¡Mierda! Me trago las lágrimas amenazantes mientras me aprieto en un espacio abierto en el concurrido bar y por algún milagro, la apertura se encuentra justo enfrente del camarero. Él me mira y si ve alguna desesperación en mi cara, la ignora. ―¿Qué quieres tomar? ―pregunta sobre el ruido. Lo miro un momento, contemplando mis opciones. Opto por algo rápido y adormecedor. ―Un chupito de tequila, por favor ―le solicito, obteniendo la atención del hombre que está de pie a mi lado. Puedo sentir que me mira de arriba abajo, y hago rodar mis hombros, que se erizan con la atención no deseada. El camarero desliza un chupito de tequila por la barra hacia mí y lo agarro, mirándolo por un momento, diciendo en silencio nuestro brindis, porque ahora necesito definitivamente la parte del valor. Incluso si es falsa valentía. Bebo de nuevo sin dudarlo y tuerzo mi cara ante la quemadura. Cierro los ojos mientras el calor se desliza por mi garganta y se instala en mi vientre. Suspiro profundamente antes de abrir mis ojos, ignorando la oferta de otra bebida del hombre de mi lado. Agarro el teléfono de mi bolso y mando un texto a Lina de que estoy bien, para que disfrute, y que la veré en casa. Sé que si ella no estuviera aquí por trabajo, estaría a mi lado, llevándome a casa. Levanto la vista de mi teléfono para buscar al camarero. Necesito otro chupito. Algo para adormecer el rechazo. Mis ojos parpadean a lo largo de la barra, cuando en el reflejo del espejo, veo a Pedro caminando resueltamente hacia mí. A pesar de la creciente esperanza dentro de mí, murmuro: ―¡Mierda! ―Y tiro un poco de dinero en la barra antes de girarme sobre mis talones y virar hacia la salida más cercana. Encuentro una rápidamente, en la esquina al final de la barra, y empujo para abrir las puertas con cierto grado de fuerza. Me encuentro en un oscuro pasillo vacío, aliviada cuando la puerta se cierra detrás de mí, amortiguando la música palpitante. Mi momento de soledad es fugaz cuando la puerta se abre momentos más tarde, dando paso a Pedro.
Entrecerramos los ojos momentáneamente, puedo ver la ira en él y espero que pueda ver el dolor en los míos, antes de darle la espalda y correr más abajo por el pasillo. Suelto un grito estrangulado de frustración cuando Pedro me atrapa y agarra mi brazo, haciéndome girar alrededor para estar enfrente de él. Nuestra respiración entrecortada es el único sonido en el pasillo, mientras nos fulminamos con la mirada, y los ánimos queman. ―¿Qué diablos crees que estás haciendo? ―gruñe, agarrando mi otro brazo. ―¿Perdón? ―farfullo, con una expresión de incredulidad en el rostro, en respuesta a su audacia. ―Tienes un molesto pequeño hábito de huir de mí, Paula. ―¿Y tú? ¿Señor-Envío-Señales-Mezcladas? ―Mira quién habla, cariño. ¿Ese tipo es lo que realmente quieres, Paula? ―dice mi nombre como una maldición―. ¿Un revolcón rápido con el surfista Joe? ¿Quieres follarlo en lugar de a mí? ―Puedo oír en el tono de su voz la amenaza implícita. En este corredor oscuro, con su rostro oculto por las sombras y sus ojos brillantes, es cada pedacito del chico malo intimidante que insinúan los tabloides. ―¿No es eso lo que quieres de mí, Pedro? ¿Un polvo rápido para impulsar ese frágil ego tuyo? Parece que gastas una gran cantidad de tiempo tratando de aplacar esa debilidad tuya. ―Sostengo su mirada, hay desprecio en mi voz―. Además, ¿qué te importa lo que yo haga? Si no recuerdo mal, me parece que estabas bastante ocupado con la rubia, tomándola en el espacio de tu brazo. Tics musculares se aprietan y se aflojan en su mandíbula, mueve su cabeza hacia atrás y hacia adelante sobre sus hombros antes de contestarme. ―¿Raquel? Ella es intrascendente ―afirma, como si fuera una realidad simple. Puedo tomar esa respuesta de muchas maneras, hay tantas variaciones, y todas ellas pintan que su opinión de las mujeres es menos que una luz estelar.
―¿Intrascendente?―pregunto―: ¿Es eso lo que sería para ti después de que me follaras? ―Me quedo en mi sitio, los hombros enfrentados a él―. ¿Intrascendente? Él está allí hirviendo. ¿Por mí? ¿Por mi respuesta? Da un paso hacia mí y yo me retiro, mi espalda presionándose contra la pared detrás de mí. No me queda ningún lugar para correr. Extiende una mano hacia mí y la retira con indecisión, los músculos de su mandíbula apretados, su garganta palpitante. Gira su cabeza hacia un lado, cerrando los ojos, maldiciéndose en silencio a sí mismo. Me mira ―frustración, ira, deseo y mucho más arden en las profundidades de sus ojos―. Su intensidad mientras me mira es desconcertante, es como si estuviera pidiendo mi consentimiento. Yo asiento sutilmente, dándole permiso para tomarlo. La próxima vez que se acerca, no tiene duda. Al instante, sus labios están en los míos. Toda la frustración reprimida, irritación y antagonismo de la noche estalla mientras nuestros labios chocan y nuestras almas se incendian. No hay nada suave en nuestra unión. Quemaduras de necesidad me atraviesan cuando una de sus manos serpentea alrededor de mi espalda, agarra mi cuello y me da un tirón contra él para que su boca pueda saquear la mía. Su otra mano se desliza entre la pared y mi espalda arqueada, extendiéndola contra mí en un signo de propiedad. Atrás han quedado los tragos y las caricias suaves de ayer. Sus labios se inclinan sobre los míos y su lengua se clava en mi boca, me enreda, se burla y atormenta en un bombardeo vertiginoso. Sus manos se deslizan sobre las mías, que son puños en su camisa. Él agarra mis muñecas y las empuja por encima de mi cabeza, las presiona a la pared, y las esposa con una de sus manos. Desliza su mano libre hacia abajo y traza mi mandíbula mientras se aparta de nuestro beso. Mueve su cara hacia atrás, y sus ojos oscurecidos y vibrantes con excitación sostienen los míos. ―No eres intrascendente, Paula. Nunca podrías ser intrascendente ―niega con la cabeza sutilmente, la vibración de su voz resonando dentro de mí. Apoya su frente en la mía, nuestras narices tocando la del otro―. No tú y yo juntos ―rechina las palabras―: Eso te hará mía. ―Sus palabras acarician mi cara, entrando en mi alma, y se afianzan―. Mía ―repite, asegurándose de que entiendo sus intenciones.
Cierro los ojos para saborear las palabras. Para saborear la idea de que Pedro quiere que sea suya. Nuestras frentes siguen tocándose mientras me entrego a este momento, a la sensación de mis dudas disminuyendo. Da un paso hacia atrás y libera suavemente mis manos por encima de mi cabeza. Nuestros ojos se mantienen conectados y veo lo que creo que es un destello momentáneo de miedo a través de su incendio. Extiendo la mano tímidamente hacia él y toco sus caderas, metiendo mis manos bajo su camisa sin abrochar para ponerlas sobre su piel. Así puedo sentir a este vibrante hombre viril bajo mis dedos. Siempre han sido sus manos sobre mi piel. Él siempre ha tenido el control. No he tenido la oportunidad de apreciar la sensación de acariciarlo con mis manos todavía. Encuentro mi agarre, mis dedos acariciando la calidez firme de sus músculos definidos que se tensan ante mi tacto. Poco a poco me dirijo a la parte delantera de su torso, sintiendo cada delineación, cada respiración que toma en respuesta a mi tacto. Es una sensación embriagadora escuchar su respuesta, ver sus pupilas dilatarse en deseo mientras mis manos se deslizan por sus pectorales, suavemente en sus costillas, y debajo de sus brazos para raspar mis uñas en las llanuras de su espalda. Cierra sus ojos momentáneamente en éxtasis, claramente disfrutando de mi asalto lento, burlándome de sus sentidos. Me inclino hacia arriba en las puntas de mis pies y vacilante me apoyo sobre él, tirando de su cuerpo contra el mío. Presiono mi boca sobre la suya y deslizo la punta de la lengua por su labio inferior. Sus dedos rozan lentamente mis mejillas, las palmas de sus manos descansan sobre la línea de mi mandíbula para enmarcar mi cara mientras profundiza el beso tiernamente. Sus labios beben a sorbos, su lengua despacio, suavemente, separa mis labios y se fusiona con la mía. Su tranquilo afecto me toca en el interior, despacio desenmarañándome y convirtiéndome en una pelota de necesidad simultáneamente. Me quita el aliento con cada caricia. Suspiro con el beso, mis dedos se clavaban en sus hombros, el único signo evidente de mi impaciencia y de mis ganas demás. De necesitar más.
Puedo sentir la lucha de pedro para controlar su necesidad, su cuerpo tenso bajo mis manos, su impresionante erección presionándose en mi vientre. Sigue su asalto sensible e implacable de mis sentidos concentrándose únicamente en mi boca. Seduce mis labios. Su aliento es el mío. Su acción es mi reacción. Se detiene abruptamente, colocando sus manos en la pared al lado de mis hombros y apoyándose a sí mismo, dejando caer su frente en mi hombro y la nariz y la boca enterrados en mi nuca. Siento su pecho agitado tomando aire igual que el mío, y por alguna extraña razón me siento aliviada de que parece estar tan afectado por nuestro encuentro como yo. Estoy un poco confundida con sus acciones, pero aprovecho el momento mientras que él se recobra para acomodar mi corazón acelerado en medio de nuestras ásperas respiraciones. Inconscientemente aprieto mis rodillas juntas para tratar de calmar la presión implacable en el centro de mis muslos. Puedo sentir el calor de su aliento cuando jadea contra mi cuello, luchando por recuperar el control. ―Dulce Jesús,Paula ―murmura mientras mueve la cabeza, rodándola sobre mi hombro antes de esparcir besos inocentes a lo largo de mi clavícula―. Tenemos que salir de aquí antes de que pierda el juicio en el pasillo. Levanta la cabeza para mirarme, tras sus palabras. No hay duda de que esto es lo que quiero. Que él es a quien yo quiero. Pero no puedo negar que estoy nerviosa ―ansiosa― y con miedo de decepcionarle con mi falta de experiencia en este terreno. ―Ven. ―No me da tiempo para hablar antes de agarrarme de la mano, envolviendo su brazo alrededor de mi hombro, tirando de mí hacia él y entrando profundamente en el pasillo―. Tengo una habitación aquí para esta noche. ―Su brazo fuerte me ayuda para apoyarme mientras me conduce hacia mi manzana en el Jardín del Edén. Lo sigo obedientemente, tratando de calmar la duda y el ruido en mi cabeza, que está charlando activamente ahora que su boca ya no está en la mía embotando mi capacidad de razonar. Pronto llegamos a un ascensor al final del pasillo y en
cuestión de segundos comenzamos a subir. Pedro saca una llave de su bolsillo y la inserta en el panel, abriendo efectivamente la planta superior. El ático. Da un paso hacia mí cuando el ascensor empieza a elevarse y coloca una mano en la parte baja de mi espalda. El silencio entre nosotros es audible y se intensifican las mariposas que se están produciendo en mi estómago. ―¿Por qué el cambio? ―pregunta Pedro mientras toca mi cabello liso, tratando de calmar mi creciente ansiedad. ―Sólo estoy tratando de encajar en el molde ―bromeo reflexivamente, en referencia a las numerosas imágenes en Internet de él con mujeres de pelo liso. Frunce su entrecejo ante mi comentario, tratando de averiguar su significado, cuando digo―: A veces el cambio es bueno. Él usa su mano en mi espalda para girarme hacia él, extendiendo su otro brazo en mi espalda baja. Baja el ángulo de su cabeza para que estemos cara a cara. ―Me gustan los rizos ―dice en voz baja, mi ego se acicala con su cumplido―. Te favorecen. ―Ahora que él me tiene posicionada, levanta una mano para apartar un mechón de pelo de mi cara. A continuación, coloca sus dedos en un lado de mi mandíbula y me mantiene allí, sus ojos buscando en los míos―. Tienes una oportunidad para alejarte ―me advierte cuando el ascensor nos indica que estamos en el piso destinado. El tono ronco de su voz causa estragos en mi fuerza de voluntad. Mi corazón late irregularmente con sus palabras. Niego con la cabeza en una aceptación poco convincente porque no puedo encontrar las palabras para hablar con él. Ignora la abertura de la puerta del ascensor detrás de él y sigue mirándome fijamente a los ojos. ―No voy a ser capaz de alejarme, Paula ―dice mientras arruga los ojos como si la admisión fuese dolorosa. Sopla un suspiro fuerte, me suelta y se pasa los dedos por su pelo. Me da la espalda, extiende la mano, y toca el botón para abrir la puerta, apoyando las manos contra la pared del ascensor. Sus anchos hombros llenan el pequeño espacio.
Su cabeza cuelga hacia abajo mientras reflexiona sobre sus siguientes palabras―. Quiero tomarme mi tiempo contigo, Paula. Quiero construir algo agradable, lento y dulce como tú necesitas. Presionarte a chocar contra ese borde. Y luego quiero follarte como yo necesito. Rápido y duro hasta que estés gritando mi nombre. Del modo en que he querido desde que te caíste de ese armario y entraste en mi vida. ―Tengo que morderme el labio inferior para ahogar el gemido inmediato que siento ante la promesa oscura de sus palabras. Lucho contra la necesidad de apoyarme en la pared buscando algún tipo de alivio para la tensión en mi interior―. Una vez que dejemos este ascensor, no creo que pueda tener el control suficiente para detenerme... y dejarte ir, Paula. No. Puedo. Resistirme. A. Ti. ―Su voz es dolorida, tranquila y llena de convicción. Se vuelve de nuevo hacia mí, con el rostro plagado de emociones. Sus ojos reflejan a un hombre al borde de perder el control―. Decídete, Paula.
Sí. O. No.
GRACIAS ♥
Wow buenisimos,me encantaron!!!
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