jueves, 26 de junio de 2014

CAPITULO VEINTIDOS

Duermo hasta tarde. Tan agotada que estoy, he sido capaz de dormir más allá de mi hora normal que son las 6.30, hasta ahora algo arraigado. Son las 9:00 en el momento en que me pongo en marcha y estoy abajo.
Lina está sentada en la pequeña mesa de la cocina, sus pies desnudos con las uñas brillantes de un color rosa están apoyados en la silla vacía frente a ella. Ella me mira con cautela desde detrás de su taza de café.
―Buenos días.
―Buenos días ―murmuro, mi normalmente mañana soleada, está ausente―. Voy a ir a correr ―le digo mientras me amarro mi reproductor de audio en el brazo.
―Me he dado cuenta ―dice refiriéndose a mi atuendo―. ¿Estás de mal humor porque quieres... o porque te fuerzas a ti misma a correr tras el exceso de alcohol y sexo gráfico con un Adonis? ―El sarcasmo es rico en su voz―. Me sorprende que incluso en la actualidad puedas caminar.
Me burlo de ella.
―Parece que alguien está un poco celosa ―respondo.
―Maldita sea, lo estoy. ―Se ríe de mí―. Tengo más telarañas ahora que tú. ―Me río a carcajadas de ella, mi mal humor disminuye―. En serio, aun así… ¿estás bien?
―Sí. ―Suspiro―. Voy a seguir tu consejo. Tratar de vivir el momento... y todas esas cosas. ―Me encojo de hombros.
Ella asiente lentamente hacia mí.

―No trates de sonar tan convincente ―dice jocosamente mientras se levanta de su silla, sabiendo que tengo que trabajar a través de esas cosas por mí misma―. Estoy aquí si me necesitas. Ten una buena carrera.
―Gracias.
El aire fresco, el pavimento debajo de mí, música sonando en mis oídos, y moviendo los músculos se siente un masoquismo catártico cuando entro en mi octavo y último kilómetro. Necesitaba esto. Necesitaba salir, despejar mi mente, y darme tiempo para pensar, todo al mismo tiempo. Mis músculos duelen de la noche anterior por la mezcla de baile y buen sexo, ahora están ágiles y en movimiento con el piloto automático. Por mucho que yo crea que debería correr un kilómetro extra, mi estupidez de correr antes de desayunar hace que mi cuerpo me diga que no voy a durar tanto. Pitbull machaca en mis oídos, el latido constante de la canción conduce mis pies y hace girar mi cabeza atrás, a pensamientos de la noche pasada.
Oh, Pedro. Mi cabeza todavía trata de envolverse en torno a lo sucedido. Es la oportunidad que he estado buscando. Para estar libre de preocupaciones. Para vivir el momento. Para estar viva, no sólo vivir. Resuelvo que puedo tener sexo con Pedro por la emoción. Las emociones sólo tienen que ser impulsadas por el entusiasmo, la anticipación y la lujuria más que el amor y la devoción y el deseo de “más”. Sólo tengo que seguir siendo la mujer atrevida e inteligente que he sido todo el tiempo, porque en el momento en que él piense que hay un atisbo de más, se irá por la puerta. Y, él, yo, nosotros, habrá terminado.
Reflexiono sobre esto en mi último cuarto de kilómetro, recordando cómo me hizo sentir físicamente anoche. Supongo que hay algo a favor de tener mucha experiencia ya que puedo atestiguar que el hombre es experto en las múltiples facetas de la destreza sexual. Me sonrojo en mis pensamientos, preparando mi determinación para poder estar con Pedro sin enamorarme de él. Espero. Voy a disfrutar cada segundo de ello porque sé que él no es la clase de tipo que se queda.
Teagan y Sara de “Closer” llenan mi cabeza mientras me dirijo hacia la esquina de mi calle, mis pasos vacilan cuando veo un Range Rover blanco estacionado en mi camino. El ritmo ha sido noqueado borrando mi paso con la sorpresa de verlo aquí. No puedo evitar el zumbido que viene de lo más profundo de mi garganta en apreciación pura al ver con mis ojos a Pedro apoyado en el guardabarros delantero del auto, su figura oscura aureolada por su color blanco.
Una camisa azul marino encaja perfectamente en su torso, haciendo alusión a los músculos fuertes que hay debajo. Músculos que todavía puedo sentir en mis manos. Un par de pantalones cortos impresos se asientan sobre sus caderas y sus piernas largas y delgadas cruzan casualmente en los tobillos completados con un par de flip-flops.
Los trajes casuales a pedro también le sientan muy bien. Se aclara la intensidad que instintivamente exuda. Su cabeza se inclina para concentrarse en el teléfono que hay en sus manos, y su pelo rebelde se clava con el gel echado a la perfección con un estilo elegante en un estado de desorden. La punzada de deseo que golpea en mi cuerpo es tan fuerte, tan abrumadora que casi tengo que llevar una mano a mi torso para sofocarlo. Me obligo a recordar de respirar mientras empujo mi cuerpo para que empiece a moverse de nuevo.
Para volver a casa. Para ir a Pedro.
Mierda. Estoy en serios problemas. Lo admiro desde lejos, parece tan increíble y atractivo, y me doy cuenta de que todo lo que yo he pensado en mi carrera ―cada condición, cada racionalización, todas las justificaciones de por qué está bien dormir con él― no me importan. Al verlo aquí mismo, ahora mismo, sé que voy a hacer todo lo que sea necesario, sin importar las consecuencias, para estar con él otra vez. Para repetir la forma en que me hizo sentir anoche.
Casi como si fuera una señal, Pedro levanta la vista de su teléfono y cierra sus ojos sobre mí. Una lenta y petulante sonrisa satisfecha aparece en su rostro mientras doy mis últimos pasos, volviendo a mi camino. Metódicamente saco mis auriculares hacia fuera, riendo para mis adentros con Christina Aguilera cantando
”Your Body” a todo volumen, un himno de disfrute puro y temerario de la forma masculina. Puedo sentir sus ojos corriendo arriba y abajo por la longitud de mi cuerpo, puesta en mi piel abrazada por los pantalones Capri de hacer ejercicio y la camiseta del juego razor-back, con una V de sudor en la parte delantera de mi busto.
―Hola ―le digo sin aliento, mi cuerpo todavía jadeando por mi esfuerzo.
―Hola, paula. ―El roce de su voz diciendo mi nombre es un afrodisíaco oculto, que envía escalofríos por mi columna vertebral y provoca una sensación de hormigueo en mi vientre.
―¿Qué estás haciendo aquí? ―Lo miro con confusión grabada en mi cara, aunque mis entrañas están saltando en privado de alegría, estoy sorprendida de que él esté aquí, delante de mí.
―Bueno ―dice empujándose a sí mismo fuera del auto mientras camino hasta detenerme frente a él. Él exuda una confianza que la mayoría de las personas matarían por tener―. De acuerdo contigo, tomé la bandera de cuadros anoche, paula ―una sonrisa provocativa crece en sus labios―, pero parece que he olvidado recoger mi trofeo.
―¿Trofeo?
Toma mi mano, sus ojos brillantes llenos de humor siguen encerrados en los míos, y tira de ella, tirándome a la fuerza contra su pecho.
―Sí. Tú.
Oh. Joder. Mi. Pensamientos corren caóticamente por mi cabeza. ¿Cómo respondo a esto? ¿A él? Cuando todo lo que puedo pensar es en la sensación de su cuerpo cálido y duro contra el mío, y el hecho de que él está aquí para mí otra vez después de que acabé con él la noche anterior. Me obligo a respirar, su sola presencia me despoja de la capacidad para llevar a cabo la más básica de las funciones. Trato rápidamente de recuperar la compostura, diciéndome que tengo que mantener nuestras interacciones con mis condiciones ―volver a mi sarcástica naturaleza― con el fin de asegurarme de que puedo mantener mi ingenio sobre mí.

Oigo la voz de lina en mi cabeza que me dice que canalice mi puta interior. Para ir por ello.
Respiro de nuevo antes de levantar los ojos para afrontar el reto en los suyos. Su pura fragancia masculina, el jabón mezclado con agua de colonia llena mi nariz y me nubla la cabeza.
―Bueno, Ace, creo que tienes tus ojos puestos en el premio equivocado. ―Saco mi mano de la suya y la pongo en su pecho, juguetonamente empujándolo hacia atrás, alejándole de su cuerpo contra el mío. Necesito el espacio para mantener la cabeza clara―. Si todo lo que estás buscando es un trofeo, tienes tu grupo de bellezas para hacer tu selección. Estoy segura de que una de ellas estaría más que dispuesta a ser tu trofeo en tu brazo. ―Rodeo por delante de él hacia la puerta principal. Me vuelvo hacia él, con una sonrisa en las comisuras de la boca―, y convertirse en otra muesca en el cinturón ―me encojo de hombros mientras tomo un paso atrás―. Probablemente podrías empezar llamando a Raquel, ¿verdad? Estoy segura de que te perdonara por lo de anoche. Quiero decir, estás... ―Me doy la vuelta y doy un paso hacia la puerta, fingiendo que estoy buscando una palabra antes de encogerme y mirar por encima de mi hombro―, decente. Probablemente esté encantada con decente.
Me gustaría poder ver la expresión de su rostro por la inhalación brusca que escucho me dice que he hecho un impacto directo con mi comentario. No tengo que esperar mucho tiempo para averiguarlo, porque dentro de un aliento, pedro agarra mi brazo y me hace girar alrededor de él, presionando mi cuerpo contra el suyo.
―Decente, ¿eh? ―pregunta, con los ojos clavados en los míos. Veo la ira, humor, desafío, todos mezclados con el deseo. Su aliento revolotea sobre mi rostro, sus labios a centímetros de los míos, tan cerca que yo aprieto los puños para resistir la tentación de darle un beso.
Necesito de toda mi compostura para mantener mi farsa de indiferencia. Para ocultar lo mucho que me emociona, enciende mi interior y rompe mi control con sólo el sonido de su voz, la sensación de su tacto, y la pizca de su naturaleza dominante.

Deliberadamente me muerdo el labio inferior y levanto mi vista como pensativa antes de contestarle.
―Hmmm, un poquito por encima del promedio, diría yo ―sarcasmo gotea de cada palabra a medida que sonrío para él, mintiendo entre dientes.
―Tal vez tengo que mostrarte de nuevo. Te aseguro que decente no es una evaluación precisa.
Él resopla fuertemente mientras me alejo de él y provocativamente ando mi camino por la acera.
―Necesito ir a estirarme ―le digo sintiendo su movimiento detrás de mí―. ¿Vas a venir? ―pregunto inocentemente, con una sonrisa victoriosa en toda mi cara que no puede ver.
―Si sigues moviendo el culo así, voy ―murmura en voz baja mientras me sigue a la casa.
Lo llevo al salón, esperando que lina esté ocupada en otro lugar de la casa y le ofrezco un asiento en el sofá antes de sentarme en el suelo justo delante de él para estirar. Estiro las piernas a cada lado de mí tan ampliamente como puedo y bajo mi pecho hasta el suelo, con las manos por delante de mí en el suelo. Con la ayuda de mi sujetador deportivo y mi pecho presionando contra el suelo, el escote es empujado hacia arriba y se reparte por delante de mí en el suelo. Puedo ver que los ojos de Pedro vagan por mi cuerpo, deteniéndose en mi pecho, y disfrutando de la flexibilidad que estoy mostrando a propósito para volverlo loco. Puedo oír su silbido de deseo, y veo como su garganta trabaja de manera forzada.
―Así que, Pedro ―le digo, extendiendo a lo largo una pierna en decúbito prono, volviendo la cabeza para mirarlo. Sofoco una sonrisa cuando reconozco la lujuria nublando sus ojos―. ¿Qué puedo hacer por ti?
―Cristo, paula. ―Lleva una mano al azar a través de su pelo, sus ojos recorren el escote otra vez, antes de subir para mirarme a los ojos. Él moja accidentalmente el labio inferior con la lengua.

―¿Qué? ―respondo incrédula, como si no tuviera ni idea de por qué esta agitado. Nunca he jugado a femme fatale, nunca tuve el coraje para ello, pero hay algo en pedro que me permite sentirme atrevida y audaz. Es una sensación muy fuerte ver cómo reacciona a mis movimientos más sutiles.
―Tenemos que hablar de lo de anoche. ―Veo sus ojos estrecharse mientras cambio posiciones, ahora acostada boca arriba. Saco mi pierna derecha todo el camino hacia arriba, presionando contra mi pecho, mis espinillas a centímetros de la nariz. Levanto la cabeza y le miro a través del abierto V de mis piernas para animarlo a seguir adelante. Se aclara la garganta ruidosamente antes de continuar, tomando un minuto para recordar su línea de pensamiento―. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué te escapaste? Una vez más.
Cambio las piernas, tomándome mi tiempo para sacar mi otra pierna, y extendiéndola por encima de mi cabeza, haciendo un gemido de lo bien que se siente alargar los músculos apretados.
―pedro…
―¿Puedes por favor parar? ―ladra, moviéndose sin descanso en el sofá y ajustándose el bulto cada vez que presiona contra la costura de sus pantalones cortos―. Cristo ―jura de nuevo cuando me doy la vuelta en pose de niño, mi trasero doblado en su dirección―. En esos pantalones de yoga toda ágil y doblándote por la mitad, estás haciendo que pierda mi concentración aquí.
Miro por encima del hombro de mi estiramiento y tímidamente bateo mis pestañas hacia él.
―¿Hmmm? ―Finjo como si no lo hubiese oído.
Pedro suspira exasperado.
―Vas a hacer que me olvide de mis disculpas y te tome aquí en el suelo. Duro y rápido, paula.
―Oh ―es todo lo que puedo decir tras su prometedora amenaza, envía ondas de choque a través de mí, mi cuerpo más que ansioso por su toque experto de nuevo. Mis labios se abren para recordar a mis pulmones respirar. Mis pezones se
endurecen ante la idea. Me empujo hasta la posición de sentada, cruzo las piernas, y ajusto mi top para tratar de ocultar la emoción de mi cuerpo con sus palabras―. Estoy segura de que soy yo quien debe disculparse, Pedro.
Ignora mis palabras, sus ojos posesivos en los míos, diversas emociones vacilan a través de ellos.
―¿Por qué me dejaste, paula?
La orden en su tono me hace tragar rápidamente, mi confianza menguando. Me encojo de hombros.
―Una serie de razones, Pedro. Te lo dije, yo no soy esa clase de chica. Yo no soy de las de una sola noche.
―¿Quién dijo que eras una aventura de una noche?
Una burbuja de esperanza chisporroteando dentro de mí, pero trato rápidamente de sofocarla. ¿No era sólo para una noche? Entonces, ¿qué diablos fue eso? ¿Qué diablos es esto? Trato de averiguar lo que está buscando. Lo que se podría pensar que es esto entre nosotros. Miro a sus ojos, en busca de una pista, pero su expresión no me deja llegar lejos.
―¿Qué? ―Confusión grabada en mi cara―. Me he perdido. Pensé que el compromiso no era lo tuyo.
―No lo es. ―Él ofrece con un encogimiento de hombros, no da ninguna otra explicación―. No te creo. ―Cruza los brazos sobre el pecho, los bíceps tensos contra la camisa, y se inclina hacia atrás en el sofá. Sus cejas levantadas hacia mí y espera mi respuesta.
―¿Qué? ―Me he perdido.
―Tú excusa para tu comportamiento de la noche anterior. No la creo. ¿Por qué me dejaste, paula?
Supongo que ese es el final de la discusión no-novia. Pero, ¿qué pasa con el comentario no-soy-tipo-de-una-noche? En cuanto a la respuesta, ¿cómo le explico
cómo me hizo sentir ayer por la noche después de irse de la cama? Usada y avergonzada. ¿Cómo le digo que me duele sin sonar que siento algo por él? Sentimientos significan drama, y él me ha hecho saber que no lo quiere ni lo tolera en su vida.
―Yo sólo… ―Suspiro profundamente, tomando la goma de pelo de mi cola de caballo y dejando que mi cabello se caiga por la espalda, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Le miro a los ojos, pensando que la honestidad es la ruta más fácil―. Dejaste claro que habías terminado conmigo. Con nosotros... ―Pude sentir el calor de mi rubor sobre mis mejillas. Avergonzada de que voy a sonar como una necesitada, mujer llorona―. Maldiciendo rotundamente demostrando por qué mí presencia ya no era necesaria.
Él me mira con cautela, sus ojos parpadean rápidamente al contemplar mis palabras. Trato de mantener mi cara impasible, inexpresiva para que no pueda ver el dolor que siento y sin embargo, veo una gran cantidad de emociones que flotan en su rostro mientras lucha por lograr el equilibrio.
―Dulce Jesús, paula! ―murmura cerrando los ojos un momento, su boca se abre y cierra como si tuviera más que decir. Por último, me mira―. ¿Tienes alguna idea... de lo que me has hecho…? ―Se detiene a mitad de la frase antes de pararse bruscamente y caminar hacia la ventana. Oigo murmurar una maldición y me quedo blanca ante su severidad―. Sólo quiero protegerte de… ―Se detiene de nuevo, un fuerte suspiro la única conclusión a su condena. Él pone la mano en la nuca y tira hacia abajo mientras hace rodar la cabeza sobre sus hombros. Él se queda ahí un momento, mirando hacia el patio delantero, ambos suspendidos en el silencio contemplativo.
¿Le hice qué? ¿Protégeme de qué? Termina las frases, declaro en silencio mientras observo el cuerpo tenso enmarcado por la luz de media mañana. Sólo necesito una pizca de honestidad de él. Una señal de que lo que pasó significa algo más que un revolcón rápido. Daría cualquier cosa por verle la cara en este momento. Para tratar de leer las emociones que está enmascarando de mí.
Se da la vuelta y cualquier atisbo de expresión que había previamente en su cara se ha ido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario