Los consejos de Luciana todavía resuenan en mis oídos mientras estoy acostada en la cama, a la mañana siguiente. El dolor en el pecho y en mi alma está todavía allí, pero mi determinación ha regresado. Una vez le dije a Pedro que luchara por nosotros. Por mí. Ahora es mi turno. Le dije que valía la pena el riesgo. Que tomara la oportunidad. Ahora tengo que probarlo.
Si Luciana parece pensar que le importo, entonces no puedo rendirme ahora. Tengo que intentarlo.
Voy en coche por la costa, con Lisa Loeb sonando por los altavoces, y mi mente es un torbellino de pensamientos, de lo que voy a decir y cómo lo voy a decir, mientras las nubes en el cielo se corren lentamente y dan paso al sol de la mañana. Lo tomo como un signo positivo de que de alguna manera cuando vea a Pedro cara a cara, verá que es sólo él y yo, como era antes, y que las palabras no significan nada. Que no cambian nada. Que el siente de la misma manera y que yo actúo de la misma manera. Y que somos nosotros. Que la oscuridad que siente, se disipará porque voy a estar de vuelta en su luz una vez más.
Me dirijo hacia abajo por Broadbeach Road y me detengo en su entrada, mi corazón late a un ritmo frenético y mis manos tiemblan. Toco el timbre, pero nadie responde. Lo intento de nuevo, y de nuevo, pensando que tal vez esté dormido. Que él no puede oír el timbre porque está arriba.
—¿Hola? —Una voz femenina me pregunta por el altavoz. Mi corazón cae hasta el estómago.
—Soy Paula… yo... necesito ver a Pedro. —Mi voz es una maraña de nervios y de lágrimas no derramadas.
—Hola, querida. Soy Grace. Pedro no está aquí, cariño. Él no ha estado aquí desde ayer por la tarde. ¿Está todo bien? ¿Quieres entrar?
El flujo de sangre a mi cabeza se acelera con todo lo que escucho. Mi respiración se corta mientras descanso mi cabeza contra el volante.
—Gracias, Grace, pero no, gracias. Simplemente dile... dile que pasé.
—¿Paula? —La incertidumbre en su voz me hace asomarme por la ventana del coche.
—¿Sí?
—No me corresponde a mí decirlo... —Se aclara la garganta —, pero se paciente. Pedro es un buen hombre.
—Lo sé. —Mi voz es apenas audible, mi estómago se aloja en mi garganta. Si sólo él se diera cuenta de ello.
Mi viaje de regreso por la costa no está tan lleno de esperanza como lo estaba antes. Me digo a mí misma que probablemente salió con Beckett y estaba demasiado borracho para conducir a casa. Que él salió con el equipo y se detuvo en un hotel en el centro de Los Ángeles después de ir de fiesta un poco demasiado duro. Que decidió que era el momento para otro viaje a Las Vegas y que está en el avión para volver a casa ahora mismo.
Los interminables escenarios pasan por mi cabeza, pero no hacen nada para aliviar las ondas de miedo que rebotan dentro de mí. No quiero pensar en otro lugar donde podría estar. La casa urbana en Palisades. El lugar al que va, para estar con sus arreglos. Mi corazón se acelera y los pensamientos vuelan con temeridad ante la idea. Trato de justificarlo para pasar la noche allí. Que está solo. Pero tanto los comentarios de Teagan, como los de Tamara pasan a través de mi mente, alimentando la corriente sin fin de la duda y la inquietud que se produce dentro de mí.
Mi mente se llena de las muchas advertencias que él me ha dado.
Saboteo cualquier cosa que se asemeja a una relación. Estoy cableado de esa manera, Paula. Voy a hacer algo a propósito para hacerte daño, solo para demostrar que puedo. Para demostrar que no te quedarás sin importar las consecuencias. Para demostrar que puedo controlar la situación.
No me acuerdo de haber dirigido el coche a esa dirección, pero antes de darme cuenta, de memoria doy la vuelta hacia su calle. Las lágrimas se desbordan por mis mejillas mientras agarro el volante con fuerza. La necesidad de saber prevalece ante la agonía de reconocer los temores de mi mente. Lo que preocupa a mi corazón. Lo que ya sabe mi conciencia.
Me detengo en la acera, un pequeño suspiro escapa de mis labios, en un alivio momentáneo, cuando veo que ninguno de los coches de Pedro está ahí.
Pero luego veo la puerta del garaje y me pregunto si está dentro. Tengo que saberlo. Tengo que hacerlo.
Empujo mi cabello de mi cara y suspiro profundamente antes de deslizarme fuera de mi coche. Camino con las rodillas débiles por el sendero y por el patio de adoquines. Mi corazón late tan fuerte que se escucha su estruendo, en lo único que puedo centrarme es en colocar mis pies uno delante del otro.
PEDRO...........
Mi maldita cabeza. Gimo cuando me doy la vuelta en la cama.
Dejen de golpear los malditos tambores. Por favor. Alguien. Cualquiera. No me jodas.
Pongo la almohada sobre mi cabeza, pero las malditas palpitaciones continúan en mis sienes. Mi estómago se retuerce, y tengo que concentrarme en no marearme, porque mi cabeza realmente no quiere que me levante por el momento.
¡Jodido Cristo! ¿Qué carajo pasó anoche? Algunas escenas vuelven a mi memoria. Becks viene a buscarme para sacudirme el miedo de la vagina vudú. Un miedo que no estoy muy seguro que quiera ser sacudido. Bebiendo.
Paula, querer a Paula. Necesitar a Paula. Extrañar a Paula. Tamara reuniéndose con nosotros en el bar para algunas firmas. Mucha mierda de alcohol. Demasiado maldito alcohol según mi cabeza ahora mismo.
El placer de enterrar el dolor.
Me esfuerzo por luchar a través de la confusión de mi cabeza para recordar el resto. Instantáneas de claridad en medio de la bruma. Volviendo aquí. La casa de Palisades está más cerca que Malibú. Beber más. Tamara no se siente cómoda en su traje de negocios. Le presto una camiseta mía. Parado en la cocina mirando el maldito taper de algodón de azúcar en la mesada. Memorias del carnaval haciendo que el dolor me consuma.
—Oh, mierda —gimo mientras los próximos recuerdos parpadean altos y claros.
Sentado en el sofá. Becks, el hijo de puta no pareciendo desaliñado a pesar de que ha bebido solo por tomar conmigo, sentado en la silla frente a mí. Sus pies levantados y la cabeza inclinada hacia atrás. Tamara a mi lado en el sofá. Alcanzar
sobre ella la mesa del final para tomar mi cerveza. Ella alcanzándomela. Manos alrededor de mi cuello. Boca en mis labios. El exceso de alcohol y mi pecho ardiendo de necesidad. Tan herido porque necesito a Paula. Sólo a Paula.
El placer de enterrar el dolor.
Devolviéndole el beso. Perdiéndome en el momento. Tratando de deshacerme del maldito dolor constante. Para olvidarme de sentir. Todo mal. Tan mal. La empujo. Ella no es Paula.
Mirando hacia arriba y encontrar los ojos de desaprobación de Becks.
¡Jodeeeer! Me empujo fuera de la cama e inmediatamente me estremezco con el tren de carga que golpea mi cabeza. Llego al baño y me detengo en el lavabo por un momento, tratando de funcionar. Imágenes de anoche siguen parpadeando. Jodida Tamara. Miro al espejo y me estremezo.
—Te ves como la mierda, Alfonso, —murmuro para mis adentros. Ojos inyectados en sangre. Barba de tres días. Cansado. Y vacío.
Paula. Ojos violetas rogándome. Sonrisa suave. Gran corazón. Jodidamente perfecta.
Te amo, Pedro.
Dios, la echo de menos. La necesito. La quiero.
Me lavo los dientes. Trato de eliminar el sabor del alcohol y miseria de mi boca. Empiezo a quitarme mi camisa y mi ropa interior, necesitando apartar la sensación de las manos de Tamara de encima. Su perfume de encima. Necesitando desesperadamente una ducha. Estoy a punto de abrir el agua cuando escucho unos golpes en la puerta principal.
—¿Quién carajo? —gruño antes de mirar el reloj. Todavía jodidamente temprano.
Busco de forma incoherente algo que ponerme, tratando de sacudirme la confusión de mi cabeza. No puedo encontrar mis malditos pantalones de la noche anterior. ¿Dónde mierda los puse? Frustrado, abro de un tirón mi armario, agarrando el primer par de jeans que encuentro, y rápidamente empujo mis piernas en ellos. Me apresuro a bajar las escaleras empezando a abotonar el primer botón mientras trato de averiguar quién coño está en mi puerta. Echo un vistazo para ver a Becks desmayado en el sofá. Se lo merece el hijo de puta. Levanto la vista para ver a Tamara y a sus piernas kilométricas en la puerta
abierta. La visión de ella, la camiseta, las piernas, y nada más, no hace nada por mí, para mí, cuando solía hacerlo todo.
—¿Quién es, Tami? —Mi voz suena extraña mientras hablo. Grave. Impasible, porque lo único que quiero es que Tamara desaparezca. La quiero fuera de mi casa, no necesito un recordatorio de lo que podría haber hecho. Lo que casi jodí. Porque es importante ahora. Ella importa ahora.
Y cuando entro en la cegadora luz de la mañana por la puerta, te juro por Dios, mi corazón da un vuelco en mi pecho. Allí está. Mi ángel. La que me ayuda a romper a través de mi oscuridad porque me deja aferrarme a su luz.
Ayyyyyyyy, Dios, qué manera de sufrir ese chico x favorrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarAyy mi vida , pobre Pedro, ya se lo q le paso de niño..ojala pau lo ayude con amor
ResponderEliminarAy no!! Q complicado todo! Sera q ella lo va a escuchar y le va a creer?? mimiroxb
ResponderEliminarNooo que pedro no permita que paula se aleje de el!!!
ResponderEliminar