sábado, 30 de agosto de 2014
SEGUNDA PARTE: CAP 58
PEDRO___
Dios, ella es jodidamente preciosa. No puedo evitar extender la mano y correr un rizo de su mejilla.
La sensación, esa maldita extraña sensación ya no es más tan extraña, fluye a través de mí, me agarra por las bolas y luego me las entrega de nuevo en una bandeja.
Construye un escalofrío de terror en la base de mi columna en un estado constante de reverberación.
Mis dedos permanecen en su hombro, tocándola para asegurarme de que es real. No hay manera posible que pueda serlo. Ella me asusta como la mierda. Esa sensación no tan extraña asusta la mierda dentro de mi espantándola. Pero no puedo obligarme a alejarme. Desde ese primer encuentro no he podido hacerlo. Mierda, al principio era sin duda por el reto. Esa boca inteligente, esos ojos violetas, y la influencia de ese trasero, ¿qué hombre con sangre roja no lo habría hecho?
Cristo. Dime que no puedo tener algo y estoy seguro como la mierda que iré tras eso hasta que lo consiga. Que empiece el juego, me meto en ello hasta la maldita bandera a cuadros.
Pero entonces, la primera vez que me presenté en La Casa esa mirada en sus ojos que me dijo vete a la mierda y no te metas con su Zander o me derribaría ella misma, todo cambió. Cambio de marcha. Se había convertido en algo real. El desafío dejó de existir. Todo lo que vi en ese momento fue a mí mismo como un niño. A mí mismo ahora. Sabía que ella amaba lo roto de nosotros. Estaba bien con la oscuridad porque ella estaba tan llena de maldita luz. Sabía que lo entendería mucho más de que yo jamás sería capaz de decir.
Esa alma desinteresada de ella y cuerpo de ven-y-fóllame simplemente me atrajeron, alteró hasta partes dentro de mí que pensé que habían muerto y que
nunca se regenerarían. Me hizo sentir cuando había estado tan contento de vivir en la confusión a mí alrededor. Quiero decir, ¿quién realmente hace la mierda que ella hace? Toma a niños arruinados, a un montón de jodidos niños, y los trata como si fueran suyos. Los defiende. Los ama. Lucha por ellos. Está dispuesta a hacer un trato con el diablo como yo en su beneficio.
Ese día, en la sala de conferencias cuando la atrapé con mi pequeño acuerdo, pude ver el temor y el conocimiento de que lastimé esos malditos ojos de dormitorio, y por mucho que ella lo supiera, estuvo de acuerdo por el bien de los niños, sin importar el daño ni los motivos que le causarían personalmente. Y, por supuesto, soy un maldito bastardo por preguntarme todo el tiempo qué tan dulce sabe su vagina. Quiero decir que si su beso era esa maldita adicción, entonces no podía ni siquiera imaginar como el resto de su cuerpo me drogaría. Ella se sacrifica a sí misma por sus chicos, y allí estaba yo pensando en mi juego final.
Y eso en sí mismo me jodió, me obligó a mantener mi guardia arriba. Sabía que ella iba a dejarme tenerla, pero no tenía ni puta idea de que la primera vez juntos —cuando ella me miró con una trasparencia tan definida más tarde— podría mirar directo en mi maldita alma. Lo que me asustó hasta la mierda, removiendo cosas dentro de mí que nunca quise que se agitaran de nuevo. Cosas sin las que había aceptado vivir. Nadie sabía las cosas que hice, las cosas que les permití hacerme. El veneno viviendo dentro. Cómo me amaba y odiaba y cómo hice cosas inimaginables por razones que no entendía en ese entonces y que todavía no entiendo ahora.
Y temo a cada minuto de cada maldito día que ella lo averigüe, que sepa acerca de las verdades dentro de mí y luego me deje mucho peor de lo que me encontró. Ella liberó cosas en mí que nunca había tenido la intención de permitir que vieran la luz del día otra vez. Empujo el concepto de vulnerabilidad a un nivel completamente nuevo.
Pero no puedo apartarla. No puedo dejar de desearla. Pero cada vez que lo intento, cada vez que me agrieto y ella ve un atisbo de mis demonios, estoy cagado de miedo. Dios, trato de hacer que se vaya, incluso si es sólo en mi jodida cabeza pero nunca tengo éxito. Y simplemente no estoy seguro si es porque es terca o porque se trata de un intento a medias de mi parte para poder decirme que realmente lo intenté.
Sé que es mejor para ella no estar conmigo. Mierda, anoche... anoche fue... joder. Me entregué a ella. Le dije que iba a intentarlo cuando cada parte de mí
gritaba en señal de protesta por el temor de hacerme trizas por permitirme sentir. Siempre he usado el placer para enterrar el dolor. Sin emociones. Sin compromiso. Placer. ¿Cómo más puedo demostrarme a mí mismo que no soy ese chico que estoy obligado a ser? Es la única forma que conozco. La única manera en que le puedo hacer frente. A la mierda los terapeutas que no tenían ni idea de lo que me pasó. Mis padres perdieron tanto puto dinero en gente que me decía la manera de superar los problemas que pensaban que tenía. Que podría utilizar la hipnosis para retroceder y superarlo. Al diablo con eso. Denme una apretado mojado, coño dispuesto para enterrarme un momento y es toda la prueba que necesito.
El placer de enterrar el dolor. Entonces, ¿qué hago ahora? ¿Cómo le hago frente a la persona que temo que me pueda dar las dos cosas? Y lo hace, sin embargo, todavía la lastimé anoche. Tengo la sensación de que siempre lo haré de una u otra manera. En algún momento ella sólo va a dejar de perdonarme o de volver.
Entonces, ¿qué, Alfonso? ¿Qué carajos vas a hacer entonces? Si estoy roto ahora, voy a estar putamente roto entonces.
Me quedo mirándola dormir, tan inocente y mía y al diablo todo porque no puedo estar lejos de ella.
Estoy cagado de miedo y ella malditamente me hizo esto. Ella malditamente me retuvo, me obligó a escuchar las palabras que pronunció en silencio, y realmente las escuché. Ahora, ¿qué diablos se supone que tengo qué hacer?
Dios mío, la forma en que me miró anoche con sus ojos llenos de ingenuidad y su mandíbula con obstinación, preguntándome si es suficiente para mí. En primer lugar, al diablo Tamara, y luego, en segundo lugar, ¿suficiente? Yo soy el que no es suficiente. Ni un poco. Me estoy ahogando en ella, y ni siquiera estoy seguro de querer salir por aire. ¿Suficiente? Niego ante la ironía. Ella se queda a pesar de todo, si no a causa de la oscuridad dentro de mi alma. No soy un santo, no debería corromperla.
Ella hace un ruido suave con la garganta y rueda sobre su espalda. La sábana se desliza hacia abajo fuera de su pecho dejando al descubierto sus malditos perfectos pechos. Que me jodan. Mi pene comienza a despertarse a la vida con la vista.
Han pasado como tres horas desde la última vez que estuve enterrado en ella, y ya estoy jodidamente listo para tenerla otra vez. Adictiva vagina vudú. Lo juro por Dios.
Ella gime y mueve de nuevo la cabeza atrás y adelante en la almohada. Oigo la cola de Baxter golpear con el sonido y la posibilidad de que alguien pudiera estar ya levantado. Mis ojos se arrastran sobre sus labios y de regreso a sus pechos. Me quejo con la vista de sus pezones rosados tensos por el frío de la mañana.
Realmente debería cubrirla, pero que me jodan, la vista es jodidamente fantástica y no quiero arruinar el momento.
Su grito me asusta como la mierda. Es un penetrante lamento que hace que mi pecho se tense. Ella grita de nuevo y es un sonido torturado seguido de ella levantando los brazos para bloquear su cara. Me siento y trato de recogerla contra mí, pero ella retrocede.
—Paula. ¡Despierta! —digo, sacudiendo sus hombros un par de veces. Finalmente se despierta y lucha fuera de mi agarre en la cama.
El sonido de ella jadeando me hace querer estrecharla en mis brazos y eliminar el miedo y el dolor que está ondulando fuera en olas lejos de ella. En lo único que puedo pensar es en pasar mi mano arriba y abajo de la desnuda piel de su espalda, el único consuelo que puede ofrecerle.
—¿Estás bien?
Asiente y me mira. Y esa mirada me paraliza. Malditamente me paraliza. Como hombre se supone que tengo el instinto de protegerla y cuidarla. Siempre oyes acerca de cómo ese es nuestro trabajo. Está arraigado. Además de los pocos momentos en que Que hizo que algunos matones la jodieran en la escuela, nunca me he sentido de esa manera ni remotamente. Nunca.
Hasta ahora.Paula me mira y sus ojos violetas están llenos de lágrimas, llenos de un dolor absoluto y de miedo. Lo único que quiero, aunque sé que no es suficiente para ella, es calmar sus necesidades. Extiendo la mano tirando de ella hacia mí y sobre mi regazo antes de recostarme contra la cabecera. Cuando envuelvo mis brazos alrededor de ella, coloca su mejilla sobre mi pecho. Por encima de mi corazón. Y a pesar de la calma que la sensación de su piel desnuda en la mía me trae, no puedo dejar de seguir sintiendo la única conexión de su rostro sobre mi corazón.
El único lugar que nunca esperé volver a sentir sólo se acelera con un simple, natural gesto. Juro que su pulso y respiración son regulares y el mío está acelerado. Muevo mis dedos por sus rizos, necesitando hacer algo para combatir el pánico que siento establecerse.
En primer lugar siento como que necesito protegerla, cuidarla, codiciarla. Y después, la simple noción de que consiga consuelo de mis latidos me asusta como la mierda.
¿Puedes decir vagina,Alfonso? Más bien vagina poseída. ¿Qué. Mierda? Esta mierda no se supone que me pase a mí. Decirle que lo intentaré es una cosa. Pero ¿esta maldita sensación apoderándose de mí como un férreo control en mi pecho? No, malditamente gracias.
Oigo la voz de mi madre. Se filtra en mi cabeza y mis manos se inmovilizan en el pelo de Paula. Juro que dejo de respirar.
Pepe. Sé lo mucho que me quieres. Cuánto me necesitas. Que entiendes que el amor significa hacer lo que la otra persona te dice. Por eso te digo esto, porque me quieres, te vas acostar en mi cama para mí y a esperar como el niño bueno que eres. Quieres comida, ¿verdad? Han pasado días. Debes tener hambre. Si eres un buen chico, si me amas, no luches en esta ocasión. No seas el niño travieso que fuiste la última vez. Si estás magullado, la policía podría separarnos. Y luego no tendrás nada para comer. Y entonces no te querré más.
La mano de Paula traza círculos ausentes en mis tatuajes sacudiéndome de regreso al aquí y al ahora. La ironía en eso, que esté tocando los tatuajes que tanto representan, es suficiente en sí mismo. Me obligo a respirar con calma, a tratar de borrar la repulsión en mi estómago. A tranquilizar el temblor en mi mano para que ella no se dé cuenta. A la mierda. Ahora sé que el sentimiento de antes realmente fue una casualidad. ¿Cómo puedo querer proteger y cuidar a Paula cuando ni siquiera puedo hacer eso por mí? Respira, Alfonso. Malditamente respira.
—Me pregunto si nos atraemos entre sí porque los dos estamos jodidos emocionalmente de alguna manera —murmura en voz alta, rompiendo el silencio. No puedo evitar la exhalación que surge en mi pecho. Trago lentamente, digiriendo sus palabras, dándome cuenta de que es sólo una coincidencia, pero lo ciertas que suenan para mí.
—Bueno vaya, gracias —le digo, forzando una sonrisa, con la esperanza de calmar un poco el humor de los dos—. Nosotros y todo el mundo en Hollywood.
—Uh-huh —dice, acurrucándose más en mí. La sensación me es tan jodidamente relajante que ojalá pudiera tirar de ella dentro de mí para aliviar el dolor allí.
—Te lo dije, 747, nena. —Lo dejo en eso. No puedo forzar ninguna palabra más salir sin que ella capte que algo anda mal conmigo.
Mueve su mano de mi tatuaje para hacerme cosquillas a través del leve puñado de pelo en mi pecho.
—Podría quedarme aquí para siempre —suspira en esa voz ronca por la mañana suya. Ruego porque mi pene se despierte con el sonido. Lo necesito. Necesito demostrarme a mí mismo que el inesperado recuerdo de mi madre y de mi pasado no me puede afectar más. Que no es lo que soy.
Mis pensamientos oscilan a lo que normalmente haría. Ir a llamar a mi sabor actual y utilizarla. Follarla hasta el olvido y sin pensar dos veces en sus necesidades. Utilizar el placer de un instante para enterrar el interminable maldito dolor.
Pero no puedo hacer eso. No puedo alejarme de la única persona que deseo, temo, quiero y he malditamente llegado a necesitar. Bolas en un maldito vicio.
Y antes de que piense, las palabras salen de mi boca.
—Entonces quédate aquí conmigo este fin de semana.
Creo que estoy tan sorprendido como Pau de mi comentario. Ella se congela al mismo tiempo que yo. La primera vez que mis labios pronuncian esas malditas palabras. Las palabras que nunca quise decir antes, pero que sé que sin duda quiero decir en este momento.
—Con una condición —dice ella.
¿Una condición? Sólo le entregué mis bolas en una bandeja a cambio de control a su vagina ¿y ella va a agregar una condición? Al diablo con las mujeres.
—Dime qué es vagina vudú.
Por primera vez esta mañana, siento ganas de reír. Y lo hago. No puedo contenerla. Ella sólo me mira con esos ojos que me hacen cosas salvajes, como si estuviera loco.
—Mierda, necesitaba eso —le digo, inclinándome y dándole un beso en la parte superior de la cabeza.
—¿Y bien? —pregunta en ese tono serio que por lo general me excita. Y doy un ligero suspiro cuando empiezo a endurecerme ante la idea de su calor húmedo que planeo aprovechar en meros momentos.
—¿Vagina vudú? —Me ahogo con las palabras.
—Si. Me dijiste eso ayer por la noche en el jardín.
—¿Lo hice? —le pregunto, sin poder ocultar la diversión de mi tono, y ella asiente sutilmente con las cejas arqueadas esperando una respuesta. Ah, sí. Definitivamente estoy duro y con muchas ganas de dejarme ir. Gracias a Cristo.
—Bueno... es esa vagina que sólo se apodera de tu pene y no lo suelta. Es tan jodidamente bueno —sientes, pruebas, todo lo bueno—es mágico. —Me siento tan jodidamente estúpido explicándolo. No creo que jamás lo haya hecho. Solo lo digo y Becks sabe exactamente lo que quiero decir.
Paula se ríe a carcajadas y el sonido es tan hermoso. ¿Hermoso? A la mierda. Si vagina me posee.
—¿Así que me estás diciendo que tengo una vagina mágica? —pregunta mientras su dedo arrastra un círculo alrededor de mi pezón antes de mirar hacia mí y lamerse los labios. No puedo conseguir formular una palabra en este momento porque toda la sangre necesaria para suministrar un pensamiento coherente en mi cerebro ha viajado al sur, así que sólo asiento.
—Bueno, tal vez debería demostrarte…
El celular en el tocador suena, es un sonido diferente al normal, y algo sobre eso la hace lanzase de la cama en un instante. Ella se queda sin aliento cuando responde. Y es jodidamente impresionante. Está de pie en la pared de ventanas con vista a la playa abajo, con su teléfono en la oreja, y el sol bañando su cuerpo desnudo con su luz.
La preocupación en su voz me saca de mis perversos pensamientos de todas las maneras en que puedo tomarla. Penetrarla. Corromperla.
—Cálmate, Scooter —tranquiliza—. Está bien, amigo. Estoy bien. Estoy aquí. Shhh… shhh… shhh. Nada me pasó. En realidad estoy sentada en la playa en este momento, mirando el agua. Te lo prometo, amigo. No iré a ninguna parte. —La preocupación en su voz me hacer desplazar en la cama. Se da cuenta de mi movimiento y se voltea y sonríe disculpándose conmigo. Como si estuviera
enojado porque me dejó para hablar con uno de los chicos. Nunca—. ¿Estás bien ahora? Sí. Lo sé. No lo sientas. Sabes que si no estoy allí, siempre puedes llamarme. Siempre. Mmm-hmm. Te veré el lunes, ¿de acuerdo? Llámame si me necesitas antes. —Paula camina hacia la cómoda mientras termina su llamada—. Hey, ¿Scoot? Te mando a Spiderman. Adiós.
¿Te mando a Spiderman? Paula cuelga el teléfono y lo arroja sobre la cómoda antes de caminar de nuevo a la cama. Mis ojos vagan sobre la línea de sus curvas, pensando en lo afortunado que soy de tenerla desnuda y caminando hacia mí con una cama extremadamente resistente debajo de mí.
—Lo siento —dice—. Scooter tuvo un mal sueño y tenía miedo de que me hubieran lastimado. Que me iban a alejar igual que de su madre. Sólo necesitaba asegurarse de que estaba bien. Lo siento —dice otra vez, y juro que mi corazón da malditos giros en mi pecho con sus disculpas por ser desinteresada. ¿Está mierda es real?
—No lo sientas —le digo mientras se sube a la cama a mi lado y se sienta en sus rodillas. Me digo a mí mismo que le pregunte ahora antes de que me distraiga con la vista de ella sentada allí, viéndose tan malditamente obediente—. ¿Te mando a Spiderman?
Ella se ríe con esa mirada adorable en su rostro.
—Sí. —Se encoge de hombros—. Algunos de los muchachos tienen problemas con el afecto cuando vienen a nosotros. Cualquiera de ellos siente que está traicionando a sus padres, independientemente de lo jodido de su situación, por tener sentimientos por sus consejeros, o sentimientos en general con una connotación negativa de cualquier situación de la que vinieron... Todo comenzó con Shane realmente, pero es como que tuvo éxito y ahora la mayoría de los chicos lo hacen. Tomamos una cosa que les gusta más que nada y usamos eso como la emoción en su lugar. Scooter ama a Spiderman y eso es lo que usa.
La miro con perplejidad, un poco desconcertado de que haya logrado entender a estos chicos tan bien, a mi tan bien, si le permito mirar lo suficientemente cerca. Ella acaba de joder tanto mi mente que mis ojos no vagan al sur de su cara para disfrutar de su cuerpo gloriosamente desnudo como lo harían normalmente.
Ella confunde la mirada que le doy con que no entiendo lo que trata de aclarar. Se desplaza fuera de sus rodillas y se sitúa más cerca de mí.
—Bueno, por ejemplo, finge que eres uno de mis chicos, dime una cosa que te gusta más que nada.
—Eso es fácil. —Sonrío hacia ella—. El sexo contigo.
La sonrisa se extiende en sus labios y sus mejillas se ruborizan. Tan sexy.
—Bien, eso es una respuesta que nunca conseguí de uno de mis chicos antes —bromea, riéndose de mí—. No, en serio, Pedro, dame una cosa.
Me encojo de hombros, diciendo mi primer y único amor.
—Me encantan las carreras.
—Perfecto —dice ella—. Si fueras uno de mis chicos y que quisieras decirme que me quieres, o viceversa, dirías “Te mando una carrera, Paula”.
Mi corazón brinca de nuevo al escucharla decir esas palabras, y creo que se da cuenta de lo que dijo al minuto que las palabras salen de su boca. Ella se congela y sus ojos me miran como dardos y luego hacia abajo con sus manos retorciéndose en su regazo.
—Quiero decir... —se retracta y me alegro de que esta conversación esté poniéndola tan nerviosa como yo estoy ahora—, si fueras uno de los chicos eso es.
—Por supuesto. —Trago, necesitando desesperadamente una distracción. Extiendo la mano para mover un dedo abajo de la línea media del frente de su cuello, por debajo entre el centro de su pecho, y deteniéndome en su ombligo.
Te mando una carrera, Paula pasa rápidamente por mi mente. Sólo para escuchar cómo suena, para ninguna otra razón que ver cómo uno de los chicos se sentiría al decirlo. La tensión de mi pecho me obliga a céntrame en la única cosa que siempre me permite olvidar. No habrá carrera entre Paula y yo. En absoluto. Miro hacia arriba desde donde apoyo el dedo sobre su vientre para mirarla a los ojos.
—Ahora, creo que estabas a punto de mostrarme lo mágico que era esa vagina tuya antes de que fuéramos interrumpidos.
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