La vida comienza en el final de tu zona de confort. Repito el consejo de Lina mientras me preparo para mi cita con Pedro. La canción del fondo me hace sonreír. Es la canción que Pedro anteriormente había mencionado en el texto:
Pedro: Viste casual. Ya que todavía pareces huir en vez de hablar conmigo, voy a utilizar tu método de comunicación para transmitir mi mensaje. Taio Cruz, “Fast Car”. Nos vemos a las 6:00.
Lina había sonreído a sabiendas cuando le mostré el texto y se había vuelto a su iPad para reproducir la canción para mí. Nos reímos a carcajadas al oír las palabras de la canción.
―Quiero que desees un auto veloz. ―Encaja perfectamente para que Pedro lo envíe.
A continuación, nos apresuramos para buscarle una canción para enviarle.
―Algo que le haga pensar en ti el resto del día y le haga caer sus calcetines ―dice Lina mientras se desplaza a través de su amplia biblioteca de música. Después de varios minutos de silencio, ella grita―: Tengo la canción perfecta, Paula!
―¿Cuál es?
―Sólo escucha ―dice mientras comienza la primera línea de la canción. Me echo a reír a carcajadas, a sabiendas de la canción y el gusto de la sensualidad de la misma. Antes de que nos diéramos cuenta, Lina y yo estamos bailando alrededor de la sala de estar cantando con toda la parte superior de nuestros pulmones. ¡La canción es perfecta! Sexy, sugerente, y confidente, todo lo que
sentía, pero era demasiado tímida para decírselo delante de él. Así que antes de perder los nervios, agarro mi teléfono y le envío de vuelta un mensaje a Pedro:
Paula: Bonita canción, Ace. Encaja a la perfección. Ahora, tengo una para ti que te queda. Mya, “My love is like whoa!”. Te voy a estar esperando a las 6:00.
Unos minutos más tarde, recibo una respuesta de vuelta:
Pedro: Mierda. Ahora estoy duro. 6:00 de la tarde.
Sonrío al pensar en nuestro intercambio anterior, un pequeño escalofrío corre a través de mí al saber que tengo ese efecto en él. Me miro en el espejo y examino mi ropa, atendiendo a los consejos de Pedro en el texto de vestir casual. Tengo puestos mis jeans True Religion favoritos con un suéter de cachemira de color violeta con mangas y un escote en V bajo sexy pero de buen gusto. He renunciado a que me maquillase Lina esta noche, optando por hacer mi propio maquillaje y peinado. Mi maquillaje es natural y luminoso, un poco de rubor, algún brillo labial, delineador, y rímel espeso para resaltar los ojos. A pesar de jugar con mi pelo un rato, opto por no recogerlo y que mis rizos caigan sueltos por la espalda. Añado pendientes sencillos de diamantes para mis oídos y algunos brazaletes de oro en la muñeca.
Giro y giro mi anillo alrededor de mi dedo, contemplando si debo usarlo o no. Me lo quito y lo miro, tres bandas delgadas de diamantes, entrelazadas y onduladas. Pasado, presente y futuro. Todavía oigo susurrar esas palabras en mi oído mientras nosotros mirábamos el dedo la noche en que me lo propuso. Cierro los ojos y sonrío al recordarlo, sorprendentemente las lágrimas que amenazan generalmente, no vienen. Juego con él un momento más, antes de desenroscarlo de mi dedo. Me quedo mirándolo por un instante antes de ponerlo en mi joyero. Lo vuelvo a coger con indecisión, la guerra de emociones hace estragos dentro de mí.
Un nuevo comienzo, me recuerdo a mí misma con una bocanada profunda de aire, colocándolo de nuevo en la caja. Me he puesto el anillo, de un modo u otro, todos los días durante tres años. Me siento desnuda sin él, tanto dentro como fuera. Muevo mis dedos y miro la banda ligera que ha marcado mi piel al pasar el tiempo. Siento un levantamiento de pesar y al mismo tiempo una tristeza aceptando que es hora de seguir adelante. Beso la marca en el dedo y digo en silencio te amo Max, tomando un momento para absorber la importancia de este momento antes de dar mis últimos retoques en el espejo.
Estoy poniéndome mis botas negras de tacón, cuando suena el timbre de la puerta. Aprieto la mano en mi vientre, encontrando extraño estar nerviosa. El hombre ya me ha visto desnuda y sin embargo todavía tengo mariposas. Lina me llama avisándome que ella abre la puerta. Agarro mi chaqueta de cuero recortado y el bolso, me miro en el espejo por última vez, y hago mi camino por el pasillo. Deslizo con nerviosismo las manos por los costados y las caderas, alisándome la camisa, el clic de los tacones de mis botas es silenciado por el corredor de madera del piso. Oigo a Pedro reír a carcajadas como doy vuelta a la esquina, cerca de la sala de estar.
Me está dando la espalda cuando entro en la habitación. Se me corta el aliento cuando lo veo. Un par de pantalones de mezclilla oscuros cuelga bajo en sus caderas, abrazando a su culo y sus muslos. El hombre puede llenar unos vaqueros, no hay duda sobre eso. Sus anchos hombros y espalda fuerte estiran el algodón de su camiseta blanca. La parte posterior de su pelo se acurruca en la nuca de su cuello, y mis dedos pican con el deseo de recorrerlo. Él exuda sex-appeal, arde con la rebelión, e irradia confianza. Una mirada a lo que me hace anhelar, desear y temer a la vez. Y él es todo mío por esta noche.
Antes de que Lina pueda reconocer mi entrada a la sala, Pedro se detiene en mitad de la frase. Mi cuerpo se tensa en anticipación y el dolor profundo que ha despertado en mí se eleva a nuevas alturas mientras me mira por encima del hombro, al sentir su cuerpo mi presencia. Te juro que puedo sentir crujir el aire con la electricidad cuando nuestros ojos se encuentran, y nuestro cuerpo vibra con la conciencia cada uno del otro.
―Paula. ―Mi nombre sale como un soplo. La sola palabra atada con tantas promesas para esta noche.
―Hola, Ace. ―Es imposible ocultar mi satisfacción por volverlo a ver. Sonrío, esperando que él vea lo mucho que quiero pasar tiempo con él y temiendo que pueda leer las emociones a fuego lento bajo la emoción.
Damos un paso hacia el otro mientras me muestra su sonrisa megavatios. Busco a tientas la correa de mi bolso ansiosamente mientras él simplemente me mira.
―Preciosa como siempre ―murmura, finalmente, después siento que todo el aire ha sido succionado fuera de la habitación. Él se acerca y pasa la mano hacia arriba y abajo de mi brazo desnudo, contacto casual, pero de resonancia―. ¿Estás lista?
Dos simples palabras. Eso es todo lo que son realmente, pero con Pedro, hace que las dos simples palabras suenen seductoras con implicación de mucho más. Yo asiento con la cabeza y murmuro:
―Hmmm, hmmm. ―Y estoy atrapada con la guardia baja cuando se inclina y besa la punta de mi nariz. Este gesto simple pero tan inesperado de alguien como él.
―Vámonos, entonces.
Echo un vistazo por encima del hombro y destella una sonrisa en Lina, que me dice adiós en silencio. Capturo los pulgares levantados que ella muestra antes de salir por la puerta.
Pedro coloca su mano sobre la parte baja de mi espalda mientras me acerca al Range Rover, la simple colocación de esa mano es un simple consuelo para mis nervios inestables. Antes de llegar a la manija de la puerta del lado del pasajero, Pedro mueve la mano de mi espalda a mi estómago y me tira hacia atrás en él, para que nuestro cuerpos se toquen. Aguanto la respiración, el contacto inesperado con él despierta una ardiente quemadura prendiendo fuego.
Envuelve su otro brazo alrededor de mis hombros y baja la cabeza para acariciar su cara en el hueco de mi cuello. El calor de su aliento, la sensación de su caricia con la sombra de su barba, la intimidad sugerida del tacto y la mirada poco común en el lado afectuoso de Pedro, me hace cerrar los ojos un momento para no perder el equilibrio y la tranquilidad con la mezcla de sensaciones locas que hay dentro de mí.
―Gracias por decir que sí, Pauli ―murmura antes de besar el hueco que hay justo debajo de la oreja―. Ahora, permíteme mostrarte un buen momento. ―Ladeo la cabeza contra su mejilla, y cierro los ojos disfrutando del calor de su cuerpo contra
mí. Y muy pronto me ha liberado de sus brazos y me está abriendo la puerta del auto para mí, acomodándome.
En el momento en que Pedro ha alcanzado el lado del conductor, la visión dentro de su dura fachada ha desaparecido y ha sido sustituida por un silencio inquietante. Hace clic en el cinturón de seguridad y mira por encima de mí. A pesar del temor que veo parpadeando en sus ojos, se acerca y pone una mano en mi rodilla, apretándola para tranquilizarme.
Nos dirigimos en un cómodo silencio mientras observo la arbolada calle de mi barrio mientras pasamos. La luna está fuera, completa y brillante iluminando la cálida noche de enero. Miro a Pedro, las luces del tablero echan un resplandor en su rostro. Un mechón de su oscuro cabello ha caído al azar sobre la frente y puedo ver sus ojos, enmarcados por espesas pestañas, explorando el camino delante de nosotros.
La línea de su perfil es impresionante con su nariz imperfecta, su fuerte estructura ósea, y los labios sensualmente esculpidos. Mi mirada se arrastra para caer en sus fuertes brazos y manos que competentemente conducen. La combinación de cabello oscuro, ojos transparentes y piel bronceada se mezcla con la potencia de su actitud indiferente; una actitud que te hace querer ser la única que le importa y ser la única que puede romper ese exterior, una dura combinación, lo que debería ser ilegal. Él realmente quita el aliento.
Cuando miro hacia atrás a su rostro, Pedro me mira y sus ojos sostienen mi mirada antes de mirar de nuevo hacia la carretera. Una tímida sonrisa se forma en sus labios, su único reconocimiento de mi tranquila observación de él. El auto acelera, disparándose hacia adelante en la autopista, y me río libremente de él.
―¿Qué? ―Finge inocencia, apretando mi rodilla.
―¿Te gusta ir rápido, no Ace? ―Me doy cuenta de la insinuación detrás de mis palabras al minuto en que las digo.
Él me mira con una sonrisa maliciosa en sus labios, que anuncian cada palabra de su respuesta.
―No tienes ni idea, Paula.
―En realidad, creo que sí ―le contesto con ironía. Pedro echa la cabeza hacia atrás en una carcajada y sacude la cabeza hacia mí―. No, en serio. ¿Qué pasa con la velocidad que es tan atractiva para ti?
Analiza la pregunta un momento antes de contestar.
―Trata sobre dominar... ―se detiene reconsiderando su respuesta―: No, más bien trata de controlar lo incontrolable, supongo.
Resoplo bromeando.
―Esa es una metáfora apropiada si es que alguna vez he oído alguna. ―Y no puedo dejar de preguntarme si se está refiriendo a algo más profundo que a una respuesta irónica.
―¿Qué quieres decir? ―El me sigue el juego inocentemente.
―Una vez alguien me dijo que yo tenía que investigar a mis citas. ―Miro a él, sus cejas subiendo con mi comentario―. ¿Completamente el niño salvaje, verdad?
Pedro me da su más brillante mega sonrisa.
―Nadie puede decir que yo soy aburrido y predecible ―reflexiona, mirándome por encima del hombro para cambiar de carril―. Además, es una forma para que tú venzas a tus demonios. ―Antes de que pueda procesar las palabras, Pedro hábilmente cambia de tema―, ¿cenar o primero la diversión?
Quiero hacer preguntas, averiguar lo que ha querido decir con su comentario, pero me muerdo la lengua y la respuesta.
―Diversión. ¡Definitivamente diversión!
―Buena opción ―responde, antes de murmurar una maldición cuando su celular suena en el altavoz del auto―. Lo siento ―se disculpa antes de pulsar un botón en el volante.
La pantalla en el tablero indica el nombre Tamara, y de inmediato me erizo ante la vista. Investigar mi cita sin lugar a dudas me dio más información que sus roces con problemas.
Ahora sé que Tamara ha sido su cita para numerosas funciones en los últimos años, y esta es la segunda de las tres últimas veces que he estado con Pedro, en que ella le llama. Mi repentina punzada de celos me sorprende, pero solo se pone más fuerte cuando escucho a Pedro hablar familiarmente con ella.
―Hey, Tami. Estás en el altavoz ―advierte.
―¡Oh! ―No puedo dejar de encontrar un poco de alegría cuando escucho la sorpresa en su voz―. Pensé que habías cancelado con Raq…
―Lo hice ―responde en un tono cortante―. ¿Qué es lo que necesitas, Tamara? ―hay irritación en su tono.
Ha sido un comentario malintencionado de ella. ¿Y si hubiera estado Raquel en el auto con él? Tengo la sensación de que está marcando su territorio sobre Pedro.
El silencio llena la línea.
―Oh. Um. Sólo llamaba para decirte que las cartas oficiales salieron hoy para el patrocinio. ―Cuando él no dice nada en respuesta, ella continúa―: Eso es todo.
¿Qué? ¿Ella trabaja para él? ¿Con él? ¿Sobre una base diaria? Eso es justo lo que necesita oír mi cabeza para que se llene completamente de celos. La modelo rubia lo ve todos los días y suele salir de vez en cuando con él a los eventos.
―Muy bien. Gracias por dejarme saber ―y con eso, aprieta un botón y la línea se desconecta bruscamente.Pedro suspira en voz alta y una parte de mí está feliz con su impaciencia hacia Tamara.
―Lo siento ―dice otra vez, y estoy segura de que hace referencia a la mención de Tamara sobre Raquel. Por lo tanto eran un artículo. Ella no era una chica que encontró en el club. Mi cara maliciosa por lo menos se deleita en el hecho de que fue
conmigo con la que paso la noche. El lado compasivo me estremece porque yo sé que Pedro no es alguien al que es fácil de superar.
―No hay problema ―me encojo de hombros mientras tomo nota de nuestra ubicación. Nos dirigimos fuera de la ciudad, la dirección opuesta a donde yo esperaba ir.
Nos montamos en un cómodo silencio durante un par de minutos y luego Pedro gira en una esquina y hay luz en el cielo de las luces brillantes de una noria. Echo un vistazo por encima de él, y mi corazón se cae poco a poco al ver la sonrisa infantil en su rostro. Pedro entra entre las puertas marcadas y tira el auto lentamente por el camino de tierra lleno de baches.
Mis ojos se abren antes la inmensa escena que veo. El campo entero de tierra está repleto de cada paseo de carnaval típico que uno pueda imaginar, con una señal luminosa intermitente que denota una sección a mitad de camino con juegos imposibles de ganar, y signos publicitarios de horrible comida que engorda. Estoy tan emocionada. Estoy encantada de que Pedro haya optado por divertirse al aire libre conmigo en un escenario que me permite ver más el real él, en vez de la persona culta que tendría que aparentar en uno de los exclusivos restaurantes, restaurantes que son frecuentados por paparazzis.
Estaciona el auto y se vuelve hacia mí:
―¿Te parece esto bien? ―me pregunta, y juraría que puedo oír los nervios en su voz, pero sé que eso no es posible. No del ultra-seguro, siempre seguro de sí mismo Pedro Alfonso. ¿O lo está?
Yo asiento con la cabeza hacia él, el labio inferior entre los dientes mientras él sale del auto y viene en torno a mi lado para abrir la puerta.
―Estoy emocionada ―le digo mientras toma mi mano y me ayuda. Él cierra la puerta y se vuelve hacia mí, con la espalda contra el auto. Sus ojos arden de deseo cuando él me mira, llevando las manos a un lado de mi cuello, y desliza los pulgares sobre mis mejillas.
Puedo ver los músculos de su mandíbula apretarse mientras mueve la cabeza suavemente, en silencio dando respuesta a un conflicto interno que hace que el fantasma de una sonrisa juegue en sus labios.
―Cariño, he querido hacer esto desde que me fui de tu casa esta mañana. ―Se inclina, los ojos siguen conectados con los míos… ―desde que recibí tu mensaje. ―Levanta las cejas―. Me intoxicas, Paula. ―Sus palabras calan en mi alma mientras cierra la distancia entre nosotros. Su boca captura la mía en un beso de vértigo, me tienta con su sabor adictivo, así que me quedo luchando por recuperar mi equilibrio. Su boca posee la mía con una demanda tranquila, pero el beso está tan lleno de ternura, tan lleno de emociones sin nombre que yo no quiero que termine.
Pero lo hace, y yo me quedo agarrada a sus bíceps con mis dedos para no perder el equilibrio. Me besa la nariz suavemente antes de murmurar:
―¿Estás lista para pasar un buen rato?
No sé cómo espera que responda si me ha robado el aliento, pero después de un momento me las arreglo para decir:
―¡Por supuesto! ―Se suelta para abrir la puerta trasera. Saca una gorra de béisbol negra, bien usada con una mancha raída en la punta delantera. El logotipo es un parche cosido de un neumático con dos alas que salen desde el centro, y está acomodado en los bordes, las costuras están cedidas, haciendo obvio su uso.
Pedro la tira hacían abajo en la cabeza, con las dos manos para ajustar los topes adecuadamente antes de volverse hacia mí con una mueca avergonzada.
―Lo siento. Es más fácil a largo plazo si quiero ir de incognito desde el principio.
―No hay problema ―le digo hasta llegar a tirar en el borde―. ¡Me gusta!
―¿En serio? ―Agarra mi mano y comenzamos zigzagueando entre los autos aparcados de la entrada.
―Sí, yo tengo una cosa con los jugadores de béisbol ―bromeo, mirando por encima de él y manteniendo mi cara seria.
―¿No con pilotos de carreras? ―me pregunta, tirando de mi mano.
―No especialmente ―digo inexpresivamente.
―Supongo que tendré que trabajar un poco más para persuadirte ―él responde sugestivamente.
―Eso puede tomar un montón de persuasión ―una sonrisa juguetona aparece en mi cara mientras le miro, sus ojos están ocultos por la sombra proyectada de la tapa de su gorra. Golpeo las manos hacia atrás y adelante―. ¿Piensas que estás listo para el reto, Ace?
―Oh, Paula... ―reprende―. No preguntes por algo que no puedes manejar. Te lo dije, puedo ser muy persuasivo. ¿No te acuerdas de la última vez que me retaste? ―Tira de mí para acercarme y pone su brazo alrededor de mis hombros.
¿Cómo puedo olvidar? Estoy aquí ahora, por ese seudo-atrevimiento.
Nos acercamos a la taquilla y Pedro me libera para comprar los billetes, así como una pulsera que nos da acceso a todos los paseos y juegos en el carnaval. Entramos por las puertas, Pedro tirando el sombrero hacia bajo, cubriendo sus ojos antes de colocar su mano en mi espalda baja. El olor a suciedad, aceite para freír, y barbacoa llenan mi nariz, mientras mis ojos captan las deslumbrantes luces parpadeantes. Puedo escuchar el torrente de la pequeña montaña rusa a la derecha de nosotros, junto con los gritos de sus pasajeros que se precipita hacia abajo. Los niños pequeños deambulan con miradas aturdidas, apretando los globos en una pequeña mano y sosteniendo firmemente a su padre con la otra, su emoción y asombro es palpable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario