lunes, 11 de agosto de 2014

SEGUNDA PARTE: CAP 39

Mientras los sollozos que atormentan mi cuerpo se calman lentamente, el ardor en mis rodillas me trae de regreso hasta el presente. Me doy cuenta de que estoy de rodillas en el grueso empedrado en la entrada principal de Pedro con nada excepto su camiseta. Sin zapatos. Sin pantalones. Sin coche.
Y mi celular todavía está en el interior de la repisa del baño.
Niego, mientras el dolor y la humillación dan paso a la ira. Estoy por encima de la conmoción inicial de sus palabras, y ahora quiero darle mi granito de arena. No está bien tratarme o hablar conmigo de esa manera. Con una súbita oleada de adrenalina, me empujo hacia arriba desde el suelo y empujo la puerta de atrás abriéndola. Golpea contra la pared con un ruido sordo.
Él puede haber terminado conmigo, pero yo no he hablado con mi voz todavía. Demasiadas cosas que nunca podría tener la oportunidad de decir una vez más se embrollan en torno a mi cabeza. Y el lamento no es una emoción que necesite añadir a mi lista de cosas terminadas.
Tomo las escaleras de dos a la vez, nunca más consciente de lo poco que llevo mientras el frío aire de la mañana se cuela debajo de la camisa y se pega en mi carne desnuda. Mi carne está ligeramente hinchada y dolorida por la más que completa atención de Pedro y de la experta habilidad de las numerosas veces que habíamos tenido sexo ayer por la noche.
El malestar se suma a una tranquila tristeza en mi infierno rugiente de ira. Baxter me saluda con un meneo de su cola cuando entro en la habitación y escucho el agua de la ducha. Mis venas fluyen con fuego ahora mientras sus comentarios pasan en mi cabeza, cada uno capitalizando al siguiente. Cada uno haciendo una transición del dolor a la humillación a la ira. En una misión, lanzo mi bolsa descuidadamente sobre la mesa junto a donde mi celular está.
Paso grandemente enojada a la ducha, lista para escupir mi veneno hacia él. Para decirle que no importa quién sea en la escala social, y que los pendejos
autoproclamados como él no se merecen a buenas chicas como yo. Me vuelvo más allá de la alcoba a la ducha y me detengo en seco, con mis últimas palabras en mis labios.
Pedro está de pie en la ducha con las manos apoyadas contra la pared. Las corrientes de agua caen sobre sus hombros, flácidos y hundidos. Su cabeza cuelga hacia delante, sin vida y como derrotado. Tiene los ojos fuertemente cerrados. La línea distinta y siempre fuerte de su postura que he llegado a reconocer, falta. El hombre fuerte y seguro que conozco no se encuentra.
Está completamente ausente.
El primer pensamiento que parpadea a través de mi mente es que se lo merece por ser un completo idiota. Debe estar molesto y tener remordimientos por la forma en que me trató y por las abominables cosas que me dijo. Ninguna cantidad de servilismo recuperará el daño que me causó con sus palabras o para alejarme.
Empuño mis manos a mi lado en guerra pensando en cómo proceder, porque ahora que estoy aquí, estoy perdida. Me toma un momento, pero decido irme desapercibida; llamar a un taxi e irme sin decir una palabra. Pero mientras doy un paso hacia atrás en retirada, un sollozo ahogado sale de la boca de Pedro y todo su cuerpo se estremece. Es un gemido gutural que es tan salvaje en su naturaleza que parece como si estuviera tomándole cada gramo de fuerza mantener la compostura.
Me congelo con el sonido. Ver a este hombre fuerte y viril deshacerse, me hace darme cuenta de que la angustia que rasga a través de él es por algo mucho más grande que nuestro intercambio. Y es en este momento, siendo testigo de su agonía, que me doy cuenta de que hay tantas maneras diferentes en que una persona puede sentir dolor. Tantas definiciones que nunca me di cuenta que eran contenidas dentro de una palabra tan simple.
Me duele el corazón por el dolor y la humillación infligida por Pedro con sus palabras. De haberlas abierto después de todo este tiempo para ser destrozadas de nuevo con tanta crueldad.
Me duele la cabeza, con el conocimiento de que hay mucho más en juego aquí, cosas que debería haber notado con mi amplia formación, pero estaba tan cegada por él, por su presencia, por sus palabras y sus acciones que no presté suficiente atención.

Me perdí al bosque entre los árboles.
Me duele en el alma ver a Pedro luchar ciegamente contra los demonios que lo persiguen a través del día y en sus sueños le torturan por la noche.
Me duele el cuerpo por ir a él y ofrecerle algún tipo de consuelo para tratar de aliviar el dolor que esos demonios le causan. Por pasar mis manos sobre él y calmar los recuerdos de los que siente que nunca podrá escapar, de los que nunca será capaz de recuperarse.
Mi orgullo me duele de querer mantenerme firme, de ser terca y de permanecer fiel a mí misma. Nunca caminaré voluntariamente de nuevo a alguien que me trató de la manera en que él lo hizo.
Estoy en el precipicio de la indecisión, sin saber qué dolor escuchar cuando a Pedro le estrangula otro sollozo desgarrador. Su cuerpo tiembla con violencia. Su rostro se aprieta tan fuerte, que su dolor es palpable.
Mi debate sobre qué hacer a continuación es mínimo porque no puedo ocultar el hecho de que si quiere aceptarlo o no, él necesita a alguien en estos momentos. Me necesita. Todas las palabras crueles que me escupió se evaporan a la vista de mi hombre roto. Se desvanecen en otros lugares y en otro tiempo. Mis años de entrenamiento me han enseñado a ser paciente, pero también a saber cuándo intervenir. Y esta vez, no me perderé las señales.
Nunca he podido alejarme de alguien que lo necesite, especialmente de un niño pequeño. Y aquí, ahora mismo, mirando a Pedro tan falto y sin ayuda, eso es todo lo que veo: a un pequeño y destrozado niño que acaba de romper mi corazón, que está rompiendo mi corazón y por mucho que sé que quedarme aquí se traducirá en mi propio suicidio emocional, no puedo encontrar algo en mí para alejarme. Para salvarme a mí misma a expensas de otro.
Sé que si estuviera viendo a alguien más tomar esta decisión, les diría que son estúpidos por caminar de regreso a la casa. Cuestionaría su juicio y diría que se merecían lo que consiguieran. Pero es tan fácil juzgar desde afuera mirando hacia adentro, sin saber la decisión que se tomó hasta que estás en los zapatos de esa persona.
Pero esta vez, esta vez estoy en esos zapatos. Y la decisión es tan natural, tan arraigada que doy un paso adelante cuando la mayoría de los demás renunciarían inmediatamente diciendo que no hay nada que hacer.

Me muevo por instinto y con cautela entro en la ducha, de buen grado entrando en mi suicidio emocional. Él está de pie bajo una de dos enormes duchas de lluvia, mientras numerosos chorros apedrean las paredes con chorros de agua a lo largo de su cuerpo. Un banco incorporado se extiende a lo largo de una de las paredes; varias botellas de producto están metidas en un rincón. En cualquier otra circunstancia, mi mandíbula se habría caído por la grandiosa ducha y pensamientos de estar allí durante horas parpadean a través de mi mente.
Ahora no.
La imagen de Pedro—tan magnífico con el cuerpo aún aislado de emoción—, mientras está allí con el agua formando riachuelos por las líneas artísticamente esculpidas de su cuerpo, me abruma con tristeza. La angustia que irradia de él en olas es tan tangible que puedo sentir la opresión del peso mientras me acerco a él. Me apoyo en la pared al lado de donde presiona sus manos. El agua hirviendo que rebota en él me hace cosquillas en la piel. Reaparece la indecisión mientras me acerco para tocarlo, pero me retiro, porque no quiero asustarlo en su frágil estado.
Después de un tiempo, Pedro levanta la cabeza y abre los ojos. Jadea audiblemente al verme de pie delante de él. Golpes, humillación y arrepentimiento parpadean fugazmente a través de sus ojos antes de que de pararse de golpe. Cuando se planta de nuevo hacia mí, el dolor sin censura que veo en sus profundidades me habla.
Nos quedamos allí así, inmóviles, mudos y mirando fijamente las inexploradas profundidades del otro por algún tiempo. Un silencioso intercambio que no corrige nada y, sin embargo explica mucho.
—Lo siento mucho —dice finalmente en un susurro roto antes de bajar los ojos y empujarse a sí mismo de la pared.
Se tambalea hacia atrás y se derrumba en el banco integrado y ya no puedo mantenerme alejada. Doy los pasos para cruzar la ducha y uso mi cuerpo para empujar sus rodillas, separándoselas para poder quedar entre sus piernas. Incluso antes de que pueda llegar a él, me toma por sorpresa clavando sus dedos en la carne de mis caderas y tira de mí hacia él.
Encuentra su camino debajo de mi camisa ahora mojada y pasa las manos por mi torso, empujándola hacia arriba a medida que avanza hasta que cruzo los brazos delante de mí y me la quito. La lanzo descuidadamente detrás de mí y cae
con un golpe fuerte contra el azulejo. En el momento en que estoy desnuda, él envuelve sus brazos alrededor de mí, y aplasta mi cuerpo al suyo. Con él sentado y yo de pie, su mejilla se presiona contra mi abdomen y sus brazos son como una enredadera que me agarran firmemente.
Pongo mis manos sobre su cabeza y sólo lo sostengo, sintiendo su cuerpo temblar de la emoción que lo envuelve. Me siento impotente, sin saber qué decir ni qué hacer con alguien tan emocionalmente cerrado. Un niño se puede tratar, pero un hombre adulto tiene límites. Y si sobrepaso mis límites con Pedro, no estoy segura de cómo va a reaccionar.
Paso suavemente mis dedos por su cabello húmedo, tratando de calmarlo lo mejor que puedo. Trato de expresar las palabras que no quiere oír de mí, el movimiento es reconfortante para mí, ya que estoy segura de que lo es también para él. En este espacio de tiempo, mis pensamientos se procesan y comienzan a girar. En ausencia de sus palabras que aturden la mente, soy capaz de leer detrás del veneno del estallido de Pedro. De su alejamiento. Del azote verbal. Cualquier cosa para que me fuera para que no fuera testigo de él cayéndose a pedazos, tratando de reafirmarse a sí mismo de que no necesita nada ni a nadie.
Esto es lo que hago para ganarme la vida y me perdí todas las señales, el amor y el dolor anularon mi entrenamiento. Cierro los ojos y mentalmente me castigo, aunque sé que no podía haberlo manejado de manera diferente. Él no quiere dejarme entrar. Es un hombre acostumbrado a estar solo, a tratar con sus propios demonios, dejando fuera al resto del mundo, y siempre esperando que el otro zapato caiga.
Siempre esperando que alguien se vaya.
El tiempo se estira. El único sonido es la salpicadura del agua de la ducha contra el suelo de piedra.
Finalmente Pedro vuelve su rostro para que su frente se apoye en mi vientre. Es una sorprendentemente e íntima acción que aprieta mi corazón. Mueve la cabeza atrás y adelante lento y contra de mí, entonces me toma por sorpresa mientras besa la larga línea de cicatrices en todo mi abdomen.
—Lo siento, por haberte lastimado —murmura justo por encima del ruido del agua—. Estoy muy apenado por todo.
Y sé que su disculpa es por mucho más que los dardos verbales y la crueldad de cómo me empujó. Es de las cosas más allá de mi comprensión. La angustia en
su voz es desgarradora, y sin embargo mi corazón palpita y se hincha con sus palabras.
Me inclino y presiono mis labios en la parte superior de su cabeza, manteniéndolos allí como una madre con un niño; como lo haría con uno de mis chicos.
—Siento mucho que te lastimaran también.
Pedro emite un grito ahogado y se levanta, tirando de mi cara a la suya. Entre una respiración y la siguiente, sus labios están en los míos en un beso devorador de almas. Nuestros labios chocan y nuestras lenguas también. La necesidad va in crescendo. La desesperación lo consume. Me hundo para que mis rodillas descansen a cada lado de las suyas en el banco mientras sus labios están sobre los míos, reclamándome como suya.
Sus temblorosas manos se acercan para tomar mi cara.
—Por favor. Te necesito, Paula —declara sin aliento, con la voz ahogada en sus palabras—. Sólo tengo que sentirte contra mí. —Cambia el ángulo del beso, sus manos se mueven por mi cabeza, controlándome—. Tengo que estar dentro de ti.
Puedo saborear su necesidad y puedo sentir su desesperación en su frenético toque. Agarro los lados de su cara y tiro hacia atrás de modo que cuando levanta los ojos para buscar los míos, él puede ver la sinceridad en ellos cuando digo mis siguientes palabras:
—Entonces tómame, Pedro.
Puedo sentir el pulso del músculo de su mandíbula debajo de mis manos mientras me mira fijamente. Su vacilación me inquieta. Mi hombre arrogante, seguro de sí mismo no vacila a la hora de lo físico entre nosotros. Pensamientos acerca de lo que podría hacerle reaccionar de esta manera me llenan de pavor, pero los empujo de mi cabeza. Puedo procesar todo esto más tarde.
Pedro me necesita en estos momentos.
Llego con una mano y agarro su pene rígido, colocándolo en mi entrada. Un corto, fuerte jadeo es su única respuesta. Cuando no hace ninguna indicación de movimiento, con los ojos firmemente cerrados y la frente levantada con lo que todavía se cierne sobre los bordes de su recuerdo. Muevo mi mano hacia arriba y sobre su impresionante longitud. Haciendo lo único que se me ocurre para ayudarlo a olvidar, me bajo a mí misma en él.
Grito, sorprendida cuando se mete de repente, nuestros cuerpos consiguen su conexión y se convierten en uno. Sus ojos parpadean y se abren y se encuentran con los míos, lo que me permite ver que están oscurecidos y con un esmalte de lujuria, hasta que no pueden resistirse a sentir nunca más. Él echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos ante la sublime sensación mientras lucha con su control, mientras pelea para centrarse exclusivamente en mí y lo que le estoy dando. Confort. Seguridad. Algo físico.
Salvación. Veo la lucha m cache of chocolate mientras parpadea en su rostro, en silencio lo incito.
—No pienses, nene. Simplemente siénteme —murmuro contra su oído mientras me muevo lentamente y creo la sensibilidad necesaria para tratar de ayudarlo a olvidar.
Él exhala temblorosamente antes de morderse el labio inferior y mover sus manos abajo para agarrar toscamente mis caderas. Pedro se enrosca en mí otra vez, enterrándose más profundamente de lo que nunca creí posible. Gimo, tan abrumada de sentirlo tenso tan profundo dentro de mí.
La única respuesta que puedo dar es separar los labios y decir:
—Toma más de mí. Toma todo lo que necesites.
Él grita, con su restricción borrada y me mantiene inmóvil mientras impulsa sus caderas hacia mí en un implacable y castigador ritmo. Nuestros cuerpos, resbaladizos por el agua, se deslizan fácilmente entre sí. La fricción contra mis pechos aumenta mi dolor por la liberación. Él chasquea la lengua sobre un pezón, yendo a través de mi piel fría antes de capturar el otro con su boca.
Me quejo de placer, aceptando cada golpe contundente de él. Dejándole tomar lo que necesite para poder encontrar la liberación que necesita para olvidar aquello que lo obsesiona. La volatilidad en sus movimientos aumenta a medida que se impulsa más y más alto, dejándose a sí mismo sin otra opción que olvidar. Sus gruñidos y el sonido de nuestra piel húmeda golpeando contra el otro se hace eco fuera de las paredes de la ducha.
—Ven a mí —digo mientras me cierro de nuevo en él—. Déjate ir.
Él acelera el tempo, su cuello y cara tensos con un propósito.
—¡Oh mierda! —grita, me aplasta contra él con sus poderosos brazos y entierra su cara en mi cuello mientras encuentra su liberación. Balancea nuestros cuerpos unidos de un lado a otro suavemente mientras se vacía a sí
mismo en mí. La desesperación de su estrangulado agarre me dice que le di sólo un ápice de lo que necesita.
Él suspira mi nombre una y otra vez, dándome besos ausentes entre ellos, su emoción transparente. Su absoluta reverencia viene en los talones de sus insultos anteriores y me roba el aliento y me inmoviliza completamente.
Nos quedamos así durante un par de minutos para que se tome un momento para recobrar la compostura. No puede ser fácil para un hombre estoico y siempre en control como él tener un testimonio de tal episodio emocional. Pasa los dedos sobre la fría piel de mi espalda, el agua caliente que corre a unos metros detrás de mí suena como el cielo.
Cuando por fin habla, es de nada de lo que acabamos de experimentar. Mantiene la cabeza enterrada en mi cuello, negándose a mirarme a los ojos.
—Tienes frío.
—Estoy bien.
Pedro se mueve y de alguna manera se las arregla para moverse con mis piernas alrededor de él.
—Quédate aquí —me dice, abriendo la corriente de agua tibia antes de salir de la ducha. Lo miro confundida, preguntándome si su despliegue de emoción fue demasiado para él y ahora necesita un poco de distancia. No estoy segura.
Él vuelve pronto, el agua sigue corriendo en riachuelos de su piel. Me toma por completo por sorpresa cuando me levanta en sus brazos, cierra el agua con el codo, y me lleva. Grito cuando el aire frío del baño me golpea.
—Un momento —murmura contra la parte superior de mi cabeza al mismo tiempo me doy cuenta de sus intenciones.
En cuestión de segundos entro en la bañera que está llena con agua, y él me pone sobre mis pies. Él se hunde en el exceso de burbujas y toma mi mano para que lo siga. Me bajo a mí misma, el dichoso calor me rodea mientras me acomodo entre las piernas de Pedro.
—Ah, esto se siente como el cielo.
Me apoyo en él, el silencio nos consume, y sé que está pensando en su sueño y en las secuelas. Traza líneas ausentes por mis brazos, sus dedos tratan de domar la piel de gallina que aún queda.

—¿Quieres hablar de ello? —le pregunto, su cuerpo se tensa contra mi espalda con mi pregunta.
—Sólo es una pesadilla —dice finalmente.
—Mmm-hmm.
Como si fuera a creerme que sólo tuvo el tipo de sueño en que te persigue un monstruo por un callejón oscuro. Siento que abre la boca y la cierra contra el lado de mi cabeza antes de hablar.
—Sólo son mis demonios persiguiéndome. —Muevo mis manos arriba y las encajo en las suyas, envolviendo nuestras manos unidas en todo mi torso. El silencio se extiende entre nosotros por unos momentos.
—Mierda —exhala en un silbido—. Eso no había sucedido en años.
Creo que va a decir algo más, pero se queda en silencio. Me debato con qué decir entonces y elijo mi palabras con mucho cuidado. Sé que si lo digo en sentido contrario, podríamos terminar justo donde comenzamos.
—Está bien necesitar a alguien, Pedro. —Él emite una risa autocrítica y cae silencioso mientras mi comentario pesa mucho entre nosotros. Ojalá pudiera verle la cara para poder juzgar si decir o no mis siguientes palabras—: Está bien que me necesites. Todo el mundo tiene momentos. Las pesadillas pueden ser brutales. Comprendo eso mejor que la mayoría. Nadie te culpará por necesitar un minuto para recomponerte a ti mismo. No hay nada de qué avergonzarse. Quiero decir... No voy a correr al primer tabloide que vea y venderé tus secretos.
Secretos que ni siquiera conozco.
Su pulgar frota distraídamente la palma de mi mano.
—No estarías aquí si pensara que harías eso.
Lucho con qué decir entonces. Él se está haciendo daño, lo sé, pero me duele demasiado. Y tengo que conseguir sacar algunas cosas de mi pecho.
—Mira, si quieres dejarme fuera, está bien... dime que necesitas unos minutos, que necesitas... —vacilo, en busca de algo con qué relacionarlo—, hacer una parada. No tienes que lastimarme y alejarme para tener un poco de espacio.
Él murmura una maldición en la parte de atrás de mi cabello, su aliento caliente contra mi cuero cabelludo.
—Es que no te ibas. —Exhala con exasperación. Estoy a punto de responderle cuando continúa—: Y necesitaba que te fueras. Estaba aterrorizado
de que vieras a través de mí y dentro de mí, Paula, de la manera que sólo has podido... y lo hiciste, si vieras las cosas que he hecho... nunca hubieras regresado. —Su último comentario es apenas un susurro, tan suave que tengo que esforzarme para oírlo. Las palabras salen al exterior endurecidas y exponiendo la vulnerabilidad debajo. El miedo. La vergüenza.
La culpa infundada.
Así que trataste de asegurarte de que mi salida fuera en tus propios términos. No en los míos. De tener el control. Tenías que hacerme daño, así yo no te haría daño a ti.
Sé que su confesión es difícil. El hombre que no necesita a nadie, que empuja a la gente lejos antes de que se acerquen demasiado; tenía miedo de perderme. Mi mente gira con pensamientos. Mi corazón se contrae con emociones. Mis labios se esfuerzan por encontrar las palabras correctas para decir.
—Pedro…
—Pero volviste. —El impacto total de su voz me deshace. El significado detrás de su admisión flota en el aire. Me hizo la prueba, trató de alejarme, y todavía estaba aquí.
—Hey, he estado ante un adolescente con un cuchillo antes... tú no eras nada —bromeo, intentando aligerar su estado de ánimo. Espero una risa, pero Pedro me tira hacia atrás y me sostiene apretado, como si necesitara la tranquilidad de mi piel desnuda contra la suya.
Empieza a decir algo y luego se aclara la garganta y se detiene, enterrando su cara de nuevo en la curva de mi cuello.
—Eres la primer persona que alguna vez sabe de esos sueños.
Su bomba de confesión estalla en mi mente. Con todas sus terapias para tratar lo que le pasó, ¿y nunca ha hablado con nadie acerca de esto? ¿De ese dolor, de esa vergüenza, de ese trauma, cualquiera que sea, que desde hace casi treinta años, ha mantenido enconado dentro de a sí mismo sin ninguna ayuda? Dios mío.
Mi corazón se retuerce por el niño que fue y por el hombre que se encuentra detrás de mí, tan preocupado por lo ocurrido que se ha mantenido reprimido adentro.
—¿Y tus padres? ¿Y tus terapeutas?

Pedro está en silencio, con el cuerpo tenso e inmóvil, y no quiero insistir en el tema. Inclino mi cabeza en su hombro y queda en ángulo con su cara por lo que acaricio un lado de su cuello. Beso la parte inferior de su mandíbula suavemente y luego descanso mi cabeza, cerrando los ojos, absorbiendo esa tranquila vulnerabilidad de él.
—Creí que... —Se aclara la garganta, mientras trata de encontrar su voz. Traga con dureza y puedo sentir que su garganta trabaja bajo mis labios—. Pensé que si sabían acerca de eso —que si sabían las razones por las cuales los necesitaba—, ellos no...
Se detiene por un momento, y puedo sentir el malestar rodando fuera de él, como si las palabras fueran físicamente duras para que las pueda expresar. Presiono otro beso en el cuello en silenciosa tranquilidad.
—No me querrían más. —Exhala lentamente y sé que el aceptarlo le costó muy caro.
—Oh, Pedro. —Las palabras se escapan de mi boca antes de que pueda detenerlas, sabiendo muy bien que lo último que quiere es mi simpatía.
—No lo hagas... —declara—. No me compadezcas.
—No lo hago —le digo, aunque mi corazón no puede dejar de sentirse de esa manera—. Sólo estoy pensando en lo difícil que debió haber sido ser niño y sentirse solo sin poder hablar de ello... eso es todo.
Me quedo en silencio, pensando que lo que dije y que presioné suficiente sobre un tema que, obviamente, no quiere abordar. Pero no puedo evitar las siguientes palabras que caen de mis labios.
—Sabes que puedes hablar conmigo —murmuro contra su piel. Su mano se tensa en la mía—. No te juzgaré ni trataré de arreglarlo, pero a veces sólo sacarlo, deshacerse del odio o de la vergüenza o de todo lo que te come hace que sea un poco más soportable.
Quiero decirle mucho más, pero presionarlo será para otro día, para otro momento en que él esté un poco menos crudo, un poco menos expuesto.
—Lo siento —le susurro—. No debería haber…
—No, yo lo siento —dice con un suspiro agitado, inclinándose y besando mi hombro que está con su codo—. Por todo. Por mis palabras y mis acciones. Por no hacerle frente a mi propia mierda. —El pesar en su voz es tan resonante—. Primero te lastimé y luego fui duro contigo en la ducha.

No puedo evitar la sonrisa que se forma en mis labios.
—No voy a decir que me importó.
Se ríe en voz baja y es un buen sonido como para oírlo después de la angustia que lo llenó hace unos momentos.
—¿Por tu hombro o sobre la ducha?
—Um, sobre la ducha —digo, señalando su intento de apartarse de mi comentario y pensando que un cambio de tema es justo lo que se necesita para añadir un poco de ligereza a nuestra extremadamente sombría e intensa madrugada.
—Me sorprendes en todo momento.
—¿Cómo es eso?
—¿Acaso Max nunca te trató así?
¿Qué? ¿Adónde va con eso? Su comentario me toma por sorpresa. Cuando me doy vuelta y lo encaro, simplemente aprieta sus brazos alrededor de mi torso y me tira más cerca.
—¿Y eso qué tiene que ver con todo esto?
—¿Lo hizo? —insiste, el maestro de la desviación.
—No —admito contemplativamente. Sintiendo que me relajo un poco, que quita los dedos de los míos y que los mueve hacia atrás para dibujar líneas sin sentido en mis brazos. Miro mi mano y veo como la mete distraídamente en las burbujas—. Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre la primera vez que nos vimos. Me dijiste que mi novio me debía tratar como al cristal —le susurro, sintiendo que estoy traicionando la memoria de Max—. Tenías razón. Él era un caballero en todos sentidos.
Incluso durante el sexo.
—No hay nada de malo en eso —admite Pedro, levantando las manos para masajear la base de mi cuello. No hablo, sorprendida conmigo misma por sentir lo que siento—. ¿Qué sucede? Tus hombros se tensaron.
Exhalo un suspiro estremecido, avergonzada en mi línea de pensamiento.
—Pensé que era la forma en que se suponía que debía ser... eso era lo que creía que era el sexo. Fue mi única experiencia. Y ahora...

—¿Y ahora qué? —pregunta con un toque de diversión en su voz.
—Nada. —El calor se precipita en mis mejillas.
—Paula, habla conmigo por amor de Cristo. Te acabo de follar en la ducha como un animal. Te utilicé, básicamente para mi alivio y sin embargo ¿no puedes decirme lo que estás pensando?
—Es exactamente eso. —Dibujo círculos ausentemente por sus muslos hasta mis lados, la admisión abordando toda mi modestia y tirándola al suelo—. Me gustó mucho. Nunca me di cuenta de que podría ser diferente. Que podría ser tan crudo y...
Oh, Dios mío me estoy ahogando aquí. No creo que incluso hablara con Max de sexo de esta forma, y estuvimos juntos por más de seis años. He conocido a Pedro por menos de un mes, y estamos hablando de lo mucho que me enciende el sexo duro. Dulce jodido Jesús como diría Pedro.
—Carnal —termina él por mí, y puedo escuchar un tono de orgullo en su voz. Besa el lado de mi cabeza, y me encojo de hombros, avergonzada por mi falta de experiencia y por mi admisión sin filtrar. Sintiendo mi malestar, Pedro me aprieta fuerte—. No hay por qué sentirse avergonzada. A mucha gente le gusta un montón de diferentes maneras, cariño. Hay mucho más por ahí para experimentar que sólo la posición del misionero, con palabras de amor susurradas. —Respira en mi oído, y me extraño de que incluso me pueda excitar con esa afirmación.
Mi mente parpadea de nuevo a Pedro exigiéndome que le digiera que quería que me follara en nuestra primera vez juntos. De él presionándome al borde y tomándome duro y rápido. De él susurrando cosas explícitas que quiere hacerme cuando tengamos sexo, levantándome, presionándome contra una pared, y rodando hacia la liberación. De cómo el conocimiento de todas y cada una de esas cosas puede hacer que me duela con una necesidad tan intensa que me inquieta.
Mis mejillas se ruborizan con los pensamientos, y agradezco que no pueda ver mi rostro, porque sabría exactamente a dónde mi mente se ha extraviado. Exhalo un suspiro tembloroso, tratando de ahogar mi mortificación en la dirección de la conversación y de mis propias auto-revelaciones.
—Esa es una de las cosas que me gustan de ti. Eres tan desinhibida.

¿Qué? Me siento como que debo mirar alrededor para ver con quién más está hablando.
—¿Yo? —grazno.
—Mmm-hmm —murmura—. Eres increíble. —Su ligera voz pasa por mi mejilla, el movimiento de sus labios roza mi oreja.
Sus palabras me dejan inmóvil. Él se hace eco de mis pensamientos sobre eso a pesar del caos y la herida de antes. ¿Tal vez esta química combustible entre nosotros es por lo que posiblemente nos decimos más con el otro? Él me envía todas las señales para validar esa afirmación, y sin embargo, oírlo significaría mucho más.
Se enjabona las manos y luego procede a pasarlas sobre mis brazos y por la parte delantera de mi pecho. Suspiro perezosamente cuando sus dedos se deslizan perezosamente sobre los picos de mis pechos y su boca lame su camino hasta la curva de mi hombro.
—No creo que pueda jamás tener suficiente de ti. —Lo que prueba mi punto exactamente. Las palabras que dice, pero en realidad no dice—. Siempre eres tan reservada, pero cuando estoy en ti... —Niega, un leve zumbido profundo de su garganta—. Pierdo todo sentido de todo, te vuelves mía, sometida por completo a mí.
Sus palabras son una seducción por sí mismas, sin importar su pene grueso presionado contra la hendidura de mi trasero.
—¿Cómo eso me hace desinhibida? —le pregunto, inclinando mi cabeza hacia atrás para poder rozar el rastrojo en su mandíbula.
La risa de Pedro es un ruido sordo que reverbera a través de mi espalda.
—Veamos... lo pondré en analogías de béisbol para ti ya que pareces estar tan interesada en ellos. Casi llegamos a la tercera base en un pasillo público. Dos veces. —Se ríe—. La segunda base fue en una manta en una playa. —Con cada palabra siento que mis mejillas enrojecen—. El Home run, fue apretada contra la ventana de mi habitación… —Hace una pausa—, que da a una playa pública.
—¿Qué? —jadeo.
Oh. Jodido. Infierno. ¿Qué hay en él que me hace perder la cabeza?
Mi trasero estaba presionado contra una pared de cristal mientras habíamos tenido sexo, y cualquiera podría haber disfrutado del show. Creo que
morir de humillación es una opción viable en estos momentos. No tengo otra opción que echarle la culpa.
—Es todo culpa tuya —le digo mientras me alejo y salpico agua hacia él.
Una engreída y ligera sonrisa crece en su cara. Es una vista agradable de la mirada atormentada de antes. El chico malo oscuro y melancólico ha regresado y está sentado frente a mí, con las rodillas y el torso asomando por encima de las burbujas con una mirada juguetona en su rostro. ¿Es por lo que me he enamorado de este hombre, porque es como una yuxtaposición de facciones y acciones?
Y me enamoré malditamente duro sin una línea de seguridad para sostenerme. Joder, estoy tan seriamente arruinada.
—¿Cómo es eso? —El agua salpica hacia mí y él atrapa mi muñeca en un agarre rápido cuando trato de tomar represalias. Tira de mí hacia él juguetonamente, y me resisto otra vez. Se da por vencido y fracaso yendo hacia atrás, salpicando agua fuera de la bañera en todos los ángulos. Los dos entramos en erupción en un ataque de risa, con burbujas flotando en el aire por mis movimientos bruscos.
—He estado con muchas mujeres, amor, y la mayoría no son tan sexualmente sinceras como tú, por lo que no puedes culparme.
Me alegro de que nos estuviéramos riendo cuando Pedro hace su esa observación porque puedo ver lo tenso que está a pesar de que mantiene una sonrisa en su rostro. Tomo una decisión rápida de permanecer juguetona a pesar de la punzada que sus comentarios causan. Realmente no quiero pensar en la gran cantidad de mujeres con las que ha estado, pero creo que no puedo pasarlo por alto tampoco. Tal vez pueda usar esa carta para mi ventaja, consiguiendo más información sobre mi destino, así como haciendo un pequeño punto mío.
—¿En serio? —Arqueo una ceja y me muevo más cerca, con una sonrisa en los labios—. Con muchas mujeres, ¿eh? Me alegro de poder sorprender a un hombre tan experimentado como tú. —Juego con él mientras paso mi dedo a lo largo de la línea de su garganta y hacia abajo entre sus pectorales. Su manzana de Adán se mueve en mi toque—. Dime —le susurro sugerente mientras mi mano cae debajo del agua y acaricia su pene ya erecto—. ¿Cuántas fueron? ¿Cuánto tiempo sueles mantenerlas alrededor?
Respira hondo mientras mis dedos rozan la punta de su miembro.
—Este no es el momento adecuado para ¡aaarrgh! —gime mientras mi mano toma sus bolas y las masajea suavemente.
—Nunca es el momento adecuado, pero una chica tiene que saber esas cosas. —Bajo mi boca para chupar uno de sus planos pezones, tirando suavemente con mis dientes. Él se queja profundamente, con la boca abierta cuando miro hacia él desde debajo de mis pestañas—. ¿Cuánto tiempo, Ace?
—Paula... —declara antes de que tome su otro pezón entre los dientes al mismo tiempo pulso el punto de placer justo debajo de sus bolas—. Cuatro o cinco meses —deja salir en respuesta. Me río seductoramente, ocultando la sacudida que le hace cosquillas a mi columna al conocer el tiempo corre en mi momento con él. Lamo con mi lengua la línea de su cuello y tiro de su oreja—. Ah... —suspira cuando trazo alrededor del lóbulo.
—Es bueno saberlo...
Él permanece en silencio, su respiración poco profunda, es el único sonido.
—Juegas sucio.
—Alguien me dijo una vez que a veces tienes que jugar sucio para conseguir lo que quieres. —Susurro en su oído, repitiendo sus palabras. Mis pezones, enfriados por el aire, casi no se alejan de la piel tensa sobre su pecho.
Él se ríe bajo y profundo, y sus ojos se encienden de humor porque sabe que no es el único afectado. Deslizo mi otra mano por su pecho bajo el agua, y lo veo ver desaparecer la mano. Mira hacia mí y levanta las cejas, curioso en cuanto a dónde voy con eso. Cuando sólo sigue mirando hacia mí, agarro la base de su eje con una de mis manos y la muevo de arriba abajo en su longitud, mientras la yema del pulgar de mi otra mano presta especial atención a la cresta.
—Oh Dios, eso se siente bien, nena —se queja. La mirada que me envía arde es tan intensa con necesidad y deseo que es suficiente para encender mi interior.
Lo acaricio un par de veces más, disfrutando de este juego que estoy jugando.
Disfrutando del hecho de que puedo crear una reacción tan visceral de este hombre. Detengo todo movimiento y los ojos de Pedro que están cerrados hasta la mitad de placer se abren a los míos. Sonrío lentamente hacia él.
—Sólo una cosa más... —Puedo ver la confusión en su cara, su mandíbula tensa mientras en silencio ruega porque el placer vuelva.

Ahora que conseguí su atención, sigo, alterando mi agarre y el ángulo del trazo.Pedro a la diferencia de la sensación, su cabeza se mueve hacia atrás contra el borde de la bañera.
Me detengo de nuevo y tomo sus bolas en mi mano.
—Mira, sé que estás molesto, pero si alguna vez me tratas como lo hiciste esta mañana de nuevo... —enuncio cada palabra, el humor burlón entra en mi tono mientras aprieto suavemente mi mano alrededor de él—: faltándome al respeto, degradándome, o alejándome para humillarme, entiende ahora que no volveré como lo hice hoy, independientemente de tus motivos, de lo que siento por ti, o de lo que hay entre nosotros.
Pedro se encuentra con mi implacable mirada y no flaqueo en mi amenaza. Su boca se desliza dentro de un fantasma de una sonrisa.
—Bien, parece que me tienes por las bolas en sentido literal y figurado ahora, ¿no? —se burla, con la malicia bailando en sus ojos.
Le aprieto suavemente, luchando contra la sonrisa que quiere jugar en las comisuras de mi boca.
—¿Entendido? No es negociable.
—Claro como el cristal, cariño —me dice, con los ojos transmitiéndome la sinceridad de su respuesta. Satisfecha de que entienda lo que le estoy diciendo, me muevo en el agua y libero mi agarre en sus bolas. Manteniendo los ojos fijos en él, deslizo mis manos hasta su rígida longitud y repito el movimiento que le representó momentos agradables antes. Pedro gime larga, prolongadamente—. No negociable. —Y no respondo a su respuesta porque estoy tan excitada mirando su reacción—. Dios, mujer —masculla, agarrando mis caderas y tirando de mí hacia él—. Te gusta jugar duro, ¿no?
Acepto el codazo y me posiciono en la parte superior de su eje. Me inclino hacia delante, haciendo un túnel con mis dedos en su pelo y coloco mi mejilla contra la suya. Mientras me bajo a mí misma a un ritmo dolorosamente lento a pesar de sus manos instándome a ir más rápido, le susurro al oído sus palabras de nuevo a él:
—Bienvenido a las grandes ligas, Ace.


4 comentarios:

  1. me encanta esta pareja! ojala ella pueda ayudarlo!!

    ResponderEliminar
  2. ay me encanta esta nove jesy! ojala sigas subiendo seguido! mimiroxb

    ResponderEliminar
  3. Wow buenisimo,me encanto!!!

    ResponderEliminar
  4. lindos capitulos, grande Pau, ella lo va a salvar con tanto amor !!

    ResponderEliminar