sábado, 14 de junio de 2014
CAPITULO ONCE
Mientras Pedro y yo salimos de la casa, una extraña sensación de calma se asentó sobre mí. Creo que este puede ser el mejor enfoque para una cita con pedro. Inesperadamente, lo tomé con la guardia baja por lo que no puede hacer nada de planes extensos. Planes extensos podrían igualar a indulgencias exageradas y premeditada seducción.
Dos cosas que definitivamente no necesitaba. Ya era bastante difícil resistirse a él como era.
―Iremos en mi auto ―dijo poniendo una mano en mi espalda, el calor de su mano me dio consuelo, mientras me conducía hacia un elegante convertible negro carbón estacionado junto a la acera. El Aston Martin era hermoso y se veía como si estuviera meticulosamente cuidado. Parecía que realmente podía volar y por un instante, me imaginé al volante, con el pedal hasta el suelo, y dejando todos mis fantasmas atrás.
―Buen viaje. Agradable paseo ―le concedo, aunque trato de no mostrar ningún interés. Estoy segura de que está acostumbrado a que las mujeres lo adulen a él y a su auto. Yo no. Que comience el juego, creo.
―Gracias. ―Él abre la puerta del pasajero para mí, y me desliza sobre el cuero negro, admirando la elaborada y completa opulencia interior―. Pensé que sería hermoso en este día conducir con la capota bajada ―dice rodeando la parte trasera del auto y deslizándose a mi lado―. No me di cuenta que también te llevaría a ti. ¡Una ventaja añadida! ―admite, y me da una sonrisa de mega watts mientras se pone sus gafas de sol.
No puedo dejar de darle una sonrisa de vuelta porque la suya es contagiosa.
―¿Qué sucedió con las viejas y buenas camionetas de moda? ―le pregunto mientras él se inclina, abriendo la guantera delante de mí, rozando su brazo sobre mi muslo y riendo en voz alta por mi comentario. Su toque es electrizante, incluso cuando es accidental. Él saca una gorra de béisbol gastada, con “Firestone” estampada en el frente y se la pone en la cabeza, su cabello oscuro se riza debajo de ella en la nuca de su cuello. Mueve el borde hacia abajo lo suficientemente bajo como para tocar sus gafas de sol.
Supongo que este es su look “de incógnito”, pero todo lo que puedo pensar es que se ve sexy como el infierno. Todo ardiente, nervioso chico-malo envuelto en un cuerpo digno de babear. Estoy seriamente jodida aquí si de hecho creo que mi fuerza de voluntad me impedirá ceder a cualquier petición de él. Él se acerca y le da a mi muslo un rápido apretón antes de pulsar un botón en el tablero de la consola central.
―No te preocupes, tengo una camioneta también. ―Se ríe antes de que el auto ruja a la vida, la vibración del motor reverbera a través de mi cuerpo y envía una emoción a través de mí―. ¡Espera! ―dice mientras se aleja del barrio, con la mirada emocionada de un niño pequeño en su rostro.
Los chicos y sus juguetes, creo que lo veo desde detrás de mis aviadores. No debería estar sorprendida ante su habilidad para maniobrar el auto porque así es como se gana la vida, pero lo estoy. No debería estar activada por su completa competencia mientras se mueve suavemente desde adentro hacia afuera del tráfico, el auto acelera rápidamente, pero me encuentro con ganas de estirarme y tocarlo. De conectar con él a pesar de saber que es una línea peligrosa para que la cruce por mi propio bien.
El rugido del motor es lo suficientemente fuerte y se mezcla con el viento azotando, hablar no es una opción posible. Me siento de nuevo, disfrutando de la sensación de libertad mientras el viento danza a través de mi cabello y el sol calienta mi piel. Inclino mi cabeza hacia atrás y cedo a la tentación de levantar las manos por encima de mi cabeza mientras vamos por la Interestatal 10 hacia el oeste.
Echo un vistazo para ver que me observa con una expresión curiosa en su cara. Sutilmente niega, una diminuta sonrisa llena sus labios antes de mirar de nuevo hacia la carretera. Después de un segundo, aprieta un botón y la música mana a la vida en el auto, que nos rodea con el ritmo rápido de una canción.
La canción termina y otro comienza. Echo la cabeza hacia atrás, riendo a carcajadas por la canción. Es una pegadiza melodía pop que he escuchado en la radio de Shane suficientes veces. En mi periferia noto a Pedro dándome una mirada burlona, así que a pesar de mi voz normal, entono el coro, con la esperanza que oiga las palabras.
―Tú me haces sentir tan bien, incluso si eres tan malo, quiero gritar en voz alta, muchacho sólo me muerdo la lengua. ―Levanto mis brazos otra vez por encima de mi cabeza, dejándome ir, deleitándome en la sensación de que estoy diciéndole a Pedro lo que siento sin decírselo. Esto es tan diferente a mí, cantar en voz alta, soltarme, pero hay algo al estar con él, sentada junto a él en este llamativo auto deportivo, que baja mis inhibiciones. En cuanto salimos de la autopista, termino el coro con entusiasmo―. Se siente tan bien, ¡pero eres tan malo conmigo! ―Pedro oye las palabras y se ríe de buen humor por ellas.
Sigo cantando la canción, con menos gusto ya que el motor del auto ronronea más tranquilo ahora que estamos en Fourth Street. Puedo ver a Pedro medir la disponibilidad del estacionamiento de la calle y mi curiosidad se levanta porque no hemos discutido hacia dónde vamos. Él se desvía bruscamente y estaciona el auto con experta precisión a lo largo de la acera.
Echo un vistazo por ahí tratando de averiguar dónde estamos cuando presiona un botón en el elegante salpicadero y el sexy ronroneo del motor cesa.
―¿Estás bien para contenerte un segundo? ―me pregunta, dándome una sonrisa sincera que me afecta más de lo que quisiera admitir.
―Claro ―le respondo, y sé que en este momento estoy diciendo que sí a mucho más que sentarme pacientemente en el auto. Empujo el miedo de mi mente y hago un voto para abrazar la idea de sentir otra vez. Quiero volver a sentir. Muevo mis ojos de él, hasta su boca, y retrocedo, los pensamientos lascivos corren rampantes a través de mi mente. Su sonrisa se ensancha aún más cuando se da cuenta de mi prolongada atención.
―¡Regresaré! ―anuncia antes de salir con gracia del auto y dándome deliberadamente una increíble vista de su apretado trasero en los vaqueros. Me muerdo el labio para reprimir las diversas instancias que azotan mi cuerpo. Él mira por encima del hombro hacia mí y se ríe, sabiendo muy bien el impacto de sus acciones―. Hey, ¿Pauli?
―¿Sí, Ace?
―Te dije que no podrías resistirme. ―Me lanza una sonrisa desarmante antes de saltar en la acera y caminar rápidamente por la cuadra, sus piernas largas comiéndose la acera, sin mirar hacia atrás.
No puedo evitar sonreír cuando lo veo alejarse. El hombre es fascinante en todos sentidos y el epítome de lo sexy. Desde esa sonrisa infantil que me desarma en segundos a su sexy arrogancia que dice que sabe exactamente a dónde va y cuáles son sus intenciones. Exuda virilidad, evoca deseo, y llama la atención con una sola mirada de sus impresionantes ojos. Es atrevido y temerario y quieres ir en el paseo con la esperanza de obtener una visión de su lado tierno que aparece de vez en cuando. El chico malo con un toque de vulnerabilidad que te deja sin aliento y te roba el corazón.
Me sacudo de mis pensamientos para admirar la vista de los anchos hombros de Pedro y su arrogancia sexy mientras camina por la acera. Él tira hacia abajo de su gorra de béisbol antes de pasar a dos mujeres.
Ambas vuelven la cabeza cuando él pasa y lo admiran antes de volverse la una a la otra y reírse, con una palabra en su boca de, ¡wow! a la otra.
Sé cómo se sienten multiplicado por cien. Veo que Pedro se detiene y desaparece en una puerta. Desde mi punto de vista en el auto, no puedo ver la señal sobre la entrada en la desgastada fachada.
Paso el tiempo admirando el elegante interior del vehículo y veo a las diferentes personas que caminan junto al auto y lo miran. El sonido del celular de Pedro que está en la consola me sobresalta. Echo un vistazo para ver el nombre de “Tamara” parpadeando en la pantalla. Una punzada de irritación parpadea en mí hacia una chica cuyo nombre está en su teléfono antes de frenar mis inesperados celos. Por supuesto que tiene a mujeres llamándolo, me digo.
Probablemente todo el tiempo.
―Estamos listos ―dice Pedro sorprendiéndome mientras coloca una bolsa de papel detrás de mí. Camina alrededor del auto y se desliza en su asiento. Mientras se abrocha su cinturón de seguridad, se da cuenta de que su teléfono tiene un mensaje de llamada perdida en la pantalla y mueve los pulgares a él. Una mirada enigmática cruza su rostro cuando ve el nombre de la persona que llama, y me castigo a mí misma por tener la esperanza de que frunza el ceño cuando la viera.
Una chica puede tener esperanzas de todos modos.
En unos momentos estamos de vuelta en el camino y nos dirigimos por la autopista Pacific Coast. Estoy admirando la vista de las olas rompiendo en la playa con el sol en el fondo menguando lentamente hacia el horizonte antes de darme cuenta de que estamos en la vista nosotros mismos.
Pedro se detiene en un lugar en el estacionamiento casi vacío. Me sorprende que haya tan pocas personas aquí teniendo en cuenta que el clima es inusualmente cálido para esta época del año.
―Aquí estamos ―dice él, presionando un botón que hace que el techo del auto se eleve y se cierre sobre nosotros antes de apagar el auto. Lo miro, la sorpresa se muestra en mi cara, estaba esperando una “cita” no romántica y sin embargo, me trajo a mi lugar favorito en la tierra. Una playa casi vacía cerca de la puesta del sol. Simplemente no está jugando limpio, pero de nuevo, no me conoce lo suficientemente bien como para saber mis preferencias, así que sólo se lo atribuyo a la suerte de su parte.
Agarra la bolsa detrás de mi asiento y luego sale del auto. Después, recoge una manta del maletero antes de venir a mi lado. Abre la puerta con un toque juguetón mientras toma mi mano para ayudarme a salir del auto.
―Vamos ―exige mientras tira de mi mano, mil sensaciones me seducen cuando me lleva a la arena y al surf. Estoy un poco mareada por el hecho de que sigue manteniendo mi mano en la suya, incluso aunque lo seguí. Los callos ásperos en sus manos contra mi piel suave son una sensación de bienvenida.
Casi me pellizco para asegurarme de que no estoy soñando.
Caminamos a la playa junto a un montón de toallas y ropa que supongo que pertenece a los dos surfistas saliendo y entrando en el agua. Caminamos en silencio, ambos viendo a nuestro alrededor mientras trato de averiguar qué decir. ¿Por qué de repente estoy nerviosa por la intensidad de Pedro? ¿Por su proximidad?
Cuando llegamos a unos tres metros de la arena mojada, Pedro finalmente habla.
―¿Qué tal aquí?
―Claro, aunque hubiera traído mi traje de baño si hubiera sabido que vendríamos a la playa ―respondo con ligereza, mis nervios dan un paso al estúpido humor como hacen normalmente. Si pudiera rodar los ojos para mí en este momento, lo haría.
Sintiendo mi falta de valentía e intensificados nervios ahora que realmente estamos solos, sólo él y yo, Pedro bromea:
―¿Quién dijo algo de trajes? Estoy a favor de la inmersión desnuda.
Me congelo ante el comentario, mis ojos se abren, y trago con fuerza. Es extraño que la idea de quitarme la ropa con este hombre terriblemente guapo me inquiete a pesar de que ha puesto sus manos sobre mí.
Su perfección al lado de la mía ordinaria.
Pedro estira su mano libre y pone un dedo debajo de mi barbilla, levantando mi cabeza para poder encontrarme con sus dulces ojos.
―Relájate, Paula. No te comeré viva. Dijiste que querías ser casual, así que estoy dándote algo casual. Pensé que podríamos aprovechar el clima inusualmente cálido ―dice soltando mi barbilla y entregándome la bolsa de papel para poder colocar una gran manta Pendleton en la arena―. Además, cuando me desnude, será en un lugar mucho más privado para poder disfrutar de cada lento y segundo enloquecedor de ello. Así podré tomarme mi tiempo y mostrarte exactamente para lo que está hecho ese sexy cuerpo tuyo. ―Levanta la vista, con los ojos brillantes y la boca deseosa de volverse una sonrisa maliciosa.
Suspiro y niego, insegura de mí misma, de mi reacción hacia él, y de cómo debo proceder. El hombre me puede seducir con palabras solamente. Esa definitivamente no es una buena señal, viendo la forma en que si sigue así estaré entregándole mis bragas a en cualquier momento.
Me agito bajo la intensidad de su mirada y la dirección que mis pensamientos tomaron.
―Toma asiento, Paula. Te lo prometo, no muerdo. ―Sonríe.
―Eso lo veremos. ―Resoplo en broma, pero accedo y nos sentamos en la manta, distrayéndome de mis nervios quitándome los botines. Me quito los calcetines, libero mis pies y muevo mis dedos, que están pintados de rojo bombero, en la arena. Me pongo de rodillas, y envuelvo mis brazos alrededor de ellos, abrazándolos hacia mi pecho―. Es hermoso aquí afuera. Estoy tan contenta de que la cubierta de nubes se hubiera alejado hoy.
―Mmmhmm ―murmura él mientras mete la mano en la bolsa de papel de Fourth Street―. ¿Tienes hambre? ―pregunta sacando dos paquetes envueltos en papel deli blanco, seguidos de una barra de pan francés, una botella de vino y dos vasos de papel―. Voilá ―anuncia―. Una muy sofisticada cena de salami, queso provolone, pan francés, y un poco de vino. ―Las comisuras de sus labios se mueven ligeramente hacia arriba como si fuera a ponerme a prueba. Como si comprobara para ver si realmente estoy bien con un ambiente informal, con una cena de bajo coste de este tipo en una tierra de ostentación como Hollywood, de glamur, y de pretensión.
Lo miro con cautela, sin gustarme los juegos ni las pruebas, pero creo que alguien en su lugar probablemente sería más cuidadoso con los demás. Por otra parte, es él que me pedía una cita, aunque todavía no estoy segura de por qué.
―Bueno, esto no es el Ritz ―digo secamente, poniendo los ojos en blanco―, pero tendrá que ser suficiente ―termino.
Él se ríe a carcajadas, mientras saca el corcho del vino, lo vierte en las tazas de papel, y me da uno a mí.
―¡Por la simplicidad! ―Brinda con buen humor.
―¡Por la simplicidad! ―Estoy de acuerdo, toco su taza y bebo un sorbo del vino dulce y sabroso―. Wow, una chica podría acostumbrarme a esto ―reconozco. Cuando él me mira con duda, continúo―: ¿Qué más puedo pedir? Sol, arena, comida…
―¿Una cita con un guapo? ―Bromea mientras parte un pedazo de pan, las capas de provolone y delgadas rebanadas de salami, y me lo entrega en una servilleta de papel. Lo acepto con gracia, mi estómago gruñe. Había olvidado lo hambrienta que estoy.
―Gracias ―le digo, mientras tomo la comida de él―. Por la comida, Por la donación, por Zander...
―¿Cuál es la historia ahí?
Le transmito la esencia de la historia, con el rostro impasible, evitando los detalles.
―Y hoy, contigo, fue la primera vez que a propósito interactuaba con alguien, así que gracias. Estoy más agradecida de lo que nunca sabrás ―concluyo, mirándolo tímidamente, un rubor se extiende por mis mejillas mientras de pronto estoy incómoda de nuevo por su atención directa y total. Tomo un bocado del improvisado sándwich, y gimo con aprecio por la mezcla de pan fresco y deli―. ¡Esto está realmente bueno!
Él asiente de acuerdo conmigo.
―He estado yendo a ese deli desde siempre. Es definitivamente mejor mi velocidad que el caviar ―dice encogiéndose de hombros sin pedir disculpas―. Entonces, ¿por qué Corporate Cares? ―pregunta, con la boca ligeramente abierta mientras me mira saborear la comida.
―Hay tantas razones ―admito, terminando mi bocado―. La capacidad de hacer una diferencia, la oportunidad de ser parte de un gran avance como con Zander hoy, o la sensación que tengo cuando un chico que se queda atrás se siente como que importa otra vez... ―Suspiro, no teniendo suficientes palabras para expresar los sentimientos que tengo―. Hay muchas cosas que no puedo ni siquiera empezar a explicar.
―Eres muy apasionada al respecto. Te admiro por eso ―su tono es serio y sincero.
―Gracias ―contesto, tomando otro sorbo de vino, encuentro sus ojos―. Estuviste bastante impresionante hoy. Casi como si supieras qué hacer a pesar de que te dije que te fueras ―admito tímidamente―. Fuiste bueno con Zander.
―No ―niega agarrando otro pedazo de queso, doblándolo en el pan―. No soy bueno con los niños en absoluto. Es por eso que nunca tendré hijos ―su declaración es determinada y su expresión está en blanco.
Estoy sorprendida por su comentario.
―Esa es una declaración audaz para alguien tan joven. Estoy segura de que en algún punto cambiarás de idea ―contesto, mis ojos se estrechan mientras lo miro, deseando todavía tener la opción de tomar una decisión como la suya.
―Absolutamente no ―declara enfáticamente antes de apartar los ojos de mi mirada por primera vez desde que lo conozco. Puedo sentir su malestar con este tema de conversación. Una rareza para un hombre tan confiado y seguro de sí mismo en todos los demás ámbitos de la vida. Él mira hacia el tumultuoso océano y se queda en silencio durante unos momentos, con una mirada indescifrable en su rostro duro.
Creo que mi estado de cuestionamiento se queda sin respuesta, hasta que él rompe el silencio.
―No realmente ―dice con lo que siento una tristeza resignada en su voz―. Estoy seguro de que lo experimentas de primera mano todos los días, Paula. La gente usa a los niños como peones en este mundo. Muchas mujeres tratan de atrapar a los hombres con ellos y luego odian al niño cuando el hombre se va. La gente fomenta tener niños sólo para obtener el estipendio mensual del gobierno. Y eso sigue una y otra vez. ―Se encoge de hombros con indiferencia, desmintiendo lo afectado que está por la verdad oculta detrás de sus palabras―. Sucede a diario. Niños arruinados y abandonados a causa de las decisiones egoístas de sus madres. Nunca pondría a un niño en ese tipo de posición ―niega enfáticamente, todavía negándose a mirarme a los ojos, su mirada sigue a los surfistas que montan la ola en lugar de escapar de ella―. De todos modos, probablemente los dañaría tanto como yo fui dañado de niño. ―Respira profundamente con su última declaración y se quita la gorra con una mano mientras pasa su otra mano por su cabello en lo que interpreto como agitación.
―¿Qué quieres decir? No entiendo ―vacilo mientras empiezo a preguntar sin pensar. Esta conversación ha llegado inesperadamente a algo pesado rápidamente.
La molestia pasa por su rostro momentáneamente antes de que lo vea frenarla.
―Mi pasado es básicamente del conocimiento público ―afirma, mi ceño se frunce mostrando mi confusión―. La fama hace que la gente cave en las verdades feas.
―Lo siento ―le digo levantando las cejas―. No hago un hábito de investigar a mis citas. ―Escondo el malestar que siento con esta conversación con el sarcasmo de mi tono.
Sus ojos verdes se concentran entrecerrados en los míos, un músculo pulsa en su mandíbula apretada.
―Deberías hacerlo, Paula ―advierte su voz acerada―. Uno nunca sabe qué es peligroso. Quién te lastimará cuando menos te lo esperas.
Estoy sorprendida por su repentino comentario. ¿Me está advirtiendo acerca de él? ¿Advirtiéndome que me aleje de él?
Estoy confundida. ¿Me persigue y luego me aleja? Esta es la segunda vez hoy que emite una declaración de ese tipo. ¿Qué debo hacer con ella?
¿Y qué demonios pasa con sus comentarios acerca de haber sido arruinado cuando era niño? Sus padres son prácticamente la realeza de Hollywood. ¿Está diciendo
que le hicieron algo? La arregladora en mí quiere probarlo pero puedo decir cuán desagradable es esa perspectiva por su reacción.
Con cautela miro hacia él, para ver su atención vuelta hacia el surf. Es en este momento que puedo ver los cuadros pintados por los medios de comunicación sobre él. Oscuro y melancólico, un poco accidentado con la sombra oscura de barba en su mandíbula, y una intensidad en sus ojos que te hace sentir como si fuera inaccesible.
Impredecible. Los hombros anchos y la arrogancia sexy. El chico malo que es demasiado guapo para su propio bien mezclado con una gran cantidad de imprudencia. Las rebeldes mujeres desmayadas una y otra vez juran que lo podrían dominar, si tuvieran la oportunidad.
Y él está aquí sentado. Conmigo. Es alucinante, y todavía no está claro en cuanto a cómo sucedió todo esto y por qué me pasó a mí.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario