miércoles, 8 de octubre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 110

Se siente como que me está tomando para siempre llegar a la pista debido al
tráfico en la autopista. Dejo la salida en Fontana, mi corazón se aloja en mi
garganta y mi esperanza está en el aire mientras me pregunto con qué me
estaré topando cuando lo encuentre.
El pánico golpea cuando paso por las puertas del complejo ya que está todo negro,
a excepción de algunas luces de estacionamiento al azar. Conduzco a un costado de la
instalación hacia el túnel del diamante, exhalo un gran suspiro de alivio cuando veo la
Range Rover de Pedro.
Así que aquí está pero, ¿qué voy a hacer ahora?
Me estaciono a un lado de él, la oscuridad de la autopista vacía parecía de mal
agüero. Pongo mi auto en aparcar y chillo cuando escucho un golpe en la ventana del
lado del pasajero. Mi corazón está golpeando, pero cuando veo la cara de Sammy en la
ventana me obligo a respirar y salir del auto. La preocupación en sus ojos me tiene aún
más preocupada.
—Por favor, dime que está bien, Sammy. —Puedo verlo luchando por hablar
conmigo y traicionar a su jefe y amigo.
—Te necesita. —Eso es todo lo que dice, lo único que necesita decir.
—¿Dónde está? —pregunto, aunque ya lo estoy siguiendo por una entrada oscura
debajo de las cuantiosas tribunas. Llegamos a una brecha entre las gradas y me doy
cuenta de que estoy en medio de las tribunas, que daban a una pista de carreras
extrañamente vacía. Encuentro los ojos de Sammy a través de la oscuridad y hace señas
sobre mi hombro izquierdo. Me doy la vuelta al instante. Y lo veo.
Hay una sola luz en una sección de las gradas y justo en sus franjas veo una
sombra solitaria sentada en la oscuridad. Mis pies se mueven sin pensar y empiezo a
subir las escaleras, una a una, hacia él. No puedo ver su cara en la oscuridad, pero sé
que sus ojos están puestos en mí, puedo sentir el peso de su mirada. Llego a la fila de
gradas en la que está sentado y empiezo a caminar hacia él, ansiosa y tranquila, todo
al mismo tiempo. Trato de pensar en qué decir, pero mis pensamientos están tan
revueltos con la preocupación que no me puedo concentrar. Pero una vez que soy
capaz de ver su rostro ensombrecido, todo se desvanece, menos el corazón destrozado
y el amor incondicional.
Su postura lo dice todo. Está sentado inclinado, con los codos sobre sus rodillas,
hombros caídos y su cara manchada de lágrimas. Y sus ojos, esos ojos siempre tan
intensos pero bailando con picardía o alegría, están llenos de absoluta desesperación.

Se cierran con los míos, rogando, suplicando, pidiendo mucho de mí, pero no estoy
segura de cómo responder.
Cuando finalmente llego a él, su aflicción se estrella contra mí como una ola de
la marea. Antes de que pueda decir una sola cosa, reprime un sollozo al mismo tiempo
que extiende su mano y me jala hacia él. Entierra su cara en la curva de mi cuello y
simplemente se cuelga como si yo fuera su tabla de salvación, lo único que le impedía
deslizarse y ahogarse. Envuelvo mis brazos a su alrededor y me aferro a él tratando de
darle lo que necesita.
Porque no hay nada más perturbador que ver a un hombre fuerte y seguro,
convertirse en alguien completamente destrozado.
Mi mente corre mientras sus ahogados sollozos llenan el silencio y el temblor de
su cuerpo rebota a través del mío. ¿Qué ha pasado para reducir a mi arrogante granuja
en este desconsolado hombre? Se sigue sosteniendo mientras lo consuelo y lo balanceo
de atrás hacia adelante, cualquier cosa que pueda hacer para calmar la tormenta que
obviamente asola dentro de él.
—Estoy aquí. Estoy aquí. —Es la única cosa que puedo decirle mientras libera
toda la tumultuosa emoción. Y así, lo sostengo en la oscuridad, en un lugar donde hizo
sus sueños realidad, con la esperanza de que asuma, deteniendo y haciéndole frente, a
los demonios que por lo general utiliza en esta pista para correr más rápido.
El tiempo pasa. Los sonidos del tráfico en la carretera más allá del vacío
estacionamiento disminuyen y la luna se mueve lentamente a través del cielo. Y sin
embargo, Pedro todavía se aferra, todavía toma lo que sea que necesita de mí mientras
me deleito en el hecho de que todavía me necesita cuando pensé que no lo hacía más.
Mi mente corre de ida y vuelta a partir de los recuerdos de una ducha y él aferrándose
a mí entonces como ahora. De lo que figurativamente podía derrumbar a este hombre
mío sobre sus rodillas. Así que solo lo sostengo ahora como lo hice entonces, mis dedos
jugando en su cabello para consolarlo hasta que sus lágrimas ceden lentamente y la
tensión en su cuerpo se amaina.
No sé qué decir, qué pensar, así que digo lo primero que me viene a la mente.
—¿Estás bien? ¿Quieres hablar de ello?
Afloja su agarre y presiona las palmas de sus manos en mi espalda, empujándome
más contra él, si eso es posible, mientras inhala un tembloroso suspiro. Me está
asustando, no en el mal sentido, sino en el sentido de que algo grande tenía que haber
ocurrido para arrastrar este tipo de reacción de él. Se retira y cierra sus ojos bien
apretados antes de tenga la oportunidad de ver en ellos, frota las manos por su cara
antes de soltar una fuerte respiración. Deja caer su cabeza y la sacude, odio que no
pueda ver su cara ahora mismo.
—Hice... —Suelta otra respiración, me acerco y coloco una mano sobre su
rodilla. Se limita a asentir como si estuviera hablando consigo mismo y luego su cuerpo
se tensa de nuevo antes de hablar—: Hice lo que me dijiste que debía hacer.
¿Qué? Trato de averiguar qué es exactamente lo que le dije que hiciera.

—Hice lo que dijiste y ahora... ahora mi cabeza está tan jodida sobre eso. Soy un
maldito desastre.
La cruda pena rompiendo su voz me ha hecho sentarme a su lado y esperar a que
levante la vista a mis ojos.
—¿Qué hiciste?
Estira una mano y agarra la mía, entrelazando nuestros dedos y apretando con
fuerza.
—Encontré a mi mamá.
El aliento se atora en mi garganta porque cuando hice ese comentario, nunca en
un millón de años, habría pensado que en realidad lo haría. Y ahora no sé qué decir,
porque soy el catalizador de todo este dolor.
—Pedro... —Es todo lo que puedo decir, todo lo que puedo ofrecer además de
levantar nuestras manos y besar el dorso de la suya.
—Kelly me llamó mientras estaba... ¡Ah, mierda! Me perdí la ceremonia. Te dejé
plantada. —Y puedo decir por la absoluta incredulidad en su voz que él realmente,
verdaderamente lo olvidó.
—No, no, no —lo callo, tratando de decirle que no importa. Que solo enfrentar
sus miedos es lo que importa—. Está bien. —Aprieto nuestras manos de nuevo.
—Lo siento mucho, Pau... yo solo... ni siquiera puedo pensar con claridad en este
maldito momento. —Rompe su mirada de la mía y aparta sus ojos con vergüenza
mientras usa su otra mano para eliminar las lágrimas de sus mejillas—. Sabes... —
Sacude su cabeza mientras mira hacia la oscura pista frente a nosotros—. Es un poco
divertido que sea este el lugar al que vengo a olvidarme de todo y esta noche es el
primer lugar en el que pensé ir a fin de poner en orden todo.
Sigo sus ojos y miro la pista, asumiendo la enormidad de todo… la pista y sus
acciones. Nos sentamos en silencio mientras la importancia de sus palabras me golpea.
Está tratando de hacer frente a las cosas, para seguir adelante, para comenzar a sanar.
Y yo nunca he estado más orgullosa de él.
—Le pregunté a mi papá hace un par de meses si sabía lo que había sucedido con
ella. Me puso en contacto con un investigador privado, Kelly es su nombre, que él
había contratado cuando yo era más joven, quien la vigiló durante diez años para
asegurarse de que no volvería por mí. —Su voz es uniforme, plana, un total contraste
con la dificultosa desesperación de hace unos momentos, y sin embargo, puedo sentir
la extremidad de la emoción vibrando justo bajo la superficie—. Me llamó hoy. La
encontró. —Me mira y la desolada mirada en sus ojos, un pequeñito perdido tratando
de encontrar su camino, me deshace, rompe el dominio sobre la emoción que estoy
tratando de contener para así poder ser fuerte para él. Ser la roca mientras él se
desmorona.
Mi primera lágrima cae cuando extiendo mi mano y la coloco en su mejilla, un
simple toque que transmite muchísimo lo que pienso, lo que siento, lo que sé que
necesita de mí. Me inclino, su mandíbula se aprieta bajo mi palma, sus ojos se fusionan
con los míos y coloco un delicado beso en sus labios.
—Estoy tan orgullosa de ti —le susurro. No le pregunto sobre lo que encontró o
quién es ella. Me concentro en él, en el ahora, porque sé que su cabeza está tratando
desesperadamente de reconciliar el pasado tratando de averiguar el futuro. Así que me
centro en el aquí, el ahora y espero que entienda que estaré aquí para todos y cada uno
de los paso del camino, si me lo permite.
Nos sentamos así, el silencio reforzando el consuelo de mi toque y la
comprensión detrás de mí beso. Y por una vez, el silencio es reconfortante, aceptando
su alma torturada. Hace el intento de tragar y parpadea rápidamente como si él
también estuviera tratando de entender todo y sin embargo tiene más piezas del
rompecabezas que yo, así que me siento y espero pacientemente a que continúe.
Rompe el contacto de nuestros ojos y se echa para atrás, sus ojos van de nuevo a la
pista.
—Mi mamá está muerta —dice las palabras sin ninguna emoción y a pesar de
que flotan hacia la noche, puedo sentirlas ahogándolo. Lo miro fijamente, apreciando
su perfil iluminado por la luna contra el cielo nocturno, y elijo no decir nada, dejarlo
que guíe esta conversación.
Inquieto, se levanta de su asiento y camina hasta el final del pasillo y luego se
detiene, su figura queda bordeada por la única luz más allá de él.
—Nunca cambió. Supongo que no debería haber esperado encontrar algo
diferente —dice en voz muy baja, pero todavía puedo oír cada inflexión en su tono,
cada pausa en su voz. Se da la vuelta para encararme, camina unos pocos metros hacia
mí y se detiene—. Yo... yo… mi cabeza es un puto desastre en este momento, yo solo...
—Frota las manos por su cara y a través de su cabello antes de emitir una risa
autocrítica que envía escalofríos por mi columna vertebral—. Ni siquiera tengo
recuerdos positivos de ella. Ninguno. Ocho años de mi maldita vida y no recuerdo ni
una sola cosa que me haga sonreír.
Sé que está luchando y desesperadamente quiero cruzar la distancia entre
nosotros y tocarlo, abrazarlo, consolarlo, pero sé que tiene que sacar esto. Necesita
librarse de su autoproclamado veneno que come su alma.
—Mi madre era una prostituta drogadicta. Vivió por la espada y murió por la
espada… —El resentimiento en su voz, el dolor, es tan poderoso y crudo que no puedo
evitar las lágrimas que llenan mis ojos o el estremecimiento en mi respiración mientras
inhalo—. Sip —dice, con esa risa cayendo de su boca de nuevo—. Una drogadicta. Sin
embargo no discriminaba. Tomaría cualquier cosa para conseguir ese viaje porque era
lo importante. Jodidamente más importante que su niñito sentado en la esquina
asustado hasta la muerte. —Rueda su hombro y se aclara la garganta, como si estuviera
tratando de ahogar la emoción—. Así que simplemente no lo entiendo... —Su voz se
apaga y trato de seguir lo que está diciendo, pero no puedo.
—¿No entiendes qué, Pedro?
—¡No entiendo por qué demonios me importa que esté muerta! —grita, su voz
resuena a través del estadio vacío—. ¿Por qué me molesta? ¿Por qué estoy jodidamente
encabronado por eso? ¿Por qué no me hace sentir otra cosa además de alivio? —Su voz
se quiebra de nuevo, sus palabras rebotan en el concreto.
Mi estómago se anuda por el hecho de que está lastimado porque yo no puedo
hacer absolutamente nada al respecto. No puedo arreglar o reparar o solucionar, así
que lo tranquilizo.
—Era tu mamá, Pedro. Es normal estar enojado porque en el fondo estoy segura
de que a su manera te amó…
—¿Me amó? —grita, sorprendiéndome con el repentino cambio de confundido
dolor a rabia sin límites—. ¿Me amó? —grita de nuevo, caminando hacia mí y
golpeando en su pecho junto con las palabras antes de caminar metro y medio, y
parar—. ¿Quieres saber lo que el amor era para ella? ¡Amor era negociar a su hijo de
seis años por malditas drogas, Paula!

»¡Amor era permitirle a su proxeneta y proveedor de drogas violar a su hijo,
follarse a su niñito mientras tenía que repetir en voz alta lo mucho que amaba eso, que
lo amaba a él , para que así pudiera conseguir su siguiente puta droga! ¡Tratarlo peor
que a un puto perro para que ella pudiera conseguir suficientes drogas para asegurar
su siguiente volada! Era conocido que el hijo de puta le estaba dando las más mínimas
putas cantidades posibles porque no podía esperar para regresar y hacerlo todo de
nuevo. Amor era sentarse en el otro lado de la puerta cerrada del dormitorio, y
escuchar a su niñito gritar con el peor dolor de mierda mientras era destrozado física
y emocionalmente y no hacer ni una puta cosa para impedirlo porque es tan
jodidamente egoísta.

Se encoge ante las palabras, su cuerpo está tan tenso que temo que sus siguientes
palabras romperán la tensión, aliviando al muchacho pero rompiendo al hombre
interior. Lo miro, mi propio corazón está en pedazos, mi propia fe se disuelve
imaginando el horror que su cuerpecito padeció, y me obligo a detener la repulsión
física que sus palabras evocan porque temo que va a pensar que es por él y no por los
monstruos que abusaron de él. Lo puedo oír luchando por recuperar el aliento, lo
puedo ver rebelándose físicamente contra sus propias palabras con un enérgico trago.
Cuando comienza a hablar de nuevo, su voz es más controlada pero el
inquietantemente tranquilo tono me hiela la piel.
—Amor era partir el brazo de su niñito a la mitad porque mordió con tanta
fuerza al hombre que lo estaba violando que ahora él no le iba a dar su puto chute de
cocaína con heroína. Amor era decirle a su hijo que él lo quería, que se lo merece, que
nunca nadie lo amará si lo saben. Ah, y para sellar el acuerdo, era decirle a su hijo que
los superhéroes a los que llamaba mientras era violado… arruinado… sí esos , nunca
iban a venir a salvarlo. ¡Nunca! —Está gritando a la noche, las lágrimas corren por las
caras de los dos y sus hombros se estremecen con el alivio de estar sin la carga del peso
que ha llevado por más de veinticinco años.

—¿Así que si eso es amor? —Se ríe enigmáticamente de nuevo—. Entonces sí,
los primeros ocho malditos años de mi vida, fui amado como nunca lo creerías. —Se
acerca a mí y a pesar de la oscuridad puedo sentir la ira, la desesperación, el dolor que
está corriendo desenfrenado a través de su cuerpo. Baja la mirada por un segundo y
veo las lágrimas de su cara oscureciendo el blanco concreto debajo. Niega con la cabeza
una vez más y cuando levanta la vista, la resignación en sus ojos, la vergüenza que los
rodea, me destroza—. Así que, ¿cuándo pregunto por qué estoy confundido acerca de
cómo puedo sentir algo más que odio al saber que está muerta? Es por eso, Paula —
dice en voz tan baja que me tengo que esforzar para escucharlo.
No sé qué decir. No sé qué hacer, porque cada parte de mí solo se ha roto y
estrellado a mi alrededor. He oído de todo en mi trabajo, pero escucharlo de un
hombre roto, perdido, desolado, agobiado por el peso de la vergüenza de toda una vida,
un hombre al que le daría mi corazón y alma si supiera que eso haría quitar el dolor y
los recuerdos, me deja en una completa pérdida. Y en la fracción de segundo que me
lleva pensar en todo eso, lo que acaba de decir golpea a Pedro. La adrenalina de su
confesión disminuye. Sus hombros comienzan a temblar y sus piernas ceden mientras
se desmorona sobre la banca detrás de él. En el latido del tiempo que tardo en llegar a
él, está sollozando en sus manos. Sollozos desgarradores y que limpian el alma se
escurren a través de todo su cuerpo mientras un “¡Oh, Dios mío!” cae de sus labios una
y otra vez. Envuelvo mis brazos a su alrededor sintiéndome completamente impotente
pero no queriendo dejarlo ir, nunca queriendo dejarlo ir.
—Está bien, Pedro. Está bien —repito una y otra vez entre sus repetidas
palabras, mis lágrimas caen sobre sus hombros mientras lo sostengo fuertemente
haciéndole saber que no importa lo lejos que caiga, lo atraparé. Siempre lo atraparé.
Trato de contener los sollozos que corren a través de mi cuerpo, pero no sirve de
nada. No hay nada que quede por hacer sino sentir con él, dolerme con él, llorar con
él. Y así nos sentamos en la oscuridad, yo sosteniéndolo y él dejándose ir a un lugar
que siempre le trajo paz. Solo rezo para que esta vez la paz pueda encontrar cierta
permanencia en su marcada alma.
Nuestras lágrimas ceden pero él mantiene su cabeza en sus manos, sus ojos
fuertemente apretados y demasiadas emociones despojándolo hasta el centro. Quiero
que tome las riendas, lo necesito para que me haga saber cómo ayudarlo, así que solo
me siento en silencio.
—Yo nunca... nunca había dicho esas palabras en voz alta antes —dice, tiene la
voz ronca de tanto llorar y sus ojos centrados en sus inquietos dedos—. Nunca se lo he
dicho a nadie —susurra—. Supongo que pensé que si lo decía, entonces... no sé lo que
pensé que podría pasar.
—Pedro —digo su nombre mientras trato de averiguar qué decir a
continuación. Necesito ver sus ojos, necesito que vea los míos—. Pedro, mírame por
favor —digo tan suavemente como puedo y él simplemente niega como un niño
pequeño temeroso de meterse en problemas.

Le permito tiempo, le permito que se esconda en el silencio y la oscuridad de la
noche, mis pensamientos están consumidos por el dolor por este hombre que amo tan
profundamente. Cierro mis ojos, tratando de procesar todo esto, cuando lo oigo
susurrar la única línea que nunca esperaría en este momento.

—Spiderman. Batman. Superman. Ironman.

Y me golpea como una tonelada de ladrillos. Lo que está tratando de decirme
con la simple y susurrada declaración. Mi corazón cae y mi cabeza grita. “¡No, no, no,
no!”
Caigo de rodillas delante de él, llevando mis manos a los lados de su cara y la
dirijo de modo que sus ojos pueden encontrarse con los míos. Y me encojo cuando se
estremece ante mi tacto. Está petrificado para dar este primer paso hacia la sanidad.
Temeroso de lo que pienso de él ahora que sé sus secretos. Preocupado por la clase de
hombre que percibo que es, porque a sus ojos, él dejó que esto le sucediera. Está
avergonzado de que lo juzgaré en base a las cicatrices que aún gobiernan su mente,
cuerpo y alma. Y no podía estar más lejos de la verdad. Me siento y espero
pacientemente, mis dedos tiemblan en sus mejillas durante algún tiempo hasta que sus
ojos verdes parpadean y me miran con un dolor que no puedo imaginar reflejado en
ellos.
—Hay tantas cosas que quiero y necesito decirte ahora mismo... tantas cosas…
—digo, permitiéndole a mi voz temblar, a mis lágrimas caer y a la piel de gallina cubrir
todo mi cuerpo—… Que quiero decirle al niñito que fuiste y al increíble hombre que
eres. —Se obliga a tragar mientras el músculo de su mandíbula salta, tratando de frenar
las lágrimas llenando sus ojos. Veo miedo mezclado con incredulidad en ellos.
Y también veo esperanza. Está justo por debajo de la superficie esperando la
oportunidad de sentirse seguro, sentirse protegido, sentirse amado para saltar a la vida,
pero está ahí.
Estoy sobrecogida por la vulnerabilidad que me está confiando, porque no puedo
imaginar lo difícil que es abrirte cuando todo lo que has conocido es dolor. Froto mi
pulgar sobre su mejilla y su labio inferior mientras me mira fijamente y encuentro las
palabras que necesito para transmitir la verdad que necesita escuchar.
—Pedro Alfonso, esto no es tu culpa. Si escuchas una cosa que te digo, por
favor deja que sea esta. Has llevado esto contigo durante mucho tiempo y necesito que
me escuches decirte que nada de lo que hiciste cuando eras un niño, o como hombre,
merecía lo que te pasó. —Sus ojos se abren y vuelve un poco su cuerpo, abriendo su
postura protectora y espero que sea un reflejo de cómo se siente conmigo. Que está
escuchando, entendiendo, oyendo. Porque hay muchas cosas que he querido decirle
durante tanto tiempo acerca de cosas que yo había asumido, y ahora sé. Ahora puedo
expresarlas.
―No tienes nada de qué avergonzarte, antes, ahora, ni nunca. Estoy sorprendida
por tu fortaleza. —Empieza a discutir conmigo y solo le coloco un dedo en sus labios
para silenciarlo antes repetir lo que estaba diciendo—. Estoy sorprendida por la
fortaleza para mantener esto embotellado durante todo este tiempo y no
autodestruirte. No eres dañado o jodido o sin esperanza, sino más bien resistente,
valiente y honorable. —Mi voz se quiebra con la última palabra y puedo sentir su
barbilla estremecerse debajo de mi mano porque mis palabras son muy duras de
escuchar después de pensar lo contrario durante tanto tiempo, pero mantiene sus ojos
en los míos. Y eso solo muestra que se está abriendo a sí mismo hasta la noción de
sanar.
―Vienes de un lugar de dolor insondable y sin embargo tú... tú eres esta
increíble luz que me ha ayudado a sanar, ha ayudado a sanar a mis muchachos. —
Sacudo mi cabeza tratando de encontrar las palabras para transmitir cómo me siento.
De tal manera que él entienda que hay tanta luz en él cuando todo lo que ha visto
durante tanto tiempo es oscuridad.
—Pau—suspira y puedo verlo luchando con la aceptación de la verdad en mis
palabras.
—No, Pedro. Es verdad, cariño. No puedo imaginar lo difícil que fue pedirle
ayuda a tu papá para encontrar a tu madre. No puedo imaginar cómo te sentiste al
tomar esa llamada hoy. No puedo comprender lo difícil que fue para que ti confesar el
secreto que has soportado tan pesado sobre tu alma por tanto tiempo... pero por favor
escucha esto, tu secreto está a salvo conmigo.
Retiene un sollozo, sus ojos parpadean rápidamente, su expresión es de dolor,
me inclino hacia delante y coloco un suave beso en sus labios, un contacto carnal para
tranquilizarnos a los dos. Coloco un beso en su nariz y luego descanso mi frente contra
la suya, tratando de tomar un momento para absorber todo esto.
—Gracias por confiar lo suficiente como para compartirlo conmigo —le susurro,
mis palabras salen como aleteo de mariposa de mis labios. Y él no responde, pero no
necesito que lo haga. Nos quedamos así, frente a frente, aceptando y consolándonos el
uno al otro y aceptando los límites que han sido cruzados.
No espero que comparta más, así que cuando empieza a hablar, me sorprendo.
—Al crecer, no supe cómo hacer frente a todo, cómo superarlo. —La absoluta
vergüenza en su voz se cuela sobre mí, mi mente da vueltas por la soledad que debió
de haber sufrido cuando era adolescente. Froto mi pulgar hacia atrás y hacia adelante
sobre su mejilla para que sepa que estoy aquí, que sepa que estoy escuchando. Suspira
suavemente, su aliento calienta mis labios mientras termina su confesión.
―Rápidamente traté de demostrar que no estaba condenado al infierno a pesar
de que él me hizo esas cosas. Corrí a través de la gama de chicas en el instituto para
probarme lo contrario. Eso me hizo sentir bien, el ser querido y deseado por las
mujeres, porque se llevaba el temor… pero entonces también se convirtió en mi forma
de salir adelante… mi mecanismo de defensa. Placer para enterrar el dolor.
Susurro al mismo tiempo que él lo hace. La frase que me dijo en la habitación
del hotel de Florida que se quedó conmigo, que me comió, porque yo quería entender
por qué se sentía de esa manera. Y ahora lo entiendo. Ahora entiendo su promiscuidad.

El joderlas y dejarlas. Todo ello era una manera de demostrarse a sí mismo que no
estaba marcado por su pasado. Una manera de colocar un curita temporal sobre las
heridas abiertas que nunca sanaron.
Cierro los ojos muy apretadamente, mi mente y mi corazón duelen por este
hombre, y de repente, su voz interrumpe el silencio.
—No recuerdo todo, pero recuerdo que solía venir a mí desde atrás. Es por eso
que... —Su voz es suave hasta que se desvanece, respondiendo a una pregunta que hice
la noche de la gala benéfica.
—De acuerdo —le digo para que sepa que lo escucho, que sepa que entiendo por
qué le robaron la posibilidad de aceptar tan inocente toque.
—Los superhéroes —prosigue, su cruda honestidad roba mi aliento—. Incluso
cuando era niño, tenía que aferrarme a algo para tratar de escapar del dolor, de la
vergüenza, del miedo, así que los llamaba para tratar de hacer frente. Para tener algún
tipo de esperanza a la cual aferrarme.
Pruebo la sal en mis labios. Supongo que es de mis propias lágrimas, pero no
puedo estar segura, porque no puedo decir dónde termina él y comienzo yo. Y no nos
movemos, permanecemos frente a frente y me pregunto si es más fácil para él estar
sentado de esta manera, ojos cerrados, corazón palpitante, almas contactando, para
poder llegar a sacarlo todo. Así no tiene que ver la desesperación, el dolor y la
compasión en mis ojos. Pero a pesar de que sus ojos están cerrados, todavía puedo
sentir las cadenas que han atado su alma durante tanto tiempo comenzar a liberarse.
Puedo sentir sus paredes empezar a derrumbarse. Puedo sentir la esperanza volar de
su lugar en la oscuridad. Solo él y yo en un lugar donde él ahora puede perseguir sus
sueños sin su pasado encerrándolo.
Bajo mi cabeza y le doy un beso en los labios. Los siento temblar debajo de los
míos, mi hombre seguro de sí mismo desnudo y abierto. Finalmente retira su cabeza,
nuestras frentes ya no se tocan, pero ahora puedo mirarlo a los ojos y puedo ver una
claridad que nunca ha estado ahí antes. Y un lugarcito dentro de mí suspira porque tal
vez él pueda ser capaz de encontrar un poco de paz ahora, pueda ser capaz de poner a
los demonios a descansar.
Sonrío solemnemente mientras contiene una respiración entrecortada y
extiende sus manos y me insta para levantarme de mis rodillas e ir a su regazo, donde
envuelve sus brazos a mí alrededor. Me siento allí acunada, consolada y amada por un
hombre capaz de mucho.
Espero que finalmente sea capaz de verlo y aceptarlo. Un hombre que jura que
no sabe cómo amar y sin embargo es exactamente lo que me está dando en este
momento, amor, en medio de estar en la más oscura de las desesperaciones. Coloco un
beso debajo de su mandíbula, su barba le hace cosquillas a mis sensibles labios.
El polvo de un pasado roto se asienta alrededor de nosotros mientras la esperanza
se eleva de sus remanentes.
—¿Por qué me lo dices ahora?

Retiene una respiración rápida y aprieta sus brazos alrededor de mí, presiona un
beso en la cima de mi cabeza y se ríe en voz baja.
—Porque eres el condenado alfabeto.
¿Qué? Mi cabeza se sacude hacia atrás y adelante, y me recuesto para poder verlo.
Y cuando encuentro sus ojos, cuando la sonrisa que se extiende en su rostro ilumina
el verde en la oscuridad que nos rodea, mi corazón cae a nuevas profundidades de
amor por este hombre.
—¿El alfabeto?
Estoy segura de que es la expresión de mi cara, es lo que hace su sonrisa ampliarse
más, hace guiñar su hoyuelo y su cabeza sacudirse.
—Sip, de la A hasta la maldita Z. —Una chispa de su personalidad que había
perdido brilla fugazmente y me alegra el corazón escuchar ese toque de divertida
arrogancia en su voz. Se ríe de nuevo y dice—: Maldito Becks —antes de inclinarse y
presionar sus labios con los míos sin responder a mi pregunta.
Se retira y me mira, sus ojos son intensos.
—¿Por qué ahora, Pau? Debido a ti. Porque te he empujado y jalado y lastimado
demasiado... y a pesar de todo eso, has luchado por mí, para mantenerme, para
ayudarme, para sanarme, para mandarme una carrera, y por una vez en mi vida, quiero
que alguien haga eso por mí. Y quiero ser libre para hacer eso por alguien más. Yo...
—Suspira, tratando de encontrar las palabras para que coincidan con la emoción
nadando en sus ojos. Con los ojos todavía poseídos en los bordes pero mucho menos
ahora que antes y eso solo alivia el dolor en mi alma—. Quiero la oportunidad de
demostrar que soy capaz de hacerlo. Que todo esto... —dice con un irrelevante
movimiento de su mano—. No me ha quitado eso. Que puedo ser quien necesitas y
que puedo darte lo que quieres —implora su voz.
Oigo la tristeza de sus confesiones todavía matizando su voz, pero también puedo
escuchar esperanza y posibilidades tejidas ahí también. Y es un sonido tan bienvenido
que frunzo los labios y los presiono contra los suyos. Todavía puedo sentir la emoción
vibrando a través de él mientras desliza su lengua entre mis labios abiertos y dispuestos
para profundizar el beso. Todavía puedo sentirlo tratando de asimilar este nuevo suelo
tratando de encontrar un punto de apoyo, pero sé que lo encontrará.
Porque él es un luchador.
Siempre lo ha sido.
Siempre lo será.

1 comentario: