domingo, 1 de junio de 2014

CAPITULO TRES

Joyas, vestidos de diseñador y nombres-dejados-caer son frecuentes a medida que observo a todas las celebridades de la alta sociedad, y a los filántropos que llenan el viejo teatro. Esta noche es la culminación de la mayor parte de mis esfuerzos del año pasado. Un evento para recaudar la mayor parte de los fondos necesarios para empezar la construcción de las nuevas instalaciones.
Y estoy fuera de mi zona de confort.
Dane discretamente pone los ojos en mí desde el otro lado de la habitación, porque sabe que prefiero estar en la casa con los chicos en mis jeans y cola de caballo habituales. Me permito hacer una sombra de sonrisa con la gracia de mis labios. Asiento hacia él, en un acuerdo tácito antes de tomar un sorbo de mi champán.
Todavía estoy tratando de envolver mi cabeza en torno a lo que de buena gana permití que pasara detrás del escenario y de la picadura de saber que no fui la primera persona con quien el “Sr. Arrogante” había hecho sus movimientos esta noche. Estoy atónita ante ambas de mis acciones no características y mi confusión de cómo me siento lastimada. Sin duda, no puedo esperar que un hombre en busca de un rápido retozón tenga algún tipo de emoción detrás de sus acciones más que para simplemente aumentar su ya hinchado ego.
―Ahí estas paula
―interrumpe una voz en mis pensamientos.
Me vuelvo para encontrar mi jefe. Un oso de hombre de pie de más de un metro ochenta de altura con un corazón más grande que el de cualquier persona que haya conocido. Muy apropiadamente, se ve como un gran oso de Teddy.

―Teddy ―le digo cariñosamente mientras me apoyo en el brazo de ha puesto sobre mis hombros en un rápido abrazo―. Parece que está saliendo bien, ¿no crees?
―Gracias a todo tu duro esfuerzo. Por lo que sé, los controles llegarán. ―Él curva los labios, la sonrisa hace que sus cejas se muevan lateralmente―. Y eso es antes de que comience la subasta.
―El hecho de que se trata de un medio eficaz para recaudar dinero, no significa que tenga que estar de acuerdo con él ―admito a regañadientes, tratando de no sonar como una mojigata. Es un debate que hemos tenido infinidad de veces en los últimos par de meses con respecto a la fecha de la subasta. A pesar de que es por caridad, no entiendo por qué las mujeres están dispuestas a venderse al mejor postor. No puedo dejar de pensar en los oferentes que querrán algo más que una cita a cambio del dólar de quince mil de la oferta de partida.
―No es que estemos dirigiendo un burdel, paula ―advierte Teddy. Se hace de lado y mira por encima de mi hombro derecho mientras un invitado le llama la atención. ―Oh, hay alguien que quiero que conozcas. Esta es una de las causas muy cercana y querida para él. Es uno de los hijos de nuestro gerente quien… ―detiene su explicación porque quien quiera que sea se acerca―. ¡Alfonso! Me alegro de verte ―dice con entusiasmo mientras estrecha la mano de la persona en mi espalda.
Me doy la vuelta, dispuesta a hacer un nuevo amigo y me encuentro con los atónitos ojos del Sr. Arrogante.
Bueno, ¡mierda! ¿Cómo es que a pesar de que tengo veintiséis años, de repente me siento como una puberta, adolescente torpe? La media hora de distancia de él no ha hecho nada para amortiguar su abrasadora buena apariencia o el prohibido jalón que tiene en mi libido. Su cuerpo de metro ochenta además está cubierto por un smoking negro perfecto que grita influyente y mi conocimiento de que se encuentra debajo de la chaqueta un torso tonificado, obviamente, hace que me muerda el labio inferior con necesidad no deseada. Y sin embargo, a pesar de su magnetismo, todavía estoy furiosa con él.
Mi mente se excita de nuevo con la idea de que él es familiar, que se parece a alguien que conozco, pero el shock de verlo otra vez anula el pensamiento dando vueltas en mi cabeza.
Él me sonríe, con aparente alegría, y lo único en que puedo pensar es en cómo se sentirían esos labios sobre los míos. En cómo esos dedos, con un vaso ahora, viajarían sobre mi piel desnuda. Sobre el largo de su cuerpo presionado contra el mío.
Y cómo él se había familiarizado licenciosamente con otra mujer momentos antes de pasar a degradarme a mí.
Luciendo una sonrisa falsa en mi cara, mis ojos miran a Alfonso mientras Teddy se dirige a él.
―Hay alguien que quiero que conozcas. Es la fuerza impulsora detrás de lo que se ve esta noche. ―Teddy se vuelve hacia mí, poniendo una mano en mi espalda baja―. Paula Chaves, por favor conoce a…
―Ya nos conocemos ―digo dulcemente interrumpiéndole, la sacarina rezuma de mis palabras que les sonrío. Teddy me mira raro, porque la falta de sinceridad es rara en mí―. Gracias por la presentación, sin embargo ―continúo, mirando de Teddy a Alfonso, estirándome para estrecharle la mano, como si a otro potencial benefactor.
Arrastrando sus ojos de mí y de mi anormal comportamiento, Teddy se centra de nuevo en el Sr. Arrogante.
―¿Se está divirtiendo?
―Inmensamente ―reflexiona él, liberando su demasiado largo agarre de mi mano. Tengo que abstenerme de bufar burlonamente porque lo que quiero hacer es escuchar su respuesta. ¿Cómo no se estaría divirtiendo? Arrogante hijo de puta. Tal vez debería subir al escenario y hacer una encuesta de patio de escuela de las mujeres aquí esta noche para ver a quién no ha corrompido ya.
―¿Pudiste conseguir algo de comida? Paula pudo conseguir a uno de los chefs más sexys de Hollywood para que donara sus servicios ―explica Teddy, siempre tratando de ser el anfitrión perfecto.
Alfonso me mira, con el humor arrugando las comisuras de sus ojos.
―Tuve un pequeño sabor de algo mientras estaba dando vueltas detrás del escenario. ―Doy una mala respiración entrecortada por sus insinuaciones mientras él mueve los ojos de regreso a Teddy―. Fue bastante inesperado, pero muy exquisito ―murmura―. Gracias.
Oigo a alguien llamar a Teddy, y él me mira de nuevo con curiosidad antes de disculparse.
―Si me disculpan, me necesitan en otro lugar un momento. ―Se vuelve hacia Alfonso―. Es muy bueno verte de nuevo. Gracias por venir.
Ambos hacen un gesto en señal de asentimiento mientras Teddy se va. Con el ceño fruncido, me vuelvo sobre mis talones para alejarme de Pedro porque quiero borrar ya su recuerdo de esta noche.
Su mano se cierra rápidamente sobre mi brazo desnudo, tirando de mí para atrás contra la dura longitud de su cuerpo. Mi aliento se atora en respuesta a la reacción de mi cuerpo al sentirlo. Echo un vistazo alrededor, contenta de que todo el mundo parece estar tan absorto en sus propias conversaciones que no nos prestan atención.
Puedo sentir la caricia de la barbilla de Alfonso en mi hombro mientras su boca se acerca a mi oído.
―¿Por qué está tan enojada, Srta. Chaves? ―Hay un frío cortante en su voz que me advierte que no es un hombre con el que una no se mete―. ¿Es porque no puedes dejar de lado tus formas de engreída y admitir que a pesar de lo que dice tu cabeza, tu cuerpo quiere más de este rebelde del lado equivocado de las vías? ―se ríe, dando un condescendiente gruñido en mi oído―. O estás practicado ser la frígida que siempre se priva de lo que quiere. ¿Qué necesitas? ¿Qué sientes?

Me enfado, tratando sin éxito de sacar mi brazo de su firme agarre. Hablando de un lobo en el rebaño de las prendas de vestir. Me quedo quieta mientras otra pareja camina mirándonos de cerca. Tratando de averiguar la situación entre nosotros. Alfonso libera mi brazo, y frota mi mano en su lugar, dando la impresión de un toque de amor. Y a pesar de mi ira, o tal vez a causa de ella, su toque provoca una miríada de sensaciones en todas partes donde sus dedos trazan mi piel. La piel de gallina ondula a su paso.
Puedo sentir su aliento acariciar mi mejilla de nuevo.
―Es muy excitante, Paula, sabiendo que eres tan receptiva con tan sólo mi tacto. Muy embriagante ―susurra mientras pasa un dedo por mi hombro desnudo―. Sabes que deseas explorar por qué tu cuerpo reacciona de la manera que lo hace hacia mí. ¿Crees que no veo que me desnudas con los ojos, que disfrutaste que follara tu boca? ―Suspiro mientras él pone la mano en mi estómago y me jala con fuerza contra él para que pueda sentir la evidencia de su erección presionando en mi espalda baja.
A pesar de mi ira, es una embriagadora sensación saber que puedo hacer que este hombre reaccione de esa manera. Pero entonces, de nuevo, probablemente reacciona así ante las numerosas mujeres que, sin duda, se lanzan a sus pies regularmente.
―Tienes suerte de que no te arrastre de nuevo al armario de almacenamiento en el que te encontré y tome lo que me ofreces. Que te haga gritar mi nombre. ―Muerde suavemente mi oído, y tengo que ahogar el incontrolable gemido de deseo que amenaza con escapar―. Para follarte y sacarte de mi sistema y después, seguir adelante ―termina.
Nunca me habían hablado de esta manera, nunca habría pensado que le permitiría eso a alguien, pero sus palabras y el vigor con que las dice, inesperadamente me excitan.
Estoy enojada con mi cuerpo por su reacción espontánea a este pomposo hombre. Obviamente, él sabe la reacción que puede tener en el cuerpo de una mujer, y por desgracia, es el mío en este momento. Soy lo suficientemente astuta como para reconocer que él capta el zumbido de mi sangre, pero su arrogancia es irritante
como el infierno. Y sé que participé tan bien como él, pero en este momento, es lo principal lo que me impulsa a la controversia.
Me vuelvo lentamente hacia él y reduzco mis ojos. Mi voz es fría como el hielo.
―Presuntuoso, ¿no es así, Ace? No hay duda de tu MO típico es “follarlas y arrojarlas” ―Sus ojos se abren en respuesta a mi inesperada vulgaridad. O tal vez sólo se sorprenda de que lo tenga resuelto tan rápidamente. Sostengo su mirada, mi cuerpo vibra de ira―. ¿A cuántas mujeres has tratado de seducir esta noche?― Levanto mis cejas con disgusto mientras hay un parpadeo de culpa fugazmente en su rostro―. ¿Qué? ¿No sabes que me encontré contigo y con tu primera conquista de la noche en la pequeña alcoba detrás del escenario?
Los ojos de Alfonso se amplían ante mis palabras. Continúo, disfrutando de la mirada de sorpresa en su rostro.
―¿Ella jugó tu propio juego, Ace, y la dejaste con ganas de más? ¿Doliéndose para demostrar qué clase de hombre eres, ya que no pudiendo cumplir con ella? ¿Qué tuviste que recoger a una mujer desesperada encerrada en un armario para aprovecharte? Quiero decir, realmente, ¿Con cuántas mujeres utilizaste tus malditas líneas esta noche? ¿En cuántas has tratado de dejar tu huella?
―¿Celosa, cariño? ―Levanta las cejas mientras su sonrisa arrogante parpadea―. Siempre podemos terminar lo que empezamos, y me puedes marcar de cualquier manera que desees.
Meto mi mano suavemente contra su pecho, empujándolo hacia atrás. Me encantaría borrar esa sonrisa de su cara. Dejarle mi marca así.
―Lo siento, no pierdo mi tiempo en tirones misóginos como tú. Ve a buscar a alguien…
―Cuidado, Paula ―me advierte agarrando mi muñeca, viéndose muy peligroso mientras su voz me amenaza―. No tomo amablemente los insultos.
Trato de tirar de mi muñeca, pero su control se mantiene. Para cualquier persona en la sala, se vería como si mi mano estuviera sobre su corazón con afecto. Ellos no podían sentir la resistencia del acero de su agarre.

―Entonces escucha esto ―le digo, cansada de este juego y de las emociones en conflicto y sensaciones dentro de mí. La ira se apodera de mí―. Sólo me deseas porque soy la primera mujer que te dice que no en tu hermoso rostro y con mi cuerpo de ven-a-follarme. Estás tan acostumbrado a que todas las mujeres caigan a tus pies, nunca mejor dicho, que resultó ser un desafío, alguien inmune a tu encanto y no estás seguro de cómo reaccionar.
A pesar de su indiferente encogimiento de hombros, puedo ver su irritación subyacente mientras libera mi muñeca.
―Cuando me gusta lo que veo, voy tras ello ―afirma sin complejos.
Sacudiendo la cabeza, Pongo los ojos en blanco.
―No, tienes que probarte a ti mismo que puedes, de hecho, conseguir a cualquier chica que se cruce en tu camino. Tu ego está herido. Lo entiendo ―doy palmaditas en su brazo―. Bueno, no te preocupes, Ace, perderás la carrera.
Él levanta una ceja, con la sombra de una sonrisa en sus labios mientras encuentra algo gracioso qué comentar. El músculo da un tic en su mandíbula apretada mientras me mira un momento.
―Vamos a poner en claro esto ―se inclina, a centímetros de mi boca, con el brillo de sus ojos advirtiéndome que he ido demasiado lejos―. Si te deseo, puedo y te tendré, en cualquier momento y en cualquier lugar, cariño.
Resoplo de la manera más impropia de una dama, sorprendida por su audacia, pero tratando de ignorar la aceleración de mi pulso al pensarlo.
―No apuestes por eso ―me burlo mientras apresuradamente intento eludirlo pasando.
Su mano sale rápidamente y agarra mi brazo de nuevo, me giro hacia él, por lo que quedo de pie íntimamente cerca. Puedo ver el latido de su pulso en la línea debajo de su mandíbula. Puedo sentir la tela de su chaqueta golpear mi brazo mientras su pecho sube y baja. Echo un vistazo hacia su mano en mi brazo y de vuelta a él en advertencia, sin embargo, su control se mantiene. Él inclina la cara a la mía para que pueda sentir su aliento a través de mi mejilla. Muevo la cabeza a la suya, no segura si estoy levantando mi barbilla con desafío o en anticipación a su beso.

―Qué suerte que sea un hombre de juegos, Puala ―su voz resonando es sólo un susurro―. De hecho, me gusta un buen reto ―me provoca, una sonrisa traviesa juega en las esquinas de su boca. Suelta mi brazo, pero dirige su dedo perezosamente por el resto de la misma. El roce suave de su dedo en mi piel expuesta envía escalofríos por mi espalda―. Así que hagamos una apuesta. ― Se detiene y asiente con conocimiento superficial, trayéndome al aquí y al ahora como si me hubiera olvidado que estamos en una habitación llena de gente.
―¿Tu madre no te enseñó cuando una mujer dice que no, en realidad significa no, Ace? ―Levanto la ceja, dándole una mirada de desprecio a su cara.
Esa sonrisa zalamera está de vuelta con toda su fuerza mientras asiente en reconocimiento a mi comentario.
―También me enseñó que cuando quiero algo, tengo que ir tras él hasta que lo consiga.
Grandioso, ahora me conseguí un acosador. Un sexy, acosador muy molestamente guapo.
Él se acerca y juguetea con un rizo suelto en el lateral de mi cuello. Trato de permanecer impasible a pesar de mis ganas de cerrar los ojos y hundirme en el susurro de sus dedos a través de mi piel. Su sonrisa me dice que sabe exactamente cuál es su efecto sobre mí.
―Entonces, como dije, Pauli, ¿es una apuesta?
Me enfada su proposición. O tal vez sea su efecto sobre mí.
―Esto es estúpido…
―Apuesto que para el final de la noche ―me interrumpe levantando una mano para detenerme―, tendré una cita contigo.
Me río a carcajadas dando un paso atrás él.
― ¡De ninguna manera en el infierno, Ace!
Él toma un largo trago de su bebida, su expresión es protegida.
―¿De qué tienes miedo entonces? ¿De qué no te puedas resistir? ―Muestra una sonrisa maliciosa cuando pongo los ojos en blanco―. De acuerdo entonces. ¿Qué es lo que tienes que perder?
―Así que consigues una cita conmigo y tu ego herido se restablece ―me encojo de hombros con indiferencia, deseando no tener ninguna parte en este concurso―. ¿Qué ganaría yo?
―Si ganas.
―Quieres decir que si puedo resistir tu deslumbrante encanto ―replico, mi voz está mezclada con sarcasmo.
―Permíteme parafrasearte. Si puedes soportar mi deslumbrante encanto para el final de la noche, entonces donaré… ―mueve sus dedos en el aire en un gesto de irrelevancia―, digamos, veinte mil dólares a tu causa.
Yo recupero el aliento y lo miro con perplejidad, pero por eso puedo estar de acuerdo. Sé que no hay manera en el infierno que vaya a sucumbir a Alfonso o a sus cautivantes artimañas, el bastardo arrogante. De acuerdo, estuve atrapada en su tentadora red por unos momentos, pero fue sólo porque ha pasado tanto tiempo desde que me sentí de esa forma. Desde que había sido besada así. Tocada así.
Ahora que lo pienso, no creo que haya sentido nunca así. Pero, de nuevo, sé que un hombre nunca me ha besado mientras sus labios están aún calientes por otra mujer.
Lo considero impasible, tratando de averiguar la trampa. Tal vez no la haya. Tal vez sólo es tan arrogante que realmente piensa que es tan irresistible. Todo lo que sé es que aumentaré nuestra contribución esta noche por un total de veinte mil.
―¿Esta apuesta no pondrá un freno a tu persecución de posibles compañeras al otro lado de tu cama esta noche? ―hago una pausa haciendo una encuesta de la habitación―. No se ve muy prometedor Ace, teniendo en cuenta que ya tuviste. Oh a dos en este momento.
―Creo que me las arreglaré ―se ríe a carcajadas―. No te preocupes por mí. Soy bueno en las multitareas ―bromea, tratando de ganarme en mi propio juego―. Además, la noche aún es joven, y por mi cuenta el puntaje es… oh de una hasta ahora. El segundo marcador aún no se ha resuelto. ―Arquea las cejas hacia mí―. No lo pienses, Paula. Es una apuesta. Así de simple.
Cruzo los brazos sobre mi pecho. La decisión es fácil. Cualquier cosa por mis chicos.
―Será mejor que tengas tu chequera lista, Ace. No hay nada que me guste más que demostrarle a los bastardos arrogantes como tú que están equivocados.
Toma otro sorbo de su bebida, sus ojos nunca dejan los míos.
―Estás muy segura de ti misma.
―Digamos que mi auto-control es algo de lo que me enorgullezco.
Alfonso da pasos más cerca de mí de nuevo.
―Autocontrol, ¿eh? ―murmura, con el desafío bailando en sus ojos―. Parece que ya hemos probado esa teoría, Paula, y no parece ser cierto. Estaría encantado de probarla de nuevo, sin embargo...
Los músculos de mi centro se aprietan con la posible promesa, del dolor quemándose allí, pidiendo alivio.
¿Por qué estoy actuando como una chica que nunca ha sentido el toque de un hombre? Tal vez porque nunca he sentido el toque de este hombre.
―Está bien ―le digo, sacando mi mano para estrechar la suya―. Es una apuesta. Pero te lo advierto, no perderé.
Él se pone a mi lado, con una amplia sonrisa iluminando su rostro, con sus ojos esmeralda chispeando.

―Yo tampoco,Paula ―murmura―. Yo tampoco.
―Paula, siento interrumpir, pero te necesitamos en este momento ―dice una voz detrás de mí. Me vuelvo a encontrar Stella, con una mirada de pánico en su rostro. Miro hacia Alfonso.
―Si me disculpa, necesito estar en otro lugar. ―Me siento incómoda en el momento. No segura de qué más debo decir o hacer.
Él asiente hacia mí.
―Hablaremos más tarde.
Mientras me voy, me doy cuenta que no estoy segura de si su respuesta es una amenaza o una promesa.



No hay comentarios:

Publicar un comentario