Beckett asiente hacia mí, la sombra de una sonrisa se encrespa en sus labios mientras Pedro me lleva hacia el piso del garaje. Nos dirigimos a una puerta lateral por la cual Pedro me introduce, y nos encontramos en unas escaleras.
—Arriba. —Señala Pedro mientras coloca una mano en mi espalda.
Subo frente a él, su mano desciende a la curva de mi trasero mientras subo el tramo de escaleras.
—¿Te he dicho cuan malditamente sexy estás hoy? —Su voz rasgada suena detrás de mí.
Miro por encima de mi hombro y le sonrío.
—Gracias —le respondo, reconociendo la mirada lasciva en sus ojos—. Pero tengo la sensación de que tu punto de vista está un poco desgastado por la falta de sexo.
El murmullo de apreciación en la parte posterior de su garganta me hace sonreír.
—Oh, nena, definitivamente no hay nada de malo en mi opinión —dice con una sonrisa.
Empiezo a subir de nuevo las escaleras, pero esta vez las manos de Pedro parecen estar tocándome en varios lugares con cada paso. Una caricia suave en la parte posterior del muslo. Un ligero roce por mi brazo desnudo. Un toque rápido en mi trasero.
Sé exactamente lo que está haciendo, pero no es como si tuviera que avivar las brasas, porque yo ya soy un fuego salvaje de la necesidad. Sabiendo que él me quiere así, necesitándole y dolorida por más de su toque, me hace sentir displicente y dispuesta a jugar el juego también. Balanceo mis caderas un poco más de lo habitual mientras camino a través del segundo tramo. Mi mano se engancha a propósito en mi dobladillo para revelar sólo un rastro de lo que está debajo.
Pedro es rápido como un rayo mientras me agarra por detrás, envolviéndome con ambos brazos alrededor mío, en una agarre de tornillo.
—Pequeña descarada. —Él gruñe en mi oído mientras siento el juego de sus músculos contra mi espalda—. ¿De verdad vas a burlarte de mí de esa manera cuando he estado sin estar dentro de ti, sin degustarte por demasiado tiempo? Especialmente cuando sabes lo desesperado que estoy por tenerte.
Gracias a Dios que él está tan necesitado como yo, porque no voy a ser capaz de aguantar mucho más. El pellizca el lóbulo de mi oreja cuando trato de hacer caso omiso distanciándome, la necesidad es casi debilitante.
—La desesperación no te conviene. ¿No es que puedas hacer algo al respecto con un edificio lleno de sus empleados cerca? —me burlo juguetonamente.
Pedro me hace girar alrededor, su cuerpo presionando contra el mío, y sus manos abrochadas en la espalda baja. La sonrisa en su rostro coincide con el brillo malicioso de sus ojos.
—Oh, Pauli, ¿no sabes que los rebeldes que viven la vida como yo se atreven? —Se inclina, sus labios respiran sobre mi oído mientras mi corazón palpita contra mis costillas—. Voy a tenerte, Paula, cuando quiera, donde quiera y como quiera. Es mejor que te acuerdes de eso.
El dominio de su voz me excita. La amenaza llena de promesas me despierta. La sensación de su cuerpo vibrando contra el mío de necesidad y sus manos poseyendo mi piel causa que la humedad se reúna en el vértice de mis muslos. Inclino mi cabeza y parte de mis labios, necesitando su boca en la mía desesperadamente. Por lo que leo en los ojos de Pedro, se siente de la misma manera. Los días de distanciamiento han impulsado nuestro deseo a un infierno rugiente. Todo lo que quiero hacer es tomar cualquier cosa y todo lo que él puede darme. La tentación del paraíso en mis manos.
Me inclino a él sucumbiendo a mi antojo, pero antes de que pueda saborearlo, me hace girar alrededor y emite una risita sinuosamente afligida.
—Un tramo más —dice Pedro golpeándome en el trasero antes de colocar ambas manos en mi cintura y me insta a seguir.
Suspiro de frustración sexual y de las partes estranguladas de dolor profundamente dentro de mí. Estoy en mi segundo paso cuando siento el aire
fresco de la escalera en el culo, cuando me levanta la parte trasera de mi falda para descubrir lo que hay debajo.
Sonrío para mis adentros, sabiendo exactamente lo que va a encontrar. Era una de esas mañanas en la que no me sentía particularmente atractiva, y estaba de mal humor porque me faltaba, así que decidí hacerme sentir mejor usando algo sexy y femenino debajo. Por alguna razón, la ropa interior siempre me hace caminar con un salto añadido a mi paso cuando lo necesitaba. Yo no sabía lo bien rentable que sería la decisión, pero lo hago ahora, cuando oigo a Pedro contener la respiración en lo que encuentra.
—Dulce jodido Jesús —murmura en un susurro de aire afligido.
Muevo una de mis piernas para subirla hasta el próximo escalón y dejo que deslice su dedo trazando la línea superior de mis medias y luego por la correa de mi liga. Le miro tímidamente por encima de mi hombro
—¿Hay algún problema, Ace?
Él sólo sonríe y sacude la cabeza sutilmente, con los ojos firmes en lo que puedo suponer que es que la mezcla de encaje y satén que hay debajo.
—Mujer, realmente no juegas justo ¿verdad? —Exhala un gemido antes de rasgar sus ojos hacia los míos.
—¿Qué quieres decir? —Bateo mis pestañas hacia él y deliberadamente me muerdo el labio inferior.
Me encanta ver como abre su boca y como desliza su lengua para lamer el labio inferior mientras sus ojos se oscurecen y se nublan, su mirada firme en la mía, ojos verdes a violetas. Me encanta saber que yo le puedo traer a un estado de deseo sin tan siquiera tocarlo. Y el mérito de que pueda hacer esto, lo tiene él. Me hace sentir segura y sexy y deseable, cuando todo lo que he sentido antes era algo mecánico y era incapaz de ser dueña de mi sexualidad.
Los ojos de Pedro permanecen en los míos, pero sus dedos se deslizan sobre mi carne hasta el borde de mi ropa interior. Mis músculos tiemblan con la proximidad de su toque, tan cerca pero tan lejos de donde quiero que sus dedos reclamen. Donde necesito que lo hagan.
—Dos pueden jugar a este juego —murmura mientras pasa cerca—. Creo recordar que dijiste que la previsibilidad no me sienta bien. ¿Por qué no puedo mostrarte cuánta razón tenías... en este momento?
Me muerdo con más fuerza en los labios para ahogar un gemido cuando sus hábiles dedos tiran mis bragas a un lado y él se desliza un dedo en mi núcleo fundido. Apoyo mi mano en la barandilla de la escalera mientras lo retira, deslizándolo arriba y abajo sobre los pliegues de mi sexo antes de meter tres dedos en mí.
—Oh, nena, me encanta la forma húmeda y preparada que estás para mí. —gruñe mientras yo jadeo—. ¿Tienes alguna idea de lo que me haces? ¿Sabes cuánto me excitas por dentro y por fuera?
—Pedro, por favor —alego. Ahora mismo no estoy para rogarle que me llene. Para llevarme a ese borde sin precedentes que sólo él puede ayudarme a subir a un ritmo relampagueante.
—Dime lo que quieres, Paula. —Él se ríe mientras retira los dedos y me quejo ante la repentina sensación de vacío.
Echo la cabeza hacia atrás. Mis ojos se cierran mientras mi cuerpo se convulsiona con tanta necesidad que la mano húmeda de Pedro evidencia.
—A ti Pedro —jadeo—. Te quiero a ti.
Dirige su dedo sobre mi labio inferior antes de inclinarse y sustituir la punta del dedo con la lengua, lanzándose entre mis labios antes de alejarse. No puedo evitar el gemido que sale de mi boca.
—Dime, nena.
—Sólo tú, Pedro.
En un instante me ha dado la vuelta, con la espalda pegada a la pared de la escalera. Su pecho sube y baja y su mandíbula se aprieta mientras me mira con tal intensidad, que me pierdo en él. El mundo exterior deja de existir en ese momento mientras estoy aquí expuesta y de forma espontánea. Me he desnudado física y emocionalmente. Nunca he sido más de él.
Pedro levanta mi falda hacia arriba, y fuerza a mis piernas a separarse. Él sonríe lascivamente mientras se pone lentamente de rodillas, con los ojos sin dejar de mirarme.
Mis pensamientos racionales deberían activarse ahora. Mi cabeza debería estar pisando la cima de la cascada de lujuria que me ahoga y decirme que estoy en el hueco de la escalera en su trabajo, pero no hace tal cosa. En cambio, mi cuerpo se estremece traidoramente con anticipación, y cuando Pedro lo observa, sus ojos chispean y sonríen burlonamente mientras se inclina hacia mí.
En cuestión de segundos una sola carcajada se desliza entre mis labios temblorosos mientras él rasga mis bragas de encima sin esfuerzo y las mete en su bolsillo. Mi mente y mi cuerpo están tan centrados en él, en lo que necesito de él, que no me importa el hecho de que esté arruinado otro par de ropa interior y sin pensárselo dos veces.
Sus dedos parten mis pliegues, sus ojos nunca dejan los míos, y cierra su boca sobre mi nudo de terminaciones nerviosas. Mis manos se cierran en puños en su pelo, y lucho con todo lo que tengo para no cerrar los ojos y gritar de éxtasis por su maravillosa lengua. . Quiero verlo mientras me impulsa arriba y por encima, pero la sensación es tan fuerte que me sobrepasa y me arqueo, mi cuello, mi cabeza, mi espalda empujan las caderas hacia fuera, para poderse mecer contra él.
Levanta mi pierna y la pone por encima de su hombro antes de añadir los dedos a la mezcla. Ellos presionan, empujan, y se mueven en círculos dentro de mí. Mis músculos se aprietan tan fuerte que cuando mi orgasmo me reclama, me siento como si mi cuerpo se rompiese en mil pedazos de éxtasis.Pedro dirige su lengua hacia arriba y hacia abajo sobre mi sexo antes de lamer mi interior, aprovechando hasta el último temblor de mi orgasmo.
Me hundo contra la pared de detrás, necesitando su apoyo porque mis piernas simplemente se han quedado sin hueso. Cierro los ojos y trato de calmarme, pero él sólo ha borrado mis sentidos con tal devastación que he perdido ahora una parte de mí en él para siempre.
—Dios mío, mujer, un hombre podría emborracharse con tu sabor. — gime mientras coloca un suave beso en mi abdomen antes de levantarse de sus rodillas. Abro los ojos ante su petulante sonrisa de satisfacción y los ojos entrecerrados cargados de deseo. Se inclina y me besa con fuerza, el sabor de mi misma en los labios de forma inesperada me excita.
Gimo en su boca, mientras mis manos serpentean por su cuerpo para acariciar su erección a través del pantalón, todavía con ganas de más, todavía necesitando más. Él rompe el beso con un gemido torturado y se aleja de mí.
—Pedro —murmuro—. Deja que me ocupe de ti.
—No aquí —me dice, alisando la falda hacia abajo y sonriendo mientras mete lo que queda de mi ropa interior a su vez en el bolsillo—. Quiero oírte gritar mi nombre cuando te tome. Quiero escuchar cuando te deshagas por las cosas que voy a hacer contigo, Paula. Quiero reclamarte. Hacerte mía. Arruinarte para
cualquier otro hombre que se atreva a pensar en tocarte. —Él hace una mueca en la convicción de sus palabras.
—Ya lo has hecho, Pedro —respiro sin pensar , llegando a colocar mis dedos en sus labios—. Soy tuya... —Mis palabras se apagan mientras él me contempla, con la mandíbula trabajando horas extras absorbiendo las palabras que he dicho.
El fantasma de una sonrisa mezclada con incredulidad e incertidumbre juega en sus labios antes de agitarlo lejos y empujarlo a un lado.
—Yo… no podemos seguir aquí con lo que quiero hacerte, pero esto — dice, señalándome a mí y a la pared—, me va a contener. —Él me muestra una sonrisa rápida antes de tomar mi mano y subir el último tramo de escaleras.
Lo sigo, a sabiendas de que mi corazón y mi cuerpo están lejos de recuperarse de ese pequeño episodio. Las palabras de Lina flashean a través de mi cabeza, y no puedo dejar de estar en desacuerdo con ella. Cuando se trata de Pedro, no sólo lo tengo mal. Me ahoga y me consume absolutamente y sin lugar a dudas.
Pedro empuja la puerta en la parte superior de la escalera para abrirla, y me sorprendo de encontrarnos en el interior de una oficina muy masculina y escasamente decorada. Hipótesis aparte, sé que es de él porque es muy similar a su oficina en Malibú. Doy un paso detrás de él cuando oigo un grito ahogado.
—¡Oh, Pepe me has asustado casi hasta la muerte! —exclama la voz femenina, y al instante mi espalda se eriza en su familiaridad con él. ¿La mujer tiene que estar en todas partes? Mieerrda!
—¿Puedo ayudarte en algo, Tami? —pregunta Pedro, y te juro que oigo un borde de curiosidad en su pregunta.
Tamara se endereza del escritorio donde estaba inclinada y endereza los papeles que estaba buscando a tientas. Por supuesto que se ve impecable con su camisa de escote desafiante, pantalones ceñidos de piel y de cara confección. La mujer es absoluta y jodidamente impresionante. Sus labios forman una O de sorpresa mientras mira a Pedro y sus ojos se mueven hacia mí y luego de vuelta a él. La chica maliciosa territorial que hay dentro de mí, quiere que ella note el rubor en mis mejillas y esa sonrisa de jodida satisfacción que hay en mi cara para reafirmar que no soy otro punto en el radar de Pedro.
—Lo siento. Me has asustado —exhala ella—. Estaba buscando el contrato con Penzoil. No estaba seguro de si habías tenido la oportunidad de firmar el documento. Eso es todo. —Ella también sonríe dulcemente.
Tengo un lugar en el que se puede meter esa sonrisa falsa.
Pedro la mira por un momento como si estuviera tratando de descifrar algo, pero sacude la cabeza con aire ausente.
—Tamara, ya conoces a Paula, ¿verdad?
Los ojos de Tamara revolotean hacia atrás y hacia adelante entre nosotros observando nuestras manos unidas antes de volver a enyesar la sonrisa que había decaído un poco de sus labios.
—Algo así —dice mientras sale de detrás de su escritorio y camina, no, pasea, hacia nosotros. Realmente no hay otra forma de describirlo. Sus ojos se mantienen firmes en Pedro. Ella es sin duda una de esas mujeres que son muy conscientes de cada movimiento de su cuerpo y su efecto en el sexo opuesto.
Si antes me disgustaba, ahora realmente la odio.
Pedro me da una mirada de advertencia ya que siente que mi mano se tensa en su enfoque.
—Es tan bueno verte de nuevo —miento y me pregunto si tiene alguna idea de la futura lucha libre que acaba de iniciar.
Tengo que reprimir la risa que siento querer salir al imaginarme a Tamara y a mi volando fuera de las cuerdas de un ring de lucha libre con traje malos y movimientos aún peores mientras luchamos por ganar el trofeo que es Pedro.
—Sí, es inesperado verte por aquí. —Ella sonríe, y yo soy lo suficientemente observadora para notar que las cejas de Pedro se elevan ante la tensión obvia que hay entre nosotras.
Se vuelve hacia mí, sus ojos vuelven a emitir la advertencia de estar en mi mejor comportamiento, como si él supiese mis pensamientos de lucha libre.
—Como ya sabes, Tamara está la cabeza de mi equipo de marketing y es en realidad a la única que se le ocurrió la idea del partido para el patrocinio.
Sí, por favor, recuérdamelo una vez más, para no llegar a ella y abofetearla porque es una maldita tentación.
—Sí —exclamo con indiferencia, sabiendo que debo darle las gracias correctamente, pero sin querer hacerlo. Hago una pausa por un momento, pero
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mis modales finalmente prevalecen—. Y la Corporativa Cares aprecia todo el trabajo duro que ha puesto detrás de eso —le digo con sinceridad.
—De nada —dice ella, sin apartar los ojos de Pedro a pesar de que se está dirigiendo a mí. ¿Acaso no ve su enamoramiento con él? Es tan obvia que es ridícula—. Ya hemos conseguido algunos patrocinadores, pero tenemos unas cuantas planchas que quedan en el fuego para algunas grandes corporaciones de renombre. Estamos embalándolo en este momento y probablemente obtendremos ese número mágico para solidificar la financiación para el proyecto.
—Increíble —le digo, tratando de expresar mi entusiasmo al tiempo que oculto mi desprecio completo a como ella rezuma, sí rezuma, porque eso es lo que hace, todo su encanto a Pedro.
Observo la mirada de Pedro, y me molesta que de repente le sienta como a un extraño. Ella se vuelve lentamente a mí, con una sonrisa sarcástica en su rostro, y tengo que recordarme a mí mismo que fue a mí a quien Pedro estaba haciendo cosas inapropiadas pero calientes como el infierno en el hueco de la escalera. No a ella. Y con ese recordatorio mental, estoy más que lista para jugar a este juego.
—Si piensas que puedes contribuir de alguna manera... Paula, ¿verdad? —pregunta en tono de disculpa inclinando la cabeza hacia un lado y mordiendo la punta de su maliciosa lengua porque sabe mi nombre muy bien—. Por favor, no dudes en hacérmelo saber.
—Gracias, pero estoy segura de que cualquier ayuda que pudiera proporcionar... sería... —Miro hacia arriba pensando mientras busco la palabra perfecta—... Inconsecuente. —Mis ojos se mueven de ella a Pedro mientras hablo. Una sonrisa juega en las comisuras de mis labios, y arqueo una ceja en cuestión—. ¿No crees, Ace?
—Inconsecuente —articula Pedro, una sonrisa aparece en sus labios mientras sacude la cabeza con mi elección de palabras. Él sostiene mi mirada y puedo ver que a pesar de esta impresionante mujer a mi lado él me quiere.
A mí.
El aire entre nosotros se llena de electricidad con nuestras miradas. Puedo sentir la incomodidad de Tamara mientras baraja de un pie al otro en un silencio cargado.
—Gracias, Tamara —dice Pedro despidiéndola sin romper nuestra conexión—. Paula y yo tenemos que estar en otro sitio —concluye, de pie y buscando mi mano.
Y es de esperar que en el lugar que tiene que estar, es en mí.
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