El temblor del motor vibra a través de mi cuerpo mientras meto el cambio en la cuarta curva. Algo está fuera. Aflojo más de lo necesario mientras cambio de carril y entro a la saliente siguiente.
—¿Qué está pasando? —La incorpórea voz de Becks llena mis oídos.
—Joder, no sé —dejo salir mientras acelero el coche una vez más, tratando de descifrar lo que me está diciendo.
Cada estremecimiento. Cada sonido. Cada sacudida de mi cuerpo. Mi atención se agota al tratar de determinar lo que se siente fuera, algo que justifique por qué no parece comportarse de la forma que debería. No puedo entender lo que falta, lo que podría estar pasando por alto que nos podría costar una carrera.
O que me podría llevar de cabeza contra la pared.
Mi cabeza palpita con el estrés y la concentración. Paso la línea de salida/meta, las tribunas a mi derecha son un gran tramo de mezcla de colores. La falta de definición en que vivo mi vida.
—Es…
—¿En cuánto precarga el diferencial? —Exijo mientras vuelvo a meter el cambio en la primera curva.
La parte trasera del coche empieza a deslizarse mientras impulso al gas, lo que acelera el coche hasta alcanzar velocidad. Mi cuerpo se desplaza automáticamente para compensar la presión impuesta por la fuerza y el ángulo del banco de la pista.
—¿Es posible que sea el disco de embrague? La parte final del trasero se desliza por todo el lugar —digo mientras lucho para tener el coche bajo control en la rampa antes de dirigirme a la vuelta dos.
—Eso no es pos…
—¿Tú conduces el puto coche ahora, Becks? —ladro en el micrófono, con las manos agarrando el volante de frustración. Beckett, obviamente, lee mi estado de ánimo, porque se queda en silencio en la radio. Mi mente parpadea con las pesadillas que atormentaron mi sueño anoche. De no poder hablar con Paula esta mañana cuando la llamé. De tener que escuchar su voz para ayudar a limpiar los restos de mi mente.
Maldita sea, Alfonso, consigue regresar tu cabeza a la pista.
La irritación conmigo mismo, con Beckett, con el puto coche, me hace empujar el pedal con más fuerza de la que debería por la parte de atrás del camino. Mi jodido intento de utilizar la adrenalina para ahogar mi cabeza.
Sé que Becks probablemente está fuera de sí en este momento, pensando que la quemaré. Aventando todo el tiempo y la precisión que marcamos en el motor. Estoy a punto de tomar la curva tres y una parte de mí desea que no estuviera ahí. Sólo un tramo recto de carretera en la que pudiera seguir adelante, soltar el acelerador, correr en el viento, y más aprisa que la mierda en mi cabeza con el miedo apretando mi corazón.
Perseguir las posibilidades más allá del alcance de mis dedos.
Pero no es recto. Es una puta curva. Soy como un hámster en una maldita rueda.
Doy vuelta muy caliente, con la cabeza muy jodida para estar en la pista. Tengo que recordar conscientemente y tratar de no sobre-corregir la dirección mientras la cola patina demasiado para mí y se desliza hacia la derecha, quedando demasiado fuera de control. Un escalofrío de miedo baila en la base de mi columna con la desagregación de un segundo cuando no estoy seguro de si podré sacar el coche a tiempo para evitar besar la barrera.
Beckett jura en la radio mientras la salvo, y doy un grito por mi parte, la única forma de expresar el alto al miedo que apenas se sacude a través de mi sistema. La adrenalina, mi fármaco momentáneo de elección, reina hasta que me doy cuenta de que mi estupidez se hará cargo en los momentos por venir.
Siempre toma unos segundos para que te golpee.
Diablos. He terminado. No debería estar en el coche ahora. Es una estupidez de mi parte estar aquí cuando mi cabeza no está bien. Tomo la curva cuatro, desacelerando cuando golpeo la fila de hoyo y dejo que mi equipo se ponga
detrás del cortafuego. Silencio el motor y jalo una respiración ruidosa. Todos sólo se quedan ahí, nadie viene hacia adelante, mientras me desabrocho el casco y separo el volante. Me saco el casco y es arrancado de mis manos.
—¿Estás tratando de matarte ahí afuera? —me grita Beckett mientras me quito el pasamontañas y los auriculares. Ahora sé por qué el equipo se quedó detrás de la pared. Están acostumbrados a la volatilidad y a la brutal honestidad entre Becks y yo. Saben cuándo mantenerse alejados—. Entonces hazlo en tu maldito momento. ¡No bajo mi turno! —está enojado y tiene todo el derecho a estarlo, pero a la mierda si le digo eso.
Lo miro fijamente, una leve sonrisa aparece en las esquinas de mi boca por mi amigo más antiguo. Intento provocarlo para que no se dé cuenta del temblor de mis manos. Una manera segura de que sepa que estoy asustado como el demonio y le eche más leña a su fuego. ¿En qué demonios estaba pensando entrando en el coche con tantas cosas en la mente? Él sólo me mira, su mandíbula está apretada y sus hombros cuadrados antes de negar, dándome la espalda, y caminando lejos.
En el minuto que Becks dobla la esquina, mi equipo despeja la pared y comienza a hacer sus diversos trabajos mientras yo salgo. Me alegro de que se alejen de mí; todos obviamente están acostumbrados a mi mal humor para ahora cuando las pruebas son una mierda.
Me froto la mano por la cara y por el pelo empapado en sudor. Me dirijo en la misma dirección que Becks, sabiendo que ha tenido suficiente tiempo para calmarse, para que podamos hablar. Puede ser. Mierda. No lo sé. Cuando las cosas están fuera entre nosotros dos, el resto del equipo lo siente. No puedo tener eso con una nueva temporada ya avecinándose.
Lo sigo al tráiler y subo las escaleras. Él está sentado en el sillón frente a la puerta, inclinado hacia delante, con los codos en sus rodillas. Me mira y sacude la cabeza, causando que una punzada de culpa me pegue por quitarle años a su vida con mi descuidado truco.
—¿Qué demonios fue eso? —pregunta en un tono de voz demasiado bajo como un decepcionado padre a su hijo.
Yo me bajo el traje hasta la cintura y dejo que las mangas cuelguen, antes de quitarme la camisa y caer de nuevo en el sofá. Cierro los ojos, girando mi cabeza para que se apoye en un brazo y mis pies en el opuesto. Estoy muy cansado. Necesito una siesta que no esté llena de todos los jodidos sueños que he venido
teniendo varias veces desde la mañana con Paula. Soy un puto desastre. No puedo pensar con claridad. Obviamente no puedo conducir una mierda.
—No lo sé, Becks —suspiro—. Mi cabeza no estaba en el lugar correcto. No debería haber…
—Estás malditamente en lo correcto de que no deberías hacerlo hecho —me grita—. Eso fue un maldito estúpido truco, y si vuelves a hacer uno así de nuevo, entrar en el coche cuando tu cabeza no está bien, puedes encontrarte otro maldito jefe de equipo.
El chirrido de la silla me dice que se está desdoblando y levantándose. La casa rodante chirria con su movimiento y la puerta se cierra de golpe mientras se va.
Mantengo mis ojos cerrados, hundiéndome en el sillón como un bulto. Sólo quiero olvidar, quiero hablar con Paula, pero sé que probablemente está durmiendo después de los acontecimientos de la noche.
No sé por qué me entró el pánico esta mañana, cuando no pude localizarla. Mi mente inmediatamente viró a pensar en ella en un accidente. Atrapada en un maldito auto destrozado en algún lugar. Sola y asustada. Mi pecho se tensó ante la idea hasta que conseguí a Lina quien me dio el número de teléfono fijo de la casa. Me sentí mejor y peor después de hablar con Jackson sobre el caos de la pesadilla de Zander.
Pobre jodido niño. Las pesadillas pueden ser tan jodidamente brutales. Causan tal retroceso y estropean tus recuerdos aún más. Los empeoran. Hacen que lo revivas todo de la peor manera posible. Recuerdas cosas que no deberías. Que de lo contrario no recordarías. Que nunca deseas. Pero al menos él tenía a Paula para consolarlo, para quedarse con él y mantener a raya los demonios con su voz suave y su toque tranquilizador.
Exactamente lo que necesitaba de ella anoche. Lo que todavía necesito de ella hoy.
Suspiro al pensar en ella, deseándola de la peor manera... de la mejor manera. Me río a carcajadas de mí mismo en el vacío tráiler. No puedo entender lo que deseo más, una siesta sin sueños o escuchar la voz de Paula.
Mierda, mi cabeza realmente debe estar jodida si todo lo que quiero de Paula es escuchar su voz. Sacudo la cabeza y froto mis manos sobre mi cara,
sintiéndome un cobarde con el pensamiento. Lo que no daría por volver a un par de meses atrás, cuando el sueño era fácil.
Cuando mi pene y pelotas estaban firmemente unidos y era responsable de mis pensamientos. Cuando la elección entre dormir, sexo, o el deseo de escuchar la voz de una mujer específica era obvia, y unas pocas horas de sexo sin complicaciones llevaban al olvido sin dormir. Dos pájaros de un solo tiro. ¿Y la voz de la mujer? A quién le importaba si hablaba o lo que hacía con su boca mientras se abriera ancho y tragara sin reflejo nauseoso.
Flashes de Paula atraviesan mi mente. Su pelo oscuro en la almohada blanca mientras me cernía sobre ella. La expresión de su cara con sus labios sacudidos y abiertos, con los ojos muy abiertos, con las mejillas ruborizadas por el color, mientras me hundo en el interior de ella. Cómo se contrae como un vicio que me rodea mientras ella se viene. Vagina vudú.
Mi pene se mueve con el pensamiento deseándola, no, necesitándola, pero me abruma el agotamiento, y me traga entero en su olvido.
* * *
Spiderman, Batman, Superman, Ironman.
Spiderman, Batman, Superman, Ironman.
Me sacudo la pesadilla de un salto, desorientado por el paso del tiempo desconocido. Mi corazón retumba en mis oídos. Tengo revuelto el estómago. Mi cabeza olvida detalles al instante, pero las garras de la pesadilla y del miedo aún me tienen contra mi voluntad, arrastrándome hacía atrás, a través de envenenados recuerdos.
—¡Maldito Cristo! —grito en el tráiler vacío mientras me obligo a calmarme y respirar.
Me obligo a tratar de olvidar el temor que nunca va a desaparecer. Nunca. El miedo deja paso a la ira mientras tomo lo más cerca de mí, un saco del equipo, y lo tiro al otro lado del pasillo tan duro como puedo.
El ruido no hace nada para disminuir la sensación arañando a través de mí, que se levanta en cada fibra de mi ser, pero es todo lo que puedo hacer. Mi única fuente de liberación.
Estoy indefenso y soy rehén del veneno dentro de mí. El sudor escurre por mi mejilla. Estoy malditamente empapado en él. El olor del miedo se aferra a mí y mi estómago se retuerce en protesta de nuevo.
¡Mierda!
Me levanto del sofá y me quito mi traje de fuego como si el tejido estuviera en llamas. Necesito una ducha. Tengo que limpiar la suciedad de la pista y la mancha de su toque imaginario en mi dispuesta carne.
El agua me escalda. El jabón no hace nada para lavar los recuerdos. Prosigo por mi frente contra el puesto de acrílico, dejando que el agua queme los recuerdos mientras se desliza por mi espalda. Apagaré mi cerebro y descansaré durante cinco jodidos minutos para poder tener mi propio programa de radio temporal de silencio.
Las palabras de Paula siguen sonando en mi cabeza, acosándome, haciéndome preguntar si se trata de una solución para el veneno constante que temo me va a consumir. Golpeo un puño contra la pared, el sonido resuena a través de mis jodidos pensamientos. Me arrastro desde la ducha, pongo una toalla alrededor de mi cintura, y me apodero de mi celular. Tengo que hacer esto antes de que pierda el coraje. Antes de dejar escapar la pus y pensar en las consecuencias. En las respuestas que me da miedo encontrar. La verdad que temo me va a desmoronar. Aprieto el número en mi teléfono y me trago la bilis que amenaza con levantarse, preparándome a mí mismo con cada sonido del timbre del teléfono.
—¿Pedro? ¿Pensé que estabas en las pruebas hoy?
La calidez se lanza a través de mí con el sonido de su voz, con la preocupación que lo inunda. Y entonces el miedo. ¿Cómo va a manejar las preguntas que tengo que hacerle? Las que Paula piensa que podrían ayudarme, que podrían aliviar el peso de mi alma y el tormento en mi mente.
Trabajo para preguntarle al hombre que me dio posibilidades sobre la mujer que me robó todo. Mi juventud. Mi inocencia. Mi confianza. Mi capacidad de amar. A mí mismo.
Con el concepto de amor incondicional.
—¿Hijo? ¿Está todo bien? —La preocupación se apodera de su voz, como resultado de mi silencio.
—¿Pedro?
—Papá... —me ahogo, mi garganta se siente como si estuviera ahogándose con arena.
—Me asustas, Pepe..
Niego para conseguir un agarre.
—Lo siento, papá... estoy bien. Estoy bien. —Puedo oírle exhalar audiblemente al otro extremo de la línea, pero permanece en silencio, dándome un momento para mis pensamientos. Sabe que algo anda mal.
Me siento como que tengo trece años y que lo estropeé de nuevo. Ese miedo adolescente me llena, la ansiedad de que si presiono demasiado, o meto la pata una vez más, ellos me enviarán de regreso. Que no me querrán más. Lo curioso es que pensé que había vencido mi miedo hace mucho tiempo, pero la pregunta pesa mucho en mi lengua, todo vuelve. El miedo. La inseguridad. La necesidad de sentirme querido.
El miedo estrangula mis palabras.
—Yo... eh... sólo tenía una pregunta. No sé cómo preguntarte lo que realmente...
El silencio llena la línea y sé que mi papá está tratando de averiguar qué diablos se ha metido en mí. Por qué estoy actuando como el niño que solía ser.
—Sólo pregunta, hijo. —es todo lo que dice, pero su tono suave de aceptación, me dice que sabe algo de lo que me ha traído de nuevo a este lugar y a este tiempo. Y a pesar de que todo en lo que creo es en el miedo y la incertidumbre, todo lo que escucho es paciencia, amor y comprensión.
Jalo un poco de aire y exhalo con voz temblorosa.
—¿Sabes lo que le pasó a ella? ¿Dónde está? ¿Qué fue de ella?
Mis dedos tiemblan mientras levanto una mano para pasarla por mi pelo. No quiero que se preocupe o piense que quiero encontrarla y... No sé qué haría con ella. ¿Reconciliarme? Diablos, no. Nunca.
Pero me asusta como la mierda pensar en ella, que sólo pensar en ella me ponga así de alterado. Que pueda arruinar mi cabeza con más sueños.
—No importa, yo…
—Pedro... Está bien. —La tranquilidad llena su voz.
—No quiero que pienses…
—No pienso nada —me asegura de una manera que sólo un padre puede hacer con un hijo—. Toma una respiración, Pepe. Está bien. He esperado mucho tiempo para que pregun…
—¿No estás enojado? —El único temor que tengo burbujea saliendo de mi boca.
—No. Nunca —él suspira, resignado al hecho de que una pequeña parte de mí siempre se preocupará independientemente del paso del tiempo.
Me siento como si cien libras se hubieran levantado de mi pecho. Liberándome del miedo al preguntar.
—¿En serio?
—Es natural preguntar —asegura—. Es normal querer saber sobre tu pasado y…
—Sé todo lo que necesito saber de mi pasado... —Las palabras salen en un susurro antes de que pueda detenerlas. El silencio se cierne en la línea—. Es que... maldita sea, Paula... —murmuro con exasperación.
—Estás teniendo esos sueños de nuevo, ¿no es así?
Me esfuerzo por responder. Quiero decírselo porque me siento obligado a ser honesto después de todo lo que él ha hecho por mí, y al mismo tiempo siento la necesidad de mentir para que no se preocupe por los recuerdos que me debilitaban cuando niño. Para que no recuerde cuán perjudiciales eran. Para que no se entere de todo lo que había sucedido.
—Lo vi en tus ojos cuando volví de Indonesia. ¿Estás bien? ¿Necesitas…?
—Estoy bien, papá. Es sólo que Paula me preguntó si sabía qué le había sucedido. Si tal vez lo supiera podría cerrar el ciclo. Poder cerrar algunas viejas puertas...
La conexión se queda silenciosa por un momento.
—Le seguí la pista durante un tiempo. Quería asegurarme de que cuando saliera de la cárcel no volviera a encontrarte o a crear problemas cuando estabas empezando a estar tan bien. Lo dejé hace unos diez años —admite— pero llamaré al investigador privado que usé, él sabrá sus hábitos mejor que nadie, y veremos lo que puede encontrar. Si eso es lo que quieres...
—Sí. Gracias. Yo solo...
—No necesitas explicarte, Pedro. Uno hace lo que tiene que hacer para rellenar esa pieza que siempre ha sentido que falta. Tu mamá y yo sabíamos que este día llegaría, y queremos que hagas lo que tienes hacer para encontrar la paz. Estamos bien con eso.
Me pellizco el puente de la nariz y cierro los ojos, luchando contra la quemadura que pone en peligro mi interior.
—Gracias, papá. —No hay nada más que pueda decirle al hombre que me dio la vida después de estar muerto los primeros ocho años de mi existencia.
—Claro, hijo. Te llamaré cuando tengo alguna noticia. Te quiero.
—Gracias, papá. Yo también.
Estoy a punto de colgar cuando él habla de nuevo.
—¿Pedro?
—¿Sí?
—Estoy orgulloso de ti —su voz vacila por la emoción, que a su vez hace que me trague el nudo en mi garganta.
—Gracias.
Cuelgo el teléfono, lo tiro sobre la mesa e inclino la cabeza hacia atrás contra la pared. El fuerte aliento que exhalo en el silencio no hace nada para aliviar las abrumadoras emociones nadando por mi cuerpo. Me quedo allí mirando el techo, sabiendo que tengo que pedirle disculpas a Beckett y deseando a Paula de la peor manera. Necesitando algo para aclarar mi cabeza.
La idea me golpea como un rayo y me levanto, me cambio y bajo de la casa rodante en menos de cinco minutos. Veo a los chicos que están trabajando en el garaje a mi derecha, pero no puedo hablar con nadie ahora. No quiero. Entro en al aparcamiento abierto, donde el favorito de todos mis bebés está estacionado: Sexo.
Ni siquiera le echo un segundo vistazo para apreciar las limpias líneas del F12 y la impecable perfección de la maquina color rojo fuego, pero estoy seguro que disfrutaré de su velocidad en aproximadamente un minuto. Subo detrás del volante, el motor ruge a la vida y siento como un pedazo de mi regresa a mi alma. Siento la chispa en mi interior encenderse de nuevo.
Me disparo como un relámpago por el garaje, notando la negativa de Beckett a mirarme a los ojos cuando paso junto a él —maldito terco hijo de
puta—, y salgo a la pista. Subo el volumen cuando The Distance empieza a retumbar en los altavoces. Qué canción de la puta.
En el momento en que tomo la ruta 10 y veo que está increíblemente vacía para esta hora del día, le doy al acelerador a todo lo que da y vuelo. Vuelo más rápido de lo que es seguro, pero el sentimiento de placer me toma, la perfección en mis manos y un motor que me habla, que aclara mi cabeza, y me libera de la auto-infligida tensión tirando desde todas las direcciones.
Sexo nunca me decepciona cuando más lo necesito.
Cuando me acerco al tráfico, mi cabeza está un poco más clara y mi decisión está tomada. Tomo mi teléfono y hago la llamada.
Wowwwwwwwwwww, cada vez más interesante esta historia!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarLlore con lo de Pedro, es. Tan atrapante esta novela. Mw gusta
ResponderEliminarPobre pp...me conmueve mucho su historia...mimiroxb
ResponderEliminarWow buenisimo!!! Segui subiendo!!!
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