viernes, 10 de octubre de 2014

TERCERA PARTE: CAP 113

me ama.
Ese pensamiento corre alrededor de mi mente, una y otra vez
mientras la adrenalina surge a través de mí.
Acaba de decirme que me ama.
Las palabras se me escapan mientras una oleada de amor y orgullo por este
hombre me envuelve, me envuelve en su capullo de posibilidades y calma cualquier
duda restante que podría haber tenido.
―Pedro... ―Estoy tan abrumada por la emoción que ni siquiera puedo
encontrar las palabras para decirle lo que he esperado tanto tiempo para decir.
―Shhh ―dice, colocando un dedo en mis labios mientras una tímida sonrisa se
forma en los suyos―. Déjame terminar. Te amo, Paula. ―Su voz es más segura ahora
en su declaración, como si encontrara el equilibrio en este recién
descubierto mundo. Su sonrisa se ensancha y así lo hace la mía con su dedo todavía
presionado contra mis labios―. Creo que siempre lo he hecho... a partir de esa primera
maldita noche. Eras el punto brillante, esa maldita chispa de la que no
podía esconderme incluso cuando la oscuridad me reclamó. Dios mío, nena, ya hemos
pasado por tanto jodidamente que yo... ―Su voz se desvanece cuando la humedad en
sus ojos se fuga, una lágrima deslizándose por el lado de su cara.
Hipo un sollozo que he estado retrasando porque es imposible mantenerlo a
raya. Llego y sostengo sus mejillas, su gruesa barba de tres días es reconfortante bajo
mis palmas y presiono mis labios en los suyos mientras sus brazos se envuelven
alrededor de mí y me jalan, apretándome contra su cuerpo. Inclino mi frente contra
la suya mientras mis dedos toman puñados de su cabello para poder tirar de su cabeza
hacia atrás y poder ver sus ojos.
―Te amo, Pedro. He querido decirte esas palabras otra vez durante tanto
tiempo ―me río, incapaz de contener la alegría burbujeante dentro de mí―. Te amo,
valiente, increíble, complicado, terco y magnífico hombre, parece como si nunca
pudiera tener suficiente.
Su boca captura la mía, uniéndose en un beso lleno de tanta emoción que no
puedo contener las lágrimas que caen o los jadeos repetidos de las palabras que he
tenido que retener por tanto tiempo para ser finalmente liberadas.
Los callos en sus dedos corren través de mi espalda mientras me aprieta contra
él, su piel acerada contra la suavidad de mis pechos, reavivando la llama del deseo
profundo en mi vientre. Nuestras lenguas profundizan, suspiros se expulsan, las
necesidades se intensifican a medida que nos deslizamos en un beso lento pero
totalmente sacude-cuerpos y adormecedor-de-la-mente. Cada nervio de mi cuerpo
pica por sus dedos y pincha, demandándolo en cualquier lugar y en todas partes.
Empujo mi vértice dolorido sobre la punta de su erección, al mismo tiempo su
lengua me deja débil e indefensa, su huella indeleble en mí por su simple beso. Mis
dedos golpean ausentemente sus músculos con bordes duros de sus hombros antes de
hundirse en su cabello, sosteniendo su cabeza cautiva como él ha hecho con cada pieza
de mí.
Se aleja, rompiendo el beso y lloro en protesta, sintiéndome como si nunca fuera
a saciar plenamente mi deseo por él. Noto su cabello revuelto y sus ojos chispeantes
antes de que la sonrisa que curva sus labios empuje por completo mi mundo fuera de
balance. Sus dedos trazan líneas por mi columna vertebral mientras trato de medir lo
que me están diciendo sus ojos.
―Déjame hacerte el amor, Pau ―dice, la ronquera de su voz mezclada con
afecto.
¿Cuántas veces más esta noche me va a dejar sin aliento? ¿Cuántas veces más va
a darme las piezas rotas de él para que pueda sostenerlas y curarlas antes de hacerlo
todo de nuevo?
Solo lo miro fijamente, mis labios formando una sonrisa mientras digo:
―Siempre lo he hecho. ―Niego mientras la emoción tiñe mis mejillas. Es una
tontería en realidad, estar avergonzada por mi confesión cuando todo lo demás entre
nosotros ya ha sido dicho, pero me encanta la chispa en sus ojos y la separación de sus
labios mientras mis palabras lo golpean. Corro una mano por su brazo y lo descanso
sobre su corazón―. Siempre he hecho el amor contigo, aunque nunca lo supiste.
Sopla una carcajada, esa sonrisa se profundiza a medida que cambia y nos empuja
en las almohadas detrás de mí. Su rostro está centímetros del mío, su cuerpo apoyado
sobre sus codos y sus rodillas entre mis muslos.
―Bueno, esta vez, los dos lo sabremos ―dice, inhalando un tembloroso suspiro
mientras su longitud se presiona contra mi apertura.
Cierro mis ojos mientras mi cuerpo se estremece bajo el suyo, necesitando y
queriendo el bombardeo de sensaciones consumiéndome. Sé lo que viene.
―Mírame, Pau. ―Mis ojos revolotean abriéndose y miro hacia arriba para
perderme en la belleza de su rostro―. Quiero verte mientras te tomo. Quiero verte
mientras me dejas amarte. ―Inclina su cabeza hacia abajo y se burla de mis labios con
el susurro de un beso antes de encontrar mis ojos de nuevo―. Te amo.
Cuando dice esas dos palabras, se empuja dentro de mí y juro que hay chispas
encendiéndose entre nosotros porque esta vez se trata de algo más que una conexión
física. Es la unión de nuestros corazones, almas y todo lo demás. Observo sus ojos,
nublados por el deseo y oscurecido con la emoción mientras se asienta plenamente en
mí.

―¡Dulce Jesús! ―gime cuando comienza a moverse, rastrillando sobre cada
nervio interior posible. Mi cuerpo reacciona instintivamente, mis caderas moviéndose
y arqueando la espalda para poder sacar cada posible onza de placer de este hombre
increíble.
Me siento bombardeada por las sensaciones. Por su piel contra la mía. La lujuria
y el amor sin trabas, sin restricciones en sus ojos. El suave gemido de placer de la parte
posterior de su garganta. La oleada de calor que me envuelve mientras se clava en mí
girando sus caderas antes de retirarse lentamente, solo para empezar todo de nuevo.
Mi cuerpo vibra por esta sensual colisión de todo, del momento más perfecto del
que no podría escapar incluso si quisiera.
La presión se acumula y el placer me catapulta a una altura vertiginosa mientras
Pedro entra una cadencia lenta pero constante que le permite extraer y arrastrar
hasta el último nervio. Sus ojos siguen sosteniendo los míos, pero puedo ver el placer
comenzar a superar a su necesidad de mirarme cuando sus ojos se cierran
momentáneamente, con la mandíbula apretada en concentración, sus párpados
pesados y las fosas nasales dilatas.
―Pedro... ―gimo cuando una devastación deseable comienza a oscilar a través
de mí, mis músculos tensos en preparación para el ataque de sensaciones casi ahí. Con
la mención de su nombre, él cambia, corre sus manos a lo largo de mi cuerpo mientras
se sienta sobre sus rodillas. Sus manos barren la parte superior de mi sexo, su pulgar
masajeando sobre mi clítoris y haciéndome empujar mis caderas hacia arriba pidiendo
más.
Las líneas de concentración en su cara se relajan cuando sus labios se rizan en
una sonrisa lasciva.
―¿Quieres más de esto?
Todo lo que puedo hacer es asentir, mis palabras perdidas ante los embates de la
sensación. Sus dedos, cuidadosos de mi recién descubierta reacción, agarran la carne a
los lados de mis caderas, me sostienen firmemente mientras su sonrisa sigue jugando
en su rostro, pero sus caderas continúan su dolorosamente exquisita penetración y
retirada. No hay nada que pueda hacer sino centrarme, tratar de manejar el ataque que
consume mis sentidos mientras sostiene mi mirada, llevándome más y más alto. Mis
muslos se tensan y mi cabeza cae hacia atrás cuando la fuerza de mi clímax inminente
aumenta.
Y luego nada.
Pedro detiene todo movimiento, robando mi orgasmo con su repentina falta de
acción. Mi cabeza se levanta para mirarlo, frustrada, para encontrarse con sus ojos
verdes que bailan con alegría y moderación.
Se inclina hacia delante, su longitud subiendo a profundidades inimaginables
dentro de mí, arrancándome un gemido irreprimible. Ni siquiera intento detenerlo.
Sus manos empujan el dorso de mis muslos hacia adelante mientras su cara llena toda
mi línea de visión. Puedo sentir el calor de su aliento jadeante en mi cara y ver sus
músculos tensos mientras controla su necesidad de librarse en mí con abandono
imprudente y llevarnos al borde rápido y duro, como sé que le gusta.
―Joder, nena, te sientes como el cielo ―dice mientras se inclina hacia adelante
y cepilla su boca sobre la mía. Me sorprende cuando empuja su lengua entre mis labios
y domina el beso de la misma manera que domina mi corazón. Puedo sentir su
contención deslizándose, puedo sentir cada dulce centímetro de su expansión dentro
de mí, puedo degustar el deseo montándole, la necesidad superando a toda razón.
Su boca se separa y me reclama mientras su cuerpo comienza lentamente a
moverse de nuevo, burlándose, empujando el mío para aceptar su desafío. Fuego
líquido parpadea a la vida de nuevo, chamuscada lava fundida devolviéndome al
infierno que acaba de obligarme a abandonar. Me trago su gemido cuando oscila más
en mí, palpitantes chispas de placer encendiendo mis terminaciones nerviosas.
Él muerde mi labio inferior y rompe el beso mientras comienza a aumentar su
ritmo, impulsándose hacia mí con desesperación apasionada mientras deja caer su
frente en mi hombro. Mi cuerpo empieza a temblar por el intenso tirón en mi núcleo
mientras él continúa con su ritmo castigador. La habitación está llena de mis suaves
gemidos, sus gruñidos inarticulados y el ruido de piel golpeando piel mientras me lleva
más y más alto.
El roce de sus dientes a lo largo de mi clavícula es mi perdición. Placer sin sentido
se apodera de mí cuando mi cuerpo se tensa a su alrededor y se libera, cayendo en el
olvido entusiasta mientras me entrego a él.
He olvidado todo, él me ha hecho olvidar todo, excepto su olor, sus sonidos, su
sabor, su tacto. Mi cuerpo se estrella contra la ola de sensaciones, su nombre está en
mis labios, nuestros cuerpos unidos como uno solo.
―Es tan jodidamente caliente verte llegar ―susurra mientras su barba raspa mi
cuello, su cuerpo aquietándose y luego moviéndose dentro y fuera de mí muy
lentamente para sacar los últimos restos de mi orgasmo sin dejar de empujarse a través
de mí. Yo lato y me aprieto alrededor de su polla, mis uñas clavándose en sus hombros
mientras me sostengo contra cada oleada de placer.
―¡Joder, Pau, se siente tan jodidamente bien! ―gime mientras sus caderas
empiezan a enloquecerse, mi propio orgasmo empezando a ordeñarlo. Y un momento
después, Pedro está de vuelta sobre sus rodillas, sus manos presionando mis muslos y
sus caderas golpeándose en mí mientras persigue su propio clímax.
―Vamos, nena ―jadea mientras trato de encontrar cada empuje con uno
propio, entregándome por completo a sus necesidades.
Su gemido gutural llena la habitación mientras golpea su clímax, su cuerpo
estremeciéndose y su cuerpo tensándose mientras navega a través de la cima. Después
de un último golpe, nos da la vuelta, nuestras caderas permaneciendo conectadas en
la más primaria de las maneras para que yo esté encima de él, mi mejilla en su pecho
donde puedo escuchar sus latidos atronadores.

Y nos sentamos así durante un momento, con los dedos dibujando líneas
perezosas en la carne desnuda del otro, recuperando el aliento y calmando nuestros
corazones. El silencio que nos rodea es tan cómodo sin los demonios que frecuentan
nuestras sombras. Sí, él siempre va a tener una parte poseída y dañada, pero por
primera vez en la historia tiene a alguien con quien puede compartirlas. Alguien que
le ayude a aliviar la carga, que le ayude a sanar.
Suspiro al pensarlo y estoy completamente contenta cuando él presiona un beso
en la parte superior de mi cabeza.
―Te amo ―le susurro las palabras todavía abrumada con todo lo que ha
ocurrido esta noche. Sus dedos siguen trazando sin rumbo por encima de mi espina
dorsal. Cierro mis ojos y disfruto de la sensación de nuestros cuerpos apretados contra
el del otro y la sencillez de sus toques. Y entonces mi TOC patea mientras
mentalmente trazo lo que sus dedos están haciendo y muevo mi cabeza así mi barbilla
descansa en mis manos cubriendo su esternón.
―¿Qué? ―pregunta con inocencia, a pesar de la sonrisa tirando de la comisura
de su boca y sus ojos que reflejan el daño que he llegado a amar y esperar de él. Cuando
todo lo que hago es elevar mis cejas, siento el rugido de su risa a través de su pecho y
en los míos.
―¿El alfabeto, Ace? ―Levanto una ceja y trato de reprimir mi propia sonrisa,
pero es inútil.
―Sip. Estoy viendo el alfabeto con una nueva luz por estos días ―dice,
abandonando su trazado y arrastrando su dedo por la parte superior de mi espalda.
Mi risa es superada por un suspiro cuando su mano envuelve mi culo. Puedo
sentir ese dolor que siempre está cocinándose a fuego lento de nuevo. Comienza a
endurecerse dentro de mí y la humedad comienza a llegar cuando el deseo se
intensifica por la conexión completa de nuestros cuerpos.
―¿Y cuál sería tu letra favorita?
Emite una risa que llena su cuerpo, su figura temblando y reverberando hasta el
fondo de su polla, ahora alerta y completamente enterrada dentro de mí.
―Oh, cariño, soy un poco parcial a tu V. Ese es el único lugar en el que quiero
estar.
No puedo ni reírme de su línea cursi porque elige ese momento para empujar sus
caderas hacia arriba y mi cuerpo se mueve con él, su piel frotando mis pezones y
persuadiendo un gemido de placer del fondo de mi garganta. Mis ojos se cierran y mi
cuerpo se reblandece cuando sus movimientos responden a mi carne ya hinchada.

―¡Dios mío! ―suspiro mientras me saca de mi estado orgásmico post-catatónico
y me arrastra bajo su hechizo una vez más.

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