domingo, 31 de agosto de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 62

—Sabes, Paula, están cambiando como veo ciertas cosas en el mundo —comenta Pedro mientras entramos en mi camino de entrada.
—¿Por qué es eso? —murmuro distraídamente, mi mente todavía está tratando de procesar los eventos del día-que Pedro está aquí-conmigo.
—Nunca voy a limpiar el capó de mi coche o caminar por una escalera sin pensar en ti —dice, mostrándome una sonrisa de megavatios—. Siempre serás la persona que me hizo ver las cosas mundanas con una nueva luz.
Me río a carcajadas mientras él se inclina para darme un casto beso antes de salir del coche. Lo veo rodear el coche para abrirme la puerta, y de repente estoy conmovida por su comentario. Una parte de mí sonríe a sabiendas de que nunca será capaz de olvidarme, mientras que otra parte se entristece con la idea de que esto no vaya a durar para siempre. Incluso si pudiéramos, no creo que él lo aceptaría alguna vez. El problema es que yo soy la que sigue tirándose hacia abajo, más y más profundo. Yo soy la que trata de mantenerse a flote. Yo soy quien es la que necesita una parada en boxes.
Pedro abre la puerta y el comentario de sus labios muere cuando ve la expresión de mi cara. He tratado de ocultar mi tristeza repentina pero, obviamente, no he tenido demasiado éxito.
—¿Qué es? —Me pregunta, dando un paso hacia la puerta del coche entre la V de mis piernas.
—Nada. —Me encojo de hombros, restando importancia—. Sólo estoy haciendo el tonto. —le digo mientras sus manos se deslizan hasta los muslos y debajo de mi falda donde está mi sexo desnudo.
Suspiro con el toque de pluma de sus dedos sobre mi piel mientras lo miro a los ojos. La sonrisa en su rostro me saca de mi estado de ánimo, y le sonrío de vuelta.
—Sabes, tenemos que hacer algo acerca de este hábito que tienes de rasgar mis bragas.

—No, no tenemos —murmura mientras se inclina hacia abajo e inclina su boca sobre la mía.
—No me distraigas. —Me río mientras sus manos se deslicen más arriba de mis muslos y sus pulgares cepillan en mi parche de rizos, mi cuerpo arqueándose contra él en reacción—. Estoy hablando muy en serio.
—Uh -huh... prefiero distraerte —dice contra mis labios—. Y también me gustas cuando estás muy seria. —Imita mi tono, lo que me hace reír de nuevo.
—Estás empezando a hacer mella en mi cajón de bragas —respondo sin aliento mientras sus pulgares pasan más abajo en este momento.
—Lo sé y espero continuar haciéndolo muy pronto. —Él se ríe contra el costado de mi cuello, con una suave vibración.
—Eres un caso perdido. —suspiro mientras deslizo mis manos por su pecho y las enlazo a su cuello antes de reclamar sus labios con los míos.
—Ese soy yo, Paula... —Suspira cuando separamos los labios—, ese soy yo.
Entramos en la tranquilidad de mi casa. Lina estará trabajando hasta tarde en un evento esta noche por lo que la casa es toda nuestra, y tengo la intención de sacar el máximo provecho de ello.
—¿Tienes hambre? —le pregunto mientras dejo mis cosas en el mostrador de la cocina.
—En más de un sentido —él me sonríe y yo sólo muevo la cabeza hacia él.
—Bueno, nos prepararé algo para tomar cuidado de tu primera hambre, para que te encuentres bien y fortificado, y luego me aseguraré de ofrecerte un poco de postre para tu segunda hambre —digo sobre mi hombro mientras me agacho y miro en la nevera.
—Ya sea ofrecido o no, cariño, lo tomaré —dice, y puedo oír la sonrisa en su voz. Me olvido por un momento de mi región inferior desnuda al agacharme hasta que Pedro dirige un dedo por mi trasero desnudo, antes de darme una palmada juguetona que me hace saltar y vibrar por el escozor.
Comemos la sencilla comida que he inventado en un intercambio cómodo. Me cuenta de sus interminables reuniones en Nashville y lo que él había esperado lograr durante ellas. Le hablo de los avances en el proyecto de la oficina, así como de pequeñas curiosidades sobre la semana de los niños. Me resulta entrañable que realmente escucha cuando hablo de los niños y hace
preguntas que me deja saber que él tiene un interés genuino en ellos. Es importante para mí que él entiende lo que es una gran parte de mi vida.
—Así que, ¿por qué se interrumpió el viaje? —pregunto mientras terminamos nuestra comida.
Se limpia la boca con una servilleta.
—Empezamos revisando las reuniones que ya habíamos tenido. Empezó a ser redundante... —Se encoge de hombros—. No me gusta la redundancia.
Eso no es lo que Teagan dice, aletea en mi cabeza pensando cuando me dijo que a Pedro le gusta incursionar en aventuras pasadas, mientras está con la actual. Me castigo a mí misma, por tratar de sabotear un momento delicioso.
—Además —dice, levantando la vista de su plato hacia mí—.Te extrañé.
Y ahora me siento como una mierda por mi pequeño dardo mental.
—¿Me extrañaste? —pregunto con incredulidad.
—Sí, te extrañé —dice, sonriendo con timidez, con su pie desplazando el mío por debajo de la mesa para enfatizar sus palabras.
¿Cómo cuatro sencillas palabras de su boca podrían significar tanto para mí? El muchacho emocionalmente inaccesible que yo he intentado tan duro mantener a distancia, ya no quiero dejarlo ir.
—Me di cuenta por la hermosa poesía que me escribiste —bromeo.
Él me lanza una sonrisa reconfortante que me hace querer pellizcarme para saber que esto es real y que la sonrisa es para mí.
—Era virginal en comparación con algunos de los textos más obscenos que escribimos —Levanta las cejas y sus ojos encendidos de humor.
—¿En serio?
—Síp. Creo que prefiero mostrártelo sin embargo.
—¿Es así? —Sonrío mientras doy un mordisco a mi última fresa.
—Sí, y la lluvia de ideas sobre el significado de Ace también.
—Oh, no puedo esperar a escucharlos... —Levanto mis cejas hacia él y rio.
—Alto creador de expectación.
—No —Me río—. Sabes que has hecho una gran cosa acerca de esto que vas a estar muy decepcionado por la respuesta real cuando la sepas ¿no?

Él sólo sonríe mientras me levanto y empiezo a limpiar los platos, rechazando su oferta de ayuda. Charlamos sobre alguno de los patrocinios hasta que el sonido de su teléfono nos interrumpe.
—Un segundo —dice mientras contesta el teléfono. Tiene una corta conversación sobre algo relacionado con el trabajo y luego dice: — Gracias, Tamara. Ten una buena noche.
Ruedo los ojos de forma automática por el nombre y él me atrapa.
—Realmente no te gusta ella, ¿no? —me pregunta, con una mirada perpleja en su rostro.
Suspiro profundamente, preguntándome si quiero abordar esto aquí y ahora mismo. Ella es una ex-novia, amiga de la familia que a sus padres obviamente les encanta, y un miembro importante de su equipo PAE. ¿Realmente quiero luchar una batalla perdida aquí? Si yo voy a estar con Pedro, tengo que enfrentar el hecho de que ella va a ser una parte de su vida, me guste o no. Me retuerzo mis labios al contemplar las palabras adecuadas que usar.
—Vamos a decir que ella y yo hemos tenido un par de intercambios que me llevan a pensar que no es tan inocente como parece... y voy a dejar las cosas así —le digo.
Me mira fijamente durante mucho tiempo y forma en sus labios una sonrisa ladeada.
—Estás celosa de ella, ¿verdad? —me pregunta como si acabase de tener una epifanía.
Vuelvo la misma mirada de medición en él antes de evitar sus ojos y aumentar la limpieza del mostrador que ya he limpiado.
—Celosa no... pero vamos, Pedro. —Me río con incredulidad—. Mírala y mírame. Es bastante fácil ver por qué me siento así.
—¿De qué estás hablando? —pregunta mientras escucho que se levanta de la silla.
—¿En serio? Ella es un sueño húmedo caminante. Perfecta en todos los sentidos, mientras que yo sólo soy... soy sólo yo. —Me encojo de hombros en la aceptación.
Pedro descansa sus caderas en el mostrador junto a mí, mientras que yo juego con el paño de cocina, y puedo sentir el peso de su mirada en mí.

—Eres algo más, ¿lo sabes? —dice, con exasperación en su voz.
—¿Por qué? —pregunto, de repente sintiéndome avergonzada de revelar mis inseguridades sobre Tamara. ¿Por qué no me he callado? Yo y mi bocota.
Pedro tira de mi mano, pero no me muevo. Alguien tan atractivo como Pedro no tiene ni idea de lo que se siente al ser inseguro.
—Vamos —dice él, tirando de mi mano de nuevo sin tomar un no por respuesta—. Quiero mostrarte algo.
Lo sigo a regañadientes por el pasillo hacia mi habitación, curiosa por saber en lo que está siendo tan inflexible. Entramos en mi cuarto y Pedro me lleva a mi cuarto de baño. Me deja de modo en que mi espalda esté en su frente. Sus ojos arden en los míos mientras sus manos corren por los lados de mi torso y la espalda baja. En su segundo pase, sus dedos giran y comienzan deshacer los botones de mi suéter. A pesar de que siento y veo lo que está haciendo en el espejo, mis ojos instintivamente miran hacia abajo.
—Uh-uh, Paula —murmura con un susurro seductor contra mi cuello—. No quites la vista de la mía. —Mis ojos parpadean de nuevo hacia los suyos, y nos miramos el uno al otro así durante unos momentos, ninguno de los dos hablamos.
Pedro termina de abrir mi suéter, y da un paso atrás cuando me lo quita de mis hombros. Sus dedos rozan sobre la piel desnuda de la espalda baja, y entonces siento que la cremallera de mi falda está bajando. Pedro extiende sus manos sobre mi cintura y las desliza en el interior de la falda para soltarla. Empuja mi falda hacia abajo hasta que se separa de mis caderas y cae al suelo.
Me arriesgo a dar un vistazo hacia abajo, donde sus manos se mantienen en la parte delantera de mi pelvis, su color aceitunado hace un marcado contraste con mi piel pálida. El aspecto de posesión que tiene sobre mi cuerpo —grandes y fuertes manos que se extienden sobre carne de seda y encaje—, causa que mi aliento quede enganchado entre mis labios entreabiertos.
—Mira aquí, Paula—me Pedro ordena una vez más, poniendo su cabeza a la derecha de la mía.
Mantengo mis ojos clavados en los suyos, ya que dan una valoración pausada de mi cuerpo y el sujetador, liguero y medias que tengo, sin las bragas que me quitó antes. Cuando sus ojos terminan su inspección, y se conectan con
los míos de nuevo en nuestro reflejo del espejo, veo muchas cosas nadando en sus profundidades.
—Paula, eres impresionante ¿No te das cuenta? —me pregunta, sus manos recorriendo mi caja torácica y parando en el sujetador—. Eres mucho más de lo que cualquier hombre podría manejar en la vida.
Él desliza un dedo dentro de la copa de un lado de mi sujetador y lo empuja hacia abajo para que mi pecho se apoya de la copa apartada, mi pezón ya inhiesto y pidiendo a gritos más. Se mueve hacia el otro lado y repite el mismo proceso, pero esta vez no puedo evitar el suave gemido que se escapa de mis labios con su toque. Yo pongo mi cabeza en su hombro y cierro los ojos ante la sensación.
—Abre, Paula —me pide y los abro y regresan a él—. Yo quiero que veas lo que yo veo. Quiero que veas lo sexy y deseable, y puta caliente que estás —susurra contra la piel desnuda de mi hombro—. Quiero que veas lo que me haces. Cómo tú, en este cuerpo que es precioso por dentro y por fuera, me deshaces. Puede desenmarañarme. —Sus manos viajan hasta mis caderas antes de que una se desplace lentamente hacia arriba, frotando de nuevo entre mis pechos y luego acariciando un lado de mi cuello mientras que la otra viaja hacia abajo para deslizarse suavemente sobre el montículo de mi sexo—. Me puedes reducir a la nada y me construyes, todo al mismo tiempo. —Sus palabras me seducen. El erotismo del momento me atrae. Me fascina por completo.
Me lleva todo lo que tengo para no cerrar los ojos, inclino la cabeza hacia atrás, y quiero perderme en la tormenta de sensaciones que evoca con su toque, pero soy incapaz por su firme control sobre mi cuello. Su dulce seducción con las palabras me deja mojada y con ganas, mientras que la conexión íntima entre nuestras miradas me llena emocionalmente.
—Quiero que me mires mientras te hago llegar, Paula. Quiero que veas como nosotros nos estrellamos sobre ese borde. Quiero que veas porque esto es suficiente para mí. El porqué de que te elijo a ti.
Sus palabras, me atraviesan, abriendo cerraduras en los lugares más profundos que siempre he tratado de mantener vigilados. Mi alma se inflama. Mi corazón se hincha. Mi cuerpo se anticipa. Aspiro el aliento estremeciéndome, su juego previo de las palabras ha tenido éxito en su búsqueda de la excitación. Sus ojos arden con una mezcla de necesidad y deseo.
—Las manos en el mostrador, Paula —Pedro ordena mientras me empuja hacia adelante con una mano en la espalda mientras que la otra mano esta frente
a mi cadera. Puedo sentir lo duro y listo que está contra mi trasero a través de sus pantalones y empujo de nuevo en él—. ¡La cabeza para arriba! —manda, y yo cumplo mientras sus manos serpentean lentamente hacia el sur y despacio me separa.
—Pedro —chillo, luchando contra la inclinación natural a cerrar los ojos ante las sensaciones abrumadoras que balancean a través de mi cuerpo cuando introduce un dedo en mí y luego difunde la humedad a mí alrededor. Mantengo mis ojos en él y sonrío cuando me doy cuenta de que también está teniendo problemas con su propia compostura. La tensión en la mandíbula rígida y el fuego saltando en sus ojos me incita. Sus dedos se deslizan hacia arriba y se burlan de mi manojo de nervios mientras lo siento hurgar a mi espalda en su botón y cremallera.
—Ahora —ruego, mi interior deshecho en un olvido de necesidad—. Rápido.
Puedo ver la sonrisa maliciosa que cubre la cara de Pedro con pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, mientras coloca la cabeza rígida en mi apertura.
—¿Quieres algo, Paula? —me pregunta apenas pulsando dentro de mí.
—Pedro. —Yo suspiro, bajando la cabeza en la dolorosa agonía de necesitar más.
—Ojos —gruñe contra mi hombro mientras nos niega tanto el placer que queremos desesperadamente—. Dilo, Paula.
—Ped…
—¡Dilo! —ordena, su rostro es la imagen de un hombre a punto de perder el control.
—Por favor, Pedro... —Jadeo—, por favor… —Y se sumerge dentro de mí por completo en un solo empujón. El inesperado movimiento me roba el aliento y me catapulta a una explosión de calor al rojo vivo.
—Oh Dios,Paula. —Gime salvajemente, sus ojos se vuelven rendijas, sus párpados se ponderan por el deseo. Él envuelve sus brazos alrededor, sus dedos presionando en mi carne, y su mejilla presionada contra la parte trasera de mi cuello mientras mi cuerpo se adapta a su invasión.
Coloca una fila de besos desde la línea del hombro hasta mi oído antes de enderezarse y empezarse a mover. Realmente moverse. Dándome exactamente lo que necesito porque ahora mismo no deseo lento y constante. Quiero fuerte y
rápido, y no me decepciona cuando se establece un ritmo castigador que arrastra con cada empuje hacia fuera y hacia dentro sensaciones inexplicables de mis profundidades.
Me pierdo en su tempo constante, nuestros ojos aun fijos en los del otro. La mirada en la cara de Colton me quita el aliento mientras sus ojos se oscurecen y su cara se ajusta con placer. Una mano llega a mi pecho y hace rodar mi pezón entre sus dedos. Un gemido incoherente se desliza de mis labios, el fuego dentro de mí es casi demasiado para soportar. Con su otra mano, aún me sujeta la cadera, la mano del pecho la mueve hacia el hombro y nos eleva uno contra el otro, la espalda a su frente, frenando su ritmo incesante para mover sus caderas en un círculo dentro de mí.
—Mírate, Paula —murmura al oído entre los movimientos—. Mira lo malditamente sexy que eres ahora. ¿Por qué querría a alguien más?
Descanso de su mirada y miro mi propio reflejo. Piel enrojecida de sus manos. Pezones erguidos y rosado del placer. Los pliegues de mi sexo hinchados por el deseo. Mis labios están entreabiertos. Mis mejillas están rojas. Mis ojos son grandes y expresivos. Y vivos. Mi cuerpo reacciona instintivamente a los movimientos de Pedro; es conducido por tal inesperada necesidad, abastecida de combustible por un deseo tan implacable, y chocando contra posibilidades inimaginables. Miro a esta misteriosa mujer en el espejo, y se forma una lenta y sensual sonrisa en mis labios al mirar a Pedro. Nuestros ojos se miran de nuevo y reconozco por primera vez lo que veo. Lo acepto.
Pedro empuja mi espalda hacia adelante para que mis manos puedan apoyarse en el lavabo mientras lentamente se mueve dentro y fuera de mí varias veces. Una de sus manos traza un mapa sobre mi cadera y la parte frontal burlándose de mi clítoris y mi cuerpo se comprime ante la sensación, mis paredes de terciopelo ordeñándole la polla.
—Joooderrr! —gime, echando la cabeza hacia atrás, olvidando en un momento su propia regla sobre mantener el contacto con los ojos. Es absolutamente impresionante en este momento. Magnífico como un Adonis. La cabeza hacia atrás, con los labios entreabiertos por el placer, el cuello tenso con la inminente liberación, y mi nombre un jadeo en sus labios. Empieza a moverse de nuevo, cogiendo ritmo, me arrastra al borde del éxtasis con cada embestida implacable. Inclina la cabeza hacia atrás y fija sus ojos en los míos.

La ola me empuja más y más alto, intensamente; las piernas se me debilitan mientras el placer se aprieta por todas partes. Y justo antes de chocar contra el olvido, puedo ver en su cara que también está más allá del punto de no retorno.
Nos estrellamos sobre la cúspide juntos: los ojos nublados, los labios entreabiertos, almas unidas, corazones hechizados, y los cuerpos ahogados en espiral de sensaciones.
Mis rodillas se doblan cuando mis músculos reverberan con mi clímax. Las manos ásperas de Pedro me mantienen en su lugar mientras se vacía en mí. Sus manos se mantienen firmemente en las caderas por un momento más, como si la acción individual fuese suficiente para mantenernos sin deslizarnos al suelo. Con el tiempo me enderezo y me inclino hacia atrás contra él, inclinando la cabeza sobre su hombro donde finalmente cierro mis ojos, dejándome un momento para asimilar lo que acabamos de experimentar.
Me siento abrumada y sacudida emocionalmente. Sé que amé a Max con todo lo que tenía, pero palidece en comparación con lo que Pedro y yo acabamos de compartir. Juntos somos tan intensos, tan volátiles, tan poderosos, tan íntimos que no creo que me haya sentido más cerca de otro ser humano, como lo hago con Pedro. Mi cuerpo tiembla con la aceptación mientras él se retira lentamente de mí y me vuelvo para ponerme de frente.
Trato de enterrar mi cabeza en su hombro, para evitar el contacto visual con él, porque me siento completamente al desnudo, desnuda y vulnerable, más que en cualquier otro momento de mi vida. Pedropone un dedo en mi barbilla y me levanta la cara hacia él. Sus ojos buscan los míos en silencio, y por un momento me parece ver cómo me siento reflejada en él, pero no sé si eso es posible. ¿Cómo puede ser, que hace solo semanas este hombre era un completo desconocido y ahora cuando lo miro, veo mi mundo entero?
Sé que pedro siente algo diferente en mí, pero no me pregunta, sólo lo acepta, y por eso estoy agradecida. Él se inclina y me da un tierno beso en los labios que trae lágrimas a mis ojos antes de envolver sus brazos alrededor de mí. Me deleito en el sentimiento de su fuerza en silencio, y antes de que pueda pensar con claridad, mi boca se está abriendo.
—¿Pedro?
—¿Hmmm? —Murmura contra la parte superior de mi cabeza.

Te quiero. Toma todo lo que tengo el ahogar las palabras en mis labios. Quiero gritarlo en voz alta.

—No... wow ... eso fue —me recupero, diciendo en silencio las otras tres palabras que quiero decir.
—Wow es correcto. —Él se ríe contra mi sien.


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