miércoles, 23 de julio de 2014
CAPITULO TREINTA Y DOS
El autobús se detiene frente los portones del Auto Club Speedway en Fontana. Los chicos zumban de energía, y sus ojos están amplios como platos mientras asimilan la inmensidad del complejo. Tienen puestas sus camisetas, y todos los pases VIP que los asistentes de Pedro dejaron a bordo del bus para ellos.
Sus enormes sonrisas y sus constantes ooohs y aaahs llenan el autobús, e inundan mi corazón de puro gozo. Zander salta de pronto de su asiento, vibrando con una obvia energía que me toma por sorpresa. Miro a Jackson y Dane, los otros consejeros, y noto que también se percataron de ello.
Por primera vez en casi una semana, siento como si verdaderamente pudiera sonreía e, irónicamente, es Pedro quien indirectamente lo ha causado. Me siento tan agradecida con él por esos pequeños detalles que agregó para los niños: una carta personalizada, las camisetas, los pases y las brillosas revistas con un auto en la portada. Cosas que los hacen sentir especiales. Importantes.
Nuestro autobús es dirigido por un túnel debajo de las gradas, antes de conducirse hacia el cuadrilátero. No lo creería posible, pero las exclamaciones de los chicos se vuelven incluso más altas en este nueva parte. Nos detenemos y las puertas se abren. En un momento, un hombre se sube al bus, saltando con entusiasmo. Nos hace bajar, y nos indica que lo sigamos hacia una sala de reuniones donde podrán encontrarse con Pedro.
Me siento pequeña mientras camino en medio de este enorme campo. Al sur de nosotros, una enorme tribuna se erige a los celos, mientras que una pista ovalada bordea todo nuestro alrededor. Puedo oír los motores acelerando y veo a las personas ir y venir de un garaje a mi derecha. Con cada paso que tomamos mi ansiedad por ver a Pedro se incrementa. ¿Cómo va a reacciona luego de su confesión telefónica?
¿Se comportará todo negocios como generalmente, o aún estará esa atracción magnética entre nosotros? ¿O será indiferente? A pesar de mi ansiedad, también me emociona ver a Pedro en acción. Verlo tomar parte de su pasión. Verlo en su elemento.
Llegamos a un edificio de ladrillo y nuestro guía, cuyo nombre es Davis, nos conduce hacia una habitación con una puerta roja abierta. Seguimos su consejo de echar un vistazo alrededor, los muchachos charlan excitados, sobrecogidos por nuestros alrededores. Le hacen diversas preguntas a Davis, quien pacientemente responde.
Cuando se tranquilizan un poco, Davis les explica el por qué se debe probar un auto.
―Cuando estamos testeando, la mayor parte del tiempo se va en afinar el auto. Pequeños ajustes aquí y allá, que hacen que el auto vaya más rápido, o que permitan un mejor manejo de éste. Estos cambios son esenciales para el comportamiento global del auto cuando la temporada comience a finales de marzo. Junto con estos ajustes, también hay pequeñas reuniones de Pedro con su jefe de mecánico, Daniels, para ver en que están trabajando. Ahí es donde Pedro se encuentra ahora, discutiendo…
―Ya no. ―Escalofríos bailan por mi espalda al oír la grave voz de Pedro detrás de mí, cuando entra al cuarto. Variadas exclamaciones me rodean mientras los chicos lo saludan. Miro a Zander, y la enorme y genuina sonrisa en su rostro hace que mi corazón se apriete en mi garganta.
―¡Hola, chicos! ―les responde―. Me alegra muchísimo que estén aquí hoy. ¿Están listos para divertirse?
Las exclamaciones se elevan de nuevo mientras inhalo profundamente, preparándome a mí misma para darme la vuelta y enfrentarlo. Cuando lo hago mi corazón da un brinco en mi pecho. Pedro está de rodillas, sus ojos nivelados con los más pequeños del grupo, desordenando juguetonamente el cabello de sus cabezas. Se ríe sinceramente a algo que dice Scooter y se para lentamente, levantando la mirada y la engancha con la mía.
Todo pensamiento abandona mi cabeza cuando lo absorbo. Está usando su traje a prueba de fuego, la parte de arriba desabrochada y atada alrededor de su cintura
para revelar una ajustada camiseta con un desvanecido logo en su pecho, y un pequeño agujero en su hombro izquierdo. Su cabello está desordenado y su mandíbula muestra la sombra de un día sin afeitarse.
Mis pensamientos inmediatamente se desvían hacia lo mucho que me encanta pasar mi lengua sobre sus labios, y empuñar su cabello.
Me muerdo el labio inferior, el rápido dolor recordándome que esto no va a pasar ―nosotros no vamos a pasar― y para ayudarme a resistir la urgencia que podría tener al pensar lo contrario. Los ojos de Pedro se quedan clavados en los míos mientras los niños que adoro lo rodean. Una lenta y perezosa sonrisa se expande en su cara.
Todo pensamiento de resistencia se desvanece. ¡Mierda! Estoy tan fuera de mi cuando se trata de él.
―Hola, Paula. ―Tanto detrás de esas dos palabras. Todo el dolor, la confusión, el sobre análisis de los últimos se desintegra. En caso de que no lo supiera antes, es obvio que su proximidad nubla tanto mi juicio como mi sentido común.
―Hey. ―Mi nerviosa respuesta es todo lo que puedo manejar mientras continuamos con nuestras miradas pegadas la una a la otra como si fuéramos los únicos dos en la habitación. Contengo mis manos, ignorando el deseo que florece en mi centro.
Kyle tira de su mano y, luego de un latido, arrastra la mirada de mí y se enfoca de nuevo en los chicos.
Lentamente exhalo el aire que no sabía que estaba reteniendo. Dane se acerca a mí.
―¡Mierda, Paula! Si no lo supiera pensaría que con esa mirada te estaba diciendo que te quiere comer como postre.
Le doy una incomprendida mirada, como si no supiera de lo que está hablando. Lo golpeo juguetonamente en el brazo, intentando usarlo como distracción de tener que contestar, y para esconder el sonrojo que tiñe mis mejillas al recordar la versión de Pedro de algodón de azúcar.
―¡El hombre obviamente te quiere, chica!
―¡Oh, lo que sea! Tú lees los tabloides, Dane. Es por completo un jugador ―susurro la evasiva respuesta―. Estoy segura de que mira así a todas las mujeres.
Agradezco la distracción cuando Zander se acerca a mí, y pongo una mano sobre su hombro.
Pedro nota el movimiento, y saca la mirada de los otros niños para encontrar los ojos de Zander. Se aleja de la multitud y camina para arrodillarse frente a nosotros.
―Hola, Zander. Me alegra que vinieras. ―Colton se queda quieto observando y esperando alguna indicación de Zander de cómo proceder.
Jadeo cuando oigo la ronca respuesta de la boca de Zander. Un croado “hola” sale de entre sus labios y la cautelosa sonrisa de Pedro se transforma en una deslumbrante. Lágrimas corren por mis mejillas y rápidamente las limpio para mirar a Dane y Jackson igual de aliviados y orgullosos.
¡La primera palabra de Zander!
Pedro se aclara la garganta, al parecer también conmovido con el momento.
―Entonces, voy a necesitar su ayuda más tarde. ¿Está bien?
Cuando Zander asiente, Pedro lentamente extiende la mano mostrándole a Pedro su intención, y cuando él no se encoge, Pedro gentilmente revuelve su cabello
Pedro me mira mientras se pone de pie, y las lágrimas nadando en mis ojos son tanto por la reacción de Zander como por el hombre parado frente a mí. Por todo lo que no puede ser con él. Me da una resignada y conocedora sonrisa antes de regresar su enfoque a los seis chicos.
―Entonces, ¿están listos para ir a los pits, revisar los autos y testear todo? ―Colton se balancea juguetonamente ante el rugido en afirmación de los chicos.
―Voy a tomar eso como un sí. ―se ríe.
Por la esquina de mi ojo, noto a una esbelta rubia entrar al cuarto con un portapapeles en una mano, una vieja gorra de baseball en la otra, y un pase oficial alrededor de su cuello.
Se apoya contra el marco de la puerta mirando a Pedro, y debe sentir mi mirada, porque gira la cabeza, lentamente mirándome de arriba abajo en una obvia medición. Sus ojos finalmente encuentran los míos, y una sonrisa se forma en sus labios, y una mirada no tan amistosa en sus ojos. Y eso es lo que se necesita para comprender de quién se trata. Ella es Tamara Taylor, la a veces escolta empleada por PA Enterprises, y quién sabe qué más de Pedro.
Silbo en comprensión; sus largas piernas, su perfecta figura y el majestuoso rostro me hacen sentir más que insegura. ¿Por qué iba a Pedro a perseguir a alguien como yo, cuando podría tener a alguien como ella?
Pedro la mira mientras dice su nombre en una carrasposa voz, interrumpiendo su respuesta a una pregunta de Shane.
―Denme un minuto chicos ―se excusa, y camina hacia donde ella está parada.
Le pasa la maltratada gorra y él se pasa una mano a través de su cabello antes de ponerla en su cabeza. Oigo sus acalladas voces y entiendo algunas palabras entre los ruidos que los chicos hacen. Pedro se lleva las manos a la cadera, sus hombros llenando la desgastada remera, y asiente a Tamara.
Ella sonríe ampliamente, y cuando levanta una mano para ponerla en el brazo de Pedro, la odio instantáneamente. Mis oídos reaccionan al escuchar mi nombre. ¿Qué?
Tamara me mira rápidamente antes de volver a Pedro. Pareciera como si estuvieran resolviendo algunas cosas, así que me mantengo ocupada chequeando los posters que cuelgan de las paredes.
Escucho que Pedro dice “Gracias”, antes de volver a su audiencia. Tamara se gira en la puerta y nota que la estoy estudiando. Me dirige una falsa y maliciosa sonrisa antes de salir.
Su sonrisa lo dice todo. Pedro es de su propiedad, y yo soy solo una intrusa.
¡Bueno, a jugar cariño!
Con Tamara fuera y una adversaria menos por conocer, vuelvo mi atención en Pedro quien les está diciendo los que les espera en la prueba. Responde cada
pregunta con una comprendida paciencia y detalle que lo dicen todo en cualquier nivel.
Zander se para cerca de Pedro, concentrado en la conversación sin que sus ojos dejen nunca su rostro. Cuando termina, Davis mirando su reloj eleva la voz.
―Bueno, muchachos. Los guiaré hacia los pits. Podrán sentarse en los asientos justo encima y verlo todo. También les vamos a dar algunos auriculares para que puedan oír todo lo que hablamos con Pedro. ―Agarra el portapapeles y gira hacia la puerta―. Así que si me siguen, los llevare a donde está la acción.
Los chicos se mueven animados mientras arman una fila detrás de Davis. Agarro mi bolso y comienzo a seguirlos, la ansiedad elevándose ante la posibilidad de estar a solas con Pedro. En general tengo una fuerza de voluntad fuerte, pero cuando se trata de Pedro, es inexistente.
Doy mi primer paso y entonces escucho su voz detrás de mí.
―¿Me das un segundo, Pau? ―su ligera voz me empapa.
Ignoro la ceja levantada que Dane me da antes de seguir a los chicos hacia la puerta. Sin confiar en mi voz, me imagino que el ya no seguir adelante es suficiente respuesta para Pedro.
―Es bueno verte. ―Su voz es áspera.
Respiro hondo y cierro los ojos por un momento, intentando limpiar las emociones de mi cara y no mostrar nada de lo que siento. Lentamente me doy la vuelta con una falsamente calmada sonrisa en mis labios mientras recuerdo sus palabras del otro día. La increíble fuerza del devastador efecto que tiene en mí me golpea cuando encuentro sus ojos.
Esto nunca funcionará.
―A ti también, Ace.
Está sentado en el borde la mesa, un pie descansando en el asiento de la silla frente a él, sus manos retorciendo sus anteojos del sol por la pata. Mi corazón da un vuelco ante la vista de él, sabiendo que podría tener una parte de todo eso, pero no todo lo que necesito. Camino hacia él, la química irrefutable, y tira de mí
magnéticamente. Le sonrío tímidamente intentando mantener mis emociones a raya. Me detengo frente a él, mis dedos locos por tocarlo. Sus ojos siguen mi mano cuando la levanto para sacar la imaginaria hebra de su camiseta.
―Te ves tan oficial.
Río ansiosamente diciendo la única cosa que se me viene a la mente. Inclina la cabeza y me levanta una ceja.
―¿Qué? ¿Te creías que lo estaba fingiendo y que esto es solo un show? ―dice secamente levantándose de la mesa. Cuando se para noto que su cuerpo está a apenas centímetros del mío. Su esencia me envuelve y doy un paso atrás para evitar tocarlo de nuevo. Lo que sea para mantener mi dignidad.
―No, no es eso a lo que me refiero. ―Sacudo mi cabeza, retrocediendo de nuevo para crear algo de espacio―. Estar aquí lo vuelve todo más real: las pistas, verte en tu traje, las gradas… la enormidad de todo en general. ―Me encojo de hombros―. Muchas gracias Pedro.
Con esas palabras miro hacia abajo, para instintivamente jugar con el anillo que ya no está en mi dedo. En su lugar entrelazo mis dedos y trato de esconder el arremolinamiento de emociones en mis ojos.
―¿Por qué?
―Por todo. Las cosas en el bus por los chicos. Tenerlos aquí. Todo. ―Lo miro, lágrimas de felicidad nadando en mis ojos, y agrego suavemente―: La primera palabra de Zander.
―Cualquier avance es importante para curar heridas invisibles.
Sé que entiende estas palabras más que la mayoría. Extiende la mano limpia una solitaria lágrima que se escapa. Ese simple signo de compasión me deja temblando. Sus ojos encuentran los míos y puedo ver los sentimientos que tiene por mí en ellos. Desearía que pudiera verlo e los míos.
Se pone los anteojos, acorazando mi capacidad para leer más en ellos y me da la mano.
―¿Vienes conmigo a los pits?
Cuando sólo me quedo ahí mirándolo, la confusión cubriendo mi cara, responde por mí agarrando mi mano y apretándola por lo que soy forzada a ir con él. Caminamos en silencio, ambos ocupados en nuestros propios pensamientos. Todas las preguntas que quisiera hacerle se mantienen no dichas en mis labios, porque este no es el lugar para ellas. Pongo una mano en mi estómago para calmar los nervios aflorando ahí.
―¿Por qué te ves tan nerviosa cuando soy yo el que va a dar vueltas en la pista a trescientos kilómetros por hora?
Me detengo, lo miro, y soy incapaz de ver a través de sus lentes oscuros, preguntándome si realmente no comprende lo que el estar así con él, estar con él cuando no puedo tenerlo me hace. Decido tomar la salida rápida.
―Estoy nerviosa por ti. ¿No tienes miedo de estrellarte?
―Oh, he chocado muchas veces, Pauli. ―Se levanta los lentes para que nuestros ojos puedan verse―. A veces se necesita chocar un par de veces para aprender de tus errores, y entonces cuando el humo se disipa terminas siendo mejor. Aprendes la lección para en caso que suceda de nuevo.
Se encoge de hombros, apretando mi mano y sonriendo tímidamente.
―Además, a veces las abolladuras le añaden carácter a las carreras. Verse bonitos dura poco.
Nuestros ojos se sostienen y sé que está hablando de algo más que correr. Mis ojos lo urgen, silenciosamente formulando las preguntas que tengo miedo decir, pero se vuelve a poner los lentes, pretendiendo no verlos. Agarra mi mano para comenzar a caminar, nuestros dedos enlazados son la única respuesta que recibo.
Intento pensar en algo que decir para agregar un poco de ligereza a la caminada.
―¿No deberías tener alguna clase de expresión pre-carrera para demostrar que vas en serio?
―Algo así ―se ríe―, pero hoy no es una carrera. Además, en general me pongo así cuando camino hacia los pits. Eso hace que mi hermana se enoje un montón.
―¿Por qué?
―Porque así puedo hacer que todos se apuren y hagan lo que les digo ―dice como si nada, una pequeña sonrisa en sus hermosos labios.
―Típico macho ―río y sacudo mi cabeza―. Gracias por la advertencia Ace.
―Y ella dice que me veo malvado. Intento decirle que todo es parte de mi trabajo pero no se lo cree.
Caminamos un poco más en silencio, con una sonrisa en mis labios. Puedo oír un motor volviendo a la vida a mi izquierda y el sonido de alguna llave chillando a mi derecha.
―No estaba seguro de que vendrías hoy. ―Sus palabras me toman por sorpresa. Creo que escondo bastante bien mi cara―. Creí que tal vez enviarías a otro consejero en tu lugar.
―No ―murmuro cuando nos detenemos en la esquina de un edificio, y lo miro. ¿No se da cuenta acaso de que cuando me aleja, irrefutablemente soy arrastrada hacia él? ¿Qué no me podría quedar apartada aún si quisiera?―. Quería verte en tu elemento. Ver a los chicos experimentando esto.
Me mira por un momento, asintiéndole a alguien que pasa junto a nosotros antes de reencontrar sus ojos con los míos.
―Me alegro de que estés aquí.
―Yo también ―boqueo hacia él, luchando por la urgencia de alejar mis ojos debido a la intensidad de los suyos.
―Hasta aquí es donde llego ―dice, apoyándose contra la pared, poniendo un pie detrás de él.
―Oh. ―Con sus pulgares acaricia los nudillos de mi mano que está sosteniendo.
Una lenta sonrisa traviesa se planta en sus labios.
―¿No me das un “beso de la buena suerte”,Paula? ―Se aferra a mi mano mientras caigo contra él. Planta su mano libre en mi espalda, sosteniéndome contra la solidez de él.
Sus advertencias, sus señales confusas, el dolor que él me causó, todo se desvanece cuando mis ojos revolotean hacia sus sensuales labios a centímetros de mí. Cada músculo debajo de mi cintura se aprieta en deseo. Cierro momentáneamente los ojos, mojándome los labios con la lengua, antes de abrirlos de nuevo para encontrar los verde claro de Pedro. ¿Por qué no? No es como si el término sensatez haya cruzado por mi cabeza alguna vez cuando se trata de él. La sensibilidad se desliza por mis dedos como arena cuando me acerco.
―Es lo menos que puedo hacer ―murmuro mientras él se saca su gorra de baseball.
Todo sentido de razón y modestia se desvanece de nuestro alrededor en el minuto que sus labios capturan los míos. Vierto todo el dolor reprimido, las emociones y la necesidad de los últimos días en nuestro beso, y sé que puedo saborear lo mismo de él también. La presión de su mano en mi espalda me urge, tentándome a pasar mis manos por su pecho, rozar con mis dedos la línea del cuello y tomar su ondulado cabello.
Nuestros corazones laten uno contra el otro mientras cada uno toma lo que necesita, a pesar del bloqueo que nos pusimos a nosotros mismos.
Lentamente vuelvo a tomar conciencia de nuestro alrededor cuando escucho a alguien gritar.
―¡Consíguete un cuarto Alfonso!
Siento a Pedro sonreír contra mis labios cuando rompe el beso y vuelve su cabeza hacia la derecha y grita riendo.
―¡Que te jodan, Tyle! ¡Sólo estás celoso!
Oigo las audibles carcajadas mientras Pedro vuelve su cabeza hacia mí, y acaricio su mandíbula.
―Buena suerte, Ace.
Nos miramos el uno al otro durante un latido, antes de que se incline de Nuevo y plante un tierno beso en mis labios. Una silenciosa despedida que me confunde más que nunca.
―Recuérdame traerte a mi próxima carrera.
―¿Qué? ¿Por qué?
―Porque si así es el “beso de buena” suerte cuando estoy sólo probando, no puedo esperar a ver cómo será cuando esté compitiendo de veras.
Levanta las cejas, una juguetona sonrisa elevando las esquinas de su boca, y aprieta la mano con la que sostiene mi cintura. Río permitiéndome un momento para relajarme.
―¿Pedro?
Me doy la vuelta para mirar cómo sus ojos se clavan en una impresionante mujer a unos metros de nosotros. Tiene una clase de belleza clásica que me recuerda a Lina. Tiene mechones de cabello rubio que caen alrededor de sus ojos, sus ojos color caramelo me captan pensativamente, y frunce los pintados labios pensativamente mientras me considera. Siento como si me golpearan en el estómago a pesar de que estoy presionada contra Pedro al ser medida contra ella, y puedo ver verdadera adoración y amor en su mirada hacia él. Algo sobre ella, sin embargo, es diferente y los sentimientos que veo en sus ojos son mucho más intensos que los de Tamara o Raquel.
¿Terminará alguna vez el aluvión de mujeres enamoradas de Pedro?
―Impecablemente oportuna como siempre. ―Saluda Pedro con los dientes apretados sin siquiera mirarla. Lo veo con confusión cuando besa la punta de mi nariz y se hace hacia atrás―. Paula, te presento a mi molesta hermanita, Luciana.
―¡Oh! ―Ahora tiene sentido. Me remuevo de los brazos de Pedro, la interrupción no permitiéndome siquiera pensar en nuestro íntimo intercambio. Extiendo mi mano para saludarla, mis mejillas sonrojándose furiosamente ante el pensamiento de la primera impresión que se debe llevar de mí―. Hola. Soy Paula Chaves.
Luciana me mira de arriba abajo y me estrecha la mano, antes de mirar a Pedro con una incrédula expresión en su rostro. Sacude la cabeza hacia él, una advertencia en sus ojos, mientras suelta mi mano. La dejo caer cuando Pedro la mira con advertencia también.
―¿Lu? ―Ella sólo lo mira como una madre a su travieso hijo. Él la mira también―. Lu, no seas grosera. Ya voy. Estoy un poco ocupado ahora.
Ella resopla, mirándome de nuevo antes de girar sobre sus talones y regresar por donde vino.
―Lo siento ―murmura―, puede ser pequeña molestia insoportable a veces, a pesar de la edad que tenga.
Y con esas palabras, por alguna razón lo entiendo. Ella piensa que soy una de las pequeñas aprovechadoras de Pedro. Y ella está actuando de la misma manera en que yo actuaría si fuera mi hermano. Molesta. Asqueada.
―Está bien. ―Me alejo―. Ya te tienes que ir.
―Eso hago. ―Asiente, pasándose los dedos a través de su cabello.
―Cuídate, Pedro. Te veré en la línea de meta.
―Siempre ―dice antes de regalarme una rápida sonrisa y se da la vuelta para caminar hacia los pits. Veo su sexy pavoneo mientras se pone la gorra de baseball en la cabeza y la ajusta. Se gira para mirarme de nuevo, la visera ensombreciendo sus ojos y la medio-sonrisa en sus labios, con la palabra peligro escrita por todos lados.
Si algo se puede decir, es que es la definición de “Sexy”. Suspiro, sacudiendo la cabeza mientras instintivamente le devuelvo la sonrisa. Mira hacia delante de nuevo, y lo observo hasta que no puedo verlo ya más.
¿Cómo siquiera comienzo a procesar los quince minutos de señales mezcladas de Pedro?
GRACIAS! ♥
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Wow buenisimo,segui subiendo!!!
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