Los animales de peluche cuelgan ceremoniosamente desde estaciones de juego garantizados para llamar la atención de los niños de la escuela primaria. Los adolescentes caminan de la mano, sin importarle que estén realmente en carnavales, sino más bien pensando que está genial estar aquí sin sus padres. No puedo evitar mi sonrisa, ya que a pesar de mi edad, estoy emocionada. No he estado en una feria como ésta desde que tenía su edad.
―¿Dónde primero? ―pregunta Pedro mientras paseamos tranquilamente de la mano por la mitad del camino, sonriendo y negando cortésmente a las ofertas de “ganar un premio” a los vendedores del juego.
―A montarnos definitivamente ―le digo mientras miro alrededor―. Sin embargo, no estoy segura de a qué todavía.
―¡La chica de mis sueños! ―Él acaricia su mano libre sobre su pecho, sonriéndome.
―¡Drogadicto de la adrenalina! ―digo, chocando mi cadera contra su muslo.
―¡Condenadamente cierto! ―Se ríe cuando nos acercamos a lo que parece ser el centro de Ride Alley como las letras anteriores nos anunciaba―. Así que, ¿cuál Pauli?
Miro a mi alrededor y señalo a varias mujeres diferentes mirándonos. Al principio me preocupa que reconozcan a Pedro, pero luego me doy cuenta de que probablemente sea apreciación pura femenina sobre el hombre que está a mi lado.
―Hmmmm. ―Contemplo todas las atracciones, decidiéndome por una de las favoritas de larga duración. Señalo hacia la atracción más cercana a nosotros―. ¡Me encantaba esta cuando era niña!
―Bien, el viejo remolino vertiginoso. ―Se ríe Pedro, tirándome en su dirección―. Vamos, vamos. ―Su entusiasmo es entrañable. Un hombre que da vueltas a cientos de kilómetros por hora en una pista, se codea con algunas de las estrellas más brillantes de Hollywood, y podría estar en algún lugar de lujo en este momento, está muy entusiasmado con ir en una simple atracción de feria. Conmigo. Tengo que pellizcarme.
Nos ponemos en la fila para esperar nuestro turno. Él me da un golpe suavemente con el hombro.
―Cuéntame más sobre ti, Paula.
―¿Es la entrevista de trabajo parte de una cita? ―bromeo juguetonamente―. ¿Qué quieres saber?
―¿Cuál es tu historia? ¿De dónde vienes? ¿Cómo es tu familia? ¿Cuáles son tus vicios secretos? ―Sugiere agarrando mi mano en la suya y elevándola a los labios. La simple muestra de cariño se cuela por encima del muro de protección que tengo alrededor de mi corazón.
―Todos los detalles jugosos, ¿eh?
―¡Sip! ―Su sonrisa ilumina su rostro y me jala hacia él de modo que puede poner casualmente su mano sobre mi hombro―. Cuéntamelo todo.
―Bueno, crecí en una familia típica de clase media en San Diego. Mi madre es propietaria de una empresa de diseño de interiores y mi padre restaura recuerdos del vintage.
―Muy bien ―exclama Pedro mientras yo enlazo mi mano con la suya que descansando casualmente por encima de mi hombro―. ¿Cómo son?
―¿Mis padres? ―Él asiente hacia mí. Su pregunta me sorprende ya que va más allá de lo superficial. Es como si él realmente quisiera conocerme―. Mi padre es el típico hombre A, cada cosa en su orden, mientras que mi mamá es muy creativa. Un espíritu libre. Los opuestos se atraen, supongo. Somos muy cercanos. Los maté cuando decidí quedarme en Los Angeles después de la universidad ―me encojo de hombros―, son excelentes, sólo se preocupan demasiado. Ya sabes, los típicos padres. ―Avanzamos algo en la fila ya que hay algunas personas bajando y los próximos subiendo―. Soy muy afortunada de tenerlos ―le digo, mientras una punzada de nostalgia me golpea, ya que no los he visto en un par de semanas
―¿Hermanos? ―pregunta Pedro, jugando con mis dedos mientras me sostiene la mano.
―Tengo un hermano mayor. Gonzalo. ―Pensar en él me hace sonreír. Pedro oye la reverencia en mi voz cuando hablo de mi hermano y sonríe suavemente hacia mí―. Él viaja mucho. Nunca sé dónde va a estar la semana siguiente. Es corresponsal de la Associated Press en el Oriente Medio.
Observa mi ceño fruncido.
―No es exactamente el trabajo más seguro en estos días. Suena como si te preocupase mucho.
Me apoyo en él.
―Sí, pero él está haciendo lo que ama.
―Definitivamente puedo entender eso. ―Empezamos a movernos de nuevo hacia delante―. ¿Qué piensas? ¿Nos tocará entrar esta vez?
Doy un paso por delante de él y me pongo de puntillas estabilizándome. Una pequeña emoción se mueve a través de mí ya que siento que coloca las manos a ambos lados de mi torso, donde mi cintura y las caderas se encuentran. Espero un poco más de lo necesario, ya que no quiero que quite sus manos.
―Hmmm, creo que la próxima vez ―respondo, hundiéndome lentamente fuera de mis dedos.
En vez de quitar las manos, Pedro envuelve sus brazos a mí alrededor y pone su barbilla en mi hombro. Me hundo en él, mi suavidad contra su acero, y cierro los ojos un momento para que pueda absorber la sensación de estar junto a él.
―Continua hablándome de ti ―murmura en mi oído, la aspereza de su mandíbula con barba frotándose en el hueco de mi cuello mientras habla.
―No hay mucho más que decir realmente ―me encojo de hombros sutilmente, ya que no quiero que se mueva―. Jugué a un montón de deportes en la escuela secundaria. Fui a la UCLA. Conocí a Lina en mi primer año, era mi compañera de piso. Cuatro años más tarde, me gradué en psicología con especialización en trabajo social. Conseguí un trabajo y he estado ahí desde entonces. Bastante aburrido la verdad.
―Normal no es aburrido ―corrige―. Normal es deseable.
Estoy a punto de preguntarle qué quiere decir con su comentario, cuando nos movemos hacia delante y se dirige hacia la superficie irregular del paseo. Nos deslizamos en el auto, bajamos la barra de seguridad, y esperamos a que se
monten el resto de viajeros. Pedro desliza su brazo alrededor de mi espalda antes de continuar:
―¿Qué pasa con los vicios? ¿Qué es lo que necesitas?
¿Además de ti? Las palabras casi se me escapan, pero las reprendo antes de que sea demasiado tarde. Lo miro, entrecerrando los ojos en el pensamiento.
―No te rías ―le advierto.
Él se ríe en voz alta.
―Ahora tengo curiosidad.
―Bueno, además de las cosas femeninas obvias, el vino, los besos de Hershey, la menta con chispas de chocolate helado ―me detengo a pensar, una sonrisa apareciendo las esquinas de mi boca―. También tendría que decir que la música. ―Levanta las cejas hacia mí―. No es algo muy escandaloso, lo sé.
―¿Qué tipo de música?
Me encojo de hombros.
―De todas las clases, la verdad. Sólo depende de mi estado de ánimo.
―Cuando más lo necesitas, ¿Qué tipo de música escuchas?
―Me da vergüenza decirte esto. ―Escudo mis ojos con la mano en la falsa vergüenza―. Top 40, la música pop cursi en particular.
―¡No! ―grita con horror fingido, riéndose a carcajadas―. Oh Dios, por favor, no me digas que te gustan las bandas de chicos ―se burla sarcásticamente. Cuando le miro con una sonrisa satisfecha en el rostro, él se echa a reír―. Tú y mi hermana se van a llevar bien. Tuve que escuchar esa mierda durante años en mi adolescencia.
¿Planea un encuentro con su hermana? Rápidamente limpio la mirada de asombro de mi cara y sigo:
―¡Debe de tener un gran gusto por la música, entonces! ―bromeo―. Hey, yo vivo en una casa llena de adolescentes, escucho todo tipo de música de los Top 40, durante todo el día.
―Buen intento, pero nada justifica que te gusten las bandas de chicos, Paula.
―¡Hablas como un verdadero hombre!
―¿Te gustaría que fuera de otra forma? ―pregunta tocando con el dedo la punta de mi nariz mientras me río, sacudiendo la cabeza. Se inclina hacia delante y mira a su alrededor cuándo vamos a empezar el viaje―. Aquí vamos.
No se me escapa que la conversación ha sido exclusivamente sobre mí. Empiezo a pensar en esto cuando la atracción empieza a girar y girar y girar violentamente en círculos. Estoy tirada contra el cuerpo de Pedro, y él me agarra con su brazo, abrazándome fuertemente a él. Se ríe histéricamente con la velocidad del viaje, y yo le digo que cierre los ojos, ya que aumenta la sensación. Juro que le oigo decir algo sobre mostrarme más de eso más tarde, pero me distraigo de preguntar, porque tan pronto como se inicia el viaje, se para.
Pedro y yo procedemos a montarnos en las tazas de té, los columpios, nos damos un beso en el carril de los amantes de la casa de la diversión, levantamos las manos por encima de nuestras cabezas a medida que caemos en picado hacia abajo, en la montaña rusa, y la honda de ida y vuelta en el barco dragón. Nos bajamos de las atracciones después de la caída libre ya que nuestros estómagos casi son sacudidos por nuestras bocas y Pedro declara su necesidad de beber.
Damos un paseo hasta los vendedores de comidas y compra dos bebidas y un embudo gigantesco de algodón de azúcar. Él me mira, seriamente.
―No hay un Carnaval completo sin ponerte enfermo en la bondad pura del azúcar hilado. Su sonrisa es la de un niño travieso y se me deshace el corazón.
Me río de él mientras paseamos a un banco cercano. Estamos casi allí cuando oímos una voz detrás de nosotros.
―¿Perdón?
Nos volvemos a ver a una mujer de mediana edad de pie detrás de nosotros.
―¿Sí? ―pregunto, pero es obvio que no le importa nada de mí, sus ojos están completamente obsesionados con Pedro.
―Perdón por la interrupción, pero mis amigos y yo tenemos una apuesta... ¿eres Pedro Alfonso?
Puedo sentir la mano de pedro tensarse sobre la mía, pero su rostro sigue impasible. Una lenta sonrisa se extiende por su cara mientras me mira, para luego mirar a la mujer delante de nosotros.
―Es halagador que piense eso señora, pero lamento decepcionarle. Lo siento mucho. ―El rostro de la mujer cae con la decepción―. Sin embargo, gracias por el cumplido. Mi nombre es Ace Chaves. ―Pedro improvisa mientras extiende su mano para sacudir la suya. La mezcla de mi apodo y mi apellido me hace sonreír suavemente ante la idea de que él está pensando en nosotros dos entrelazados. Conectados.
Ella le da la mano a regañadientes, murmurando:
―Encantada de conocerle ―avergonzada por su intromisión, antes de girarse rápidamente y acercarse de nuevo a sus amigos.
―Encantado de conocerte también, señora ―grita pedro tras ella, la rigidez en los hombros debilitándose cuando le damos la espalda a ella y continuamos hacia el banco. Él deja escapar un suave suspiro―. No me gusta hacer eso. Mentir ―expresa con palabras―, es que una vez que una persona se da cuenta, es un sin parar. Salen los teléfonos con cámara y los mensajes de Facebook y antes de que te des cuenta, estamos rodeados, los paparazzi se presentan, y me he pasado toda la noche cuidando a los extraños e ignorándote.
Su razonamiento me toma por sorpresa, y me siento halagada de que él lo puso en esos términos.
―Esta es mi vida ―explica sin excusas―, en su mayor parte. Crecí por defecto con una familia famosa, pero tomé la decisión de ser una persona pública. Acepto el hecho de que voy a ser fotografiado y perseguido por autógrafos. Lo entiendo
―dice, sentado en el banco junto a mí―, y no me importa, la verdad. Quiero decir que no me quejo. Por lo general soy muy servicial, especialmente cuando se trata de niños. Pero a veces, como esta noche, es que... ―Él tira el sombrero aún más en la cabeza―. No quiero que me molesten. ―Se inclina hacia delante, inclinando la cabeza para que el ala de su sombrero le despeje la frente, y dice―: Sólo quiero que seamos tú y yo. ―Se inclina, rozando sus labios contra los míos en un breve pero tierno beso, haciendo hincapié en sus últimas palabras.
Me retiro y sonrío tímidamente hacia él, levantando la mano para jugar tranquilamente con los rizos que tiene en la parte posterior de su cuello. Nos miramos el uno al otro por un momento, intercambiando palabras no dichas: la lujuria, el deseo, el placer, la alegría, y la compatibilidad. Mi sonrisa se extiende más ampliamente.
―Ace Chaves, ¿eh?
Sonríe de nuevo hacia mí, las líneas en las esquinas de sus ojos se arrugan.
―Fue lo primero que me vino a la mente ―dice encogiéndose de hombros, levantando las cejas―. Si hubiera dudado, ella hubiera sabido que estaba mintiendo.
―Es cierto ―admito, tomando una pizca del algodón de azúcar que me ofrece Pedro―. ¡Dios mío, esto es excesivamente dulce!
―Lo sé. Pura azúcar. ―Se ríe Pedro, ampliando sus ojos en mí―. ¡Es por eso que es tan malditamente bueno! ―Él mira a las atracciones―. Hombre, cuando era un niño, después de… ―hace una pausa silenciosa―, después de encontrar a mis padres, ellos me estropearon llevándome a juegos de béisbol. Me hartaba a comer de esta porquería. ―Las comisuras de sus labios se convierten en la sombra de una sonrisa con el recuerdo. Y no puedo dejar de preguntarme cómo fue la vida para él, antes de conocer a sus padres.
Caemos en un silencio fácil, viendo los juegos y a las personas que nos rodean, dando pequeños mordiscos de algodón de azúcar. Realmente estoy disfrutando de pasar tiempo con Pedro. Él es atento y agradable, y parece como si realmente estuviese interesado en mí como persona. Supongo que me esperaba que solo quisiera algo superficial y no llegar a conocerme realmente, por lo que es bienvenido para mí reconocer que estaba equivocada.
Pedro mueve su mano apretando mi rodilla y apuntando a la única atracción que nos queda en nuestro paseo.
―¿Estás lista para subir al Zypper, Pauli?
Me quedo blanca al pensar en esa pequeña jaula cerrada cayendo sin cesar a través del aire. Ser sacudida y empujada hacia atrás y hacia delante, mientras que estoy encerrada. Trago con fuerza.
―No realmente ―niego con la cabeza.
―Vamos, sé una deportista ―presiona en broma.
Puedo sentir la claustrofobia inminente de la atracción, y muevo los hombros hacia delante y hacia atrás para mantener la sensación del pasado a distancia.
―Lo siento. No puedo ―murmuro, sintiendo el calor de la vergüenza cruzando a través de mi sistema―. Soy súper claustrofóbica ―le digo, empujándome el pelo de la cara.
―Me he dado cuenta ―dice con ironía. Cuando levanto una ceja, continúa―: ¿Recuerdas? ¿Armario de almacenamiento? ¿Backstage? ―dice con una sonrisa sugerente en su rostro.
―Oh. Sí. ―Puedo sentir mis mejillas arder rojas con su comentario, mortificada por mi comportamiento de entonces―. ¿Cómo podría olvidarlo?
―¿Fue siempre así o tu hermano te encerró en el armario olvidándose de ti cuando eras niña? ―bromea, riendo con regocijo al pensar.
―Uh-uh. ―Niego y quito rápidamente mis ojos de los suyos, con la esperanza de aclarar las lágrimas de los míos que han salido al hacer memoria en los recuerdos. A pesar de que han pasado dos años, todavía me golpea como si fuera ayer cuando los viejos demonios resurgen. Alcanzo mi dedo para girar el anillo y encuentro el lugar vacío. Exhalo temblorosa, cerrando los ojos un momento para controlar mis
emociones que parecen desenredarse. Estoy enojada conmigo misma por haber reaccionado tan fuertemente a la sugerencia de una atracción de feria maldita.
Su risa se detiene inmediatamente cuando se da cuenta de mi agitación, y pone un brazo alrededor de mi hombro, tirando de mí hacia él.
―Hey mira. Lo siento, Paula. No quise decir…
―No, está bien ―niego de nuevo, inclinándome fuera de su alcance, escapando de su calor y avergonzada por mi reacción―, no hay necesidad de disculparse. Yo soy la que debería sentirlo. ―Él asiente en aceptación, sus ojos implorando que diga más―. Yo estuve en un grave accidente de auto un par de años atrás... estuve atrapada durante un tiempo ―niego para borrar los recuerdos vívidos que presionan sobre mí―. Desde entonces, no puedo soportar estar en lugares pequeños. Sentirme atrapada.
Él pone su mano en mi espalda y tranquilizadoramente frota hacia arriba y hacia abajo.
―¿Las cicatrices? ―pregunta.
―Uh-huh ―le respondo, tratando de encontrar mi voz.
―¿Ya estás totalmente recuperada? ―La verdadera preocupación que llena su voz me hace mirar atrás y sonreír.
―Físicamente, sí ―digo, recostándome en la comodidad de él, apoyando mi espalda en parte de su torso, su brazo instintivamente a mí alrededor―. Emocionalmente ―suspiro―, tengo mis días. Te lo dije, Pedro, exceso de equipaje.
Él pone un beso a un lado de mi cabeza, manteniendo sus labios apretados allí. Puedo sentir las preguntas en nuestro silencio que quiere preguntarme. ¿Qué pasó y qué tan grave es? ¿Por qué un accidente tiene equipaje que me hace huir de él? No quiero estropear la noche con tristezas por lo que pellizco un pedazo de algodón de azúcar y acerco mi cuerpo para ponerme enfrente de él, mi rodilla doblada descansando sobre su muslo. Agito la pieza de algodón de azúcar frente a su cara.
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