sábado, 7 de junio de 2014
CAPITULO NUEVE
A pesar de sus gafas de sol, sé que me está mirando de arriba hacia abajo. Una perezosa media sonrisa en su cara provoca que su hoyuelo se profundice como única muestra de emoción en su rostro.
Maldito mi aliento por atorarse al verlo. Por mucho que no lo quiera aquí, que no quiera la complicación de lo que tiene que ofrecer en mi vida, un polvo rápido es fácilmente descartado, estoy mareada sólo con verlo. Y este giro de los acontecimientos no se ve bien para mí.
Me detengo en la puerta, con una sonrisa en mi cara extendiéndose a pesar de mi determinación de que es una mala noticia para mí.
Nos quedamos allí, mirándonos el uno al otro, sosteniéndonos entre sí por unos momentos. Él usa un buen pantalón vaquero y una camiseta negra que se aferra a su musculoso torso. La sencillez de su ropa sólo se suma a sus devastadoras miradas. Su cabello oscuro es arrastrado por el viento, salvaje y sexy como el infierno.
Todo en él grita aquí viene un problema. Y estoy parada en su camino como un ciervo frente a los faros. No me puedo mover y soy atraída por su luz. Sólo mi fuerza de voluntad es lo que me hace durar tanto tiempo. Estoy seriamente jodida.
―Hola, Paula. ―El simple roce de su voz diciendo mi nombre me hace parpadear de nuevo a su boca sobre la mía. Sus manos sobre mí. Tiene vibraciones propulsadas de ondas de choque por mi cuerpo.
Muevo la cabeza hacia un lado con respecto a él.
―Hola, Ace ―digo con cautela―. ¿Desde cuándo se agrega acosador a tu repertorio de talentos?
Deslizo mis manos en los bolsillos traseros de mis vaqueros mientras me apoyo en el marco de la puerta. Él se quita sus gafas de sol, sus ojos esmeralda arden en los míos, y luego los dobla para colgarlos en el cuello de su camisa. Su peso tira de su cuello hacia abajo por lo que varios vellos oscuros se rizan a lo largo del borde. Arrastro mis ojos de la vista retrocediendo a la suya.
Él me lanza una sonrisa de alivio rápida.
―Estaría más que feliz de mostrarte mi talento, mi amor.
Pongo los ojos en blanco.
―Ser mujeriego no es un talento.
―Es cierto ―jala la voz y asiente en un lento reconocimiento―, pero aún tienes que ver la verdadera profundidad de mis muchos otros talentos. ―Arquea una ceja, una sonrisa pícara aparece en las esquinas de su boca―. Y puesto que te mantienes huyendo, no puedo mostrártelo y no podemos resolver nuestro pequeño problema sobre esa cita que me debes. ―Da un paso más cerca de mí, una mirada baila juguetona en sus ojos. Me retiro un paso hacia el vestíbulo, recelosa de esta danza en la que estamos participando―. ¿No vas a invitarme a entrar, Pauli?
―No creo que sea una buena idea, Alfonso. Me advirtieron acerca de los tipos como tú.
Él sonríe hacia mí, encontrando divertido mi comentario.
―No tienes ni idea ―murmura, sus ojos fijos en los míos y la forma condescendiente de su sonrisa me molesta. Da otro paso más, haciendo que mi pulso se acelere.
―¿Qué quieres? ¿Por qué estás aquí? ―Me enfado.
―Porque quiero mi cita contigo ―dice enunciando cada palabra―. Y siempre me dan lo que quiero. ―Coloca ambas manos en el marco de la puerta, apoyándose en ella, su silueta bloquea el sol de la tarde.
Sus rasgos oscuros se llenan de una aureola por la luz brillante.
Niego a su coraje y vanidad sin límites.
―Esta vez no. ―Estoy en desacuerdo. Empujo la puerta de entrada para cerrarla y muevo mis talones hacia atrás por el pasillo.
En menos de un segundo, Pedro agarra mi brazo, me da la vuelta, y me tiene presionada contra el marco de la puerta.
―Sigue peleando conmigo, cariño. Entre más luchadora seas, más duro me pones. ―Hay una diversión peligrosa en su tono que me raspa y espina mis sentidos.
¡Mierda! ¿Cómo puede hacer que esas palabras suenen como una seductora promesa?
Aprieta sus caderas contra las mías, sosteniéndome contra la dura madera implacable. Los dos estamos respirando con dificultad, y no estoy segura de si es por el esfuerzo físico o por la proximidad entre sí.
Pedro libera mi brazo y levanta sus dos manos para tomar mi cara entre ellas, sus pulgares acarician la línea de mi mandíbula. La implícita intimidad de ese toque hace que por un momento cierre los ojos, absorbiendo la sensación. Sus ojos translúcidos queman los míos, y puedo sentir una lucha interna en él, su mandíbula se tensa en deliberación.
―Por mucho que me gustaría advertirte que te mantengas lejos de mí, Paula, por tu propio bien ―murmura a centímetros de mi boca―, lo único que anhelo es degustarte. ―Su dedo hace una línea por un lado de mi cuello, poniendo mi piel en llamas―. Ha pasado demasiado tiempo desde que te saboreé. Eres, intoxicante. ―Sus palabras son un staccato que coincide con la aceleración de mi corazón.
¡Oh mi mierda! Si el comentario no quería inundar cada centímetro de mi piel, nada lo hará. El hombre me puede seducir con palabras solamente. Está tirando de mí, poniendo a prueba mi fuerza de voluntad, y haciéndome desear más de lo que debería. Respiramos uno contra el otro un momento mientras trato de formar palabras en mi cabeza. Consigo algo de aparente coherencia. Su sola presencia hace que mi sinapsis falle en el encendido.
―¿Por qué me lo estás advirtiendo ―respiro, completamente inmovilizada por la intensidad de su mirada―, cuando vas a tomar lo que quieres de todos modos?
Veo su sonrisa brillar un momento antes de que sus labios estén sobre los míos, sus manos sobre mí, lo que demuestra mi punto y algo más. Este beso no es suave, por ningún medio. Puedo sentir su hambre, su necesidad de fuego mientras nuestros dientes chocan momentáneamente. Sus labios y lengua se mueven a un ritmo frenético contra los míos mientras su mano agarra mi cola de caballo y tira de ella hacia abajo, sosteniéndome en el lugar.
Disfruto este beso tanto como él, toda mi frustración acumulada por encima de él en el pasado hace unos pocos días estalla dentro de mí. Estoy atrapada en el huracán que es Pedro. Tomo como él toma. Doblo mis brazos alrededor de su torso, pasando mis manos por su espalda, disfrutando de la firme delimitación de sus músculos mientras él se mueve conmigo. Le pellizco el labio inferior, excitada por el gemido que sale de la parte posterior de su garganta.
Nos presionamos el uno al otro, no pudiendo tener suficiente del toque del otro y el único pensamiento que atraviesa mi cabeza es que quiero más.
De repente me impacta la realidad como un ángel perdiendo sus alas cuando escucho a los chicos vitoreando en voz alta en la sala de estar con algo que ver con el partido de baloncesto. Empujo a Pedro atrás con mis dos manos contra su pecho.
Trato de recuperar el aliento y orientarme colocando mi mano en la pared y tratando de no perder el equilibrio. ¿Qué diablos estoy pensando? Estoy haciéndolo en la puerta del trabajo. Por segunda vez. ¿Qué diablos está haciéndome este tipo? Cuando estoy con él es como si hubiera perdido todo sentido de la realidad. No puedo hacer esto. Simplemente no puedo. Estoy conmovida. Realmente sacudida. Nadie ha suscitado una reacción carnal tan flagrante en mí, y eso me asusta.
Pedro se encuentra frente a mí tranquilo como puede estar, mirándome profundamente. ¿Por qué me siento como si sólo hubiera corrido un maratón y él se ve como un espectador desinteresado? Él no exhibe ninguna indicación más allá de su cabello despeinado de lo que acaba de ocurrir.
Finalmente encuentro mi voz.
―Tienes razón ―le digo con tristeza―. Definitivamente debería mantenerme alejada de ti. ―Miro hacia el pasillo mientras capto un ligero vistazo de una mueca en su rostro―. Tengo que comprobar a los chicos. Puedes salir por ti mismo ―le digo, mientras me giro bruscamente y camino hacia mis responsabilidades. Mi realidad.
Entro en la gran sala tratando de pegar una sonrisa natural en mi cara, fallando miserablemente. Todos los chicos están donde los dejé y por eso estoy agradecida, contenta de que nadie se aventurara al pasillo para ver a su tutora actuando como una adolescente llena de hormonas alborotadas.
Algo en mi periferia me llama la atención. Me vuelvo para ver a Pedro de pie en el borde del pasillo, con sus pulgares colgados de los bolsillos de sus pantalones vaqueros, con su hombro casualmente apoyado contra la pared. Su cara es inexpresiva, pero sus ojos iridiscentes dicen mucho más.
¿Y ahora qué? ¿No puede dejarme en paz?
Lo miro, esperando que mi angustia se refleje en mis ojos. Veo que Shane ha tomado nota del desconocido de pie en su casa. Él vuelve su atención a Pedro, midiéndolo. Su cara se arruga mientras contempla al extraño, tratando de ubicar su familiaridad.
―¿Qué quieres? ―Fruncí el ceño a pesar de que estaba tratando de mantener el desprecio de mi voz. Lo último que los niños necesitaban era presenciar este momento como una confrontación. Me doy cuenta de que Kyle y los jefes de Ricky estarán mirando por encima de la mesa como un par de suricatos.
Pedro mira a los chicos, sonríe educadamente hacia ellos, aunque puedo ver la tensión en sus ojos.
―Ya te lo dije, Paula, estoy aquí para recoger mis ganancias ―dice con voz cansina―. Para recoger lo que es mío. ―Sonríe insolentemente hacia mí, esperando mi reacción, tratando de empujar mis botones.
―¿Cómo dices?
―Me debes una cita, Pauli.
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