PEDRO
¡Malditas mujeres temperamentales!
Mis pulmones queman. Me duelen los músculos. Mis pies corren por la cinta como si estuviera tratando de castigarlos. No importa. No importa lo mucho que los empuje, mi cabeza todavía está jodida. Paula todavía ensucia mis pensamientos. Constantemente.
¿Qué diablos está mal conmigo? Fui yo el que pidió la maldita parada. Tomé mi oportunidad y puse de nuevo mi pie en algo más familiar. ¿Por qué soy el que siente que fui dejado atrás?
Malditas mujeres. Complicadas. Temperamentales. Necesarias. Que me jodan.
La música suena en mis auriculares. El ritmo de Good Charlotte me empuja con más fuerza, pero la presión en mi pecho no se disipa. Cuento mis pasos cuando corro. Sólo hasta noventa y nueve y empiezo de nuevo. Juro por Dios que he reiniciado el conteo cien malditas veces hasta ahora y nada ha ayudado.
Nunca he jugado putos juegos con mujeres antes y no tengo ninguna intención de iniciar ahora. Yo digo cuándo. Digo con quién. Pongo las condiciones.
Tomo lo que quiero. Cuando quiero.
Y todas y cada una de mis amigas de noches anteriores acatan mis parámetros sin un maldito parpadeo. No les hago preguntas a excepción de: —Nena, ¿cómo me quieres esta noche? ¿De rodillas o por atrás? ¿Con esposas o ataduras? ¿Boca o vagina?
Todas a excepción de Paula.
Tan malditamente frustrante. Primero, casi me voy a las manos con su hermano hoy, y luego se aleja negándose a verme esta noche. Sé que me desea. Está escrito en todo su ridículamente caliente cuerpo. Se refleja en esos
magníficos ojos que atraen y que me tragan entero. Y que me jodan si yo no quiero cada minuto de cada hora. Pero, ¿qué diablos? Ella se fue, me dejó, ni siquiera dudó en decir que no habría nada esta noche.
¿No? ¿Estás jodidamente bromeando? ¿Cuándo fue la última vez que oí eso? Ah, sí. Correcto.
Desde Paula. Mierda. Ahora todo lo que puedo hacer es pensar en ella. Verla. Oírla. Enterrándome a mí mismo en ella hasta que hace ese pequeño sonido de suspiro justo antes de que esté a punto de correrse. Es tan condenadamente sexy que es ridícula.
No soy asalta-vaginas. De ninguna manera. No sé cómo. Ni siquiera de cerca.
¿Por qué no llamo a alguien para una follada rápida sin complicaciones, entonces? ¿Por qué el pensamiento, incluso no suena atractivo? Estás perdiendo, Alfonso. Debo haber sumergido mi mecha en el grupo de locos demasiadas veces y ahora estoy jodido de la cabeza.
Clavo el dedo en la pantalla y subo la pendiente, obligándome a ignorar a mis malditos propios pensamientos. La canción cambia a Desperate Measure, pero el sarcasmo en la letra que por lo general me encanta no hace nada por mí.
¡Maldita sea! Nada funciona. Música. Inclinación. Velocidad. ¡A la mierda! Sigo viéndola en la bañera, con sus firmes dedos en mis bolas, con sus ojos calientes por la intensidad, con sus labios diciéndome exactamente cómo merece ser tratada. Lo que no va a tolerar de mí otra vez.
Esa es la primera. Alguien estableciendo los parámetros para mí. ¿Se congeló el infierno y nadie me lo dijo? Ella tenía mis bolas en un maldito tornillo, y lo único que puedo pensar es en lo mucho que la deseaba. En mi cama. En mi oficina. En la pista. En mi vida.
Y no sólo por su espalda.
Debe tener una vagina vudú o algo así. Tambaleándome y colgándome en sus ganchos sin darme cuenta. Estoy jodidamente caliente. Eso tiene que ser por lo que mi cabeza está toda jodida. Una semana es mucho tiempo para estar sin sexo. ¡Mierda! No puedo recordar la última vez que estuve tan seco como ahora.
Así que ¿por qué le dijiste que tenías que necesitabas tiempo el otro día, idiota? Ella habría estado debajo de ti esta noche si no lo hubieras hecho. ¿Por qué abriste la boca?
Me quejo con frustración de mi estupidez. De mi necesidad de liberación en esta estúpida cinta que definitivamente no está ayudando.
No puedo dejar de pensar en la discusión de la otra mañana. ¡La puta madre! Ya es oficial. ¿Mierda refrita? Estoy sin una maldita chica ahora. Debo haber perdido mis bolas en algún lugar de la semana pasada.
Sólo las chicas son mierda refrita, pero sigo pensando en estar de pie con ella en el porche... en cómo estaba tratando de hacer lo correcto, de protegerla al empujarla lejos del accidente de tren en mi cabeza. En tratar de permitirle la oportunidad de encontrar a alguien que puede darle lo que necesita, lo que se merece, pero no pude decir las palabras sin importar cuánto lo intentara. Y entonces ella tomó la iniciativa y me besó. Me besó con tanta honestidad y seguridad que no pude respirar. Todo lo que pude hacer fue sentir. El momento era demasiado real. Demasiado crudo. Demasiado cercano.
Síp. Tengo una vagina. No hay duda de eso ahora.
Pero joder si esa simple probada de ella no me hizo darme cuenta de que he estado muriéndome de hambre durante tanto tiempo.
Y entonces supe que tenía que poner algo de distancia entre nosotros y la sensación externa de la necesidad de eso, pasó por mí. La necesidad de codiciar. De proteger. De cuidar. Tuve que retroceder de la única cosa que sé malditamente que no quiero.
Amor. Amor y las cosas que requiere de ti con él.
Grité que quería una parada de rigor aullando como un maldito lobo. Tratando de decirme a mí mismo que necesitaba espacio para traernos de regreso al único acuerdo que voy a aceptar. De regreso a las condiciones del acuerdo. Puede que la haya utilizado para suavizar el golpe, pero mi único pensamiento fue que si volvíamos a establecer los parámetros, entonces podría recuperar el control que sentía escapando. Recuperar la necesidad de confiar únicamente en mí mismo.
Empujo un dedo a la pantalla y espero a que la cinta se detenga. Me quedo ahí, jadeando, el sudor gotea de mí, y no me siento mejor a la hora del castigo que acabo de ponerme. Echo un vistazo a la ventana de cristal del taller de abajo, mirando a los chicos terminar con algunos ajustes del motor que habíamos decidido el día de ayer antes de pasar la toalla sobre mi cara y por mi empapado pelo.
Mi cuerpo se siente como si estuviera flotando un poco cuando golpeó el suelo después de estar en la caminadora durante tanto tiempo. Me dirijo a la puerta a mi izquierda y al cuarto de baño que conecta el gimnasio con mi oficina. Me doy una ducha rápida, miro el espejo decidiendo renunciar a afeitarme, y a ponerme un poco de mierda en mi cabello.
¿Sabrá lo jodido que estoy? ¿Tendrá alguna idea del hijo de puta que soy? ¿Cómo suelo tomar cuando lo necesito y luego descartarlo? Tengo que decírselo. De alguna manera. De alguna forma. Necesito advertirle del maldito veneno dentro de mí.
Estoy tirando de mi camisa sobre mi cabeza cuando se me ocurre que tengo que salir de mi cobardía. Camino a mi oficina y me dirijo directamente a mi escritorio, y tomo mi teléfono para hacer algunas llamadas y echar a rodar la pelota. Pero primero tengo que mandarle un mensaje. Necesito darle una advertencia de la única manera que la escuchará.
Voy a su nombre en mi teléfono y escribo: Push Matchbox Twenty.
Entonces aprieto enviar, mi mente recorre la letra de la canción una y otra vez en mi cabeza: Quiero darte por sentada. Bueno lo haré.
—¿Qué se te metió por el trasero?
A pesar de su familiaridad, me sacudo ante el sonido de su voz. Me giro para ver a Becks sentado en una de las sillas frente a mi escritorio, con un pie entrecruzado con el otro encima de este.
—Me asustaste como el infierno —ladro, pasándome una mano por el pelo—. ¡Maldita sea, Becks!
—Por el aspecto que tienes, necesitas follarte a una oveja. Tienes un agujero extra y seguro como el infierno parece que puedes utilizar la liberación añadida —termina con diversión en sus ojos, mientras se estrechan y me estudian tratando de averiguar lo que está pasando.
Una astilla de carcajada se escapa de mis labios cuando mi corazón comienza a desacelerar. Me hundo en mi silla y apoyo los pies sobre el escritorio, imitándolo. Nos miramos el uno al otro, los años de compañía permitiéndonos que haya comodidad en el silencio mientras sopeso qué decir y él mide la cantidad a preguntar.
Finalmente, decide romper el silencio.
—Es mucho más fácil y más barato conseguir quitártelo del pecho, Wood, que romper la maldita cinta de correr, sabes. —Sólo le doy un gesto comedido antes de mirar hacia abajo al garaje de nuevo, uno de mis hábitos obsesivos—. ¿Te pondrás todo tosco conmigo con el tratamiento del silencio ahora? —Cuando miro de nuevo a Becks, sus ojos están mirando a los chicos de abajo, haciendo caso omiso de la mueca que le doy—. O vas a explicarme por qué te sentaste toda la reunión después del almuerzo con la cabeza en el trasero, dando poca o ninguna opinión y sólo siendo un palo en general. Sólo para acabar sin una decisión tomada para poder irte a romper la cinta de correr. —Mueve lentamente su mirada a la mía con las cejas arqueadas en pregunta y una mirada de evaluación en sus ojos.
Déjaselo a Becks. La única persona que me puede poner en mi lugar. La única persona a la que le permito que me llame así. La única persona que me conoce lo suficientemente bien como para saber que estoy enojado y preguntar en nuestro idioma de hombres qué diablos me pasa.
—No es nada —me encojo de hombros.
Se ahoga de tanto reír y sacude la cabeza hacia mí.
—Sí. Nada está bien —dice, saliendo de su silla, sus ojos nunca dejan los míos—. Ya que estás tan hablador, creo que me pondré en camino entonces.
A la mierda con eso. Antes de que Becks llegue a la puerta, empujo mi billetera en mi bolsillo trasero, agarrando mi teléfono y camino hacia la puerta.
—Vamos —murmuro mientras camino por delante de él, sabiendo que estará justo detrás de mí. Y tengo razón porque oigo su risa tranquila detrás de mí. Una que dice “Sí, yo siempre tengo la razón.!
Le doy el movimiento universal de ‘otra ronda’ a la camarera con la tarjeta de identificación que indica que se llama Connie. Si sólo se va a quedar allí y mirar, bien podría hacer algo para ganarse el espectáculo gratuito.
Mierda. Mi amigo está zumbando ahora y estoy empezando a relajarme. No estoy lo suficientemente borracho como para quitarme de encima mi estado de ánimo de mierda, pero estoy progresando.
Connie gira sus caderas mientras se acerca a la mesa con nuestras bebidas en sus manos. Se inclina sobre la mesa para ponerlas, asegurándose de que tenga la vista de sus senos que está mostrándome. Ella es, sin duda, caliente de todas las formas correctas y en todos los lugares correctos. Definitivamente le habría
entrado, en otro tiempo, en otro lugar, tal vez, pero me ahogo de nuevo con el comentario de listillo en mi lengua sobre cómo, de repente, de la solicitud de bebida a la llegada de ésta a la mesa, su camisa acaba de irse más abajo y su falda se vuelve más corta.
—¿Hay algo más que pueda conseguir para ustedes dos caballeros? —pregunta con un tono sugerente de voz y su lengua lame sus labios.
—Estamos bien aquí —dice Beckett inexpresivamente, sacudiendo la cabeza y rompiendo su intento de ligar. Está acostumbrado a esta mierda y es un puto santo por lidiar con ello todos estos años en su sutil y calculada manera.
Un texto produce un sonido metálico en mi teléfono, y trato de tomar la fría botella cuando la miro.
—Smitty a bordo —digo. Debería estar feliz de que Smitty venga a Las Vegas con nosotros. Hemos compartido un montón de paseos salvajes en el pasado. Definitivamente me ayudará a deshacerme de mi jodido estado de ánimo.
Si soy tan feliz, entonces ¿por qué estoy decepcionado de que no es el nombre de Paula en mi teléfono con el texto entrante?
—Excelente. Casi toda la banda entonces —dice Becks, echándose hacia atrás en su asiento y tomando un largo trago de su cerveza. Puedo sentir sus ojos en mí, esperando pacientemente a que hable.
Me inclino hacia delante y pongo mi cabeza en mis manos por un momento, tratando de sacudirme la cabeza de donde sigue estando. Follar a Paula.
—¿Quieres decirme qué diablos hacemos aquí, Pedro, casi a las seis de un viernes por la noche? ¿Quién diablos puso ese palo en tu trasero?
Sacudo la cabeza mientras retiro la etiqueta de mi botella y mantengo los ojos abajo.
—Follar a Paula —murmuro, sabiendo que acabo de abrir la lata de gusanos proverbial al admitirlo ante él.
—Es así, ¿eh? —reflexiona. Levanto la cabeza lentamente y miro sus ojos, sorprendido por la falta de comentarios de listillo que son su estilo típico.
Él me mira por encima de su botella de cerveza mientras toma otro sorbo, y yo sólo asiento.
—¿Qué diablos le hiciste?
—Gracias por el voto de confianza, Becks. —Me río—. ¿Quién dice que hice algo?
Él sólo me da una mirada que dice mira a quién le estás hablando aquí.
—Bueno...
—Nada. Absoluta-malditamente nada —corto, girando a un lado mi oportunidad de ayudar a enterrar el hecho de que le estoy mintiendo a mi mejor amigo—. Es frustrante.
—Como si fuera una puta noticia. Estamos hablando de una mujer aquí, ¿recuerdas?
—Lo sé. Ella acabó metida debajo de mi piel y ahora se está haciendo la difícil para darme una lección. Eso es todo. —Suspiro, recostándome en la silla para que poder encontrarme con la mirada de Beckett.
—¿Ella te dijo que no? —dice Becks en shock—. Como no, ¿de no?¿Me estás jodiendo?
—Pues no. —Capto la mirada de Connie y le pido otra ronda.
—Bueno, mierda, Wood. Iremos a la ciudad del pecado un par de horas. Estoy seguro de que habrá una pieza caliente de trasero ahí que podrás tocar por la noche para olvidarte de ella. O para el caso, varias piezas calientes. —Se encoge de hombros y una ligera sonrisa de antagonismo se junta en la comisura de su boca.
—Dado que todo lo que has hecho con Paula es follarla... porque eso es todo lo que estás haciendo, ¿verdad? ¿Follándola? No hay compromiso allí que sea tu ruina. No hay vudú de vagina ahí.
Sé que está tratando de presionar mis botones. De conseguir una reacción de una u otra manera en cuanto a donde estoy cuando se trata de Pau. Pero por alguna razón no muerdo el anzuelo. Tiene que ser el alcohol corriendo por mis venas. En cambio, me encojo de hombros hacia él de acuerdo en encontrar otra compañía para la noche, pero por alguna razón no tengo ganas. De nadie. ¿Y por qué diablos ese tipo de comentario de que sólo la estoy follando me hace enojar? Es con Beckett con quien estoy hablando. Mi mejor amigo y hermano para todos los intentos y propósitos, el hombre con el que discuto de todo, y quiero decir de todo, ¿por qué su observación hace que algo se me remueva por dentro?
Es como si ella todavía tuviera mis pelotas en su agarre.
Que me jodan.
—Ella tiene un amiga caliente.
Becks me mira como si me hubieran crecido dos cabezas.
—¿Dilo de nuevo? No te entiendo.
—Bueno, podemos pasar por la casa de Paula de camino al aeropuerto y las dos podrían venir con nosotros. —Las palabras salen de mi boca antes de que mi cerebro pueda procesar el pensamiento.
Beckett se atraganta con un trago de cerveza y empieza a toser. La expresión de su cara es una de completa sorpresa. Aparentemente me creció otra cabeza.
No le hago caso y vuelvo a concentrarme en la etiqueta de la cerveza. ¿De dónde diablos había venido eso? ¿Llevar a Paula a Las Vegas conmigo? ¿Al único lugar en donde puedo, lo más probable, olvidarme de ella por un tiempo? El mejor lugar para buscar placer para enterrar el dolor. Llevarte a una chica a Las Vegas es como llevar a una esposa a la casa de tu amante. Es por eso que nunca lo he hecho. Ni siquiera pensado en ello. Evitándolo a toda costa.
Amigas, citas, como se llamen, siempre se quedaban en casa. Ni siquiera sabían que iba. Sin excepciones. ¿Por qué en el infierno acabo de sugerir eso?
Y lo más importante, ¿por qué diablos quiero que vaya por encima de todo?
Tengo que estar malditamente loco. Vagina Voodoo.
Hijo de puta.
—Mierda... —dice Beckett en un acento largo y desenfadado—. Nunca pensé que vería el día en que el Follador Alfonso Pedro diría eso. —Silba dejando escapar un suspiro, y luego te juro que puedo escuchar algo haciendo clic en esa cabeza suya—. Estás enganchado con ella, ¿verdad?
No puedo evitar que mis ojos vayan hasta él con su comentario. En el significado de “estar enganchado” en nuestro lenguaje universal de hombres. De pensar en algo más que sexo sin ataduras. En follar sin preservativo porque tienes plena confianza en la otra persona.
En estar bien metido en una vagina.
Ninguno de nosotros nos hemos enganchado a alguien. Nunca. Es una especie de solidaridad silenciosa que tenemos entre nosotros.
Ninguno de los dos, es decir, hasta ahora.
—¡Hijo de puta! —Becks salta de su asiento—. ¡Lo estás, lo estás, cabrón!
—Cállate de una puta vez, Beckett —gruño mientras me bebo el resto de mi cerveza y levanto mi vaso vacío hasta Connie que no ha dejado de esperar atentamente a cinco metros de distancia. Becks sólo se sienta y me mira en silencio hasta que la nueva ronda de tragos son colocados delante de nosotros. Me siento y lo miro también un poco más y dejo que mi comentario se quede entre nosotros, la idea poniéndose en mi cabeza... y al fin caigo.
Joder sí, quiero que Pau vaya con nosotros. Ahora, ¿qué diablos significa eso? Me bebo el trago siseando ante su quemadura, antes de pasar mi mano sobre mi cara mientras un entumecimiento llega a mis labios. Beckett sigue mirándome como si fuera una especie de raro show de circo. Puedo decir que está mordiéndose la mejilla para no sonreírme, para no decir la mierda que está volando por sus ojos o algo más.
Él sostiene su mano en su oreja y se inclina sobre la mesa.
—Lo siento. No creo haberte oído correctamente. ¿Cuál diablos fue tu respuesta?
No puedo evitar la sonrisa que se clava en una esquina de mi boca. Esto es ser dócil para Beckett, así que estoy agradecido de que está manteniéndose bajo control en contra de mi evidente incomodidad.
—Bueno ¡Qué me jodan! —dice, moviéndose en la silla para mirarme por un poco más de tiempo con incredulidad en su rostro. Mira su reloj—. Bueno, si vamos a despegar a tiempo, señor enamorado, será mejor que nos vayamos.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —le pregunto con incredulidad.
—¡Ni siquiera he comenzado todavía, Wood! Necesito tiempo para procesarlo... No todos los días el Infierno se congela.
Por mí está bien. Si puedo salirme con sólo lo que me dijo en este momento, lo tomo. Asiento hacia él y empiezo a escribir en mi teléfono.
—Le enviaré un mensaje de texto a Sammy para que venga por nosotros —digo. La música de fondo en el bar está sonando, y me río de la jodida canción que suena. Por supuesto que es Pink. Paula y su puta Pink. Le envío un texto a Sammy y luego su nombre aparece en mi teléfono. Antes de darme cuenta, le marco a Paula también.
Estoy así de lejos, puede ser que también tenga las bolas profundamente ahí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario