La casa está en silencio a pesar del sol que brilla a través de las ventanas de la cocina. Es cerca de mediodía, pero todo el mundo está todavía dormido excepto yo. Me desperté, caliente y claustrofóbica, con un Pedro muerto para el mundo cubriendo mi cuerpo. Tan delicioso como su cuerpo se siente contra el mío, y por mucho que me obligué a dormir, no pude. Así que a pesar de que pedro está tumbado en la almohada junto a mí, poco a poco me desprendo de él y me levanto la cama sin despertarlo en busca de un Advil para mi dolor de cabeza.
Me siento en la mesa, el ronquido suave de Beckett dormido en el sofá suena a la deriva en la cocina. Doy un buen trago de agua esperando ahuyentar la borrosidad inducida por el alcohol de la nubosidad en mi cabeza. Bostezo de nuevo y descanso la frente en mis brazos que están doblados sobre la mesa. Dios, estoy cansada.
El sonido distante de mi celular se filtra en mis sueños.
Estoy tratando de ayudarlo. Al niño del pelo oscuro y ojos atormentados que es apartado de mí por alguna fuerza invisible. Mi mano agarra la suya, pero mis dedos se deslizan muy lentamente mientras mis músculos tiran. Él está rogándome por ayuda.
El timbre del teléfono suena, sorprendiéndome, así que me levanto de golpe y él se desliza de mi alcance, llorando por el miedo. Grito por la pérdida y me sacudo despertándome, desorientada desde mi lugar en la mesa de la cocina.
Mi corazón late con fuerza y mi respiración es trabajosa mientras trato de no perder el equilibrio. Sólo fue un sueño, me digo a mí misma. Sólo un sueño sin sentido. Dejo caer mi cabeza en mis manos y las empujo a mis ojos, tratando de frotar lejos la imagen del niño que no pude salvar.
Oigo el ruido de timbre de la voz matutina de Pedro desde mi dormitorio. Me levanto y empiezo a caminar hacia él cuando la inflexión de su voz se eleva.
—¡Tiene un montón de coraje, señora! —resuena por el pasillo.
Le toma a mi mente un momento registrar lo que está pasando... qué día es... el sonido de mi celular interrumpiendo mi sueño. Empujo la silla hacia atrás y corro por el pasillo a mi habitación.
—¡Dame el teléfono, Pedro! —grito, mi corazón se acelera y mi garganta se obstruye de pánico mientras entro por mi puerta.
Mis ojos se centran en mi celular en su oreja. En la mirada perpleja en su rostro. Mi corazón brinca en mi garganta, conociendo las palabras llenas de odio que están atacando sus oídos. Ruego porque ella no se las diga.
—Por favor, Pedro —ruego, mi mano está extendida para que me dé mi teléfono. Sus ojos miran los míos, en busca de una explicación de lo que está escuchando. Mueve la cabeza bruscamente hacia mí cuando mantengo mi mano extendida.
Suspira con fuerza, cerrando los ojos antes de hablar.
—¿Señora? Señora —dice con más fuerza—. Ya dijo lo que quería, ahora es el momento de que le diga lo mío. —Su voz suena calmada hacia su tono severo. Pedro se pasa la mano por el pelo, la V de sus músculos se hunde debajo de las sábanas dobladas mientras se tensa—. Aunque estoy realmente apenado por la pérdida de su hijo, creo que sus acusaciones son repugnantes. Paula no hizo nada malo, además de sobrevivir a un accidente horrible. El que ella haya vivido y Max muerto no quiere decir que ella lo asesinó. No, déjeme terminar —dice severamente—. Entiendo que esté de duelo y siempre lo estará, pero eso no hace a Paula culpable de matarlo. Fue un horrible accidente con circunstancias más allá del control de alguien.
Oigo una letanía de palabras en respuesta que no puedo descifrar del auricular, mi cuerpo totodavía está tenso mientras supongo lo que ella le está revelando.
—¿Y no cree que ella se siente lo suficientemente culpable porque vivió? No es la única que lo perdió ese día. ¿Cree realmente que pasa un día en que ella no piense en Max o en el accidente? ¿Qué no desea haber tomado su lugar como la que muriera ese día?
Las lágrimas alcanzan mis ojos, las palabras de Pedro están demasiado cerca de la verdad, y no puedo luchar contra ellas. Se deslizan por mis mejillas y las imágenes que siempre me quemarán allí parpadean por mi cabeza.
Max luchando por vivir. Max luchando por morir. Mis miles de promesas a Dios esos días si sólo podía salir con vida.
Todos.
Algo parpadea a través de los ojos de Pedro ante las palabras de ella, y más lágrimas vienen. Hay silencio entre los dos durante varios momentos mientras Pedro digiera lo que ella le ha divulgado.
Ellos parpadean a los míos, y soy incapaz de comprender la apariencia enigmática que tienen antes de mirar de nuevo por la ventana exterior.
—Realmente siento su pérdida, pero esta será la última vez que llame a Paula y la acusa de algo. ¿Entiende? —dice con autoridad—. Ella toma el teléfono porque se siente culpable. Le permite que la insulte y la acuse y difame porque amaba a su hijo y no quiere lastimarla más de lo que ya está. Pero no más. La está lastimando, y no lo permitiré. ¿Entendido?
Pedro suelta un gran aliento y avienta el teléfono en el extremo de la cama donde me mira por unos instantes sin hablar. Mi corazón late, el sonido reverbera a través de mis oídos mientras lo miro fijamente, con las emociones corriendo a través de mí, desgarrándome mientras espero.
Finalmente, después de lo que parecen horas, él niega y mira hacia abajo a sus manos en su regazo.
—Eres la mujer más generosa que conozco, Paula. Llevas alrededor tu propia culpa. Permitiendo que ella saque su dolor sobre ti. Dando todo de ti misma por los chicos... —Mi cuerpo tiembla en previsión de lo que va a decir a continuación, de qué está mirando sus manos y no puede mirarme a los ojos.
Tantas emociones me abruman, truenan por mí, mientras espero que recoja sus pensamientos.
Él me mira lentamente, con los ojos llenos de una mezcla de confusión y compasión.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunta suavemente, sus ojos busca en los míos para obtener una explicación.
Me encojo de hombros apartando los ojos de él, tratando de contener la maldición que amenaza con romperse. Fallo miserablemente, malditamente fragmentándome y las lágrimas se convierten en sollozos cuando alcanza mi mano y tira de mí hacia él. Me hundo en mi cama mientras envuelve sus brazos alrededor de mí y me reúne con él. Pasa la mano por mi pelo varias veces,
tratando de calmar mi dolor con palabras tranquilizadoras mientras lloro. Me suelta momentáneamente, apoyándose en las almohadas detrás de él antes de recostarse y tirar de mí con él, así que mi cabeza descansa sobre su pecho desnudo, con mi mano cubriendo su corazón.
El ritmo constante de latidos del corazón de Pedro me tranquiliza. Me doy cuenta de que estar aquí con Pedro quita algo del dolor que la fecha me causa. No me duele menos, pero cada vez es más fácil. Me doy cuenta de que, por primera vez, puedo pensar en Max y verlo en los buenos tiempos, no sólo en las imágenes rotas finales que tengo de él, con sangre, y muriendo. Puedo sonreírle al adolescente del que me enamoré y luego al amor del hombre con el que prometí pasar mi vida. Recuerdo la ansiedad en su rostro el día que se me propuso y la sorpresa, el amor, y la emoción en sus ojos cuando le dije que estaba embarazada. Dios, estaba tan asustada de decírselo, demonios tenía miedo de mí misma, pero cuando me abrazó y me dijo que estaba muy emocionado y que todo estaría bien, me permití sentir la esperanza y el asombro que había estado guardando.
Pedro coloca un suave beso en la parte superior de mi cabeza.
—¿Quieres hablar de ello?
Casi me río de sus palabras. Suenan tan hipócritas viniendo de alguien que nunca habla de su pasado. Algunas lágrimas se me escapan, que caen sobre mi pecho, y rápidamente me las seco.
—Lo siento —me disculpo. No puedo mirarlo—. Estoy segura de que después de anoche, la última cosa que quieres enfrentar es a una idiota lloriqueando.
Él levanta el brazo y se pasa la mano por el pelo, suspirando en voz alta.
—No soy bueno en este tipo de cosas, Paula. Mierda, no sé qué hacer ni qué decir aquí...
Puedo sentir su malestar por una mujer cayéndose a pedazos en sus brazos. Odia el drama. Lo sé. Paso mi mano por su pecho.
—No tienes que hacer nada. Estas aquí, dando la cara por mi con Claire... —Exhalo —. Eso es suficiente.
—¿Cómo es que no me lo dijiste? —Puedo escuchar un rastro de dolor en su voz, y me sorprende.
Y sé que se está refiriendo al bebé. A mi bebé. La parte de mí que se murió ese día. El lugar que siempre estará vacío dentro de mí.
—No es como si tú fueras exactamente explícito sobre tu equipaje —le ofrezco, las palabras cuelgan entre nosotros en silencio—. Eres tan inflexible con lo de no tener hijos, que no pensé que fuera importante que lo supieras. No creí que te importara.
Puedo sentir que jala una bocanada de aire.
—Cristo, Paula. —Su voz se tensa, su mano acaricia mi espalda—. ¿Crees tan poco a mí? El hecho de que los hijos sean un factor decisivo para mí no quiere decir que no soy comprensivo con tu situación. Por tu pérdida.
Vuelvo la cabeza para apoyar la barbilla en mi mano. Mantengo mis ojos apartados de los suyos aunque miro mi dedo, mientras traza las líneas de su tatuaje que abarca una parte de su caja torácica.
—Yo estaba... —Me detengo, tratando de trazar mis recuerdos—. Me sorprendió el día que me enteré que estaba embarazada. Quiero decir que acababa de graduarme de la universidad. Era todo blanco y negro en ese entonces. Tenía un plan. Primero la universidad, después el matrimonio, y una familia. —Sonrío suavemente.
—Pero ya sabes lo que dicen de mejor no planees. —Suspiro temblorosa—. Tenía tanto miedo de la reacción de Max. Y cuando se lo dije, me miró con asombro. Todavía puedo verlo en mi mente. Admitió que tenía miedo, pero me dijo que no importaba porque todo estaría bien. Y me pregunté cómo podía estar tan seguro de eso si todo cambiaría tan drásticamente.
Me quedo en silencio un momento, mis recuerdos van intermitentes a través de mi mente como una presentación de diapositivas. Me vuelvo y muevo la cabeza para mirar a Pedro mientras una lágrima se desliza silenciosamente por el rabillo de mi ojo.
—Ella —digo en un suspiro tembloroso—. El bebé era una niña. —Él asiente hacia mí y se estira para limpiarme la lágrima—. Todavía estaba asustada y en pánico ante la idea de tener un bebé, pero luego la sentí patearme. —Me detengo, mi pecho se tensa cuando recuerdo la sensación de que nunca experimentaré de nuevo—. E Inmediatamente me enamoré de ella. Toda mi reticencia se desvaneció. —Me aclaro la garganta mientras Pedro se sienta pacientemente, con sus ojos fijos en los míos—. Tenía siete meses y medio
cuando tuvimos el accidente. Supe esa primera noche que ella no lo logró, pero me negué a reconocerlo. Estaba sangrando profusamente y los calambres eran... era fuera de este mundo de dolorosos. Quería que se moviera. Que me pateara de nuevo solo una vez. —Un escalofrío me recorre, esos ruegos silencios que le había hecho a Dios esa noche parpadean por mi cabeza—. De alguna manera, la esperanza de que aún pudiera estar viva era lo que me mantenía luchando por vivir.
—Lo siento mucho, Paula —susurra él.
—Me tomó mucho tiempo ser rescatada porque tuve una infección por una bacteria. Por lo que dijeron los médicos, el daño fue bastante amplio lo que básicamente arruinó mi capacidad de quedar embarazada. —Me aclaré la garganta antes de continuar—. La madre de Max, Claire, me culpa de todo.
—Eso es estúpido —interviene.
Me encojo de hombros ante su comentario, de acuerdo pero dejando que la culpa me haga pensar de manera diferente.
—Piensa que si no habíamos estado teniendo sexo antes del matrimonio, esto nunca hubiera sucedido.
Pedro resopla ante el comentario.
—Ustedes estuvieron juntos, qué ¿seis años?
Yo sonrío suavemente hacia él.
—Casi siete.
— ¿Y esperaba que tuvieran abstinencia tanto tiempo?
—A cada uno sus propias creencias. —Me encojo de hombros—. Nos fuimos en el pequeño viaje porque era nuestra última oportunidad de escapar. Estaba estresada por todo y el médico estaba preocupado por mi presión arterial. Max quería tratar de calmarme. De que pasáramos un rato juntos antes de que sobreviniera el caos. Así que ella me culpa de matarlos a él y a su nieta.
—Sabes que eso no es cierto, Paula.
—Lo sé, pero eso no me quita la culpa. En el aniversario de su muerte y en su cumpleaños ella me llama a desahogar su ira y tristeza. —Cierro los ojos un momento, luchando con las horribles imágenes que se deslizan en mis sueños—. Es su terapia supongo... y aunque me destroza, escucharla es lo menos que puedo hacer. —Él me jala más arriba de su pecho y me consuela, envolviendo sus
poderosos brazos alrededor de mí y descansando su barbilla sobre mi cabeza—. Extrañamente, el conocerte, el pasar tiempo contigo, me ha permitido darme cuenta de que poco a poco estoy justificando lo que pasó. El tiempo ha permitido que recuerde a Max y como era antes del accidente, no sólo después. Creo que la parte más difícil es la del bebé. —Exhalo entrecortadamente—. Siempre apreciaré la sensación de una vida que crece dentro de mí, sobre todo porque lo más probable es que nunca tenga esa oportunidad de nuevo. —susurro en el calor de su cuello y suspiro—. Ella tendría dos años.
Reprimo el sollozo antes de que se salga, pero Pedro lo siente. Me aprieta más fuerte, incluso su respiración y capacidad de escuchar es justo lo que necesito. Siento como que una carga se ha levantado de encima de mí. Todos mis esqueletos han sido expuestos. Ahora los conoce. Todos. Me aferro a él, porque por alguna razón, su presencia aquí completa la transformación en mí.
No quiero estar sola nunca más y estoy tan harta de ser insensible. Quiero volver a sentir los extremos que Pedro me hace sentir.
Estoy dispuesta a vivir de nuevo. Realmente a vivir. Y en este momento sé que sólo Pedro es con quien puedo imaginar compartir estos nuevos recuerdos. Cierro los ojos y me acurruco contra él, el sueño que no pude encontrar antes me reclama despacio. Estoy empezando a quedarme dormida cuando su voz hace que mis ojos se abran.
—Cuando tenía seis años —dice en voz tan baja que, si no fuera por la vibración de su pecho, no podría escuchar sus palabras. Se detiene por un momento y se aclara la garganta.
—Cuando tenía seis años, mi… La mujer que me dio a luz, me golpeó tanto que terminé inconsciente y en el hospital. —Exhala con fuerza mientras retengo mi aliento.
¡Mierda! Él está hablando y escucho el dolor en su voz al saber que sus heridas todavía están en crudo y abiertas. Infectadas. ¿Cómo te puedes curar de tu madre dándote una golpiza de mierda?
¿Cómo puedes aceptar el amor de alguien, cuando la única persona que se supone que te protegerá de todo es la que te hizo más daño? Estoy en una pérdida de palabras, así que envuelvo mis brazos en su cuello y lo aprieto antes de colocar un suave beso en su esternón.
—¿El hospital llamó a la policía? ¿A Servicios sociales? —pregunto tímidamente, sin saber cuánto está dispuesto a compartir conmigo.
Puedo sentir asentir su cabeza en señal de asentimiento.
—Mi mamá fue la que llamó al 911. Les dijo que mi padre lo había hecho. Que ella fue quien se acercó y lo detuvo. —Hace una pausa, y dejo que se tome un minuto para recobrar la compostura y aclarar la piscina de emoción en su voz—. Nunca conocí a mi padre así que... estaba muy asustado de lo que ella me haría si decía lo contrario... era demasiado pequeño para saber que la vida podría ser mejor que la que yo tenía. Ella me llevó a la escuela después de eso. Nos mudamos mucho para que servicios sociales no pudiera estarnos vigilando...
Sus palabras cuelgan en el aire y hay muchos pensamientos en mi cabeza, tantas cosas que quiero decirle para consolarlo. Que no fue su culpa. Que el amor no tiene por qué ser así. Que es un verdadero sobreviviente por haber salido de eso y prosperar. Pero sé que mis palabras no harán nada para quitar los años de abuso que debe haber sufrido o para disminuir sus secuelas psicológicas. Además, estoy segura de que ha oído todo eso de psiquiatras una y otra vez.
Levanto la vista hacia él y la mirada atormentada en sus ojos me dice que lo que acaba de admitir es la menor de sus pesadillas infantiles. ¿Debo decirle lo que me confesó anoche en la limusina? Lucho con la decisión y opto por no hacerlo. Compartir su pasado tiene que ser en sus términos. Abro la boca para decir algo, pero él me interrumpe antes de que pueda comenzar.
—Paula, por favor, no sientas pena por mí.
—Yo... no lo hago—tartamudeo, sabiendo que es la última cosa que quiere, pero él puede ver mi mentira. ¿Cómo no sentir lástima por el niño que una vez fue?
—Esa era la vida de hace mucho tiempo para mí. Ese pequeño niño, es una persona diferente de lo que soy ahora.
Tonterías. Es quien es por lo que le pasó. ¿Acaso no ve eso? Presiono un beso suave en el centro de su pecho.
—¿Sabes lo que le pasó a tu madre? —digo con voz vacilante, casi con miedo de preguntar, pero también queriendo saber lo más que pueda, ya que está hablando.
Hay un momento en silencio. Él levanta su mano de mi espalda y la pasa por su mandíbula sin afeitar antes de exhalar con fuerza.
—Después de que mi padre me encontró en las escaleras de su casa rodante... me llevó al hospital, se quedó conmigo —relata, con absoluta reverencia en su voz—. Yo no sabía que era un gran director. No es que siquiera hubiera sabido lo que eso significaba sin embargo. Más tarde... mucho más tarde, me enteré de que había perdido un día entero de tiempo de estudio sentado conmigo en el hospital. En ese tiempo, todo lo que recuerdo pensar fue que tenía la voz y los ojos más suaves. No parecían malos a pesar de que me estremecí cuando me tocó... —Se calla, perdido en los recuerdos, y le dejó un momento—. Y me pidió todo tipo de comida imaginable y que la llevaran a mi habitación de hospital. Nunca olvidaré la expresión de su rostro cuando me vio comer cosas que nunca había probado. Cosas que todos los niños a esa edad deberían haber comido muchas veces entonces. Recuerdo fingir estar durmiendo cuando la policía le dijo que habían encontrado a mi madre y que estaba siendo interrogada... que los rayos X y los exámenes demostraron años de... —Hace una pausa, tratando de encontrar la palabra correcta mientras aguanto la respiración preguntándome cuál de las horribles opciones utilizará—. Negligencia. Y es la única vez en mi vida que he oído a mi padre usar su estatura para conseguir lo que quería. Lo escuché preguntarles a los policías si sabían quién era. Para aclarárselo a quien necesitara, pero que yo quedaría bajo su custodia desde entonces. Que pondría un equipo de abogados si lo necesitaba, pero que eso era lo que pasaría. — Sacude la cabeza con una sonrisa suave.
—Eso es... —Estoy en una pérdida de palabras. No quiero abaratar su recuerdo al decir las palabras equivocadas, por lo que sólo lo dejo en eso.
—Sí. —Respira—. Vi a mi madre una vez más, pero fue a través de la sala de audiencias. Sé que fue a la cárcel, pero no sé nada más que eso. Nunca quise saberlo. ¿Para qué preguntar?
—Me preguntaba cómo lo dejaste. Pensé que tal vez si descubría lo que le pasó a ella... llenaría los espacios en blanco que quisieras, y eso podría ayudar. Las pesadillas pueden desaparecer y…
—Creo que es suficiente para compartir hoy—dice, cortándome y moviendo nuestros cuerpos bruscamente por lo que quedo sobre mi espalda y él está medio sobre mí, sus piernas están enredadas con las mías.
—¿En serio? —Sonrío cuando veo la tensión salir de su rostro y el dolor se desvanece de sus ojos—. Es la única manera de hacerte hablar, ¿un trato? ¿Truco o trato por así decirlo?
—Bueno... —Él sonríe apretándome contra el colchón con sus caderas—. ...Viste mis tatuajes.
Él arquea las cejas sugestivamente.
—Es lo justo...
El repentino cambio de tema de Pedro no se me escapa. Su inherente giro hacia la fabricación de cosas físicas entre nosotros cuando ahondamos un poco demasiado profundo. Normalmente dudaría en usar la intimidad para aliviar el dolor de la tristeza interior, pero esta mañana sólo quiero que me ayude a olvidar por un poco las lágrimas que quedan en mi alma de ese día, hace dos años.
Me retuerzo bajo él, mi cuerpo zumbando por la necesidad, amando el lado lúdico que ha resurgido para aclarar la oscuridad de nuestra mañana.
—Y pensé que dijiste que habíamos terminado con compartir por hoy. —El sonido de su risa es bienvenida, mientras retumba en su pecho contra el mío.
Levanto la cabeza y capturo su labio inferior y tiro de él. El gruñido de deseo en la parte posterior de su garganta alimenta mi deseo por él. Su mano roza mi caja torácica y sus palmas van a uno de mis senos no está cubierto por su pecho.
Se pulgar roza mi pezón ya tenso, su toque enviando una oleada de sensaciones lentamente a través de mí. Él se inclina y planta un beso suave en mis labios.
—Ahora sobre lo del ‘truco’ —murmura, una sonrisa encrespa las comisuras de su boca. Me aprieta el pezón entre el pulgar y el índice y mi aliento queda atrapado por su boca en la mía.
—¿Nunca tendré suficiente de ti? —pregunta contra mis labios. Y yo me pregunto lo mismo.
¿Nunca me voy a cansar de él? ¿De esto? ¿De su SABOR o su tacto o el retumbar de su garganta expresando cómo se siente cuando lo toco? ¿Será que siempre me llevará a un nivel febril tan excitado?
Sin duda, mi deseo ha de ser saciado en algún momento. Con su toque sin embargo, sólo un pensamiento queda persistente en mi mente, parpadeando con luces de neón.
Nunca.
Qué genial es esta historia x favorrrrrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarMuy muy buena y triste tbm
ResponderEliminarQ cosas tan difíciles les toco vivir a ambos...mimiroxb
ResponderEliminarBuenisimo!!! Segui subiendo!!!
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