domingo, 20 de julio de 2014

CAPITULO TREINTA

Estoy nerviosa. Estoy más allá de mi cabeza y fuera de mi elemento aquí. Entiendo que con sus disposiciones habituales, ambos se usan entre sí. Lo entiendo. Él consigue una compañera y ella se pone bajo el foco de los medios que puedan seguir su carrera. Lo que creo que más me duele, es que yo no tengo ninguna intención de usarlo. No soy una modelo o una actriz subiendo. Me preocupa que él vaya a arrojar a mi cara el incentivo retórico del dinero de Cuidados Sociales. De esta manera, puede justificar en su mente el usarme si piensa que yo lo estoy usando.
Puedo sentir las lágrimas quemando en la parte posterior de mi garganta. Estoy tan enfadada en este momento y lo extraño es que no es con Pedro.
Estoy enojada conmigo misma por creer ―a pesar de mi falsa valentía de que no quería nada para avanzar con Pedro―, en el fondo, todavía tenía un toque de esperanza. Ahora, con sus revelaciones, sé mucho más de lo que quiero y lo suficiente como para saber que esta oferta no es suficiente para mí.
―¿Pero por qué, Pedro? ¿Por qué es esto todo lo que te permites a ti mismo cuando te mereces mucho más? ―La mirada en sus ojos me dice que la honestidad detrás de mis palabras le afecta.

Él pone la cabeza entre sus manos, los hombros moviéndose mientras suspira. Mira hacia mí con un sinfín de emociones en su rostro.
―No me gusta el drama, Paula. El sistema de puntos contribuye a la cantidad de los celos por mi estilo de vida y los medios de comunicación que la rodean, la expectativa del siguiente paso a tomar. Tantas cosas ―hace una pausa, mirándome, con tono indiferente―. Las relaciones son simplemente demasiada mierda para manejar en mi vida loca.
Miro fijamente en las profundidades de sus ojos y puedo ver a través de las mentiras que acaba de tratar de darme de comer.
Hay algo más aquí. ¿Por qué tiene miedo a acercarse demasiado a alguien? ¿Qué pasó con él para llegar a este punto?
―Esa es una respuesta de mierda y lo sabes. ―Se estremece con mi respuesta―. Me esperaba más de ti.
―Paula, yo no soy uno de tus niños con problemas que necesita ser arreglado. He estado jodido por demasiado tiempo como para fijarse ahora, así que no pongas esa mirada en tus ojos de que sabes la diferencia. Algunos de los mejores psiquiatras en L.A. no pudieron hacerlo, así que dudo que tú seas capaz.
Sus palabras pican. El dolor en ellas se asienta fuertemente en mi pecho mientras se queda ahí mirándome. Lo veo alejarse emocionalmente. La mirada fría e individualista en su cara me dice que se está cerrando. Me deja fuera. Me cabrea más ver esto que toda esa información que acaba de lanzar. Eso se puede apagar y yo estoy luchando por él pero, ¿para qué? ¿Para ser su chica de a veces cuando está caliente? ¡Esto está tan jodido!
Me levanto del sofá para caminar por la sala mientras pienso, y trato de procesarlo en mi cabeza. Cuanto más lo pienso, más enojada estoy.
―Dime algo, Pedro ―doy la vuelta alrededor de él, no puedo dejar ir nuestra conversación sobre los sórdidos detalles de sus asuntos. Soy una mezcla de emociones al azar, quiero decirle que me deje en paz, y sin embargo no puedo dejar de mirar el choque de trenes que está en frente de mí. No puedo detener a la
parte de mí que quiere ayudarlo―. ¿Esto es lo que soy para ti? ¿Es este el tipo de acuerdo que esperabas entre tú y yo? ―le pregunto, mi voz temblorosa.
―Paula, eso no es lo que yo… ―niega con la cabeza, ambas manos sobre su cara, su lucha emocional está dándose ante mis ojos―. Al principio, sí ―confiesa―, pero después de esta última semana, después de esta noche, simplemente ya no estoy seguro.
―¿Qué? ¿Ahora yo no soy lo suficientemente buena para ti? ―¿Qué diablos estoy haciendo? En un minuto estoy enojada porque piensa en mí como un acuerdo y al siguiente estoy enojada porque ahora no lo hace. ¡Vuelve a tu cabeza,Paula!
―Cristo, Paula ―susurra mientras se endereza bruscamente, pasándose la mano por el pelo y acechando hacia mí. Él llega a tocarme, pero lo piensa mejor cuando me encojo de hombros lejos de su toque―. No sé lo que quiero. ―Un músculo se contrae en su mandíbula, y puedo ver la tensión en su cuello. Aprieta y afloja con los puños, cierra los ojos y suspira profundamente antes de abrirlos para mirarme a los ojos de nuevo. Cojo un atisbo de miedo antes de que tome las riendas de nuevo―. Pero sea lo que sea, sé que quiero estar contigo, Paula.
Tengo que controlar el torrente de sentimientos que inundan a través de mí con sus palabras. Él quiere estar conmigo. ¿Cómo conmigo, sin embargo? Está tan cerca que quiero extender la mano y tocarlo. Calmar esa vislumbre de miedo que veo en sus ojos. Pero sé que si lo toco, piel contra piel, voy a consentir sus demandas ridículas. Y sé que en el fondo, por mucho que lo quiera, no creo que pueda ser lo que él quiere que yo sea. No puedo jugar el papel que él necesita que yo juegue con el fin de evitar que esa parte cazada de él siga encerrada. Estoy tan destrozada por la disputa entre mi cabeza y mi corazón, con su bello rostro ante mí sosteniendo dicha vulnerabilidad, que me hace mal físicamente.
―¿Mi manera? Mi acuerdo, como tú lo llamas... ―niega con la cabeza―, es todo lo que sé hacer, Paula. Es todo lo que conozco. ―Él toma mi mano, y yo tengo que armarme de valor para no reaccionar a su simple contacto―. Es todo lo que puedo darte en este momento. ―La solemnidad de su voz me toca profundamente y tuerce mi corazón.

Me dirijo hacia él y camino a lo largo de la sala, tomando su cerveza sin pensar y tomando un largo trago de ella. No me gusta el sabor de la cerveza, ni siquiera probarlo. Estoy cansada. Estoy herida. Y no puedo luchar contra las lágrimas que amenazan con inundarme. Mis ojos brillan y una lágrima se cae y corre por mi mejilla en silencio. Le doy la espalda a él porque tengo miedo de ver la expresión de su cara cuando digo mi próximo comunicado:
―No sé si puedo hacer eso, Pedro. ―Niego con la cabeza, suspirando profundamente.
―Paula, no seas ridícula.
―¿Ridícula? ―farfullo―. No, ridículo es pensar por un momento que yo podría hacer eso, Pedro. ―Me encojo de hombros con tristeza y resignación―. Entré en esto, lo que sea que seamos aquí, diciéndome a mí misma que todo lo que querías era un polvo rápido de mí. ―Me vuelvo hacia él mientras hablo y veo una mueca de dolor ante mis palabras―. Tal vez un poco de aventura... y pensé que podría darte eso. Tomar eso de ti. Pero ahora que en realidad me lo estás ofreciendo, no creo que pueda. ―Otra lágrima rebelde cae sobre el borde y noto que sus ojos la siguen lentamente deslizándose por mi mejilla antes de llevar sus ojos hacia arriba a los míos.
―¿Qué quieres decir,Paula? ―Su máscara se desliza un momento, y puedo ver la vulnerabilidad y el aleteo de pánico en su rostro―. ¿Por qué no?
Una pequeña parte de mí disfruta con la idea de que mi amenaza pueda darle pánico, pero quedarse no va a arreglar las cosas. Aprieto los dedos en mis ojos. Estoy segura de que luzco como el infierno ahora, pelo revuelto, delineador corrido, lápiz labial ido, pero realmente no me importa. Mis entrañas están diez veces más devastadas que mi exterior.
―Cuando me lo digo en mi cabeza, que esto es todo lo que soy para ti, sexo sin sentimientos o la posibilidad de un futuro, es una cosa. ―Sin pensar, me doy a mi adicción. No puedo resistirme. Extiendo la mano y cepillo los dedos por su mejilla. Él comienza a girar su mejilla en mi mano pero se detiene antes de hacerlo. Dejo caer la mano ante su sutil rechazo―. Pero cuando escucho las palabras de tus labios. Cuando te oigo decirme tus normas y reglamentos, es una cosa totalmente
diferente. ―Cierro los ojos un momento, tratando de detener el pequeño temblor en mi voz―. No voy a ser intrascendente, Pedro. Para ti o para cualquier otra persona.
Pedro se pasa la mano por el pelo y se frota las manos sobre los ojos.
―Eso no es lo que eres para mí, Paula ―respira levantando los ojos hacia mí.
Lo miro. Quiero creerle. De verdad. Pero no puedo venderme. Me merezco más que eso. Quiero más de lo que está ofreciendo.
―Eso puede ser cierto, Pedro, pero la admisión no es suficiente para mí. ―Me rompe el corazón decirle estas palabras.
―Paula, solo prueba ―insta―. Trata a mi manera.
―Oh, ¡guárdatelo, Pedro! ―exclamo, lanzando mis manos al aire―. No soy una de tus fulanas que va a hacer lo que dices porque tú lo dices. Estoy segura de que tienes grandes colas a la espera de ser tus juguetes. Agarra a una de ellas y arrójala cuando estés cansado de ella. Yo no, Ace. Yo no funciono de esa manera. ―Mi ira ha vuelto a resurgir a pesar de mi cansancio y corazón dolorido.
Pedro se me queda mirando. Estamos a medio metro el uno del otro, los ojos cerrados, y sin embargo me siento tan lejos de él. Es difícil creer que ha pasado menos de una hora desde que estábamos acomodados dentro del mundo del otro.
―Paula. ―Mi nombre es una súplica suave en sus labios.
―¿Qué, Pedro? ―me rompo, inmediatamente haciendo una mueca ante mi tono.
―La primera noche... ―comienza suavemente y luego se detiene para girarse y caminar hacia la cocina.
―¿Qué pasa con eso, Pedro? ―Lo sigo hasta la mitad, apoyarme en el respaldo de su sillón―. Yo debería haberlo visto entonces. Pudiste dormir conmigo y humillarme, saltando de la cama luego como si te hubiera quemado.
―Lo hiciste, Paula.

―¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando?
―La primera noche ―continúa, haciendo caso omiso de mi comentario―. Después de la segunda vez ―dice, soplando una respiración ruidosa. Sigue mirando hacia sus pies descalzos, sus caderas apoyadas en la encimera, con las manos metidas en los bolsillos, y la incomodidad saliendo de él en oleadas―. Yo te besé y te pregunté si estabas bien. ―Asiento con la cabeza, reconociéndolo. Recordando la cruda honestidad en ese simple momento entre nosotros―. Lo juro por Dios, Paula... me sentí como si me hubieras visto. Realmente visto. ―Levanta los ojos para encontrarse con los míos y ellos están nadando en la emoción―. Y te sentabas allí, tu cabello oscuro cayendo a tu alrededor, con esa sábana blanca agrupada en tu cintura... ―niega con la cabeza antes de continuar―, tus labios hinchados, tus ojos eran tan amplios y confiados... y me di cuenta en ese segundo que significabas más para mí ―su voz es ronca por la emoción―, que significas más para mí, Paula, que cualquier cosa que puedo recordar. Siempre.
Lo miro, tantas cosas corriendo a través de mi cabeza, pero más que nada, sus palabras resuenan en cada parte oscura de mí que anhela ser querida, necesaria y deseada. Por lo menos sé por qué reaccionó como lo hizo. Por qué se apareció esta mañana. Esperanza comienza a elevarse en mí. Tal vez yo pueda hacer esto. Tal vez con el tiempo, pueda demostrarle que puede haber más. Retuerzo las manos para tratar de ahogar el entusiasmo repentino.
―Me asustas como la mierda,Paula. Me quemas. ―Se pasa la mano por el pelo, sus ojos se oscurecen―. Y entonces me di cuenta, como lo hago en este momento, que al final te voy a romper en pedazos.
―¿Qué? ―levanto la cabeza para mirarlo a los ojos, mis esperanzas derrumbándose a mi alrededor. ¿Acabo de oírlo correctamente?
―Yo no puedo hacer eso por ti, Paula. ―Veo que sus puños se aprietan mientras lucha contra sus emociones―. Traté de advertirte, pero estoy tan malditamente atraído por ti. No puedo mantenerme lejos.
Me siento esquizofrénica tratando de mantenerme al día con el flujo y reflujo de sus estados de ánimo.

―Dices que no puedes hacer esto, que me vas a destruir, pero luego me dices que no puedes permanecer lejos aunque trataste de advertírmelo. Me alejaste, luego apareciste en mi puerta y me tuviste esta noche. ―Camino hacia él en la cocina hasta que me quedo justo en frente de él―. ¿Qué manera estás usando, Pedro?
Sin decir una palabra, él me agarra y me tira contra su pecho, envuelve sus brazos con fuerza alrededor de mí, y entierra su nariz en mi pelo. Aprieto mis manos en su espalda y absorbo la sensación reconfortante de su calor, sorprendida por su inesperada muestra de emoción. Su necesidad de mí es palpable. Destila de él y envuelve su camino hacia mi alma. Me lleva todo lo que tengo no decirle que sí. Decirle que voy a hacer cualquier cosa con tal de tener un pedazo de él. Eso es lo mucho que significa para mí ya. Pero mis pensamientos son más fuertes que mi corazón. Deseo poder calmar mi cabeza y hundirme en la tranquilizadora sensación de sus brazos alrededor de mí. Bloquear todo lo demás.
―Voy a hacerte daño,Paula. Y ya significas demasiado para mí como para hacerte eso. ―Me tenso por sus palabras silenciosas sopladas en la coronilla de mi cabeza. Y a pesar de sus palabras, él me sostiene apretadamente. Trato de alejarme de él, pero sus brazos de acero no me soltarán. Me ablando con el tiempo y pongo mi cara contra su pecho, aspiro el olor de nosotros mezclados allí, siento la aspereza del puñado de pelo en su pecho, y escucho el latido fuerte y constante de su corazón―. Es la primera vez que me preocupo por alguien de antemano. Que lo reconozco. De todos modos, saberlo de antemano no me detuvo de hacerlo. Y yo no puedo hacer eso por ti, Paula. ―Su pecho se levanta, entonces suelta un largo suspiro―. Y es por eso que no puedo seguir haciendo esto contigo. Por qué no podemos...
―¿Pero por qué, Pedro? ¿Por qué no? ¿Por qué no? ―Me entra el pánico ahora, a pesar de sus brazos apretados alrededor de mí. Ahora que lo quiero, me está diciendo que no. O tal vez ese es exactamente el por qué. Me estoy agarrando a un clavo ardiendo ahora.
―Mira, no vamos a tener confusiones aquí. No soy y nunca he sido el chico para llevar a casa de mamá, Pau. Yo soy el que le lanzas a la cara para enojarla y mostrarle que estás afirmando tu independencia. No me hagamos mejor de lo que soy.

Todavía no me lo creo. ¿Por qué piensa tan horriblemente de sí mismo? Él me puede dar esta respuesta de mierda hasta el cansancio y todavía no me lo voy a creer.
―¿Quién te ha hecho esto?
Estamos en silencio durante unos momentos mientras reflexiona sobre mis preguntas. Finalmente, suspira y dice:
―Te lo dije,Paula, tengo un 747 de equipaje.
Empujo contra su pecho, resistiéndome a su dominio. Necesito ver sus ojos. Necesito buscar en ellos. Veo la emoción en un enjambre en ellos. Él está haciéndose daño también. Pero también está cerrando. Poniéndome a la distancia de un brazo emocionalmente, así evita más daño en él.
Pero, ¿qué hay de mí? Quiero gritarle.
¿Qué pasa con mi dolor? ¿Por qué esto tiene que ser tan complicado? ¿Por qué no puedo simplemente dejarlo estar y disfrutar del paseo? ¿Espero que él vea la verdadera yo y se enamore con el tiempo? Porque sé que si no se enfrenta al trauma que le ha hecho de esta manera, nunca lo superará. Nunca será capaz de tener una relación normal. Tiene razón. Su 747 de equipaje va a arruinar cualquier oportunidad que tengamos.
―Yo no me lo creo, Pedro.
Con mis palabras, quita las manos de mis brazos, ahora distanciándose físicamente de mí.
―No puedo darte más, Paula. ―Él mira hacia abajo y luego mira hacia arriba, la máscara de manera efectiva en su lugar―. Esto es lo que soy.
Hay piscinas de lágrimas en mis ojos, mi voz es un susurro.
―Y esto es lo yo que soy, pedro. ―Es cuando digo esas palabras que lo sé. Ya he empezado a enamorarme de él. Con verrugas y todo. De alguna manera, en algún momento, a pesar del poco tiempo que he pasado con él, ha penetrado en el muro
de protección alrededor de mi corazón y he comenzado el lento descenso hacia el amor. Y es por eso que sé que no puedo hacer esto. No puedo caminar a sabiendas en angustia. Me han destrozado una vez. No creo que pueda sobrevivir a otro. Y sé sin lugar a dudas que amar a Pedro y no tener amor a cambio me devastaría.
―Creo que estamos en un callejón sin salida ―su voz es ronca y mete las manos en los bolsillos. El peso de sus manos hace que los vaqueros queden más bajo en sus caderas. Tengo que pararme físicamente a mí misma de mirar el triángulo invertido y sexy de los músculos que se asoman sobre la cintura. No necesito un recordatorio de lo que ya no voy a tener.
―Entonces creo que es hora de que me lleves a casa. ―Aparto mis ojos, incapaz de cumplir con su mirada mientras me ahogo en las palabras.
―Paula... ―es lo único que me dice.
―Me merezco más que eso, Pedro ―susurro levantando los ojos para encontrarme con los suyos―. Y también tú.
Puedo ver sus manos agarrar la barra de la cocina mientras digiere mis palabras, sus nudillos blancos, y su cara llena de angustia.
―Por favor, Paula. Quédate esta noche.
Oigo la desesperación en su voz, pero sé lo que en realidad significa su suplica, sé que él lo está pidiendo por las razones equivocadas. Él está pidiendo que alivie el dolor que sabe que me causa, no porque quiere hacer esto más de lo que desea el acuerdo.
―Los dos sabemos que no es así como va esta historia. ―Una lágrima resbala y se desliza por mi mejilla―. Lo siento, no puedo ser lo que tú quieres que sea. Por favor, llévame a casa, pedro.

El viaje a casa es en silencio. La aterciopelada voz de Adele canta suavemente en la radio acerca de nunca encontrar a alguien como tú, y en el fondo sé que suena a premisa real en mis circunstancias. Creo que sería difícil comparar a nadie con Pedro. Lo miro intermitentemente, viendo las sombras y las luces de la noche jugar en los ángulos de su cara. Sé que estoy haciendo lo correcto, el instinto de conservación en lo mejor, pero mi corazón todavía duele al pensar en el hombre fascinante del que estoy dispuesta a alejarme.
Llegamos a mi casa con menos de diez palabras dichas entre nosotros. Curiosamente, todavía estoy cómoda con la presencia de Pedro a pesar de la crisis interna que mi decisión ha creado.
Él abre la puerta y me acompaña con una media sonrisa triste en los labios. Pone su mano en mi espalda baja mientras caminamos por la pasarela. En la puerta iluminada por la luz del porche solitario, me dirijo a él. Decimos el nombre del otro al mismo tiempo y luego sonreímos suavemente el uno al otro. Las sonrisas nunca llegan a nuestros ojos, sin embargo. Reflejan una tristeza cansada.
―Tú primero ―digo.
Suspira y se me queda mirando. Quiero tanto que pueda expresarme la gran cantidad de emociones que puedo ver nadando en sus ojos, pero sé que él nunca tendrá la oportunidad de decirme. Se acerca y cepilla los nudillos sobre mi mejilla con el dorso de la mano. Cierro los ojos ante la sensación singular. Cuando se detiene, los abro de nuevo, lágrimas se acumulan en ellos, para mirarlo a los ojos.
―Lo siento ―susurra.
Y sé que se disculpa por tantas cosas. Por lo que no puede ser. Por lo que debería ser. Por hacerme daño. Por no ser la persona que necesito que sea. Por no poder hacer frente a lo que está en su pasado.
―Lo sé. ―Paso los dedos por su mandíbula sin afeitar y hasta su pelo ondulado antes de regresar de nuevo a su rostro. Es casi como si estuviera grabándome sus líneas y sus características en la memoria. Algo a lo que pueda agarrarme. Porque a pesar de tener que trabajar con él todavía, sé que esta va a ser la última vez que me
permita a mí misma tocarlo. Tocarlo de nuevo va a ser demasiado peligroso para mi corazón debilitado.
Me pongo de puntillas y rozo los labios suavemente contra los suyos. En cuestión de segundos, Pedro tiene sus brazos alrededor de mí y me está levantando a su nivel. Nuestros ojos se bloquean entre sí en este campo de juego igualitario. Se inclina hacia mí para reanudar nuestro beso. Siento algo diferente en este beso. Algo relacionado con la ternura.
Me doy cuenta de que lo que estamos diciendo es un adiós silencioso. Todas las heridas y las posibilidades tácitas son arrojadas a la suavidad inquebrantable de nuestro intercambio. La desesperación y la necesidad carnal anterior han sido sustituidas por una resignación conmovedora. Lentamente terminamos el beso, Pedro lentamente me baja, mi cuerpo se desliza a lo largo del suyo, que es familiar. Una vez que mis pies están en el suelo, apoya su frente contra la mía. Nuestros ojos permanecen cerrados mientras absorbemos el último momento con el otro.
Muevo mi mano entre nuestros cuerpos y la coloco sobre su corazón, que todavía está tocando mi parte del frente.
―Me gustaría que me explicaras por qué no tienes relaciones, Pedro ―mi voz es apenas un susurro, la amenaza de las lágrimas evidente en la vacilación de mi voz―. Tal vez podría entenderte esto, mejor entonces.
―Lo sé ―respira en respuesta. Se mueve y coloca su beso de marca en la punta de mi nariz.
Esta es la acción espontánea que es mi perdición. Las lágrimas ruedan en silencio y gruesas por mis mejillas mientras Pedro susurra:
―Adiós ―antes de darse la vuelta sin mirar atrás hacia mí y corre por el camino de entrada.
No puedo soportar ver que se vaya. Busco a tientas y torpemente la cerradura delantera antes de empujar la puerta y cerrarla. Me apoyo contra la puerta y me
deslizo hacia abajo para sentarme en el suelo, mis lágrimas silenciosas convirtiéndose en sollozos incontrolables.
Así es como me encuentra Lina momentos más tarde, después de haber sido despertada por mi entrada menos que elegante.

GRACIAS! ♥

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