¡Maldita sea! Sabía que no debería haberle dicho nada a Aiden. No debería haberle dicho que tenía algo para arreglar lo que había pasado ayer. No debería haber dependido de alguien como Pedro para que viniera, cuando estoy tan acostumbrada a confiar en mí misma. Ni siquiera ha respondido a mis textos o llamadas de esta mañana.
Miro el reloj y un minuto más ya ha corrido. Son las 7:32; tengo que llevar a los niños ya para poder conseguir llegar a tiempo a la escuela. Mike ya se fue a llevar a Shane y Connor a la secundaria. Bailey vino y se fue a llevar a Zander a la cita con su terapeuta y a Kyle al médico de los ojos antes de arrojarlo de nuevo en la escuela. Me quedo con los tres niños de primaria restantes y sé que nuestro viaje en auto debería haber comenzado hace diez minutos.
Miro el reloj de nuevo y son las 7:43
¡Mierda!
―Paula, ¿no vas a decirme todavía lo que es? ―Aiden me ruega de nuevo con la esperanza en sus ojos.
―Todavía no, Aiden. Es una sorpresa. ―Ahora tengo que luchar para pensar en algo que hacer para compensar una promesa vacía.
Podría estrangular a Pedro en este momento. ¿Qué es lo que esperas de un playboy despreocupado? Supongo que si no hay una promesa de echar un polvo al final de la oferta, entonces no va a seguir adelante.
Doy un puñetazo en la mesa, los cubiertos sobre ella traquetean, a sabiendas de que estoy exagerando después de lo mucho que hizo por los niños llevándolos a la
pista. Pero al mismo tiempo, está dejando tirado a uno de mis hijos y por lo tanto me está dejando tirada a mí también.
Comienzo a meter los almuerzos en las mochilas que Aiden me está entregando, la concentración grabada en su rostro mientras trata de averiguar lo que sea posible de lo que tengo para ayudarlo.
―Vamos, muchachos. ¡Es hora de irnos! ―grito.
Aiden, mi ayudante, sale de la cocina para ir a ver lo que están haciendo. Al cabo de unos minutos no oigo lo de siempre… pies corriendo, suspiros de frustración y la cabeza asomándose por el pasillo.
―Ricky, Scooter... vamos, chicos, ¡es hora de irnos! ―Doblo la esquina hacia el pasillo y hago una doble toma cuando veo a Pedro de pie en el pasillo de entrada con la puerta abierta detrás de él.
El sol está en su espalda, bañando su cuerpo y oscureciendo sus rasgos por los halos de luz. Tres niños de pie delante de él, su espalda hacia mí, pero puedo ver la totalidad de sus cabezas en ángulo hacia arriba para mirarlo. Da un paso más entrando en la sala sonriéndome brevemente antes de volver su atención a Aiden.
―Entonces, Aiden ―dice Pedro y puedo ver su sutil apreciación de los moretones en la pequeña y dulce cara de Aiden―. ¿Estás listo para la escuela hoy?
―¿Qué? ―le pregunta desconcertado antes de mirarme, su cara llena con una mezcla de anticipación y comprensión. Miro de nuevo a Pedro, preguntándome lo que lo ha llevado a ayudar en esta situación.
Pedro ladea la cabeza hacia un lado, dándose cuenta de que nadie sabe lo que está haciendo aquí.
―Voy a llevarlos a la escuela chicos ―dice, el silencio que había en la casa se llena cuando a causa de la comprensión los niños empiezan a gritar y a saltar como bribones. Su entusiasmo es contagioso porque siento como mi propia sonrisa se amplía, coincidiendo con la de Pedro. Da un paso adelante y se arrodilla frente a Aiden.
―Oye, amigo, ¿qué dices si vamos a enseñarles a esos matones que están equivocados y que pueden irse a paseo? ―Los ojos de Aiden se amplían, humedad se agrupa en las esquinas mientras asiente con entusiasmo.
―Vayan a buscar sus mochilas entonces. ―Pedro les indica mientras se pone de pie de nuevo. Mis ojos siguen su ascenso, y es en este momento, que sus rasgos oscurecidos por los halos de la luz brillante del sol, cuando ha venido a defender a los niños por los que nadie se preocupa por defender… que sé que me muero por Pedro. Que ha penetrado la coraza de protección de mi corazón y que lo amo.
Levanto la mano y presiono con la palma mi esternón, tratando de calmar el dolor que siento de repente. Tratando con la voluntaria auto-proclamada de devastación, terminando lleno de dolor por la distancia. Tratando de decirme a mí misma que no puedo permitir a esto llegar a buen término.
Pedro me mira inquisitivamente.
―¿paula?
Niego con la cabeza, dejando a mis pensamientos en silencio. Empujándolos hacia el fondo para que se mantengan ocultos.
―Lo siento. ―Niego con la cabeza y le sonrío cuando los tres chicos vienen disparados por el pasillo hacia la puerta principal.
―Supongo que están listos ―ríe mientras conduce a los niños fuera de la casa.
Pedro a propósito revoluciona el motor del Aston Martin cuando yo lo guio hacia el estacionamiento de la escuela. Estoy sentada en la parte delantera y los tres chicos se aprietan firmemente juntos en el asiento trasero, con sonrisas en sus rostros y sus cuerpos erizados por la emoción. Echo un vistazo a Pedro y tiene una media sonrisa en los labios, como si estuviese recordando su propia época en la escuela primaria.
Estoy a punto de decirle que puede tener acceso directo a la sección de recepción en frente de la escuela, pero me muerdo la lengua. Me doy cuenta de que él está tomando un largo y lento paseo a través del estacionamiento, disparando el sexy ronroneo del motor cada vez que puede, atrayendo con eso la atención de todos en la zona.
Finalmente nos hacemos a la línea de descenso donde se tienen que parar, deja su niño interior salir durante su estadía en el auto y, a continuación, lo aleja una vez que se acerca a las puertas de la escuela. Pedro se desvía alrededor de la larga fila de autos y atraviesa cuidadosamente por un pasillo estrecho entre la línea y la acera a pesar de las miradas sucias que le dan. Sé que le encantaría pisar el acelerador y hacer una gran entrada, pero se contiene.
Él se detiene justo en frente de la entrada de la escuela, inclinando el auto, así que la puerta del pasajero del auto da justo a la gran multitud de estudiantes pululando en el frente antes de que suene la campana.
Él revoluciona el motor un par de veces más, ronroneando en el pacífico y tranquilo aire de la mañana, antes de deslizarse fuera del asiento del conductor. Despliega sus largas piernas con elegancia y se detiene un momento ante el ángulo de la puerta del auto abierta. Puedo verle levantar los brazos extendiéndose por encima de su cabeza, con un fuerte gemido, asegurándose de que todos los ojos disponibles se centren en él. Para que lo reconozcan, y al que está con él.
Miro alrededor y veo las mandíbulas flojas de varias de las mamás cerca de nosotros, ya que lo mirar abiertamente. Me río cuando veo que lo aprueban y acarician su cabello de recién levantado ahora retirado en una cola de caballo descuidada más presentable. Pedro cierra la puerta y camina lentamente alrededor de la parte delantera del auto hacia mi lado. Él abre la puerta para mí para que salga, percibiendo la diversión en sus ojos y la sonrisa satisfecha en los labios. Se pone en cuclillas y se agacha volteando el asiento hacia adelante para que los chicos puedan salir de uno en uno.
Las miradas en sus caras no tienen precio, al darse cuenta en la gran multitud a su alrededor.
Por el rabillo del ojo, veo al Director Baldwin atravesar por el lado más alejado de la multitud, asustando con su rostro severo al ver a un auto estacionado incorrectamente incumpliendo su estricta norma en la zona del estacionamiento.
Puedo oír los susurros del nombre de Pedro entre la multitud y mi sonrisa se ensancha. Pedro cierra la puerta y se hace lugar a sí mismo con Aiden en un lado y Ricky y Scooter en el otro. Coloca los antebrazos y las manos en sus hombros, actuando como si no fuera consciente de la atención.
Se inclina y le oigo decir a Aiden:
―¿Ves a los matones, amigo? ―Aiden ve todo el mar de rostros, y lo veo ponerse rígido cuando ve los chicos. Yo sigo su línea de visión al igual que Pedro para ver las expresiones aturdidas de Ashton y Grant.
―Bueno, campeón, es el momento de ir a demostrar un punto.
Nos movemos como una unidad hacia los dos niños, sus ojos abriéndose con cada paso. Tengo curiosidad por ver cuáles son los planes de Pedro una vez que llegamos a ellos. Echo un vistazo para ver su rostro relajado en una enorme y accesible sonrisa mientras llegamos y nos detenemos frente a Ashton y Grant. En la periferia de mi visión, me doy cuenta que el Director Baldwin está corriendo hacia nosotros para tratar de evitar cualquier confrontación antes de que comience.
―¡Hey, chicos! ―dice Pedro con entusiasmo y me da la sensación de que va a tomar el camino de Mátalos-Con-La-Amabilidad. Los niños sólo están ahí sorprendidos frente a Pedro. Se vuelve a Aiden:
―Hey, Aid, ¿éstos son los niños que no creían que eras mi amigo?
Me gustaría tener una cámara para tomar una foto de la completa reverencia en la cara de Aiden mientras mira hacia Pedro. Sus ojos están vivos con incredulidad, y puedo ver el orgullo en ellos.
―Sí... ―La voz de Aiden sale en un graznido. La gente que nos rodea ha crecido.
―Oh, hombre ―dice Pedro a Aston y Grant―. Deberían haber visto a Aiden el domingo. Me dejo llevar a seis de sus amigos, entre ellos Ricky y Scooter aquí, con él a la pista para probar el auto. ―Niega con la cabeza―, y chico, ¡ellos fueron una gran ayuda para mí! ¡Nos divertimos mucho!
Veo a Ricky y Scooter brillar con orgullo ahora también, y me pregunto si Pedro tiene alguna idea de lo que está haciendo, no sólo para su autoestima sino también para su condición en la escuela.
―Lástima que ustedes no son amigos de él ―dice Pedro, sacudiendo la cabeza―. ¡O tal vez podrían haber ido también!
La campana de la escuela suena alrededor de nosotros y sin embargo, el color aún no ha vuelto a los rostros de Ashton y Grant. El Director Baldwin llega a nosotros, con poco aliento por su esfuerzo, y trata de dispersar a la multitud llevando a todos a las puertas. Él mira a los chicos que todavía están inmóviles mirando a Pedro antes de darles una mirada severa y aclararse la garganta, haciéndolos salir de su trance. Pedro parpadea con su sonrisa de megavatios, y guiña hacia ellos.
―¡Adiós, muchachos! ¡Asegúrese de que dicen “hola” a mi hombre Aiden aquí cuando lo vean en clase! ―Ellos asienten con la cabeza al Director Baldwin, obliga los dos a apartar sus ojos de Pedro de manera que no caminen directo a una pared.
Con sus hijos de forma segura en el interior, las madres permanecen fuera con diversas excusas tontas. El anudándose las zapatillas de deporte que ya están atados, aunque por alguna razón sus ojos no están en sus zapatos. En la búsqueda de algo en bolsos de gran tamaño que nunca van a ver porque sus ojos están fijos en Pedro.
―Muchachos, ustedes también ―dice el Director Baldwin a mis tres chicos.
Pedro me mira con la pregunta en sus ojos, y yo asiento sutilmente, haciéndole saber que este es el imbécil del que le hablé que favorece a todos los opuestos de Aiden. Pedro muestra la misma sonrisa de megavatios y le dice:
―Un momento por favor, Sr. Sólo tengo que decir adiós a mis chicos. ―Yo no creía que fuera posible para las sonrisas conseguir ser más amplias sobre las caras de los chicos, pero lo hacen.
Pedro se vuelve a hablar con los chicos y luego se vuelve mirando nuevamente para abordar al Director Baldwin.
―La próxima vez señor, sería mejor recordar que Aiden está diciendo la verdad. Que son los matones los que tienen que ser enviados a casa, no buenos chicos como Aiden. Él puede no ser perfecto, pero sólo porque no viene de un hogar tradicional, no quiere decir que él es el culpable. ―Le sostiene la mirada y luego vuelve la espalda al director que tiene los ojos abiertos, despidiéndolo con eficacia. La mirada nerviosa en el rostro del Director Baldwin no tiene precio.
Pedro se arrodilla, con Ricky, Aiden y Scooter alrededor delante de él. Levanta las cejas y les sonríe.
―No creo que vayan a molestarte más, Aiden. ―Él extiende la mano y revuelve su cabello―. De hecho, yo no creo que nadie vaya a molestar alguno de ustedes nunca más. Si es así, háganmelo saber, ¿de acuerdo?
Los tres asienten con entusiasmo cuando se levanta Pedro.
―Es hora de ir a clase ―les digo, incapaz de ocultar la gratitud en la voz por lo que Pedro acaba de hacer. ¿Por qué normalmente me refunfuñan cuando escuchan esas palabras, y ahora todos ellos obedecen y parecen realmente ansiosos por entrar en el edificio?
Me encuentro al lado de Pedro, mientras los niños caminan a través de la puerta de la escuela que el Director Baldwin mantiene abierta para ellos. Los espectadores entrometidos corretean, fingiendo que no están mirando. Aiden se detiene en la puerta y da la vuelta, hay asombro aún en su cara y dice:
―Gracias, Pedro. ―Antes de desaparecer en el interior del edificio.
Cuando nos volvemos para ir de nuevo al auto, capto una mirada de logro y orgullo en la cara de Pedro. Yo tengo una mina de sensación que se ve del mismo modo.
―¿Por qué accediste a venir aquí si no te gusta el café?
En contra de mi mejor juicio, he aceptado de ir a tomar un café con Pedro después de salir de la escuela. Todavía estoy anonadada por sus acciones y siento que, al menos, le debo algo de mi tiempo a cambio de lo que acaba de hacer. Todavía puedo ver la cara de Aiden en mi cabeza. No creo que jamás vaya a olvidarla.
―Puede que no me guste la parte del café, pero Starbucks tiene una maldita buena comida que es oh-tan-mala para ti. ―Me río mientras niega con la cabeza hacia mí.
Algo así como tú, Pedro.
Entregamos nuestro pedido en medio de las miradas furtivas que los otros clientes le dan Pedro que no está de incognito sin su gorra de béisbol. Nos dirigimos al final a un rincón que afortunadamente tiene una mesa vacía con dos sillas en cada lado de ella que luce confortable. Nos sentamos y pedro agarra nuestras magdalenas de la bolsa tomando una antes que yo.
―Sabes que después de lo que hiciste hoy, es muy probable de que hayas alcanzado el nivel de ídolo con los chicos.
Él pone sus ojos en mí y toma un pedazo de su magdalena y lo mete en su boca. Veo claramente sus labios y como su lengua lame unas migas. Un destello de deseo quema a través de mí. Veo como la esquina de su boca se tuerce, y me obligo a mirarlo a los ojos, que se han dado cuenta de en donde se centra mi atención. Nos miramos el uno al otro con las palabras no dichas, encendiendo el fuego entre nosotros.
La camarera en el mostrador dice el nombre “Ace” y Pedro me sonríe antes de levantarse de la mesa señalando que él va a conseguir las bebidas. Lo veo caminar, sus piernas largas y delgadas cubiertas de tela de mezclilla con una camisa Henley verde bosque que cubre sus anchos hombros y su estrecha cintura; las mangas
largas subidas hasta la mitad de sus fuertes antebrazos. Miro el rubor de la camarera cuando ella le entrega las bebidas y se queda mirándolo cuando se gira y se dirige de vuelta con su medicinal café.
Lo miro, confusión corriendo por mi cabeza. Estamos muy cómodos juntos. Así reunidos. Y sin embargo, no podemos darnos lo que el otro necesita. Tal vez estoy siendo egoísta, pero sé que no estaré satisfecha con solo trozos y piezas de él. Migajas qué va a lanzar en mi dirección cuando se digne. Pero esa idea me confunde aún más, ya que aún no he tenido que verlo actuar de esa manera conmigo hasta ahora. Me dice una cosa en lo que respecta a la forma de cómo son sus arreglos, pero luego actúa de otra manera conmigo. Y para rematar, me advierte constantemente que permanezca alejada de él porque me va a lastimar a propósito.
¿Vale la pena?, Pedro se hunde en la silla frente a mí, una suave sonrisa en sus labios mientras se encuentra con mis ojos. Sí. Definitivamente lo vale. Pero, ¿qué es lo que quiero hacer al respecto?
―Ahora puedo pensar con claridad ―suspira después de tomar el primer sorbo. Por lo menos alguien puede, porque que yo no.
―A mí me parece que lo estuviste haciendo bien antes de tu café ―bromeo con él cuándo me trago un bocado de magdalena. Él sólo me sonríe―. Tengo que decírtelo de nuevo, Pedro, muchas gracias por llegar y hacer eso. Fue... estaba... lo que hiciste por Aiden estaba por encima y más allá, y realmente lo aprecio.
―No fue nada, Paula. ―Y él puede ver que estoy a punto de discutir con él―. Pero son bienvenidas. ―Asiento con la cabeza y le sonrío tímidamente, contenta de que haya aceptado mi agradecimiento―. ¡La mirada en la cara de esos mocosos era invaluable cuando caminaba hacia ellos! ―Se ríe a carcajadas conmigo.
―No, creo que la cara del director era incluso mejor. ―Se apoya en la mesa, meneando su cabeza ante el recuerdo―. Quizá la próxima vez se lo va a pensar dos veces antes de tomar partido.
―Ojalá ―murmuro, tomando un sorbo de mi chocolate caliente y tratando de no quemar mi lengua.
Tú me quemaste. Las palabras de Pedro eligen este momento para destellar en mi cabeza. Yo les empujo a la parte posterior de mi mente mientras me tomo un sorbo de mi bebida. El maldito hombre se entromete en mi mente, abruma mis sentidos, y nubla mi corazón todo de una sola vez. Nos sentamos en un cómodo silencio, observando a los clientes de la tienda y bebiendo nuestras bebidas. Pongo mi chocolate caliente en la mesa y con aire ausente comienzo a doblar las esquinas de mi servilleta, decidiendo si debo decir el siguiente comentario que aparece en mi cabeza o dejarlo pasar. Típico de mí que tengo que sacarlo.
―¿Pedro? ―Sus cejas se fruncen ante la gravedad de mi tono.
―Eres tan bueno con los chicos, quiero decir mucho mejor que la mayoría de la gente, y sin embargo, me dijiste que nunca vas a tenerlos. Eso me es muy desconcertante. ―Veo la sombra en su mirada a través de sus pálidos iris verdes ante mis palabras.
―No, no lo es. ―Lo afirma como un hecho, evitando mis ojos y mirando por la ventana detrás de mi espalda antes de continuar―. Tener un hijo y ser bueno con uno son dos cosas completamente diferentes. ―El tic del músculo de su mandíbula mientras sus ojos hacen seguimiento a algo fuera del estacionamiento―. Son mutuamente excluyentes, supongo.
―Pedro, lo que hiciste hoy… ―le digo, llegando a poner mi mano sobre la de él que está en la mesa. Mi toque atrae sus ojos hacia los míos―. Le mostraste a un niño pequeño que valía algo. Que era lo suficientemente digno de ser defendido. ―La emoción llena mi voz. Tratando de decirle con mis ojos que lo entiendo. El hecho de haber hecho lo que deberían haber hecho por él cuando era niño. A pesar de que no sé las circunstancias, sé lo suficiente por la experiencia de mi trabajo que nadie se puso de pie para él o le hizo sentir como si importara, hasta que conoció a Andy Westin.
―¿No lo haces todos los días, Paula? ¿No te pones de pie por ellos?
Reflexioné sobre sus palabras mientras termino de masticar mi mordida.
―Supongo que sí, pero no con el toque dramático. ―Sonrío―. Creo que soy más de estar detrás de la escena. No de ser tan pública aumentando su autoconfianza con una demostración.
―¿Qué puedo decir…? ―Toma despreocupadamente la taza de cartón de su café―. Sé lo que se siente estar en los zapatos de Aiden. Ser el chico raro que no encaja debido a circunstancias que están fuera de su control. Ser intimidado y burlado simplemente porque sí. ―Él me aprieta la mano―. ¿Te haces una idea? ―La simpatía me envuelve cuando pienso en un niño de pelo negro con ojos verdes encantadores. Por el dolor de su experiencia y los recuerdos que quedarán para siempre grabado en su mente. De las cosas que se perdió, al igual de labios reconfortantes que expresaran amor incondicional, cálidos brazos que lo apretaran en un abrazo, y dedos que le hagan cosquillas arrancándole desde su estómago un intenso ataque de risa.
―No me mires así, Paula ―advierte arrancando su mano de la mía y recostándose en la silla―. Yo no quiero tu compasión o simpatía.
―Sólo estoy tratando de entenderte mejor, Pedro. ―Mis palabras son la única disculpa que le voy a dar.
―Profundizando en mi oscuro y sucio pasado no va a ayudar a que me entiendas mejor. Eso es mierda. ―Agita una mano en el aire―, no es algo que quiero que me persiga.
―pedro…
―Te lo dije antes, Paula ―su voz severa para silenciarme―. Yo no soy uno de tus chicos. Mi mierda no puede ser tratada. Me han roto por demasiado tiempo para que ese milagro suceda. ―La mirada en sus ojos, una mezcla de la ira, la vergüenza y me exasperación, dice que este tema de conversación ha terminado.
Un incómodo silencio se cierne entre nosotros, no puedo dejar de preguntarme qué fue de él cuando era un niño. ¿A que le tiene tanto miedo de enfrentar? ¿Por qué piensa que está tan roto? Su voz me saca de mis pensamientos, vertiendo el foco de la conversación hacia mí.
―¿Qué pasa contigo, Paula? Tratas a estos niños como si fueran tuyos. ¿Qué va a pasar cuando un día te encuentres al hombre perfecto y tengan hijos propios? ¿Cómo se va a equilibrar eso? ―Incluso después de dos años, el dolor me golpea todavía figurativamente tocándome hasta mis rodillas. Trago a propósito, tratando de lavar el sabor agrio en la boca que su pregunta me trae. Tomo la esquina de la servilleta, observando a mis dedos arrancar pedazos minúsculos antes de responderle.
―No puedo... después del accidente, me dijeron que quedar embarazada, que la probabilidad de tener un hijo, es... ―Niego con la cabeza tristemente―. Una posibilidad muy remota. Al igual que básicamente, tomar la píldora de por vida. Lo más probable es que nunca va a suceder. ―Una vez más levanto mis ojos a los suyos, meciendo la cabeza sutilmente de lado a lado―. Así que no es algo que ocupe mi atención.
Lo oigo silbar en un respiro y puedo sentir el rollo de piedad de él. No hay nada peor que alguien dándote eso. La mirada de lástima.
―Lo siento ―susurra, sus ojos verdes ardiendo en un tono esmeralda intenso cuando me estudia.
―Es lo que es. ―Me encojo de hombros, no quería pensar en lo que nunca podrá ser―. He llegado a estar de acuerdo con eso mayormente. ―Me recuesto, y al más puro estilo Pedro Alfonso cambio el tema a algo que no sea yo.
―Así que, Ace. ―Alzo las cejas―. ¡Te veías bastante caliente en tu traje de carreras! Se ríe de mí cariñosamente.
―¡Agradable cambio de tema!
―Aprendí de ti ―le respondo, chupando una miga fuera de mi pulgar. Cuando miro hacia arriba, Pedro me está mirando mientras saco el dedo de mi boca. La intensidad y el deseo se entremezclan en las profundidades de sus ojos mientras me estudia. La tensión sexual entre nosotros se eleva. Nuestra atracción mutua es innegable.
―Caliente, ¿eh? ―me pregunta, rompiendo nuestro intercambio silencioso.
Inclino mi cabeza, frunciendo mis labios mientras lo estudio de nuevo.
―Yo quería... ―mi voz es tranquila, segura, cuando hablo. Una pequeña sonrisa en las comisuras de los labios de Pedro me da el aumento de confianza que necesito para continuar. Sabiendo que me quiere. Sabiendo que él me quiere y quiere más de lo que sea esto, me envalentona. Me da el poder para terminar mi pensamiento―… Quería que me tomaras allí mismo, en el capo de tu auto. ―Puedo sentir mis mejillas sonrojarse cuando miro hacia él a través de mis pestañas.
Toma una respiración fuerte, sus labios se separan, los ojos se le nublan de deseo.
―¿Por qué Srta. Chaves…? ―Su lengua sale como una flecha para lamer el labio inferior―. ¿No hacemos algo para corregir esa situación?
―¿Corregir? ―El deseo florece en mi vientre ante el pensamiento.
Se inclina sobre la mesa, con la cara a centímetros de la mía.
―Siempre ha sido una fantasía mía. ―Creo que va a inclinarse y besarme. Mi barbilla tiembla de anticipación, las sinapsis fallando cuando trato de decirle a mi cerebro que oiga a la voz de la razón. Tirando de mí mientras estoy al borde de la locura por Pedro. Y entonces el timbre de la alarma de mi teléfono celular sobre la mesa entre nosotros se activa. Nos asusta tanto que salto sobre mi espalda.
―¡Oh mierda! Tengo una reunión a la que debo que ir ―le digo cuando me pongo a reunir la basura y las pongo dentro de mi bolsa de panecillo vacía.
Pedro se extiende y toma mi mano, deteniendo mi frenesí de movimiento. Espera hasta que mis ojos se reúnen con él para hablar.
―Esta conversación no ha terminado,Paula. Sigues enviándome tantos condenados mensajes mezclados que…
―¿Qué? ―grito atónita, tratando de soltar mi mano de la suya, pero su agarre sostiene mi mano todavía―. ¿Qué estás diciendo? Tú eres el que envía mensajes contradictorios. ¡Susurrando palabras de amor un minuto y luego empujándome
lejos el próximo! ―¿Estamos experimentando lo mismo aquí? ¿Cómo que estoy siendo confusa?
―Te juro por Dios ―murmura en voz baja para sí mismo liberando mi mano mientras se recuesta en su silla sacudiendo la cabeza, con diversión en su rostro. Apenas puedo distinguir sus próximas palabras cuando habla―. Nosotros en realidad no hemos ni empezado esto todavía, y ya me estás presionando. ―Puedo sentir su exasperación mientras se pasa la mano por el pelo.
Lo miro, sin saber qué es exactamente lo que quiere decir con su comentario, pero no es el mejor momento para prestarle atención o para pedirle que se explique. Me levanto y Pedro agarra mi mano de nuevo, tirando de mí en su contra para que me vea obligada a inclinar la cabeza para verle la cara. Cierra los ojos un momento, como si se rindiera a sí mismo ante algo, antes de abrirlos de nuevo para bloquearlo con los míos.
―Te quiero, Paula. De cualquier manera que te pueda tener.
Sus palabras crean un vacío de aire, y me siento como si no pudiera respirar. Estamos de pie en un Starbucks lleno con las órdenes de los que son llamados y las personas que hablan en los teléfonos celulares y máquinas de café expreso humeante con leche, pero no puedo oír hablar de nada. No comprendo nada del ruido exterior. Sólo somos Pedro y yo y sus palabras ensordecedoras.
Trago con fuerza tratando de procesarlas. Sus intenciones. Incapaz de hablar por mí misma, el tiempo pasa hasta que logro encontrar mi voz.
―¿De cualquiera forma que me puedas tener? ―tartamudeo sin aliento, los ojos llenos de optimismo―. ¿Eso significa que estás dispuesto a... probar más que un arreglo? ¿Intentar comprometerte conmigo?
Siento su cuerpo tensarse ante mis palabras, y cuando veo la mirada en sus ojos, me doy cuenta de que malinterpreté lo que había dicho. Las desenfrenadas posibilidades que se estaban ejecutando en mi cabeza saltan fuera de borda cuando sus palabras de repente me llegan queriendo saltar hacia fuera del acantilado a una muerte inevitable. Mi pecho se desinfla y mis esperanzas se pulverizan cuando habla, incapaz de mirarme a los ojos.
―Eso no es lo que quise decir,Paula. Todo lo que sé hacer es cómo funciono. Con mis reglas. Ellas me permiten ese deseo profundo por el control que tan desesperadamente necesito para poder funcionar. Tengo que tenerte a mi manera. ―Siento como es ahora su cuerpo el que se tensa antes de traer los ojos a los míos. Vislumbro una inesperada vulnerabilidad en ellos―. Paula, esto es todo lo que te puedo dar. Por ahora... ¿Al menos lo puedes intentar a mi manera? ¿Por mí?
¿Por ahora? ¿Intentarlo por mí? ¿Qué carajo significa eso? ¿Que existe la posibilidad de un futuro? Trato de dejar que mi mente entienda el comentario a través del filtro de mi irremediablemente romántico corazón, pero estoy teniendo problemas para separarlos a los dos.
La proximidad de pedro y las palabras que acaba de dejar caer como bombas en mi racionalidad me dejan tartamuda cuando trato de responder de manera coherente.
―Pensé que me dijiste que esto no iba a funcionar. Que tenemos dos tipos diferentes de necesidades. Que... que creo que tus palabras fueron ¿Que tú me vas a romper? ―Mis palabras pueden sonar fuertes y decididas, pero soy cualquier cosa menos eso.
Hace una mueca cuando lanzo sus palabras hacia él y deja caer su cabeza, su voz suave ahora.
―Sí, lo sé. No puedo evitar lo inevitable. Pero todavía quiero que… ¿intentes?
Cegada por mis sentimientos hacia él, ignoro su admisión que dice que me lastimará porque mi cabeza está todavía envuelta alrededor de esas palabras. Me ha pedido intentarlo. ¿Estoy dispuesta a hacer eso? ¿Por él? ¿Por una oportunidad para nosotros? Para esperar la oportunidad de demostrarle que está bien querer más. Que se merece más.
Mi tren de pensamiento se descarrila cuando las palabras de Tamara revolotean por mi mente. Crees que puedes cambiarlo a él y a sus maneras. Cuando eso ocurra, saldrás más rápido que la última vuelta que acabas de tomar. Niego con la cabeza, tratando de liberarme de sus palabras en mi cabeza.
―Aún no respondes Paula. ―La voz de Pedro es un ruego, confundiendo la sacudida de mi cabeza como una negación a su petición―. Cena conmigo antes de que me digas que no. ―Doy un paso atrás, necesitando la distancia a pesar de saber ya que voy a decirle que sí―. Tengo que tener al menos una noche más contigo. Lo necesito. ―Sus ojos en los míos buscando una respuesta―. Te recogeré a las tres de mañana.
Ahora yo soy la que está corriendo hacia el acantilado.
Lo miro. ¿Desde cuándo suelo dejar que alguien tome decisiones por mí?
―Puedo conducir pedro ―le digo exasperada porque una vez más ha tomado la decisión por mí. Si estoy dispuesta a probar por él, ¿no debería intentar eso por mí también?
―No. ―Sonríe sosteniendo la puerta abierta para mí, saliendo del Starbucks―. Yo conduzco. De esa manera no te puedes escapar.
Buenisimos los capitulos!!!
ResponderEliminarQ bueno q volviste a subir!! Me encanta esta nove! Subi mas seguido x fa...mimiroxb
ResponderEliminarQue buenos capítulos ! Me gusta mucho esta novela :))
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