―Bien, chicos, creo que ese es el último ajuste de ala enchúfenlo. ¡Buen trabajo! voy acelerar completamente por los últimos veinte comenzando la próxima vez que llegue a la línea ―la voz incorpórea de Pedro viene por los auriculares mientras lo escuchamos en el tramo de la pista detrás de nosotros.
―No empujes demasiado, Pepe. Necesitaremos hacer un par más de ajustes para la próxima vez fuera. No te quiero quemando el motor antes de que podamos trabajar con él.
―Relájate, Becks. ―Se ríe Pedro―. No voy a romper a tu bebé. ―Puedo escuchar el motor acelerar en la recta opuesta mientras Pedro se dirige fuera para la segunda vuelta―. ¿Davis? ¿Estás?
―¿Qué necesitas, Wood? ―la voz de Davis llena mis oídos. ¿Wood? ¿De qué era todo eso?
En el micrófono abierto, puedo escuchar el auto cambiar de velocidad al dirigirse a la tercera vuelta.
―Consigue a Zander en el puesto de bandera. ―Puedo escuchar la vibración del auto en la voz de Pedro mientras aumenta su velocidad―. Déjalo ondear. Luego el resto de los chicos.
―Diez-cuatro.
Los chicos están escuchando sus audífonos y se giran para mirarme con grandes ojos y amplias sonrisas. Davis sube las escaleras a la pequeña caja donde nos sentamos encima de la fila del pit y hace señas para que los chicos lo sigan. Dane desciende y luego Jax me mira, cejas levantadas cuestionando.
―Adelante, Jax ―hago un movimiento para que se vaya, mientras permanezco sentada―. Me quedare aquí.
Observo a los chicos hacer su camino a la fila del pit, cabezas giran a la derecha cuando Pedro viene volando fuera de la vuelta cuatro a la línea de inicio-meta. El zumbido del motor llena mis oídos y vibra a través de mi cuerpo, reverberando en mi pecho al pasarnos rápidamente. Una vez que se ha ido, Davis los guía al otro lado de la pista y desaparecen al dirigirse al puesto de bandera. Momentos después, Davis sube al pequeño box blanco en plataforma con Zander a su lado, y esperan para que Pedro vuelva alrededor de la pista otra vez. Puedo escuchar el tono del motor intensificándose cuando Pedro golpea el acelerador abajo por la recta.
Antes de saberlo, está completando el circuito de tres kilómetros y derribando el frente exactamente lejos de mí. Las manos de Zander están en la bandera, y Davis cuidadosamente ayuda a sus pequeños brazos ondear la bandera cuadriculada cuando Pedro se acerca y rápidamente pasa. Capturo su momento y su sonrisa con la cámara antes de que se dirija escaleras abajo para que Aiden tenga su turno.
Ha sido un día increíble. Los chicos han tenido una experiencia de una vez en la vida, gracias a Pedro y su equipo. Lo hemos visto volar alrededor de la pista, venir por ajustes, y escuchar la charla del equipo por las últimas horas. He sido entrevistada por reporteros de Los Angeles Times y el Registro del Condado de Orange en referente a las colaboraciones de Recaudación de fondos de Empresas PA de parte de los Corporative Cares. Un fotógrafo tomo fotos de nosotros de a ratos mientras miraban las vueltas de prueba. Los chicos han sido llenados con golosinas azucaradas al igual que buena comida que el equipo de Pedro trajo para nosotros. Hemos sido tratados mejor de lo que alguna vez pude haber imaginado, ya que esta no fue una carrera o compromiso oficial.
Tomo una foto de Shane mientras ondea la bandera cuando Pedro pasa, encantada de que capturara perfectamente la mirada de alegría en su rostro. Cuando miro arriba de la imagen digital de mi cámara, Tamara está de pie frente a mí, una fresca, calculadora mirada en sus helados ojos azules. Le doy una cautelosa pero cortes sonrisa a pesar de su obvia reprobación a mí.
Cuando ella solo se queda de pie ahí y me mira, decido hacer el primer movimiento. Su intento de intimidarme es inefectivo. Solo rezo que por una vez en
mi vida, pueda tener ese rápido humor que siempre pienso después del hecho, porque creo que lo voy a necesitar.
―¿Puedo ayudarte?
Ella cruza los brazos a lo largo de su amplio pecho e inclina una cadera contra el barandal, sus ojos nunca dejando los míos.
―Sabes que no eres su típico tipo, ¿cierto?
Oh, entonces así es como va a ser. Veo a Pedro viene por la recta y espero a que el sonido ensordecedor nos pase antes de quitarme mis auriculares. Me inclino hacia atrás en mi silla y permito que la sonrisa conocedora esbozándose en mis labios los que Pedro había besado más temprano.
―¿Y tu punto es qué? ¿Qué tú lo eres? ―Me estremezco por dentro ante mi último comentario, por lo que se ella encaja en realidad encaja en el molde pre-aprobado de pedro. Tanto para ser ingeniosa.
Se ríe sarcásticamente de mí.
―Oh, muñeca, tu inocente yo no tiene idea de en lo que te estás metiendo, ¿cierto?
¡Perra condescendiente!
―¿Y qué? Si tuviera toda la experiencia que tienes, ¿lo haría? ―mi voz filtra sarcasmo―. Dejemos algo en claro, lo que hay entre Pedro y yo no es de tu incumbencia. Y soy más que capaz de cuidar de mí misma, Tamara. Gracias por la preocupación equivocada, sin embargo.
Ella me mira a través de las rendijas de sus parpados, su cara torciéndose en diversión.
―Oh, Paula, todo lo que hace Pedro es asunto mío. Me aseguro de eso.
La miro momentáneamente, impresionada por su imprudencia y preguntándome si hay algo de verdad detrás de sus palabras. Trato de esconder el desconcierto en mi voz con cinismo.
―No estaba consciente de que él necesitaba una cuidadora. Parece bastante capaz de tomar decisiones por sí mismo. ―Cruzo los brazos sobre mi pecho, imitándola.
―No sabes nada, ¿verdad? ―Se ríe cruelmente, su tono condescendiente molestando mis nervios―. Cada hombre necesita a una mujer susurrando en su oído, diciéndole qué es mejor para él. ―Ella me sonríe sardónicamente―. Y Paula, muñeca yo soy esa persona para Pedro. Lo he sido y continuaré siéndolo.
Conecto mis oídos cuando Pedro viene de vuelta, agradecida por el breve respiro de tener un momento para dejar que sus comentarios sean captados. Después de que lo he localizado pasándonos, me giro para enfrentarla.
―Estoy bastante segura que Pedro no deja que nadie le diga qué hacer, Tamara Sin embargo, buen intento.
Si se ríe con esa molesta risa de sabelotodo una vez más, voy a estrangularla.
―Sólo sigue pensando eso, muñeca. ―Golpea una uña acrílica en su perfectos dientes blancos―. Y antes de que lo sepas, pensaras que lo tienes atrapado. Y a pesar de su pequeño discurso sobre no querer una novia, pensaras que en realidad quiere algo más contigo. Que puedes cambiarlo y sus maneras. Creerás que has domado esa rebeldía y superado a él y su manera dominante. ―Se gira para mirarlo volar por la recta de la pista antes de girarse de vuelta hacia mí y toma un paso más cerca―. Y justo cuando eso pase, habrás terminado antes que esa vuelta que acaba de marcar. No tienes lo que se necesita para mantenerlo. Se aburre rápidamente. ―Sus cejar se levantan mientras me estudia―. ¡Oh, mi Dios! ―jadea, poniendo una mano sobre su boca para esconder su sonrisa zalamera―. Ya te lo follaste, ¿cierto?
Sólo la miro, tratando de esconder la verdad, el silencio mi única respuesta. No quiero dejarle saber que me está afectando. Que sus pequeños comentarios maliciosos están comenzando a picar debajo de mi piel y alimentar mis inseguridades que tengo respecto a por qué le gusto a Pedro.
―Bueno, entonces no será mucho ahora.
―¿Hasta qué? ―pregunto, ya asumiendo lo que va a decir.
Puedo verla mover su lengua alrededor del interior de su boca mientras piensa la mejor manera de expresar su siguiente dosis de veneno.
―He visto suficientes de sus libertinas ir y venir para decir que te daré dos meses máximo, muñeca. Estarás fuera de su cama y su vida antes de la primera carrera de
la temporada. ― Ella entrecierra los ojos, fulminándome con la mirada, esperando por la reacción que no daré. Da un paso más cerca de mí―. Sólo sábete que seré yo a quien vaya entonces. Seré yo diciéndole que es demasiado bueno para alguien como tú. Te lo dije. Soy. La. Voz. En. Su. Oído ―susurra las últimas palabras.
―Y déjame adivinar, serás tú con quien encuentre el “feliz por siempre”, ¿cierto? ―repliqué, mi voz melosamente dulce a pesar de la ira burbujeando cerca de la superficie.
―Eventualmente, una vez que haya terminado de pasar el tiempo con barbies como tú ―se ríe, mirándome de arriba abajo―. Eres lista. Te concedo eso. Pero lo he conocido más tiempo que nadie, y he puesto en el tiempo. Sus padres me aman. Soy la única que necesita. Puede que él no se dé cuenta aún, pero él me ama.
―Parece que necesitas encontrar algo mejor que hacer con tu tiempo, muñeca ―digo levantándome de mi asiento y tomando un paso más cerca, alimentada con su diatriba egocéntrica―. Esperar alrededor para ser el segundo mejor debe ser realmente frustrante.
―¿Un poco irritable no? No mates al mensajero ―dice condescendiente, sosteniendo sus manos frente a ella―. Solo pensé salvarte del inevitable desamor. ―La mirada en su cara reflejando exactamente lo opuesto a sus palabras.
Logro una sola risa.
―Tu compasión es abrumadora.
Ella frunce sus labios.
―Nosotras tenemos que cuidar una de la otra.
Ahora realmente me rio. ¡Que perra!
―¡Sí, estoy segura que tienes mi espalda! ―Sólo que con un cuchillo apuntando en ella en lugar de tus ojos cuidando de ella―. Aprecio la advertencia, pero soy una niña grande, Tamara. Puedo cuidar de mí misma bien.
Echa la cabeza hacia atrás y ríe en voz alta antes de mirarme de arriba abajo otra vez, una mirada de desdén en su cara.
―¡Oh, él te va a comer viva y te escupirá, y voy a disfrutar tanto observarlo!
Veo a Pedro completar su vuelta y gira el auto dentro de los pits a la derecha de nosotras. Los chicos vendrán a buscarme en cualquier momento para ir abajo y ver el auto, y francamente, he tenido suficiente de la pequeña pelea de Tamara “pongámoste en tu lugar”. He intentado tomar el camino largo. He intentado no ser la perra maliciosa que ella está siendo. Pero suficiente es suficiente. Tomo un paso más cerca de ella, mi voz un malicioso susurro:
―Mejor te acostumbras a observar, Tamara, porque eso es todo lo que harás. Cuando él grite un nombre, será el mío, cariño. ―Las esquinas de mi boca se curvan, mi voz implacable―. No el tuyo.
―¡Eso es lo que todas han pensado! ―ella resopla burlonamente.
Cuánto amaría estrangularla ahora. Limpiar esa sarcástica sonrisa de su cara y mostrarle que no tiene idea de que está hablando. Pero no puedo. Al final, ella puede tener razón. Y me mata. Me recuerda que necesito mantener mi guardia alta. Le doy la misma, lenta apreciación que ella me ha dado, y sacudo la cabeza con desinterés.
―Esta conversación ha sido estimulante, Tamara, pero voy a pasar mi tiempo con personas que valen mi aliento.
Me apresuro abajo por las escaleras rápidamente, queriendo asegurarme de tener la última palabra. Al final de las escaleras, camino hacia dónde puedo escuchar el motor del auto de Pedro. Al girar la esquina, veo a mis chicos siguiendo a Davis abajo hacia el área del garaje de la pista. Me apresuro para intentar alcanzarlos, tratando de dejar disiparse la ira y la irritación por las palabras de Tamara.
Trato de encogerme de hombros ante eso y me digo a mí misma que es solo una malévola perra tratando de sujetarse a alguien que no es de ella. Una hermosa malévola perra de muerte, pero una malévola perra no obstante. Creo que la combinación de ella siendo su tipo y mi miedo que hay algo de verdad en sus palabras es lo que mantiene mi enojo corriendo a través de mi sistema.
Alcanzo al grupo justo cuando nos acercamos al garaje donde el equipo de Pedro se ha instalado. El zumbido del motor se detiene, y veo a Pedro ceder el ahora separado volante a un miembro del equipo antes de lentamente empujarse fuera de su capsula. Levanta una pierna sobre el lado y luego la otra para ponerse de pie en el suelo. Toma un momento para colocarse en sus piernas antes de remover su
casco y el pasamontañas blanco a prueba de fuego de su cara. Acepta el Gatorade que alguien le entrega y doma un largo trago antes de correr una mano adelante y atrás a través de su cabello mojado por sudor. Pedro le da al hombre que se acerca a él una enorme sonrisa y toma un momento para reconocerlo. Él es el libertino caballero que estaba en la fiesta Meri Rum con él.
Me quedo atrás con los chicos en el borde para disfrutar de la intensa actividad en el garaje. Varias personas están hablando con Pedro, quien gesticula con sus manos para demostrar lo que se está explicando. Ellos conversan con él de una manera casualmente cómoda. No hay indicio de que él es el hijo de un mega-súper director o que él es uno de sus solteros de Hollywood. Otros miembros del equipo están ocupándose del auto, usando instrumentos para medir cosas que ni siquiera puedo empezar a comprender. Pedro está totalmente inmerso en su elemento. No es difícil sentir su entusiasmo y veneración por su deporte.
Su sonrisa es amplia y auténtica, y siento una punzada en el fondo de mi corazón cuando lo veo. Si es así de apasionado y su rostro se ilumina tan fácilmente con este deporte que obviamente ama, no puedo evitar preguntarme cómo va a ser cuando finalmente encuentre y acepte el amor de alguien. Mi corazón se retuerce ante la idea de que no va a estar conmigo. Empujo la idea errante de mi cabeza, pero se queda en el borde de mi conciencia cuando veo las fervientes emociones jugar en su cara.
El frenesí se apaga algo cuando el equipo se mueve a sus tareas individuales. Varias de las personas con las que Pedro está hablando retroceden y se ocupan en algo en el motor en la parte trasera del auto. Son sólo Pedro y el hombre del club, y puedo ver una camaradería entre los dos mientras hablan.
Davis hace señas para que los chicos se acerquen y entren al garaje y ellos silenciosamente siguen en línea tratando de mantenerse fuera del camino. Me quedo clavada en mi lugar eligiendo ver de lejos. A una distancia segura de su control inexplicable en mí. Pedro nota la intrusión en el garaje y mira arriba de su conversación, dando a los niños una sonrisa amplia y sin filtrar. Espera hasta que se acercan y habla:
―¿Entonces qué les pareció, chicos?
Todos ellos gritan palabras al mismo tiempo desde asombroso hasta genial e increíble. El abre su traje de fuego y jalas sus brazos fuera de las mangas,
dejándolos caer y cuelga debajo de sus cintura. Su camisa, oscurecida con sudor, se pega a los definidos músculos de su pecho. La vista de él así, sexi como el infierno, tira de cada parte profundo dentro de mí.
― ¡Me alegra tanto que les haya gustado! Ahora, éste aquí ―dice poniendo su brazo alrededor del hombre del club―, es una de las personas más importantes aquí. Más importante que yo ―bromea―. Nada de esto ―hace un gesto al garaje a su alrededor―, correría tan bien si no fuera por él. Se trata de Beckett Daniels, mi jefe de equipo.
Los chicos dicen saludos individuales a él y él les devuelve la sonrisa. Ricky lanza una pregunta y Beckett sonríe ampliamente, señalando a los chicos al auto para mirar algo. Pedro se queda donde está y mira a los chicos seguir. Él rueda los hombros y toma otro largo trago antes de mirar arriba y alrededor del garaje. Siento el repentino crepitar de electricidad cuando sus ojos encuentran los míos, y esa lenta sonrisa perezosa curva las comisuras de su boca, su hoyuelo profundizándose. Se ve como sexo; caliente, sudoroso, despeinado, y apeteciblemente irresistible. Él mira a Beckett para asegurarse de que las cosas están bien antes de caminar hacia mí.
―Bueno, hola. ― No puedo evitar la sonrisa que se forma en los labios cuando hablo con él.
―¿Todavía crees que estoy fingiendo?
―No ―me río libremente cuando se detiene frente a mí.
―Bueno, mientras no lo seas, entonces estoy haciendo mi trabajo correctamente ―bromea sugestivamente extendiendo una mano para tirar de un rizo errante.
Solo sacudo la cabeza hacia él con una suave sonrisa en mi cara antes de tomar un respiro profundo. Fingir definitivamente no es una necesidad cuando se trata de Pedro en el dormitorio. Nos miramos el uno al otro, la actividad del garaje zumbando alrededor de nosotros mientras permanecemos estáticos. Embelesado uno en el otro.
―Te veías bien ahí fuera, Ace ―logro decir finalmente, rompiendo el silencio.
Él toma otro sorbo de su Gatorade.
―No sabes nada acerca de las carreras, ¿verdad? ― Se ríe mientras sacudo mi cabeza riendo con él―. No lo creo, pero gracias por el cumplido.
―Pero lo he visto con mi hermano antes, y los chicos obviamente estaban buscando en Google todo sobre ello para asegurarse de saber tanto como sea posible. ―Me encojo de hombros, mirando sobre su hombro checando a los niños―. Entonces, ¿Wood eh?
Me sonríe tímidamente.
―No es lo que estás pensando. Es un viejo apodo. ―Alzo las cejas hacia él, diversión en mi cara―. Cuando empecé a competir, alguien me llamó Hollywood. El nombre se quedó. Se ha acortado a Wood con el tiempo. Cualquiera que me llama así ha estado alrededor desde hace mucho tiempo. ―Él mira a Beckett por un momento―. Es alguien en quien confío.
―No dejes que la prensa sepa eso o tendrán un día de campo con eso.
―Créeme, lo sé ―se ríe.
Los dos giramos nuestras cabezas cuando la risa de Shane llena el garaje. Beckett tiene el brazo alrededor de su hombro y ríe con él, mientras que Davis está levantando a Ricky en el asiento del auto para sentarse para una foto.
―Muchas gracias, Pedro. Por hacerlos sentirse especiales por un día. ―Se gira de ver a los niños para mirar de vuelta hacia mí―. Por todo. No puedo comenzar a decirte lo mucho que significa para los niños.
Una mirada oscura destella en su rostro.
―No es gran cosa ―se encoge de hombros, levantando la etiqueta de la botella de Gatorade―. Entiendo que necesitan más que la mayoría. ―Él mueve su atención a los niños que están recibiendo alternativamente su oportunidad de sentarse en el auto y conseguir su foto. Los miramos por unos momentos, Pedro quitándose la cachucha de su cabeza y pasando sus manos por su pelo. Lo miro por el rabillo del mi ojo mientras mira su reloj y luego vuelve su atención a los niños.
Las palabras de Tamara suenan en mis oídos. Dos meses, máximo. ¿Y si tiene razón? Incluso si lo que sea que tenemos dura tres o cuatro meses, sé que no será suficiente. No creo que ninguna cantidad de tiempo será suficiente para amar a
alguien como Pedro. Él es uno de esos tipos que consume cada parte de ti. Te hace completa cuando nunca pensaste que estuvieras incompleta para empezar. Te da fuerza y te hace débil, todo al mismo tiempo. Sé que soy capaz de amarlo así ―como se merece― pero sé que nunca tendré la oportunidad. Tamara puede ser una perra maliciosa, pero lo conoce mucho mejor que yo. Entre sus palabras, las propias admisiones de Pedro, mi búsqueda de Google, y mi propia intuición, sólo sé que voy a terminar siendo destruida si me permito enamorarme de Pedro. Y no puedo permitir que eso me suceda. La subida podría ser más que divertida, pero la devastación después de la caída me romperá. De una forma u otra, Tamara ha dejado claro su punto.
Pedro irrumpe a través de mis pensamientos.
―Tenemos una reunión en diez minutos ―dice volviéndose hacia mí―. ¿Puedes quedarte y luego te llevaré a casa cuando termine?
Giro el anillo que había puesto de nuevo en la mañana alrededor de mi dedo ―una fuente tangible de consuelo para mí― deseando desesperadamente decir sí, pero la mezcla de mi responsabilidad con los niños y la auto-preservación de mi corazón dictan una diferente respuesta.
―Probablemente no es una buena idea, Pedro. ―Sacudo la cabeza, evitando su mirada.
―¿Para quién? ―dice girándose y dando un paso más cerca de mí. Su olor me envuelve; la esencia exterior, limpia de su colonia mezclada con un poco de un hombre que ha sido puesto en un duro día de trabajo.
Lo miro con cautela, tratando de mantenerlo a una distancia emocional.
―Para ambos, Pedro. Tu mismo lo dijiste la otra noche. ―Él da un paso más cerca de mí y puedo sentir mi pulso aumentar.
―Pero tal vez pienso algo diferente hoy…
Suspiro profundamente, diciéndome que nada ha cambiado desde la noche del sábado. Él es quien es, y no va a cambiar. Que unos días lejos del otro solo lo han puesto más caliente, y quiere algo de alivio. Eso es todo lo que esto es. Empujo su último comentario fuera de mi cabeza y trato de continuar como si nunca lo hubiera dicho.
―Además, tengo que llevar a los chicos a casa. Son mi responsabilidad.
Da otro paso hacia mí, y pongo mis manos en su pecho para evitar que se acerque más. No creo que sea capaz de soportar la sensación de su cuerpo apretado contra mí. Mis manos presionando contra los firmes músculos de su pecho hacen que sea lo suficientemente difícil para que lo resista como es.
Pedro toma una mano y levanta mi barbilla hacia arriba.
―¿Qué pasa, Pau? ―Sus ojos buscan los míos, tratando de entender mi indecisión. ¿Cómo puede entender por qué su idea de una relación es inaceptable para mí cuando él ha admitido que es lo único que sabe o aceptara? ¿Cómo le explico que alejándome un minuto y después besándome sin sentido el siguiente está desenredando mi agarre en mi propia realidad? Me hace cuestionar lo que podría conceder a fin de tenerlo en mi vida
―Tú ―susurro.
―¿Yo? ―dice él.
―Me confundes a cada paso, Pedro. ―Niego con la cabeza suavemente y a pesar de decirme a mí misma que tocarlo sólo hará alejarse mucho más difícil; levanto mi dedo y trazo el borde del cuello de su camisa húmeda―. Un momento me dices que no puedes estar lejos y al siguiente me dices que me tienes que mantenerme a distancia porque vas a hacerme daño. El sábado me dijiste que lo que hay entre nosotros no va a funcionar a menos que yo esté de acuerdo con tus términos y entonces hoy me besas. ―Doy un paso atrás, mirando a los chicos recibiendo un recorrido de algunos de los artículos en el garaje para evitar tener que encontrar la mirada de Pedro―. No puedo darte lo que quieres y no me puedes dar lo que necesito. Eso es todo lo que sé. Todo lo que entiendo, Pedro.
Él camina hacia mí y tira de mi cola de caballo, obligándome a levantar la cabeza y mis ojos encuentran los suyos. Y a pesar del caos que nos rodea ―la risa de los chicos haciendo eco en las paredes de concreto, el estruendo de metal contra metal mientras el auto es trabajado por los mecánicos, el sonido de un compresor de aire en la distancia― cuando sus ojos sostienen los míos, todo desaparece. Somos sólo él y yo. Un chico demasiado irresistible para su propio bien y una chica muy por encima de su cabeza y corazón.
―Tanto como me sigo diciendo a mí mismo que esto necesita “debería” terminar, Paula, para el bien de los dos… aun te deseo. ―Él sujeta el lado de mi cara con su mano libre y marca un camino con su pulgar sobre mi labio inferior―. Desesperadamente ―susurra. Sus palabras resuenan en mi corazón―. Pienso sobre cuán suave es tu piel. El sentir tu cuerpo contra el mío. De él bajo el mío. Como te aprietas alrededor de mi cuando estoy enterrado en ti... ―Sus palabras mezcladas con la intensidad en sus ojos me dejan sin aliento. Tiene mi cuerpo vibrando con una necesidad profunda por él que no estoy segura será saciada nunca―. Cristo, Paula, me… tu… me consumes. ―Se inclina y roza un suave, beso en mis labios. La inocencia y vulnerabilidad detrás de él me seduce―. E intento tenerte de nuevo.
Respiro un agudo, audible inhalación de aire que delata lo que me hace. Doy un paso atrás de él, sosteniendo su mirada por un segundo más antes de mirar alrededor del garaje para checar a los chicos. Me doy cuenta de que hemos tenido un poco de más personas uniéndose a nosotros mientras estábamos hablando. La mirada perpleja que pasa entre Beckett y Quinlan en lo que supongo es respuesta a nuestra interacción no pasa desapercibido por mí. Veo a Davis rodeando a los chicos, y sé que nuestro tiempo aquí está terminando.
―Estoy segura de que te sentirás de esa manera hasta que encuentres a alguien que se adapte a tus necesidades ―bromeo, temiendo que mis palabras digan la verdad. Me vuelvo hacia Pedro, todavía tratando de recuperarme del impacto de su confesión y sin embargo necesitando demostrarle que tengo una cierta apariencia de resistencia cuando se trata de él. Una mentira completa, pero tengo que tratar de alguna manera―. ¿Por qué perder tu tiempo conmigo cuando puedes tener cualquier otra chica dispuesta a darte exactamente lo que quieres?
―Pero. Yo. Te. Quiero. A. Ti. Paula. Nadie. Más ―sonríe―. Y te dije, mamá me enseñó que cuando quiero algo, tengo que ir tras eso hasta conseguirlo.
El hombre es implacable, pero aun pienso que está tras el desafío cuando se refiere a mí. Niego con la cabeza hacia él.
―Tienes el hábito de decirme lo que quieres, Ace, sin preguntarme lo que yo quiero.
―Pedro toma el sombrero de béisbol en las manos y lo coloca hacia abajo sobre mi cabeza, una sonrisa del gato Cheshire extendiéndose por su rostro y un brillo pecaminoso en sus ojos.
―Oh, cariño ―emite una risa retumbante baja mientras da dos pasos atrás de mí ―. Sé exactamente lo que quieres. ―Él sostiene su mano haciendo señas a Beckett que viene cuando su nombre es llamado. Su sonrisa se amplía en una de las sonrisas más perversas y más carnal que he visto nunca. Mi centro se enrosca y tensa para ahogar el deseo que crea―. Y tengo justo las herramientas adecuadas para dártelo. Y con esas palabras de despedida, se da la vuelta y camina hacia Beckett, su risa resonando en el garaje. Beckett lo mira de arriba abajo, una mirada perpleja en su rostro mientras Pedro dice adiós a los chicos.
Cuando Pedro termina, se da la vuelta hacia mí y sonríe.
―¡Toda experiencia consumidora!
Se ríe de la expresión confusa que cruza mi cara.
―¿Qué?
―Lo que significa ―dice sonriendo y finalmente lo entiendo. Él todavía está adivinando el significado de Ace.
―Nop ―le digo de vuelta a él, luchando contra la sonrisa que tira de las esquinas de mi boca.
Da un paso hacia atrás, mordiéndose el labio inferior en concentración. Puedo ver el momento en que piensa en otra para que sus ojos se iluminen, las esquinas alrededor arrugándose.
―La increíble experiencia de Pedro ―me grita, recibiendo el rodar los ojos de Beckett.
―¡Oh cielos! ―me río de su falta de humildad y copia a Beckett rodando los ojos―. Nop ―le grito de vuelta con una risa contenida, mi respuesta estándar a sus conjeturas.
Pedro da un paso hacia atrás, su rostro iluminado con humor, y niega con la cabeza hacia mí.
―Hasta luego Paula.
―Hasta luego, Ace ―murmuro, aceptando a regañadientes el hecho de que en muchos aspectos Pedro tiene razón. Que no importa lo inteligente que soy o lo racional que trato de ser, su atracción sobre mí es demasiado fuerte. Y como una polilla a la flama, sé que voy a terminar quemada.
Tiro su gorra en mi cabeza, ajustando mi ahora destrozada cola de caballo, y observo cómo tira un brazo juguetón alrededor del hombro de Beckett mientras caminan por el sendero. Sacudo la cabeza, abrumada por los eventos del día, y me dirijo a recoger a mis muy emocionados pero cansados chicos para el largo camino a casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario