martes, 24 de junio de 2014

CAPITULO VEINTE

Sale hasta la punta y luego desliza lentamente de nuevo su deliciosa longitud en mí. La sensación es exquisita y vuelvo a caer en la cama, permitiéndome sentir mis paredes resbaladizas siendo penetradas, dejándole que tome el control. Envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas mientras él comienza a coger el ritmo. Los músculos ondulan bajo su piel bronceada mientras se mueve conmigo. Sus ojos se mueven de arriba bajo, entre las míos y mirando nuestra unión. Puedo sentir el calor que se empieza a construir de nuevo cuando mi cuerpo se arquea con la fricción de su longitud frotando mi nudo de nervios por el interior. Mis paredes pesan sobre él, apretando y ordeñando su polla a medida que aumenta su ritmo. Se inclina sobre mí, balanceando su peso en sus antebrazos a los lados de mi cabeza y lleva su boca a la mía en un beso carnal, sin tapujos. Pellizcando con los dientes, chupando con los labios; las lenguas fundiéndose. Paso mis brazos por debajo de sus hombros y aprieto mis piernas alrededor de sus caderas, cruzando los pies por los tobillos. Tengo que llegar lo más cerca que pueda de él. Necesito que esté tan profundo como pueda en mí. Necesito sentir su piel resbaladiza de sudor frotarse sobre la mía. La presión en mí se monta hasta el punto en que ni si quiera le puedo besar más porque toda mi atención se centra en la ola insuperable que momentáneamente se va a estrellar a mi alrededor. Él siente mi tensión, mi casi olvido, y continúa su ritmo castigador. Desliza una mano hacia abajo y la pone debajo de mi culo, presionando mi pelvis más contra él, pulverizándome, haciendo esa ligera fricción que necesito en mi clítoris. Y antes de darme cuenta, mi mundo se enciende. Me arqueo en la cama, mis caderas se mueven incontrolablemente mientras el orgasmo más fuerte que he tenido se lanza a través de mi centro. Estoy cayendo por el precipicio y siendo arrojada en una caída libre sin fin. El placer es tan fuerte, cercano a lo doloroso, que hundo mis dientes en su hombro tratando de sofocarlo de alguna manera. La ola se cuelga a mí alrededor mientras Pedro empuja en mí unas cuantas veces más antes de oírle gritar mi nombre. Se tensa, su polla palpitante dentro de mí mientras encuentra su propia liberación. Sus músculos se sacuden de una determinada manera mientras deja que
su clímax explote a través de él antes de relajarse lentamente. Luego entierra su cabeza en la curva de mi cuello, su respiración agitada como la mía, su corazón golpeando contra el mío. Mi orgasmo continúa temblando a través de mí, mis músculos laten alrededor de su pene semi-erecto todavía dentro de mí. Con cada temblor, puedo sentir su cuerpo tensarse en sensibilidad y escuchar el suave gemido gutural desde lo profundo de su garganta. Su peso sobre mí es reconfortante, tranquilizador, había olvidado qué tan calmante puede ser el sentimiento. El sexo nunca ha sido así para mí. La tierra destrozándose. Este hedonismo. Es increíble. Nos quedamos así por un momento, ambos en silencio, bajando de las alturas. Él acaricia mi cuello, dejando un beso una y otra vez en el mismo lugar, su cuerpo saciado incapaz de moverse. Cierro los ojos, incapaz de creer que estoy aquí en este momento. Que este hombre magnífico está aquí conmigo. Dirijo mis uñas con pereza por su espalda, respirando su aroma masculino terroso. Me estremezco cuando gruñe y poco a poco se retira de mí, la sensación de vacío es desagradable. Ata el condón en un nudo y lo tira al suelo junto a la cama, antes de ponerse de nuevo a mi lado. Estando en su lado de la cama, apoya la cabeza en su mano para observarme mientras tranquilamente desliza un solo dedo hacia arriba y abajo sobre mi pecho causando una respiración lenta y mesurada que exhalo de mis labios. Le echo un vistazo, nuestros ojos se enganchan durante un segundo mientras en silencio reflexionamos sobre la experiencia que acabamos de compartir. No puedo descifrar la expresión de sus ojos porque está demasiado guardada. Desvío mi mirada hacia el techo mientras el pánico comienza a apoderarse de mí. ¿Y ahora qué? Pedro ha hecho su camino conmigo y ahora el reto está terminado. Mierda. Yo sólo he tenido relaciones sexuales con Max. Estábamos en una relación. Hacíamos el amor. No era una cosa casual. Y a pesar de todo lo que acaba de pasar, esto significa mucho más para mí de lo que lo hace para Pedro. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Con Max, no tenía que pensar en qué venía después. O en el
protocolo de ¿me quedo? ¿pedro quiere que me quede? ¿Qué demonios se supone que debo hacer?
¿Es esto lo que se siente tener una aventura de una noche? Mierda. ―Deja de pensar, pauli ―retumba la voz de pedro, murmurando para mí. Puedo sentir sus ojos fijos en mí. Todavía me sorprendo de que él pueda estar tan en sintonía conmigo a pesar de sólo conocerme desde hace un corto tiempo. ¿Cómo lo sabe?―. Tu cuerpo entero se tensa cuando estás pensando demasiado ―explica, respondiendo a mi pregunta silenciosa―. Apaga esa mente tuya ―advierte, llegando a mi cadera, tirándome contra de él―. O me veré obligado a hacerlo por ti. Puedo oír la sonrisa en su voz y me río con libertad. ―¿En serio? ―Puedo ser muy persuasivo ―se burla, pasando su mano libre por mi caja torácica, deteniéndose para tocar ociosamente mi pecho y recorrer con el pulgar el pezón puntiagudo―. ¿No crees? ―¿No me digas que no estoy autorizada a pensar? ―Suspiro un suave gemido, levantando la barbilla cuando él se inclina hacia mí, plantando besos en varios lugares. ―Me encanta una mujer que obedece ―murmura en voz baja. Puedo sentir que empieza a endurecerse contra mí, y antes de que pueda procesar su capacidad de recuperarse rápidamente, Pedro nos hace rodar, cambiando nuestras posiciones, conmigo sentada encima de sus caderas. Me siento a horcajadas sobre él, le miro y su sonrisa es arrogante. Él vuelve a su evaluación, arrastrando sus ojos hacia arriba y abajo por mi torso. Puedo sentir su longitud endurecerse contra la hendidura de mi trasero. ―Dios mío, paula, eres capaz de hacer que un hombre se vuelva loco ―me dice, inclinándose hacia arriba y llegando a mí alrededor para desabrochar el sujetador. Mis pechos están libres, pesados y duros por el deseo. Pedro
gime de agradecimiento antes de levantarse para succionar uno, mis muslos en respuesta se aprietan violentamente a su alrededor. Levanto la cabeza y arqueo la espalda para que tenga el máximo provecho de mi pecho. Los pensamientos que había tenido momentos antes son empujados lejos mientras continúa su bombardeo de besos incendiarios. Siento sus brazos envolviéndose alrededor de mí y rebuscando cerca de mi trasero antes de escuchar el sonido revelador del papel de aluminio. Termina de revestirse y traza un sendero de besos con su boca experta hacia mis labios. Él inclina su boca, tomando suavemente a pequeños sorbos de la mía mientras trae una mano a mi pelo y enreda los puños en él. Susurra alabanzas suaves entre cada beso, cada una alimenta mi deseo por él. ―Levántate para mí ―susurra mientras que trae una mano a mi cadera, ayudándome a subir, mientras que posiciona su pene erecto por debajo. Me muerdo el labio a la espera mientras sus ojos se aferran a los míos, viéndome mientras me hundo suavemente hacia abajo sobre su punta. Me quedo suspendida momentáneamente mientras dejo que mis fluidos se esparzan sobre él para que sea más fácil su entrada. Es potenciador ver la nube de deseo en los ojos de Pedro mientras bajo lentamente, centímetro a centímetro, delirando sobre él hasta que se enfunda por completo. Gimo en voz baja mientras me extiende hasta la más increíble sensación de saciedad. Me veo obligada a permanecer sentada durante varios minutos para poder ajustarme a la totalidad de él. Pedro cierra los ojos, levanta la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos mientras un ruido sordo viene de lo más profundo de su garganta
Él trae sus manos a mis caderas, y yo comienzo a moverme. Me levanto hasta el extremo y luego me deslizo hacia abajo, inclinándome hacia atrás para frotar el nudo de nervios dentro de mis muros. ―Mierda ―sisea, tomando una fuerte aspiración mientras está entre mi revestimiento―.Vas a hacer que me vuelva loco, paula ―se queja en voz alta mientras me besa posesivamente antes de colocarse en la cama. Él empieza mover sus caderas al unísono con mis movimientos y pronto nos estamos moviendo a un
ritmo frenético. Cada uno necesita más del otro. Cada uno conduce, empujando, tentándonos mutuamente para llegar al final. Miro a Pedro, los tendones de su cuello están tensos, la punta de su lengua asoma entre los dientes, los ojos están oscurecidos por la lujuria, él es sexy como el infierno. Sus manos agarran mis caderas, los músculos se tensan mientras me sostiene, me levanta y se introduce dentro de mí. Estoy subiendo, girando vertiginosamente mientras el placer se apodera de mí. Agarro una de las manos de Pedro en mi cadera, entrelazando nuestros dedos. Mueve la otra mano hasta donde estamos unidos, su pulgar acariciando mi clítoris, manipulándolo expertamente. Mi cuerpo se acelera, los músculos se aprietan alrededor de Pedro, y una vez más estoy tirada en un olvido asombroso. Grito su nombre cuando una calidez arrebatadora se apodera de mí, y me tira sobre una neblina que me consume. ―Cristo, paula. ―pedro maldice, sentándose sin parar su ritmo voraz, tomando el control para permitir que yo me pierda en mi orgasmo. Él envuelve sus brazos alrededor de mí, sus fuertes bíceps me sostienen y trae sus labios con los míos en un beso devorador, vaciador de almas. La avalancha de sensaciones que tiran de cada nervio de mi cuerpo es tan abrumadora que mi única comprensión es que me ahogo en todo lo que es Pedro Alfonso. Puedo sentir su cuerpo tensarse, sus caderas empujar más fuerte y sus brazos apretarse más estrechamente con las manos extendidas en lo ancho de mi espalda. Pedro entierra su cara en mi cuello antes de gritar mi nombre, una bendición en sus labios, mientras se estrella sobre el borde. Siento que convulsiona dentro de mí, encontrando su liberación. Nos quedamos así, yo sentada a horcajadas sobre él, con los brazos envueltos alrededor el uno del otro y con la cabeza enterrada entre nosotros por algún tiempo; ninguno de los dos hablamos. Estoy abrumada por la emoción mientras nos sostenemos mutuamente. ¡Oh, mierda! ¿Cómo podía haber sido tan estúpida de pensar que podría tener sexo casual? Los sentimientos burbujean dentro de mí. Sentimientos que sé que Pedro nunca corresponderá, y me encuentro luchando por mantener la compostura. Me
digo a mí misma que tengo que mantener la calma, que puedo revolcarme en la noción y romperme una vez que esté sola. Pedro desplaza las piernas un poco y se inclina hacia atrás. Toma mi cabeza entre sus manos y me traspasa con su mirada embriagadora. ―¿Estás bien? ―me susurra. Yo asiento, tratando de aclarar la preocupación de mis ojos. Se inclina y me besa. Un beso tan dulce y cariñoso que tengo que luchar contra las lágrimas que amenazan por su ternura, que me desarma y me llega al corazón. Cuando abre los ojos, me mira durante algún tiempo. Veo que algo destella a través de ellos rápidamente, emociones sin nombre que no puedo leer ya que solo lo conozco desde hace poco tiempo. Sacude la cabeza rápidamente y me levanta de él para dejarme rápidamente en la cama sin decir una palabra. Se pone de pie a toda prisa, evitando mi mirada interrogante y se pasa la mano por el pelo, murmurando la palabra “mierda” que sale en una exhalación. Miro sus anchos hombros tonificados, y su culo atractivo a medida que camina hacia el baño. Oigo correr el agua y otro ahogado juramento. Tiro la sábana alrededor de mí, de repente me encuentro sola e incómoda al estar en un entorno y en una situación difícil y desconocida. Después de unos momentos, Pedro reaparece del baño en un par de calzoncillos bóxer negros. Se pone de pie en la puerta y me mira. Ha desaparecido toda la calidez y la emoción que había en sus ojos minutos antes. Ha sido reemplazada visiblemente por una evaluación distante y fría mientras me mira en su cama. Se nota que ya no está relajado por la tensión que hay alrededor de sus ojos, y también es obvio en su mandíbula tensa. ―¿Puedo ofrecerte algo? ―pregunta con voz cortante―. Yo necesito un trago. Niego con la cabeza, temiendo que si hablo, el dolor repentino que siento por su separación empeore. Con mi respuesta, se vuelve y se va a la sala principal de la suite.
Creo que ya tengo mi respuesta. Yo sólo era un reto para él. Desafío conquistado, ahora estoy disponible. Sostengo la palma de mi mano en mi esternón, tratando de ahogar el dolor que tengo dentro. Tratando de disminuir la sensación de haber sido utilizada. Pienso en Max y en la forma en que solía tratarme después de hacer el amor, como si fuera tan frágil que me podía romper. Él me acariciaba y me abrazaba y me hacía reír. Me hacía sentir muy querida. Mi hermoso e idealizado Max. ¿Qué le he hecho a él y a nuestra memoria por dormir con alguien cuando estoy técnicamente comprometida con otro? Los gritos de su madre resuenan en mis oídos mientras me dice que es por mi culpa que su vida terminó, que yo lo maté y que cada esperanza y sueño se fue con él. La culpa, la vergüenza y la humillación pasen sobre mí. Tengo que salir de aquí. Estos pensamientos llenan mi cabeza mientras lanzo las mantas lejos de mí y recojo todas mis prendas descartadas en el suelo antes de correr hacia el baño. La presión en mi pecho es insoportable y trato de contener las lágrimas mientras a tientas y torpemente intento abrochar mi sujetador. Lanzo mi vestido por encima de mi cabeza, luchando por poner mis brazos en los lugares adecuados. No tengo nada de ropa interior. Están destrozadas en algún lugar del suelo y ya no vale la pena la molestia de encontrarlas. Me falta un pendiente y llegados a este punto, realmente no me importa. Rápidamente quito el que me queda y me echo un vistazo en el espejo para notar la miseria mezclada con pesar en mis ojos. Tomo un pañuelo y limpio el delineador mientras me armo de valor para mi partida. Después de unos momentos de enmascarar mis emociones y juntar mis pensamientos, estoy lista. Abro la puerta del baño y salgo fuera, aliviada y al mismo tiempo triste de que Pedro no está sentado ahí esperando por mí. Por otra parte, ¿qué esperaba después de la forma en que actuó? ¿Que estuviera sentado en la cama, esperando a profesar su amor por mí?
―Jódelas y tíralas ―murmuro en voz baja mientras camino fuera de la puerta del dormitorio a la sala principal de la suite. Pedro está de pie en la cocina de la suite, con las manos apretadas contra el mostrador y la cabeza colgando hacia abajo. Me paro un momento y lo veo, admiro las líneas de su cuerpo, y deseo mucho más de lo que aparentemente puede dar. Pedro se mueve y toma un largo sorbo del líquido de color ámbar en su vaso. Lo baja rudamente, el hielo tintineando fuertemente, antes de pararse. Su paso se tambalea cuando él me ve de pie, vestida y lista para irme. ―¿Qué estás…?
―Mira, Pedro ―empiezo, tratando de controlar la situación antes de que pueda humillarme más―. Soy una chica inteligente. Ahora lo entiendo ―me encojo de hombros, tratando de evitar que mi voz se rompa. Me mira y puedo ver los engranajes de su cabeza trabajando, intentando averiguar por qué me quiero ir―. Seamos realistas, tú sueles pasar la noche con cierto tipo de personas y yo no soy ese tipo de chicas de una sola noche. ―paula ―objeta, pero no dice nada más mientras da un paso hacia mí hasta que yo sostengo mi mano hacia él para que se detenga. Me mira, moviendo sutilmente su cabeza, tratando de envolver su mente alrededor de mis palabras. ―Vamos, eso es probablemente lo que es para ti, a lo que estás acostumbrado. ― Tomo un par de pasos hacia él, orgullosa de mí misma por mi falsa valentía―. Así que voy a ahorrarme la vergüenza de que me pidas que me vaya y voy a hacer ahora la caminata de la vergüenza en lugar de hacerla por la mañana. Pedro me mira fijamente, luchando contra alguna emoción invisible, con la mandíbula apretada fuertemente. Cierra los ojos por un instante antes de mirarme. ―paula, por favor, escúchame. No te vayas ―pronuncia―. Es sólo que... ―Levanta una mano para agarrar la parte de atrás de su cuello, confusión e incertidumbre grabada en su rostro mientras es incapaz de encontrar las palabras o de terminar su mentira.
Mi corazón quiere creerle cuando me dice que no me vaya, pero mi cabeza piensa diferente. Mi dignidad es todo lo que tengo ya que mi ingenio ha sido destruido totalmente, dispersado y dejado en la cama de la habitación contigua. ―Mira, Pedro ―exhalo―, los dos sabemos que no quieres decir eso. No quieres que me quede. Tenías una habitación aquí esta noche con la esperanza de acostarte con alguien. Probablemente pensaste que sería con Raquel. Una pequeña habitación agradable, donde no habría ningún drama y sin complicaciones; un lugar que podrías dejar por la mañana sin echar una mirada atrás a la que todavía estaría durmiendo en la cama. Bueno, entré en ello de buena gana ―admito, dando un paso hacia él. Sus ojos nunca dejan los míos mientras yo coloco una mano sobre su pecho desnudo―. Fue genial, Ace, pero esta chica ―le digo, señalándome a mí misma y luego al dormitorio―. Esto no es para mí. Él me mira, sus ojos penetrando en los míos con tal intensidad que aparto los míos momentáneamente. ―Tienes razón, esto no es para ti ―chirría con su rostro protegido, mientras mis ojos miran hacia él. Él levanta su copa y vacía el resto del contenido del vaso, piscinas de esmeralda continúan puestos en mis ojos por encima del borde de la copa. Cuando termina, se pasa la lengua por los labios, inclinando la cabeza mientras piensa algo detenidamente en su cabeza―. Déjame conseguir mis llaves y te llevo a casa. ―No te molestes. ―Niego con la cabeza, cambiando mi peso mientras encuentro la manera de salvar las apariencias mientras la humillación se filtra a través de mí―. Voy a tomar un taxi, hará que este error sea más fácil para los dos. ―Toma todo lo que tengo apoyarme en mis pies y darle un beso casual y casto en la mejilla. Me encuentro de nuevo con sus ojos y trato de fingir indiferencia―. No te preocupes, Pedro, cruzaste la línea de meta y tomaste la bandera de cuadros. ―Echo mis hombros para atrás y me pongo a caminar hacia la puerta, con la barbilla en alto aún a pesar del temblor en mi labio inferior―. Solo estoy tirando de la precaución antes de que esto pueda volverse de un color negro marcado. Salgo por la puerta hacia el ascensor. Cuando me doy la vuelta para presionar el botón a la primera planta, me doy cuenta de que Pedro está en la puerta del ático.
Su boca se tuerce mientras me mira con ojos distantes y una expresión endurecida. Sigo mirándole mientras las puertas comienzan a cerrarse, una lágrima cae por mi mejilla, la única traición de mi cuerpo que muestra de mi tristeza y humillación. Por fin estoy sola. Me recuesto contra la pared, lo que permite que mis emociones me superen y tenga que seguir luchando contra las lágrimas que nadan en mis ojos porque todavía tengo que encontrar el camino a casa.
El viaje en taxi es rápido, pero doloroso. Mis sollozos en el asiento trasero no hacen nada para aliviar la brutal realidad de lo que acaba de suceder. Cuando se detiene en mi casa poco después de las tres de la mañana, me alegro de ver que lina está ahí pero dormida, ya que no puedo manejar sus preguntas en este momento. Me deslizo en mi habitación y enciendo mis altavoces iPod a un volumen apenas audible, busco “Unwell” y le doy a repetición. Mientras la voz de Rob Thomas derrite sus palabras conocidas dentro de mí, me libero de mi ropa y entro en mi ducha. Huelo a Pedro y a sexo, y me froto obsesivamente para tratar de conseguir sacarme su olor de encima. No importa, sin embargo, no importa lo que haga, todavía puedo olerlo. Todavía lo puedo probar. Todavía lo puedo sentir. Permito que el agua lave mi torrente de lágrimas, escondiendo mis sollozos que tienen hipo corriendo entre sus sonidos. Cuando estoy inundada y las lágrimas han disminuido, me levanto del piso de la ducha sobre el cual me había deslizado y hago mi camino hacia mi habitación. Me pongo una camiseta y un par de bragas antes de desplomarme en el calor reconfortante de mi cama y sucumbir al sueño.

GRACIAS!♥

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