viernes, 29 de agosto de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 54

—¡Paula! —grita Pedro mi nombre, pero yo sigo caminando, necesitando una cierta distancia momentánea de él.
—¡Paula! —repite, y puedo oír el golpeteo de sus pasos en la acera detrás de mí.
Rebotan en las paredes de concreto, lo que confirma lo que siento, que no importa lo lejos que vaya, Pedro siempre estará ahí. En mi pensamiento. En mi memoria. En todo. Me ha arruinado para cualquier persona. No tengo otra opción que detenerme cuando llego al final de un camino.
—¡Deja de correr! —Jadea detrás de mí mientras se recupera—. Dime lo que está mal.
Pedro no ha hecho técnicamente nada mal esta noche, pero toda mi angustia e inseguridad traída por las distintas mujeres de la noche hierve dentro de mí. Incluso la mujer más segura, la más segura de sí misma se vería afectada por sus muchas admiradoras esta noche. Sé que debería tener confianza en la noción de que Pedro llegó aquí conmigo, que se irá conmigo, pero de nuevo, ¿no es lo que Raquel pensó la noche del lanzamiento del ron Merit?
Tengo que decírselo. Tengo que escucharlo. Y no me ha dado eso todavía. Las acciones pueden ser malinterpretadas. Las palabras no y, seamos sinceros, soy una mujer. ¿No estamos programadas para leer cosas?
Cuando él estira la mano para tocar mi brazo, todo viene a mi cabeza. Me giro.
—¿Cuántas, Ace? —le grito, mi respiración sale blanca contra el frío aire nocturno.
—¿Qué? —Su cara es una mezcla de confusión y sorpresa—. ¿Cuántas qué?
—¿Cuántas de tus ex novias están aquí esta noche?
—Paula…

—No me digas Paula —le grito, dando un paso atrás, así puedo tener el espacio que tan desesperadamente necesito para mantener la cabeza clara—. Si ibas a traerme aquí esta noche y a hacer un desfile con el grupo de bellezas rubias frente a mí, todas las mujeres a las que follaste, lo menos que podías hacer era avisármelo de antemano. —Cuando empieza a interrumpirme, me encuentro con sus ojos y su mirada en la mía hace que las palabras en sus labios se tambaleen—. Ya es bastante malo que lo hicieras con Tamara, tu chica permanente, que todavía te desea y está alrededor constantemente. Trabajando para ti. Empujando sus perfectos y fabricados senos en tu cara. Asegurándose de que sepas que va a estar allí para ti cuando te canses del sabor actual del mes.
La mirada de estupefacción en su rostro no tiene precio. Se ve como si le hubiera dicho que el cielo es de color amarillo. ¿Ha notado siquiera eso? ¿Su voluntad? Una parte de mí se hunde con alivio sabiendo que él no ve a Tamara de esa manera, pero ¿qué pasa con todas las demás esta noche?
—Y luego me traes aquí esta noche y ¿las haces desfilar delante de mí? Lo menos que podrías haber hecho sería avisarme… prepararme para la embestida de miradas desagradables y maliciosas con púas. Entonces, ¿cuántas, Ace? —le exijo—. ¿O ni siquiera me gustaría saberlo?
Pedro me mira y niega, las comisuras de sus labios aparecen tímidamente.
—Vamos, Pau, no es tan malo. Tamara es sólo una vieja amiga que trabaja para mí por amor de Dios, y las demás... sólo se mueven en los mismos círculos. Estamos obligados a vernos a veces. —Da un paso hacia mí, con una sonrisa lasciva extendida por su rostro hermoso—. No estás más que frustrada porque estás en el borde... —Se acerca más, su sugerente voz es suave—, y porque tienes necesidades. Estás frustrada sexualmente.
Lo miro, mi boca se abre. ¿Realmente acaba de decir eso? ¿Esa es la puta respuesta a mis razones para estar tan molesta? ¿Por lo cual estoy trepando por las paredes? ¿Porque tengo que venirme y eso hará que todo sea mejor? ¿Después de que todas sus putas vuelvan a enterrarse a sí mismas en los agujeros en los que se han estado escondiendo?
—Ven aquí, deja que me ocupe de eso por ti. —Él me toca, sin saber lo enojada que estoy con su insensible comentario y trata de tirar de mí hacia él. Y por más que quiero que se encargue del quemante dolor profundo dentro de mí, tanto como la intimidad con él apaciguaría mis dudas sobre lo que siente por mí,

mi rabia y dignidad anulan mis necesidades. Encojo los brazos de sus manos y doy un paso atrás.
La cara de Pedro es de shock, con su boca separándose ligeramente mientras me mira.
—¿Me estás diciendo que no? —pregunta con incredulidad.
Resoplo con disgusto.
—Un nuevo concepto para ti sin duda, pero sí. —Suspiro—. Te estoy diciendo que no.
Me mira por un momento, con los ojos entrecerrados y luego su rostro se suaviza en reconocimiento.
—Tienes más limitaciones que yo. Veo lo que estás tratando de hacer aquí —murmura, sacudiendo la cabeza, y por alguna razón tengo la sensación de que piensa que estoy jugando con él. Que por eso le digo que no, sólo para jugar duro.
—El sexo no va a arreglar las cosas, Pedro. —Me enfado con él, frotando mis manos arriba y abajo de mis brazos para protegerme del frío.
—Tal vez sólo un poco —bromea, tratando de conseguir una sonrisa de mí. Mientras sigo mirándolo, sacudiendo la cabeza y suspirando profundamente, dice una maldición entre dientes y se aleja de mí unos cuantos pasos. Lleva una mano a su cuello y tira hacia abajo mientras inclina la cabeza hacia el cielo nocturno y exhala con fuerza—. ¡Mierda! —murmura antes de caer en silencio por un instante—. No puedo cambiar mi pasado, Paula. Soy el que soy y no puedo cambiar eso. Sabías que entrabas en esto cuando comenzaste toda tu maldita plática acerca de no poder aceptar lo único que te puedo dar.
—¿Qué? ¿Así que ahora estamos de vuelta a eso? ¿Un acuerdo? No soy una de tus putas, Pedro. Nunca lo he sido. Nunca lo seré. —Mi voz atraviesa el silencio de la noche que nos rodea.
Él da un paso hacia mí, bajando la cabeza y mirando al suelo delante de él, su mandíbula está apretada mientras encontraba sus siguientes palabras. Cuando por fin habló, su voz es inflexible.
—Te dije que lo estropearía.
Sus palabras, su excusa, siguiendo los pasos de toda esta noche, me enfurecen.

—¡No te hagas el mártir! —le grito—. Crece y deja de usar el maldito llamado mecanismo de defensa como una excusa, Pedro. —Las palabras están fuera antes de que pueda detenerlas, la ira anula mi sentido común. Él asiente, sus ojos arden de ira mientras se encuentran con los míos.
Él da un paso atrás de mí, la distancia física sólo enfatiza el desapego emocional que puedo sentir sucediéndolo. Sé que probablemente estoy exagerando. Pero ese conocimiento no hace nada para detener el tren de carga de emociones corriendo en mí.
—Mierda. Esto… —murmuro—. Si te saliste con la tuya conmigo y no me deseas más... si quieres a una de tus rubias hechas en serie dentro... entonces hombre, ¡dímelo!
Él no me dice nada, sólo se sienta allí, la mandíbula, los hombros tensos y los ojos fijos en mí, una mezcla de reacciones cruzan su rostro ensombrecido. No estoy segura de lo que esperaba que dijera, pero esperaba que por lo menos tuviera algo que decir. Pensé que tal vez si me peleaba con él, me probaría que lo valgo.
Supongo que si voy a hacer un ultimátum sería mejor que esté preparada para estar a su lado. El miedo serpentea por mi espina cuando él no emite sonido alguno. Lo miro, deseando que hable. Que demuestre que mis palabras están mal. Que me dé la razón. Cualquier cosa.
Pero no dice nada. Sólo una cáscara de hombre me mira con ojos inexpresivos, con los labios silenciosos, y con la paciencia agotada. La ira me llena. El dolor me consume. El pesar pesa mucho. Sabía que esto iba a suceder.
Él lo predijo, y lo ignoré. Pensé que era suficiente como para cambiar el resultado.
—¿Sabes qué, Pedro? ¡Vete al diablo! —le grito, las únicas palabras que puedo verbalizar para retratar lo que siento. No suena muy inteligente, pero es todo lo que tengo—. Sólo dime una cosa antes de que te vayas y sigas adelante a la siguiente candidata dispuesta... además de lo obvio, ¿qué te hace follar a todas esas mujeres, Ace? —Doy un paso más cerca de él, deseando ver la reacción de sus ojos, necesitando ver algún tipo de respuesta por parte de él—. ¿Qué necesidad tienes de llenar que te niegas a reconocer? ¿No quieres más? ¿Mereces más de esa conexión que un cuerpo caliente y un orgasmo fugaz?

Cuando él no responde, sino que tiene flashes de irritación en su rostro, continúo.
—Bien, no respondas esa pregunta... pero contesta esta: ¿No crees que yo merezco más?
Veo el dolor en sus ojos esmeralda y un destello de algo más oscuro, más profundo, y sé que toqué algo dentro de él. Que lo lastimé. Pero me duele demasiado. Él permanece en silencio, y eso me molesta aún más.
—¿Qué? ¿Eres demasiado maldito cobarde para contestar eso? —Lo toreó—. Bueno, ¡yo no lo soy! ¡Sé que merezco más, Pedro! Merezco mucho más que estar dispuesta incluso a intentarlo. Estás perdiéndote la mejor parte de estar con alguien. Todas las pequeñas cosas que hacen de una relación especial. —Muevo mis manos para enfatizar mi punto, a la vez que él me mira, con la cara de piedra y la mandíbula apretada. Camino de ida y vuelta frente a él tratando de contener mi reprimida frustración—. Tu límite de tiempo de cuatro, cinco o seis meses no da nada de eso, Ace. No te da la comodidad de saber que alguien se preocupa por ti tanto que están allí para ti, incluso cuando estás siendo irracional. O un imbécil —me burlo de él, la sangre bombea y los pensamientos vienen tan rápido que no puedo escupirlo por la boca lo suficientemente rápido—. Te robas a ti mismo el saber lo que se siente el entregarte, en mente, cuerpo y alma a alguien. Para estar completamente desnudo, expuesto y desinteresado, cuando estás completamente vestido. No entiendes lo especial que es nada de eso —vocifero, dándome cuenta de lo tristemente que son sus opciones—. Bueno, yo sí. Y eso es lo que quiero. ¿Por qué siempre ha sido esto acerca de lo que quieres? ¿Qué hay de mí? ¿No merezco sentir lo que siento y no detenerme por algunas reglas implícitas?
Él sólo me mira, su cuerpo está tenso, su voz en silencio, y puedo sentirlo escapándose. Unas lágrimas se deslizan en silencio por mi mejilla, mi respiración jadea en nubes blancas después de mi diatriba verbal.
No me hace sentir mejor, porque nada se ha resuelto. La pared detrás de la que él se ha estado escondido tanto tiempo, desde la que ha estado espiándome lentamente, de repente se refuerza con acero.
Lo miro, el hombre al que amo, y mi pecho se contrae y se retuerce con el dolor de su corazón. Esto es lo que temía. Por lo que mi cabeza y corazón peleaban y estaban en contra. Y sin embargo aquí estoy, asustada y marcada,
pero sigo peleando contra él, porque Teagan está en lo correcto. Él es así de bueno. Sus palabras pasan a través de mi cabeza.
Tú me quemas, Paula.
Tú. Esto. Me asusta como la mierda, Paula.
Me parece que no puedo tener suficiente de ti.
Doy un paso adelante, deseando tocarlo. Anhelando cualquier tipo de relación con él, teniendo que recordarle esa chispa entre nosotros cuando nos tocamos y para tratar de prevenir que se deslice de entre mis dedos. Como tratar de agarrar el viento. Levanto mis manos temblando, sus ojos siguiendo el movimiento, y las pongo sobre su pecho. Siento que se pone rígido en respuesta, una proverbial bofetada en mi intento de conectar con él, que me empuja sobre el borde.
Mis ojos parpadean hasta él, y veo que sabe lo mucho que me duele ese pequeño gesto, el rechazo no verbal que dice mucho. Instintivamente levanta sus brazos hasta envolverlos alrededor de mí, para tratar de aplacarme, y no puedo dejar que eso suceda. No puedo dejar que me jale al lugar en el que quiero estar más que en cualquier otro momento porque nada entre nosotros ha cambiado. Y sé que si estoy envuelta en sus brazos, voy a sucumbir a todo de nuevo para no perder lo que más temo, a él. Pero me merezco todo lo que él es incapaz, que no está dispuesto a darme.
Me empujo contra su pecho, pero sus manos se aprietan en control sobre mis hombros. Trata de jalarme hacia él, pero me esfuerzo en su contra. Cuando él no reacciona... lo pierdo.
—¡Lucha maldita sea! ¡Pelea, Pedro! —le grito, la desesperación se filtra mientras mi voz vacila y las lágrimas amenazan—. Por ti. Por nosotros. Por mí —declaro—. No te alejes de mí. No te alejes sin un segundo pensamiento. —Todavía estoy tratando de resistir su abrazo, pero se rompe el dique y se desbordan mis lágrimas—. Me importa, Pedro. Me merezco lo mismo que tú. ¡Lo que tenemos no es una consecuencia!
Abrumada por la emoción, sucumbo a mis lágrimas, a mis miedos, al vacío que se avecina. Me detengo de resistirme a él y me recoge en sus brazos y me tira hacia él, con sus manos corriendo por mi espalda y brazos y cuello. El sentimiento es agridulce, porque sé que es fugaz. Sé que las palabras que tan
desesperadamente quiero y necesito saber, que esto es algo... que somos algo... cualquier cosa para él, nunca vendrán.
Conscientemente grabo este momento en mi memoria.
Su calidez.
El roce de sus callosos dedos por mi piel desnuda.
El apriete de su mandíbula contra mi sien.
El timbre de sus murmullos silenciosos.
Su olor.
Cierro mis ojos para absorber, porque sé que lo asusté. Sé que estoy pidiendo demasiado cuando hay tantas otras dispuestas a conformarse con mucho menos.
—Paula... —Mi nombre es un quedo susurro sobre mi llanto sin lágrimas ahora.
Me quedo en silencio, con mi respiración atorada como el único sonido en la noche. Me empuja hacia atrás, con sus manos en mis hombros guiándome para que pueda ver mi cara. Me armo de valor antes de mirarlo a los ojos. Puedo ver el miedo y la confusión y la incertidumbre en ellos, y estoy esperando a que verbalice lo que está en la punta de su lengua. Su lucha interna juega en su rostro habitualmente estoico dando rienda suelta antes de que él lo recupere. Mi pecho me duele cuando trato de sacar el aliento y prepararme porque lo que veo me hace entrar en pánico. Me hace renunciar a todo mi destino, porque sé que está preparándose para irse.
Para decir adiós.
Para resquebrajarme.
—Merezco más, Pedro —exhalo, sacudiendo la cabeza mientras una sola lágrima baja por mi mejilla. Sus ojos la siguen antes de mirarme, y por un momento se ablandan con preocupación, su garganta trabaja para dar un trago mientras asiente en acuerdo. Estiro una mano y la coloco en su mandíbula, sus ojos siguen con cautela mis movimientos. Siento los músculos de su mandíbula contraerse bajo mi palma—. Sé que esta es la única razón de que tengas tus reglas y estipulaciones, pero no puedo cumplirlas nunca más. No puedo ser más esa chica para ti.

Bajo mi cabeza con mi último comentario, evitando sus ojos, porque no puedo soportar ver su reacción. Querer y no conseguirlo o querer y ser rechazada, ya sea que vaya a destrozar mi corazón más de lo que ya está.
Suspiro profundamente, con los ojos enfocados intensamente en el pañuelo improvisado en su bolsillo y mi mente se maravilla de lo simple que las cosas parecían hace apenas un par de horas cuando estaba mal vestido y yo muy arreglada.
Él tensa sus dedos en mi bíceps, y me obligo a mirar de nuevo hacia él, contenta de haberlo hecho debido a que la expresión de sus ojos me quita el aliento. Mi precioso chico malo se ve como un niño, presa del pánico y petrificado. Me cuesta encontrar las palabras para hablar porque él está allí con esa expresión en sus ojos, se parece a uno de mis chicos dañados. Toma un momento, pero finalmente puedo encontrar mi voz.
—Lo siento, Pedro. —Niego—. No hiciste nada mal esta noche, pero el hombre que eres... el ver a tus exs aquí esta noche todavía deseando más... —Suspiro—. No quiero ser ellas en tres meses. En el exterior mirando hacia adentro. No puedo esperar y obedecer ciegamente los parámetros que dictas más. Quiero tener algo que decir.
Él sacude la cabeza adelante y atrás, rechazando automáticamente la idea, y ni siquiera creo que se dé cuenta de que lo está haciendo. El apretón de sus manos es fuerte en mis brazos, pero no dice nada para refutar lo que digo.
—No te pido amor, Pedro —mi voz es apenas un susurro cuando hablo, pero mi conciencia está gritando que sí. Que quiero que me ame como yo lo amo. Sus ojos se abren con mi confesión. Su brusco jalón de aire es audible—. Ni siquiera estoy pidiendo un compromiso a largo plazo de tu parte. Sólo quiero poder explorar lo que sea que hay entre nosotros, sin preocuparme por sobrepasar los imaginarios límites que no sé si existen. —Lo miro, deseando que escuche mis palabras. Que realmente escuche lo que estoy diciendo, no sólo lo que quiere oír—. Estoy pidiendo ser tu amante, Pedro, sin tu “felices para siempre” o tu estructurado arreglo. Todo lo que quiero es una oportunidad... —Mi voz se apaga, pidiendo lo imposible—. Que me digas que vas a tratar...
—Nunca fuiste un arre…
—Vamos a llamar a las cosas por su nombre. —Arqueo las cejas hacia él, tratando de reunir el fuego que corre por mis venas momentos antes de que sea
sustituido por la desolación—. Tienes una extraña manera de ponerme en mi lugar en cualquier momento que sobrepaso uno de tus estúpidos límites.
Nos miramos el uno al otro con palabras no dichas en nuestros labios, y él es el primero en apartar la vista y romper nuestra conexión. Se quita su saco, y lo envuelve alrededor de mis hombros, siempre como el consumado caballero aún en medio de la confusión, pero sus dedos que normalmente persisten en mi piel, retroceden al instante.
—Nunca quise hacerte daño, Paula. —Su voz se quiebra con una vulnerabilidad tranquila que nunca le había escuchado antes. Que nunca había esperado de él. Él baja la cabeza, moviéndola sutilmente, y murmura mierda en voz baja. Un déjà vu me golpea por la noche en la habitación del hotel, y todo el aire sale de mis pulmones—. No quiero más hacerte daño más.
Esto es todo.
Él va a terminar aquí mismo, ahora mismo. Va a hacer lo que no puedo hacer yo misma con mi vida. Muevo mi mano a mi pecho, tratando de presionar lejos el dolor que pasa a través de mí. Él pasa las manos por su cabello, y me estremezco con anticipación, esperando que continúe, pero con la esperanza de que no lo haga. Él levanta la cabeza y mira mis ojos de mala gana. Él está al desnudo, embrujado, desolado, la emoción es tan transparente en sus ojos que es difícil sostener su mirada.
Y en ese momento, me doy cuenta. Me doy cuenta de que he estado castigándolo por no pelear por mí, pero ¿alguien ha luchado realmente por él, además de sus padres? No por sus posesiones materiales o su notoriedad, ¿sino por el niño que fue y por el hombre que es ahora? Durante los años de abuso y el abandono que estoy segura tuvo que soportar. ¿Alguna vez alguien le dijo que lo amaban a pesar de ello, sino más bien a causa de ello? Y que todas esas experiencias combinadas hicieron de él una mejor persona. Un hombre mejor. Que aceptan todo de él, independientemente, cada enloquecedor, confuso, conmovedor pedazo de él.
Apuesto a que nadie lo ha hecho.
Y por mucho que me duele y quiera arremeter contra él a cambio, una parte de mí quiere dejarlo con algo que nadie jamás le ha dado. Algo para que me recuerde.

—Por ti, Pedro... —Mi voz puede ser suave cuando hablo, una renuncia a nuestra suerte, pero mi honestidad llega alta y clara—. Me gustaría tener la oportunidad. —Visiblemente puedo ver su cuerpo ponerse rígido con mi admisión. Sus labios se abren un poco y la tensión sale de su mandíbula, como si se sorprendiera que esté dispuesta a correr el riesgo por él. Eso creo que vale la pena el riesgo.
Da un paso hacia mí y estira una mano tentativamente para enmarcar mi mandíbula. Mira mis ojos con una intensidad sin límites, sus labios se abren varias veces para decir algo, pero los cierra sin ruido. Aspiro una bocanada de aire con la resonancia de su toque mientras frota su pulgar sobre mi labio inferior, la aspereza de sus dedos callosos contra la suavidad de mis labios. Una terrible tristeza se apodera cuando me doy cuenta de cuán áspero y suave es de una manera muy parecida a nosotros.
—Por ti, Paula —susurra con la voz quebrada. Sus manos por lo genera estables tiemblan muy ligeramente contra mis mejillas, y te juro que puedo ver el miedo parpadear a través de sus ojos antes de que me aleje de la humedad de las piscinas en ellos—. Voy a intentarlo.
¿Él lo intentará? Mi mente tiene que dar marcha atrás tan rápidamente que me quedo desorientada. Hablando de pasar de un increíble bajo a un alto inesperado.
—¿Vas a intentarlo? —pregunto con la voz rota, no creyéndole a mis oídos.
Sólo un rastro de la torcida, sonrisa pícara que me parece irresistible está a un lado de su boca, pero puedo oír el temblor de su voz.
—Sí —repite. Sus ojos queman los míos hasta que mis ojos revolotean cerrándose mientras él se inclina y me da el beso más suave, más reverente que he recibido. Entonces besa la punta de mi nariz antes de descansar su frente contra la mía. Su aliento murmura contra mis labios, y su corazón libra una frenética batalla contra mi pecho a la vez que mis entrañas están saltando de alegría, rebosantes de esperanza.
¡Mierda! Pedro va a intentarlo. Va a luchar por nosotros. Por mí. Por él. Hay tanto sobreentendido debajo de su declaración. Tanta promesa, miedo, vulnerabilidad, y voluntad que superar cualquier plaga de sus sueños por la noche y sin cesar persigue sus recuerdos, sólo para intentarlo y estar conmigo.

Él baja la cabeza y me besa de nuevo. Un lento y suave roce de labios y la danza de lenguas que está tan lleno de palabras no dichas que provoca lágrimas en mis ojos. Termina besando mi nariz otra vez y luego tira de mí hacia él en un fuerte abrazo. Suspiro, dándole la bienvenida a su calor, a su fuerza, y disfruto de la forma de la línea delgada de su cuerpo que se adapta perfectamente a mis curvas. Bebo su olor y el sonido de su corazón latiendo debajo de mi oreja. Él inclina su rostro hacia abajo, frotando su mejilla contra mi sien, mientras emite un suspiro que suena similar a un juramento murmurado. Y juro que suena como si murmurara algo acerca de un gatito vudú, pero cuando levanto la cabeza para mirarlo, sacude la cabeza y sonríe.
—¿Qué voy a hacer contigo,Paula? —Me sostiene más fuerte, escalofríos bailan por mi columna—. ¿Qué voy a hacer? —Suspira de nuevo y reprimo una risita ahogada mientras me retuerzo en su contra. La mezcla de su cuerpo sobre el mío, el alivio de saber que va a intentarlo, y la anticipada acumulación de la noche me tiene más que desesperada por sólo un abrazo platónico en un jardín.
¿Cómo puede una afirmación tan simple dejarme sin aliento, con anticipación y desesperada por su toque, emocional y físico? Él pasa un dedo por la línea de mi cuello antes de moverlo hacia abajo en el corpiño y luego desciende por el camino tortuoso y largo hacia abajo, separando la ranura de mi vestido a mi hipersensible sexo. Sus hábiles dedos me encuentran gritando y deseosa, y cuando me toca te juro que estoy lista para dividirme en un millón de piezas de placer.
Jadeo un ahogado gemido con su efecto.
Me apoyo en él, presionando la frente contra su pecho, con las manos agarrando sus bíceps. No estoy segura de si mi respuesta hacia Pedro es por su buena voluntad de intentarlo o por la avalancha de sensaciones, pero mi cuerpo sube el precipicio más rápido de lo normal. Estoy tan cerca. Tan cerca del borde que mis uñas se clavan en sus brazos.
Pedro desliza los dedos de arriba abajo una vez más antes de emitir un gruñido salvaje.
—Todavía no... quiero estar enterrado en ti cuando te vengas, Paula —murmura contra la corona de mi cabeza—. Estoy desesperado por estarlo.
Resoplo con frustración, mis músculos están tan tensos y mis nervios tan conscientes de la sensación de su cuerpo contra el mío que no puedo contenerme. Me lanzo hacia él como una adicta que necesita una dosis.

Una mano agarra la parte de atrás de su cuello, quitando automáticamente su cabello, y él baja su cara, de modo que puedo encontrarme con su boca. Mi otra mano se extiende hacia abajo para frotar la dura longitud de su creciente erección contra sus pantalones. Su gemido gutural me dice que está atado con tanta necesidad como yo.
Lo beso con una desesperación hambrienta, la pasión se despliega entre nosotros, mientras vierto todo lo que guardé en nuestra fusión de bocas. Él mueve sus manos entre su saco que y mi vestido, con las manos haciendo una cartografía de las líneas de mi espalda y caderas, incitando una necesidad tan fuerte que me mece sin sentido y me deja sin aliento.
—Pedro —gimo mientras él me da besos por la línea de mi garganta hacia abajo, enviando terremotos de sensaciones como cohetes por mí.
—Coche. Estacionamiento. Ahora —dice entre besos con una desesperación llena, con una restricción inexistente.
Acepto con un lamento incoherente, pero mi cuerpo no quiere dejarlo ir. Su mano hace un puño en mi cabello y tira hacia abajo por lo que mi cara se ve forzada a moverse hacia arriba. El oscuro deseo que nubla sus ojos tiene mis muslos apretando juntos, pidiendo alivio.
—¿Pau? Si no caminamos en este momento, te encontrarás inclinada sobre aquel banco allí a la vista de todas esas habitaciones de hotel. —Su ronca advertencia me hace tragar con fuerza. Se inclina y me besa castamente, su lengua traza la línea de mi labio inferior—. Aniquilaste mi control, cariño. Ascensor. Ahora —manda.
Tira de mí a su lado, su mano se cierra en mi cadera al caminar rápidamente. Con su mano libre, Pedro saca su iPhone de su bolsillo.
—¿Sammy? ¿Dónde está Sexo? —Espera un momento—. Perfecto. Eso funcionará. —Se ríe a carcajadas, el timbre de eso hace eco en las paredes de hormigón por las que caminamos—. Como si hubieras leído mi mente. Eres jodidamente increíble Sammy... Sí. Te avisaré.
Desliza su teléfono en el bolsillo mientras llega a un camino, y yo estoy perpleja en cuanto a la conversación que acaba de tener. Pedro ve a la izquierda y luego a la derecha, sopesando sus opciones con una forzada urgencia antes de virar a la derecha.

En unos momentos nos encontramos en un ascensor a las afueras de un estacionamiento de concreto. Las puertas grises se cierran, la presencia de Pedro es dominante en el pequeño espacio, y antes de que el ascensor comience a moverse hacia arriba, Pedro me clava contra la pared con sus caderas y su boca dándose un festín con la mía con una primitiva hambre carnal. Ni siquiera tengo tiempo para recuperar el aliento antes de que el coche llegue. Él arrastra su boca de la mía, y me deja conmocionada por su ardiente deseo.

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