―¡Ay, me haces daño! ―le espeto, tirando de mi brazo, no exactamente emocionada porque me haya quitado la oportunidad de ver a Pedro. ―¿Qué. Mierda. Ha. Sido. Eso? ―pregunta, cada palabra con intermitente. Ni siquiera sé cómo contestarle. Creo que todavía estoy bajo su hechizo porque mis palabras no se están formando―. ¡Mierda, Paula! Ustedes dos se estaban jodiendo con los ojos. Quiero decir, me sentía incómoda mirando, como si estuviera espiando en un dormitorio ―siempre divaga cuando está alterada―, y tú sabes que yo nunca me incomodo. ―Se apoya contra la pared e inclina la cabeza hacia el techo, con una mirada incrédula en el rostro. Me quedo de pie, mirándola porque no sé cómo responderle, así que ella continúa―: Sabía que habías dicho que el tipo era distinguido ―continúo ignorando el resoplido infantil de risa que viene de mí―, pero nunca me dijiste que había... esa chispa... esa química... tal intensidad... ¡Dios mío! Quiero decir, estaba esperando que cuando lo vieras… ―¿Qué? ―Su última frase desencadena que mi cerebro funcione―. ¿Qué quieres decir con que esperabas? Ella sonríe tímidamente hacia mí. ―Bueno… ¿Qué carajo está pasando aquí? ―¡Deja ese estancamiento! ―Bueno, te llamé anoche para decirte que le habíamos conseguido como un invitado, como uno de los nuevos patrocinadores de Merit. De todos modos, llamé porque me emocioné, pensé que podríamos sentarnos y comentar sobre él y esta noche. Yo no sabía nada de lo que había sucedido. Hablé con Dane y fue entonces cuando me enteré de que estabas con él. ―Sus palabras se deslizan ahora. Asiento hacia ella para que continúe con los ojos entrecerrados, los labios fruncidos―. Entonces llegas a casa y todo se pone en claro... ―¿Y qué? Tú decidiste no decirme porque...
―Bueno ―contempla―: Después de todo lo que me dijiste, no tenía ni idea de que ustedes dos, su conexión, era tan magnética. Tan cautivadora. Pensé que tal vez si lo vieras aquí yo podría ayudarte, podría insistir en el tema. Ayudarte a tener un buen rato. Suelto un suspiro fuerte, mirándola en silencio. Sé que tenía buenas intenciones, pero al mismo tiempo no necesito que sostengan mi mano como a un niño. Estoy enojada con ella. Enojada con Pedro por estar aquí con esa mujer. Enojada con él por bailar contra mí y agarrarme como si yo le perteneciese. Enojada con él por haberme hecho que lo quiera tanto que mis entrañas estén quemando. Mi silencio contemplativo se asienta sobre nosotras. ―No te enojes, Pau. Lo siento. Lo hacía con buena intención. ―Se muerde el labio inferior, haciendo un mohín, sabiendo que yo nunca puedo estar enojada con ella por mucho tiempo. Sonrío suavemente, efectivamente perdonándola. Dejo caer mi espalda contra la pared y cierro los ojos, escuchando los aplausos de la multitud sobre algo que M.C. está diciendo. La pregunta que traquetea en mi cerebro viene a mi cabeza. ―¿Quién era su acompañante? ―pregunto, en referencia a la rubia. ¿Es ella uno de sus arreglos? ¿Alguien que recogió en el Club? ¿Por qué la besaba si él dice que me quiere a mí? ¿Acaso no me lo pidió porque no soy suficiente, suficientemente bonita, suficientemente sexy, suficientemente glamurosa para estar de su brazo en público? ―¿Importa? ―chisporrotea―. Quiero decir, Jesús, Paula, ustedes dos están… ―¿Qué? ―No estoy segura. ―Niega con la cabeza―. Su gente sólo pidió autorización para diez. No dieron nombres. Dejé escapar una serie de maldiciones que no tenían sentido, pero es algo que hago cuando estoy molesta y tratando de procesar una situación.Lina me mira con cautela, conociendo mi letanía de malas palabras y su significado implícito. ―Háblame, Pau ―insta―. ¿Qué está pasando en esa cabeza tuya?
―No estoy mintiéndome a mí misma, ¿verdad? ―Lina me mira con confusión grabada en su rostro―. Quiero decir, ¿no me lo estoy inventando? ¿A la química? ¿A Pedro? ―¿Estás loca? ―balbucea, agarrándome por el hombro y dándome una pequeña sacudida―. ¡Creí que iban a tener una combustión espontánea ahí! ¿Cómo puedes preguntar eso? La multitud estalla de nuevo, el sonido haciendo eco por el pasillo. Puedo oír la voz de Pedro por el micrófono. El roce de su voz me atrae. El público aplaude otra vez ante algo que él dice y espero a que el ruido se calme un poco antes de continuar. ―Si él está así conmigo. Si hay mucha química... entonces, ¿por qué está aquí con esa rubia? ¿Besándola? ¿Por qué no me invitó a mí? ¿O soy la chica con la que sólo quiere follar en otro lado? ―La confusión y el dolor son evidentes en mi voz. Lina tuerce sus labios mientras piensa en mis comentarios. ―No lo sé,Paula. Hay muchos escenarios aquí. ―Alzo las cejas como si no lo creyese―. Podría haber tenido ya la cita programada antes de conocerte. O él podría realmente quererte y ella ser la pieza en el lado hasta que tú digas sí. Resoplo de nuevo. ―¿En serio? ¿La has visto? ―¿Te has visto tú? ―reprende―. ¿Te has mirado en el espejo, Pau? ¡Eres preciosa en un día normal y te ves increíble esta noche! Estoy un poco harta de decirte eso. ¿Cuándo vas a empezar a creértelo? ―le ruedo los ojos como una niña. No me hace caso y continúa con sus posibles escenarios―. ¿Podría ser uno de sus arreglos? ¿O tal vez una puta de fama que conoció aquí? O tal vez es una amiga. ―¿Cuándo fue la última vez que besaste a un amigo así? ―fustigo, tomando mi dolor con ella. Sólo me mira fijamente, con los brazos cruzados sobre el pecho―. ¿Qué se supone que debo hacer?
―Yo diría que siguieras haciendo lo que estás haciendo. Es evidente que le gustas, incluyendo tu terquedad y tu boca de sabelotodo. ―Pero, ¿cómo, qué hago? ―Paula, si estás enfadada con él, sigue enfadada con él. Eso no te impide decirle algo como lo has hecho antes, y él todavía te querrá. El hecho de que te hayas decidido a dormir con él no… ―¿Cómo sabes que he decidido eso? ―Oh, cariño, está escrito por toda tu cara y tu cuerpo, para el caso. Además, cualquier persona que haya mirado esa exhibición de allí ya piensa que tú lo tienes ―dice riendo con simpatía hacia mí cuando mis ojos se amplían―. Mira, Pau, todas las chicas de este club caerían en línea si chasquea los dedos. Todo el mundo, es decir, menos tú. Él es el que te persigue. ¿Cuántas veces en su vida crees que una mujer le ha dicho que no a él? ¿O se ha alejado de él? Tal vez eso es lo que le gusta. Y si lo hace, no lo cambies sólo porque hayas decidido que quieres pasar a la acción con él. ―Ella menea sus cejas. ―Pero de eso se trata ―confieso―. ¿Soy un reto o de verdad me quiere? Y si sucede, ¿ya no hay reto y entonces terminara conmigo? ―Honestamente, ¿a quién coño le importa? ―castiga―. Siempre pensando demasiado, pensando demasiado sobre todo, Pau. Olvídate de la cabeza por una vez, ignora las advertencias sensatas que te está diciendo, y sigue lo que tu cuerpo quiere. Sigue el ejemplo de Pedro, por el amor de Dios. ―Dejo escapar un suspiro tembloroso, prestando atención a sus palabras―. Sé tú misma, Paula. Eso es lo que le ha gustado desde el principio. Asiento varias veces, mirándola. Formando una tímida sonrisa en mi cara. ―Tal vez tengas razón. ―Bueno, ¡aleluya! ―grita, agitando las manos sobre su cabeza―, finalmente escuchas. ―Agarra mi mano y me empieza a tirar por el pasillo―. Vamos a refrescarte, a conseguirte un poco coraje líquido y a ver a dónde te llevan la noche y el Sr. Sexy pedro.
Ha pasado una hora desde mi charla con Lina, y mi confianza reforzada por mi consumo constante de alcohol, está de vuelta en plena vigencia. Hemos bailado y socializado con algunos de sus compañeros de trabajo y ahora estamos sentadas en la cabina de color púrpura, tomándonos un respiro antes de volver a golpear la pista. He tratado desesperadamente de no buscar a Pedro en el club durante todo este tiempo. Trato de ignorar el hecho de que él probablemente esté besándola en algún lugar de los alrededores, pero creo que mis ojos vuelan de aquí para allá cada vez que veo una gran multitud de personas. También noto a Lina mirándome mientras lo busco, por lo que trato de mirar a escondidas, tratando de ser sutil. Ella me asegura que probablemente está ocupado con ejecutivos de Merit Rum. Agradezco la explicación, está tratando de hacerme sentir mejor, así que simplemente lo saco de mi cabeza. O trato de todos modos, con la ayuda de otro Tom Collins. Las bebidas de Lina han desaparecido a un ritmo mucho más lento que el mío ya que está técnicamente “trabajando” y quiere asegurarse de que tiene todas sus facultades. Tengo un zumbido constante, pero no estoy borracha, de ninguna manera, odio la falta de control que viene con el exceso de alcohol. Se ríe de mí cuando pido que explique por tercera vez una situación con un pretencioso A-lister con el que tuvo que lidiar a principios de semana. ―Paula, querida, estás… ―Discúlpennos, damas, ¿les importaría si nos unimos a ustedes? ―Me vuelvo para ver a dos caballeros atractivos detrás de mí.
Lina levanta sus cejas hacia mí preguntando y mira hacia atrás al más alto que había hablado. ―Por supuesto, señores―responde con una sonrisa lenta y atractiva que crece en sus labios―. Soy Lina y mi amiga aquí es Paula. ―Asiente hacia mí, mientras se deslizan en la cabina con nosotros. El alto de pelo oscuro se sienta al lado de Lina y el otro, un tipo surfista de pelo rubio, se sienta a mi lado en la cabina abierta. Tiene una sonrisa amable, nerviosa y toma un sorbo largo de su bebida. ―Hola, Paula, mi nombre es Sam. ―Tiende su mano hacia la mía, y la muevo, dándole una sonrisa tímida. Echo un vistazo para ver a Lina conversar con su amigo, su cara es risueña y coqueta―. Entonces, uh, me gustaría invitarte a tomar una bebida, pero puedo ver que tu vaso ya está lleno. ―Gracias. ―Bajo mi mirada de la de él y traigo la copa a mi boca para tomar un sorbo tímido a través de mi pajita. ―Esta noche está locamente atestado aquí. ―Sí, lo sé ―le grito por encima del ruido. Me dice algo más, pero no estoy segura de lo que es a causa de una ovación que irrumpe en la cabina de al lado. Sostengo mi mano en la oreja, indicándole que no puedo oírlo. Se escabulle cerca, colocando su brazo detrás de mí en la cabina, y se inclina hacia mi oído. ―He dicho que pareces estar teniendo un buen momento, que lo noté antes y que estoy contento de haber… ―La señorita está conmigo. ―Tomo una bocanada brusca de aire ante la voz férrea de Pedro, la amenaza implícita en sus palabras. Mis ojos se ajustan hasta encontrar los de Lina, y veo un destello de deleite en ellos antes de darme una mirada tranquilizadora. Mi corazón late a un ritmo frenético, mi piel se eriza con piel de gallina, y todo porque estoy tan condenadamente adaptada a él y a su cuerpo cerca.
Poco a poco me vuelvo hacia él, presionando con eficacia la espalda sobre Sam, que tiene su brazo en la parte posterior de la cabina encima de mi hombro, dando aspecto implícito de intimidad. Levanto mis ojos para encontrarme con los de Pedro y trato de ignorar al verlo la punzada de lujuria que me da al instante y que va directamente a la unión entre mis muslos. Su pelo está un poco revuelto, las mangas de su camisa están enrolladas hasta el codo, ese músculo que encuentro tan condenadamente sexy está pulsando en su mandíbula y sus ojos arden con fastidio. Ya he tenido suficiente alcohol como para sentirme desafiante, para querer probar cuán irritado está en realidad Pedro. ―¿Yo estoy contigo? ―pregunto, mi voz mezclada con sarcasmo. Puedo sentir tensarse el cuerpo de Sam detrás de mí y moverse nerviosamente, inconsciente de la partida de ajedrez en la que actualmente es un peón mientras Pedro mueve sus ojos hacia a mí―. ¿En serio? Porque pensé que estabas con ella. ―Me muevo hacia un lado para mirar hacia atrás, buscándola. Levanto mis cejas hacia él y continúo―: ―Ya sabes, ¿la rubia que tenías en el brazo antes? ―Gracioso, Paula ―escupe, irradiando impaciencia. Veo sus ojos cambiar, inmovilizando a Sam detrás de mí y dándole una advertencia de no intervenir sin pronunciar una sola palabra. Me irrita que pueda haber estado por el Club durante la última hora y media, haciendo Dios sabe qué con la rubia y, sin embargo, ¿cree que puede bailar el vals y reclamarme? No lo creo. Me vuelvo, pongo mi mano en la rodilla de Sam y la aprieto suavemente. ―No te preocupes, Sam, no estoy con él ―alzo mi voz lo suficiente como para que Paula pueda oírme. Veo los ojos de Lina ampliarse ante mis palabras mientras escucho un gruñido de Lina en respuesta. Puedo sentir a Sam estremecerse contra mí. Me vuelvo hacia Pedro, hay desafío en mi sonrisa y en mis ojos. ―No me presiones, Paula. No me gusta compartir. ―Puedo ver cómo aprieta y afloja sus puños en una respuesta instintiva―. Tú. Me. Perteneces. A. Mí. ―Su afirmación de derecho es un raspado gruñido. Elevo mis cejas, montada en mi insolencia.
―¿Cómo es eso, Ace? ―Veo sus ojos centrarse en la mano que he mantenido en la rodilla de Sam―. Anoche estabas conmigo, y esta noche estás con ella. ―Me encojo de hombros tranquilamente hacia él, aunque por dentro no siento tranquilidad, mi corazón y mi respiración se han acelerado―. Me parece que ella. Te. Pertenece. A. Ti. ―Imito infantilmente. Pedro arrastra una mano por su pelo y da un suspiro de exasperación mientras sus ojos parpadean sobre todos en la cabina. Puedo ver que trata de controlar su frustración por tener que hablar de esto delante nuestro pequeño público. ―Paula―sopla aire en un suspiro―. Tú… tú ―Mira a su alrededor, a la multitud, y luego sus ojos finalmente vuelven a los míos; prevalece la impaciencia―. Me pruebas a todos los niveles. Me apartas ―gruñe, dándose cuenta de lo que está diciendo en voz alta―. ¿Qué se supone que debo pensar? Lo miro de arriba abajo, mi boca retorciéndose ante el pensamiento. Estoy disfrutando jugar con él, haciendo que el hombre que está tan seguro de sí mismo, que siempre consigue lo que quiere, tenga que trabajarlo. ―No estoy segura de sí quiero todavía ―le hostigo. Oigo a Lina contener el aliento con mi comentario impertinente y el tintineo del hielo en el vaso de Sam mientras él aspira el resto del mismo con ansiedad―. Una chica puede cambiar de opinión ―me burlo, inclinando la cabeza como considerándolo―. Somos conocidas por ello. ―Entre otras cosas ―dice secamente, tomando una copa y mirándome desde el borde de la misma―. Dos pueden jugar a este juego, Pauli ―advierte―, y creo que tengo mucha más experiencia que tú. Mi valentía se tambalea ligeramente ante la mirada de advertencia en sus ojos. Retiro mi mano de la rodilla de Sam y me muevo hacia el borde de mi asiento, mis ojos nunca se desvían de los de él. Nos quedamos así durante unos momentos, la música del Club un fondo para nuestro pequeño drama. ―Estás jugando duro para conseguirlo, Paula ―reprende.
Miro hacia Lina. Su cara es impasible, pero sus ojos me dicen que no puede creer lo que está pasando. Me pongo de pie para enfrentarme a él, cuadrando los hombros, desafiante, levantando la barbilla. ―¿Y tu punto es? Él chasquea hacia mí, sacudiendo la cabeza y dando un paso más cerca. ―Espero que estés disfrutando de ti misma, porque es un gran espectáculo el que estás haciendo aquí. ―Pone un dedo debajo de mi barbilla, levantándola para que mis ojos se encuentren con los suyos―. Yo no juego, Paula―advierte, su voz lo bastante alta para que la escuche―, y no voy a tolerar que jueguen conmigo. Irradia tensión sexual entre nosotros dos. El aire está lleno de ella. Tomo una respiración lenta, calculada, intentando formar una respuesta inteligente mientras su proximidad está nublando mis pensamientos y elevando mis sentidos. ―Bueno, gracias por la aclaración. ―Le doy un golpe con la mano en su pecho, y me apoyo un poco más cerca, mis labios cerca de su oído―. Te voy a dejar entrar en una pequeña cosa así, Ace ―le ilumino, animada cuando le oigo contener el aliento en respuesta, susurrándole en su mejilla―. No me gustó que me hicieras sentir como si yo fuera tu segundo plato de tu grupo de chicas rubias. ―Doy un paso hacia atrás, forzando una sonrisa confiada en mi cara―. Estás desarrollando un patrón de quererme justo después de verme con otro. Es un hábito que vas a tener que romper o nada va a pasar aquí ―termino, haciendo gestos entre nosotros dos y levantando mis cejas hacia él―, es decir, si yo quiero que pase algo. Sus labios se curvan en las esquinas, hay diversión en sus ojos con desafío. ¡Dios, es precioso! Incluso cuando está ardiendo de ira, emite una cruda sensualidad que mi cuerpo tiene difícil ignorar. Me vuelvo para mirar a Lina para obtener ánimos, entonces oigo su nombre siendo llamado por una voz seductora como el terciopelo. ―Pedri, ¿nene? Las palabras me dan ganas de vomitar.
Me vuelvo hacia él para ver una cuidada mano deslizándose por su brazo y torso, extendiéndose sobre su pecho como si fuera de su propiedad. Lo veo tenso ante el contacto, protegiendo la reacción de sus ojos y se lanza de nuevo a beber el resto de su bebida, silbando ante el aguijón que le causa con los dientes apretados. Procedo a ver cómo la rubia de antes se desliza al lado de él, mirándome de arriba abajo con lástima, tratando de reclamar su parte. Veo la chispa en sus ojos cuando reconoce que soy yo por la que la dejó en las escaleras para bailar. Si las miradas matasen, estaría enterrada con solo su mirada. Pero a pesar de todo, los ojos de Pedro se mantienen firmes en los míos. Estoy asqueada de ver sus manos sobre él y de la idea de que le dé su atención a ella. Niego con la cabeza en condena mientras mi lengua cacarea. ―Este es el caso ―digo, tratando de contener mi incredulidad del momento tan sincronizado con nuestra conversación. Miro hacia Lina y a los dos hombres que están sentados allí, sinceridad grabada en mi cara―. Lo siento, pero por favor, discúlpenme. ―Lina comienza a recoger su bolso, hay preocupación en su rostro, y sutilmente niego con la cabeza para que se quede. Me vuelvo y miro a Pedro por última vez, esperando que mis ojos reflejen el mensaje que estoy enviando. Esta es tu elección. Ella o yo. Escoge. Ahora mismo. Última oportunidad. Aparto mis ojos, rompiendo nuestra conexión. Se queda estático con la rubia drapeada sobre él, como una mala chaqueta. Creo que ha hecho su decisión. Trato de salir con calma del área de la cabina. Tratando de huir del peligroso camino que, sin duda, sé que me llevará hacia abajo. Una vez que me siento como si tuviera clara la visión, me abro paso ciegamente entre la masa de gente, con mi dolor burbujeando hacia la superficie. Me duele el corazón al saber que nunca voy a ser capaz de competir contra alguien como ella. Nunca. Trato de contenerlo mientras empujo mi camino hacia la barra, queriendo entumecer los sentimientos que me permití creer que eran válidos. Correspondidos. Que una vez más era posible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario