Con Pedro aún ausente de la habitación, deambulo por el pasillo y salgo por la puerta abierta a la terraza del segundo piso. Camino a la barandilla omitiendo el patio inferior y el océano más allá y me inclinó contra ella, disfrutando de la brisa nocturna susurrando sobre mi cara y la vista de la luz de la luna bailando sobre las olas.
Estoy tan abrumada por la secuencia de acontecimientos que me ha llevado a estar donde estoy, que no puedo ni siquiera empezar a procesarlos. En un momento me siento sola, con miedo y sintiéndome muy culpable de vivir de nuevo y unas semanas después estoy aquí con un hombre que es complicado, maravilloso y tan increíblemente vivo. He pasado de vacía, dolorida y triste a contenta, saciada y sintiéndome como si estuviera teniendo una experiencia un poco fuera del cuerpo.
―Justo cuando pensé que no podías ser más sexy, te encuentro usando una de mis camisas favoritas. ―Sus palabras me sobresaltan de mis pensamientos, y me vuelvo a encontrarlo junto a mí, sosteniendo una copa de vino hacia mí.
―Gracias ―murmuro tomando un sorbo y alcanzando una mano para frotar la cabeza de Baxter en su intento de pasar entre nosotros otra vez.
Pedro acerca una cadera en la barandilla y se vuelve hacia mí mientras miro hacia el agua.
―Me gusta verte aquí ―admite, su voz suave con reflexión mientras inclina su cabeza y me mira―. Me gusta verte a mis alrededores, en mi camisa, con mi perro... más de lo que jamás podría haber imaginado. ―Transfiero mi mirada del agua para encontrarme con la suya, tratando de leer las emociones nadando bajo la superficie―. Es la primera vez para mí, Paula.
Su confesión es un suave susurro, y apenas puedo distinguir las palabras por encima del ruido de las olas.
Me quedó inmóvil cuando en realidad las oigo, su admisión silenciosa hablando volúmenes para mí. ¡Mierda! ¿Significa esto que piensa que hay una posibilidad de más? ¿Que lo que sea que somos es más que sólo uno de sus arreglos estúpidos? Puedo sentir la inquietud que la vulnerabilidad de sus palabras le han causado, así que trato de agregar un poco de humor para aliviarlo.
―¿Qué? ¿No arrastras a todas tus mozas a esta horrible guarida tuya?
Él se extiende, con una sonrisa tranquila en sus labios que se refleja en sus ojos, y ahueca mi cuello, su pulgar rozando sobre mi pómulo.
―Sólo una ―responde. Sonrío hacia él, adorando el lado tierno de Pedro tanto como me encanta el obstinado y luchador. Levanta la botella de cerveza a su boca y toma un largo trago de ella―. He traído un poco de postre ―ofrece.
―¿En serio? Pensé que eso es lo que acabamos de tener. ―Su sonrisa se extiende y sus ojos se abren ante el comentario y una risa despreocupada escapa de sus labios.
―Vamos. ―Tira de mi brazo y me jala hacia abajo para hundirme en una de las tumbonas. Pedro se acerca a una consola oculta en la pared y en cuestión de segundos, la voz de Ne-Yo canta en voz baja por los altavoces que nos rodean. Oigo a Baxter gemir de satisfacción mientras deja caer su enorme cuerpo hacia abajo en la puerta abierta del pasillo.
―Entonces ―dice mientras se mueve a un lado de la mesa junto a mí―. Tengo dos opciones para ti. Helado de menta con chispas de chocolate o besos de chocolate.
―¡Te acordaste! ―jadeo, sorprendida de que una cosa tan pequeña como él recordando mis dos admitidos vicios en sus preguntas en el carnaval significara mucho para mí.
―Mi objetivo es complacer, cariño. ―Él sonríe mientras pone una mano en mi espalda instando a sentarme, y luego deslizándose detrás de mí.
Me recuesto en su pecho desnudo, encajándome en él, y me extiendo hacia la bandeja para agarrar un Kiss de Hershey. Lo desenvuelvo y lo meto en mi boca, recostando mi cabeza en su hombro y gimiendo por su sabor celestial.
―Si eso es todo lo que se necesita para oírte hacer ese sonido, voy a comprarte un camión de ellos ―respira en mi oído mientras se mueve detrás de mí, ajustándose a sí mismo.
―¿Quieres? ―bromeo mientras lo llevo a sus labios y luego se lo quito y lo pongo en mi boca, gimiendo a propósito en esta ocasión. Él se ríe y le doy un Kiss de Hershey de verdad esta vez―. Una chica podría acostumbrarse a esto ―murmuro, gustándome el calor de él contra mí.
Nos sentamos un rato y hablamos sin hacer nada de esto y aquello de familias, viajes, experiencias y trabajo. Evito el tema en que realmente quiero ahondar, sabiendo que su pasado está fuera de límites. Es divertido e ingenioso y atento, y puedo sentirme cayendo más profundo y enredándome más en su tentadora red.
―Asombroso, carismático y emocionante ―dice Pedro rompiendo el silencio entre nosotros.
No puedo dejar de reír a carcajadas con otro intento de descubrir el significado de Ace.
―No ―le digo de nuevo, apoyándome más en la calidez y el confort de su pecho. Puedo sentir su suave risa a través de mi espalda.
―¿Nunca vas a decírmelo, o si? ―pregunta levantando una mano para cepillar el pelo a un lado de mi cuello, dejando al descubierto mi piel desnuda, para que su boca enlace un beso allí.
―No ―lo repito una vez más, luchando contra el escalofrío que me recorre mientras acaricia con su nariz hasta mi oreja.
―¿Qué tal la experiencia del pene adictivo? ―murmura, su aliento haciendo cosquillas sobre mi piel y persiguiendo el camino de las vibraciones que su voz ha dejado.
La risa que burbujea en mi garganta se queda silenciada en un suspiro mientras pellizca mi lóbulo de la oreja y chupa suavemente en el lugar vacío justo debajo de él.
―Hmmmm, eso podría funcionar. ―Me las arreglo mientras envuelve sus brazos alrededor de mi pecho, y empiezo a correr mis dedos por las partes de sus brazos que puedo alcanzar. Inclinando más mi cabeza a un lado, dándole más acceso a mi extensión de piel sensible cuando las uñas se cruzan una línea cerrada en su antebrazo derecho.
―Esa es una fea cicatriz ―murmuro―. ¿Qué cosa súper masculina estabas haciendo al adquirir esa? ―Me estremezco al pensar en lo mucho que debe haber dolido.
Se quedó quieto por un latido, besando mi sien y presionando su cara al lado mío para que yo pueda sentirlo tragar en respuesta.
―Nada importante ―dice, luego cae de nuevo en silencio―. ¿Surfeas, Paula? ―pregunta, y no soy ciega al sutil cambio de tema.
―Nop. ¿Tú, Ace? ―Tomo un sorbo de vino mientras murmura en señal de asentimiento.
―¿Lo has intentado alguna vez? ―pregunta, el roce de su voz en mi oído.
―Mmm-jumm.
―Te enseñaré alguna vez ―ofrece.
―Probablemente no es lo mejor que puedes hacer para alguien como yo que tiene miedo de los tiburones.
―Es una broma, ¿verdad? ―Cuando no respondo, continúa―: Oh, vamos, sería divertido. No hay tiburones por ahí para molestarte.
―Dile eso a las personas que han sido masticadas. ―Lo reto a pesar del hecho de que él está detrás de mí, me cubro la cara avergonzada cuando tímidamente digo mis próximas palabras―. Cuando era pequeña estaba tan asustada de ellos que
nunca nadaba en nuestra piscina, porque pensaba que saldrían del desagüe a comerme.
Pedro se ríe, su tono de voz profunda resonando en mí de su pecho a mi espalda.
―Oh, Paula, ¿qué nadie te ha dicho que hay cosas mucho más peligrosas en tierra firme?
Sí. Tú.
Mientras trataba de pensar en una réplica ingeniosa, mi oído capta la canción que suena en los altavoces y por reflejo murmuro:
―Gran canción.
Pedro se queda inmóvil mientras escucha la música y puedo sentir su movimiento de cabeza asentir contra el lado de la mía cuando lo reconoce.
―Pink, ¿correcto?
―Hmm-hmm Glitter in the Air ―respondo, distraída al escuchar las palabras de una de las canciones favoritas de todos los tiempos de Lina y mías. Pedro se aquieta detrás de mí y pasa las manos por mis brazos y comienza a amasar los músculos encima de mis hombros. Sus manos son poderosas y añaden la cantidad justa de presión―. Se siente como el cielo ―respiro mientras mi cuerpo ya relajado se convierte en gel bajo sus dedos hábiles.
―Bien ―susurra―. Sólo relájate.
Cierro mis ojos y me entrego a él, tarareando en voz baja la canción. Pedro pasa los dedos por la línea de la columna y frota mi espalda, mi cabeza cuelga hacia un lado por el sentimiento sublime.
―Aquí viene la mejor parte ―le digo, dándome cuenta de que he hablado en voz alta las palabras que siempre provocan a Lina cuando anuncia el puente de la canción. Las letras vienen y cantó mientras las palabras pasan sobre mí, moviéndome como siempre lo hacen, poniéndome la piel de gallina―. Ahí estás, sentado en el jardín, agarrando mi café, llamándome cariño. Me llamaste cariño.
―No lo entiendo ―dice Pedro―. ¿Por qué es la mejor parte?
―Porque es el momento en que se da cuenta de que él la ama ―reflexiono, una suave sonrisa en mi cara.
―¿Por qué, Paula, eres una romántica empedernida, no es así? ―bromea.
―Oh, cállate. ―Giro para abofetearlo, avergonzada por mi franqueza. Pedro agarra mi muñeca, previniendo que mi mano conecte, y me tira en él. Sus labios se inclinan sobre los míos y hace un barrido lánguido sobre ellos antes de lamer los míos. Sabe a chocolate y cerveza y todo lo que es únicamente Pedro. Él acuna mi cabeza con una mano mientras que la otra corre sin rumbo sobre mis muslos desnudos. La punta de sus dedos rozando suavemente y sin urgencia o una atención específica a ningún lugar. Podría sentarme en este momento para siempre, la veneración inesperada en sus acciones desenredándome de dentro hacia fuera.
Pedro cepilla un beso en la punta de mi nariz antes de descansar su frente en la mía, su mano todavía ahuecando la parte posterior de mi cabeza, con los dedos todavía anudados en mi pelo, su aliento revoloteando sobre mis labios.
―¿Paula?
―Hmm-hmm, Ace.
Flexiona su mano en mi pelo.
―Pasa la noche conmigo ―exhala en voz baja.
Me quedo inmóvil, conteniendo mi respiración. Oh. Cielos. Puedo sentir la emoción detrás de su petición y puedo sentir la diferencia de la última vez que me lo dijo. No lo está diciendo por obligación, sino porque esto es lo que quiere. ¿Esto significa que a lo mejor siente un indicio de lo que está fluyendo a través de mí? Mi silencio oculta la verdad de lo que siento y lo confunde por la vacilación en su solicitud.
―Yo nunca he dicho eso antes y realmente quise decirlo, Paula ―su voz es una súplica silenciosa que tira de mi corazón y confirma mi hipótesis. Él envuelve sus
brazos alrededor de mí, me acuna en su regazo, y me tira con él mientras se recuesta en la silla, con los dedos jugando en mi pelo. Me quedo en silencio, tratando de aclarar la emoción de mi voz antes de hablar.
―Hmmm, creo que no me podría mover, aún si lo intentara ―murmuro.
―¿Te quedarás? ―El entusiasmo en su voz me sorprende.
―Sí.
―En ese caso ―reflexiona―, quizá deba tomar ventaja de ti otra vez.
―¿Otra vez? ―me río.
Su respuesta es agarrar mis caderas, levantarme y arrastrarme a horcajadas sobre él y su inconfundible disposición. Me sitúa sobre él para que nuestros cuerpos se adapten a la perfección, cada movimiento de él viaja a través de mis delgadas bragas y golpeándome en el lugar correcto.
Se endereza y me besa con fuerza, hundiendo su lengua entre mis labios entreabiertos, con las manos presionando mi cuerpo posesivamente. Mi euforia crece con ganas de más de todo él.
―Te. Deseo. Tanto. Paula. ―jadea entre besos por mi cuello. Llevo mis manos a su cara, los dedos tocando el grueso vello de su barba, y arrastró su cabeza para mirarme a los ojos―. Eres adictiva.
―Lo sé ―susurro, diciéndole con los ojos que entiendo la profundidad de ese deseo. Que también lo siento.
El músculo de su mandíbula se tensa momentáneamente antes de que aplaste su boca en la mía, la conexión entre nosotros ten necesaria como el aire.
―Móntame ―jadea. Una simple orden en realidad, pero es la forma en que lo dice, como si el sol no se levantará por la mañana si no lo hiciera lo que no me deja retroceder. Miro fijamente en sus ojos, tan hipnóticos, tan intensos y tan llenos de deseo que no le negaría nada incluso si pudiera.
Así que empiezo a moverme, entregándome a él. Una vez más.
El aire frío que pasea sobre mi piel hace un contraste completo con el calor irradiante que presiona contra mí. La neblina a causa de mi sueño inducido lentamente se borra de mi mente mientras mis ojos revolotean abriéndose, sobresaltados y entrecerrados por la luz natural que se filtra a través de la ventana abierta. La conciencia filtra dentro de mí de donde estoy ―Con quién estoy― cuando escucho el golpeteo de las olas debajo mezclado con el grito de las gaviotas.
Empiezo a moverme en la cómoda y pecaminosa cama, queriendo estirar mis músculos que extrañamente encuentro adoloridos, hasta que me doy cuenta por qué. Sexo, sexo y más sexo. Una sonrisa presumida cruza mis labios ante la idea de estar realmente dolorida por haber tenido mucho sexo. Y no me quejo.
El otro obstáculo que me impide mi movimiento es la fuente de calor que me mantiene caliente a pesar de la brisa fría de la mañana que fluye desde el exterior. Estoy acostada boca arriba y Pedro está envuelto alrededor de mí como una enredadera. Él está de lado, con una pierna doblada y colgada sobre la mía, y su mano ensanchada posesivamente sobre mi pecho desnudo con la palma de su mano agarrando mi seno. Me giro y descubro que la mitad de su cabeza está sobre mi almohada y la otra mitad sobre la de él.
Estudio su cara: los ángulos, las pestañas oscuras del espesor de un abanico contra su piel dorada, la curva añadiendo carácter a la cresta de su nariz. Me estiro y alejo un mechón de cabello ambulante en su frente, con cuidado de no molestarlo. Durmiendo, el aura oscura y peligrosa de Pedro es suavizada por su cabello despeinado, la ausencia de la intensidad que siempre lleva encima como un símbolo de protección y la falta de tensión en su mandíbula. Disfruto viendo este
raro vislumbre de él vulnerable y relajado, sus besables labios separados en un sueño tranquilo.
Mirándolo fijamente, mi mente se desvía de nuevo a la noche anterior. Recuerdo su completa e inflexible atención a mí y todas mis necesidades. Pienso en las nuevas experiencias en las que él me introdujo y el placer que indujo en mí. Mis pensamientos se pierden en correas de cuero, huevos vibrantes y cubos de hielo insertados para derretirse mientras nos convertimos en uno, evocando eso de caminar por la fina línea del placer al borde del dolor. Pienso en cómo él me lo mostró lento y suave justo antes de llevarme al borde del olvido fuerte y rápido. Como a la luz de la luna, en esta extensión de una cama, él se cernía sobre mí, ojos intensos, voz suplicante y me pidió que me sometiera a él.
Me pidió que confiara en él para saber lo que mi cuerpo podía soportar y cuál era el umbral para llevarlo al límite. Y en ese momento yo estaba tan cautivada con él, me dejé llevar sin preguntar ni pensarlo dos veces. Acepté, sabiendo que ya dominaba mi mente, mi corazón y mi cuerpo.
Después, mientras me quedaba dormida, su cuerpo caliente presionado contra mi espalda y su boca presionando suavemente mi cabello, cuestioné mi juicio. Mi último pensamiento antes de quedarme dormida preguntándome en qué demonios me estaba metiendo aceptando su aparentemente inocente petición, por lo que es simple bajo un manto de luz de luna nunca parece serlo al amanecer del día siguiente.
Pedro se mueve junto a mí, rodando sobre sí de manera que su espalda está hacia mí, tirando de las sábanas con él y dejándome descubierta. Me estremezco del frío ahora que mi calefactor humano se ha ido, pero feliz de que ahora puedo estirar mis músculos usados en exceso. Me estremezco mientras flexiono mis pies y extiendo mis piernas. Definitivamente no fui tratada como un cristal anoche, y si el olvido inconsciente llamado sueño en el que colapsé más tarde es algún indicio, creo que a mi cuerpo le gustó bastante también.
Estoy empezando a tener frío. Miro a las líneas artísticamente esculpidas en la espalda de Pedro y me giro hacia él, arropando mí cuerpo alrededor de él, así puedo disfrutar la sensación de mi cuerpo desnudo contra el de él. Mi barbilla
descansa sobre su hombro y mis senos hacen de almohada contra su espalda mientras enrosco mis brazos alrededor de él, confortada por su masculinidad. Distraídamente recorro su pecho con mis dedos mientras lentamente me hundo de nuevo en el sueño.
Estoy en ese estado de suspensión de las primeras etapas de sueño, cuando de repente suceden varias cosas simultáneamente y que parecen ser en cámara lenta. Pedro emite el más desgarrador grito salvaje que he oído nunca. Me habría quedado congelada en estado de shock pero él gira su cuerpo violentamente contra mí, conectando su codo contra mi hombro.
―¡No! ―sale de su boca en un grito ahogado. Salta de la cama y se da la vuelta, las piernas separadas, las rodillas inclinadas, con los brazos doblados y las manos en puños frente a su cara. Su rostro es la imagen del terror: ojos salvajes y atormentados, parpadeando constantemente, los dientes apretados, y los tendones tensos en el cuello. Su pecho empuja con respiraciones cortas, cuerpo tenso y vibrando con una aguda conciencia mientras su frente se llena de gotas de sudor.
Instintivamente agarro mi hombro donde está resentido por el dolor. El impacto de lo que acaba de suceder hundiéndose, mi adrenalina está bombeando ahora, por eso mi cuerpo se sacude por sus efectos. Si no hubiera visto este tipo de reacción antes en algunos de mis niños por una pesadilla, creo que estaría más asustada e insegura de lo que estoy ahora. Si Pedro no tuviera tal mirada de miedo absoluto en sus ojos y reflejado en su rostro, me habría reído de él por estar desnudo de pie, luciendo como si estuviera listo para arrojarse al suelo. Pero sé que esto no es una broma. Entiendo que Pedro ha tenido un sueño dragando el pasado que silenciosamente lo persigue y continúa traumatizándolo cada día.
Ruedo mi hombro, el dolor sigue presente.
―Pedro―digo suavemente, no queriendo asustarlo.
Con mis palabras, puedo ver sus ojos lentamente enfocándose en la habitación ante él y la tensión en su postura disminuye lentamente. Gira la cabeza y me mira, una gran cantidad de emociones en sus ojos: bochorno, vergüenza, alivio, miedo y temor.
―¡Oh, mierda! ―Se estremece su respiración, llevando sus manos hacia su rostro para frotarse el miedo. Los únicos sonidos en la habitación son sus pesadas respiraciones, su mano rozando sobre su barba y el océano afuera.
―Mierdaaaaaaa ―repite de nuevo, sus ojos estrechándose en mi mano frotando mi hombro. Puedo verlo apretando y aflojando sus puños al darse cuenta de que me ha lastimado de alguna manera. Me quedo quieta mientras sus ojos están caídos y sus hombros encorvados.
―Paula… yo. ―Se vuelve bruscamente y agarra la parte de atrás de su cuello con la mano, tirando hacia abajo―. Dame un maldito minuto ―murmura mientras rápidamente avanza al cuarto de baño.
Reúno las sábanas hasta mi pecho y lo veo irse, con ganas de acercarme y decirle cosas que él no cree o no quiere escuchar acerca de lo que acaba de suceder. Me siento allí con la indecisión de qué hacer a continuación cuando escucho el inconfundible sonido de Pedro vomitando. Un cuchillo gira profundamente en mis entrañas y aprieto mis ojos cerrados, queriendo desesperadamente consolarlo.
Las descargas del inodoro seguido de una maldición murmurada y entonces escucho el grifo abrirse y un cepillado de dientes. Me levanto de la cama, poniéndome la camisa de Pedro cuando lo oigo suspirar de nuevo con su maldición favorita de la mañana. Entro en el baño, necesitando asegurarme de que está bien. Sé que nota mi presencia porque detiene la toalla de mano a medio movimiento de su rostro cuando me siente. Estamos allí congelados momentáneamente mientras se centra en el agua saliendo del grifo. Su angustia es palpable y ahoga el aire entre nosotros.
Pedro restriega la toalla sobre su rostro y se vuelve hacia mí.
Cuando deja caer la toalla de su cara, los ojos que me miran no son suyos. Los que he llegado a amar. Ellos están muertos. Fríos. Carentes de emoción. El músculo en su mandíbula late y los tendones en su cuello tiran mientras que trabaja su garganta.
―Pedro... ―Su vidriada mirada verde está fijamente en la mía causando que cada palabra de las que había planeado decir desfallezca en mis labios.
―No lo hagas Paula―advierte―. Tienes que irte. ―Su mandato es plano. Tan muerto como sus ojos.
Mi corazón se tambalea dentro de mi pecho. ¿Qué le ha pasado? Qué recuerdo ha reducido este vibrante y apasionado hombre a nada.
―Pedro… ―alego.
―Vete Paula. No te quiero aquí.
Mi labio inferior se tambalea con sus palabras. No es posible que él lo diga en serio después de la noche que hemos compartido. Yo vi la emoción en sus ojos la noche anterior. Sentí por sus acciones como él se sentía conmigo. Pero ahora… Todo lo que puedo hacer es mirarlo, el irreconocible hombre frente a mí.
El dolor y el miedo de antes, cuando se despertó de su sueño, era tan obvio que lo único que quería hacer era consolarlo. Ahora no estoy muy segura de qué hacer. Doy un paso hacia adelante y oigo sus dientes rechinar como reacción. He trabajado con niños traumatizados, pero estoy muy lejos de mi elemento aquí.
Miro mis manos entrelazadas y susurro entrecortadamente:
―Yo sólo quiero ayudar.
―¡Fuera de aquí! ―ruge causando que mi cabeza se estremezca al tiempo que veo como sus ojos muertos regresan a la vida con ira en estado puro―. ¡Que te vayas de una maldita vez, Paula! ¡No te quiero aquí! ¡No te necesito aquí!
Me quedo ahí congelada, su ira no provocada me ha inmovilizado.
―No lo dices en serio ―tartamudeo.
―¡Y un cuerno que no! ―grita, el sonido hace eco en las baldosas de piedra y se refleja.
Nuestros ojos se mantienen en silencio mientras proceso el dolor que está expeliendo. En el fondo de mi mente sé que hay una razón para esto ―para sus acciones―, pero mi mente está tan revuelta con el dolor y el shock de su veneno que no puedo procesar nada racionalmente. Pedro da un paso amenazante hacia mí y sólo lo miro fijamente sacudiendo la cabeza. Él tira la toalla con una maldición, el ruido de las botellas que golpea rebota sobre el absoluto silencio del baño. El ángulo de sus ojos vuelve hacia mí mientras aprieta y afloja la mandíbula. Cuando habla, su voz es escalofriantemente cruel.
―¡Te he follado Paula, y ahora ya acabé contigo! Te lo dije, eso es en lo único en lo que soy bueno, cariño…
Su ceja se arruga momentáneamente mientras las lágrimas que queman la parte posterior de mi garganta brotan en mis ojos y se desbordan. El dolor de sus crueles palabras hace girar mi estómago y retuerce mi corazón. Mi cabeza le dice a mis piernas que se muevan, pero mi cuerpo no está escuchando. Cuando sólo me quedo allí, sin habla y con neurosis de guerra, él agarra mi bolso de la repisa del baño y avanza hacia adelante para empujarlo con fuerza contra mi pecho, empujándome hacia atrás a través de la puerta por la que acababa de entrar.
―¡Fuera! ―Hace rechinar sus dientes, gruñéndome por si acaso. Su pecho desnudo agitado. Su pulso latiendo en su sien. Aprieta los puños―. Ya estoy aburrido de ti. ¿No te das cuenta? Tú has servido para tu propósito. Una diversión rápida para pasar el momento. Pero ya he terminado. ¡Fuera de aquí!
Cegada por las lágrimas, busco a tientas mi bolso y bajo ciegamente las escaleras. Puedo sentir el peso de su mirada en mi espalda mientras desciendo. Corro por toda la casa, mi corazón se aloja en mi garganta y mi cabeza es un completo caos. Me duele el pecho tan fuerte que irradia dolor mientras me arrastro por cada laborioso respiro. Los pensamientos me eluden. El dolor me engulle. El arrepentimiento me invade porque pensé que lo que existía entre nosotros era mucho más.
Irrumpo a través de la puerta principal y en el brillo del sol de la mañana, pero todo lo que siento es la oscuridad en mi corazón. Me tambaleo, deje caer mi cartera y me caigo de rodillas para recuperarla. Me quedo sentada así, viendo una hermosa mañana, pero no dándome cuenta de eso.
Dejando que las lágrimas me empapen.
Permitiendo que la humillación me consuma.
Sintiendo mi corazón partido en dos.
FINAL DE LA PRIMERA PARTE...
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