voz reverberaba en los pasillos de la oficina.
Me detengo, las manos llenas de artículos, y sonrío cálidamente a los trajeados.
—Caballeros. —Asiento en señal de saludo—. Me alegro de que estén aquí. No podemos esperar para ponerlos al día sobre el proyecto y tenerlos dentro. —Miro hacia abajo a mis manos sobrecargadas y continúo—. Sólo tengo que estas cosas a mi oficina y volveré.
Me lanzo a mi oficina, arrojo los elementos en la parte superior de mi escritorio, y me tomo un minuto rápido para comprobar mi aspecto antes de caminar de regreso a la sala de conferencias.
Entro justo cuando Teddy comienza a abordar al grupo que tiene delante. Tratando de no interrumpir sus palabras de bienvenida, me siento en el primer asiento disponible en la parte frontal de la enorme mesa, rectangular, sin mirar al alrededor a los ocupantes de la habitación detrás de mí.
Teddy divaga acerca de las expectativas y cómo vamos a superarlas mientras yo acomodo los papeles frente a mí. La agenda del día es el papel superior, mis ojos viajan sobre ella con desdén ya que la conozco como la palma de mi mano. Y entonces hago una doble toma cuando noto uno de los cambios de Teddy. Justo debajo del tiempo de mi presentación, las palabras “Empresas PA”, estropean la página.
Mi corazón se detiene y mi pulso se acelera al mismo tiempo. Mi respiración se para y empiezo a sentirme mareada. ¡No! No ahora. No puedo hacer esto ahora. Esta reunión significa demasiado. Él no puede estar aquí. El pánico me empieza a abrumar. Un torrente de sangre llena mis oídos, ahogando las palabras de Teddy. Poco a poco suelto el papel y pongo mis manos en mi regazo, con la esperanza de que nadie se dé cuenta de cómo tiemblan. Bajo la cabeza y cierro los ojos con fuerza mientras trato de calmar mi respiración.
¡Qué estúpida fui al asumir que él no iba a estar aquí! Después de todo, su donación y programa de patrocinio son la razón de que nuestras manos se ciernan sobre el botón de marcha. He estado tan envuelta en evitarlo y estar convenientemente enferma para alguna de las otras funciones a las que se suponía que debía asistir, que excluí totalmente esa posibilidad de mi subconsciente.
Tal vez Pedro no haya venido. Entonces, por supuesto que eso significaría que Tamara probablemente estará sentada aquí. No estoy segura de cuál sería peor. Cuando no puedo soportarlo más, tomo un aliento fortificante y levanto mis ojos para escanear los ocupantes de la habitación.
Y me trabo inmediatamente con los iris color verde pálido de Pedro, cuya atención se centra exclusivamente en mí.
El castillo de naipes que rodea mi corazón palpita hasta caer y todo el aire en mis pulmones sale de golpe al verlo. No importa lo mucho que me diga que rompa el contacto visual, es como un accidente de coche. No puedo dejar de mirar.
Sólo porque tengo un conocimiento íntimo de su cara, puedo notar las diferencias sutiles en su apariencia. Su cabello es más largo, la barba está de vuelta alrededor de su mandíbula, sombras leves debajo de sus ojos, y parece un poco descuidado para un hombre que siempre está tan bien organizado. Arrastro mi mirada por su rostro magníficamente estoico y me siento atraída de nuevo a sus ojos. Es en ese segundo que pasa que me doy cuenta de que la chispa
maliciosa que los ilumina desde dentro está ausente. Se ven perdidos, tristes aún, mientras se declaran en silencio hacia mí. Veo su tic en la mandíbula cuando la intensidad en sus ojos se fortalece. Alejo mis ojos de él, porque no quiero leer las palabras no dichas que está transmitiendo.
Después de lo que hizo, no se merece una segunda mirada de mi parte. Cierro mis ojos de golpe para tratar de parpadear lejos las lágrimas que me amenazan, diciéndome que tengo que mantener la calma. Tengo que mantener mi compostura. Y sin importar lo que me diga a mí misma, las imágenes de Tamara apenas cubierta por la camiseta de Pedro destellan por mi cabeza. Tengo que contener la punzada de repugnancia en mi estómago y luchar contra el deseo de dejar la habitación.
Mi shock al verlo aquí se agita lentamente hasta convertirse en ira. Esta es mi oficina y mi reunión, y no puedo dejar que él me afecte. O, al menos, tengo que dar la charla de todos modos.
Aprieto la mandíbula y sacudo a mi miseria lejos cuando la voz de Teddy se filtra lentamente a través del zumbido en mi cerebro. Me está presentando y me levanto con las piernas temblorosas caminando hacia la parte delantera de la sala de conferencias, demasiado consciente del peso de los ojos de Pedro fijos en mí.
Estoy en la parte delantera de la sala, agradecida de haber ensayado mi presentación en numerosas ocasiones. Mi voz se rompe cuando empiezo, pero poco a poco encuentro mi confianza a medida que continúo. Me aseguro de encontrarme con los ojos de los trajeados, así como de evitar un par de ojos en particular. Canalizo mi dolor y enojo hacia él y sus acciones —y de él estando aquí, en general—, para alimentar mi entusiasmo por el proyecto. Hablo de Empresas PA y sus contribuciones monumentales, pero ni una sola vez miro en su dirección.
Termino mi presentación sin problemas y de manera sucinta y sonrío al grupo frente a mí. Respondo a las pocas preguntas que plantean; a continuación, con mucho gusto tomo mi asiento mientras al mismo tiempo Pedro se levanta de la mesa y se dirige a la parte delantera de la sala.
Juego con los papeles que tengo delante de mí mientras Pedro se dirige a todos. Me maldigo a mí misma por mi entrada de última hora en la reunión y mi cercanía a la parte delantera de la sala. Él está tan cerca de mí que su olor limpio y amaderado flota en el aire y se envuelve en mi cabeza, evocando recuerdos de
nuestro tiempo juntos. Todos mis sentidos están en alerta máxima y daría cualquier cosa por ser capaz de salir de la habitación en este momento.
Es una tortura tener a unos centímetros a la persona que te hace el amor inexplicablemente, te desea desesperadamente, te desprecia con saña, y te hiere insondablemente, todo en el mismo aliento.
Garabateo sin rumbo en mis papeles tratando de distraerme del roce de su voz, que tira de mí. Mis ojos quieren desesperadamente mirarlo, buscar una razón o explicación a sus actos, pero sé que nada va a borrar las imágenes en mi cabeza desde ese día.
—En asociación con Corporación Cares, Empresas PA ha puesto todas las vías posibles para garantizar la mayor suma de donaciones. Hemos llamado a todas las puertas, hablado por todos los favores pendientes, y respondido a todas las llamadas telefónicas entrantes. Todo el mundo recibe la misma atención. A nadie se le pasa por alto cómo nos hemos encontrado en proyectos anteriores, donde por lo general cuando menos te lo esperas, alguien llega (alguien que podrías haber dejado fuera del escrito original), que será el que termine por convertir la marea. A veces el que asumes que sería intrascendente, resulta ser el que hace toda la diferencia.
Mis ojos parpadean reflexivamente hacia Pedro ante la palabra que tiene tanto significado entre nosotros. A pesar de la audiencia, los ojos de Pedro están fijos en los míos, como si estuviera esperando a cualquier reacción de mi parte que le dijera que había escuchado su insinuación privada. Que todavía me importa. Y, por supuesto, caí directo en su juego. ¡Maldita sea! El esmeralda de sus ojos se une a los míos y los músculos de su mandíbula se movieron cuando nuestras miradas duran más de lo que lo hacen las profesionales; el mensaje dentro de sus palabras se registra en mi psique.
Una sonrisa diminuta aparece en la esquina de su boca mientras él aleja su mirada de la mía para continuar. Y esa sonrisa, esa pequeña muestra de arrogancia, demuestra que ahora sabe que todavía me afecta, me molesta y me abruma. ¿O está tratando de decirme que yo soy quien le importa? Estoy tan confundida. Ya no sé qué pensar.
Lo único de lo que estoy segura es que me niego a ser esa chica. La chica que todos miramos y pensamos que es estúpida porque continuamente vuelve con el chico que siempre está haciéndole mal, jodiendo a sus espaldas, usándola de escudo, diciéndole una cosa mientras hace otra. Tengo carácter, y por mucho que
quiera a Pedro —por mucho que ame a Pedro—, valoro las cosas que tengo para ofrecer a alguien demasiado como para dejar que él o cualquier tipo me pisotee a mí y a mi autoestima.
Sólo tengo que seguir diciéndome esto mientras su voz seduce mis oídos, tratando de hacerme retroceder y fortalecer su control sobre mí como nada que haya experimentado antes.
—Y esa llamada telefónica que vino ayer a mi oficina. De ninguna manera hemos terminado con nuestros esfuerzos de recaudación de fondos, pero con esa llamada telefónica inesperada, me complace anunciar que, además de los fondos ya prometidos por Empresas CD, otros dos millones de dólares han sido confirmados en donaciones para la realización de su proyecto.
Un jadeo colectivo hace eco a través de la habitación ante la declaración de Pedro. Voces zumban con emoción y el conocimiento de que nuestro proyecto está financiado en su totalidad, que todo nuestro duro trabajo funcionará y llegará a buen término.
Dejo caer mi cabeza hacia abajo en medio de la conmoción y aprieto los ojos cerrados cuando la montaña rusa me eleva y luego me da un tirón hacia abajo. Ni siquiera puedo empezar a procesar la gama de emociones que corren a través de mí. Por un lado, todos mis esfuerzos en nombre de mis chicos se verán recompensados de una manera monumental. Más niños se beneficiarán con el programa y tendrán la oportunidad de convertirse en factores positivos para la sociedad. Por otro lado, Pedro es el que me entrega esta victoria.
Hablando de ironías. Está siéndome entregado todo lo que he soñado a nivel profesional por la única persona que quiero más que a nada en el mundo, pero que no puedo tener a nivel personal.
Por mucho que contenga mis emociones, son simplemente demasiado difíciles de soportar. Estoy abrumada. Oscilar entre dolor, rabia y miseria me ha agotado. Una lágrima se desliza por mi mejilla y me apresuro a limpiarla con el dorso de mi mano mientras mis hombros tiemblan ante la amenaza de muchos más. El dolor de tener a Pedro justo a mi alcance y a la vez tan lejos de mí es simplemente demasiado. Todo es muy fresco. Demasiado crudo.
Me he perdido tanto en mis emociones que me he olvidado de mi entorno. Cuando vuelvo a mí misma, la sala está en silencio. Puedo mantener mi cabeza hacia abajo, tratando de calmarme, cuando oigo la voz calmada de Teddy.
—Esto lo significa todo para ella. Puso su corazón y alma en esto... no pueden culparla por estar abrumada.
Oigo murmullos de acuerdo y me siento aliviada de que mis compañeros de trabajo hayan confundido mi visible emoción como euforia a algunos aspectos de las buenas noticias sobre el proyecto y no como resultado de mi angustia personal. Fuerzo una sonrisa filiforme en mis labios y miro hacia la habitación llena de personas a pesar de tener lágrimas en mis ojos. Me encuentro con la mirada de Teddy, el calor y el orgullo reflejado en su rostro, y sonrío tímidamente hacia él, jugando a que era una farsa. Cualquier cosa con tal de escapar de Pedro.
—Si me disculpan, sólo necesito un momento —murmuro.
—Por supuesto. —Sonríe suavemente, como lo hace el resto de la habitación, suponiendo correctamente que tengo que ir a reponerme pero por todas las razones equivocadas.
Me levanto y con calma camino hacia la puerta, dejando un amplio margen a donde Pedro se encuentra, y salgo de la habitación. Puedo oír la voz de Teddy felicitándolos a todos y declarando que en la reunión por verse ya no hay necesidad de una tormenta de ideas sobre cómo asegurar el resto de la financiación.
Mi ritmo se acelera cuando mi distancia aumenta a la sala de conferencias. Levanto mi mano hacia Stella, despidiéndome efectivamente, mientras ella me llama por mi nombre. Llego a mi oficina y cierro la puerta justo a tiempo antes de que los primeros sollozos salgan de mi garganta.
Las dejo convulsionarme mientras me apoyo contra la pared opuesta a la puerta. He tratado de ser tan fuerte y aguantarlos tantos días, pero ahora ya no puedo. Estoy decepcionada de mí misma por seguir preocupándome por él. Molesta porque todavía quiero que piense en mí. Enojada de que él me pueda afectar de tantas maneras. El hecho de que todavía hace que mi corazón se hinche por él mientras mi cabeza recuerda que se fue con Tamara cuando las cosas entre nosotros fueron más allá de las estipulaciones obligatorias de citas de Pedro.
Ignoro el suave golpe en la puerta, no quiero que nadie me vea en un estado tan arruinado. La persona persiste y yo trato de frotar las lágrimas de mis mejillas, sabiendo que es inútil.
No hay manera en que pueda ocultar mi ataque de llanto. Levanto mi cabeza cuando la puerta se abre y Pedro se desliza dentro, cerrándola detrás de él, y apoya contra ella.
Estoy asombrada por su presencia en mi oficina. Él domina el pequeño espacio. Es una cosa tratar de pasar de él cuando no es tangible, pero cuando está justo en frente de mí, cuando lo puedo tocar con mis dedos, es mucho más insoportable. Nuestros ojos se bloquean unos sobre otros, y mi mente se remolina con tantas cosas que quiero decir y tantas cosas que temo preguntar. El silencio es tan fuerte entre nosotros que es ensordecedor. Los ojos de Pedro están diciéndome mucho, pidiendo mucho de mí, pero soy incapaz de responder.
Él empuja la puerta y da un paso hacia mí.
—Paula... —Mi nombre es una súplica en sus labios.
—¡No! —digo, mi tranquila defensa aún inútil contra él—. No —digo de nuevo con más resolución cuando da un paso acercándose—. No hagas esto aquí, Paula. Por favor.
—Pau... —Él viene a tocarme y yo golpeo su mano.
—No. —Mi labio tiembla cuando está dentro de mi espacio personal. Miro hacia el suelo. A cualquier lugar, excepto sus ojos—. Aquí no, Pedro. No conseguirás entrar en mi trabajo, mi oficina, y llevarte el lugar que me ha mantenido cuerda después de lo que me hiciste contaminándolo. —Mi voz se quiebra en mis últimas palabras mientras una lágrima se escapa y baja por mi mejilla—. Por favor...
Empujo su pecho para tratar de ganar un poco de distancia, pero no soy lo suficientemente rápida porque agarra mis muñecas y las sostiene. La descarga de electricidad que aún permanece entre nosotros me hace apretar los dientes y luchar contra más lágrimas.
—¡Basta! —rechina—. No soy un hombre paciente, Paula. Nunca lo he sido y nunca lo seré. Te he dado tu espacio, de acuerdo con que me ignoraras, pero tengo casi decidido atarte a tu silla y obligarte a escucharme. Sigue así y lo haré.
—¡Déjame ir! —Arranco mis muñecas de sus manos, teniendo que romper la conexión.
—¡No dormí con ella, Paula! —gruñe.
—No quiero oír los detalles sórdidos, Pedro. —Tengo que detenerlo. No puedo escuchar sus mentiras—. Tres palabras, envoltura de condón. —Estoy
orgullosa por el acero tranquilo en mi voz. Orgullosa de tener la capacidad para procesar un pensamiento aun cuando mis entrañas están destrozándose.
—¡No pasó nada! —estalla duramente mientras pasea por los pequeños confines de mi oficina—. ¡Absolutamente nada!
—No soy una de tus típicas cabezas huecas, Pedro. Sé lo que vi y eso fue…
—¡Jesús follando a la mujer de Cristo, fue sólo un maldito beso! —Su voz implacable llena la habitación.
Y mi corazón se vacía.
Me obligo a tragar. Es inaudito lo que ha dicho.
—¿Qué? —pregunto, la incredulidad goteando en mi pregunta mientras él agarra su nuca y tira de ella, una mueca de pesar en su rostro—. Primero juras que no pasó nada. Ahora me estás diciendo que fue sólo un beso. ¿Y ahora qué? ¿Vas a decirme que te olvidaste de que tu polla se deslizó accidentalmente en ella? La historia no deja de cambiar, ¿pero se supone que debo creer que esta vez estás diciendo la verdad? —Me río, la histeria se mezcla con el dolor burbujeante—. Que yo sepa, no necesitas un condón para besar a alguien.
—Todo esto es sólo un malentendido. Estás sacando esto totalmente fuera de proporción y yo…
Un golpe en la puerta nos sacude de nuestra burbuja. Me toma un momento encontrar mi voz y componer el sonido.
—¿Sí?
—Teddy te necesita en cinco —dice Stella tímidamente por la puerta.
—Está bien. Estaré ahí. —Cierro los ojos un momento, resignando a mi alma a este continuo enojo y dolor.
Pedro se aclara la garganta; su cara claramente en conflicto entre obligarme a reconsiderar esto y permitirme conservar mi dignidad aquí en el trabajo. A regañadientes, él asiente en derrota.
—Voy a irme, Paula. Lo dejaré, pero no voy a permitir que te escapes de esto, de nosotros, hasta que termine de decir todo lo que tengo que decir. Esto no sucederá más, en absoluto. ¿Entendido?
Yo sólo lo miro, extrañándolo tan desesperadamente, pero incapaz de envolver mi cabeza alrededor de que al haberle dicho que lo amaba él hubiera corrido a los brazos de otra mujer. Incapaz de aceptar la historia siempre
cambiante de lo que pasó entre él y Tamara. Asiento una vez, el pánico revoloteando por mi cuerpo cuando me doy cuenta de que todo lo que necesito es distancia. Una parte de mí se siente aliviada al saber que voy a llegar a verlo de nuevo. Es una idea tonta cuando verlo revuelve mi estómago y provoca que mi corazón esté herido, pero no puedo deshacerme de la niebla adictiva del amor.
Hay lágrimas en mis ojos mientras me abrazo a mi misma cuando él se inclina y coloca un largo beso en la parte superior de mi cabeza. Escalofríos bailan por mi columna vertebral a pesar de mi reacción inicial a apartarme de él por auto-preservación.
Él sostiene mi cabeza contra sus labios por un momento para que yo no pudiera zafarme.
—Tenía que verte, Paula. Moví cielo y tierra para conseguir ese patrocinio, poder llamar a Teddy y decirle que me dejara presentarme hoy. —Mi aliento se traba ante sus palabras. Puedo sentir su garganta tragando mientras me ahogo en él a pesar del dolor que me está causando—. Me está matando que no vayas a hablar conmigo, que no me creas, y no estoy seguro de qué hacer con la forma en que eso me hace sentir. —Hace una pausa pero mantiene su mejilla contra mi cabeza, y sé que abrirse así es difícil para él—. Todavía puedo sentirte, Paula. Tu piel. La forma en que sabes. Tus labios al sonreír contra los míos. El olor a vainilla que llevas. Escuchar tu risa... estás en todas partes. Eres todo en lo que puedo pensar.
Con esas palabras de despedida, Pedro se da vuelta y sale de mi oficina, cerrando la puerta detrás de él sin mirar atrás. Estoy a punto de seguirlo. Estoy a punto de ceder a la tentación de llamarlo por su nombre y dar marcha atrás en las promesas que me hice a mí misma hace mucho tiempo acerca de lo que me merezco en una relación. El recuerdo de Tamara en su puerta me devuelve a mí misma. Me permite recuperar mi resbaladiza resolución.
Exhalo lentamente, tratando de localizar mi compostura porque sus palabras me han deshecho. Eran las palabras que necesitaba escuchar hace semanas. Palabras que necesitaba escuchar en respuesta a la que le decía que lo amaba. Pero ahora no estoy segura de si no es demasiado tarde. Mi torpe corazón dice que no, pero mi cabeza sensata dice que sí, ya que trata de proteger mis vulnerables sentimientos.
Después de unos minutos, paro de temblar y refresco mi maquillaje para participar en una conferencia más pequeña con los peces gordos de las empresas.
Durante la reunión, mi teléfono celular vibra señalando que hay un mensaje de texto entrante, y lo agarro rápidamente para no interrumpir la conversación. En una fugaz mirada, veo el breve texto de Pedro.
Sad, de Maroon5 ~x C
Conozco la canción. Un hombre hablando de los dos caminos de una relación. Un hombre admitiendo que eligió tomar el equivocado. Que él nunca dijo las palabras que ella necesitaba escuchar. Que se daba cuenta de eso ahora que ella se había ido.
Tomo una pequeña victoria del saber que está afectado por el giro de los acontecimientos, pero no se siente bien. Nada acerca de esta situación se siente bien.
No me gusta querer que le duela tanto como me duele a mí. Me odio a mí misma por querer eso incluso aunque él me hizo daño. Y más que nada, odio que me haya hecho sentir de nuevo, porque ahora mismo me gustaría poder volver a ser insensible.
Me alejo de mis pensamientos y me pregunto por enésima vez si Pedro realmente me echa de menos, o si está una vez más tratando de reparar ese frágil ego suyo de ser rechazado.
De todos modos, es un chico grande, y los chicos grandes tienen que asumir las consecuencias de sus malditas acciones. Él dice que no pasó nada, pero es difícil creerle cuando vi que ellos llevaban las mismas piezas de un equipo, a juego.
Consecuencias. Estoy segura de que es una palabra que nunca ha tenido que asumir antes. No pensaba responder, pero lo hago sólo por medida.
I Knew You Were Trouble11 - Taylor Swift.
Ay q le crea x favor! Me dan mucha lástima los dos...estan tan lastimados...mimiroxb
ResponderEliminarwow ojala pronto todo se solucione!!!
ResponderEliminarQué manera de sufrir con estos 2 caps x favorrrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminar