Pedro mira por encima de mí mientras escucha a su publicista darle el orden de los acontecimientos para la noche. Estamos planeando mientras atravesamos Los Ángeles en una limusina que se dirige a una gala de caridad. Este es el primero de varios eventos en las próximas semanas de los que Pedro y yo formaremos parte, de manera formal en la promoción conjunta de nuestras empresas y espero contar con algunos de los participantes en el asiento del vehículo con el programa de patrocinio.
Lo miro descaradamente mientras tarareo la canción de Hero Heroine flotando suavemente de fondo a través de los altavoces. Absorbo todo lo relacionado con él que se ha vuelto tan familiar, tan adictivo, tan todo para mí en un corto período de tiempo. Está tan sorprendente en su smoking formal que ya ha confesado detesta varias veces y no puedo evitar pensar en la chica afortunada que soy. Él tiene la cara bien afeitada de nuevo y sin embargo, aún sin la habitual sombra en su mandíbula, todavía emite el aura de chico malo descuidado.
Es algo que rezuma de él, independientemente de lo que lleve puesto. Es casi sexy con su mirada esta noche porque sé que debajo de su sofisticado diseño exterior se encuentra un imprudente y rebelde de corazón.
Pedro me mira, sintiendo el escrutinio de mi mirada y una sonrisa salaz se muestra en sus labios. Sus ojos se encuentran con los míos y sé que le duele tanto como a mí no sentir nuestra piel desnuda conectarse. El resto de la semana desde la pista de go-kart me estuvo llenando de correos electrónicos provocativamente burlones y de textos que explicaban en profundidad lo que nos queríamos hacer el uno al otro una vez que esta noche hubiera terminado. Dios mío, sólo con las palabras que el hombre podía decir hacían necesitada a una mujer, hambrienta, deseosa y lo más probable era que rogara si se tardaba demasiado tiempo —como nunca había sabido que fuera posible. Pero estoy bastante segura de que el dolor es en ambos sentidos, sin embargo, por el silbido de su aliento cuando se abrió la parte delantera de mi sexy vestido, rojo.
—Bueno, estaremos allí en unos cinco minutos. Saltaré antes de que te llamen y te acomodes en tu lugar, mientras los automóviles circulan por toda la manzana —dice Chase, mirándonos a los dos por encima de sus gafas negras de montura metálica.
Pongo una mano en mi estómago ante la idea de ser fotografiada en la alfombra roja delante de toda esa gente. ¡Ay! Pensé que esta era una pequeña función. No me di cuenta de que era una gala en toda regla de Hollywood llena de preguntas de la prensa. La publicidad será buena para la caridad pero, ¿no puedo entrar sola a hurtadillas por la puerta trasera y evitar ser el centro de atención?
Obviamente esa nunca será la opción si estoy con Pedro.
Él se acerca y me aprieta la mano.
—No te pongas nerviosa —me guiña el ojo—. Tengo todo cubierto.
—Eso es lo que me da miedo —sonrío hacia él, nuestros ojos hablan por nosotros. Juro que puedo ver el crepitar de electricidad en el aire mientras la tensión sexual llena la limo. Chase se entretiene a sí mismo manteniendo la cabeza baja y sus mejillas se manchan de rojo con nuestro silencioso pero evidente intercambio.
—Bueno, esta es mi parada —murmura él, recogiendo sus papeles mientras Pedro frota la parte posterior de mi mano con el pulgar.
—Gracias, Chase. Nos vemos en unos pocos minutos —dice, sin apartar los ojos de los míos.
En el momento en que la puerta de la limusina se abre, Pedro se mueve y me presiona contra el asiento de atrás. Su mano enredada en mis rizos se suelta y arqueo el pecho de la parte posterior del asiento, deseando sentir el calor de su cuerpo contra el mío, pero él se detiene a centímetros de mi cara. Mis labios se separan y mi respiración acelera cuando miro sus ojos. La intensidad tranquila sostenida dentro de ese destello verde me deshace.
Tira de mí.
Me acelera.
—¿Tienes alguna idea de cuántas veces esta semana he querido hacer esto? —Nunca había movido tan lentamente sus labios en los míos, sólo un susurro de toque que me tiene con un gemido lleno de desesperación.
—Pedro —murmuro mientras sus labios se retiran una fracción, dejando mi cuerpo centrando exclusivamente en el lento deslizamiento de su mano a mi caja torácica hasta justo debajo de la parte inferior del pecho antes de que haga el lento descenso hacia abajo. Mi respiración suelta un suspiro estremecido que hace que sus labios se volteen y sus ojos se arruguen en las esquinas.
—¿Hay algo que desees? —susurra contra mis labios mientras me suelta el pelo suavemente así que mi cuello queda libre. Su lengua se desliza en un camino lento hacia abajo por mi columna, claramente sacando lo que hemos establecido en el último par de días, pero estoy tan urgida por la necesidad, que sólo lo quiero dentro de mí. Ahora. Para llenar el doloroso vacío de él.
—Sí. Te. Necesito. Dentro. De. Mí. Pedro. Ahora —mi voz se astilla mientras su lengua lame mi escote que se le ofrece.
Su risa es baja y ronca, el tenor de la misma llena mis oídos, aviva el fuego de necesidad hasta que su lengua deja mi piel. Abro los ojos y lo miro desde debajo de mis pesados párpados con deseo para encontrar su entrenada mirada en mi cara.
—No pensaste que te dejaría fuera, o más bien te permitiría salirte tan fácil ¿verdad? —sonríe y puedo ver el baile de alegría en sus ojos. ¡Oh, mierda! Mi cuerpo ya tenso por la necesidad se atiranta más—. Me pusiste las bolas azules toda la semana, y creo que voltear el juego es jugar limpio —sonríe—. Usando tu término.
Por mucho que me gustaría estar orgullosa del hecho de que ha confesado que con éxito lo vuelvo loco, saber que mi picor no va a ser rascado en el corto plazo me hace gemir de frustración. La sonrisa de Pedro sólo se ensancha con el sonido y la picardía en sus ojos hace que estreche los míos hacia él a su vez.
—Has estado matándome suavemente toda la semana, Paula, con tus pequeñas sugerencias... con tus pequeñas burlas... y por lo tanto es el momento de mostrarte exactamente cómo se siente.
¡Oh maldito infierno! ¿En serio? ¿Qué tiene en mente?
—Sé lo que se siente —trato de hacer hincapié pero sólo tengo éxito en sonar entrecortada. Desesperada—. Tus respuestas me hicieron lo mismo.
Él besa mi cuello suavemente, siguiendo su camino a mi punto de placer justo debajo de mi oreja.
Su leve toque me hace resbaladiza por la excitación.
—No. No lo creo, Paula —murmura, moviendo los labios a mi oído—. ¿Sabes lo difícil que es concentrarse en una reunión, tratando de ocultar mi erección porque no puedo conseguir sacar tus textos de mi cabeza? ¿Qué idiota parezco cuando me quedo en blanco con una pregunta acerca de los ajustes del ala del auto, porque en lo único que puedo pensar es en probar el dulce sabor de tu vagina de nuevo? —Levanta una mano y la pone sobre la base de mi cuello, sosteniendo mi cabeza quieta, así que no tengo más remedio que afrontar el reto en sus ojos—. ¿Se sintió igual para ti, Paula?
Me muerdo el labio inferior y sacudo la cabeza diciendo que no, nuestros ojos, violeta a verde, en un intercambio silencioso.
—Dilo.
—No —doy una respiración temblorosa, completamente bajo su hechizo. Cautivada. Hipnotizada.
—Entonces, esta noche te lo mostraré —me dice, hundiéndose hasta las rodillas en el suelo de la limusina mientras se mueve entre mis piernas y captura mi boca. Su lengua lame y lentamente se mueve con la mía mientras su mano se desliza hasta la parte exterior de mi muslo, empujando mi vestido a medida que avanza—. Dulce jodido Jesús. —Exhala mientras sus dedos se deslizan sobre las correas de la liga que llevaba específicamente para seducirlo. Por alguna razón, sin embargo, me parece que pienso que las cosas se han volteado ahora.
Yo soy la que está siendo seducida.
—Ahora voy a pensar en desnudarte toda la noche hasta que estés de pie en tus tacones y con estos y nada más —dice, tirando de una correa de liga para que se estrelle contra mi muslo.
El ligero escozor envía una sacudida directamente a mi sexo ya temblando.
—Creo que te ves un poco demasiado elegante.
Él sonríe, con una mirada retrospectiva y diabólica en su rostro. Lo miro con temor, toda mi atención está en el aspecto carnal de sus ojos, hasta que siento sus dedos bailando en la humedecida seda de mi ropa interior. La pequeña barrera de tela silencia su toque, y yo instintivamente levanto mis caderas, pidiendo más.
—Pedro—suspiro.
—Y yo estoy un poco mal vestido —murmura, con una cualidad burlona en su voz.
Tengo un rápido segundo para preguntarme qué demonios quiere decir con su comentario, pero el aire frío de la limusina baña mi carne caliente mientras él hace mis bragas a un lado y la pregunta cae de mi mente. Mantengo mis ojos en él, con mi cuerpo zumbando con incontrolable necesidad mientras él marca senderos siempre tan lentamente con un dedo y luego por mis pliegues lentamente hinchados. Y yo me voy, mis pensamientos se pierden en la danza de las yemas de sus dedos, en el calor abrasador del deseo y del implacable dolor de la necesidad.
Él se inclina y se burla de mí con un suave y tentador beso —follando mi boca con reverencia— que tira de todo el camino a mis dedos de los pies y espalda hacia arriba. Él está asaltando todos mis sentidos, lo que dificulta cualquier pensamiento coherente, manipulando mi cuerpo con un objetivo claro y concreto.
Yo grito y lo hago en sus labios esperando mientras mete tres dedos dentro de mí, para que se froten todas mis sensibles paredes. Echo la cabeza hacia atrás sin vergüenza y emito un ahogado gemido, sus dedos invaden las profundidades de mi sexo manipulándome de la manera que tan desesperadamente necesito. Angulo mis caderas hacia arriba, tratando de estar más cerca, que sus dedos se profundicen, necesitando esta versión provocada por él. La conexión.
Mi cuerpo sube. Se aprieta con la anticipación de mi orgasmo montándome. Estoy tan cerca de caer en el éxtasis que no puedo contener el gemido que sale de mis labios.
Y de pronto estoy vacía.
—¿Qué? —grito, parpadeando y abriendo los ojos para ver los verdes de Pedro llenos de humor y de una fuerte dosis de lujuria ante mí.
—No hasta más tarde, Pau. —Una sonrisa lasciva encuentra su camino en esa hermosa boca suya.
—Cuando me pueda tomar mi lento, dulce delirio tiempo contigo. Llevarte a lugares que ni siquiera sabes que existen todavía —dice, y reitera su promesa de la primera noche que nos conocimos, excepto que ahora no tengo una respuesta ingeniosa para él. Sólo lo deseo. Ahora. De cualquier manera posible.
Porque esta vez sé que él puede cumplir esa promesa. Y algo más.
Cuando empiezo a protestar, él lleva un dedo hasta mi labio inferior, y lo soba con mi propia excitación antes de capturar mi boca con la suya. Su lengua
lame su camino en la mía, el zumbido en la parte posterior de su garganta es sexy. Toma mis mejillas en sus manos y luego se retira una fracción, lamiendo mi labio inferior de nuevo en el refugio. Me mira a los ojos, el zumbido sordo suena a través de su garganta.
—Mis dos sabores favoritos en el mundo entero.
Me quejo de frustración. ¿Está bromeando? Él no puede hablar conmigo de esa manera y no creer que vaya a saltar y tomar lo que quiero.
—Shhhh —susurra—. Te dije que te toca a ti ser torturada por la necesidad. —Cierro los ojos momentáneamente, resignándome a tener ese profundo, deseo exigente no ha recibido por el momento su bienestar—. Y tengo la intención de mostrarte lo exquisito que la tortura puede ser toda la noche, cariño.
La oscura promesa de sus palabras hace que todo mi cuerpo vibre con un deseo no correspondido y que mi vagina palpite con anticipación. Tengo la sensación de que será un momento muy largo, una noche muy frustrante.
—A partir de ahora —murmura, enseñándome una sonrisa maliciosa mientras lentamente se mueve hacia debajo de mi cuerpo, y baja la boca para tomar una lenta y dulce probada de mí. Me quejo violentamente con el suave golpe de su lengua que hace que inmediatamente me sienta indefensa y me deja la de él para tomar.
Él desliza su lengua adelante y atrás momentáneamente, sus dedos susurran a través y extienden mi carne hinchada.
—Pedro —le digo en un gemido fuera como un terremoto de rocas en mí cuando él hunde su lengua dentro de mí. Apenas puedo respirar. Ni siquiera puedo enfocarme. Mis dedos se clavan a la carne de mis muslos —instando, empujando, hacia el crecimiento de la liberación destrozando la tierra justo al alcance.
—Eso es todo, Pau. —Sopla mi clítoris, haciendo que mi cabeza se eche hacia atrás en el asiento, con los ojos cerrados y mi cuerpo deseoso—. Quiero que te quedes así toda la noche.
Lo oigo, más que sentir como Pedro me arranca la ropa interior. Y estoy tan reprimida con mi negada liberación que ni siquiera me parece divertido que se quede con otro par de mi ropa interior. El gemido bajo y gutural que emite parpadea en mis ojos justo a tiempo para verlo limpiarse mi humedad de su boca con los restos de mi ropa interior de seda roja. Lo miro fijamente, con los labios
entreabiertos, con los ojos muy abiertos, con la respiración jadeante y con el corazón acelerado.
Y frustrada.
—¿Hay algo que quieras? —sonríe.
Mi cabeza está nublada por la necesidad. Al diablo con el juego que está jugando. Todo lo que quiero es a él. Ahora mismo. Urgente.
—Sí. Por favor, Pedro. Por favor. —Yo, básicamente, ruego y no me importa lo más mínimo hacerlo.
Nuestra mirada en silencio se rompe cuando su teléfono emite el sonido de un texto. Lo mira y luego a mí con el baile de diversión en los ojos.
—Justo a tiempo. Es nuestro turno en la fila.
Sacudo la cabeza hacia él mientras mi cuerpo permanece en su estado de suspensión y de negligencia. Él sonríe, mueve mi vestido hacia abajo sobre mis piernas, sin las bragas, y se sienta en el asiento al lado de mí. Y en ese momento lo puedo ver en sus ojos. El borde delgado de afeitar de su voluntad tambaleándose.
Cómo su cuerpo es impulsado con una necesidad tan increíble y alimentada por una intensidad tal, por un deseo abrumador. Cuánto esta pequeña seducción de él lo está matando tanto como a mí.
—Una sola palabra —dice, poco a poco se inclina hacia adelante para que una de sus manos puede tomar el lado de mi cara. Mueve la yema de su dedo pulgar atrás y adelante por encima de mi labio inferior—. Anticipación.
La simple palabra envía un escozor de conciencia a través de mi cuerpo. Roza sus labios tiernamente contra los míos antes de retroceder una fracción. Me apoyo en su deseo de profundizar el beso y me ahogo en el sabor que he estado anhelando, pero él se retira, negando con una sonrisa seductora y un brillo travieso, juguetón en los ojos.
Y por alguna razón, mi mente escoge ese momento para recordar el comentario que había hecho hace unos momentos.
—¿Mal vestida? —le pregunto, mis ojos se estrechan en sus pensamientos, tratando de averiguar lo que eso significa exactamente.
Él sostiene mi ropa interior y se lame los labios mientras se imagina con qué palabras tentarme.
—Verás, estas han estado puestas donde yo he que querido estar toda la semana, y como no se me ha permitido estar ahí, estas tampoco estarán. —Se apoya para colocar el más tierno de los besos en mis labios antes de descansar su frente contra la mía—. Esta noche, Paula —murmura contra mis labios—. Quiero que pienses en mí toda la noche. Más específicamente en todo lo que planeo hacer contigo más tarde cuando te tenga sola.
Exhala, su expresado susurro seductor hace que el deseo dentro de mí se enciende en un infierno rugiente.
—Cuando mi lengua te lama. Cuando mis dedos te agarren. Cuando tu boca me pruebe. Cuando mi pene te acaricie. Cómo mi cuerpo va a adorar todos los increíbles centímetros tuyos. —Mis manos llegan para apretar sus bíceps mientras mi boca se seca y mi sexo se moja por la provocación de sus palabras. Él tiene que saber que estoy afectada, tiene que saber que estoy desesperada por su toque ya, pero continúa.
—Quiero saber que mientras estás hablando con todos esos potenciales donantes, viéndote tan equilibrada, elegante y jodidamente impresionante, por debajo de ese vestido estás mojada y chorreando de necesidad por mí. —Jalo una respiración entrecortada, sus palabras son casi imposibles de oír en mi estado actual.
—Que te duela tanto que lastime. Que tu vagina pulse ante la idea de cómo esta noche mi pene estará enterrado en ella. Durante horas. —Su voz es dolorida cuando dice la última palabra, y tengo un cierto grado de satisfacción de que esté sufriendo tan deliciosamente como yo. No puedo evitar el zumbido de deseo en la parte posterior de mi garganta, mientras siento su boca levantarse con una sonrisa en mi respuesta.
—Cada vez que te mire quiero saber que te estoy matando lentamente en el interior, mientras te ves tan perfectamente adecuada en el exterior. —Mueve la cabeza hacia adelante y me da el beso que ha estado ocultando de mí. Estoy sin aliento para cuando me libera—. Y sabiendo eso me dejará deseándote tanto como tú.
Se aleja de mí y se mueve al asiento a mi lado. Yo no digo nada todo este tiempo, y sin embargo, me siento exhausta y totalmente superada por nuestra conversación.
—Mal vestida —dice, con una sonrisa maliciosa tirando de las comisuras de su boca mientras sostiene mis bragas y comienza doblarlas—. Ya no estás tan
elegantes sin estos... —Mete el trozo de seda roja en el bolsillo de abertura cuadrada y me guiña un ojo—. Y ahora yo estoy perfecto.
Lo miro preguntándome a qué abismos de deseo me llevará esta noche. Un rubor se extiende por mis mejillas y él sonríe, sabiendo que estoy más que en el viaje. Sacudo mi cabeza suavemente hacia él.
—De verdad puedes ser malo, ¿lo sabías?
Algo flashea a través de sus ojos que me parece miedo, pero sé que no es posible. ¿Qué es lo que posiblemente teme de mí?
—No tienes ni idea, Paula. —Aprieta la mandíbula mientras me mira, su estado de ánimo es repentinamente serio y estoy confundida en cuanto a por qué. Nos sentamos mirándonos el uno al otro en silencio por un momento antes de que él se vuelva a mirar el paisaje que pasa. Su voz es extrañamente suave y contemplativa cuando por fin habla—. Si fueras lista... podría dejarte... te diría que te alejaras.
Miro la parte posterior de su cabeza, con la confusión desconcertándome. ¿Qué piensa que es tan horrible dentro de él, que no es digno de mí? El hecho de que después de todo este tiempo todavía sienta que está manchado por su infancia me mata. Si tan sólo me dejara tratar de ayudarlo. Extiendo la mano y pongo mi mano en su espalda.
—Pedro, ¿por qué dices eso?
Él me mira, su cara es vigilante.
—Me gusta demasiado tu forma ingenua para darte los sórdidos detalles.
¿Ingenua? ¿No sabe los horrores que he visto en la casa? O eso, o es otra excusa para huir de su pasado.
—Sea lo que sea, Pedro, no afecta lo que siento por ti. Necesito que sepas eso.
¿Pedro?, Me sobresalto cuando el intercomunicador de la parte delantera del coche zumba hacia nosotros en la parte de atrás.
—Déjalo, Pau—advierte en voz baja—. ¿Sí, Sammy?
—TEL (Siglas para Tiempo estimado de Llegada.) en dos minutos
Él baja el cristal que da privacidad y nos divide. Sammy vuelve la cabeza hacia Pedro.
—Sammy, trae a Sexo aquí. Esta noche me siento con humor como para conducir.
¿Sexo? ¿Conducir? ¿De qué diablos está hablando?
—Claro que sí —dice Sammy, una media sonrisa ilumina su rostro antes de que el cristal resbale de regreso.
—¿Sexo? —Lo miro como si estuviera loco, feliz por el cambio de tema para añadir un poco de levedad a la súbita pesadez de nuestra conversación.
—Si. Mi F12. Mi bebé. Ese es su nombre. —Se encoge de hombros como si fuera la cosa más perfectamente normal en el mundo, pero me pierdo en lo del F12, bebé y sexo.
—Ummm, ¿puedes explicarlo en un idioma para aquellos de nosotros con dos cromosomas X? —me río desconcertada.
Él me da una sonrisa infantil que derretiría mi ropa interior si la tuviera.
—F12 es mi favorito de todos en mi colección. Es un Ferrari Berlinetta. La primera vez que Beckett lo manejó, me dijo que el sentimiento era equivalente al del mejor sexo que jamás hubiera tenido. Fue una broma al principio, pero el nombre se quedó pegado. Así que... —Se encoge de hombros, y yo sólo muevo la cabeza hacia él—. Sexo.
—¿De colección?
—Las mujeres tienen zapatos. Los hombres tienen coches. —Es la única explicación que da. Estoy a punto de preguntarle más cuando anuncia—: Estamos aquí. —Se mueve en su asiento de modo que está más cerca de la puerta y mariposas toman vuelo en mi estómago—. Es hora del espectáculo.
Antes de que pueda prepararme más mentalmente, la puerta de la limusina se abre. Aunque el cuerpo de Pedro permanece en la puerta bloqueando parcialmente el flash de las cámaras, soy temporalmente cegada por su intensidad.
Pedro da un saludo relajado y casual a los paparazzis mientras se abotona la chaqueta antes de volverse para ayudarme. Tomo una respiración profunda mientras tomo su mano y me deslizo fuera de la limusina. Salgo del coche y miro
hacia él, hay una sonrisa tranquilizadora en su rostro. Se ha ido el hombre meditando en el coche momentos antes. Hola playboy de Hollywood.
—¿Estás bien? —me dice y asiento sutilmente, abrumada por la avalancha de gente gritándonos junto con los repetidos flashes de las cámaras. Él tira de mí hacia él, con su boca apoyada en mi oído—. Recuerda sonreír y seguirme —murmura—. Te ves impresionante esta noche. —Se aleja, apretando mi mano y me honra con una de sus sonrisas moja-bragas antes de dedicarse a caminar por la alfombra.
Y el único pensamiento que rompe a través de los rumores que nos rodean es que a partir de este punto en adelante, ya no soy anónima para la prensa.
buenísimo,seguí subiendo!!!
ResponderEliminarWowwwwwwwww, qué intensos los 2 caps!!!!!!! Para cuándo una maratón de 4 ó 5 caps???
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